Catequesis: Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía

Catequesis: Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía

Esta dinámica busca que los niños comprendan con sencillez y fe la grandeza de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, actúen con amor y respeto, y se preparen con alegría y recogimiento para recibirlo en la comunión.


1. Breve introducción (5 min)

Explica con palabras sencillas:

  • En la Misa, después de la consagración, el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aunque sigan pareciendo pan y vino. Esto se llama transubstanciación (Catecismo nº 1376‑1377)  .
  • Explica que en la Eucaristía Jesús está presente de forma real, verdadera y sustancial, con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad  .

2. Actividades 

Actividad 1: “El tesoro escondido” (10 min)

Materiales: pequeña cajita cerrada, dibujo de un niño buscando un tesoro.

Desarrollo:

  • Enseña la cajita y pregunta: “¿Qué hay dentro?”
  • Explica que Jesús es un tesoro escondido. Aunque parezca pan, en realidad es Él, nuestro tesoro más grande.
  • Dibuja el proceso: pan preparado → consagración → pan que es Jesús.

Objetivo: que comprendan que Jesús está realmente presente, aunque no lo vean con los ojos.

Actividad 2: “Mi corazón adorador” (15 min)

Materiales: corazones de papel, pegatinas, rotuladores, purpurina.

Desarrollo:

  • Cada niño decora un corazón y escribe frases como: “Te amo, Jesús”, “Jesús está aquí”, “Gracias por estar conmigo”.
  • Luego, en círculo, dicen una frase al compartir su corazón.

Objetivo: expresar sencillamente lo que sienten ante Jesús presente en la Eucaristía.

Actividad 3: “Silencio y escucha” (10 min)

Desarrollo:

  • Invita a sentarse en silencio mirando hacia el Sagrario o al lugar donde esté expuesto el Santísimo.
  • Guiados, cierran los ojos y escuchan al Señor en silencio, durante 2‑3 minutos.

Explicación para los niños: Aunque no lo veamos, Jesús está realísimo en ese silencio. Lo escuchamos con el corazón.

3. Oración de adoración al Santísimo Sacramento

Señor Jesús,

te adoramos con humildad y amor.

Aunque parezcas pan, sabemos que eres Tú,

verdadero, real y eterno.

Quédate en nuestro corazón,

guíanos y ámanos siempre.

Gracias por estar aquí con nosotros,

en cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Te amamos, Jesús Eucaristía.

Amén.

4. Indicaciones para los padres

  1. Preparar en familia: lean con los niños pasajes del Papa Juan Pablo II sobre la Eucaristía como “fuente y cumbre” de la vida cristiana  .
  2. Enseñar el “¿por qué?” de arrodillarse, hacer genuflexión y mostrar reverencia, explicando que honran a Jesús que está realmente presente  .
  3. Actitud de respeto y silencio: fomenten el hábito de hablar en voz baja y actuar con recogimiento al pasar junto al Sagrario.
  4. Oración breve antes de comulgar: sugieran frases como “Jesús, vengo a ti” o “Señor, aquí estoy”.
  5. Reflexión después de comulgar: pregunten con cariño cómo se sienten y celebren ese momento de encuentro con Jesús.

 

Catequesis sobre la Instauración de la Eucaristía

Catequesis sobre la Instauración de la Eucaristía

La Institución de la Eucaristía

El don total de Cristo: presencia, sacrificio y comunión


Objetivo de la sesión

Que los participantes comprendan que la Eucaristía no es un símbolo ni un recuerdo, sino la presencia real de Jesucristo que se entrega sacramentalmente como sacrificio, alimento y comunión, y que este misterio constituye el centro de la vida cristiana y de la Iglesia.


Introducción

En la Última Cena, Jesucristo realiza uno de los actos más decisivos de toda la historia de la salvación. No solo anticipa su muerte, sino que la hace sacramentalmente presente. Lo que va a suceder al día siguiente en la cruz queda ya contenido en forma misteriosa en el pan y en el vino. La Iglesia siempre ha comprendido que en este gesto se entrega todo el misterio de Cristo.

San Juan Pablo II afirma con claridad que «la Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 1). No se trata de una devoción más, sino del centro real de la vida cristiana. Todo converge en la Eucaristía: la redención, la presencia de Cristo, la comunión con Dios y la unidad de la Iglesia.

El peligro actual es reducir este misterio a un símbolo, a una reunión o a un acto comunitario sin profundidad sacrificial. Por eso es necesario volver a escuchar las palabras mismas de Cristo y la enseñanza constante de la Iglesia.



Texto bíblico completo

Evangelio según san Lucas (Lc 22, 14-20, Biblia CEE):

«Llegada la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él. Y les dijo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios”.

Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios”.

Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”.

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”».


Profundización teológica, sacramental y patrística

Las palabras de Cristo son directas y no admiten reducción simbólica: «Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre» (Lc 22,19-20). La Iglesia ha entendido siempre estas palabras en sentido real. El Concilio de Trento enseña que en la Eucaristía «está contenido verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo» (Sesión XIII, cap. 1).

Santo Tomás de Aquino explica que no se trata de un cambio aparente, sino real: «Por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Cristo» (Suma Teológica, III, q. 75, a. 4). Esta conversión es lo que la Iglesia llama transubstanciación.

La Eucaristía es también sacrificio. No se repite la cruz, pero se hace presente sacramentalmente. Como enseña el Catecismo, «el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio» (CIC, 1367). Esto significa que en cada Misa estamos realmente ante el misterio de la cruz.

Los Padres de la Iglesia son unánimes en esta fe. San Ignacio de Antioquía habla de la Eucaristía como «la carne de nuestro Salvador Jesucristo» (Carta a los Esmirniotas, 7), y san Cirilo de Jerusalén enseña: «No lo consideres como pan y vino, porque es el cuerpo y la sangre de Cristo» (Catequesis Mistagógicas, 4).

Además, la Eucaristía es comunión. Cristo no solo se ofrece, sino que se da como alimento. San Agustín lo expresa de manera profunda: «No me transformarás tú en ti, como el alimento de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, VII, 10). Comulgar no es un gesto externo, sino una transformación interior.

Por eso, la Eucaristía exige una disposición adecuada. San Pablo advierte con fuerza: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Cor 11,27, Biblia CEE). La Iglesia ha mantenido siempre la necesidad de estar en gracia para recibir dignamente este sacramento.


Orientaciones para catequistas

El catequista debe insistir en tres ideas inseparables: presencia real, sacrificio y comunión. Si se separan, se deforma la comprensión de la Eucaristía. No es solo presencia sin sacrificio, ni sacrificio sin comunión, ni comunión sin presencia real.

Es fundamental evitar un lenguaje ambiguo. Los jóvenes necesitan claridad. Cristo no dijo “esto representa”, sino “esto es”. Esta claridad no debe presentarse con dureza, sino con profundidad y belleza.

Conviene también ayudar a descubrir que la Eucaristía transforma la vida. No se puede comulgar y vivir igual. La coherencia entre fe y vida es parte esencial de la catequesis.


Actividades catequéticas

Actividad 1. ¿Qué significa “esto es mi cuerpo”?

Objetivo: Comprender la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Tiempo: 10 minutos.
Materiales: Biblia.

El catequista lee el texto lentamente y pide a los participantes que se detengan en la frase central.

Microguion:
— «¿Por qué Jesús no dice “esto simboliza”?»
— «¿Qué cambia en tu vida si esto es real?»
— «¿Cómo te acercas a comulgar?»

Indicaciones: llevar a una toma de conciencia personal.


Actividad 2. La Misa como sacrificio

Objetivo: Descubrir la relación entre la Eucaristía y la cruz.

Tiempo: 10 minutos.

El catequista explica brevemente la unidad entre cruz y Misa.

Microguion:
— «¿Qué ocurre realmente en la Misa?»
— «¿Cómo cambiaría tu actitud si pensaras que estás ante la cruz?»

Indicaciones: evitar superficialidad, insistir en la realidad sacrificial.


Actividad 3. Prepararse para comulgar

Objetivo: Tomar conciencia de la necesidad de preparación interior.

Tiempo: 10 minutos.

Se invita a revisar la propia vida antes de la comunión.

Microguion:
— «¿Cómo te preparas para comulgar?»
— «¿Qué significa estar en gracia?»

Indicaciones: puede enlazar con la confesión.


Actividad 4. Lectio divina

Objetivo: Escuchar a Cristo y responder.

Se lee Lc 22,19 en silencio.

Microguion:
— «¿Qué te dice Jesús?»
— «¿Qué le respondes?»


Oración final

Señor Jesús,
creo que estás realmente presente en la Eucaristía.
Aumenta mi fe,
purifica mi corazón,
y enséñame a vivir unido a Ti.
Amén.


Conclusión

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. En ella Cristo se entrega realmente. El confirmado está llamado a vivir de este misterio, a participar con fe y a dejarse transformar por Él.

La gracia del Bautismo

La gracia del Bautismo

 

1262 Los distintos efectos del Bautismo son significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf Hch 2,38; Jn 3,5).

 

Para la remisión de los pecados…

1263 Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios.

1264 No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o metafóricamente fomes peccati: «La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien «el que legítimamente luchare, será coronado» (2 Tm 2,5)» (Concilio de Trento: DS 1515).

«Una criatura nueva»

1265 El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito «una nueva creatura» (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho «partícipe de la naturaleza divina» (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).

1266 La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que :

— le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;

— le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;

— le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.

Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo.

Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo

1267 El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto […] somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12,13).

1268 Los bautizados vienen a ser «piedras vivas» para «edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo» (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles.

1269 Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn 13,12-15) en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts 5,12-13). Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).

1270 Los bautizados «renacidos [por el bautismo] como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23).

Vínculo sacramental de la unidad de los cristianos

1271 El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica: «Los que creen en Cristo y han recibido válidamente el Bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica […]. Justificados por la fe en el Bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos del Señor» (UR 3). «Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él» (UR 22).

Sello espiritual indeleble…

1272 Incorporado a Cristo por el Bautismo, el bautizado es configurado con Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.

1273 Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz (cf LG 10).

1274 El «sello del Señor» (San Agustín, Epistula 98, 5), es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado «para el día de la redención» (Ef 4,30; cf Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). «El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna» (San Ireneo de Lyon, Demonstratio praedicationis apostolicae, 3). El fiel que «guarde el sello» hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con «el signo de la fe» (Plegaria Eucarística I o Canon Romano), con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión bienaventurada de Dios —consumación de la fe— y en la esperanza de la resurrección.

 

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Documento original de la Santa Sede.

La celebración del misterio cristiano

SEGUNDA SECCIÓN:

LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

CAPÍTULO PRIMERO

LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA

ARTÍCULO 1

EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

El Matrimonio en el Catecismo de la Iglesia Católica

El Matrimonio en el Catecismo de la Iglesia Católica

Este sacramento nos conduce al corazón del designio de Dios, que es un designio de alianza con su pueblo, con todos nosotros, un designio de comunión. Al inicio del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, como coronación del relato de la creación se dice: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó… Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 1, 27; 2, 24). La imagen de Dios es la pareja matrimonial: el hombre y la mujer; no sólo el hombre, no sólo la mujer, sino los dos. Esta es la imagen de Dios: el amor, la alianza de Dios con nosotros está representada en esa alianza entre el hombre y la mujer. Y esto es hermoso. Somos creados para amar, como reflejo de Dios y de su amor. Y en la unión conyugal el hombre y la mujer realizan esta vocación en el signo de la reciprocidad y de la comunión de vida plena y definitiva.

Cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se «refleja» en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros. También Dios, en efecto, es comunión: las tres Personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es precisamente este el misterio del matrimonio: Dios hace de los dos esposos una sola existencia. La Biblia usa una expresión fuerte y dice «una sola carne», tan íntima es la unión entre el hombre y la mujer en el matrimonio. Y es precisamente este el misterio del matrimonio: el amor de Dios que se refleja en la pareja que decide vivir juntos. Por esto el hombre deja su casa, la casa de sus padres y va a vivir con su mujer y se une tan fuertemente a ella que los dos se convierten —dice la Biblia— en una sola carne.

San Pablo, en la Carta a los Efesios, pone de relieve que en los esposos cristianos se refleja un misterio grande: la relación instaurada por Cristo con la Iglesia, una relación nupcial (cf. Ef 5, 21-33). La Iglesia es la esposa de Cristo. Esta es la relación. Esto significa que el matrimonio responde a una vocación específica y debe considerarse como una consagración (cf. Gaudium et spes, 48; Familiaris consortio, 56). Es una consagración: el hombre y la mujer son consagrados en su amor. Los esposos, en efecto, en virtud del sacramento, son investidos de una auténtica misión, para que puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella, en la fidelidad y en el servicio.

SS Francisco, Audiencia general del 2 de abril de 2014.

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El Matrimonio en el Catecismo de la Iglesia Católica

Artículo 7

El Sacramento del Matrimonio

1601 «La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (CIC, can. 1055,1)

I El matrimonio en el plan de Dios

1602 La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26- 27) y se cierra con la visión de las «bodas del Cordero» (Ap 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su «misterio», de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación «en el Señor» (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,31-32).

El matrimonio en el orden de la creación

1603 «La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio… un vínculo sagrado… no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio» (GS 48,1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanente. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. «La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS 47,1).

1604 Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,2), que es Amor (cf 1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cf Gn 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla'» (Gn 1,28).

1605 La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: «No es bueno que el hombre esté solo». La mujer, «carne de su carne», su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una «auxilio», representando así a Dios que es nuestro «auxilio» (cf Sal 121,2). «Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (cf Gn 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue «en el principio», el plan del Creador: «De manera que ya no son dos sino una sola carne» (Mt 19,6).

El matrimonio bajo la esclavitud del pecado

1606 Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal.

1607 Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos (cf Gn 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador (cf Gn 2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf Gn 3,16b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cf Gn 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3,16-19).

1608 Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado (cf Gn 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó «al comienzo».

El matrimonio bajo la pedagogía de la antigua Ley

1609 En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, «los dolores del parto» (Gn 3,16), el trabajo «con el sudor de tu frente» (Gn 3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre s í mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí.

1610 La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de «la dureza del corazón» de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1).

1611 Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3. 31; Ez 16,62;23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor «fuerte como la muerte» que «las grandes aguas no pueden anegar» (Ct 8,6-7).

El matrimonio en el Señor

1612 La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por él (cf. GS 22), preparando así «las bodas del cordero» (Ap 19,7.9).

1613 En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

1614 En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: «lo que Dios unió, que no lo separe el hombre» (Mt 19,6).

1615 Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable (cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a s í mismos, tomando sobre s í sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán «comprender» (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

1616 Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla» (Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida: «‘Por es o dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne’. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,31-32).

1617 Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cf Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (cf DS 1800; CIC, can. 1055,2).

La virginidad por el Reino de Dios

1618 Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con El ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (cf Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cf 1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cf Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que El es el modelo:

Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda (Mt 19,12).

1619 La virginidad por el Reino de los Cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo (cf 1 Co 7,31; Mc 12,25).

1620 Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad (cf Mt 19,3-12). La estima de la virginidad por el Reino (cf LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente:

Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad; elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la virginidad… (S. Juan Crisóstomo, virg. 10,1; cf FC, 16).

II La celebración del Matrimonio

1621 En el rito latino, la celebración del matrimonio entre dos fieles católicos tiene lugar ordinariamente dentro de la Santa Misa, en virtud del vínculo que tienen todos los sacramentos con el Misterio Pascual de Cristo (cf SC 61). En la Eucaristía se realiza el memorial de la Nueva Alianza, en la que Cristo se unió para siempre a la Iglesia, su esposa amada por la que se entregó (cf LG 6). Es, pues, conveniente que los esposos sellen su consentimiento en darse el uno al otro mediante la ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el sacrificio eucarístico, y recibiendo la Eucaristía, para que, comulgando en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre de Cristo, «formen un solo cuerpo» en Cristo (cf 1 Co 10,17).

1622 «En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración del matrimonio…debe ser por sí misma válida, digna y fructuosa» (FC 67). Por tanto, conviene que los futuros esposos se dispongan a la celebración de su matrimonio recibiendo el sacramento de la penitencia.

1623 Según la tradición latina, los esposos, como ministros de la gracia de Cristo, manifestando su consentimiento ante la Iglesia, se confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las tradiciones de las Iglesias orientales, los sacerdotes —Obispos o presbíteros— son testigos del recíproco consentimiento expresado por los esposos (cf. CCEO, can. 817), pero también su bendición es necesaria para la validez del sacramento (cf CCEO, can. 828).

1624 Las diversas liturgias son ricas en oraciones de bendición y de epíclesis pidiendo a Dios su gracia y la bendición sobre la nueva pareja, especialmente sobre la esposa. En la epíclesis de este sacramento los esposos reciben el Espíritu Santo como Comunión de amor de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5,32). El Espíritu Santo es el sello de la alianza de los esposos, la fuente siempre generosa de su amor, la fuerza con que se renovará su fidelidad.

III El consentimiento matrimonial

1625 Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su consentimiento. «Ser libre» quiere decir:

  • no obrar por coacción;
  • no estar impedido por una ley natural o eclesiástica.

1626 La Iglesia considera el intercambio de los consentimientos entre los esposos como el elemento indispensable «que hace el matrimonio» (CIC, can. 1057,1). Si el consentimiento falta, no hay matrimonio.

1627 El consentimiento consiste en «un acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente» (GS 48,1; cf CIC, can. 1057,2): «Yo te recibo como esposa» – «Yo te recibo como esposo» (OcM 45). Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos «vienen a ser una sola carne» (cf Gn 2,24; Mc 10,8; Ef 5,31).

1628 El consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo (cf CIC, can. 1103). Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento (CIC, can. 1057, 1). Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido.

1629 Por esta razón (o por otras razones que hacen nulo e inválido el matrimonio; cf. CIC, can. 1095-1107), la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar «la nulidad del matrimonio», es decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente precedente (cf CIC, can. 1071).

1630 El sacerdote ( o el diácono) que asiste a la celebraci ón del matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro de la Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente que el matrimonio es una realidad eclesial.

1631 Por esta razón, la Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio (cf Cc. de Trento: DS 1813-1816; CIC, can. 1108). Varias razones concurren para explicar esta determinación:

  • El matrimonio sacramental es un acto litúrgico. Por tanto, es conveniente que sea celebrado en la liturgia pública de la Iglesia.
  • El matrimonio introduce en un ordo eclesial, crea derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos.
  • Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos).
  • El carácter público del consentimiento protege el «Sí» una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él.

1632 Para que el «Sí» de los esposos sea un acto libre y responsable, y para que la alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y cristianos sólidos y estables, la preparación para el matrimonio es de primera importancia:

El ejemplo y la enseñanza dados por los padres y por las familias son el camino privilegiado de esta preparación.

El papel de los pastores y de la comunidad cristiana como «familia de Dios» es indispensable para la transmisión de los valores humanos y cristianos del matrimonio y de la familia (cf. CIC, can. 1063), y esto con mayor razón en nuestra época en la que muchos jóvenes conocen la experiencia de hogares rotos que ya no aseguran suficientemente esta iniciación:

Los jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre la dignidad, dignidad , tareas y ejercicio del amor conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo vivido al matrimonio (GS 49,3).

Matrimonios mixtos y disparidad de culto

1633 En numerosos países, la situación del matrimonio mixto (entre católico y bautizado no católico) se presenta con bastante frecuencia. Exige una atención particular de los cónyuges y de los pastores. El caso de matrimonios con disparidad de culto (entre católico y no bautizado) exige una aún mayor atención.

1634 La diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye un obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner en común lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a aprender el uno del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo. Pero las dificultades de los matrimonios mixtos no deben tampoco ser subestimadas. Se deben al hecho de que la separación de los cristianos no se ha superado todavía. Los esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el drama de la desunión de los cristianos. La disparidad de culto puede agravar aún más estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma del matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas pueden constituir una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente a propósito de la educación de los hijos. Una tentación que puede presentarse entonces es la indiferencia religiosa.

1635 Según el derecho vigente en la Iglesia latina, un matrimonio mixto necesita, para su licitud, el permiso expreso de la autoridad eclesiástica (cf CIC, can. 1124). En caso de disparidad de culto se requiere una dispensa expresa del impedimento para la validez del matrimonio (cf CIC, can. 1086). Este permiso o esta dispensa supone que ambas partes conozcan y no excluyan los fines y las propiedades esenciales del matrimonio; además, que la parte católica confirme los compromisos -también haciéndolos conocer a la parte no católica- de conservar la propia fe y de asegurar el Bautismo y la educación de los hijos en la Iglesia Católica (cf CIC, can. 1125).

1636 En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común para los matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir su situación particular a la luz de la fe. Debe también ayudarles a superar las tensiones entre las obligaciones de los cónyuges, el uno con el otro, y con sus comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo de lo que les es común en la fe, y el respeto de lo que los separa.

1637 En los matrimonios con disparidad de culto, el esposo católico tiene una tarea particular: «Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente» ( 1 Co 7,14). Es un gran gozo para el cónyuge cristiano y para la Iglesia el que esta «santificación» conduzca a la conversión libre del otro cónyuge a la fe cristiana (cf. 1 Co 7,16). El amor conyugal sincero, la práctica humilde y paciente de las virtudes familiares, y la oración perseverante pueden preparar al cónyuge no creyente a recibir la gracia de la conversión.

IV Los efectos del sacramento del Matrimonio

1638 «Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado» (CIC, can. 1134).

El vínculo matrimonial

1639 El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios (cf Mc 10,9). De su alianza «nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad» (GS 48,1). La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: «el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino» (GS 48,2).

1640 Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina (cf CIC, can. 1141).

La gracia del sacramento del matrimonio

1641 «En su modo y estado de vida, (los cónyuges cristianos) tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios» (LG 11). Esta gracia propia del sacramento del matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia «se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos» (LG 11; cf LG 41).

1642 Cristo es la fuente de esta gracia. «Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos» (GS 48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de segu irle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2), de estar «sometidos unos a otros en el temor de Cristo» (Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero:

¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria la dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma la ofrenda, que sella la bendición? Los ángeles lo proclaman, el Padre celestial lo ratifica…¡Qué matrimonio el de dos cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne. Donde la carne es una, también es uno el espíritu (Tertuliano, ux. 2,9; cf. FC 13).

V Los bienes y las exigencias del amor conyugal

1643 «El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad. En una palabra: se trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos» (FC 13). Unidad e indisolubilidad del matrimonio

1644 El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son dos sino una sola carne» (Mt 19,6; cf Gn 2,24). «Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total» (FC 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común.

1645 «La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor» (GS 49,2). La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo.

La fidelidad del amor conyugal

1646 El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. «Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad» (GS 48,1).

1647 Su motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a su alianza, de Cristo a su Iglesia. Por el sacramento del matrimonio los esposos son capacitados para representar y testimoniar esta fidelidad. Por el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere un sentido nuevo y más profundo.

1648 Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial (cf FC 20).

1649 Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, s i es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (cf FC; 83; CIC, can. 1151-1155).

1650 Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo («Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio»: Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.

1651 Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:

Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios (FC 84).

La apertura a la fecundidad

1652 «Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación» (GS 48,1):

Los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: «No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer» (Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: «Creced y multiplicaos» (Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tienden a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más (GS 50,1).

1653 La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la educación. Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos (cf. GE 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida (cf FC 28).

1654 Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.

VI La iglesia doméstica

1655 Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, «con toda su casa», habían llegado a ser creyentes (cf Hch 18,8). Cuando se convertían deseaban también que se salvase «toda su casa» (cf Hch 16,31 y 11,14). Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.

1656 En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia domestica» (LG 11; cf. FC 21). En el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada» (LG 11).

1657 Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, «en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (LG 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y «escuela del más rico humanismo» (GS 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.

1658 Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, «iglesias domésticas» y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. «Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están ‘fatigados y agobiados’ (Mt 11,28)» (FC 85).

Resumen

1659 San Pablo dice: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia…Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,25.32).

1660 La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. Entre bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento (cf. GS 48,1; CIC, can. 1055,1).

1661 El sacramento del matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna (cf. Cc. de Trento: DS 1799).

1662 El matrimonio se funda en el consentimiento de los contrayentes, es decir, en la voluntad de darse mutua y definitivamente con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo.

1663 Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, la celebración del mismo se hace ordinariamente de modo público, en el marco de una celebración litúrgica, ante el sacerdote (o el testigo cualificado de la Iglesia), los testigos y la asamblea de los fieles.

1664 La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva la vida conyugal de su «don más excelente», el hijo (GS 50,1).

1665 Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados mientras viven sus cónyuges legítimos contradice el plan y la ley de Dios enseñados por Cristo. Los que viven en esta situación no están separados de la Iglesia pero no pueden acceder a la comunión eucarística. Pueden vivir su vida cristiana sobre todo educando a sus hijos en la fe.

1666 El hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente «Iglesia doméstica», comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.

Sacramento de la Reconciliación – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sacramento de la Reconciliación – Catequesis del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

A través de los sacramentos de iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida «en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7), estamos aún sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por ello el Señor Jesús quiso que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia los propios miembros, en especial con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos, que se pueden unir con el nombre de «sacramentos de curación». El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).

El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.

A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote. «Pero padre, yo me avergüenzo…». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión! Quisiera preguntaros —pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello… ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.

Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga.

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Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles, 19 de febrero de 2014


Catequesis sobre el Sacramento de la Unción de los enfermos

Catequesis sobre el Sacramento de la Unción de los enfermos

Cristo dispensa su salvación mediante los sacramentos y de manera muy especial, a los que sufren enfermedades o tienen una discapacidad, a través de la gracia de la Unción de los Enfermos. Para cada uno, el sufrimiento es siempre un extraño. Su presencia nunca se puede domesticar. Por eso es difícil de soportar y, más difícil aún como lo han hecho algunos grandes testigos de la santidad de Cristo— acogerlo como ingrediente de nuestra vocación o, como lo ha formulado Bernadette, aceptar «sufrir todo en silencio para agradar a Jesús». Para poder decir esto hay que haber recorrido un largo camino en unión con Jesús. Desde ese momento, en compensación, es posible confiar en la misericordia de Dios tal como se manifiesta por la gracia del Sacramento de los Enfermos. Bernadette misma, durante una vida a menudo marcada por la enfermedad, recibió este sacramento en cuatro ocasiones. La gracia propia del mismo consiste en acoger en sí a Cristo médico. Sin embargo, Cristo no es médico al estilo de mundo. Para curarnos, Él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo. La presencia de Cristo consigue romper el aislamiento que causa el dolor. El hombre ya no está solo con su desdicha, sino conformado a Cristo que se ofrece al Padre, como miembro sufriente de Cristo y participando, en Él, al nacimiento de la nueva creación.

Sin la ayuda del Señor, el yugo de la enfermedad y el sufrimiento es cruelmente pesado. Al recibir la Unción de los Enfermos, no queremos otro yugo que el de Cristo, fortalecidos con la promesa que nos hizo de que su yugo será suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30). Invito a los que recibirán la Unción de los Enfermos durante esta Misa a entrar en una esperanza como ésta.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Santa Misa con los enfermos. Homilía del lunes 15 de septiembre de 2008

Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Lourdes

Viaje apostólico a Francia con ocasión del 150 Aniversario de las apariciones de Lourdes

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Curso sobre los sacramentos. La Unción de los Enfermos

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Catequesis sobre el Sacramento de la Unción de los enfermos


¿Qué es la unción de los enfermos?

Dios Padre nos ama tanto que ha querido dejarnos un sacramento especial para cuando nos acercamos a esos momentos tan difíciles para cualquier persona: la enfermedad grave y la muerte. La unción de los enfermos es el sacramento que da fuerza, ánimo y consuelo a una persona enferma y la prepara, si es necesario, para una santa muerte.


¿Cuándo empezó la unción de los enfermos?

Durante su vida, Jesús siempre mostró un gran amor por aquellos que padecían algún mal, que tenían alguna enfermedad o dolor. Recuerda que el Evangelio nos cuenta cómo Jesús curó a paralíticos, ciegos y otros enfermos.

Esta preocupación por los enfermos, el Señor, la comunica a sus discípulos. Jesús, en dos momentos del Evangelio, les decía lo que debían hacer con los enfermos: 

  • «(…) y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo» (Mc.6,13).
  • «(…) impondrán las manos sobre los enfermos, y los curarán» (Mc.16,18).

El apóstol Santiago nos cuenta la costumbre que ya existía entre los primeros cristianos con estas palabras: «Si alguno entre ustedes está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados» (Sant 5, 14-15).


¿Qué piensa Jesús sobre el dolor?

Jesús nunca se quejó, nunca se rebeló ante el sufrimiento, ante el dolor del alma o del cuerpo. Con su propia vida él nos enseñó que el dolor tiene un sentido. Desde que él lo asumió libremente, dio UN SENTIDO NUEVO AL DOLOR.

Desde entonces el cristiano sabe que la enfermedad no es una maldición, sino que puede ser un MEDIO DE SANTIFICACIÓN, un medio para acercarse más a Dios. Pero ¿cómo? Desde que Jesús ofreció su dolor para la salvación de todos nosotros, cualquier persona puede ofrecer su enfermedad por su salvación o por la de los demás. La enfermedad y el dolor, adquieren así un valor que en si mismo no poseía.

Además, la enfermedad puede también ayudarnos a que nos preparemos mejor para nuestro encuentro con el Señor de nuestra vida.

Jesús, en una muestra más de amor, quiso dejarnos el SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS para vivir mejor estos momentos.


¿Cuándo se recibe el Sacramento de la Unción de los enfermos?

La Unción se recibe cuando se comienza a estar en peligro de muerte por causa de enfermedad o por la vejez. Es importante no esperar a que la persona esté agonizando. En esto la familia es muy importante, ya que son ellos, los que sin miedo, tienen que llamar al Sacerdote cuando la persona no lo puede hacer por si misma.

Este Sacramento se puede volver a recibir, luego de unos meses, si la enfermedad se agrava. En el caso de que se lo haya recibido por vejez, y no haya enfermedades graves, también puede volver a recibirse cada dos años.


¿Cómo se hace la unción de los enfermos?

Primero debes saber que solo el SACERDOTE puede dar este sacramento. En el caso de que la persona no pueda ir a la Parroquia, los familiares más directos, llaman al padre para que vaya a donde se encuentra el enfermo o el anciano. El padre unge con el Óleo de los enfermos (el óleo es un aceite de oliva que es bendecido por el Obispo el jueves santo) la frente y las manos del enfermo y dice la siguiente oración: 

«Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad».

Recordemos una vez más que no es bueno pensar que este sacramento debe darse cuando la persona ya esta muriendo, pues la Iglesia recomienda que se de al comienzo de la enfermedad, para que la persona lo reciba con lucidez (o sea que sé de cuenta) y fervor, ya que la unción ayuda también, si así Dios lo quisiere, para curar la enfermedad.

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Fuente original: Parroquia Inmaculada Concepción de Monte Grande


La sangre de Jesús nos da la gracia del arrepentimiento y nos sana

La sangre de Jesús nos da la gracia del arrepentimiento y nos sana

Arturo López Martos, laico casado y padre de dos hijos, miembro de la Comunidad Familia, Evangelio y Vida, medita sobre la confesión como sacramento de conversión y sanación, y profundiza en la conversión del corazón muy unida a la penitencia interior.

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza.

San Clemente Romano escribió: «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento». La sangre de Cristo al ganar el arrepentimiento es fuente de sanación para nuestra vida.

Arturo López también participa de las reuniones de plegaria del grupo de oración Familia, Evangelio y Vida de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Vilanova i la Geltrú, Barcelona, España, donde ha sido grabada en directo esta enseñanza, el lunes 2 de diciembre de 2013.

Fuente: caminocatolico.org.

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Parte 1 de 4

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Parte 2 de 4

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Parte 3 de 4

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Parte 4 de 4

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Soy joven y quiero confesarme: Examen de conciencia avanzado

Soy joven y quiero confesarme: Examen de conciencia avanzado

La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo.

Cardenal John H. Newman

Este examen es para aquellos que, amando a Cristo, no se conforman con evitar pecados graves, sino que desean amarle con todo el corazón.


Amarás a Dios sobre todas las cosas (Primer mandamiento)

No tomarás el nombre de Dios en vano (Segundo Mandamiento)

  • ¿Reconozco a Dios como mi Creador, como mi Dueño, Quien me ha dado la libertad para que opte libremente por El y para que lo ame con toda mi alma, con todo mi corazón y con todas mis fuerzas?
  • ¿He amado a Dios sobre TODO?.
  • ¿Lo he amado sobre todas las cosas y sobre todas las personas?
  • ¿Es Dios lo primero y más importante en mi vida?
  • ¿A quién (que) le he dado la mayor atención?
  • ¿He hecho de mi familia, trabajo, apostolados, programas, ideas u otras cosas buenas mi primer amor?
  • ¿Reconozco a Dios TRINIDAD: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tres Personas inseparables en un solo Dios?
  • ¿O busco relacionarme sólo con Jesús, porque no me gusta tanto Dios Padre?
  • ¿Acepto en su totalidad el mensaje de Verdad y de Vida que Jesucristo nos dejó en su Palabra?
  • ¿Reconozco la acción del Espíritu Santo en mi vida y en la vida de la Iglesia?
  • ¿Me reconozco y siento hijo(a) de Dios?
  • ¿Me doy cuenta del altísimo privilegio de poder llamar a Dios «Padre»?
  • ¿Sé en la práctica lo que es confiar en el amor y el poder de Dios?
  • ¿Le confío todo a Dios o ando haciendo las cosas por mi cuenta?
  • ¿Me doy cuenta y reconozco que es Dios Quien obra en mí y que sin El nada soy?
  • ¿Confío en Dios cuando todo parece ir mal?
  • ¿Confío en que tanto mis capacidades, como mis limitaciones, así como las situaciones personales o familiares que me tocan vivir son parte del plan de Dios para mi santificación?
  • ¿Alguna vez le he reclamado a Dios por algo que me ha sucedido a mí o a alguien?
  • ¿Le he protestado a Dios?
  • ¿Me recuerdo de agradecer a Dios por todo lo que me ha dado y me da, y por todas las gracias que ha dispuesto a lo largo de mi vida para mi salvación eterna?
  • ¿Me doy cuenta y le he pedido perdón por las veces que he desperdiciado sus gracias y por las veces que le he dado la espalda?
  • ¿He caído en superstición o algún tipo de ocultismo (brujería, hechicería, poder mental, metafísica, astrología, adivinación, cartomancia, santería, magia, fetichismo, espiritismo, satanismo) u otra práctica ajena al cristianismo?

Oración Diaria

  • ¿Dedico tiempo a amar a Dios dialogando con El en la oración?
  • ¿Sé alabar a Dios en la oración, agradecerle, entregarme a El, pedirle perdón … o sólo sé pedirle, proponerle y hasta exigirle?
  • ¿Cómo ha sido diariamente mi tiempo personal con Dios?
  • ¿Cómo ha sido diariamente mi liturgia de las horas?
  • ¿Cómo ha sido diariamente mi oración familiar?
  • ¿He alabado a Dios; le he dado gracias o me he quejado?
  • ¿Intercedo por mi familia, grupo, Iglesia, por el mundo?
  • ¿He orado con el corazón, abierto al Espíritu Santo?
  • ¿Tomo tiempo para discernir?
  • ¿He sabido guardar silencio en la oración o hablo sólo yo?
  • ¿Sé lo que es esperar al Señor, escucharlo? ¿Lo he hecho?
  • ¿Cuándo me da alguna enseñanza la guardo en mi corazón y busco profundizarla?
  • ¿Incluyo a mi esposo/a (u otra persona formada y prudente) en mi discernimiento o sólo les informo?
  • ¿Escucho, obedezco y respeto a los que tienen legitima autoridad sobre mí (leyes justas, jefes, etc.)?
  • ¿Qué criterios tengo para determinar si algo que quiero hacer es del Espíritu Santo o es mío?
  • ¿Me parece importante tener y seguir siempre esos criterios?
  • ¿Uso los dones que Dios me dio para su gloria?
  • ¿Estoy abierto a recibir nuevos dones según Dios disponga?
  • ¿He sido legalista (haciendo solo lo necesario para cumplir) o vivo mi fe en el Espíritu entregándome con todo el corazón?

Obediencia

  • ¿Busco conocer en la oración la voluntad de Dios para mi vida?
  • ¿Obedezco la enseñanza del magisterio o interpreto a mi manera?
  • ¿Qué motiva mi vida, la voluntad de Dios o mis propios «buenos» planes (mi voluntad)?
  • ¿Le permito a Dios guiarme o le «entrego» los planes ya hechos para que los bendiga y me ayude a realizarlos?
  • ¿Colaboro activamente en los planes que Dios tiene para mi vida?
  • ¿Sé decirle «sí» tanto en los momentos de alegría, como en los momentos de tristeza?
  • ¿Busco siempre la voluntad de Dios, no sólo evitando el pecado, sino también indagando cuáles son sus designios para mi vida?
  • ¿Mis gustos, criterios, dudas, confusiones, pensamientos, actitudes y valores en qué instancias no han estado bajo el Señor?

Estudio

  • ¿Estudio mi fe católica (Biblia, magisterio, Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio del Catecismo, libros sólidos) o me contento con mi propio modo de entender a Dios?, ¿Estoy avanzando en mi formación como debo?
  • ¿Qué pasos prácticos doy para formarme en la fe?

Orden y Prioridades

  • ¿Mi tiempo responde a las prioridades de Dios o a las presiones de cualquier persona u ocasión para ‘quedar bien’?
  • ¿Interpreto lo que hago en la perspectiva de la vida eterna?
  • ¿Reflexiono sobre mi muerte?
  • ¿Reflexiono sobre el juicio final?
  • ¿Me preparo debidamente para la Vida Eterna o sólo pienso en la vida terrena?
  • ¿Tengo prioridades claras y soy firme para vivirlas?
  • ¿Pierdo el tiempo (revistas, programas, internet, etc.) que no edifican?
  • ¿Tengo un horario y organizo el día con disciplina, dando tiempo a cada área con sabiduría: oración, familia, trabajo…?
  • ¿En qué me he desordenado?
  • ¿Me quedo en algo que me gusta sabiendo que es hora de hacer otra cosa?
  • ¿Respeto el tiempo y necesidades de otros: cuando busco ayuda, en el teléfono, etc..?
  • ¿Cuido la salud; tengo algún vicio, falta de ejercicio, descanso, alimentación… Me cuido demasiado?

Santificarás el día del Señor (Tercer Mandamiento)

  • ¿Guardo el día del Señor para el Señor o trabajo innecesariamente ese día?
  • ¿Voy a misa todos los domingos?
  • ¿Voy a misa diaria si puedo?
  • ¿He adorado y puesto todo mi corazón en Cristo Eucarístico que me espera en el sagrario?
  • ¿Lo he amado y consolado por tanto que se le ofende?
  • ¿Me preparo bien para recibir al Señor en la Eucaristía?
  • ¿Le agradezco al Señor su presencia viva en la Eucaristía o tomo esto como un derecho?

La Cruz

  • ¿He meditado ante la cruz? ¿busco su poder transformador y su sabiduría? ¿cómo se manifiesta en mi vida?
  • ¿Pido a Dios la gracia de amar la cruz o la rechazo?
  • ¿Me he salido de la voluntad de Dios por evitar la cruz?
  • ¿Acepto los sufrimientos como parte de su plan de salvación para mí y para otros?
  • ¿Comprendo y practico el valor redentor del sufrimiento?
  • ¿Uno mi cruz a la de Cristo: problemas, enfermedades, responsabilidades, personas, mi edad, mi vocación…?
  • ¿Busco la satisfacción de todas mis necesidades físicas y emocionales o sé mortificarme por amor a Jesús?
  • ¿Me uno a la cruz del que sufre?
  • ¿Me sacrifico para amar?

Confesión

  • ¿Rechazo el pecado aunque este sea aceptable según la cultura?
  • ¿He pensado o actuado ligeramente como si la rectitud de los santos es «exageración»?
  • ¿He evitado la ocasión de pecado: ambientes, programas, malas amistades…?
  • ¿Busco que Dios me enseñe mi pecado (también pecados viejos y olvidados)?
  • ¿Le pido a Dios que me muestre cómo soy verdaderamente o prefiero verme como creo que soy?
  • ¿Rechazo la verdad sobre mí cuando me la muestra o la acepto con humildad?
  • ¿Reconozco y reparo con responsabilidad mis pecados y faltas o me justifico?
  • ¿Cuándo me corrigen, lo agradezco, dándome cuenta que es una oportunidad para verme tal cual soy y para crecer en humildad?
  • ¿Cuándo fue mi última confesión? ¿Minimicé el pecado por pena? ¿han habido cambios?
  • ¿Hice una confesión completa o escondí algo?
  • ¿Me confieso con frecuencia o considero que no tengo pecados?
  • ¿Hay algo (hábito, herida, complejo) que el enemigo usa para su provecho?
  • ¿Qué hago para permitirle a Dios que me libere?

Santa Virgen María

  • ¿Me he consagrado a Ella y, si lo he hecho, vivo mi consagración plenamente? ¿Cómo?
  • ¿Acepto y le agradezco su cuidado maternal? ¿Me dejo formar por ella? ¿Cómo?
  • ¿Recurro a ella en oración, medito su vida?
  • ¿La reconozco y venero como Madre de Dios y Madre mía?
  • ¿Rezo el Rosario, como medio para aprender con Ella a imitar a su Hijo?
  • ¿Aprovecho las gracias del rezo del Rosario en familia … en grupo?

Relaciones con otros

  • ¿Están todas mis relaciones a la luz del Señor: amorosas, castas, sanas y sinceras?
  • ¿Guardo odios o enemistades?
  • ¿Sé perdonar cuando me siento ofendido? ¿O soy rencoroso y resentido?
  • ¿Debo reconciliarme con alguien y no lo he hecho?
  • Peleas, rivalidades, violencias, ambiciones, discordias, sectarismo, disensiones, envidias, ebriedades.
  • ¿He sido fiel a los compromisos con mis hermanos y con otros? ¿Estoy creciendo en estos compromisos?
  • ¿Soy confiable en el hogar, grupo, trabajo…?
  • ¿Cumplo mis promesas, compromisos, guardo confidencialidad?
  • ¿Busco la unidad en el Señor? (Fil. 2, 111, 1 Cor. 10, 17)
  • ¿Soy servicial?
  • ¿Disfruto servir por el servicio mismo y porque me hace sentir bien, o lo hago por servir a Dios en los demás?
  • Al servir, ¿soy portador de Dios o de mí mismo?
  • ¿Soy atento sin ser curioso?
  • ¿Soy prudente en lo que hablo y como actúo?
  • ¿Soy agradecido por el servicio que recibo?
  • ¿Pienso primero en mí o en los demás?
  • ¿Busco mi propio bien o el de los demás?

En el Hogar

Honrarás a tu padre y a tu madre (Cuarto mandamiento)

  • ¿Obedezco, cuido y honro a mis padres según mi edad y sus necesidades?
  • ¿Doy tiempo a la familia? ¿Cenar juntos?
  • ¿Diversiones?
  • ¿Hospitalidad?
  • ¿Relación con hermanos?
  • ¿Responsabilidad en los estudios?
  • ¿Ayuda económica al hogar según necesidad?

Casados: (además de lo mencionado)

  • ¿Protejo mi casa y los míos de las malas influencias del ambiente? ¿Cómo?
  • ¿He manipulado con mis estados de ánimo y enfados para que se haga lo que quiero?
  • ¿Permito que otros (padres, amigos) manipulen o se antepongan al matrimonio?
  • ¿Honro y respeto a mi esposo/a en todo momento?
  • ¿He compartido con mi esposo/a la visión para la familia?; ¿le escucho con interés?;
  • ¿Le expreso amor, cariño y respeto a mi esposo/a?;
  • ¿Con mis hijos?
  • ¿Detecto los problemas y los enfrento con sabiduría?
  • ¿Qué medidas tomo para que mi casa sea un hogar?
  • ¿Soy responsable y ordenado con la economía?
  • ¿Les ayudo para que puedan orar, estudiar, descansar, ir a su grupo, cumplir sus responsabilidades?

Formación de los hijos

  • ¿comparto con ellos, enseño y guío?
  • ¿escucho?
  • ¿disciplino con sabiduría?
  • ¿les doy buena educación para ser buenos cristianos?
  • ¿Dejo de corregirlos o los consiento para tener su aprobación y para ser preferido y no criticado por ellos?

No matarás (Quinto Mandamiento)

  • ¿De algún modo he matado o atentado contra la vida? (ej.: apoyo o participación en aborto, suicidio, conducir sin cuidado, actos irresponsables que ponen una vida en peligro, agresión, violencia, etc.)
  • ¿He atentado contra la dignidad de alguien?
  • ¿He inducido a alguien a pecar?
  • ¿He dañado la reputación de alguien?

No cometerás actos impuros (Sexto Mandamiento)

  • ¿He buscado afectividad fuera del orden del Señor?
  • ¿Como distingo entre sentimentalismo y una auténtica relación de amor entre hermanos?
  • ¿Me relaciono según mi estado de ánimo o lo que edifica en el amor?
  • ¿Fantasías o actos impuros, conmigo mismo o con otros?
  • ¿Chistes, programas, actitud seductora, inmodestia en vestir?
  • ¿Obedezco el plan de Dios para la sexualidad en mi estado de vida?

No robarás (Séptimo mandamiento)

  • ¿De algún modo he robado?
  • ¿Descuidando o no devolviendo propiedad ajena o común?
  • ¿Me aprovecho de mi puesto para beneficio personal?
  • ¿Me he dejado sobornar o he sobornado?
  • ¿He administrado los bienes propios o ajenos con ligereza o deshonestidad?

No levantarás falsos testimonios ni mentirás (Octavo Mandamiento)

  • ¿Quién inspira mis palabras: Dios o mi ego?
  • ¿He querido dar mi opinión en todo?
  • ¿Digo la verdad?
  • ¿He revelado secretos?
  • ¿He juzgado (o chismeado)?
  • ¿Me he quejado buscando conmiseración o desahogo?
  • ¿He puesto mi atención a lo indebido?
  • ¿He hablado lo que no edifica: chistes con groserías, hirientes a una raza, nacionalidad, etc.?
  • ¿Miento para quedar bien?

Obras de Misericordia

Corporales: solidaridad con enfermos/ hambrientos/ sedientos/presos/ desnudos/ forasteros/ enterrar los muertos.

  • ¿Veo a estos como hermanos por los que me entrego o estadísticas?

Espirituales: dar buen consejo/ corregir/ perdonar / consolar/ sufrir con paciencia las molestias del prójimo/ rezar por los vivos y los muertos.

  • ¿Estoy atento al dolor ajeno?
  • ¿Hago acepción de personas según su apariencia?
  • ¿Vivo en sencillez?
  • ¿Imito a Cristo que fue pobre?
  • ¿soy libre de apegos materiales?
  • ¿Se refleja esto en mi actitud en las compras? ¿me dejo llevar por antojos? ¿cuáles?
  • ¿Coopero con las obras de la Iglesia con verdadero sacrificio y amor o doy de mis sobras?

Evangelización

  • ¿Soy testimonio?
  • ¿Soy sal de la tierra y luz del mundo?
  • ¿Me esfuerzo de todo corazón para que Cristo sea conocido y amado por todos?
  • ¿Estoy en comunión con el espíritu misionero de la Iglesia?
  • ¿Llevo a mis amistades al Señor o dejo que ellas me arrastren al mundo?
  • Cuando evangelizo, ¿lo hago con seguridad o como si fuera una opinión cualquiera? ¿Respondo al Espíritu o me paraliza el «qué dirán'»?

Dominio de las Emociones: Resentimientos, caprichos, impulsos, miedos…

  • ¿Cuáles son mis emociones más salientes?
  • ¿Las someto al Señor para encauzarlas para el bien? ¿de qué forma están afectando mi comportamiento?
  • ¿Busco primero mi interés y comodidad o servir con amor?

Pecados Capitales y Virtudes Contrarias (incluye pensamientos)

Soberbia / Humildad

  • ¿He sido humilde al pensar, me he comparado con otros, he tratado de llamar la atención con mi sabiduría’, mi físico, etc.?
  • ¿Me reconozco pequeñito?
  • ¿Desprecio a otros en mi corazón?
  • ¿Me he resentido por el trato o puesto recibido?
  • ¿Cual es la motivación de mis aspiraciones?
  • ¿Distingo entre lo que es doctrina y lo que es mi opinión?
  • ¿Soy prudente al dar mi opinión; creo que es la única; creo que sin mi presencia las cosas no van bien?
  • ¿Sé distinguir lo que es mi misión o me entrometo en lo que no me corresponde?
  • ¿Reconozco que no tengo razón de gloriarme sino en Cristo?
  • ¿Verdaderamente atribuyo toda la gloria a Dios?
  • ¿En que forma mis acciones están mezcladas con orgullo, vanidad, egoísmo, engreimiento, arrogancia?
  • ¿Reconozco mis errores y pido perdón?
  • ¿Puedo ayudar sin mandar?
  • ¿Busco aprobación, reconocimientos, honores y alabanzas?
  • ¿Hago las cosas por quedar bien?
  • ¿Rechazo las humillaciones o las sé aprovechar como medio para adquirir humildad?

Avaricia / Generosidad

  • ¿Estoy apegado a las cosas?
  • ¿Sacrifico tiempo, dinero, para servir según el plan de Dios?
  • ¿Soy generoso o egoísta con los bienes materiales?
  • ¿Sé dar y darme?
  • ¿Juego con el dinero?

Lujuria / Castidad (ya examinado arriba)

Ira vs. Paciencia

  • ¿Soy intransigente e intolerante?
  • ¿Impaciente e iracundo?
  • ¿Se lidiar con las cruces, enfermedades, problemas con relaciones, trabajo, etc.?
  • ¿Pierdo la paz; manifiesto mal humor cuando las cosas no son como yo espero?
  • ¿Le hecho la culpa a las circunstancias? (ej. «me sacaron de quicio»)

Gula vs. Templanza

  • ¿Como más de lo necesario? ¿ayuno?
  • ¿Estoy adicto al alcohol, la droga, píldoras?

Envidia vs. Caridad

  • ¿Siento celos por posiciones, talentos… otros grupos de la Iglesia… o me alegro cuando otros mejoran? ¿qué casos puedo pensar en que no me alegre?
  • ¿Codicio o envidio los bienes o las cualidades de los demás?
  • ¿Distraigo mis pensamientos en comparaciones que me llevan a la envidia?
  • ¿Tengo escondidos reclamos a Dios por el bienestar o cualidades de los demás?

Pereza vs. Diligencia

  • ¿Me he quedado dormido como los discípulos ante lo que Jesús me pedía?
  • ¿Soy atento a cumplir mis deberes?
  • ¿Qué hago para edificar mi familia y grupo?
  • ¿Soy rápido a servir aún cuando no tengo ganas?
  • ¿»Descanso» más de lo necesario?
  • ¿Dejo las cosas para más tarde?

Bienaventuranzas (Mateo 5, 12)

  • ¿He sido pobre de espíritu, libre de apegos?
  • ¿Me reconozco y estoy convencido de que no soy nada ante Dios?
  • ¿He sido manso, paciente, edificando con medios santos?
  • ¿He llorado ante los pecados que ofenden a Dios?
  • ¿Me arrepiento de mis pecados porque Dios no merece estas ofensas?
  • ¿He tenido hambre y sed de justicia?
  • ¿Tengo deseos de santidad?
  • ¿Trato de ser santo, porque Dios me quiere santo?
  • ¿He sido misericordioso, comprensivo, tolerante, magnánimo, compasivo?
  • ¿He sido limpio de corazón, puro de pensamiento?
  • ¿Tengo rectitud de intención o hay hipocresía en mi proceder?
  • ¿Hago las cosas con pureza de intención o hay dobleces en mis acciones?
  • ¿Tengo «honestidad mental»?
  • ¿Trabajo por la paz, en mi persona, hogar, grupo, mundo?
  • ¿Sufro con gozo al ser perseguido por causa de la justicia?
  • ¿Cómo reacciono ante las criticas «injustas» o incomprensiones, desprecios, acusaciones, injusticias, ataques, calumnias, agresiones? ¿Las aprovecho como medios de purificación y santificación?


*  *  *

Fuente original en el portal buenanueva.net

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    Índice general    

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Soy joven y quiero confesarme: Examen de conciencia avanzado

Soy joven y quiero confesarme: Examen de conciencia intermedio

La conciencia es un soplo del espíritu de Dios, que reside en nosotros.

Chesuel


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Antes de confesarme

  • ¿Voy al Sacramento de la Penitencia con sincero deseo de purificación y conversión, o voy obligado por alguien o por cumplir con alguien?
  • ¿He dicho deliberadamente en la confesión alguna mentira o le he omitido algún pecado mortal al sacerdote por vergüenza
  • ¿Cumplí la penitencia que se me fue impuesta?
  • ¿Reparé las injusticias que pude haber cometido?
  • ¿Me he esforzado en corregirme de mis pecados anteriores, en tratar de no volverlos a cometer?
  • ¿Me he arrepentido y confesado cuando he cometido un pecado grave?
  • ¿He recibido la Sagrada Comunión en estado de pecado mortal?

Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo

Relación con Dios

  • ¿Busco amar a Dios con todo mi corazón?
  • ¿Trato de amarle sobre todas las cosas y personas?
  • ¿Pongo a Dios primero que todo y primero que todos?
  • ¿Tengo tanta preocupación por el dinero y los bienes materiales que dejo a Dios en un segundo plano o totalmente olvidado?
  • ¿Vivo esta vida terrena sabiendo que hay otra Vida después de ésta o creo que al morir todo se acaba?
  • ¿Dedico tiempo a amar a Dios dialogando con Él en la oración?
  • ¿Sé alabar a Dios en la oración, agradecerle, entregarme a El, solicitar su perdón o sólo sé pedirle, proponerle y hasta exigirle?
  • ¿Le permito a Dios guiarme o le «entrego» los planes ya hechos para que los bendiga y me ayude a realizarlos?
  • ¿Alguna vez le he reclamado por algo que me ha sucedido a mí o a alguien?
  • ¿Pido a Dios en los momentos de tentación?
  • ¿Rechazo su voluntad?
  • ¿Me he opuesto a Dios de alguna manera?
  • ¿Alguna vez le he reclamado por algo que me ha sucedido a mí o a alguien?
  • ¿He soportado con paciencia y serenidad los dolores y contrariedades que Dios permite para mí?
  • ¿Confío en Él cuando todo parece ir mal?
  • ¿Sé decirle «sí», tanto en los momentos de alegría, como en los momentos de tristeza?
  • ¿Le confío todo a Dios o ando haciendo las cosas por mi cuenta?
  • ¿Me doy cuenta y reconozco que es Dios quien obra en mí y que sin Él nada soy?
  • ¿Confío en que tanto mis capacidades como mis limitaciones, así como las situaciones personales o familiares que me tocan vivir son parte del plan de Dios para mi santificación?
  • ¿Cómo he usado mi tiempo, mis fuerzas, mis condiciones, los dones que Dios me ha dado?
  • ¿Pierdo el tiempo en actividades que no edifican (revistas, televisión, Internet, etc.)?
  • ¿Ignoro, rechazo o dudo acerca de las verdades de la fe?
  • ¿Me comporto como cristiano en mi vida pública y privada?
  • ¿Tengo recta intención en mis pensamientos y actos o tengo escondidas intenciones en mi comportamiento?
  • ¿He caído en superstición o algún tipo de ocultismo (brujería, hechicería, poder mental, metafísica, astrología, adivinación, cartomancia, santería, magia, fetichismo, espiritismo –incluyendo ouija-, satanismo) u otra práctica ajena al Cristianismo?
  • ¿Confío en amuletos, pirámides, cristales, etc.?
  • ¿Pertenezco a sociedades secretas como la Masonería, Rosacrucismo, etc.?

Relación con el prójimo

  • ¿Pienso primero en mí o en los demás?
  • ¿Tengo auténtico amor por ellos?
  • ¿Me preocupo por sus problemas o vivo nada más preocupado de mis asuntos?
  • ¿Soy servicial?
  • ¿Soy atento sin ser curioso?
  • ¿Soy prudente en lo que hablo y como actúo?
  • ¿Los trato como no quisiera que me trataran a mí?
  • ¿Abuso de las personas utilizándolas para mis fines?
  • ¿He impuesto mi voluntad a los demás contra su libertad y sus derechos?
  • ¿He sido causa de pecado para alguien?
  • ¿Sé perdonar cuando me siento ofendido o soy rencoroso y resentido?
  • ¿Debo reconciliarme con alguien y no lo he hecho?
  • ¿Cumplo mis promesas y compromisos?
  • ¿Respeto el tiempo y necesidades de otros: cuando busco ayuda, en el teléfono, etc.?
  • ¿He despreciado a alguien por su condición económica, social, racial, cultural o política?
  • ¿Soy generoso?
  • ¿Comparto mis bienes con quienes los necesitan?

No tomarás el nombre de Dios en vano

  • ¿Tengo reverencia y amor por el nombre de Dios o le ofendo con juramentos falsos, blasfemias (palabras o acciones contra Él) o usando su nombre sin respeto?
  • ¿He incumplido alguna promesa hecha a Dios?
  • ¿He sido irreverente con la Virgen María y los Santos?
  • ¿He insultado a una persona consagrada?
  • ¿He rechazado o abusado de algún objeto sagrado?
  • ¿He jurado hacer un mal?
  • ¿Le he deseado maldad a alguna persona?

Santificar las fiestas

  • ¿He faltado deliberadamente a Misa los Domingos y/o días de fiesta de la Iglesia?
  • ¿Participo con atención y devoción en la Santa Misa?
  • ¿He tratado de observar el Domingo como un día de familia y como día de descanso?
  • ¿Guardo el día del Señor para el Señor o trabajo innecesariamente ese día?
  • ¿Me adhiero firmemente a todo lo que la Iglesia me enseña y requiere?
  • ¿He cumplido con el precepto de Confesión y Comunión anual?
  • ¿Me confieso con frecuencia o considero que no tengo pecados?
  • ¿He evitado la ocasión de pecado: ambientes, programas, personas?
  • ¿Sigo las opiniones y conceptos de las mayorías, aunque esos planteamientos morales estén contra las Leyes de Dios y de la Iglesia?
  • ¿He seguido tanto los errores de las mayorías que he terminado por tener una conciencia complaciente o adormecida que me impide ver mis pecados?
  • ¿Pido a Dios me muestre mis pecados (también pecados viejos y olvidados)?
  • ¿Le pido que me muestre cómo soy verdaderamente o prefiero verme como creo que soy?
  • Cuando me muestra la verdad sobre mí -directamente o a través de otros- ¿la acepto con humildad o la rechazo?
  • Cuando me corrigen, ¿lo agradezco, dándome cuenta que es una oportunidad para verme tal cual soy y para crecer en humildad?
  • ¿Me preparo bien para recibir al Señor en la Eucaristía?
  • ¿He observado los días de ayuno, abstinencia de carne y/o penitencia? (Ayuno y Abstinencia de carne el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Abstinencia de carne los Viernes de Cuaresma. Abstinencia de carne o Penitencia los demás Viernes del año).
  • ¿He contribuido generosamente, en la medida de mis posibilidades, con las obras de Iglesia, a través de oración, trabajo y/o dinero?

Honrarás a tu padre y a tu madre

  • ¿Respeto y obedezco a mis padres?
  • ¿Los desprecio o no les demuestro amor?
  • ¿Me avergüenzo de ellos?
  • ¿Los insulto o trato con palabras irrespetuosas que los hacen sufrir?
  • ¿Los he ayudado en sus necesidades espirituales y temporales?
  • ¿Me ocupo por mis parientes de edad avanzada y/o enfermos o los he abandonado?
  • Como cónyuge, ¿he sido fiel de corazón y de hecho?
  • Como cónyuge, ¿He abandonado mis deberes para con mi esposa o mis hijos?
  • Como padre/madre, ¿me he preocupado por educar cristianamente a mis hijos, además de dar buen ejemplo y de ejercer mi autoridad adecuadamente?
  • ¿Trato de traer la paz a mi vida familiar?
  • ¿He contribuido en medio de mi familia al bien y la alegría de los demás con mi paciencia y verdadero amor?

No matarás

  • ¿He cometido homicidio o he herido a alguien físicamente?
  • ¿He intentado o pensado en suicidarme?
  • ¿He dado muerte a un hijo(a), haciéndome practicar un aborto o he apoyado a alguien para que se lo practique?
  • ¿Me he practicado alguna mutilación como método de esterilización (ligadura de trompas, vasectomía, etc.?
  • ¿He descuidado mi salud (incluye beber o fumar en exceso o utilizar drogas)?
  • ¿He pecado de gula en comidas y bebidas?
  • ¿Tengo afición especial por la velocidad y los riesgos, poniendo en peligro mi vida o la de otros?
  • ¿He deseado que a los otros les vaya mal? ¿He maldecido?
  • ¿He caído en peleas o insultos?
  • ¿Me he dejado llevar por el resentimiento, el odio, la ira, los deseos de desquite y venganza?
  • ¿He dicho o hecho cosas que ofenden al prójimo?
  • ¿Induje a alguien al pecado?
  • ¿He dado mal ejemplo o escandalicé a otros?
  • ¿He causado algún daño a la reputación, el honor y los bienes de otros?
  • ¿He ocasionado conflictos de separación con alguien?
  • ¿He pedido perdón cuando he hecho algún daño?
  • ¿He perdonado?

No cometerás actos impuros

  • ¿He realizado acciones impuras con mi cuerpo o con otras personas?
  • ¿Me he puesto en ocasión de cometer tales acciones?
  • ¿He practicado la masturbación?
  • ¿He fornicado? (actos impuros entre personas no casadas por la Iglesia)
  • ¿He incurrido en prácticas homosexuales?
  • ¿He mantenido mis sentidos y todo mi cuerpo en la pureza y castidad requerida según mi estado de vida?
  • ¿He sido fiel a los votos de mi matrimonio en pensamiento y en acción?
  • ¿He tenido alguna actividad sexual fuera de mi matrimonio?
  • ¿He cometido adulterio? (actos sexuales de una persona casada con otra que no sea su cónyuge)
  • ¿He usado algún método anticonceptivo o algún método de control artificial de natalidad en mi matrimonio?
  • ¿Ha estado cada acto sexual de mi matrimonio abierto a la procreación?
  • ¿Me distraigo en pensamientos y deseos impuros o trato de rechazarlos?
  • ¿He respetado a todos los miembros del sexo opuesto, o he pensado en ellos como si fueran objetos?
  • ¿He leído libros inadecuados, mirado revistas, películas o algún otro tipo de material pornográfico?
  • ¿He disfrutado oyendo o contando chistes de doble sentido? Cantado o disfrutado de canciones inmorales?
  • ¿Me cuido de vestir modestamente?
  • ¿He incitado al pecado a otros con mi ejemplo y comportamiento, con mi falta de decencia?

No robarás

  • ¿He robado lo que no es mío?
  • ¿He restituido lo robado o reparado el daño de alguna manera?
  • ¿He regresado lo prestado?
  • ¿He dañado a voluntad algo que pertenezca a otra persona?
  • ¿He malgastado mis bienes o derrochado dinero en cosas inútiles?
  • ¿Hago apuestas excesivas, negándole a mi familia sus necesidades?
  • ¿Pago mis deudas oportunamente?
  • ¿Desperdicio el tiempo en el trabajo, en la escuela o en la casa?
  • ¿Me aprovecho de mi puesto para beneficio personal?
  • ¿He hecho trampa en los negocios?
  • ¿Me he dejado sobornar o he sobornado?
  • ¿Pago a los obreros puntualmente el salario justo?
  • ¿Busco compartir lo que tengo con los necesitados?

No levantarás falsos testimonios ni mentirás

  • ¿He sido fiel a la verdad?
  • ¿He dicho mentiras? (decir lo que no es cierto)
  • ¿He actuado alguna vez contra mi conciencia por temor?
  • ¿Miento para quedar bien?
  • ¿He incurrido en chismes? (contar a otra persona lo malo que dicen de ella)
  • ¿He calumniado? (inventar contra otro lo que no han hecho)
  • ¿He murmurado? (decir lo malo que otra persona ha hecho y que quizás no se sabía)
  • ¿He dado falso testimonio? (declarar contra otro lo que no es verdad)
  • ¿He juzgado a las personas? (dedicarse a opinar y pensar en contra de los demás)
  • ¿Soy crítico, negativo o falto de caridad en mis pensamientos de los demás?
  • ¿Mantengo secreto lo que debería ser confidencial?
  • ¿He perjudicado a alguien con mentiras, calumnias o violación de algún secreto?
  • ¿He caído en la hipocresía?

No consentirás pensamientos impuros

  • ¿He consentido pensamientos y deseos impuros?
  • ¿He causado estos pensamientos con lecturas impuras, películas, Internet, conversaciones o curiosidad?
  • ¿Trato de controlar mi imaginación?
  • ¿Rezo inmediatamente para desvanecer pensamientos impuros o tentaciones?

No desearás los bienes ajenos

  • ¿Envidio las pertenencias o posesiones de los demás?
  • ¿Siento tristeza por el bien ajeno?
  • ¿Soy ambicioso y tengo un deseo exagerado de poseer bienes materiales?
  • ¿Soy egoísta?
  • ¿Son las posesiones materiales el propósito de mi vida?
  • ¿Confío en que Dios cuida de todas mis necesidades materiales y espirituales?

Pecados Capitales y Virtudes Contrarias

1. Soberbia / Humildad

  • ¿He sido humilde al pensar?
  • ¿Me he comparado con otros?
  • ¿He tratado de llamar la atención con mi sabiduría, mi físico, etc.?
  • ¿Busco aprobación, reconocimientos, honores y alabanzas?
  • ¿Hago las cosas por quedar bien?
  • ¿Desprecio a otros en mi corazón?
  • ¿Me he resentido por el trato o puesto recibido?
  • ¿Soy prudente al dar mi opinión? ¿Creo que es la única?
  • ¿Reconozco que no tengo razón de gloriarme sino en Cristo?
  • ¿Verdaderamente atribuyo toda la gloria a Dios?
  • ¿Consiento en pensamientos de orgullo, vanidad, egoísmo, engreimiento, arrogancia?
  • ¿Están mis acciones mezcladas de tales motivaciones?
  • ¿Reconozco mis errores y pido perdón?
  • ¿Puedo ayudar sin mandar?

2. Avaricia / Generosidad

  • ¿Estoy apegado a las cosas?
  • ¿Sacrifico tiempo y dinero para servir?.
  • ¿Sé dar y darme?
  • ¿Soy generoso o egoísta con los bienes materiales?

3. Lujuria/ Castidad

(ya examinado en 6º y 9º Mandamientos)

4. Ira / Paciencia

  • ¿Soy intransigente e intolerante? ¿Impaciente e iracundo?
  • ¿Pierdo la paz y manifiesto mal humor cuando las cosas no son como yo espero?
  • ¿Sé lidiar con los problemas, con relaciones, trabajo, etc. sin perder la paz?
  • ¿Le echo la culpa a las circunstancias cuando pierdo el control (ej: «me sacaron de quicio») o asumo mi responsabilidad?

5. Gula / Templanza

  • ¿Como más de lo necesario?
  • ¿Estoy adicto al alcohol, drogas, píldoras, juego?

6. Envidia / Caridad

  • ¿Envidio los bienes o las cualidades de los demás?
  • ¿Distraigo mis pensamientos en comparaciones que me llevan a la envidia?
  • ¿Tengo escondidos reclamos a Dios por el bienestar o cualidades de los demás?

7. Pereza / Diligencia

  • ¿Cumplo con mis deberes oportunamente?
  • ¿Dejo las cosas para más tarde?
  • ¿Soy rápido a servir aún cuando no tenga ganas?
  • ¿Descanso más de lo necesario?
  • ¿Tengo pereza o desinterés por las cosas de Dios?


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Fuente original en el portal buenanueva.net

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