San Jerónimo Emiliani, patrón de los huérfanos y la infancia abandonada

San Jerónimo Emiliani, patrón de los huérfanos y la infancia abandonada

«Dios quiere probaros como al oro en el crisol. El fuego va consumiendo la ganga del oro, pero el oro bueno permanece y aumenta su valor. De igual modo se comporta Dios con su siervo bueno que espera y persevera en la tribulación. El Señor lo levanta y le devuelve, ya en este mundo, el ciento por uno de todo lo que dejó por amor suyo, y después le da la vida eterna».

San Jerónimo Emiliani

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San Jerónimo Emiliani nació en Venecia el 1486. Huérfano de padre en tierna edad, fue sabiamente educado en la fe cristiana por la madre, Dionora Morosini, mujer de sentimientos muy elevados. En 1506, entró en la vida pública, dedicándose sobre todo al ejercicio de las armas. Pasó a ser soldado de la Serenísima República, y en 1511 fue enviado a la fortaleza de Castelnuovo de Quero, situada a la orilla del Piave, con carácter de Gobernador regente.

En el Santuario de la ‘Madonna Grande’ en Treviso, Jerónimo promete solemnemente de entregarse totalmente al servicio de Dios y del prójimo. Al volver a Venecia, repartió su patrimonio a los pobres y se asoció a la Compañía del Divino Amor, que se dedicaba, en particular, a la asistencia de los enfermos ‘incurables’. También él contrajo, en este servicio, una grave enfermedad, que superó gracias a su robusta fibra, y con nuevas energías volvió al servicio de la caridad.

Su corazón, muy sensible a todas las miserias humanas quedó profundamente impresionado viendo la deplorable condición de muchísimos niños, faltos de padres y abandonados al destino. Empezó a dar asilo a unos de estos huérfanos, en su propia casa; y en seguida, como el número iba aumentando, abrió para ellos una casa cerca de la Iglesia de San Basilio y otra cerca de la Iglesia de San Roque, en Venecia. A los huérfanos, el Santo enseñaba los primeros elementos del saber y al mismo tiempo las nociones fundamentales de la fe cristiana. Además procuraba que aprendieran un oficio, para que pudieran entrar a formar parte de la sociedad, como elementos vivos y activos, aptos para desenvolver con dignidad su personalidad humana y cristiana. Fundó y asistió muchos orfelinatos en todo Italia y también en algunas regiones fuera de ella.

Cuando el Santo se dio cuenta que se iba debilitando físicamente y que tenía que dejar ya sus andanzas apostólicas de caridad, escogió como morada predilecta el pequeño pueblo de Somasca, cerca de Lecco. En este lugar, su ardiente fervor espiritual, podía contar con soledad, oración y meditación. Murió santamente al amanecer del 8 de Febrero de 1537 a la edad de 51 años, víctima de su misma caridad. Beatificado en 1747, fue proclamado Santo en el año 1767. El Papa Pío XI lo proclamó «Patrono Universal de los huérfanos y de la Juventud abandonada». Su Fiesta se celebra cada año el 8 de Febrero, día de su tránsito al cielo.

Artículo original en Aciprensa.

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Otros recursos en la red

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Oración a san Jerónimo Emiliani

Señor, Dios de las misericordias, que hiciste a san Jerónimo Emiliani padre y protector de los huérfanos, concédenos, por su intercesión, la gracia de permanecer siempre fieles al espíritu de adopción que nos hace verdaderamente hijos tuyos. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Recursos audiovisuales

Vida de San Jerónimo Emiliani narrada

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Vida de San Jerónimo Emiliani (solo texto)

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Vida de San Jerónimo Emiliani (cómic para niños)

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Himno a San Jerónimo Emiliani

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Beato Pío IX, el papa de la Inmaculada Concepción

Beato Pío IX, el papa de la Inmaculada Concepción

Os presentamos la homilía que el beato Pablo VI pronunció sobre la figura del beato Pío IX, el papa de la Inmaculada y del Concilio Vaticano I, en el centenario de su muerte.

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La circunstancia que hoy nos congrega en esta Basílica Patriarcal es la celebración centenaria del dies natalis de un predecesor nuestro, el cual —como leemos en la lápida que en su honor colocó el cabildo vaticano cerca de la estatua del Príncipe de los Apóstoles— Petri annos in pontificatu romano unos aequavit (el único que igualó los años de Pedro en el pontificado romano).

Cuando el 7 de febrero de 1878, al atardecer de un día invernizo, expiró el siervo de Dios Giovanni Mastai Ferretti, Papa Pío IX, concluyeron con él las tres largas e intensas décadas —exactamente treinta y dos años— de un servicio pontifical que domina literalmente la escena del siglo XIX.

Fue éste un siglo lleno de presagios para la Iglesia y para el mundo. En efecto, al comienzo encontramos el pontificado de Pío VII, de más de veinte años de duración, atravesado en gran parte por el turbión de la vicisitud napoleónica, que marca una fatigosa sacudida también para la sociedad. Al final del siglo encontramos el pontificado del inolvidable Papa León XIII, que duró también veinticinco años, cuando el mundo se asomaba ya al nuevo siglo. En el medio, en un centro a la vez real e ideal, advertimos la amable figura del Papa Pío IX, en torno al cual se alternan sucesos gloriosos y sufridas tribulaciones, que constituyen tanto la trama de su vida como el ritmo y la respiración de la Iglesia y, en general, de la familia humana en aquel tiempo.

La complejidad de los hechos acontecidos y de los problemas planteados en el transcurso de tan largo pontificado es materia aún abierta bajo el aspecto histórico, es decir, del pasado, a la perdurante reflexión y a las profundas investigaciones de una bibliografía seria y documentada. Pero quizás sea necesario —nos atrevemos a pensar— un ulterior y no breve período de decantación para que se ensanche la perspectiva, para que haya más luz, para que se comprendan plenamente los acontecimientos y sus más profundas y verdaderas motivaciones, de tal modo que, disipado todo residuo de animosidad personal o de prejuicio, pueda emerger la personalidad de este Pontífice en su dimensión de autenticidad humana, de irradiante bondad y de virtud ejemplar.

Pero nosotros nos hemos reunido ahora —repetimos— con el fin de conmemorar su nacimiento para el cielo, ocurrido hace un siglo, cuando su alma de apóstol, al toque del Avemaría, abandonó el cuerpo cargado ya de años y fatigas. Esto quiere decir que limitaremos nuestra atenta evocación y nuestra devota meditación al perfil espiritual y apostólico de un Pontífice que fue tan amado, y a las empresas que, con invicto valor, acometió para el incremento de la fe católica y para el bien de la santa Iglesia. Nos alegra que a esta ceremonia asista una conspicua y calificada representación junto con los obispos de la región de las Marcas, la tierra que vio nacer al Papa Mastai.

El prelado que en junio de 1840, tras un Cónclave brevísimo, fue elevado al supremo pontificado, era un auténtico hombre de Dios, que se distinguía por sus eminentes dotes de piedad religiosa y de ardiente celo por las almas.

En la plenitud aún de sus fuerzas, llevaba a la misión de paternidad universal que se le había encomendado el fervor de una fe profunda, una rica experiencia pastoral madurada en el trato asiduo con las poblaciones de las sedes episcopales de Espoleto e Imola, que antes había ocupado, y el conocimiento directo de los problemas que estaban aflorando tanto dentro de la comunidad eclesial como en la organización del Estado de la Iglesia; pero llevaba, sobre todo, el ansia de servir a la causa de Cristo y de su Evangelio. «Servir a la Iglesia: ésta fue la única ambición de Pío IX», ha escrito un historiador autorizado (cf. Roger Aubert, Il Pontificato di Pio IX; ed. ital., Turín, 1970, parte 1, pág. 450). Eso explica su infatigable entrega a los deberes del ministerio apostólico, aun los más gravosos y más arduos: cualidad constante que ha de reconocérsele, no sin admiración, por encima de los impulsos mismos del carácter humano y de las dificultades objetivas con que topó su actuación de Pastor y de Soberano.

La figura de Pío IX, cien años después de su muerte, parece reconocible ya en una doble fisonomía convencional y fiel a la realidad: la de Papa derrotado bajo el derrumbamiento del poder temporal con el que en cierto modo se había identificado el pontificado romano, y la de Papa que renace en su aspecto propio, nunca traicionado, pero ahora más palmario y evidente, de Pastor de un pueblo que por sí mismo y en la opinión pública no sabía bien si llamarse o cómo llamarse cristiano.

El derrumbamiento del poder temporal parecía indebido y grave, y comprometía la independencia, la libertad y la funcionalidad del Papado. Amenaza ésta que pesó sobre la Sede Apostólica hasta los días de la Conciliación, manteniendo vivo con nostálgica amargura el recuerdo de los siglos en que el poder temporal había sido escudo defensivo del espiritual y al mismo tiempo tutor del territorio de la Italia central, en el que había conservado el recuerdo y el porte civil de la tradición clásica romana, favoreciendo el ensamblaje de los Estados del continente, alimentando una conciencia unitaria de la civilización dimanante del humanismo grecorromano y, sobre todo, fomentando la fe católica en las almas y en las costumbres.

Pero el desarrollo histórico y civil de los pueblos y al final, después de la Revolución Francesa y de la evolución post-napoleónica, a mediados del siglo XIX, su madurez constitucional, no permitían ya al Estado Pontificio el ejercicio de una hegemonía ideológica ni de una primacía temporal.

El intento de implicar al Estado Pontificio en una guerra nacional fracasó ante la vigilante conciencia del Papa acerca de su misión propia, religiosa, no política, y mucho menos militar (alocución del 29 de abril de 1848); de ahí la inquietud revolucionaria que tuvo su triste epílogo en el asesinato de Pellegrino Rossi (el 15 de noviembre) y en la subsiguiente huida del Papa a Gaeta (25 de noviembre). No hacemos ahora la historia de aquella desdichada vicisitud. Nos basta destacar que, cuando el Papa regresó a Roma (12 de abril de 1850), ya no estaba eh condiciones de repetir las serenas palabras de dos años antes (11 de febrero de 1848): «Gran Dios, bendecid a Italia». Con el alma llena de amargura por los sufrimientos padecidos y por la experiencia adversa reanudó, ciertamente, hasta el 20 de septiembre de 1870, su autoridad de soberano temporal, pero ajeno ya a las corrientes de ideas y políticas de su tiempo; y la nueva situación nacional no sosegó el espíritu enojado del afligido Pontífice.

La herida infligida entonces al Papado llegó también a gran parte del pueblo y de la Iglesia entera, atormentando durante largos años su conciencia cívica y su sentimiento católico.

Pero precisamente en aquella situación paradójica se renovó el prodigio de la inmortalidad de Pedro («Yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo», había dicho Jesús: Mt 28, 20). Todo el pontificado de Pío IX puede decirse que fue una revelación de las inexhaustas energías que el Papado y la Iglesia poseen como algo propio para una historia siempre nueva.

Una apertura de dilatada generosidad fue la nota más destacada de su servicio, la cual, fundiéndose con las innatas características de cordialidad y buen sentido, heredadas de su tierra y de su gente, sirvió para granjearle la devoción de las clases humildes y populares y paulatinamente, en medida creciente, de las multitudes de los hijos de la Iglesia.

Si nos fijamos ahora en los principales objetivos de la férvida acción pastoral de Pío IX, hemos de mencionar ante todo al clero, al que el Papa, ayudado por tantos insignes obispos diocesanos, dedicó con feliz intuición de las necesidades prioritarias, una atención especial, como demuestran no pocos documentos de su pontificado.

Así fue como se elevó grandemente la figura del sacerdote, que ya se educaba normalmente en el ambiente del seminario y, formado allí en la vida interior y en la obediencia, se mostraría después, en el campo del trabajo, más consciente de sus responsabilidades y siempre cercano a su grey, no ya predestinado al disfrute tranquilo de fáciles prebendas eclesiásticas, sino a una cura pastoral más ardua y más asidua y amorosa.

No en vano se habla de «clero piano», tal no sólo por el hábito que viste; de hecho se puede afirmar con exactitud y documentar de modo seguro que fue un clero más disciplinado, más piadoso y más celoso que en el pasado. Aunque se advierta indudablemente alguna laguna, no se puede negar esta mejoría cualitativa en la espiritualidad y en el ministerio de los sacerdotes, los cuales, superando visiones estrechas y particularistas, sienten cada vez más la necesidad de coordinar los esfuerzos y las iniciativas.

Una actividad nueva anima la Iglesia de Pío IX. En efecto, por aquellos años se registran no pocos grupos de oblatos y una floración de sociedades y de asociaciones sacerdotales que promueven en los ministros de Dios el crecimiento «según el espíritu», la perseverancia y la fidelidad a la vocación, la disponibilidad al servicio no sólo según la voluntad, sino también según los deseos de los superiores. En esto hay que ver un válido precedente que influirá después en las directrices jurídicas y pastorales de la Iglesia (cf. C.I.C., cáns. 124-129; Presbyterorum ordinisnúms. 8, 12, 15-17).

La comunión fraterna de los sacerdotes entre sí, preludiando un enlace más orgánico de ellos mismos con los seglares en orden al apostolado, se instaura paralelamente con una recuperación decisiva de las órdenes y de las congregaciones religiosas; estas últimas, precisamente a mediados del siglo pasado, conocen un desarrollo sin precedentes. Si antiguos institutos se recuperan tras las pruebas de las supresiones, de las expulsiones y de los obstáculos que, de formas distintas según los países, obstaculizan su labor en los campos educativo y asistencial, y amenazan incluso la vida contemplativa y monástica, hay que tener presente sobre todo el gran número de institutos masculinos y femeninos que surgen en este mismo período, gracias especialmente al empuje de sacerdotes valientes, no ajenos al espíritu que soplaba desde Roma.

La relación de institutos fundados o aprobados durante el pontificado de Pío IX sería demasiado larga, si quisiéramos reseñarla aquí, y fácilmente incurriríamos en lamentables omisiones. También fue mérito del Pontífice haber promovido la reforma de los institutos existentes, corrigiendo los abusos, eligiendo —a veces con intervenciones personales— superiores capaces, introduciendo la importante norma, incluida después en el Código de Derecho Canónico (cf. can. 574), de que la profesión definitiva de los votos ha de estar precedida por la profesión de los votos simples. Al mismo tiempo, por lo que se refiere a los nuevos institutos, sus preferencias se dirigían hacia los de apostolado activo que tenían como finalidad el cuidado de los pobres, la asistencia a los enfermos, la buena prensa, la enseñanza y las escuelas y, sobre todo, las Misiones.

Así llegamos a las misiones; y a este respecto, ¿cómo olvidar la amplitud que asume, a partir de 1850, la acción evangelizadora de la Iglesia? En efecto, el tiempo de Pío IX es de una fecundísima sazón misionera, la cual nos ofrece nombres prestigiosos y ve a los heraldos del Evangelio moverse hacia todas las partes del mundo, tejiendo, por así decir, una red tupidísima que se extiende desde las dos Américas hasta el Extremo Oriente y desde las regiones de África entonces exploradas hasta el Continente Australiano.

En el mismo período se advierte con claridad entre los católicos la preocupación «unionista», y tienen lugar los primeros llamamientos dirigidos por el Pontífice a las Iglesias de Oriente y de Occidente separadas de Roma. Aunque de ello no se sigan resultados concretos, se inicia con todo un movimiento ecuménico ante litteram que, a la larga, sirve para preparar en la caridad y en la oración los futuros encuentros y contactos entre los hermanos cristianos, contribuyendo al menos a serenar los espíritus, a apaciguar las polémicas, a instaurar el necesario y oportuno clima de fraternidad. Y no se puede silenciar el acercamiento a Roma que se verifica en las Islas Británicas y que, entre otros frutos, produce uno incomparable, el cardenal John Henry Newman, y luego la restauración de la jerarquía católica primero en Inglaterra y después en Escocia.

Pero Pío IX ha pasado a la historia sobre todo por haber sido el Papa de la Inmaculada y del Concilio Vaticano I, y no cabe duda de que hay una conexión religiosa y afinidades internas que enlazan ambos actos del magisterio pontificio.

Ante el hombre desmemoriado y ante el mundo de la indiferencia y del racionalismo, ajeno o cerrado a la fe y a la gracia, el Pontífice hizo brillar la luz de la Virgen María cual signum magnum de transcendente belleza y, al mismo tiempo, imagen profética del plan de restauración que él, como cabeza visible de la Iglesia, perseguía sin descanso.

Y la celebración del Concilio Vaticano I fue un acontecimiento eclesial de incalculable alcance histórico, cuyas decisiones y definiciones son como faros luminosos en el secular desarrollo de la teología y como otros tantos puntos fijos en el torbellino de los movimientos ideológicos que caracterizan la historia del pensamiento moderno y pusieron las premisas de un dinamismo de estudios y de obras, de pensamiento y de acción que culminaría en nuestra época, en el Concilio Vaticano II, que se remitió expresamente al Vaticano I.

En efecto, es preciso destacar que, promulgando la Constitución ApostólicaPastor Aeternus, Pío IX no hizo sino poner el arquitrabe de esa sólida construcción eclesiológica que fue completada y perfeccionada después por la Constitución Lumen gentium«magna charta» del Concilio Vaticano II. Esta es una doble continuidad admirable, porque se refiere objetivamente a la Iglesia y también a la doctrina que la Iglesia profesa de sí misma.

Nos agrada igualmente recordar cómo bajo Pío IX, entre otras cosas por la repercusión de las circunstancias histórico-políticas, se esbozó la primera idea de una organización de los católicos no sólo para tutelar los valores de su fe, sino también para promover su colaboración activa con el apostolado jerárquico.

En efecto, justamente en la época «piana» tuvo su origen la Acción Católica, llamada entonces Sociedad de la juventud Católica Italiana, a la que se debe, entre otras cosas, la decisión de fundar lo que a partir de 1874 será la Obra de los Congresos. Se trata, ciertamente, de estructuras embrionarias que se configurarán y desarrollarán en los decenios sucesivos, pero la idea lanzada entonces iba a demostrarse válida.

También desde este punto de vista, igual que por los datos de hecho antes recordados, Pío IX aparece en la historia de la Iglesia como animador diligente y constructor activo, cuyo carisma y cuya herencia se prolongan hasta la edad contemporánea, si es verdad que no poco de cuanto él intuyó, quiso y puso en práctica sigue vivo y perdura todavía hoy.

Concluyamos con un episodio, para nosotros conmovedor, relacionado con nuestra dilecta familia natural.

El año 1871, un jovencito de Brescia fue presentado por sus padres a Pío IX que, movido por su cariño innato hacia la juventud, le puso la mano sobre la cabeza, diciéndole: «Giorgio, también tú aquí, pequeño diputado» (cf. A. Fappani, Pio IX e la famiglia Montini alla luce di documenti inediti, en Pio IX, I1972, pág. 317).

Cuarenta y nueve años después, Giorgio, ya diputado efectivo, firmó el registro de los visitantes en el palacio Mastai, casa natal del Papa en Senigallia. Aquel jovencito era nuestro padre…

Así nos une con nuestro venerado predecesor un hilo histórico sutil y peculiar que sirve para explicar el lazo de orden personal y afectivo que, además de los más altos motivos espirituales y eclesiales, nos vincula con el bendito recuerdo y la querida figura de este Pontífice.

Nosotros hemos querido conmemorar hoy a Pío IX para tributarle un homenaje debido, aunque muy inferior a sus méritos, y para manifestar, asimismo, los sentimientos de viva gratitud que el actual Pastor de la Iglesia debe al Pastor de la Iglesia de ayer, que la Iglesia del Concilio Vaticano II debe a la Iglesia del Concilio Vaticano I, que todo el Pueblo de Dios. en la admirable realidad unitaria de la Comunión de los Santos, debe a los fieles y Pastores que le precedieron «en el signo de la fe» y, llevando en la mano esta antorcha luminosa (cf. Mt 25, 1; 5, 15), fueron ya al encuentro de Cristo Señor. Así sea.

Domingo, 5 de marzo de 1978

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Otras fuentes en la red

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Fuentes audiovisuales

Pío IX: oremos por su canonización

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Pío IX: origen de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María

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Los Papas del Vaticano: Pío IX (Gloria TV)

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San Pablo Miki y sus compañeros mártires en Japón

San Pablo Miki y sus compañeros mártires en Japón

«Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar».

San Pablo Miki

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Fueron 26, martirizados el mismo día, 5 de febrero del año 1597.

En el año 1549 San Francisco Javier llegó al Japón y convirtió a muchos paganos.

Ya en el año 1597 eran varios los miles de cristianos en aquel país. Y llegó al gobierno un emperador sumamente cruel y vicioso, el cual ordenó que todos los misioneros católicos debían abandonar el Japón en el término de seis meses. Pero los misioneros, en vez de huir del país, lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir ayudando a los cristianos. Fueron descubiertos y martirizados brutalmente. Los que murieron en este día en Nagasaki fueron 26. Tres jesuitas, seis franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos.

Los mártires jesuitas fueron: San Pablo Miki, un japonés de familia de la alta clase social, hijo de un capitán del ejército y muy buen predicador: San Juan Goto y Santiago Kisai, dos hermanos coadjutores jesuitas. Los franciscanos eran: San Felipe de Jesús, un mexicano que había ido a misionar al Asia. San Gonzalo García que era de la India, San Francisco Blanco, San Pedro Bautista, superior de los franciscanos en el Japón y San Francisco de San Miguel.

Entre los laicos estaban: un soldado: San Cayo Francisco; un médico: San Francisco de Miako; un Coreano: San Leon Karasuma, y tres muchachos de trece años que ayudaban a misa a los sacerdotes: los niños: San Luis Ibarqui, San Antonio Deyman, y San Totomaskasaky, cuyo padre fue también martirizado.

A los 26 católicos les cortaron la oreja izquierda, y así ensangrentados fueron llevados en pleno invierno a pie, de pueblo en pueblo, durante un mes, para escarmentar y atemorizar a todos los que quisieran hacerse cristianos.

Al llegar a Nagasaki les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.

La Iglesia Católica los declaró santos en 1862.

Testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente manera: «Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría».

Al Padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés, que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los Padres jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir por propagar la verdadera religión de Dios. A continuación añadió las siguientes palabras:

«Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar».

Luego, vueltos los ojos hacia sus compañeros, empezó a darles ánimos en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se pudo a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía». Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre.

Luego los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a sus vidas.

El pueblo cristiano horrorizado gritaba: ¡Jesús, José y María!

Artículo original en EWTN-Fe.

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Otras fuentes en la red

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Oración a San Pablo Miki y los mártires del Japón

Oh Dios, fortaleza de los santos,

que has llamado a San Pablo Miki y a sus compañeros

a la vida eterna por medio de la cruz;

concédenos, por su intercesión,

mantener con vigor, hasta la muerte, la fe que profesamos.

Por nuestro Señor.

Misal Romano, día 6 de febrero.

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Recursos audiovisuales

¿Quién fue san Pablo Miki?

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San Pablo Miki, por las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús

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San Pablo Miki y compañeros mártires en Gloria TV

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San Felipe de Jesús, el mártir mexicano del Japón

San Felipe de Jesús, el mártir mexicano del Japón

De padres españoles (Don Alfonso de las Casas y Doña Antonia Martínez), nació Felipe de las Casas Martínez en la Ciudad de México en 1572. Fue el mayor de once hermanos, de los que tres siguieron la vida religiosa. Su padre estaba emparentado con otro notable monje y evangelizador de América, Fray Bartolomé de las Casas. Felipe era travieso e inquieto de niño. Estudió gramática en el colegio de San Pedro y San Pablo de la ciudad de México, dirigido por los jesuitas. Mostró interés por la artesanía de la plata. Por eso, cuando Felipe fue beatificado el gremio de los plateros lo nombró su patrón.

A los 21 años se encontraba en las Islas Filipinas, a donde había ido en busca de aventura. Las personas que viajaban a ese lugar, en aquellos tiempos, no lo hacían generalmente por motivos piadosos. Ni tampoco predominaba lo espiritual en el ambiente de Manila, ciudad conquistada apenas en 1571. En ésta lo común era ver gente ocupada con planes de conquista militar y haciendo planes para el comercio. Ahí decidió Felipe ingresar a la orden de los Franciscanos y escogió el nombre Felipe de Jesús. Entró al convento de Santa María de los Ángeles de Manila. Un año más tarde, Jesús hizo su profesión religiosa. Cuando tres años después se acercaba el tiempo de su ordenación, el 12 de julio de 1596, partió rumbo a México en barco. En Filipinas no se podía ordenar porque no había un obispo. El viaje de Filipinas a América era una aventura peligrosa y el viaje podía durar hasta siete u ocho meses. La travesía del barco en el que iba Felipe estuvo a punto de ser desastrosa. Durante un mes la nave estuvo a la deriva, arrojada por las tempestades de un lado a otro hasta que, destrozada y sin gobierno, fue a dar a las costas del Japón.

En Japón, no les tenían confianza a los misioneros. Cuando ellos llegaron ahí no sabían qué les iba a pasar y así pasaron varios meses. Fray Felipe de Jesús se refugió en Meaco, donde los franciscanos tenían escuela y hospital. El 30 de diciembre todos los frailes fueron hechos prisioneros junto con un grupo de cristianos japoneses. Comenzó el martirio. El día 3 de enero les cortaron a todos la oreja izquierda. Luego emprendieron una marcha en pleno invierno, por un mes, de Tokyo a Nagasaki.

El 5 de febrero, 26 cristianos fueron colgados de cruces sobre una colina en las afueras de Nagasaki. Los fijaron a las cruces con argollas de hierro en el cuello, en las manos y en las piernas. Los atravesaron con lanzas. El primero fue Felipe de Jesús. Murió repitiendo el nombre de Jesús. Las argollas que debían sostenerle las piernas estaban mal puestas, por lo que el cuerpo resbaló y la argolla que le sujetaba el cuello comenzó a ahogarlo. Le dieron dos lanzadas en el pecho que le abrieron las puertas de la Gloria de Dios.

Fue beatificado, junto con sus compañeros, el 14 de septiembre de 1627 y canonizado el 8 de julio de 1862.

Estos mártires eran frecuentemente recordados por el Papa Juan Pablo II dando a saber que su sangre no fue derramada en balde. Llegaron al cielo.

Este día nos podemos acercar a la Eucaristía para pedirle a Jesús nos ayude a realizar la vocación que tenemos en la vida.

Recuerda que el testimonio de los santos confirma el amor a Dios (CEC 313). El testimonio de estas personas nos puede ayudar a crecer en nuestra vida espiritual, en nuestra vida de fe.

Algo que no debes olvidar

  • San Felipe de Jesús fue el protomártir mexicano.
  • Fue un religioso de la orden de los franciscanos en Manila.
  • Al venir a ordenarse a México, naufragó su barco y llegó a Japón donde lo mataron.
  • Murió repitiendo el nombre de «Jesús».

Artículo de Tere Vallés en Catholic.net.

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Oración

San Felipe de Jesús,

Protomártir de México,

que llevaste tu espíritu generoso hasta el

extremo del mundo,

enséñanos a medir el valor exacto de las cosas;

que nuestra patria

vuelva a su antigua riqueza espiritual,

y sea Dios el Señor de cada vida.

San Felipe de Jesús,

que aprendamos de ti

a ser como el mundo nos necesita.

¡Glorioso Mártir Mexicano,

ruega por tu Patria

y por los que vivimos en ella!

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San Felipe de Jesús, protomártir mexicano

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Santa Jacinta Mariscotti, un ejemplo para las jóvenes de hoy

Santa Jacinta Mariscotti, un ejemplo para las jóvenes de hoy

Ningún apóstol que se precie puede pensar que los frutos de su acción evangelizadora exigen ciertos parámetros previos sin los cuales difícilmente pueden aflorar los sentimientos de conversión a su alrededor. La respuesta al llamamiento de Cristo está salpicada por multitud de matices, con frecuencia sorprendentes, que ponen de relieve claramente la dádiva divina que la impulsa. Es un don y como tal surge y se manifiesta en cualquier momento y circunstancia, aún en las más adversas. En un instante concreto los parámetros de la rebeldía caen hechos añicos ante el amor divino inundando para siempre el desierto inicial de un espíritu equívocamente combativo. Con frecuencia, el instrumento elegido por Dios para quebrar la huidiza voluntad ha sido el mazazo de la enfermedad. Aunque Jacinta se vio abocada a una vida que no deseaba para sí, finalmente se antepuso la voluntad divina sobre la suya.

Pertenecía a una familia de origen nobiliario, creyente y practicante de Viterbo, donde nació el 16 de marzo de 1585. Su madre fue la condesa de Vignanello. Eran cinco hermanos. Ginebra, la primogénita, fue una virtuosa Terciaria Regular Franciscana y los otros cuatro hermanos fueron ejemplares en su vida y profesiones; uno de ellos falleció en la Curia de Roma. Los padres pusieron todo su empeño para que sus hijos recibieran la mejor educación. En el caso concreto de Jacinta (a la que impusieron el nombre de Clarice), consideraron que ellos no podrían igualar la formación que podría darle su hermana sor Inocencia (bautizada como Ginebra) en el monasterio de san Bernardino de Viterbo. Pero no calaron en Jacinta los aires del lugar. La austeridad conventual se contravenía con la tendencia a la laxitud de la adolescente, que, atraída con irresistible fuerza por lo mundano, se complacía en ello. Coqueta y vanidosa, se jactaba abiertamente del ilustre abolengo de su familia y las prebendas que llevaba anejas. Al final, dejó a las religiosas.

Su tan ansiado regreso estuvo marcado por una febril urgencia en aprovechar el tiempo perdido. El frenesí de las fiestas, la preocupación por el ornato, el abrazo a una vida ociosa fueron tales que su padre volvió a llevarla al convento para preservarla de males mayores. Y cuando iba a visitarla, recibía sus quejas: «Aquí me tienes de monja como has querido, pero yo quiero vivir de acuerdo con mi condición social». Por segunda vez, su progenitor accedió a su salida. Y ella se dio de bruces con el fracaso. De nada valían sus afanes y esfuerzos para conseguir un buen partido, y veía esfumarse sus sueños matrimoniales que obtenían otras jóvenes, como su hermana Hortensia, sin darse tantas ínfulas ni vivir prendidas de sí mismas. Regresó al convento, aconsejada por sus padres, pero en contra de su voluntad. Los resultados fueron nefastos. Los diez primeros años de su vida en el monasterio los convirtió en un calco de lo que había en el exterior. Su celda era un expositor de lo mismo que albergaba dentro de sí: el vacío, por mucho que tiñese su habitáculo con adornos llenos de lujo. La estancia en el convento era dramática. Incapaz de darse a la oración y meditación, no soportaba las correcciones, ni atendía a la obediencia. A sus 20 años no ocultaba su desdén y animadversión por la vida religiosa.

Pero Dios se valió de la enfermedad para llevarla hacia Él. Se convirtió cuando un virtuoso franciscano al que llamaron para que la confesase, ya que le aterrorizaba su muerte, se quedó petrificado al ver su celda, y se negó a administrarle la confesión, recriminándola severamente: «¡El paraíso no se ha hecho para hermanas soberbias y vanidosas!». Impresionada, vistió el hábito, reemplazándolo por sus ricos vestidos, y se confesó entre lágrimas de arrepentimiento, pidiendo perdón a sus hermanas. Pero no se liberó por completo de sus apegos. Y al enfermar de nuevo, santa Catalina de Siena, a través de una visión, medió para que su conversión fuese plena. Es decir, que Jacinta tenía 30 años cuando, a la par que peligraba su vida, sintió brotar en su corazón un manantial de piedad y penitencia que la conduciría a los altares. La austeridad y las disciplinas fueron desde entonces sus compañeras de camino. Determinó infligirse mortificaciones diversas queriendo unirse a la Pasión de Cristo. Ayunos y cilicios para un alma pecadora, que era como se sentía. Y para que la ayudasen en este camino de perfección, eligió a santos que habían pasado por circunstancias similares a la suya antes de convertirse: santa María Egipcíaca, san Agustín y santa Margarita de Cortona. Deliberadamente buscaba toda ocasión para vivir la humildad y la paciencia.

En ese itinerario espiritual, plagado de actos de amor y signados por una exquisita obediencia, llegó a ser maestra de novicias y vicesuperiora. En estas misiones tuvo que hacer acopio de humildad para formar a hermanas en las que apreciaba alguna virtud concreta que ella no había tenido. La oración y contemplación de la Pasión de Cristo le otorgaron la fortaleza en sus sufrimientos, viéndose adornada por el olvido de sí. Para ayudar a quienes experimentaban el extravío del pecado, que conocía por experiencia, fundó dos cofradías: la Compagnia dei Sacconi (Cofradía de los encapuchados) dedicada a la atención de los enfermos y moribundos, y la Congregación de los oblatos de María para fomento de la piedad, de la caridad y apostolado de los seglares. Jacinta recibió numerosos dones: de profecía, éxtasis, de milagros y penetración de espíritus, entre otros. Convirtió a muchos. Murió el 30 de enero de 1640 a los 45 años. Fue beatificada por Benedicto XIII –integrante de la familia Orsini, como su madre– el 1 de septiembre de 1762. Y fue canonizada por Pío VII el 24 de mayo de 1807.

Artículo original de Isabel Orellana Vilches en Zenit.org.

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San Pedro Nolasco, con recursos audiovisuales

San Pedro Nolasco, con recursos audiovisuales

Pedro Nolasco nace en Mas de Saintes Puelles entre el 1180 y 1182. Avecindada la familia Nolasco en Barcelona, aprendió de su padre Bernardo el arte de mercader. Igualmente recibió las enseñanzas de una vida cristiana conforme a las profundas convicciones religiosas de las familias de aquel tiempo.

En el ejercicio de su actividad de comerciante descubre el cautiverio de los cristianos en tierras musulmanas. Desde entonces, dedicará su vida y utilizará sus bienes para devolverles la libertad. En lo cual se manifiesta ya su próxima misión carismática dentro de la Iglesia y de la sociedad.

Compadecido del sufrimiento de los cautivos, convocó a algunos de sus compañeros que, haciéndoles partícipes de sus inquietudes, con desprendimiento juvenil admirable, se despojaron de sus propios bienes y lo dieron todo por la redención: «Perseverando primero en la oración de Dios, después se dedicaron cada día a recoger limosnas de los piadosos fieles, por la provincia de Cataluña y por el Reino de Aragón, para llevar a cabo la santísima obra de la redención. Lo cual se hizo así para que cada año se realizaran en adelante por el santísimo varón y sus compañeros no pequeñas liberaciones y redenciones…odas estas cosas acaecieron el año 1203».

La profesión de mercader de Pedro Nolasco fue de gran utilidad para este grupo de redentores en esta primera época, ya que los mercaderes tenían fácil acceso a los países musulmanes, eran conocidos y, durante siglos, ellos fueron casi los únicos intermediarios para el rescate de cristianos en tierra de moros y de moros en tierra de cristianos. Este grupo de compañeros de Pedro Nolasco estaba formado sólo por laicos, que, «tenían gran devoción a Cristo que nos redimió por su preciosa sangre». Esto indica ya la nota característica de la espiritualidad del grupo: la devoción y seguimiento a Cristo redentor.

Pedro Nolasco y su obra

Tras quince años de admirable acción de redimir cristianos cautivos, Pedro Nolasco y sus compañeros veían con preocupación que, día a día, se acrecentaba el número de cautivos. El lider animoso, de sólida y equilibrada devoción a Cristo y a su bendita Madre, no se sintió agobiado ante la magnitud de la misión iniciada y su pequeñez personal. Buscó en su fervorosa oración la inspiración divina para poder continuar la obra de Dios iniciada por él. En esta circunstancia, la noche del 1 al 2 de agosto de 1218, ocurrió la intervención especial de María santísima en la vida de Pedro Nolasco…

Una experiencia mariana sorprendente, que iluminó su inteligencia y movió su voluntad para que convirtiera su grupo de laicos redentores en una Orden Religiosa Redentora.

Tras los trámites de rigor, el 10 de agosto de 1218 se llevó a cabo, con toda solemnidad, la fundación de la Orden Religiosa Redentora de cautivos en el altar mayor de la catedral de la Santa Cruz de Barcelona, erigido sobre la tumba de santa Eulalia. El obispo Berenguer de Palou hizo entrega a Pedro Nolasco y compañeros de la Regla de San Agustín, como norma de vida en común y, ante él, los primeros mercedarios emitieron la profesión religiosa; el rey Jaime I de Aragón constituyó a la nueva Orden como institución reconocida por el derecho civil de su reino.

La finalidad de esta Orden de la Virgen María de la Merced de la redención de cautivos es «visitar y librar a los cristianos que están en cautividad y en poder de sarracenos o de otros enemigos de nuestra Ley… por la cual obra de misericordia o merced… todos los frailes de esta orden, como hijos de verdadera obediencia, estén siempre alegremente dispuestos a dar sus vidas, si es menester, como Jesucristo la dio por nosotros» (Primeras Constituciones de la Orden de 1272).

Actividad redentora

La novedad que Pedro Nolasco introduce en su obra redentora se expresa en

La colecta de limosnas entre los fieles cristianos con la finalidad de llevarlas a tierra de moros para rescatar a los cristianos cautivos en su poder. Todo fraile, en fuerza de su profesión, quedaba convertido en auténtico limosnero de la redención; y, donde no había religiosos, instituye hermandades, convoca a los fieles agrupándolos en la Cofradía de la limosna de los cautivos.

Cuando el dinero faltaba, el redentor quedaba obligado a entregarse como rehén y expuesto a dar la vida con tal de liberar al cautivo.

Confirmación y propagación de la Orden

Pedro Nolasco solicitó a la Sede Apostólica la confirmación de su obra redentora. El papa Gregorio IX, el 17 de enero de 1235 en Perusa (Perugia), con la bula Devotionis vestræ incorporó canónicamente la nueva Orden a la Iglesia universal.

En vida del santo Fundador la Orden alcanzó a contar con 100 frailes y 18 conventos, extendidos por el reino de Aragón y el sur de Francia. Las bulas Religiosam vitam eligentibus (1245) y Si iuxta sapientis (1246) del papa Inocencio IV contribuyen a hacerse una idea de cómo era valorada y apreciada en Roma la obra de Pedro Nolasco «procurador de la limosna de los cautivos».

Además de los cautivos redimidos por Pedro Nolasco y sus compañeros antes de la fundación de la Orden, en el período institucional hasta su muerte, fueron rescatados 3. 920 cautivos.

El día 6 de mayo de 1245, en Barcelona, casa madre de la Orden, murió el patriarca fundador de la Orden de la Merced. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de dicho convento.

Canonización y culto a san Pedro Nolasco

El recuerdo de Pedro Nolasco, como un fiel imitador de Cristo Redentor, continuó no sólo entre los religiosos sino también en el pueblo que lo veneró como santo. La sagrada Congregación de Ritos, después de un regular proceso canónico, el 30 de septiembre de 1628, aprobó el culto inmemorial que desde su muerte se le había tributado.

El día 19 de junio de 1655 fue introducido su nombre en el martirologio romano. Alejandro VI, el 11 de junio de 1664, extendió su culto a toda la Iglesia fijando la celebración litúrgica el 29 de enero con oficio y misa. Fue el respaldo de la Iglesia a una vida y actividad apostólica surgida en ella y para ella: la actividad liberadora.

Desde entonces y ahora, en su honor se levantan templos, en cuyos altares es venerada su imagen; con su nombre se establecen instituciones sociales, educativas, civiles, eclesiásticas; muchas ciudades lo aclaman su patrono, etc. En el crucero derecho de la basílica de san Pedro y en el colonato que adorna la plaza está expuesta su figura en colosales estatuas que testimonian perennemente su mensaje de liberación.

Artículo original en el portal web de la Orden de la Merced.

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Himno a San Pedro Nolasco

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San Enrique de Ossó, con recursos audiovisuales

San Enrique de Ossó, con recursos audiovisuales

«Sí, Jesús mío, todo por ti y todo por tu gloria, en vida, en muerte y por toda la eternidad».

Enrique de Ossó, sacerdote, fundador de la Congregación de Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, es uno de los hombre de Dios, que, en el siglo pasado, contribuyeron a mantener viva la fe cristiana en España, con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia y la Sede Apostólica.

Nació en Vinebre, diócesis de Tortosa, provincia de Tarragona, el 16 de octubre de 1840. Su madre soñaba verlo sacerdote del Señor. Su padre le encaminó al comercio.

Gravemente enfermo, recibió la primera Comunión por Viático. Durante el cólera de 1854 perdió a su madre, y en este mismo año -trabajaba como aprendiz de comercio en Reus- abandonó todo y se retiró a Montserrat. Vuelto a casa con la promesa de poder emprender el camino elegido, inició en el mismo año 1854 los estudios en el Seminario de Tortosa.

Ordenado sacerdote en Tortosa, el 21 de septiembre de 1867, celebró la primera misa, en Montserrat, el domingo 6 de octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario.

Sus clases como profesor de Matemáticas y Física en el Seminario no le impidieron dedicarse con ardor a la catequesis, uno de los grandes amores de su vida. Organizó en 1871 una escuela metódica de catecismo, en doce Iglesias de Tortosa y escribió una «Guía práctica» para los catequistas. Con este libro inicia Enrique su actividad como escritor, apostolado que le convirtió en uno de los sacerdotes más populares de la España de su tiempo. Desde niño tuvo devoción entusiasta por Santa Teresa de Avila. La vida y doctrina de la Santa, asimilada con la lectura constante de sus obras, inspiró su vida espiritual y su apostolado, mantenidos por la fuerza de su amor ardiente a Jesús y María y por una adhesión inquebrantable a la Iglesia y al Papa.

Para acrecentar y fortificar el sentido de piedad, reunió en asociaciones a los fieles, especialmente a los jóvenes, para quienes la revolución y las nuevas corrientes hostiles a la fe católica resultaban una amenaza.

Después de haber dado vida en los primeros años de sacerdocio a una «Congregación mariana» de jóvenes labradores del campo tortosino, fundó en 1873 la Asociación de «Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús». En 1876 inauguraba el «Rebañito del Niño Jesús». Los dos grupos tenían un fin común: promover una intensa vida espiritual, unida al apostolado en el propio ambiente. El Movimiento Teresiano de Apostolado (MTA) recoge en la actualidad el carisma teresiano de nuestro Santo para hacer de los niños, jóvenes y adultos cristianos comprometidos mediante la oración y el apostolado.

Para facilitar la práctica de la oración a los asociados, Enrique publicó en 1874 «El cuarto de hora de oración», libro que el autor mandó imprimir 15 veces y del que hasta la fecha se han publicado más de 50 ediciones.

Convencido de la importancia de la prensa, inició en 1871 la publicación del semanario, «El amigo del pueblo» que tuvo vida hasta mayo de 1872, cuando por un motivo fútil de la autoridad civil, contraria a la Iglesia, lo suprimió. Sin embargo, en octubre de este mismo año inicia la publicación de la Revista mensual Santa Teresa de Jesús, que durante 24 años fue la palestra en la que el Santo expuso la verdadera doctrina católica, difundió las enseñanzas de Pío IX y León XIII, enseñó el arte de la oración, propagó el amor a Santa Teresa de Avila e informó de manera actualizada sobre la vida de la Iglesia en España y en el mundo. Para formar a la gente humilde publicó en 1884 un Catecismo sobre la masonería fundado en la doctrina del Papa. Y en 1891 ofreció lo esencial de la Rerum Novarum en un Catecismo de los obreros y de los ricos, prueba concreta de su atención a los signos de los tiempos, según el corazón de la Iglesia.

Su gran obra fue la Congregación de las Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús que se extendió, viviendo aún el Fundador por España, Portugal, México y Uruguay. En la actualidad la Congregación se extiende por tres continentes: Europa, Africa y América.

San Enrique quiso que sus hijas, llenas del espíritu de Teresa de Avila, se comprometiesen a «extender el reino de Cristo por todo el mundo», «formando a Cristo en la inteligencia de los niños y jóvenes por medio de la instrucción y en su corazón por medio de la educación».

Había soñado junto con la institución de «Hermanos Josefinos» la de una Congregación de «Misioneros Teresianos»», que viviendo santamente el propio sacerdocio en la mayor intimidad con Cristo y al servicio total de la Iglesia, siguiendo las huellas de Teresa, fuesen los apóstoles de los tiempos nuevos. En vida su proyecto no llegó a realidad. Sin embargo, desde hace pocos años, un grupo de jóvenes mexicanos se preparan al sacerdocio con el mismo espíritu teresiano de Ossó.

Sacerdote según el corazón de Dios, el Santo fue un verdadero contemplativo que fundió en sí con equilibrio extraordinario un ideal apostólico abierto a todo lo bueno que ofrecían los nuevos tiempos. De fe viva, no miraba sacrificios ni oposiciones; en una época especialmente hostil a la Iglesia, anunció valerosamente el Evangelio con la palabra, con los escritos, con la vida.

Murió el 27 de enero de 1896 en Gilet (Valencia), en el convento de los Padres Franciscanos, donde se había retirado durante algunos días para orar en la soledad. Las últimas páginas que escribió antes de su muerte trataban de la acción de la gracia del Espíritu Santo en la vida de los cristianos dóciles a su amor.

Es el mensaje de su vida: siempre fiel a las mociones del Espíritu Santo, vivió como apóstol que transmite la fuerza del Evangelio animada por la comunión constante con Dios y por un amor inmenso a la Iglesia. Su existencia, consumida al servicio de los hermanos en una entrega sin límites, revela que el verdadero amor de Cristo cuanto más posee a un ser lo hace más disponible a la caridad siempre nueva y siempre colmada de quien intenta ser reflejo de la presencia de Dios y de su amor en el mundo.

Artículo original en vatican.va.

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Otras fuentes en la red

Apuntes autobiográficos de san Enrique de Ossó.

San Enrique de Ossó en catholic.net.

San Enrique de Ossó en el Portal Carmelitano.

San Enrique de Ossó en la Fundación Escuela Teresiana.

San Enrique de Ossó en Anécdotas y Catequesis.

San Enrique de Ossó en Ciberia.es, por Enrique Martí Ballester.

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Recursos audiovisuales

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San Vicente, diácono y mártir, con recursos audiovisuales

San Vicente, diácono y mártir, con recursos audiovisuales

Fue San Vicente uno de los mas ilustres mártires de la Iglesia de España, en quien se hizo mas visible cuanto puede la gracia de Jesucristo.

Nació en Huesca de una de las mejores y más distinguidas casas del país. Desde niño le entregaron sus padres al gobierno y a la dirección de Valerio obispo de Zaragoza, que le crió en toda piedad haciéndole instruir así en los misterios como en las obligaciones de la religión, sin olvidar el estudio de las ciencias humanas. En poco tiempo aprovecho mucho Vicente; y viendo el santo prelado los progresos que hacia en todo, le ordeno diacono de su Iglesia, encargándole el ministerio de la predicación, que no podía ejercitar el santo obispo por razón de su avanzada edad. Desempeñóle Vicente con dignidad y con feliz suceso porque predicando tanto con las obras como con las palabras, no solo enseñaba y fortalecía a los fieles, sino que también convertía a la fe mucho numero de gentiles.

Hacia el fin del año de 303, que fue el principio de la persecución que los emperadores Daciano y Maximiniano movieron en España, queriendo Daciano gobernador de la provincia de Tarragona, a cuya jurisdicción pertenecía a Zaragoza y Valencia ampliar su celo y su actividad en que fuesen obedecidos los decretos de los emperadores, mando prender a Valerio y a Vicente dando orden para que fuesen conducidos a Valencia cargados de cadenas. Lisonjeabase con la esperanza de que se desalanterarian con las fatigas y con los malos tratamientos que había encargado se le hiciesen en el camino; y le adquirirían la gloria de haber preso a los dos mayores héroes cristianos que se conocían a la sazón en la nación española. Pero quedo no poco admirado cuando los vio en su presencia tan frescos y robustos como si nada hubieran padecido, a pesar de las diligencias que se había hecho para matarlos de hambre en tan prolijo y penoso viaje.

Sugiriole a Daciano que para persuadir a unos hombres de aquel carácter tendrían por fuerza los buenos términos que la severidad y las amenazas. Con esta idea dirigía primero la palabra a Valerio, le presento que su avanzada edad estaba pidiendo de justicia algún descanso, y sus muchos achaques una vejes dulce y tranquila; que uno y otro lo hallaría obedeciendo a las ordenes justas de los emperadores.

Volviendo después a Vicente le dijo con afectada blandura: «tu hijo mío estoy seguro que no degeneras de la nobleza de tu sangre». Tienes talentos y eres noble por lo que espero te harás acreedor a las honras que la generosidad de los emperadores se dignaran dispensarte. Eres joven, eres galán, eres generoso, eres discreto, puedes esperar los grandes favores con que te brinda la fortuna la cual se te presenta colmada de gracias y de dichas. Para merecerlas no has menester más diligencias que abandonar la religión de tus padres ven hijo mío, ríndete a lo que ordenan los emperadores y te expongas por una obstinación a una muerte anticipada y afrentosa.

El santo viejo Valerio padecía alguna dificultad en la lengua y no podía explicarse bastante expedición por lo que ordenó a Vicente que respondiese por los dos.

Tomando este la palabra hablo a Daciano con valerosa intrepidez declarándole bajo concepto que hacían de los demonios transformados en dioses del imperio añadió «no creas que las amenazas de la muerte nos han de acobardar, ni las desdobles honras de la vida pueden movernos a faltar a nuestra obligación; porque as tener entendido que no hay cosa tan estimable ni tan dichosa en el mundo que se acerque de mil leguas al consuelo y a la honra de morir por Jesucristo».

Vacilo Daciano de la generosa libertad del santo diacono, se contento con desterrar a Valerio y descargo toda su cólera sobre San Vicente. Dio orden a los verdugos para que empleasen los tormentos más crueles y para que inventasen también los más terribles que pudiesen discurrir, a fin de vengar a los dioses del desprecio que se les habían hecho; y fueron ejecutadas sus ordenes con la mayor exactitud y en la mayor puntualidad.

Poniéndole al punto sobre la canasta aplicándole los cordeles, y comienzan a tirarle de piernas y las manos, jugando el artificio de aquella horrible maquina con tanta violencia que luego se oyó el ruido y se percibió la dislocación de todos los huesos de suerte apenas se mantenían los miembros unidos al cuerpo sino por pedazos de los nervios viendo el tirano que el santo se reía de aquel tormento, mando que rasgasen las espaldas con uñas o garfios acerados; lo que se ejecuto de un modo tan cruel, que se le descubrieron las costillas hasta el espinazo. Esperaba Daciano que el santo mártir lanzaría por lo menos un suspiro o dejaría corre alguna lágrima; pero queriendo el Señor dar a entender a los hombres que sabe muy bien cuando quiere endulzar las penas y trabajos que se padecen por su amor hizo que el santo sufriese este segundo suplicio contacta constancia y con tanta alegría como había sufrido el primero quedo atónito el tirano al ver aquella asombrosa tranquilidad del Santo Mártir en que los mas vivos dolores pero cuando le oyó hacer como burla y chacota de la maldad de los verdugos, y que al él mismo le desafiaba que le hiciese sufrir todo lo que se le antojase espumaba de cólera, teniéndolo por especie de insulto.

Sabiendo que las yagas en dejándose enfriar son mas dolorosas si se vuelven abrir ordeno que fuese despedazado de nuevo, lo que se hizo con tanta crueldad arranquandole crecidos pedazos de carne, dejaban ver patentes las entrañas donde corrían arroyos de sangra por todas partes, y solo se miraba un esqueleto que vivía en fuerza de milagro. Comprendió bien el tirano que en aquella constancia estaba alguna cosa sobre natural y que nunca podría vencer una fuerza tan superior a la suya mando que se cesasen los tormentos; pero, sin querer manifestarse vencido le ordeno que a lo menos le entregase los libros Sagrados para arrojarlos al fuego, ofreciéndole la vida si le obedecía en esto.

Vicente, con modo grato, pero santamente intrépido respondió al juez que el fuego con que amenazaba a los libros estaría mejor empleado en el mismo Santo para acabar el sacrificio en las llamas; y también me veo obligado a prevenirte añadió el invicto mártir, que algún día arderás tu por toda la eternidad en las del infierno sino a renuncias al culto de los falsos dioses.

Apurado todo el sufrimiento de Daciano al oír tan no esperada respuesta y no pudiendo contener la indignación en el pecho, mando que al instante le extendiesen en una cama de hierro ardiendo aplicándole por todo el cuerpo laminas o planchas encendidas.

Renovoce la alegría de Vicente a vista del nuevo tormento que le esperaba. Todo su gusto era pasar de un suplicio a otro, del eculio o del potro a las parrillas, las cuales se componían de unas barras atravesadas, no de plano, sino de esquinas, abiertas en forma de sierra y salpicadas a trechos de púas agudas a manera de rayo. Su elevaron era de una cuarta escasa, y se colocaban sobre cartones encendidos que estaba continuamente avivando los verdugos. Llenavanse todos de horror al ver aquel cuerpo medio desollado amarrado con cadenas a la parrilla cubierto de planchas ardiendo por la parte superior, mientras por la inferior le derretía el bracero. La grasa que el Santo cuerpo destilaba añadía mucha fuerza a la violencia del fuego y como si aquel conjunto de tormentos no bastase a causarle un dolor agudísimo y cruel, cuidaban los verdugos de avivársele, llenándole de sal las yagas y las heridas.

Permanecía Vicente inmóvil los ojos fijos en el cielo y el semblante risueño, adorando y bendiciendo sin cesar al Señor en aquella postura de inmolación y de victima. Pero como la mano del Todopoderoso se descubría tan visiblemente en la alegría y en la constancia de Santo Mártir no podía permanecer expuesto por mucho tiempo a los ojos del publico un espectáculo que tanto desacreditaba el culto de los ídolos todos admiraban la fuerza prodigiosa del paciente y hasta los mismos gentiles clamaban que aquello no podía ser sin gran milagro: de suerte que se vio precisado Daciano a mandar retirar al invicto mártir diacono. Encerrándole en un oscuro calabozo donde le tendieron para descansar sobre pedazos de hierro con severa prohibición de que no se le diese el menor alimento ni el mas ligero alivio pero el Señor tubo providencia de su ciervo, porque de repente bajo una celestial luz que despidió las tinieblas del calabozo, y al mismo tiempo derramo Dios en el alma de aquel héroe una divina dulzura, un consuelo de superior orden que le inundo de alegría hallase de repente restituido a su antigua robustez y mejorado en su natural hermosura exhalando de cuerpo un suavizo olor que llenaba de fragancia aquel lugar hediondo.

Bajaron a hacerle compañía escuadrones de espíritus angélicos y se dejaron percibir los celestiales cánticos con que entonaban alabanzas al Señor de manera que aquella horrorosa prisión se convirtió en paraíso de delicias. La fragancia, la música y el resplandor llenaron de admiración a los guardias pero quedaron atónitos cuando vieron a Vicente sin la más leve señal de los tormentos pasados y convertidos en rosas los pedazos de hierro de que estaba alfombrado el calabozo no era fácil resistir a tanto tropel de prodigios convirtieronse a Cristos el alcaide con los guardias; y llegando la noticia a Daciano lo que pasaba, tomo (fuese desesperación o despique) una resolución bien extraña manda que al punto saque al Santo del calabozo ordena que le acuesten en la cama mas blanda y mas regalada que se pueda disponer y da providencia para que se le cuide sin perdonar a regalo ni a remedio. Publicase en toda la ciudad este decreto: acuden los fieles en tropas a la cárcel; conducen al santo como en triunfo en las calles; pero Vicente en el regalado lecho que se tenia prevenido, cuando, como si fuera el aquel mayor de los tormentos, espiro y volo su alma al cielo a recibir la corona y el premio de su victoria sucediendo esto el día 22 de enero del año 304 o 305.

Rabioso y fuera de si Daciano al verse vencido y confundido por aquel héroe Cristiano mando que fuese su cadáver y que sacándole al campo le arrojasen en un barranco donde sirviese de pasto a las aves y a las fieras; pero envió Dios un cuervo de grandeza extraordinaria que le hizo centinela y le defendió de los demás animales ordeno el tirano que le echase en alta mar, porque no le diesen culto y careciese de ese consuelo la devoción de los fieles; pero el Señor que se burla de todos los artificios de la humana prudencia, condujo a la orilla al Santo Cuerpo; y acudiendo los Cristianos, le enterraron secretamente fuera de las murallas de Valencia en el mismo lugar donde hoy es venerado en una magnifica iglesia en el año 542 sitio y tomo a Zaragoza Gildeberto, Rey de Francia y se contento con llevarse la estola que había servido al Santo diacono, y se la entrego a San German Obispo de Paris conservase esta preciosa reliquia en la Iglesia de San German, que Antiguamente se llamaba de San Vicente.

Martirio de San Vicente Mártir a través del frontal de Liesa (Huesca, España)

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Santa Inés, patrona de los adolescentes, con recursos audiovisuales

Santa Inés, patrona de los adolescentes, con recursos audiovisuales

Santa Inés, admirada de todo el mundo y tan celebrada en toda la Iglesia, nació en Roma, hacia el fin del tercer siglo, de padres nobles, ricos y virtuosos. Las grandes dotes que desde luego descubrieron en su hija, contribuyeron no poco a aumentar el desvelo con que se aplicaron a cuidar de su educación.

Criáronla en gran amor a la religión cristiana, y desde sus más tiernos años formó Inés una idea cabal del estado feliz de la virginidad.

Las instrucciones de sus padres sólo sirvieron para fomentar las impresiones de la gracia. El Espíritu Santo había inspirado en aquel tierno corazón unos sentimientos tan nobles y tan cristianos, que a los diez años de su edad parecía haber llegado a una consumada y eminente perfección. Amó a Dios, dice San Ambrosio, desde que pudo conocerl

Viola un día por accidente Procopio, hijo de Sinfronio, gobernador de Roma, y quedó tan ciegamente enamorado de ella, que resolvió tomarla por esposa. Informado el padre de la calidad y de las grandes prendas de la doncella, aprobó mucho el pensamiento de su hijo; pero era menester el consentimiento de Inés. El primer paso que dio Procopio fue enviarle un rico regalo, declarándole al mismo tiempo el fin de sus honestos deseos. Pero el desaire que le hizo en no recibirlo, y el desprecio con que se lo volvió, no produjeron otro efecto que el de aumentar su pasión. Sirvióse de cuantos artificios pudo y de cuantos medios, discurrió para conquistarla: ruegos, promesas, amenazas, todo lo empleó; pero todo inútilmente.e, y se puede decir que le conoció desde que nació. Las diversiones de la niñez eran únicamente los ejercicios de la devoción más tierna. Fue niña en los años, pero no en las inclinaciones ni en los sentimientos. Su rara hermosura añadía nuevos realces a su modestia. Era extraordinaria su piedad, y la extrema ternura con que amó a la Reina de las vírgenes, casi desde la cuna, la inspiró un amor y una estimación tan grande de la virginidad, que apenas tenía uso de razón, cuando se resolvió a no admitir nunca otro esposo que a sólo Jesucristo. No tenía más que trece años, cuando su hermosura y su raro mérito hacían gran ruido en la corte.

El último recurso de que se valió fue buscar modo para hablarla él mismo, no dudando que al cabo se rendiría a sus ternuras y a sus solicitaciones. Pero todo cuanto pudo sugerirle una pasión ciega, vehemente y persuasiva, sólo sirvió para desengañarle de la ineficacia de sus mayores esfuerzos; porque, animada Inés de un espíritu y de una firmeza muy superior a sus años, le dijo con resolución: Apártate de mí, aguijón del pecado, tentador importuno y ministro del padre de las tinieblas. No te canses en aspirar a la mano de una doncella, que ya está prometida a un Esposo inmortal, único Dueño de todo el Universo, y que sólo dispensa sus favores a las vírgenes puras y castas.

Una resolución tan majestuosa y una respuesta tan desengañada como poco prevenida, llenó a Procopio de desesperación. Exaltada furiosamente su pasión, se dejó poseer de una cruel melancolía. El padre, que le amaba con extremo, resolvió valerse de su autoridad para lograr el beneplácito de los padres y el consentimiento de la hija. La llamó a su casa, y, habiéndola recibido con toda la atención que correspondía a su calidad y a su mérito:

No ignorarás, le dijo, el fin para que te he llamado. Mi hijo desea apasionadamente ser dichoso mereciendo tu mano. Tu nobleza y la noticia que tengo de todas tus 3 buenas prendas me hacen aprobar gustoso su acertada elección. Paréceme que tampoco tú podrás aspirar a mejor partido; y no me persuado que serás tan enemiga de ti misma, que no abraces al instante esta proposición. Inés, a quien el Cielo había dotado de prudencia y discreción superiores a sus pocos años, respondió con singular modestia, pero con igual resolución: que conocía bien la grande honra y la mucha merced que se le hacía en pensar en ella; pero que ya tenía escogido Esposo mucho más noble y más rico que Procopio; que, a la verdad, las riquezas de tal Esposo no eran de este mundo; pero por lo mismo eran mucho más preciosas, y que la virginidad, que ella estimaba más que todas las coronas del universo, era la única dote que su Esposo la pedía. Quedó confuso el gobernador, mostrando no entender quién era aquel Esposo de quien Inés le hablaba; y un caballero, que se hallaba presente, le dijo: Señor, esta doncella es cristiana, y desde su niñez está criada en las extravagancias de esta secta; con que no dudéis que ese divino Esposo de quien habla es el Dios de los cristianos.

Entonces, mudando el gobernador de tono y de modales: Ya veo ahora, dijo a Inés, qué es lo que te tiene trastornada la razón y alucinado el espíritu. Déjate, hija mía, de esas ideas frívolas de virginidad; déjate de esos supersticiosos fantasmones con que esa secta llena las cabezas de todos los que la siguen. Sean nuestros dioses desde hoy en adelante el único objeto de tus cultos; sean sus máximas la regla de tus dictámenes y de tus operaciones. No hagas obstinación de la ceguedad; tiende los brazos a la fortuna que te los alarga, brindándote con una elevación de tanta honra para ti.

Reflexiona bien lo que desprecias, y hazte cargo de que, si lo abrazas, ocuparás un lugar distinguido en la ciudad cabeza del Universo; poseerás grandes riquezas; serás 4una de las primeras señoras del mundo, y harás dichoso a todo tu linaje. Por lo demás, añadió en tono impetuoso y severo, sólo tienes veinticuatro horas de término para tomar resolución: escoge ser la primera dama de Roma, ó expirar infamemente en los más crueles tormentos.

« Señor, le replicó Santa Inés, no he menester tanto tiempo para determinarme, porque mi resolución ya está tomada; desde luego os declaro que no admitiré jamás a otro esposo que a Jesucristo, así como nunca reconoceré a otro Dios que al soberano Creador de Cielo y Tierra. Y me admiro tengáis valor para proponer a una persona de razón que adore a unos dioses de palo y de piedra. No penséis atemorizarme con la amenaza de los mayores suplicios; porque, si reconozco en mí alguna ambición, es únicamente la de añadir la corona de mártir a la de virgen. Niña soy, y soy flaca; pero confío en la gracia de mi Señor Jesucristo, que me dará fuerzas para morir por su amor.»

Atónito quedó el gobernador al oír respuesta tan animosa; pero, volviendo de su primer asombro, quiso hacer la última tentativa. Como la Santa mostraba tanto amor a la virginidad, le pareció que nada la intimidaría tanto como amenazarla con que haría fuese violada su entereza; y así le dijo: Escoge una de dos: ó casarte con Procopio, ó ser deshonrada en el lugar infame de las malas mujeres, antes de expirar en los tormentos.

«Tengo colocada toda mi confianza en mi divino Esposo Jesucristo, respondió la Santa. El es poderoso para librarme de tus violencias, y El es tan celoso de la pureza de sus esposas, que no permitirá les quiten un tesoro que dimana de Él, y que está debajo de su custodia. Vuestros dioses hediondos y malvados os inspiran semejantes infamias; pero el Dios de la pureza, a quien yo sirvo, sabrá librarme de vuestros impíos intentos.»

Rebosando Sinfronio en cólera y furor, mandó que al instante la cargasen de cadenas. Al punto trajeron los ministros una multitud de argollas, grillos y esposas, que con el ruido y con la vista hacían estremecer; pero Inés no mudó de color ni de semblante ni de lenguaje en presencia de los verdugos y de los instrumentos. Se mantuvo serena en medio de aquel funesto aparato; y oprimida con el peso de las cadenas estaba libre, porque no se habían hecho aquellos hierros para un cuerpecillo tan pequeño. Enternecíanse todos, sin poder contener las lágrimas, hasta los mismos paganos; pero Inés no podía disimular su alegría, agobiada por las cadenas.

Lleváronla como arrastrando al templo, para que ofreciese sacrificio a los ídolos; pero esto sólo sirvió para que confesase más públicamente a Jesucristo en presencia de mayor concurso. Moviéronla por fuerza la mano; mas ella hizo la señal de la cruz, levantando, por decirlo así, este trofeo sobre los mismos altares de los demonios.

Confuso el gobernador con la constancia de aquella doncellita, sin darse por vencido, se puso más furioso.

Creyendo, y con razón, que el lugar infame de las mujeres perdidas la causaría más horror que la misma muerte, la hizo conducir a él; pero un ángel la defendió y, desprendiéndose de lo alto una celestial luz, convirtió aquel hediondo lugar en oratorio, santificado con las oraciones y con los votos de la santa virgen.

Sólo Procopio, más osado que los demás, se atrevió a entrar con resolución de profanarle; pero al instante cayó muerto a los pies de la Santa. Llenó de consternación a todo caso tan espantoso. Traspasado de dolor el prefecto con la muerte de su hijo, mudó las bravatas en súplicas y en ruegos, y pidió a Inés que resucitase a Procopio. Apenas levantó los ojos y las 6manos al Cielo, cuando volvió a la vida el infeliz y ya dichoso mancebo, porque volvió publicando en alta voz que todos los dioses de los gentiles eran vanos y quiméricos, y que no había otro verdadero Dios sino el que adoraban los cristianos.

Como había sido interesado el gobernador en aquel evidente milagro, no pudo menos de mostrarse favorable a Santa Inés; pero los sacerdotes de los ídolos, que habían concurrido a la voz de aquella maravilla, conmovieron tanto al pueblo contra la santa virgen, tratándola de hechicera, de maga y de sacrílega, que el gobernador, temiendo una sedición, si la libraba, y no atreviéndose a condenar a muerte a la que había dado a su hijo la vida, tomó el partido de retirarse y entregar la causa a Aspasio su teniente. Intimidado éste con los gritos del pueblo, que clamaba contra Inés como contra una maga y hechicera, dio sentencia de que fuese quemada viva.

Preparase la hoguera, llénase el pueblo de expectación y arde en furiosa impaciencia de ver reducida a cenizas a aquella dichosa víctima; pero el fuego la respetó reverente. Divididas las llamas en dos partes, la dejaron intacta en medio del brasero, como se conservaron ilesos los tres mancebos hebreos en el horno de Babilonia; pero, remolinadas después las mismas llamas por uno y otro lado, abrasaron a muchos de los circunstantes que hacían el oficio de verdugos.

En fin, obstinándose siempre los sacerdotes y el pueblo en atribuir tantas maravillas a industria y al artificio del demonio, y temiendo el teniente algún alboroto, mandó que un verdugo la degollase en el mismo lugar donde había de ser quemada. Impaciente entonces la Santa con el ansia de unirse siempre en el Cielo con su divino Esposo, le suplicó que se dignase consumar su 7 sacrificio; y volviéndose al verdugo, que se iba acercando a ella con una especie de temblor y miedo reverencial, le alentó a que cumpliese con su oficio, diciéndole con valor: «Date prisa a destruir este cuerpo que ha tenido la desgracia de agradar a otros ojos que a los de mi divino Esposo Jesucristo, el cual fue siempre el único Dueño de mi corazón. No temas darme una muerte que comienza a ser para mí el principio de una vida eterna»; y levantando amorosamente los ojos hacia el Cielo:

«Recibid, Señor, exclamó, a esta alma que tanto os costó, y a la cual amáis Vos tanto». Al acabar de decir estas palabras, el verdugo, con mano trémula, la pasó la espada por el pecho, y al instante expiró.

No pudo estorbar el furor de los paganos que el cuerpo de la Santa fuese enterrado como con una especie de triunfo. Los muchos milagros que desde luego se obraron en su sepultura aumentaron la devoción de los fieles, y desde entonces se hizo célebre el nombre de Santa Inés en todo el orbe cristiano. El concurso a su sepulcro fue siempre muy numeroso, no solamente de los fieles, sino también de los mismos paganos, que se mezclaban con ellos para entrar a la parte en los milagrosos favores de la Santa.

El más acabado elogio y resumen de la vida de esta Santa nos lo suministra San Jerónimo diciendo: «La vida de Inés ha sido alabada en las iglesias, en las letras y en las lenguas de todos los pueblos, pues venció Juntamente a su edad y al tirano, y consagró por medio del martirio el honor de la castidad».

Dos templos existen en Roma con la advocación de esta virgen mártir. El uno en la plaza Navone, construido en el sitio que ocupó la prisión de la Santa, y en el que obró el milagro de la resurrección de Procopio. El otro templo es una de las siete basílicas primitivas de Roma, situado fuera de la ciudad, en el sitio que ocupó la sepultura de Santa Inés, sobre las catacumbas de la vía Nomentana, construida en tiempo de Constantino el Grande.

A esta basílica son llevados el 21 de Enero todos los años, para ser bendecidos, dos corderos, cuya lana sirve para los palios que los papas remiten a los arzobispos como signo de Jurisdicción sobre los obispos sufragáneos.

Las religiosas de Santa Inés tienen el privilegio de cuidar de estos corderos, uno de los cuales se sirve en la mesa del Papa el día de Pascua, y de tejer con su lana los palios mencionados. Casi todas las reliquias de Santa Inés se conservan en la basílica de la Vía Nomentana. En Francia hay algunas, y en Manresa, en España, hay también algunas desde el año 1372.

P. Juan Croisset, SJ

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Otros recursos en la red

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Recursos audiovisuales

Santa Inés, por el Colegio Erain (España)

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Vida de Santa Inés, por Ricardo Jesús

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Vida de Santa Inés, por miembros del grupo Scout de la Parroquia de Santa Inés de Bello de Antioquia (Colombia)

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