Evangelio del día: Pedro, caminando sobre las aguas

Evangelio del día: Pedro, caminando sobre las aguas

Evangelio del día

Lunes de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 14, 22-36

En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo.

Evangelio

En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman». Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios». Al llegar a la otra orilla, fueron a Genesaret. Cuando la gente del lugar lo reconoció, difundió la noticia por los alrededores, y le llevaban a todos los enfermos, rogándole que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron curados.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Jeremías, Jer 30, 1-2.12-15.18-22

Salmo: Sal 102(101), 16-23.29

Oración introductoria

Jesús, creo que verdaderamente eres el Hijo de Dios y hoy, al igual que llamaste a Pedro, me llamas porque quieres tener un encuentro conmigo en la oración. Mi camino no siempre es tu camino, por eso pido la intercesión de María Inmaculada, para seguir su ejemplo, no dudar nunca y seguir siempre el camino que me propones.

Petición

Señor, que tenga el valor de salir de mi zona de confort y responder a tu llamado.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio de Jesús que camina sobre las aguas del lago (cf. Mt 14, 22-33). Después de la multiplicación de los panes y los peces, Él invitó a los discípulos a subir a la barca e ir a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud, y luego se retiró completamente solo a rezar en el monte hasta avanzada la noche. Mientras tanto en el lago se levantó una fuerte tempestad, y precisamente en medio de la tempestad Jesús alcanzó la barca de los discípulos, caminando sobre las aguas del lago. Cuando lo vieron, los discípulos se asustaron, pensando que fuese un fantasma, pero Él los tranquilizó: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo» (v. 27). Pedro, con su típico impulso, le pidió casi una prueba: «Señor, si eres Tú, mándame ir a ti sobre el agua»; y Jesús le dijo: «Ven» (vv. 28-29). Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas; pero el viento fuerte lo arrolló y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «Señor, sálvame» (v. 30), y Jesús extendió la mano y lo agarró.

Este relato es una hermosa imagen de la fe del apóstol Pedro. En la voz de Jesús que le dice: «Ven», él reconoció el eco del primer encuentro en la orilla de ese mismo lago, e inmediatamente, una vez más, dejó la barca y se dirigió hacia el Maestro. Y caminó sobre las aguas. La respuesta confiada y disponible ante la llamada del Señor permite realizar siempre cosas extraordinarias. Pero Jesús mismo nos dijo que somos capaces de hacer milagros con nuestra fe, la fe en Él, la fe en su palabra, la fe en su voz. En cambio Pedro comienza a hundirse en el momento en que aparta la mirada de Jesús y se deja arrollar por las adversidades que lo rodean. Pero el Señor está siempre allí, y cuando Pedro lo invoca, Jesús lo salva del peligro. En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo.

Es muy importante también la escena final. «En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios»!» (vv. 32-33). Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la «poca fe». Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo! Sin Jesús, lejos de Jesús, nos sentimos asustados e inadecuados hasta el punto de pensar que ya no podemos seguir. ¡Falta la fe! Pero Jesús siempre está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos.

Esta es una imagen eficaz de la Iglesia: una barca que debe afrontar las tempestades y algunas veces parece estar en la situación de ser arrollada. Lo que la salva no son las cualidades y la valentía de sus hombres, sino la fe, que permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre a nuestro lado, con su mano que nos sostiene para apartarnos del peligro. Todos nosotros estamos en esta barca, y aquí nos sentimos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades. Estamos seguros sobre todo cuando sabemos ponernos de rodillas y adorar a Jesús, el único Señor de nuestra vida. A ello nos llama siempre nuestra Madre, la Virgen. A ella nos dirigimos confiados.

Santo Padre Francisco

Ángelus del domingo, 10 de agosto de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de este domingo encontramos a Jesús que, retirándose al monte, ora durante toda la noche. El Señor, alejándose tanto de la gente como de los discípulos, manifiesta su intimidad con el Padre y la necesidad de orar a solas, apartado de los tumultos del mundo. Ahora bien, este alejarse no se debe entender como desinterés respecto de las personas o como abandonar a los Apóstoles. Más aún, como narra san Mateo, hizo que los discípulos subieran a la barca «para que se adelantaran a la otra orilla» (Mt 14, 22), a fin de encontrarse de nuevo con ellos. Mientras tanto, la barca «iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario» (v. 24), y he aquí que «a la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar» (v. 25); los discípulos se asustaron y, creyendo que era un fantasma, «gritaron de miedo» (v. 26), no lo reconocieron, no comprendieron que se trataba del Señor. Pero Jesús los tranquiliza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). Es un episodio, en el que los Padres de la Iglesia descubrieron una gran riqueza de significado. El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles. Jesús quiere educar a sus discípulos a soportar con valentía las adversidades de la vida, confiando en Dios, en Aquel que se reveló al profeta Elías en el monte Horeb en el «susurro de una brisa suave» (1 R 19, 12). El pasaje continúa con el gesto del apóstol Pedro, el cual, movido por un impulso de amor al Maestro, le pidió que le hiciera salir a su encuentro, caminando sobre las aguas. «Pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «¡Señor, sálvame!»» (Mt 14, 30). San Agustín, imaginando que se dirige al apóstol, comenta: el Señor «se inclinó y te tomó de la mano. Sólo con tus fuerzas no puedes levantarte. Aprieta la mano de Aquel que desciende hasta ti» (Enarr. in Ps. 95, 7: PL 36, 1233) y esto no lo dice sólo a Pedro, sino también a nosotros. Pedro camina sobre las aguas no por su propia fuerza, sino por la gracia divina, en la que cree; y cuando lo asalta la duda, cuando no fija su mirada en Jesús, sino que tiene miedo del viento, cuando no se fía plenamente de la palabra del Maestro, quiere decir que se está alejando interiormente de él y entonces corre el riesgo de hundirse en el mar de la vida. Lo mismo nos sucede a nosotros: si sólo nos miramos a nosotros mismos, dependeremos de los vientos y no podremos ya pasar por las tempestades, por las aguas de la vida. El gran pensador Romano Guardini escribe que el Señor «siempre está cerca, pues se encuentra en la razón de nuestro ser. Sin embargo, debemos experimentar nuestra relación con Dios entre los polos de la lejanía y de la cercanía. La cercanía nos fortifica, la lejanía nos pone a prueba» (Accettare se stessi, Brescia 1992, p. 71).

Queridos amigos, la experiencia del profeta Elías, que oyó el paso de Dios, y las dudas de fe del apóstol Pedro nos hacen comprender que el Señor, antes aún de que lo busquemos y lo invoquemos, él mismo sale a nuestro encuentro, baja el cielo para tendernos la mano y llevarnos a su altura; sólo espera que nos fiemos totalmente de él, que tomemos realmente su mano. Invoquemos a la Virgen María, modelo de abandono total en Dios, para que, en medio de tantas preocupaciones, problemas y dificultades que agitan el mar de nuestra vida, resuene en el corazón la palabra tranquilizadora de Jesús, que nos dice también a nosotros: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» y aumente nuestra fe en él.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 7 de agosto de 2011

Propósito

Rezar, diariamente, antes de dormir, el credo, para constantemente recordar las verdades de mi fe que me ayudan a recorrer el camino de la salvación.

Diálogo con Cristo

Señor, dame tu gracia porque quiero gozar de la oración como lo hacía Jesús, que te buscaba en el lugar donde sabía que podría encontrarte. Deseo experimentar la libertad, la paz y el gozo de la auténtica oración al saber apartarme de todo y de todos, para en la soledad de mi propio yo, abrirte mi corazón, con esa firme decisión que rompa mi inercia, mis dudas y mi mediocridad.

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La solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo

La solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo

San Pedro y San Pablo

Apóstoles y mártires · Fiesta: 29 de junio

San Pedro y san Pablo son apóstoles, testigos de Jesús y mártires. Se les llama las dos columnas del edificio de la fe cristiana, porque dieron su vida por Cristo y, gracias a su misión, el cristianismo se extendió por todo el mundo.


Origen y sentido de la fiesta

San Pedro y san Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.

Los cadáveres de san Pedro y san Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas; después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por san Pedro y san Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de san Pedro y san Pablo ha sido conmemorada el 29 de junio desde entonces.

El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.


San Pedro

San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas, que significa «piedra», y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús.

Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte, e incluso llegó a proponerle a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.

Momentos importantes junto a Jesús

  • Vio a Jesús cuando caminó sobre las aguas. Él mismo lo intentó, pero por desconfiar estuvo a punto de ahogarse.
  • Presenció la Transfiguración del Señor.
  • Estuvo presente cuando aprehendieron a Jesús y le cortó la oreja a uno de los soldados atacantes.
  • Negó a Jesús tres veces, por miedo a los judíos, y después se arrepintió.
  • Fue testigo de la Resurrección de Jesús.
  • Jesús, después de resucitar, le preguntó tres veces si lo amaba y las tres veces respondió que sí. Entonces, Jesús le confirmó su misión como jefe Supremo de la Iglesia.
  • Estuvo presente cuando Jesús subió al cielo en la Ascensión y permaneció fiel en la oración esperando al Espíritu Santo.
  • Recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés y, con la fuerza y el valor que recibió, comenzó su predicación del mensaje de Jesús. Dejó atrás las dudas, la cobardía y los miedos, y tomó el mando de la Iglesia, bautizando ese día a varios miles de personas.
  • Realizó muchos milagros en nombre de Jesús.

En los Hechos de los Apóstoles se narran varias hazañas y aventuras de Pedro como primer jefe de la Iglesia. Fue hecho prisionero con Juan, defendió a Cristo ante los tribunales judíos, fue encarcelado por orden del Sanedrín y librado milagrosamente de sus cadenas para volver a predicar en el templo; lo detuvieron por segunda vez y, aun así, se negó a dejar de predicar y fue mandado azotar.

Pedro convirtió a muchos judíos y pensó que ya había cumplido con su misión, pero Jesús se le apareció y le pidió que llevara esta conversión a los gentiles, a los no judíos.

En esa época, Roma era la ciudad más importante del mundo, por lo que Pedro decidió ir allá a predicar a Jesús. Allí surgieron las primeras comunidades cristianas. Estas comunidades daban un gran ejemplo de amor, alegría y honestidad, en una sociedad violenta y egoísta. En menos de trescientos años, la mayoría de los corazones del imperio romano quedaron conquistados para Jesús. Desde entonces, Roma se constituyó como el centro del cristianismo.

En el año 64 hubo un incendio muy grande en Roma que no fue posible sofocar. Se corría el rumor de que había sido el emperador Nerón quien lo había provocado. Nerón acusó a los cristianos de haber provocado el incendio y se inició una verdadera «cacería» contra ellos: los arrojaban al circo romano para ser devorados por los leones, eran quemados en los jardines, asesinados en plena calle o torturados cruelmente. Durante esta persecución, que duró unos tres años, murió crucificado Pedro por mandato del emperador Nerón.

Pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como su Maestro. Treinta y siete años duró su seguimiento fiel a Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Allí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad.

San Pedro escribió dos cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

¿Qué nos enseña la vida de Pedro?

Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santo todos los días. Pedro concretamente nos dice: «Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado» (1 Pedro 1, 15).

Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.

Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.

La institución del Papado

Toda organización necesita de una cabeza y Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo que todo lo que atara en la tierra quedaría atado en el cielo y todo lo que desatara quedaría desatado en el cielo. Jesús le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. El trabajo del Papa no sólo es un trabajo de organización y dirección. Es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos.

El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida. Está asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia.

Nosotros, como cristianos, debemos amarlo por lo que es y por lo que representa: como un hombre santo que nos da un gran ejemplo y como el representante de Jesucristo en la tierra. Reconocerlo como nuestro pastor, obedecer sus mandatos, conocer su palabra, ser fieles a sus enseñanzas, defender su persona y su obra, y rezar por él.

Cuando un Papa muere, se reúnen en el Vaticano todos los cardenales del mundo para elegir al nuevo sucesor de san Pedro. A puerta cerrada, se reúnen en cónclave, que significa «cerrados con llave». Así permanecen en oración y sacrificio, pidiéndole al Espíritu Santo que los ilumine. Mientras no se ha elegido Papa, de la chimenea del Vaticano sale humo negro; cuando ya se ha elegido, sale humo blanco como señal de que ya se escogió al nuevo representante de Cristo en la tierra.


San Pablo

Su nombre hebreo era Saulo. Era judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la provincia romana de Cilicia, en la ciudad de Tarso. Era inteligente y bien preparado. Había estudiado en las mejores escuelas de Jerusalén.

Era enemigo de la nueva religión cristiana, ya que era un fariseo muy estricto. Estaba convencido y comprometido con su fe judía. Quería dar testimonio de ella y defenderla a toda costa. Consideraba a los cristianos como una amenaza para su religión y creía que debía acabar con ellos a cualquier precio. Se dedicó a combatir a los cristianos, quienes tenían razones para temerle. Los jefes del Sanedrín de Jerusalén le encargaron que apresara a los cristianos de la ciudad de Damasco.

En el camino a Damasco, se le apareció Jesús en medio de un gran resplandor. Cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos de los Apóstoles 9, 1-9.20-22).

Con esta frase, Pablo comprendió que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios y que, al perseguir a los cristianos, perseguía al mismo Cristo que vivía en cada cristiano. Después de este acontecimiento, Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron a Damasco y pasó tres días sin comer ni beber. Allí, Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Tomó alimento y se sintió con fuerzas.

Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y después empezó a predicar a favor de Jesús, diciendo que era el Hijo de Dios. Saulo se cambió el nombre por Pablo. Fue a Jerusalén para ponerse a la orden de san Pedro.

La conversión de Pablo fue total y es el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido. Fue el «apóstol de los gentiles», ya que llevó el Evangelio a todos los hombres, no sólo al pueblo judío. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol y de hacer apostolado a favor del mensaje de Jesús. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en el camino a Damasco.

Llevó el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Por un lado, los cristianos desconfiaban de él por su fama de gran perseguidor de las comunidades cristianas. Los judíos, por su parte, le tenían coraje por «cambiarse de bando». En varias ocasiones tuvo que esconderse y huir del lugar donde estaba, porque su vida peligraba. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas y enseñando y apoyando a las comunidades ya existentes.

Escribió catorce cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

Al igual que Pedro, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos.

¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?

Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva y de diferentes maneras.

Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús, dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.

Esta conversión siguió varios pasos

  1. Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta.
  2. Pablo aceptó los dones de Cristo: el mayor de estos dones fue ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios.
  3. Pablo vivió el amor que Cristo le dio: no sólo aceptó este amor, sino que lo hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica.
  4. Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con san Pedro.

Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de su vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.


Fuente original:
Solemnidad de san Pedro y san Pablo

Evangelio del día: Solemnidad de los Santos apóstoles Pedro y Pablo

Evangelio del día: Solemnidad de los Santos apóstoles Pedro y Pablo

Evangelio del día

Mateo 16, 13-19 · Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles

El Obispo de Roma, el Sumo Pontífice, está llamado a confirmar en la fe, en el amor y en la unidad.


Evangelio

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 12, 1-11.
  • Salmo: Sal 34(33), 2-9.
  • Segunda lectura: Segunda Carta de san Pablo a Timoteo, 2 Tim 4, 6-8.17-18.

Oración introductoria

Señor y Dios mío: san Pedro y san Pablo, y muchos otros, dieron su vida porque creían en el amor, en la locura de tu amor que te llevó al extremo de morir en la cruz. Dame la gracia en esta oración para comprender que lo más importante es vivir, transmitir y ser testigo de ese amor.

Petición

Dios mío, que este tiempo de oración sea una expresión de mi amor.


Meditación del Santo Padre Francisco

Celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma. Es una fiesta que manifiesta la riqueza de la Iglesia universal: la fe habla en todas las lenguas y quiere unir a los pueblos en una sola familia.

El Papa Francisco propone tres ideas sobre el ministerio petrino, guiadas por el verbo confirmar. ¿Qué está llamado a confirmar el Obispo de Roma?

1. Confirmar en la fe. El Evangelio presenta la confesión de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Esta confesión no nace de la carne ni de la sangre, sino del Padre celestial. El servicio eclesial de Pedro tiene su fundamento en la fe en Jesucristo, Hijo de Dios vivo.

Pero también aparece el peligro de pensar según la lógica del mundo. Cuando Pedro rechaza el camino de la cruz, Jesús lo corrige con fuerza. Cuando dejamos que prevalezcan nuestras ideas, sentimientos o deseos de poder, y no nos dejamos guiar por la fe, nos convertimos en piedra de tropiezo. La fe en Cristo es la luz de nuestra vida.

2. Confirmar en el amor. San Pablo dice: «He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe». No se trata del combate de las armas, sino del combate del martirio, de la entrega total por Cristo y por los demás.

San Pablo se hizo creíble porque se dejó consumir por el Evangelio. El Obispo de Roma está llamado a vivir y confirmar este amor a Jesús y a todos sin distinción, límites ni barreras. También los obispos reciben esta tarea: salir de sí mismos para servir al santo pueblo fiel de Dios.

3. Confirmar en la unidad. El palio es signo de comunión con el Sucesor de Pedro, principio y fundamento visible de la unidad de la fe y de la comunión. La comunión de la Iglesia no significa uniformidad: la variedad es una riqueza que se funde en la armonía de la unidad.

El camino de la Iglesia es crecer en sinodalidad, en armonía con el servicio del primado. La variedad de la Iglesia es como un gran mosaico: muchas teselas diferentes que forman el único diseño de Dios. Unidos en las diferencias: no hay otra vía católica para la unidad.

Confesar al Señor dejándose instruir por Dios; consumirse por amor de Cristo y de su Evangelio; ser servidores de la unidad. Estas son las consignas que los santos apóstoles Pedro y Pablo confían a cada cristiano.

Santo Padre Francisco: Solemnidad de san Pedro y san Pablo
Homilía del sábado, 29 de junio de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

IV. La Iglesia es apostólica

857. La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles: permanece edificada sobre su fundamento, guarda y transmite su enseñanza con la ayuda del Espíritu Santo, y sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro.

858. Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio instituyó a los Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío».

859. Jesús asocia a los apóstoles a su misión recibida del Padre. Ellos saben que no pueden hacer nada sin Él, de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla.

860. En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser testigos elegidos de la Resurrección del Señor y fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente: la misión confiada por Cristo a los apóstoles debe durar hasta el fin del mundo.

861-862. Para que continuase después de su muerte la misión confiada, los apóstoles instituyeron sucesores. Así permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro y también el ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, ejercido por el orden sagrado de los obispos.

863. Toda la Iglesia es apostólica mientras permanece, a través de los sucesores de san Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es enviada al mundo entero; todos sus miembros participan, de diferentes maneras, en este envío.

864. La fecundidad del apostolado depende de la unión vital con Cristo. Según las vocaciones, los dones del Espíritu Santo y las necesidades de los tiempos, el apostolado toma formas diversas; pero la caridad, alcanzada sobre todo en la Eucaristía, es siempre el alma de todo apostolado.

865. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda porque en ella existe ya el Reino de Dios, que ha venido en la persona de Cristo y crece misteriosamente en el corazón de quienes son incorporados a Él.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Haré una oración especial por el Papa, pidiendo a Dios que lo ilumine y lo fortalezca en su misión.

Diálogo con Cristo

Señor, siendo fiel a la Iglesia, estoy seguro de que te soy fiel. Estar en comunión con el Santo Padre es estar en comunión contigo. Por eso hoy quiero confirmarte mi fe, mi amor y mi unidad; mi deseo de caminar siempre al paso de la Iglesia, sin poner límites a mi servicio ni a mi amor.


Para profundizar