Orar contemplando la naturaleza
TALLER DE ORACIÓN
Orar contemplando la naturaleza
Aprender a mirar la creación hasta descubrir en ella una invitación a encontrarse con Dios

A veces, para empezar a orar, basta con detenerse y mirar.
Presentación
Hay días en los que parece que todo hace ruido. El teléfono vibra, llegan mensajes, alguien habla, suena música, hay que estudiar, responder, llegar a tiempo. Incluso cuando estamos solos seguimos recibiendo estímulos. Por eso puede resultar extraño salir al campo, acercarse al mar, sentarse bajo un árbol o mirar el cielo y no hacer nada durante unos minutos.
Este taller propone precisamente eso: aprender a detenerse, mirar, escuchar y dejarse sorprender. Para un cristiano, la naturaleza no es solamente un paisaje bonito. Es creación de Dios, un don que hemos recibido y que estamos llamados a cuidar. Cuando aprendemos a contemplarla con atención, el asombro puede convertirse en agradecimiento, el agradecimiento en alabanza y la alabanza en oración.
No necesitas saber mucho ni sentir nada extraordinario. Tampoco tienes que irte muy lejos. Basta con encontrar un lugar donde puedas estar un rato en silencio y comenzar por algo muy sencillo: prestar atención.
Índice
1. Salir fuera
Estamos acostumbrados a que siempre esté pasando algo. Si esperamos unos minutos, miramos el móvil. Si caminamos, nos ponemos los auriculares. Si estamos solos, buscamos algo que ver o escuchar. No hay nada malo en muchas de esas cosas, pero podemos terminar perdiendo una capacidad importante: estar atentos a lo que tenemos delante.
iculares. Si estamos solos, buscamos algo que ver o escuchar. No hay nada malo en muchas de esas cosas, pero podemos terminar perdiendo una capacidad importante: estar atentos a lo que tenemos delante.
Prueba un día a salir sin buscar entretenimiento. Puede ser un parque tranquilo, el campo, la montaña, una playa, la orilla de un río o cualquier lugar donde la naturaleza tenga espacio. Al principio quizá te aburras. Quizá tengas ganas de mirar el teléfono. No pasa nada. Quédate un poco más.
Cuando dejamos de llenar cada minuto, comienzan a aparecer cosas que estaban allí antes que nosotros: un sonido lejano, el movimiento de una rama, una nube que cambia, la luz sobre una roca, el vuelo de un pájaro. El silencio no estaba vacío. Éramos nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a escucharlo.
Ese pequeño gesto —salir, detenerse y prestar atención— puede convertirse en el comienzo de una oración.

Salir fuera puede ser también salir, por un rato, del ruido.
2. Estás ante algo creado
Para un cristiano, la naturaleza no es Dios. Un árbol no es Dios, el mar no es Dios y tampoco lo son el sol o las estrellas. Pero todo lo que existe ha recibido de Dios la existencia. La creación es un don que no nos hemos dado a nosotros mismos. Podemos admirarla, disfrutarla y utilizar sus bienes; precisamente por eso debemos también respetarla y agradecerla.
El papa Francisco recuerda en Laudato si’ una antigua mirada cristiana: la naturaleza es como un libro en el que Dios nos deja entrever algo de su hermosura y de su bondad. No hace falta buscar mensajes secretos en cada cosa. Basta con descubrir que la belleza recibida puede despertar la alabanza.

La creación no es Dios; es un don que habla de la bondad de su Creador.
3. Una creación que debemos cuidar
Recibir algo como un regalo cambia nuestra manera de tratarlo. La tierra, el agua, los animales, los bosques y los recursos que necesitamos para vivir no son una propiedad sin límites. Formamos parte de la creación y tenemos una responsabilidad dentro de ella. Cuidar lo recibido también es una forma de agradecer.
La Iglesia habla de ecología integral porque todo está relacionado. No podemos preocuparnos por un bosque y olvidarnos de las personas; tampoco podemos defender la dignidad humana mientras destruimos irresponsablemente el entorno del que dependen otros. El cuidado de la creación, la justicia, la atención a los pobres y nuestra manera de consumir forman parte de una misma responsabilidad.
La conversión ecológica comienza muchas veces sin grandes discursos: desperdiciar menos, comprar con más responsabilidad, no ensuciar, cuidar el agua, respetar los lugares por los que pasamos y aprender a disfrutar sin destruir. Cuando dejamos de mirar la naturaleza solamente como algo que podemos usar, comenzamos también a estar preparados para contemplarla.
Una idea para recordar: es difícil contemplar algo mientras solamente pensamos en cómo utilizarlo.

Cuidar la creación empieza muchas veces en gestos que nadie aplaude.
4. Aprender a estar
Busca un lugar y quédate allí. Guarda el móvil. Si puedes, quítate los auriculares y no intentes llenar inmediatamente el silencio. Durante unos minutos no tienes que conseguir nada. Simplemente permanece y abre los sentidos.
No estás mirando la naturaleza desde fuera: estás dentro de ella. También tu cuerpo forma parte de la creación. Escucha, mira, huele, toca y siente. No busques todavía explicaciones. Primero deja que la realidad llegue hasta ti.
Escuchar
Viento, agua, pájaros, hojas, insectos, pasos. Descubre cuántas cosas ocurren sin palabras.
Mirar
Formas, colores, luz, sombras, distancias, movimientos. Mirar despacio cambia lo que vemos.
Oler
Tierra, lluvia, hierba, pinos, flores, mar. Un olor puede hacernos presentes de golpe en un lugar.
Tocar
Una piedra, la corteza de un árbol, la hierba, el agua. La creación es concreta, no una idea.
Sentir
Frío, calor, sol, viento, humedad. Tú también eres criatura y recibes el mundo a través de tu cuerpo.
No hace falta convertir cada sensación en un símbolo. La primera tarea es más sencilla: estar de verdad donde estás.

Escuchar, mirar, oler, tocar, sentir: estar de verdad donde estás.
5. Mirar hasta sorprenderte
Escoge una sola cosa. Una hoja, una piedra, una flor, una nube, una concha, una hormiga. Obsérvala durante un rato sin pensar enseguida que ya sabes lo que es. Fíjate en la forma, el color, las pequeñas diferencias, lo que cambia y lo que permanece. Ese paso de ver rápidamente a mirar de verdad es importante.
Cuanto más observamos, más descubrimos. Aparecen orden, relaciones, fragilidad, fuerza, movimiento y belleza. Algo que parecía sencillo comienza a resultar sorprendente. El papa Francisco ha explicado que la belleza y el misterio de la creación pueden despertar en el corazón el primer movimiento de la oración.
Entonces puede nacer una pregunta que no necesitas responder deprisa: ¿qué me dice todo esto de quien lo ha creado? El asombro no demuestra a Dios como una fórmula matemática. Pero puede abrir el corazón para reconocer que la realidad es mayor que nosotros y que hemos recibido mucho más de lo que solemos advertir.

A veces el asombro comienza cuando dejamos de decir: «Esto ya lo conozco».
6. Los que buscaron a Dios en la naturaleza salvaje
Desde los primeros siglos hubo cristianos que dejaron ciudades y comodidades para buscar a Dios en lugares apartados. Algunos marcharon a los desiertos de Egipto y del norte de África; otros eligieron montañas, bosques, cuevas y valles. Entre ellos recordamos a san Pablo de Tebas, san Antonio Abad y santa María Egipcíaca.
La experiencia se extendió por todo el mundo cristiano. Hubo eremitas en Oriente, Grecia, Italia y España. También nuestras montañas conservaron esa memoria: en el Bierzo, por ejemplo, diversos monjes y eremitas buscaron lugares apartados para llevar una vida de oración, dando origen a la tradición conocida como Tebaida berciana.
No buscaban una aventura ecológica ni un paisaje bonito para sentirse bien. Buscaban a Dios. La naturaleza salvaje les quitaba comodidades, les hacía experimentar el frío, el calor, el hambre, la noche y el silencio, y les ayudaba a vivir con menos cosas y con más atención. Nosotros no necesitamos vivir en una cueva para aprender algo de ellos: a veces, alejarnos del ruido nos ayuda a escuchar mejor.

Muchos cristianos buscaron en montañas, bosques y desiertos un lugar donde toda la vida pudiera orientarse hacia Dios.
7. Dios estaba allí
Puede que hayas salido pensando que ibas a buscar a Dios. Pero, si te detienes, aparece una idea más profunda: Dios estaba allí antes de que tú llegaras. No porque esté encerrado dentro de un árbol, una montaña o un río, sino porque ninguna criatura existiría si Él no la hubiera querido y no la sostuviera.
Dios no se confunde con su creación. La supera infinitamente. Y, sin embargo, está presente en todas partes con su poder creador y providente. Por eso contemplar una criatura puede conducir nuestra mirada más allá de ella: de la belleza al Autor de la belleza; de lo recibido al Dador; de la vida a Aquel que da la vida.
Entonces cambia la oración. Ya no estás solamente observando un paisaje. Puedes dar gracias. Puedes alabar. Puedes reconocer que tú también eres criatura y que tu vida es recibida. Y puedes quedarte sencillamente ante Dios, sin necesidad de explicar todo lo que estás sintiendo.

No llegamos a un mundo vacío: toda la creación existe ya bajo la mirada de Dios.
8. Cuando sobran las palabras
Puedes empezar hablando con Dios. Darle gracias por algo que acabas de descubrir, alabarlo, contarle lo que llevas dentro o repetir lentamente una frase de la Escritura. La oración cristiana es una relación personal: estás con Alguien.
Después puede llegar un momento en que no necesites decir tanto. La contemplación cristiana no consiste en dejar la mente en blanco ni en perseguir una sensación especial. Consiste en permanecer conscientemente ante Dios, con fe y amor, dejando que poco a poco se calme también nuestro ruido interior.
La naturaleza te ha ayudado a detenerte, a abrir los sentidos y a asombrarte. Ahora puede ocurrir algo muy sencillo: lo que estabas mirando deja de ocupar el centro y tu atención descansa en el Creador. Si llegan palabras, úsalas. Si no llegan, permanece.
No busques sentir algo especial. La contemplación no se fabrica. Basta con permanecer ante Dios con sencillez.

Contemplar no es vaciarse: es permanecer ante Dios.
9. Ahora hazlo tú
Una oración de 20–30 minutos en la naturaleza
No conviertas esta propuesta en una lista que haya que completar. Los tiempos son orientativos. Si un paso te ayuda a orar, quédate en él. No tienes ninguna meta que alcanzar.
1. Busca un lugar. Elige un espacio natural donde puedas permanecer con tranquilidad y seguridad.
2. Guarda el móvil. Si lo necesitas por seguridad, déjalo encendido, pero fuera de tu atención.
3. Quédate quieto. Durante un par de minutos no hagas nada. Deja que tu ritmo baje.
4. Abre los sentidos. Escucha, mira, huele, toca, siente el aire y la temperatura. No analices todavía.
5. Elige algo pequeño. Obsérvalo con calma. Déjate sorprender por algo que normalmente pasarías por alto.
6. Reconoce al Creador. Recuerda que estás ante algo recibido. Puedes decir sencillamente: «Gracias, Señor».
7. Habla con Dios. Cuéntale lo que ha despertado en ti este rato, o repite despacio una frase de la Escritura.
8. Guarda silencio. Si las palabras se acaban, no las fuerces. Permanece un poco más. Al terminar, da gracias.

No se trata de completar pasos, sino de dejar que la atención se convierta en oración.
10. Volver
Cuando llegue el momento, levántate y vuelve a casa. No necesitas haber descubierto nada extraordinario. Quizá solamente hayas aprendido a mirar un poco mejor, a escuchar durante más tiempo o a dar gracias por algo que antes pasaba inadvertido.
Y cuando vuelvas otro día, puede que descubras algo nuevo. La creación sigue ahí. Dios también.
Llévate solamente un consejo: aquello que aprendemos a mirar con agradecimiento también aprendemos a cuidarlo. Si este rato de oración cambia un poco tu manera de tratar un árbol, un animal, el agua, la comida o las cosas que utilizas, la contemplación habrá empezado a entrar en tu vida.

Volvemos a la vida de siempre, pero podemos volver mirando de otra manera.
Oración final
Décima ante la creación
Señor, tu luz en el río
me va contando tu bondad,
y en toda la inmensidad
reconozco tu albedrío.
Cuando en silencio sonrío,
te alabo por lo creado,
por cada don regalado,
por la tierra que germina,
por la estrella que ilumina
y por tu amor derramado.
Amén.
Para seguir orando
Otro día puedes volver a la naturaleza llevando solamente un texto breve de la Palabra de Dios. No intentes leerlos todos. Escoge uno y deja que te acompañe.
Salmo 8. «Al ver tu cielo, hechura de tus dedos…». Una oración para contemplar la grandeza del universo y descubrir, dentro de él, la dignidad del ser humano. Biblia de la CEE ↗
Salmo 104. Un gran canto de alabanza a Dios por la diversidad y el orden de la creación. Biblia de la CEE ↗
1 Reyes 19, 9-13. Elías aprende que Dios no siempre se manifiesta en el estruendo y descubre su paso en el susurro de una brisa suave. Biblia de la CEE ↗
Sabiduría 13, 1-9. La belleza de las criaturas puede conducir al reconocimiento de su Autor. Biblia de la CEE ↗
Mateo 6, 25-34. Jesús invita a mirar los pájaros del cielo y los lirios del campo para aprender confianza. Biblia de la CEE ↗
Romanos 1, 19-20. San Pablo recuerda que las obras creadas pueden ayudarnos a reconocer algo de quien las ha hecho. Biblia de la CEE ↗
Cántico de las criaturas, de san Francisco de Asís. Una de las grandes oraciones cristianas de alabanza a Dios con y por la creación. Leer el texto ↗
Fuentes
1. Francisco. Laudato si’. Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común. 24 de mayo de 2015.
2. Francisco. Laudate Deum. Exhortación apostólica sobre la crisis climática. 4 de octubre de 2023.
3. Francisco. Querida Amazonia. Exhortación apostólica postsinodal. 2 de febrero de 2020.
4. Francisco. «El misterio de la creación». Audiencia general. 20 de mayo de 2020.
5. Benedicto XVI. «El hombre en oración. 1». Audiencia general. 4 de mayo de 2011.
6. Francisco. Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación: «Espera y actúa con la creación». 27 de junio de 2024.
7. Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente n. 2566, sobre la oración en la historia de la salvación y la respuesta del ser humano al Dios creador.
8. San Francisco de Asís. Cántico del hermano Sol o Cántico de las criaturas.
9. Pastoral Juvenil Salesiana. «Oración en medio de la naturaleza».
10. Parroquia Santísima Trinidad de Collado Villalba. «Orar con la naturaleza».
Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con apoyo de ChatGPT.
Autor: Guillermo Mirecki