Santa Juana Francisca de Chantal: Amar a Dios en la familia, en la prueba y en el servicio

Santa Juana Francisca de Chantal: Amar a Dios en la familia, en la prueba y en el servicio

CATEQUESIS FAMILIAR

Santa Juana Francisca de Chantal

Amar a Dios en la familia, en la prueba y en el servicio


Presentación

Hay santos cuya vida parece desarrollarse desde el principio dentro de un convento o de una misión. La historia de santa Juana Francisca de Chantal fue distinta. Antes de fundar una familia religiosa, fue esposa, madre y viuda. Conoció la alegría familiar, el sufrimiento, las responsabilidades cotidianas y también la necesidad de descubrir, paso a paso, qué quería Dios de ella.

Su vida ayuda a comprender una verdad especialmente importante para la catequesis familiar: la santidad comienza allí donde Dios nos ha colocado. No es necesario esperar a que desaparezcan los problemas ni vivir circunstancias extraordinarias. Dios puede servirse de la familia, de las pérdidas, de la amistad espiritual, de la oración y del servicio a los demás para conducirnos hacia Él.

Esta sesión está pensada para niños mayores y adolescentes, aproximadamente de 8 a 16 años, acompañados por sus padres o catequistas. Puede desarrollarse en alrededor de una hora, adaptando el diálogo y las actividades a la edad de los participantes.

Idea central de la catequesis

Dios llamó a Juana Francisca en distintas etapas de su vida. Ella aprendió a responderle como esposa, madre, viuda, discípula y fundadora. Dios también nos llama dentro de nuestra propia historia.

Objetivos de la sesión

  • Conocer los momentos principales de la vida de santa Juana Francisca de Chantal.
  • Descubrir la importancia de su amistad espiritual con san Francisco de Sales.
  • Comprender los principales rasgos de la espiritualidad de la Visitación: oración, humildad, mansedumbre y caridad.
  • Aplicar estas enseñanzas a la vida personal y familiar.

Duración orientativa: unos 60 minutos. Puede dividirse también en dos encuentros si se desea trabajar con mayor calma las actividades.

1. Una vida guiada por Dios

Juana Francisca nació en Dijon, Francia, en 1572. Su camino hacia la santidad no comenzó apartándose del mundo, sino aprendiendo a amar a Dios dentro de la vida familiar. Se casó, tuvo hijos y se esforzó por vivir su condición de esposa y madre con responsabilidad y fe.

Su historia nos permite seguir una verdadera peregrinación interior. En ella encontramos momentos de felicidad, una pérdida dolorosa, un encuentro providencial y, finalmente, una nueva llamada que dio origen a una familia religiosa.

Esposa y madre

Juana contrajo matrimonio y formó una familia. Aquella experiencia no fue un simple episodio anterior a su vocación religiosa: fue una auténtica escuela de entrega y responsabilidad. Aprendió a cuidar, administrar una casa, educar a sus hijos y atender a las personas que dependían de ella.

Santa Juana Francisca aprendió primero a servir a Dios en su propia familia.

Comentario. La familia no fue para ella un obstáculo que tuviera que superar para encontrar a Dios. Fue uno de los primeros lugares en los que aprendió a amar, renunciar a sí misma y preocuparse por los demás.

Idea catequética: también podemos comenzar nuestro camino hacia la santidad ayudando en casa, cuidando a nuestros hermanos, escuchando a nuestros padres y cumpliendo con amor las pequeñas responsabilidades de cada día.

Una prueba que cambió su vida

Cuando todavía era joven, Juana quedó viuda tras la muerte accidental de su esposo. La pérdida fue profundamente dolorosa. Tuvo que continuar cuidando de sus hijos mientras atravesaba su propio sufrimiento.

La fe cristiana no evitó que sufriera. Lo que hizo fue permitirle recorrer ese dolor sin quedar encerrada definitivamente en él. Poco a poco aprendió a entregar a Dios lo que no podía comprender y a preguntarse cómo debía continuar su vida.

El encuentro con san Francisco de Sales

En 1604 conoció a san Francisco de Sales, que se convirtió en su director espiritual. No le propuso huir de su situación ni buscar una santidad extraordinaria. La ayudó a avanzar con equilibrio, confianza en Dios, humildad y fidelidad a sus obligaciones.

San Francisco de Sales ayudó a Juana Francisca a reconocer con libertad el camino que Dios abría ante ella.

Comentario. En la vida cristiana no tenemos que descubrirlo todo solos. Dios puede servirse de sacerdotes, padres, catequistas y buenos amigos para ayudarnos a distinguir entre nuestros deseos y aquello que verdaderamente nos conduce hacia Él.

Idea catequética: pedir consejo no significa renunciar a nuestra libertad. Un buen acompañante ayuda a pensar, rezar y decidir con mayor libertad y responsabilidad.

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2. La Visitación: una nueva familia espiritual

Con el paso del tiempo, Juana Francisca comprendió que Dios la llamaba a una nueva misión. En 1610, junto con san Francisco de Sales, comenzó en Annecy la comunidad que daría origen a la Orden de la Visitación de Santa María.

La nueva fundación quería cultivar una vida interior profunda marcada por la oración, la humildad, la mansedumbre y la caridad. Su espiritualidad recordaba que la verdadera perfección cristiana no consiste en realizar cosas llamativas, sino en amar mucho a Dios en aquello que cada día debemos hacer.

La comunidad fue creciendo y recibió reconocimiento eclesial. Juana Francisca tuvo que asumir responsabilidades de gobierno, acompañar a otras religiosas y afrontar nuevas dificultades. La fundadora seguía aprendiendo aquello que había comenzado a descubrir en su propia familia: amar significa servir.

La Visitación nació para buscar a Dios mediante la oración, la humildad, la mansedumbre y la caridad fraterna.

Comentario. Juana no fundó sola. Su obra nació de la comunión, del discernimiento y de una misión compartida dentro de la Iglesia. Una vocación auténtica no nos encierra en nosotros mismos: nos introduce más profundamente en el servicio a los demás.

Idea catequética: Dios nos da dones personales, pero normalmente quiere que esos dones se conviertan en un bien para otras personas.

Cuatro rasgos para recordar

Oración
Buscar a Dios y aprender a escucharlo.
Humildad
Aceptar nuestra verdad sin orgullo ni desánimo.
Mansedumbre
Tratar a los demás sin dureza ni violencia.
Caridad
Convertir el amor a Dios en atención concreta al prójimo.

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3. Escuchar a santa Juana Francisca

La espiritualidad de santa Juana Francisca no se aprende solamente recordando fechas. Conviene acercarse también a los grandes temas que aparecen en sus cartas, instrucciones y conversaciones espirituales. Para una catequesis breve podemos detenernos en cuatro.

La oración

Juana aprendió que rezar no consiste simplemente en sentir cosas agradables. La oración es permanecer ante Dios, buscarlo con fidelidad y confiar en Él incluso cuando atravesamos momentos de sequedad o dificultad.

La sencillez

La espiritualidad salesiana que compartió con san Francisco de Sales insiste en caminar hacia Dios sin complicaciones innecesarias: realizar bien nuestros deberes, reconocer nuestras limitaciones y amar con sencillez.

El servicio

La fe no termina en la oración. Juana había aprendido desde su vida familiar a atender necesidades concretas. El amor cristiano se verifica también en la forma de tratar al enfermo, al pobre, al anciano o a quien necesita compañía.

Jesucristo en el centro

Toda su espiritualidad tiene un centro: Jesucristo. La oración, la Eucaristía, la vida comunitaria y la caridad encuentran en Él su fuente y su sentido.

La oración enseñó a Juana Francisca a poner cada etapa de su vida en las manos de Dios.

Comentario. La oración no la apartó de los problemas reales. Al contrario, le dio una mirada nueva para afrontarlos y la preparó para servir mejor a las personas que Dios ponía a su lado.

Idea catequética: podemos preguntarnos no solamente cuánto tiempo rezamos, sino también si nuestra oración nos ayuda después a amar mejor.

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4. Actividades para vivirlo

Conocer a un santo tiene verdadero sentido cuando su vida nos ayuda a mirar la nuestra. Estas actividades permiten pasar de la explicación a una experiencia concreta.

Actividad 1. Una frase para mi vida

Dividid a los participantes en pequeños grupos. Cada grupo recibe una frase breve relacionada con alguno de estos temas: oración, humildad, mansedumbre o caridad.

Después de leerla, deben responder juntos a dos preguntas:

  • ¿Qué significa esta enseñanza con nuestras propias palabras?
  • ¿Cómo podríamos vivirla esta semana?

Actividad 2. Un día de mansedumbre

Cada participante elige una situación cotidiana en la que le resulte difícil mantener la calma: una discusión con hermanos, una corrección, una contrariedad en clase o una diferencia con un amigo.

El compromiso consiste en intentar responder durante ese día sin gritar, humillar ni devolver inmediatamente la ofensa. Antes de hacerlo puede rezar brevemente: «Jesús, enséñame a responder con mansedumbre».

Actividad 3. Una familia que visita

Cada familia pensará en una persona enferma, anciana, sola o que esté pasando una dificultad. Elegirá una acción posible y concreta: hacer una llamada, preparar algo para llevarle, enviarle un mensaje, realizar una visita o prestarle alguna ayuda.

Para recordar: la caridad cristiana no necesita comenzar con una obra enorme. Una llamada, una visita o unos minutos de escucha pueden convertirse en una verdadera obra de misericordia.

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5. Oramos juntos

Terminamos la catequesis poniendo ante Dios aquello que hemos descubierto. Podemos rezar despacio, dejando unos momentos de silencio entre una oración y otra.

Oración para rezar en familia

Señor Jesús,
que santa Juana supo amarte como madre
y entregarse a Ti con humildad,
concédenos vivir la caridad en familia,
ayudar a quienes más nos necesitan
y crecer cada día en la oración.
Amén.

Oración de los jóvenes

Santa Juana Francisca,
tú que aprendiste a seguir a Dios
en medio de tu familia y de las dificultades,
ayúdanos a buscarlo cada día.
Enséñanos a ser humildes, mansos y alegres,
y a convertir nuestro amor a Dios
en servicio a los demás.
Amén.

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6. Orientaciones para familias y catequistas

Para los padres. Participad también vosotros. No convirtáis la sesión en un examen de conocimientos para los hijos. Compartid alguna experiencia propia cuando ayude a comprender cómo la fe puede iluminar las alegrías, decisiones y dificultades familiares.

Para los jóvenes. Dadles libertad para expresar dudas y opiniones. La historia de santa Juana Francisca permite hablar de temas muy humanos: familia, dolor, decisiones, amistad, ayuda espiritual y búsqueda de la propia vocación.

Para los catequistas. No intentéis desarrollar todos los detalles históricos. Es mejor que los participantes recuerden tres o cuatro ideas verdaderas y aplicables a su vida: Dios llama en las circunstancias reales, la oración ayuda a discernir, necesitamos acompañamiento y la fe se convierte en caridad.

Para terminar

Santa Juana Francisca de Chantal nos recuerda que una vida puede atravesar etapas muy diferentes y seguir siendo una sola historia guiada por Dios. Fue esposa, madre, viuda, discípula espiritual y fundadora. En cada etapa tuvo que aprender de nuevo a confiar. La pregunta para nosotros es sencilla: ¿cómo quiere Dios que lo ame hoy, precisamente desde la vida que tengo delante?

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Siete salesas mártires en 1936: Dieron su vida por la fe

Siete salesas mártires en 1936: Dieron su vida por la fe

«Un espíritu que no busca sino a Dios y tiende continuamente a unirse a Él, independiente de todo, excepto del beneplácito divino; un espíritu de profunda humildad para con Dios y de gran dulzura para con el prójimo; un espíritu que no pone el acento en las austeridades exteriores. Las Hermanas deben suplirlas con el renunciamiento interior, y con una gran sencillez y alegría en la vida común».

San Francisco de Sales,
fundador de la Orden de la Visitación. 

Dado el cariz que tomaban los acontecimientos al estallar la Guerra Civil, las Salesas del Primer Monasterio de la Visitación de Madrid alquilaron un piso semisótano en la cercana calle de Manuel González Longoria, por si las cosas empeoraban, como en efecto sucedió. A este piso refugio tuvieron que trasladarse las siete Salesas que quedaban de la Comunidad el 18 de julio de 1936. Tras unas semanas de relativa tranquilidad, fueron denunciadas por ser Religiosas. Sufrieron varios registros que culminaron con su detención el 18 de noviembre para llevarlas a fusilar. Ellas, al subir al coche hicieron serenamente la señal de la cruz ante el griterío del populacho que pedía su muerte. Las llevaron a un descampado en el cruce de las calles de López de Hoyos y Velázquez, y allí, al bajar del coche las mataron.

La Hna. María Cecilia, la más joven, de 26 años, de temperamento nervioso, al sentir que caía muerta la Hermana que tenía cogida de la mano echó a correr sin que nadie la persiguiera. Poco después ella misma se entregó a unos milicianos declarando que era Religiosa. Fue fusilada en las tapias del cementerio de Vallecas, a las afueras de Madrid, en la madrugada del 23 de noviembre de ese año de 1936. El resto de la Comunidad, refugiada en Oronoz, no supo nada del martirio hasta varios meses después, y las primeras noticias eran muy confusas. Nada pudo aclararse hasta que regresaron a Madrid al terminar la Guerra en 1939. A la cripta del Monasterio, profanada durante la Guerra, se trasladaron en 1940 los restos martiriales de cuatro de las Hermanas que habían dado su vida por Cristo y por España. Los restos de las otras tres reposan en el Valle de los Caídos.

El testimonio de la Hna. María Cecilia:

La Hna. María Cecilia (Mª Felicitas Cendoya Araquistain, Azpeitia, 1910) tuvo en los preludios de la Guerra la oportunidad de ir con su familia, pero por amor a Jesús y a su vocación nunca aceptó las propuestas y siempre dijo con tesón que no quería marcharse por nada del mundo. Había hecho los votos solemnes el 27 de septiembre de 1935, y desde el 18 de julio de 1936 vive en el refugio los difíciles meses de calvario, aceptando con generosidad todo lo que pueda suceder.

Hacia las 7 de la tarde del inolvidable 18 de noviem­bre es conducida a la muerte junto con sus Hermanas. Un frenazo rápido del camión que las lleva les indica el lugar designado para su ejecución. Suenan disparos y bárbaramente son fusiladas todas menos ella. Porque María Cecilia, nerviosa, echa a correr. Pronto se encuentra con unos guardias y se entrega diciendo: «Soy Religiosa». Al día siguiente por la mañana la llevan a una de las peores cárceles improvisadas, las desgraciadamente famosas checas. En ella están detenidas unas doce mujeres. El suelo está lleno de agua, sólo hay un banco para todas… Hace mucho frío.

Cuando entra la Hna. María Cecilia se queda en un rincón. Entonces una joven se le acerca y le pregunta con cariño. Ella le contesta rápidamente: «Soy Religiosa». Como le inspira confianza le cuenta todo lo sucedido: «Estábamos siete Religiosas en un piso aquí en Madrid, somos Salesas, vinieron a por nosotras, nos metieron en un coche y nos llevaron a un sitio oscuro donde había barrotes, era como un solar, pero no sé dónde es porque no conozco Madrid. Yo me bajé del coche de la mano de otra Hermana, éramos las dos últimas, y al notar que se caía muerta, no sé lo que me pasó, eché a correr y no sabía lo que hacía».

cruzconbala

Cruz de la Hna. María Cecilia deformada por el impacto de la bala

A sus compañeras de calabozo las alienta a sufrir por Dios, las edifica a todas con su paciencia y unión a la Voluntad Divina, siempre la ven rezan­do, siempre en oración… Poco a poco van llamando a las detenidas a declarar. A unas las dejan en libertad, a otras las fusilan. La Hna. María Cecilia se va despidiendo de ellas con tristeza. Teme quedarse sola. Les asegura que cuando le llegue su turno no ocultará que es Religiosa. Y es consciente de lo que esa afirmación supone en esos precisos momentos. En efecto, una marca roja aparece junto a su firma en la declaración que hace en la cárcel. Es la señal de los condenados a muerte. A las afueras de Madrid, en las tapias del cementerio de Vallecas, la madrugada del 23 de noviembre, aparece su cadáver. La Hna. María Cecilia ha derramado toda su sangre por amor a Cristo. Su fidelidad a toda prueba, le hace alcanzar a sus 26 años el martirio que tanto anhelaba.

«El esplendor de los Hijas de la Visitación es no tenerle y su grandeza la pequeñez».

Los nombres de las beatificadas el 10 de mayo de 1998 son:
  • Beata María Cecilia (Mª Felicitas Cendoya Araquistain)
  • Beata María Inés (Inés Zudaire Galdeano)
  • Beata María Engracia (Josefa Joaquina Lecuona Aramburu)
  • Beata María Ángela (Martina Olaizola Garagarza)
  • Beata María Teresa (Laura Cavestany Anduaga)
  • Beata Josefa María (Carmen Barrera Izaguirre)
  • Beata María Gabriela (Amparo Hinojosa Naveros)

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