Nada, ni la incapacidad ni la enfermedad, impide la santidad
«¿Qué buscáis?» (Jn 1, 38)
La fragilidad de Rosa no fue el nombre de su vida: su nombre verdadero fue la llamada de Dios y la respuesta de una joven que aprendió a entregarse.
Presentación de la sesión
Hay vidas que parecen comenzar con demasiados límites. Una enfermedad, una discapacidad, una pobreza que no se ha elegido o una puerta que se cierra pueden hacer pensar a un joven que su vida vale menos o que tendrá que esperar a que todo cambie para poder hacer algo grande. Santa Rosa de Viterbo nos obliga a mirar de otro modo: Dios llama a la persona concreta, con su cuerpo, su historia, sus posibilidades y también sus fragilidades.
Esta catequesis no convierte el sufrimiento en un ideal. La enfermedad necesita cuidado; la injusticia, reparación; la discapacidad, apoyos adecuados; y toda persona merece ser acogida sin condescendencia. El hilo conductor será la pregunta de Jesús, «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38), y la enseñanza de Benedicto XVI sobre la juventud como tiempo para descubrir el significado de la existencia.1
Principio fundamental. La enfermedad o una deformidad corporal pueden limitar algunas posibilidades, pero nunca eliminan la dignidad, la capacidad de amar, la vocación bautismal ni la llamada universal a la santidad.
Qué queremos descubrir
Reconocer la dignidad de cada persona como imagen de Dios.
Comprender que la enfermedad y la fragilidad no son señales de menor amor de Dios.
Aprender a buscar la propia vocación desde la vida real recibida.
Discernir qué hacer cuando una posibilidad legítima se cierra.
Descubrir que los dones se vuelven fecundos en el servicio.
Aprender a cuidar a los más frágiles sin reducirlos a simples receptores de ayuda.
Carismas
La sesión trabaja especialmente dignidad, vocación, fortaleza y discernimiento. A ellos se unen la caridad, el testimonio, la fraternidad y el cuidado. No son conceptos yuxtapuestos: en Rosa forman un único movimiento, porque saberse amada por Dios le permite buscar su camino y convertir una vida muy breve en una vida ofrecida.
Destinatarios, duración y posibilidades de uso
La catequesis está preparada para familias y grupos de Postcomunión, y puede adaptarse a adolescentes y jóvenes. Por su extensión conviene distribuirla en varios momentos: un encuentro doctrinal, dos o tres momentos biográficos y una sesión de actividades y lectio. No es necesario realizar las cuatro actividades el mismo día.
Índice
PARTE I
Nada impide la llamada de Dios
1. Creados a imagen de Dios: una dignidad que nadie puede perder
La Sagrada Escritura sitúa la dignidad humana antes de cualquier capacidad: el hombre y la mujer son creados a imagen de Dios (cf. Gn 1,26-27). El Catecismo enseña que, por estar dotada de alma espiritual, inteligencia y libertad, la persona posee una dignidad que debe ser reconocida en todo ser humano.2 La salud, el aspecto físico, la autonomía o el rendimiento pueden cambiar; la dignidad no.
Esta verdad corrige una mirada muy extendida: valorar más a quien produce más, encaja mejor o necesita menos ayuda. El salmo 139 contempla la vida recibida como conocida y sostenida por Dios desde lo profundo. La fe nos enseña así a preguntar primero quién es esta persona y solo después qué puede hacer. También nos enseña a mirarnos a nosotros mismos sin convertir la comparación con otros en juez de nuestro valor.
2. La enfermedad y la fragilidad no nos separan del amor De Dios
En el Evangelio, Jesús rechaza la asociación automática entre enfermedad y culpa. Ante el ciego de nacimiento, no acepta que su situación deba explicarse buscando quién pecó (cf. Jn 9,1-3). El sufrimiento sigue siendo doloroso y reclama cuidado, pero no demuestra abandono de Dios. Jesús se acerca al enfermo, escucha su voz y lo trata como sujeto, no como problema.
San Pablo descubre que la gracia puede sostenerlo en su debilidad (cf. 2 Co 12,9-10). No afirma que el dolor sea bueno en sí mismo, sino que la debilidad no impide la acción de Cristo. La comunidad cristiana debe sacar una consecuencia concreta: los enfermos, las personas con discapacidad, los ancianos y quienes atraviesan una fragilidad psíquica o social no están fuera de la misión de la Iglesia; pertenecen plenamente a ella.
«Una dignidad que nadie puede perder».
3. «¿Qué buscáis?»: descubrir el significado de la propia existencia
Cuando dos discípulos comienzan a seguir a Jesús, Él se vuelve y pregunta: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38). La pregunta no es un examen. Abre un espacio para reconocer el deseo profundo que mueve la vida. Benedicto XVI explicó a los jóvenes que precisamente esa etapa está llena de grandes horizontes, miedos, decisiones y preguntas sobre el dolor y el sentido.3
El mismo Papa invitó a los jóvenes a arraigarse en Cristo para vivir en plenitud lo que son y mencionó entre los jóvenes santos a Rosa de Viterbo.4 La vocación cristiana no exige convertirse en una copia de otra persona. Exige dejar que Cristo ilumine los deseos, purifique lo que engaña y muestre cómo la propia existencia puede hacerse amor.
«¿Qué buscáis?».
4. Dios nos llama desde la vida concreta que hemos recibido
A veces imaginamos que podremos servir a Dios cuando desaparezca una dificultad: cuando tengamos más tiempo, más seguridad, mejor salud o menos problemas familiares. El Evangelio desplaza esa espera indefinida. Jesús llama a personas concretas en situaciones concretas. La vocación comienza hoy, no en una versión futura e idealizada de nosotros mismos.
Aceptar la realidad no significa resignarse. Buscar tratamiento, rehabilitación, apoyo, formación o mejores condiciones puede formar parte de una respuesta responsable. Pero incluso mientras algo se intenta mejorar, la vida ya puede ser fecunda. Un límite puede cambiar el modo de realizar una misión; no puede decretar que esa misión sea imposible.
5. Cuando se cierra una puerta: discernir por dónde quiere Dios que caminemos
Hay puertas que se cierran por razones injustas y deben volver a abrirse. Otras se cierran porque una posibilidad no es viable. El discernimiento cristiano evita dos errores: llamar voluntad de Dios a cualquier fracaso o, por el contrario, considerar que todo límite destruye el proyecto de una vida. Cuando algo bueno no puede realizarse, la pregunta cambia: ¿qué bien sigue siendo posible ahora?
Discernir supone oración, consejo prudente, realidad y libertad. A veces significa insistir; otras, aceptar que el camino tendrá otra forma. Rosa deseó una vida religiosa vinculada al monasterio de San Damián y no logró entrar. Su historia muestra que una puerta cerrada no cerró su entrega: encontró una forma franciscana de vivir su consagración en medio de la ciudad.
«Cuando se cierra una puerta».
6. La santidad se hace amor, servicio y testimonio
Los dones recibidos no alcanzan su sentido cuando se guardan para uno mismo. La santidad cristiana se reconoce en el amor que sale de sí, se acerca al otro y convierte la fe en obras. Francisco recuerda que la fraternidad exige precisamente salir de nosotros mismos y que los jóvenes santos muestran qué significa ser creyentes responsables y creíbles.5
Esto vale también para quien necesita cuidados. Una persona frágil no es solo alguien a quien los demás dan: también tiene algo que entregar. Puede amar, sostener, escuchar, crear, enseñar, trabajar, rezar y abrir espacios de humanidad. Rosa será la ejemplificación concreta de esta doctrina: una muchacha con límites reales cuya vida se convirtió en palabra, cuidado, valentía y memoria eclesial.
Criterio histórico. Las fuentes no coinciden en todos los detalles ni en todas las fechas. En esta biografía se da prioridad a las fuentes eclesiales y se identifica expresamente como «según la tradición» aquello que procede de la tradición hagiográfica y no puede presentarse con el mismo grado de certeza.
1. Una niña frágil en la Viterbo del siglo XIII
Rosa nació en Viterbo en la primera mitad del siglo XIII, en una familia pobre y cristiana. Las fuentes modernas no coinciden en el año exacto: Vatican News ofrece 1233, mientras la tradición franciscana consultada propone 1235. Lo importante para situarla es comprender que creció en una ciudad medieval viva, dentro del Patrimonio de San Pedro y en años de fuertes tensiones entre el Papado y el Imperio.6
Vatican News transmite que Rosa nació con una malformación ósea que condicionó su salud y su corta vida.7 Conviene detenerse aquí sin convertir el dato médico en espectáculo. El cuerpo de Rosa no será una curiosidad de la catequesis. Será el lugar concreto desde el que una persona real aprendió a rezar, querer, sufrir, servir y responder.
La pobreza familiar también formaba parte de su horizonte. No debemos imaginar una casa vacía y miserable, sino una vivienda sencilla de trabajadores, inserta en un barrio con talleres, iglesias, mercados y redes vecinales. La pobreza limita opciones, pero no elimina relaciones, cultura ni dignidad. Esa verdad histórica ayudará también a evitar imágenes que conviertan a los pobres en decorado.
Las fuentes hagiográficas describen desde muy pequeña una fuerte inclinación a la oración y a la caridad, así como prácticas penitenciales muy intensas. Estos relatos pertenecen a un lenguaje espiritual medieval que debe explicarse con prudencia. No propondremos a los jóvenes imitar penitencias dañinas. La tradición quiere subrayar su deseo radical de pertenecer a Dios, no ofrecer un manual de conductas corporales.
También se recuerda su atención a los pobres. El gesto es importante porque desplaza la mirada: la niña que podía ser considerada frágil percibe la fragilidad ajena. No vive encerrada en la contemplación de sus propias limitaciones. Empieza a descubrir que la vida recibida puede convertirse en una vida compartida.
Así comienza la historia que necesitamos contar: no con una heroína extraordinaria ya terminada, sino con una niña cuya realidad contiene límites reales, una fe que crece y un deseo de entregar lo que tiene. La santidad empieza en lo pequeño, mucho antes de que una ciudad aprenda a recordar un nombre.
Comentario catequético de la imagen
Observación. La niña forma parte activa de la casa; no aparece aislada como enferma.
Contexto. Viterbo, primera mitad del siglo XIII; familia pobre y cristiana; fuentes con cronologías distintas.
Lectura iconográfica. La abertura hacia la ciudad evita encerrar la historia en el dormitorio: Rosa pertenece a una comunidad concreta.
Explicación catequética. La dignidad de una persona precede a sus capacidades. La fragilidad corporal no cancela pertenencia, relaciones ni vocación.
Gesto. Participar en una tarea doméstica sencilla.
Idea. La fragilidad no elimina la pertenencia.
Aplicación. Preguntar en familia si alguna persona queda excluida de tareas o decisiones por exceso de protección.
Referencia. Vatican News; Directorio Franciscano; Gn 1,26-27.
Pie. Rosa creció en una familia humilde de Viterbo; su fragilidad no la dejó fuera de la vida.
2. Una joven que descubre a Cristo y el camino de san Francisco
La tradición franciscana presenta a Rosa atravesando una enfermedad grave durante su infancia y vincula su recuperación a una experiencia espiritual mariana. Debemos decirlo como lo que es: un episodio transmitido por la tradición, no un dato médico verificable con criterios actuales. Esa tradición conecta la recuperación con su incorporación a la Tercera Orden de San Francisco.8
La pertenencia franciscana daba una forma concreta a deseos que ya estaban presentes: oración, sencillez, penitencia, cercanía a pobres y enfermos y amor a Cristo. Rosa no necesitaba entrar en un claustro para comenzar a vivir una espiritualidad de seguimiento. El franciscanismo le ofrecía una manera de estar en el mundo sin vivir según la lógica del poder o de la apariencia.
La cruz que las fuentes colocan sobre su pecho no debe convertirse en un accesorio decorativo. Es signo de un centro: Cristo crucificado y amado. En una adolescente cuya propia corporalidad podía ser fuente de dolor, contemplar la Pasión no significa glorificar el sufrimiento, sino descubrir que Dios no mira desde lejos el dolor humano.
Al mismo tiempo, la espiritualidad franciscana abría la vida hacia la fraternidad. El pobre no era solo destinatario de limosna; era hermano. El enfermo no era un problema que ocultar; era alguien a quien acercarse. En Rosa, la oración se vuelve proximidad. Lo interior y lo exterior empiezan a sostenerse mutuamente.
Este punto es decisivo para nuestra catequesis. Una espiritualidad sana no encierra a una persona frágil en su propio mundo. La ayuda a reconocer que también posee capacidad de misión. El límite puede obligar a hacer las cosas de otro modo, pero no impide amar ni anunciar el Evangelio.
Rosa empieza así a aparecer en las calles de su ciudad no como una excepción pintoresca, sino como una joven creyente que ha encontrado una orientación. La pregunta «¿Qué buscáis?» empieza a tener respuesta: busca a Cristo y aprende a servirlo en la Iglesia y en los hermanos.
Comentario catequético de la imagen
Observación. La madre cuida; Rosa recibe ayuda sin perder presencia ni personalidad.
Contexto. La tradición franciscana conserva una enfermedad grave y una experiencia mariana vinculada a su incorporación franciscana.
Lectura iconográfica. El crucifijo no promete una curación automática; coloca el sufrimiento bajo la mirada de Cristo.
Explicación catequética. La fe cristiana acompaña la enfermedad sin convertirla en castigo ni en espectáculo. Recibir cuidados también forma parte de la vida humana.
Gesto. Aceptar el agua y la ayuda que le ofrecen.
Idea. También quien recibe cuidados sigue siendo sujeto de su vida.
Aplicación. Nombrar una ayuda que nos cuesta recibir y agradecer a quien la ofrece.
Referencia. Tradición franciscana; Jn 9,1-3; 2 Co 12,9.
Pie. Rosa conoció la enfermedad y aprendió a vivir su fe dentro de una realidad corporal frágil.
Comentario catequético de la imagen
Observación. Rosa no contempla desde fuera; escucha y se incorpora a una red de fraternidad.
Contexto. La tradición vincula su camino a la Tercera Orden de San Francisco.
Lectura iconográfica. La cruz, la ropa sencilla y la cercanía a los pobres expresan seguimiento, no decoración religiosa.
Explicación catequética. Una vocación encuentra forma cuando el deseo interior se traduce en pertenencia, hábitos y relaciones concretas.
Gesto. Escuchar antes de ponerse a servir.
Idea. Seguir a Cristo significa aprender un modo de vivir.
Aplicación. Buscar una práctica concreta que haga más visible el Evangelio en la semana.
Referencia. Vatican News; tradición franciscana.
Pie. El camino de san Francisco ofreció a Rosa una manera concreta de seguir a Cristo en medio del mundo.
3. Cuando el monasterio no abre sus puertas
En Viterbo existía el monasterio de San Damián. Las fuentes coinciden en que Rosa deseó ingresar y no fue admitida, aunque ofrecen motivos distintos: pobreza, edad o fragilidad física. Vatican News relaciona expresamente la imposibilidad con su malformación ósea. Por eso conviene hablar de una puerta realmente cerrada sin atribuir intenciones que las fuentes no permiten asegurar.9
Para una joven que deseaba una forma concreta de consagración, aquello no sería una anécdota. Podía sentirse como una contradicción: si quería entregarse a Dios, ¿por qué no podía hacerlo del modo que imaginaba? Aquí la biografía toca directamente el discernimiento: un deseo bueno puede necesitar otra forma.
La tradición franciscana cuenta que Rosa transformó su propia casa en espacio de oración y penitencia. Leído catequéticamente, el gesto encierra una intuición útil: cuando un lugar no está disponible, la fidelidad puede comenzar donde estamos. No todo servicio necesita la institución soñada para empezar.
Esto no significa que toda exclusión sea aceptable. Una comunidad cristiana debe examinar si sus estructuras dejan fuera injustamente a personas por discapacidad, pobreza o diferencia. La historia de Rosa puede ayudarnos a preguntar si nuestras parroquias y grupos ofrecen participación real, no solo presencia simbólica.
Rosa, sin embargo, no hizo de aquella negativa la definición de su vida. No se convirtió en «la joven a la que rechazaron». Siguió buscando cómo amar a Dios. Esa capacidad de no quedar fijada al fracaso es una forma de fortaleza cristiana: no negar la herida, pero tampoco entregarle el gobierno del futuro.
Más adelante, la memoria de la santa quedará precisamente vinculada al mismo espacio monástico. La tradición sobre el traslado de su cuerpo hará que San Damián termine custodiando su memoria. La paradoja es hermosa si se cuenta sin sentimentalismo: la historia de Dios no queda detenida por una negativa.
Comentario catequético de la imagen
Observación. Rosa escucha una respuesta dolorosa sin ser humillada visualmente.
Contexto. Las fuentes coinciden en la no admisión, pero difieren en los motivos concretos.
Lectura iconográfica. La puerta permanece visible, pero no ocupa toda la composición; detrás de Rosa continúa la ciudad.
Explicación catequética. Una vocación no queda anulada porque una forma concreta no resulte posible. El discernimiento busca el bien que todavía puede realizarse.
Gesto. Escuchar y permanecer de pie.
Idea. Una puerta cerrada no es el final de toda llamada.
Aplicación. Recordar una frustración y distinguir qué parte debe aceptarse, qué parte puede corregirse y qué camino alternativo existe.
Referencia. Vatican News; Directorio Franciscano.
Pie. Rosa no pudo entrar en San Damián; su entrega a Dios encontró otro camino.
4. Rosa sale a las calles: oración, palabra y servicio
Vatican News resume un cambio decisivo: al no poder llevar la vida religiosa que deseaba, Rosa entró en la Tercera Orden Franciscana y comenzó a recorrer Viterbo con una cruz, viviendo penitencia y caridad hacia pobres y enfermos.10 La ciudad se convierte en su lugar de misión.
Las fuentes franciscanas conservan también la memoria de su predicación. Hay que leer este dato dentro de la religiosidad medieval, en la que el anuncio público y las exhortaciones penitenciales podían ocupar un lugar social que hoy nos resulta extraño. Rosa aparece como una joven que habla de Cristo, no como una dirigente política disfrazada de predicadora.
Su palabra sería inseparable de su manera de vivir. Una muchacha pobre que ayuda a pobres, una enferma que atiende a enfermos y una joven sin poder institucional que habla de fe posee una autoridad distinta de la autoridad del cargo. El testimonio sostiene la palabra. Esa coherencia explica mejor su impacto que cualquier reconstrucción grandilocuente.
También aquí debemos corregir una iconografía fácil. No mostraremos a Rosa de pie repartiendo pan a una fila de pobres arrodillados. El servicio cristiano no necesita teatralizar la desigualdad. La veremos trabajando junto a otros, acercando agua, alimentos, paños limpios, escucha y compañía.
La enfermedad propia no la convierte en experta automática del sufrimiento ajeno. Pero puede haberle dado una sensibilidad especial para reconocer lo que significa necesitar ayuda. La catequesis debe subrayar la reciprocidad del cuidado: quien hoy recibe puede mañana sostener; quien parece fuerte también necesitará ser cuidado.
Francisco, al hablar de jóvenes santos, incluye a Rosa entre quienes enseñan qué significa ser creyentes responsables y creíbles. Su vida en las calles de Viterbo encarna precisamente esa condición: fe que se hace presencia, cercanía y palabra en medio del mundo.11
Comentario catequético de la imagen
Observación. Las reacciones del público son diversas; la escena no fabrica unanimidad.
Contexto. Las fuentes franciscanas conservan memoria de su predicación pública en el contexto religioso medieval.
Lectura iconográfica. Rosa ocupa un lugar visible pero no dominante; la ciudad y sus oficios continúan alrededor.
Explicación catequética. El testimonio cristiano no necesita poder institucional para ser real. La credibilidad nace de una vida coherente con la palabra.
Gesto. Hablar con una mano abierta, no señalar acusadoramente.
Idea. La fe puede hacerse palabra pública sin convertirse en agresión.
Aplicación. Practicar una manera de explicar la propia fe con claridad y respeto, sin burlarse de quien piensa distinto.
Referencia. Tradición franciscana; Mt 5,13-16.
Pie. Rosa llevó su fe a las calles de Viterbo y habló de Cristo en medio de su pueblo.
Comentario catequético de la imagen
Observación. Rosa trabaja con otros; el cuidado es relación, no exhibición de beneficencia.
Contexto. Vatican News destaca expresamente su caridad hacia pobres y enfermos.
Lectura iconográfica. El agua, los paños y la posición corporal a la misma altura hablan de servicio concreto.
Explicación catequética. La caridad cristiana no reduce a una persona a su necesidad. Cuida y, al mismo tiempo, reconoce su voz y sus dones.
Gesto. Ponerse a la altura de quien necesita ayuda.
Idea. Servir es acercarse sin dominar.
Aplicación. Identificar una necesidad concreta en casa y preguntar primero cómo ayudar, en vez de decidirlo todo por el otro.
Referencia. Vatican News; Mt 25,31-46.
Pie. La fe de Rosa se hizo cercanía concreta a pobres y enfermos.
5. La valentía de la fe: conflicto, destierro y regreso
Rosa vivió durante la dura confrontación entre güelfos y gibelinos, partidarios respectivamente del Papado y del emperador Federico II. Viterbo estuvo directamente implicada en esas tensiones. La fe de Rosa no se desarrolló, por tanto, en un mundo pacífico, sino en una sociedad donde religión y política estaban estrechamente entrelazadas.12
Vatican News señala que su apoyo al Papa provocó el exilio de Rosa y su familia a Soriano en el Cimino. Las fuentes hagiográficas añaden conflictos, burlas y oposición. No necesitamos exagerarlos para comprender el precio: una adolescente y su familia tuvieron que abandonar su ciudad. El destierro afecta hogar, relaciones, seguridad y pertenencia.
Durante ese período aparecen diversos relatos ligados a Soriano y Vitorchiano. Algunos pertenecen claramente a la tradición hagiográfica y deben ser presentados como tales. No conviene borrar estos relatos, porque forman parte de la memoria recibida; conviene distinguir memoria y documentación. Esa distinción fortalece la catequesis en lugar de empobrecerla.
La escena del exilio puede mostrarnos algo más profundo que una controversia política: la fe no siempre hace la vida cómoda. Benedicto XVI advertía a los jóvenes que el camino con Cristo exige esfuerzo y puede implicar caminar contra corriente. La fortaleza de Rosa no consiste en no sentir miedo, sino en mantener una fidelidad costosa.
La muerte de Federico II en 1250 modificó el equilibrio político y permitió el regreso. Volver no significaba recuperar sin más la vida anterior. Quien ha atravesado un destierro vuelve cambiado. Rosa regresa a una Viterbo que también ha cambiado, pero conserva la misma orientación hacia Cristo.
Aquí la historia vuelve a la pregunta inicial: ¿qué puede impedir la santidad? La enfermedad no la impidió; tampoco la pobreza, la negativa del monasterio ni el destierro. Todos fueron límites reales, algunos dolorosos. Pero ninguno pudo decidir por ella si amaría o no amaría. Esa libertad es el lugar profundo de su respuesta.
Comentario catequético de la imagen
Observación. El protagonismo se reparte entre Rosa y su familia: todos pagan el precio del exilio.
Contexto. La lucha entre güelfos y gibelinos afectó a Viterbo; Vatican News relaciona el exilio con el apoyo de Rosa al Papa.
Lectura iconográfica. La mirada hacia la ciudad expresa pérdida de hogar; el camino abierto muestra que la historia continúa.
Explicación catequética. La fidelidad puede tener costes reales. La fortaleza cristiana no es ausencia de miedo, sino capacidad de seguir haciendo el bien dentro de una situación difícil.
Gesto. Volverse hacia lo perdido y después continuar el camino.
Idea. Ser fiel no siempre significa permanecer en el mismo lugar.
Aplicación. Acompañar a una familia que atraviesa mudanza, migración o pérdida de estabilidad sin convertir su situación en tema de curiosidad.
Referencia. Vatican News; Benedicto XVI, encuentro con jóvenes en Zagreb.
Pie. Rosa y su familia conocieron el destierro, pero la misión no quedó detenida.
Comentario catequético de la imagen
Observación. La imagen evita convertir la tradición hagiográfica en efectos fantásticos.
Contexto. Soriano y Vitorchiano aparecen en la memoria tradicional de la santa durante el destierro.
Lectura iconográfica. El camino une poblaciones y personas: el exilio, que parecía pura pérdida, se convierte también en espacio de misión.
Explicación catequética. La Iglesia puede conservar relatos tradicionales sin presentarlos todos con el mismo grado de certeza histórica. La fe no necesita confundir devoción con documentación.
Gesto. Continuar caminando y hablando con personas nuevas.
Idea. Un límite geográfico puede abrir una relación inesperada.
Aplicación. Aprender a decir «según la tradición» cuando contamos un relato que la documentación no permite afirmar del mismo modo que un hecho histórico.
Pie. Según la tradición, Rosa continuó su testimonio durante el destierro en Soriano y Vitorchiano.
6. Una vida de dieciocho años que sigue dando fruto
Rosa murió muy joven, probablemente alrededor de los dieciocho años. Las fuentes tampoco coinciden plenamente en la fecha exacta. Vatican News propone 1251 y conserva la tradición de una muerte vinculada al deterioro de su salud. La brevedad de su vida impresiona, pero no debemos convertirla en una competición de precocidad: una vida vale por el amor recibido y entregado, no por la cantidad de años.13
Fue sepultada inicialmente en Santa María in Poggio. Muy pronto creció la veneración popular. La historia de su reconocimiento canónico es singular: hubo iniciativas de canonización que no culminaron según los procedimientos esperados, mientras su culto se consolidaba. Vatican News recuerda que su nombre ya aparecía como santa en el Martirologio en 1583.14
La tradición vincula al papa Alejandro IV con el traslado de sus restos al monasterio de San Damián, donde quedó confiada a las religiosas. El episodio posee una fuerza narrativa evidente: el lugar al que Rosa no pudo entrar en vida terminó custodiando su memoria. Debe contarse como tradición transmitida, sin añadir detalles que las fuentes no aseguran.
Viterbo continúa celebrando a Rosa y su santuario sigue siendo un lugar vivo de memoria y oración. Las fiestas y la Máquina de Santa Rosa han adquirido además un enorme valor cívico. Esto ayuda a comprender que la santidad cristiana deja huella en una comunidad, aunque el culto no deba confundirse con simple identidad cultural.
San Juan Pablo II y Benedicto XVI visitaron Viterbo; Benedicto XVI hizo una parada ante el santuario de Santa Rosa durante su visita pastoral de 2009.15 La joven del siglo XIII continúa así presente en la vida de la Iglesia. No porque su enfermedad haya sido extraordinaria, sino porque su respuesta de fe sigue siendo legible.
Al terminar la biografía, volvemos a la tesis de la sesión. Rosa no fue santa porque estuviera enferma, ni a pesar de ser una persona concreta que hubiera debido convertirse en otra. Fue santa siendo Rosa: recibiendo su vida, dejándose encontrar por Cristo y entregando lo que podía. Esa es la invitación que su historia devuelve hoy a cada familia.
Comentario catequético de la imagen
Observación. La ausencia de Rosa se percibe por el espacio que queda y por los objetos cotidianos.
Contexto. Murió muy joven; las fuentes ofrecen fechas diferentes dentro de 1251-1252.
Lectura iconográfica. Los objetos ordinarios impiden convertir su muerte en una escena teatral; la ciudad al fondo sugiere memoria comunitaria.
Explicación catequética. Una vida corta no es una vida incompleta cuando ha sido recibida y entregada en el amor. La fecundidad no se mide solo en duración.
Gesto. Guardar silencio alrededor de una ausencia.
Idea. El fruto de una vida puede continuar después de su muerte.
Aplicación. Recordar en familia a una persona fallecida por el bien concreto que dejó, no solo por la tristeza de su ausencia.
Referencia. Vatican News; fuentes franciscanas.
Pie. Rosa murió muy joven, pero Viterbo no olvidó la vida que había entregado.
Comentario catequético de la imagen
Observación. La procesión se centra en la comunidad que recibe una memoria, no en la exhibición corporal.
Contexto. La tradición relaciona a Alejandro IV con el traslado de los restos al monasterio.
Lectura iconográfica. La puerta de San Damián reaparece con sentido nuevo: ahora se abre a una memoria eclesial compartida.
Explicación catequética. La santidad pertenece a la comunión de la Iglesia. La memoria de un santo no es culto a una personalidad, sino reconocimiento de lo que la gracia ha realizado.
Gesto. Las puertas se abren mientras la comunidad recibe.
Idea. Dios puede dar un sentido nuevo a lugares ligados a antiguas frustraciones.
Aplicación. Revisar si una experiencia pasada puede ser mirada hoy con más libertad, sin negar el daño ni vivir prisionero de él.
Referencia. Vatican News, relato tradicional del traslado.
Pie. Según la tradición, los restos de Rosa fueron trasladados a San Damián, donde quedó confiada su memoria.
Comentario catequético de la imagen
Observación. La escena actual evita tratar el santuario como museo vacío.
Contexto. El culto a Rosa se consolidó durante siglos y permanece ligado a Viterbo.
Lectura iconográfica. La continuidad entre jóvenes actuales y el lugar histórico expresa que la santidad puede seguir interpelando.
Explicación catequética. Recordar a un santo no consiste en admirar un pasado remoto, sino en recibir una pregunta para el presente: qué busca hoy nuestra vida y cómo puede hacerse don.
Gesto. Entrar juntos en el santuario.
Idea. La memoria cristiana abre el presente hacia la llamada de Dios.
Aplicación. Elegir un santo joven y buscar qué decisión concreta de su vida puede iluminar una decisión actual.
Referencia. Vatican News; visita de Benedicto XVI a Viterbo, 6 de septiembre de 2009.
Pie. Ocho siglos después, Viterbo sigue custodiando la memoria de una joven que aprendió a entregar su vida.
Orientación. Las cuatro actividades siguen las dimensiones Damián: interiorización, fe, familia y comunidad, y misión. Son breves, realistas y no requieren exponer públicamente experiencias íntimas.
1. «Dios no se ha equivocado conmigo»
Dimensión. Interiorización e introspección personal.
Duración. 15-20 minutos.
Material. Ficha 1 y bolígrafo.
Cada participante completa cuatro espacios en silencio: algo que hago bien, algo que me cuesta, algo de mí que necesito aprender a aceptar y algo que puedo ofrecer a los demás. El catequista aclara que aceptar no significa renunciar a mejorar, pedir ayuda o recibir tratamiento.
Después se invita a elegir solo una frase que pueda compartirse libremente. Nadie está obligado a contar una dificultad íntima. Se termina leyendo despacio el salmo 139 y dando gracias por la vida concreta recibida.
2. «Cuando se cierra una puerta»
Dimensión. Fe y discernimiento.
Duración. 20-25 minutos.
Material. Ficha 2 y tres casos breves.
El grupo trabaja con situaciones concretas: no entrar en una actividad deseada, no poder realizar algo por salud, recibir un «no» injusto o descubrir que un plan ya no es viable. Debe distinguir qué puede corregirse, qué necesita aceptarse y qué nueva posibilidad aparece.
La revisión evita frases fáciles como «por algo será». Se enseña a discernir mediante oración, realidad, consejo y responsabilidad. Cada participante formula una pregunta: «¿Qué bien puedo hacer ahora?».
3. «Aquí nadie sobra»
Dimensión. Vida familiar y comunitaria.
Duración. 20-25 minutos.
Material. Ficha 3.
Cada familia o pequeño grupo dibuja su mapa cercano y señala quién necesita actualmente más apoyo: un enfermo, una persona mayor, alguien con discapacidad, una persona que está sola o quien atraviesa una dificultad. La primera pregunta es «¿cómo podemos acompañar?».
La segunda pregunta es igual de importante: «¿qué recibimos de esa persona?». Así se evita convertir al miembro más frágil en mero receptor. El grupo anota una acción de cuidado y una forma de reconocer activamente sus dones y su palabra.
4. «Lo que sí puedo dar»
Dimensión. Misión y servicio.
Duración. 15 minutos y revisión en menos de una semana.
Material. Ficha 4 y calendario.
Cada participante elige un don concreto y decide cómo convertirlo en servicio durante la semana. Debe ser una acción pequeña, verificable y posible: escuchar a alguien, ayudar en casa, preparar algo para la parroquia, acompañar a una persona o compartir una capacidad.
La ficha obliga a fijar destinatario y momento. En la revisión se pregunta qué ocurrió y qué virtud hizo falta. La misión no se mide por espectacularidad, sino por fidelidad concreta.
Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
Nos sentamos en silencio y pedimos al Espíritu Santo que nos haga disponibles. No venimos a buscar una frase bonita para confirmar lo que ya pensamos. Venimos a dejarnos alcanzar por una pregunta de Jesús que puede ordenar nuestros deseos.
Lectio. ¿Qué dice la Palabra?
Leemos lentamente Jn 1,35-39. Observamos quién señala a Jesús, quién empieza a seguirlo, cuándo Él se vuelve, qué pregunta formula y qué responden los discípulos. Prestamos atención al movimiento: ver, seguir, preguntar, ir y permanecer.
Preguntas. ¿Qué oyen los discípulos? ¿Qué hacen? ¿Qué les pregunta Jesús? ¿Qué desean conocer? ¿Qué invitación reciben? ¿Cuánto tiempo permanecen con Él?
Meditatio. ¿Qué estoy buscando?
Ahora la pregunta pasa del texto a nuestra vida. ¿Qué estoy buscando de verdad cuando deseo ser aceptado, tener éxito, evitar una dificultad o cambiar algo de mí? ¿Qué parte de mi vida me cuesta recibir? La meditación no busca culpabilizar, sino descubrir el deseo más profundo que necesita ser iluminado por Cristo.
Oratio. ¿Qué quiero decirle a Jesús?
Hablamos con Jesús sin discurso preparado. Podemos decirle: «Señor, esto es lo que deseo; esto es lo que me duele; esto es lo que no entiendo». Después pedimos una gracia sencilla: aprender a vivir plenamente lo que soy, sin despreciar la vida que he recibido ni esconder los dones que puedo entregar.
Contemplatio. Permanecer con Él
Los discípulos preguntan dónde vive Jesús y reciben una invitación a ir y ver. Permanecemos unos minutos en silencio. No tenemos que resolver todas las preguntas. Basta aprender a estar con Cristo, dejando que su presencia sea más grande que la comparación, el miedo o la frustración.
Actio. Responder con nuestra vida
La lectio termina en un paso concreto. Cada participante completa una sola frase: «Esta semana, para vivir mejor la vida que Dios me ha dado, voy a…». La acción debe ser posible y breve. La Palabra se vuelve respuesta encarnada.
Para la celebración litúrgica o franciscana conviene utilizar la oración propia en la edición litúrgica correspondiente. En el Directorio Franciscano se conserva una oración tradicional que invoca a Dios como Padre de bondad y recuerda en Rosa la firmeza de ánimo y la bondad.
Padre de bondad, que has unido en la joven santa Rosa de Viterbo la firmeza de ánimo y el encanto de la bondad; al celebrar hoy su fiesta, concédenos imitar también sus virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
2. Oración a santa Rosa de Viterbo
Santa Rosa de Viterbo,
joven amiga de Cristo,
tú aprendiste a buscarlo
en una vida frágil y verdadera.
Enséñanos a no medir a nadie
por su fuerza, su aspecto o su salud;
a escuchar la llamada de Dios
cuando el camino cambia de forma.
Ayúdanos a salir de nosotros mismos,
a acercarnos al pobre y al enfermo,
a hablar de Jesús con sencillez
y a servir sin buscar reconocimiento.
Intercede por nuestras familias,
para que nadie se sienta de sobra
y cada uno descubra con alegría
lo que puede recibir y lo que puede dar. Amén.
3. Oración por los más frágiles de nuestra familia
Señor Jesús,
hoy ponemos ante ti
a quienes en nuestra familia
necesitan más cuidado y compañía.
Mira al que está enfermo,
al que ha perdido fuerzas,
al que necesita ayuda para cada día,
al que se siente solo o preocupado.
No permitas que los miremos
solo por lo que ya no pueden hacer.
Enséñanos a reconocer sus dones,
su palabra, su historia y su amor.
Danos paciencia para cuidar,
humildad para dejarnos cuidar,
tiempo para escuchar sin prisa
y delicadeza para preguntar qué necesitan.
Que nuestra casa sea un lugar
donde nadie se sienta una carga,
donde la fragilidad acerque los corazones
y todos podamos dar y recibir amor. Amén.
4. Oración cuando estoy enfermo o me siento débil
Jesús, hoy me cuesta mi debilidad.
Hay cosas que no puedo hacer
y momentos en que tengo miedo
de valer menos que los demás.
Quédate conmigo.
Ayúdame a recibir la ayuda que necesito
sin pensar que por ello soy menos,
y dame fuerza para cuidar también a otros.
Si puedo mejorar, dame constancia.
Si debo aceptar un límite, dame paz.
Si existe otro camino, dame luz
para descubrirlo sin encerrarme.
Recuérdame que sigo siendo tuyo,
que puedo amar y ser amado,
y que también hoy mi vida
puede convertirse en un regalo. Amén.
5. Oración familiar: «Nada nos separará de tu amor»
Guía: Señor, cuando llega la enfermedad.
Todos: Nada nos separará de tu amor.
Guía: Cuando una limitación cambia nuestros planes.
Todos: Nada nos separará de tu amor.
Guía: Cuando uno de nosotros necesita ser sostenido.
Todos: Nada nos separará de tu amor.
Guía: Cuando nos cuesta aceptar nuestro propio cuerpo o nuestra historia.
Todos: Nada nos separará de tu amor.
Guía: Cuando descubrimos un nuevo modo de servir.
Todos: Nada nos separará de tu amor.
Guía: Haz de nuestra familia un lugar donde cada vida sea acogida como don y cada fragilidad encuentre cuidado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Todos: Amén.
Santa Rosa nos deja una certeza sencilla: la dignidad no depende de la salud. La enfermedad puede necesitar tratamiento y puede cerrar posibilidades concretas; nunca convierte a una persona en menos valiosa ni la sitúa fuera de la llamada de Dios.
También nos enseña que la vocación puede cambiar de forma. Una puerta cerrada no siempre es el final. La pregunta sigue siendo la de Jesús: «¿Qué buscáis?». Cuando permanecemos con Él, aprendemos a recibir nuestra vida y a convertirla en servicio.
Benedicto XVI, vigilia de oración con los jóvenes, Zagreb, 4 de junio de 2011. Presenta la juventud como tiempo para descubrir el significado de la existencia y plantea la pregunta «¿Qué buscáis?». Consultar fuente. Volver a la llamada
Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente 1700-1706, sobre la dignidad de la persona humana creada a imagen de Dios. Consultar fuente. Volver a la llamada
Benedicto XVI, vigilia con los jóvenes en Zagreb, 4 de junio de 2011, sobre los grandes horizontes, los miedos, el sufrimiento y la búsqueda de sentido en la juventud. Consultar fuente. Volver a la llamada
Benedicto XVI, ibíd.: invitación a vivir en plenitud lo que somos arraigados en Cristo; mención de Rosa de Viterbo entre jóvenes santos. Consultar fuente. Volver a la llamada
Francisco, discurso a los jóvenes de la Acción Católica Italiana, 29 de octubre de 2022: fraternidad, salir de sí y jóvenes santos como creyentes responsables y creíbles. Consultar fuente. Volver a la llamada
Vatican News ofrece 1233; el Directorio Franciscano consultado ofrece 1235. Ambos sitúan a Rosa en Viterbo y describen el marco político del siglo XIII. Consultar fuente. Volver a la llamada
Vatican News transmite el nacimiento de Rosa con una malformación ósea y una vida marcada por la fragilidad física. Consultar fuente. Volver a la llamada
Directorio Franciscano, tradición sobre la enfermedad infantil, experiencia mariana e incorporación a la Tercera Orden de San Francisco. Consultar fuente. Volver a la llamada
Vatican News y Directorio Franciscano coinciden en que Rosa no ingresó en San Damián, aunque difieren en la explicación concreta. Consultar fuente. Volver a la llamada
Vatican News: pertenencia a la Tercera Orden Franciscana, recorrido por Viterbo, penitencia y caridad hacia pobres y enfermos. Consultar fuente. Volver a la llamada
Francisco incluye a Rosa de Viterbo entre los jóvenes santos que muestran cómo ser creyentes responsables y creíbles. Consultar fuente. Volver a la llamada
Vatican News, contexto de güelfos y gibelinos, Federico II, Inocencio IV y exilio de Rosa y su familia. Consultar fuente. Volver a la llamada
Vatican News sitúa la muerte probablemente en 1251; otras fuentes franciscanas utilizan 1252. Se mantiene la cautela cronológica. Consultar fuente. Volver a la llamada
Vatican News resume los intentos de proceso canónico y señala la inclusión del nombre de Rosa como santa en el Martirologio Romano en 1583. Consultar fuente. Volver a la llamada
Programa oficial de la visita pastoral de Benedicto XVI a Viterbo y Bagnoregio, 6 de septiembre de 2009: breve parada ante el Santuario de Santa Rosa. Consultar fuente. Volver a la llamada
El 26 de noviembre de 1839 en Nam-Dinh, en el llamado Campo de las Siete Yugadas, fueron decapitados dos sacerdotes católicos, que eran además religiosos dominicos, y que se habían negado firmemente a apostatar de su fe cristiana. Fueron canonizados el 19 de junio de 1988 por el papa Juan Pablo II.
Tomás Dlnh Viet Du había nacido en Phu-Nhai hacia 1783. Siguió la vocación sacerdotal y se ordenó sacerdote, ingresando a continuación en la Orden de Predicadores, en la que profesó en 1814. Llevó adelante su trabajo apostólico hasta que en 1839 la persecución se hizo más fuerte y en mayo de ese año un espía denunció su presencia. Una madrugada rodearon el pueblo de Sien-Die los soldados, despertaron a la población, y procedieron al registro de la casa. Él se vistió de labrador y se puso a trabajar en el huerto, pero el espía lo reconoció y fue arrestado. Una vez admitido ante el gobernador su sacerdocio, fue brutalmente apaleado. Luego fue llevado a la prisión de Nam-Dinh y aquí se le torturó de todos los modos posibles para lograr su apostasía. Pero perseveró en la fe y animaba a hacer lo mismo a todos los que le visitaban. El 7 de noviembre de aquel año se lanzó contra él la sentencia de muerte, que fue posteriormente confirmada y ejecutada.
Domingo Nguyen Van (Doan) Xuyen nació en Hung-Cap, cerca de Nam-Dinh, hacia 1786. El santo obispo Clemente Ignacio Delgado lo recibió cuando era niño en la Casa de Dios y lo preparó al sacerdocio, que recibió en 1819 cuando tenía 33 años de edad. Poco después, el 20 de abril de 1820, hizo la profesión en la Orden de Predicadores. Celoso e infatigable, recorrió su distrito ejerciendo su ministerio, atendiendo con gran amor a los pobres. Se le encargó la parroquia de Ke-men, donde convirtió a muchos a la fe cristiana. Cuatro años después pasó a Dong-Xuyen, donde trabajó con fruto durante 13 años. Posteriormente fue enviado al seminario de Ninh-Cuong como ayudante de san José Fernández, y año y medio más tarde el citado san Clemente Ignacio Delgado se lo llevó como secretario y lo sustituyó en la parroquia de Kien-lao. Una vez arrestado el vicario apostólico en mayo de 1838, siguió su arresto en Ha-linh. El 18 de agosto de 1839 compareció ante el mandarín de Xuan Truong que lo envió a Nam-Dinh, al gobernador de la provincia. Fue severamente atormentado. Llevado ante una cruz para que la pisoteara, se arrodilló ante ella. Llegó a echar sangre por la boca a causa de las palizas y perdió el conocimiento en medio de las torturas, pero se mostró firme y mantuvo la fe. El 25 de octubre de 1839 fue condenado a muerte y, una vez confirmada la sentencia, fue ejecutado.
La iglesia del Vietnam fecundada con la sangre de los mártires
El trabajo de evangelización, llevado a cabo desde el inicio del siglo XVI y consolidado con los primeros Vicariatos apostólicos del Norte (Dáng-Ngoái) y del Sur (Dáng-Trong) en el 1659, ha tenido en el trascurso de los siglos un admirable desarrollo.
En 1988, las Diócesis eran ya 25 (10 en el Norte, 6 en el Centro y 9 en el Sur) y los católicos son, apróximadamente, 6 millones (casi el 10% de la población); la Jerarquía Católica Vietnamita ha sido constituida por el Papa Juan XXIII el 24 de noviembre de 1960.
Este resultado se debe al hecho que, desde los primeros años, la semilla de la Fe se ha mezclado, en el territorio vietnamita, con la abundante sangre de los Mártires, tanto del clero misionero como del clero local y del pueblo cristiano de Vietnam. Juntos han soportado las fatigas del trabajo apostólico, como si se hubiesen puesto de acuerdo, han afrontado incluso la muerte para dar testimonio de la verdad evangélica. La historia religiosa de la Iglesia vietnamita señala que han existido un total de 53 Edictos, firmados por los Señores TRINH y NGUYEN o por los Reyes que, durante más de dos siglos, en total 261 años (1625-1886), han decretado contra los cristianos persecuciones una más cruel que la otra. Son alrededor de unas 130.000 las víctimas caídas por todo el territorio nacional.
A lo largo de los siglos, estos mártires de la Fe ha sido enterrados en forma anónima, pero su recuerdo permanece vivo en el espíritu de la comunidad católica. Desde el inicio del siglo XX, 117 de este gran grupo de héroes, martirizados cruelmente, han sido elegidos y elevados al honor de los altares por la Santa Sede en 4 Beatificaciones:
en 1900, por el Papa León XIII, 64 personas
en 1906, por el Papa S. Pío X, 8 personas
en 1909, por el Papa S. Pío X, 20 personas
en 1951, por el Papa Pío XII, 25 personas
clasificadas así:
11 españoles: todos Dominicos: 6 Obispos, 5 Sacerdotes;
10 franceses: todos de las Misiones Extranjeras de París: 2 Obispos, 8 Sacerdotes;
96 vietnamitas: 37 Sacerdotes (11 de ellos dominicos) y 59 Cristianos (entre ellos: 1 seminarista, 16 catequistas, 10 terciarios dominicos y 1 mujer).
Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero (Apoc 7, 13-14), según el siguiente orden cronológico:
2 caídos bajo el reinado de TRINH-DOANH (1740-1767)
2 caídos bajo el reinado de TRINH-SAM (1767-1782)
2 caídos bajo el reinado de CANH-TRINH (1782-1802)
58 caídos bajo el reinado del Rey MINH-MANO (1820-1840)
3 caídos bajo el reinado del Rey THIEU-TRI (1840-1847)
50 caídos bajo el reinado del Rey TU-DUC (1847-1883)
Y en el lugar del suplicio el Edicto real, colocado junto a cada uno de los ajusticiados, precisa el tipo de sentencia:
75 condenados a la decapitación,
22 condenados a ser estrangulados,
6 condenados al fuego, quemados vivos,
5 condenados al desgarro de los miembros del cuerpo,
9 muertos en la cárcel debido a las torturas.
Lista de los 117 mártires de Vietnam
Indicamos entre paréntesis el año de beatificación en caso de poseer el dato.
Los hombres no nacen santos. Ni santificados. Excepción hecha de la Virgen nuestra Madre, por sin igual privilegio concebida sin mancha, y de Juan Bautista, santificado en el seno de su madre, todos los mortales, después de Adán, arribamos a la vida por el puerto del pecado. De ahí que la historia de los santos ha descuidado con frecuencia la conservación de esta fecha. Los santorales, las monografías de los héroes del cristianismo cuando éste empezaba a ser, suelen consignar el año de su nacimiento seguido de un interrogante de duda, cuando no lo silencian por completo. Y si lo consignan con certeza, son todas las circunstancias que nos han guardado este dato, que en ningún caso (exceptuado Cristo) tiene razón de acontecimiento para la historia.
Todos los hombres nacemos, y el nacimiento no nos diferencia ni nos condiciona sin remedio. Los santos se han hecho y se hacen en una época, en un ambiente, en una familia que pueden haber facilitado su santificación, en muchos casos a pesar y precisamente por las dificultades que la época, el ambiente o la familia le brindaran.
Por el mero hecho de haber nacido, Dios nos llama a la santidad. Nos toca colaborar en el perfeccionamiento de nuestro ser en todas sus dimensiones.
De Catalina (en latín Catharina; Aecatharina en griego) no sabemos la fecha exacta de su nacimiento. Pero, a lo largo de los siglos, la leyenda se ha encargado de llenar piadosamente las lagunas de la historia.
A una de las desembocaduras del fertilizante Nilo, cuna de la historia, llegó un día vestido de laurel el poderoso dominador Alejandro Magno. Venía satisfecho de sus correrías triunfales por Siria y Palestina. Traía el recuerdo vivo de la majestuosa ciudad judía con el fastuoso templo de Yahvé. El brillo deslumbrante de los rabinos que enseñaban en las sinagogas, sólo comparable con la sabiduría abstracta de los filósofos atenienses, que la prodigaban en el Partenón y en las ágoras, le hizo concebir la idea de fundar una nueva ciudad—ángulo entre Atenas y Jerusalén—que perpetuara su nombre en el mundo de las letras: Alejandría, 332 antes de J. C.
Pocos años más tarde Tolomeo I Soter trasladará allí la capital del país y empezará a ser sede de las viejas culturas, «foco principal de la ciencia y del comercio de todo el Mediterráneo», lo mismo que Egipto (allí está emplazada) lo es de todas las civilizaciones: bastarían los 700.000 volúmenes de su biblioteca y sus 14.000 estudiantes simultáneos para justificar el renombre de su famosa Universidad (Museum en sus días y en los nuestros).
Atraídos por su doble fama: Puerto y Museum sobre un suelo fecundo, no tardaron en establecerse allí los nómadas de todos los pueblos. Los judíos, linces en la especulación y avaros de la ciencia, no fueron los últimos en llegar. Colonias de la Diáspora esparcidas por toda la nación, que habían quedado de los distintos cautiverios, fijaron aquí su residencia. Fieles a sus tradiciones y lectores asiduos de los Libros Sagrados, tenían en sus manos los elementos más puros de la verdadera filosofía. En esta tierra de momias y de pirámides, eminentemente religiosa, que cae de rodillas ante Osiris, dios de los muertos, y que presiente la inmortalidad de las almas; donde Jehová hablara a Moisés y condujera a su pueblo a través del desierto, no le sería difícil a los judíos ganar numerosos prosélitos.
Simpatizante al menos llegó a ser Tolomeo II, que hizo florecer el reino, influenciado desde sus principios por el pensamiento helenista, y mandó que setenta intérpretes tradujeran el Antiguo Testamento.
Aquí surgieron los auténticos representantes de la filosofía grecojudaica: Aristóbulo y Filón, empeñados en concordar la filosofía pagana con el Antiguo Testamento, presumieron ver en éste «la única fuente primordial de la ciencia y mitología griegas».
Por aquí pasó el neoplatónico Plotino con «su fuego de espiritualismo, sus concepciones abstrusas y su panteísmo emanatista». El que en frase de Fouillé «describe su Trinidad como si hubiera vivido en el cielo».
Esta es la patria histórica de Catalina. Este el origen sucesivo de Alejandría, rica y bella ciudad, faro potente y hermoso del Mediterráneo.
El año 30 antes de J. C., con el Imperio más poderoso que han conocido los siglos, pasa Egipto, como tantos otros pueblos, a ser provincia romana.
Y provincia romana seguía siendo cuando a finales del siglo III de la era cristiana paseaba sus calles abiertas una joven elegante, de sangre azul.
Estirpe real. La historia, la tradición, el arte y la leyenda están de acuerdo en transmitirnos este dato, como lo están en silenciar el nombre de sus progenitores.
Catalina frecuenta el Didascaleo, digno sucesor del antiguo Museum. Bebe allí las páginas eruditas de los viejos pergaminos. Aristóbulo, Filón, Plotino, son admirables y es elogioso su intento. No le convencen.
Ahora Alejandría está imbuida de cristianismo. No sabemos quién fuera su primer evangelizador. Según una tradición antigua, la Iglesia de Alejandría fue fundada por San Marcos.
Clemente presidió el Didascaleo, la escuela catequística más importante desde finales del siglo II. En el mismo Didascaleo sentó cátedra el polígrafo Orígenes, «el hombre de diamante con siete taquígrafos», según frase, de Eusebio. Clemente y Orígenes habían proseguido la trayectoria tradicional de Alejandría: armonizar. Ahora armonizar el cristianismo con la filosofía clásica, procurando dar a la doctrina de la Iglesia una base científica.
La rudimentaria escuela de catecúmenos se había convertido en una verdadera escuela de teología cuando tomara la dirección de ella San Panteno.
San Dionisio de Alejandría había dado un carácter de palestra abierta al Didascaleo con sus actividades y discusiones públicas y sus luchas intelectuales frente a las persecuciones de Decio y Valeriano, que tanto le hicieron sufrir.
En este ambiente se desenvuelve la vida breve, pero pletórica de ilusión, de Catalina. Ella reflexiona, medita, compara, discute y se ilumina. Osiris y el buey Apis, toda la legendaria mitología egipcia arranca de sus labios sonrisas compasivas, cuando no irónicas, las más de las veces tristes. No puede creer en las almas muertas pegadas a cuerpos momificados. ¿Dónde está el poder de aquellos dioses, tan multiplicados como las aberraciones humanas y reducidos a simples figuras de piedra o a elementos sin vida de la naturaleza? ¿Dónde su fuerza y su virtud?
Le fascinan las ideas elevadas de Platón, que analiza a la luz de la razón en su inteligencia penetrante. No le satisfacen. Catalina es cristiana de corazón antes de recibir el bautismo. Tal vez está fresca todavía la impresión causada por Atanasio en el sínodo de la ciudad. En la escuela catequética oye las enseñanzas del obispo Pedro. Rechaza de plano la amarga ideología pagana. El Sermón de la Montaña cautiva su corazón delirado. Las parábolas del Evangelio son el encanto de su lozana juventud. Los milagros de Jesús y su testimonio incomparable la enardecen y entusiasman. Venera el ejemplo y heroísmo de los mártires del cristianismo, que fecunda y fertiliza la Iglesia viva de sus días y de todos los días. Y pese a la amenaza cobarde de emperadores lascivos y gobernantes verdugos, Catalina se hace bautizar.
Están en boga todavía las debatidas cuestiones escriturísticas, y litúrgicas planteadas por Anmonio de Sacas y Anatalio, obispo de Laodicea. Célebres son las controversias alejandrinas. Catalina, asidua discípula y maestra en ciernes, se permite sin duda opinar sobre las cuestiones que están en el tablero de los cristianos:
«¿En qué días se debe celebrar la Pascua? ¿Cuánto debe durar el ayuno pascual? ¿La conmemoración de la muerte de Cristo ha de ser motivo de duelo o de regocijo? ¿Comió Jesucristo el cordero pascual el 14 de Nisán, como todos los demás judíos, o el 13 por anticipación? ¿Qué día y a qué hora resucitó el Señor?»
Algunas de estas preguntas no han recibido todavía más que respuestas de opinión.
La ciencia, cuando lo es de verdad, no conoce la hora del exhibicionismo, ni los sabios tienen su tiempo para eso, sino para saber y para que los demás vivan de su ciencia. ¿Qué le importa a Catalina ni su fascinadora belleza física, ni su juventud deslumbrante, ni el oro de que se viste, ni la aristocracia regia de que puede presumir, ni siquiera su profunda filosofía, si no es para vencerse a sí misma y convencer a los que la halagan o persiguen? Ella no pretende ser otra cosa más que un resumen, una síntesis, una personificación de todas las armonías. Para eso se conserva virgen, con todas las renuncias que ello supone. Por eso y para eso renuncia a todas las satisfacciones que en bandeja de plata le brinda su sociedad y su alcurnia. Por eso y para eso renunciará si es preciso hasta al placer de vivir. ¿Pero es que acaso Cristo, Maestro y Esposo virginal, pudo hacer cosa más sublime que armonizar lo humano y lo divino? ¿Y no es precisamente Él la armonía más perfecta y más armónica del Universo? Y esto a golpes de la más absoluta renuncia.
La política de todos los tiempos siempre estuvo en desacuerdo con la política de todos los santos. Máxime entonces, edad fastuosa y apoteósica de Roma, con emperadores brutales, dominadores por la fuerza, creadora de leyes absurdas. Hombres voluptuosos, sentinas de la lujuria más descarada al amparo del oro, que ciega corazones, y de la espada, que rinde voluntades.
Al ocupar la silla imperial Diocleciano, amante de la «filosofía» y más amante de la comodidad, concibió la idea de desmembrar el Imperio: Oriente y Occidente, para aumentar su esplendor. En teoría más fácil de gobernar. A la larga una de las causas indiscutibles del derrumbamiento de Roma. Como coemperador con dominio en Occidente, tomó por socio a Maximiano. Constituía a la vez un doble jefe de Gobierno (en terminología actual): Galerio para Oriente a su lado. Constancio Cloro para Occidente. Ambos con el título de César. La autoridad quedaba prácticamente cuatripartida. Dos emperadores augustos, que por ser dos dejaban de serlo, y dos césares asociados.
Los primeros días fueron un respiro de paz para la Iglesia después de la larga época aciaga de sucesivas persecuciones. El veneno anticristiano había contagiado también a Galerio, y Galerio convenció a Diocleciano con argumentos sofísticos y pruebas falsificadas del mal que los cristianos ocasionaban a la unidad del Imperio. Galerio publica sucesivamente sus edictos de persecución (303-304), que exigen desde la entrega de libros sagrados, negación de derechos civiles a los cristianos y persecución del clero, hasta la condenación de todos los que no se postren ante los ídolos.
Así las cosas, Catalina anima, asiste, fortalece, conforta a los hermanos en la fe. Defiende en público y en privado la doctrina que profesa, envidia a los que han sido hallados dignos de padecer por Cristo y se siente orgullosa de llamarse y de ser cristiana.
Triunfaban entonces la virgen Inés, Marceliano y el papa Marcelino, y a su lado el artífice de su conversión, Pedro de Alejandría.
También España daba frutos sazonados. Bajo la mano extendida de Maximiano se doblaban—espigas maduras—el soldado Marcelo, Emeterio y Celedonio, Vicente, Fructuoso de Calahorra y Eulalia de Mérida.
Diocleciano y Maximiano abdican al mismo tiempo. Corre el año 305 y la sangre no ha dejado de correr. Maximino Daia gobierna ahora Siria y Egipto con los honores de César. Más tarde (308) ostentará los de Augusto.
Daia es una bestia cebada. Mujeres y sangre es su lema. Con tal de profanar doncellas no repara en crueldades. Corta orejas, narices, manos y otros miembros, y hasta saca los ojos.
Obispos, anacoretas, funcionarios públicos y sobre todo vírgenes son sus víctimas de cada hora.
El padre Urbel dice de él que «era un hombre semibárbaro, una fiera salvaje del Danubio que habían soltado en las cultas ciudades del Oriente».
No se le podía definir con más exactitud. Según Lactancio, el mundo era para él un juguete. Encaprichado en que todos sus súbditos sacrificaran a los ídolos, y todas las vírgenes y nobles matronas se rindieran a sus torpes pretensiones, abusa de los tormentos más crueles y refinados para salir con su empeño. Unos son arrojados al fuego devorador, otros sujetos con clavos que taladran y desgarran; quiénes se ven obligados a resistir las acometidas de las fieras hambrientas; algunos son violentamente precipitados al mar; muchos terminan en los calabozos, después de ser bárbaramente mutilados: Cyr, médico de Alejandría; Juan, soldado de Edesa; Atanasia con sus tres hijos: Teotiste, Teodosia y Eudoxia, trascienden las puertas celestiales ostentando la palma de la victoria.
Solamente Dorotea (algunos la han identificado con Catalina) supo resistir y superar el doble fuego de la brutalidad de Maximino. Cobarde en su excéntrica crueldad, ebrio de lascivia, le arrebata sus bienes y la condena al destierro.
Catalina, testigo mudo de tan sanguinaria iniquidad, no puede aguantar más. Ha ofrecido mil veces su sangre al Crucificado y no teme presentarse—carne limpia—ante la bestia devoradora. Tal vez ella, modesta y estudiosa, ha pasado desapercibida a las miradas lascivas del arrogante césar. Tal vez éste se ha visto derrotado por el porte noble y el aire aristocrático de la doncella. Acaso la fama de filósofo que aureola a Catalina haya contenido los ímpetus groseros del vampiro Daia.
Lo cierto es que, en un gesto victorioso de superación cristiana, Catalina se ha enfrentado con el césar, no sin antes invocar a la Reina de las vírgenes, paloma blanca de sus ensueños. Las puertas de palacio se abren a la que es descendiente de reyes. ¿Qué pasó allí?
Sin duda le puso en evidencia con argumentos claros de sana filosofía la falsedad de sus ídolos inconsistentes. Sin duda también le echó en cara la injusticia manifiesta de sus crímenes absurdos.
Maximino escucha sin palabras la elocuencia concentrada de Catalina, que se hace lenguas sobre la verdad única del único cristianismo.
Por primera vez ha bajado la vista humillada y ha refrenado sus garras la pantera indómita del imperio oriental. Las razones obvias, contundentes, la majestuosidad impávida de la filósofo, han derrocado su ignorante altanería.
«Me gustaría ver cómo te defiendes ante los sabios imperiales.»
Catalina estaba preparada para el combate y acepta imperturbable el reto del césar. De sobra conocía ella la superficialidad de sus contrincantes, las sutilezas de sus argumentos, la inconsistencia del «Logos» de Filón y las falacias del seudomisticismo de Porfirio. Una leyenda piadosa refiere que un ángel la anima a discutir. Uno a uno, derrota a los cincuenta filósofos de la corte, deshace sus sofismas. Ellos, más elocuentes que su señor, se rinden a la evidencia luminosa de las pruebas irrefutables que presenta Catalina y se convierten unánimes al cristianismo.
Las actas de los mártires nos la presentan desde este momento en el calabozo. Dios endureció el corazón de Maximino, si es que aún podía endurecerse. Según una tradición reproducida en unas tablas de la escuela de Valladolid, del siglo vi, Catalina sale de la cárcel y comparece ante el juez, con quien disputa sobre la unidad y trinidad en Dios.
Comprobada la invencible consistencia de sus fundamentadas convicciones, es condenada al suplicio de una rueda de cuchillos. Inútilmente. La fuerza inquebrantable de la fe hace saltar en pedazos las afiladas navajas, que hieren de muerte a los propios verdugos. Atestigua la tradición que la misma emperatriz, seguida de Porfirio, coronel del ejército, y de doscientos soldados, abrazaba entonces la fe para morir al filo de la espada.
El instinto brutal y ciego de Daia se desorbita. No tolera la existencia de su serena vencedora.
Un hachazo de rabia secciona la cerviz de la filósofo. Catalina recaba definitivamente la victoria.
No falta la leyenda que haga fluir leche de su cabeza en lugar de sangre. El amor no entiende de colores.
El artista de Valladolid en el magnífico retablo de Palencia de Negrilla (Salamanca) hace bajar a la Virgen para velar su cadáver.
Sus restos se guardan y veneran en el monte Sinay. El martirologio romano refiere que fueron los ángeles quienes la llevaron en triunfo.
Oriente y Occidente invocan su valiosa protección. Los aficionados a saber la aclaman como patrona. Bélgica le levanta templos y le dedica altares. También España venera su imagen.
Después de la muerte de Nerón, la Iglesia gozó durante algún tiempo de paz y tranquilidad. Vespasiano y Tito, los más amables de los césares en expresión de San Agustín, trataron con mayor toleráncia a la religión cristiana y prescindieron en la práctica del principio de persecución establecido por Nerón.
Impulsado por el soplo divino y la fuerza misma de la verdad, el cristianismo penetró profundamente en los centros más vitales del Imperio romano; es más, en el mismo corazón del Imperio la nueva doctrina iba consiguiendo nuevas conquistas, no ya como hasta entonces, entre la gente sencilla y las clases humildes, sino también en la más alta sociedad aristocrática; en la misma corte se había abierto paso el Evangelio de Cristo.
La unidad de la Iglesia en el obispo de Roma, suprema autoridad como sucesor de San Pedro, era una realidad. La jerarquía se desarrollaba por medio de los obispos, presbíteros, diáconos, doctores, profetas… El culto, basado en la celebración de la llamada liturgia o fracción del pan y compuesto por lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, por homilías y oraciones, constituía el punto céntrico de las reuniones cristianas y servía de fuerza propulsora para el apostolado y constancia en la fe.
Sobre este horizonte lleno de luz y de sol asomaban nubes de tormenta; la escisión y el desorden empezaban a desgarrar a algunas comunidades cristianas. En la Iglesia de Corinto, por ejemplo, acababa de surgir un conflicto ruidoso.
Con su población mezcla de elementos muy heterogéneos, comerciantes, marinos, burgueses y esclavos, situada entre los mares Egeo y Jónico, Corinto era en la antigüedad uno de los centros principales del comercio mediterráneo. Erigida en colonia romana, adquirió bien pronto un carácter cosmopolita; la ligereza de costumbres que encontramos en todo el paganismo helénico degeneraba en Corinto en un libertinaje que llegó a ser proverbial y que chocaba incluso a los mismos paganos. La comunidad cristiana, fundada por San Pablo y visitada por San Pedro, se encontraba a fines del siglo I en una situación religiosa moral bastante delicada. Los judíos, aunque convertidos, permanecían en todo momento muy vinculados a la ley mosaica. Los griegos, ligeros, charlatanes empedernidos y partidistas por temperamento, pronto dieron libre cursc en la nueva comunidad a sus defectos naturales. Más peligrosos eran todavía los miembros que se creían en posesión de carismas o gracias extraordinarias, porque pretendían administrar y ordenar todo en su Iglesia,
Al abandonar San Pablo la ciudad de Corinto no confió a los carismáticos el gobierno de su comunidad; allí, como en otras partes, se había constituido un colegio de presbíteros que con prudencia ejercía sus funciones; pero el sentido práctico de estos pastores, su constante preocupación por evitar todo escollo, no agradaba a los audaces carismáticos, quienes no dudaron en desacreditarlos por todos los medios a su alcance; hubo alborotos, disputas; varios miembros del colegio presbiteral fueron depuestos, y, dada la situación geográfica de Corinto, el desorden podía propagarse a otras ciudades de Grecia. El espíritu helénico, particularista y muy pagado de sí mismo, se sometía con dificultad a la ley fundamental que establece la jerarquía como principio de doctrina y gobierno. Cuarenta años antes, San Pablo tuvo que amonestar vivamente a los corintias por su exclusivismo al manifestarse como seguidores de Pedro, Pablo o Apolo.
Para conjurar este peligro y aplastar el cisma en sus comienzos se necesitaba algo más que las exhortaciones de un doctor o un profeta; era necesaria la decisión de un jefe supremo y juez soberano. La Iglesia de Roma, con plena conciencia de su misión, se creyó en la obligación de intervenir, y así envió a la Iglesia de Corinto, por medio de Claudio Efebo, Valerio Brito y Fortunato, una carta escrita en griego, lengua de la Iglesia en aquel tiempo, llena de sabiduría y suave autoridad, en la que recomendaba la caridad fraterna y el respeto y obediencia a los superiores.
Esta carta, este grande y admirable escrito, en frase de Eusebio de Cesarea; este documento precioso, que Orígenes cita con veneración y que los primeros cristianos equiparaban a las Sagradas Escrituras, no lleva, sin embargo, nombre de ningún autor; el documento se presenta en su solemne encabezamiento como escrito por la Iglesia de Dios que peregrina en Roma a la Iglesia de Dios que peregrina en Corinto. Sin embargo, una tradición muy firme y muy antigua, casi contemporánea a la misma carta, la atribuya al obispo de Roma más famoso del siglo I, Clemente, tercer sucesor de San Pedro, después de Lino y Anacleto: esto mismo se deduce de la lectura misma de la carta de los corintios. Sólo el obispo podía hablar de esa manera en nombre de su Iglesia.
El nombre de San Clemente es uno de los más ilustres y venerados de la antigüedad cristiana. Poco tiempo después de su muerte su figura aparece rodeada de una aureola maravillosa; mientras los fieles invocan su autoridad, los herejes buscan abrigo a la sombra de tan venerado nombre. Se le cita en el canon de la misa; aparece en los más antiguos calendarios; pero, como sucede con frecuencia, la celebridad le ha perjudicado al envolverle en las nubes de la leyenda, que nos impiden observar la fisonomía verdadera de su alma. Sus actas son una de ,aquellas novelas edificantes que tanto apasionaban en la Edad Media; pueden, sin embargo, recogerse en ellas rasgos auténticos que parecen eco de las tradiciones históricas. La antigua leyenda le emparentó con la familia imperial; modernamente se ha intentado identificarle con el célebre primo de Domiciano, el cónsul Tito Flavio Clemente, a quien el emperador mandó eiecutar por crimen de «ateísmo», es decir, cristianismo. Es muy posible que fuera un liberto o hijo de liberto de la casa Flavia. Muy probablemente no procedía del paganismo, sino del judaísmo, y tal vez se trate, en opinión de Orígenes, del Clemente a quien San Pablo cita en la carta a los filipenses como colaborador suyo. Pero como, en expresión de fray Luis de León, «las escrituras que por los siglos duran nunca las dicta la boca, del alma salen», tenemos en nuestras manos su carta, esa admirable carta en la que podemos con absoluta confianza y seguridad contemplar al trasluz el alma grande de este tercer obispo de Roma, Clemente. Se descubre en esta carta un alma que vive de una fe cristiana muy profunda, que se apoya en la revelación divina del Antiguo y Nuevo Testamento, que recurre a la oración, en la que caldea su alma sedienta de Dios y la fortalece para las luchas que ha de sostener. Testigo del pensar y del sentir de su tiempo, acoge en su seno las aspiraciones literarias, artísticas y filosóficas más nobles de sus contemporáneos, y como no se arredra ante la naturaleza, obra de Dios, tampoco teme la especulación y el arte humano, que son, en su última raíz, tanteos del alma para encontrar y llegar a Dios. Frente al paganismo que le rodea, demuestra una comprensión simpáticamente acogedora por todo lo noble y bueno que en él existe. No sólo conoce la mitología, sino que llega a proponer a la imitación y admiración de los cristianos corintios los ejemplos de abnegación heroica de ilustres paganos.
En el Pontífice que está a la cabeza de la Iglesia de Roma alienta la simpatía más verdadera, más noblemente humana, transformada y elevada por la fe cristiana. La lengua, acostumbrada a la oración, ha tomado un acento litúrgico. La admirable oración que cierra la epístola es uno de los documentos que nos dan a conocer mejor la antigua liturgia; en ella se oye la voz de un obispo que, al final de su exhortación, se vuelve hacia Dios, como acostumbraba hacer al término de sus homilías. En efecto, este documento es una homilía. Clemente sabe que allá en Corinto la leerán en la asamblea de hermanos y se dirige a esos cristianos ausentes, como se dirigiría a sus cristianos de Roma exhortándoles, reprendiéndoles, pero al mismo tiempo llevándoles a orar a Dios con él.
Haciendo alusión a los desórdenes que reinan en Corinto y recordando la necesidad de someterse al orden establecido por Dios en todas las cosas, pero principalmente en su Iglesia, «es preciso, dice, someterse con humildad al orden establecido; hermanos seamos humildes de espíritu, depongamos la soberbia y toda arrogancia, haciendo lo que es justo y recto». Lo que constituye la belleza de la creación, del «cosmos», y realza su hermosura es precisamente la armonía y el orden que existe en todas las cosas. «El océano tiene sus leyes, las estaciones se suceden unas a otras apaciblemente; el gran artífice, el obrero del mundo ha querido que todo sea ordenado en una conformidad perfecta». El mismo designio se observa en el funcionamiento del organismo humano: «la cabeza no es nada sin los pies, pero a su vez los pies serían inútiles sin la cabeza; los más pequeños miembros son necesarios o útiles al conjunto y todos conspiran y se ordenan de consuno a la conservación de todo el cuerpo». Recuerda que en el Antiguo Testamento, Dios, autor directo de la ley, había instituido una jerarquía compuesta de cuatro grados: laicos, levitas, sacerdotes y el sumo sacerdote, y que los apóstoles, habiendo recibido las instrucciones de Nuestro Señor Jesucristo, que hablaba de parte de Dios, su Padre, fueron a anunciar el Evangelio, y escogían los que habían sido primicias de su apostolado, y habiéndoles probado por el Espíritu Santo, los establecía obispos y diáconos de los que debían de creer».
El obispo de Roma no duda, en fin, comparar la disciplina eclesiástica con la disciplina militar. Es verdad, dice Clemente, que la sociedad cristiana no es solamente un ejército, sino más bien un rebaño guiado par Cristo; más aún: es el mismo Cuerpo de Cristo. «El rebaño debe vivir en paz bajo la obediencia y tutela de los presbíteros y los miembros del Cuerpo de Cristo no deben estar separados de su cabeza. Abandonemos, pues, las investigaciones hueras y vanas y sigamos el canon venerable y glorioso de nuestra tradición.»
Después de una bella oración termina Clemente su carta con estas palabras, reveladoras de su autoridad firme y serena: «alegría y regocijo nos proporcionaréis si, obedeciendo a lo que os acabamos de escribir impulsados por el Espíritu Santo, cortáis de raíz la impía cólera de vuestra envidia conforme a la súplica con que en esta carta hemos hecho por la paz y la concordia; y lo hemos hecho así para que sepáis que toda nuestra preocupación ha sido y sigue siendo que cuanto antes volváis a recobrar la paz».
En el mismo amanecer del cristianismo, el Romano Pontífice ha tenido conciencia de su autoridad, como sucesor de San Pedro, y al sentirse en posesión de ese derecho ha actuado, en virtud de su suprema jurisdicción, en la solución de uno de los primeros conflictos que surgieron en la naciente Iglesia. Esta actuación en la época y circunstancias concretas ha proporcionado a Clemente un lugar destacado en la historia de la Iglesia.
La carta del Pontífice tuvo tan grata acogida que setenta años más tarde, según testimonio de Dionisio de Corinto, se leía los domingos en la asamblea de los fieles. Roma ordenó y fue obedecida.
La carta, sin fecha, fue escrita al término de una persecución, la de Domiciano, según se desprende de sus primeras frases: «Hemos estado afligidos por una serie de calamidades que han caído sobre nosotros de una manera imprevista». Nadie podía prever, en efecto, que la ambición del poder transformara tan violentamente a «uno de los más» honrados gobernantes», como dice Suetonio, en un monstruo que hizo temblar a los cristianos. Asesinatos, deportaciones de toda clase de gentes fueron efectos de la persecución.
Clemente pudo salvar su vida en aquella tormenta, pero pronto la entregó en holocausto por su fe. El año 100 gobernaba el Imperio uno de lbs más grandes y mejores emperadores, Trajano. Soldado hijo de soldado de un patriotismo ardiente, pero estrecho, tenia un sentido tan vivo de las prerrogativas del Estado que consideraba la unidad del Imperio como una especie de divinidad a la que había que sacrificar todo. Como esta unidad descansaba sobre la unidad del culto religioso, fue fácil prever desde el comienzo de su reinado la amenaza de una nueva persecución
Sin violencia, al amparo de una legislación ilógica, como hace notar Tertuliano, se hizo perseguidor de la Iglesia, y, una de sus víctimas fue Clemente.
Según actas griegas del siglo iv de carácter muy legendario y de valor histórico, a causa de una sedición popular fue desterrado al Quersoneso, la Crimea de nuestros ,días, y como se negase a sacrificar fue arrojado al mar con una áncora atada al cuello.
Ni San lreneo, ni Eusebio, ni San jerónimo, que hablan de este ilustre Papa, dicen nada de su martirio. Sin embargo, la tradición del martirio de San Clemente aparece sólidamente establecida desde fines del siglo iv en Roma.
La figura de San Clemente quedará a los ojos de la historia como la de un noble campeón de la unidad cristiana.
En un momento difícil y decisivo supo mantener enérgicamente los derechos de la primacía romana y cumplió su. misión con la suavidad y dulzura del pastor de todo el rebaño de Cristo.
Catequesis de SS Benedicto XVI sobre san Clemente Romano
San Clemente, obispo de Roma en los últimos años del siglo I, es el tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Anacleto. El testimonio más importante sobre su vida es el de san Ireneo, obispo de Lyón hasta el año 202. Él atestigua que Clemente «había visto a los apóstoles», «se había encontrado con ellos» y «todavía resonaba en sus tímpanos su predicación, y tenía ante los ojos su tradición» («Adversus haereses» 3, 3, 3). Testimonios tardíos, entre los siglos IV y VI, atribuyen a Clemente el título de mártir.
La autoridad y el prestigio de este obispo de Roma eran tales que se le atribuyeron varios escritos, pero su única obra segura es la «Carta a los Corintios». Eusebio de Cesarea, el gran «archivero» de los orígenes cristianos, la presenta con estas palabras: «Nos ha llegado una carta de Clemente reconocida como auténtica, grande y admirable. Fue escrita por él, de parte de la Iglesia de Roma, a la Iglesia de Corinto… Sabemos que desde hace mucho tiempo y todavía hoy es leída públicamente durante la reunión de los fieles » (Historia Eclesiástica, 3,16). A esta carta se le atribuía un carácter casi canónico. Al inicio de este texto, escrito en griego, Clemente se lamenta por el hecho de que «las imprevistas calamidades, acaecidas una después de otra» (1,1), le hayan impedido una intervención más inmediata. Estas «adversidades» han de identificarse con la persecución de Domiciano: por ello, la fecha de composición de la carta hay que remontarla a un tiempo inmediatamente posterior a la muerte del emperador y al final de la persecución, es decir, inmediatamente después del año 96.
La intervención de Clemente –estamos todavía en el siglo I– era solicitada por los graves problemas por los que atravesaba la Iglesia de Corinto: los presbíteros de la comunidad, de hecho, habían sido después por algunos jóvenes contestadores. La penosa situación es recordada, una vez más, por san Ireneo, que escribe: «Bajo Clemente, al surgir un gran choque entre los hermanos de Corinto, la Iglesia de Roma envió a los corintios una carta importantísima para reconciliarles en la paz, renovar su fe y anunciar la tradición, que desde hace poco tiempo ella había recibido de los apóstoles» («Adversus haereses» 3, 3, 3). Podríamos decir que esta carta constituye un primer ejercicio del Primado romano después de la muerte de san Pedro. La carta de Clemente retoma temas muy sentidos por san Pablo, que había escrito dos grandes cartas a los corintios, en particular, la dialéctica teológica, perennemente actual, entre indicativo de la salvación e imperativo del compromiso moral. Ante todo está el alegre anuncio de la gracia que salva. El Señor nos previene y nos da el perdón, nos da su amor, la gracia de ser cristianos, hermanos y hermanas suyos. Es un anuncio que llena de alegría nuestra vida y que da seguridad a nuestro actuar: el Señor nos previene siempre con su bondad y la bondad es siempre más grande que todos nuestros pecados. Es necesario, sin embargo, que nos comprometamos de manera coherente con el don recibido y que respondamos al anuncio de la salvación con un camino generoso y valiente de conversión. Respecto al modelo de san Pablo, la novedad está en que Clemente da continuidad a la parte doctrinal y a la parte práctica, que conformaban todas las cartas de Pablo, con una «gran oración», que prácticamente concluye la carta.
La oportunidad inmediata de la carta abre al obispo de Roma la posibilidad de exponer ampliamente la identidad de la Iglesia y de su misión. Si en Corinto se han dado abusos, observa Clemente, el motivo hay que buscarlo en la debilitación de la caridad y de otras virtudes cristianas indispensables. Por este motivo, invita a los fieles a la humildad y al amor fraterno, dos virtudes que forman parte verdaderamente del ser en la Iglesia. «Somos una porción santa», exhorta, «hagamos, por tanto, todo lo que exige la santidad» (30, 1). En particular, el obispo de Roma recuerda que el mismo Señor «estableció donde y por quien quiere que los servicios litúrgicos sean realizados para que todo, cumplido santamente y con su beneplácito, sea aceptable a su voluntad… Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el laico está sometido a los preceptos del laico» (40, 1-5: obsérvese que en esta carta de finales del siglo I aparece por primera vez en la literatura cristiana aparece el término «laikós», que significa «miembro del laos», es decir, «del pueblo de Dios»).
De este modo, al referirse a la liturgia del antiguo Israel, Clemente revela su ideal de Iglesia. Ésta es congregada por el «único Espíritu de gracia infundido sobre nosotros», que sopla en los diversos miembros del Cuerpo de Cristo, en el que todos, unidos sin ninguna separación, son «miembros los unos de los otros» (46, 6-7). La neta distinción entre «laico» y la jerarquía no significa para nada una contraposición, sino sólo esta relación orgánica de un cuerpo, de un organismo, con las diferentes funciones. La Iglesia, de hecho, no es un lugar de confusión y de anarquía, donde cada uno puede hacer lo que quiere en todo momento: cada quien en este organismo, con una estructura articulada, ejerce su ministerio según su vocación recibida.
Por lo que se refiere a los jefes de las comunidades, Clemente explicita claramente la doctrina de la sucesión apostólica. Las normas que la regulan se derivan, en última instancia, del mismo Dios. El Padre ha enviado a Jesucristo, quien a su vez ha enviado a los apóstoles. Éstos luego mandaron a los primeros jefes de las comunidades y establecieron que a ellos les sucedieran otros hombres dignos. Por tanto, todo procede «ordenadamente de la voluntad de Dios» (42). Con estas palabras, con estas frases, san Clemente subraya que la Iglesia tiene una estructura sacramental y no una estructura política. La acción de Dios que sale a nuestro encuentro en la liturgia precede a nuestras decisiones e ideas. La Iglesia es sobre todo don de Dios y no una criatura nuestra, y por ello esta estructura sacramental no garantiza sólo el ordenamiento común, sino también la precedencia del don de Dios, del que todos tenemos necesidad.
Finalmente, la «gran oración», confiere una apertura cósmica a los argumentos precedentes. Clemente alaba y da gracias a Dios por su maravillosa providencia de amor, que ha creado el mundo y que sigue salvándolo y santificándolo. Particular importancia asume la invocación para los gobernantes. Después de los textos del Nuevo Testamento, representa la oración más antigua por las instituciones políticas. De este modo, tras la persecución, los cristianos, aunque sabían que continuarían las persecuciones, no dejan de rezar por esas mismas autoridades que les habían condenado injustamente. El motivo es ante todo de carácter cristológico: es necesario rezar por los perseguidores, como lo hizo Jesús en la cruz. Pero esta oración tiene también una enseñanza que orienta, a través de los siglos, la actitud de los cristianos ante la política y el Estado. Al rezar por las autoridades, Clemente reconoce la legitimidad de las instituciones políticas en el orden establecido por Dios; al mismo tiempo, manifiesta la preocupación que las autoridades sean dóciles a Dios y «ejerzan el poder que Dios les ha dado con paz y mansedumbre y piedad» (61, 2). César no lo es todo. Emerge otra soberanía, cuyo origen y esencia no son de este mundo, sino «de lo alto»: es la de la Verdad que tiene el derecho ante el Estado de ser escuchada.
De este modo, la carta de Clemente afronta numerosos temas de perenne actualidad. Es aún más significativa, pues representa desde el silo I la solicitud de la Iglesia de Roma, que preside en la caridad a todas las demás Iglesias. Con el mismo Espíritu, elevemos también nosotros las invocaciones de la «gran oración», allí donde el obispo de Roma asume la voz del mundo entero: «Sí, Señor, haz que resplandezca en nosotros tu rostro con el bien de la paz; protégenos con tu mano poderosa… Nosotros te damos gracias, a través del sumo Sacerdote y guía de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual sea gloria y alabanza a ti, ahora, y de generación en generación, por los siglos de los siglos. Amén» (60-61).
Ciudad del Vaticano, Audiencia del miércoles 7 marzo de 2007
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Recursos audiovisuales
San Clemente I, Papa, por Encarni Llamas, en DiocesisTV
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San Clemente Romano Santidad, fe y obras, en catolicosfirmesensufe.org
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San Clemente Romano (Padres de la Iglesia): Obras, Papado y Una Iglesia, por corazones.org
Una de las santas más conocidas y veneradas a lo largo de la historia cristiana ha sido Cecilia de Roma. Universalmente reconocida como patrona de la música, esta mártir primitiva ya tenía una amplia veneración y reconocimiento por parte de la comunidad cristiana en el siglo IV de nuestra era, y posteriormente se la ha conmemorado tanto en Oriente como en Occidente. Su nombre también es de los que figuran entre las santas mujeres mártires conmemoradas en el Canon de la Misa. Pero, ¿sabemos realmente quién fue esta mártir tan reverenciada?
Su nombre y su vida
Comencemos por el nombre, que es romano de origen (Caecilia) y significa «ciega». Lo más probable es que fuera un nombre común entre las mujeres de su gens, quizá por alguna antepasada (o antepasado) que fue ciego. Era tradición en las altas familias romanas mantener un nombre o un apodo a modo de nombre a lo largo de generaciones. Existen muchos Cecilias y Cecilios en la historia antigua romana, por lo que el origen del nombre está fuera de discusión. La etimología del nombre que da Jacopo della Voragine en la Leyenda Áurea, según la cual Cecilia provendría de «Coeli Lilia» (lirio del cielo), me parece errónea e interesada; y además no sería la primera vez que este autor incurre en errores graves de etimología.
Felizmente, no existe ninguna duda acerca de su existencia histórica, pero no está nada claro cuándo vivió y sufrió el martirio. Así pues, partiendo de que no se conoce la fecha exacta de su martirio, a ello hay que añadir que su passio, legendaria y sin la menor credibilidad histórica, fue redactada después del marco propuesto para su muerte –entre los siglos I y IV-; como suele suceder en la mayoría de casos. ¿Qué nos dice esta passio sobre ella?
Cecilia era hija de una noble familia romana (la gens Metela) que había sido educada cristianamente, pero a la que prometieron, en contra de sus deseos, a un joven noble romano llamado Valeriano, cuando en realidad ella ya le había consagrado su virginidad a Cristo (el mismo papa Urbano le había impuesto el velo de las vírgenes). El día de su boda, en medio de la algarabía de músicos y bailarines, ella cantaba a Dios en su corazón rogándole que la mantuviera pura. Cuando estuvo sola con su marido le anunció que tenía un ángel guardando su virginidad y que no podía tocarla. Como Valeriano quisiera ver ese ángel, Cecilia lo mandó al tercer miliario de la Via Appia, donde las catacumbas, y fue convertido y bautizado por Urbano. Regresando a donde Cecilia, vio al ángel y se comprometió a respetar la pureza de su esposa, fueron ambos coronados de lirios por el ser celestial, y llegando luego a su presencia Tiburcio, hermano de Valeriano, fue también convertido y bautizado. Como se dedicaran los dos hermanos a realizar buenas obras y a sepultar mártires cristianos, fueron denunciados ante Almaquio, prefecto de Roma, y después de interrogados y juzgados, decapitados en el Pago Triopius (a 6 km de Roma). Con ellos se convirtió y fue también martirizado un tal Máximo. Cecilia los sepultó a los tres en un sepulcro nuevo grabado con un ave fénix (símbolo pagano de la resurrección) en el cementerio de Pretextato; y luego distribuyó los bienes de su marido entre los pobres antes de que el prefecto, como era costumbre, se los incautara. Cecilia fue luego arrestada y condenada a morir asfixiada en los vapores del baño de su casa –otras versiones la ponen escaldada viva en una olla de agua hirviente, algo impensable en una mujer de su alcurnia- pero al salir ilesa, trataron de decapitarla. Tras tres golpes de espada la cabeza no se desprendía, por lo que agonizó durante tres días, y a la llegada de Urbano, le legó su casa para que la hiciese iglesia y murió, mostrando tres dedos de una mano y una de la otra (esto se ha interpretado, bien como que Cecilia quería referirse a la Santísima Trinidad, «Un solo Dios verdadero y tres personas»; o bien que quería referirse a que había vivido tres días de un solo martirio). Urbano la hizo enterrar en el cementerio de Calixto, junto a la cripta de los Papas.
Hasta aquí la passio, que no merece credibilidad por su escaso rigor histórico. ¿Por qué? Tengamos en cuenta que Cecilia no es mencionada en la Depositio Martyrum del siglo IV. No la mencionan ni los poemas de San Dámaso, ni los de Prudencio. Tampoco hablan de ella ni San Jerónimo, ni San Agustín, y ni siquiera aparece en el calendario de la Iglesia de Cartago. Y no han llegado hasta nosotros las verdaderas Actas de su martirio. Todo lo que tenemos es esta passio, escrita en el siglo V, por un escritor anónimo, y que no está fundada en documentos antiguos. Tan sólo unos escasos datos podrían tener cierta verosimilitud. Pero veamos lo que dicen los expertos acerca de este tema. Erbes dice que el autor se inspiró en la Historia persecutionis vandalicae de Victor de Vita y que es anterior, concretamente del siglo IV. En este libro, hay una historia similar a la de la passio de Cecilia. También tiene episodios copiados de otras dos obras: el Apologético de Tertuliano y el Tractatus de Trinitate de San Agustín. En resumen: la historia que todos conocemos sobre Santa Cecilia es un compendio de relatos ficticios con intención devota. No merecen credibilidad.
Sobre cuándo pudo haberse ubicado el martirio de Cecilia, los autores proponen un auténtico baile de fechas en los que no entraré por no cansar al lector con nombres y cifras. Digamos simplemente que hay muchos autores con diferentes propuestas y que el marco establecido ronda entre el año 177 (s. I) y la mitad del siglo IV… vamos, un margen de muy escasa precisión, que coge prácticamente todas las persecuciones cristianas habidas. ¿Y qué hay del día del martirio? La passio nada dice al respecto, pero la mayoría de fuentes hagiográficas lo ubican el 22 de noviembre, fecha en que actualmente la celebramos.
Hoy lo dejaremos aquí para no cansaros, pero seguiremos hablando sobre su culto y sus reliquias, y en un tercer artículo, sobre la cuestión de su patronazgo sobre la música, que tiene mucho intríngulis. Sólo dos cuestiones fundamentales a remarcar: es una mártir real, auténtica, una persona histórica, que existió de verdad. Sin embargo, no se sabe absolutamente nada de su vida y tampoco cuándo vivió.
¿Cómo han llegado las reliquias de la Santa a nosotros?
El relato lo tenemos en la biografía de San Pascual I (817-824), donde leemos que, en el año 821, «estando haciendo reformas en la iglesia de la mártir, se le apareció en sueños una joven de aspecto angelical que se identificó como Cecilia, sierva de Cristo. Estando obsesionado el pontífice con que el rey longobardo Astolfo lo había sustraído [el cuerpo de ella] en el año 756, Cecilia le dice que eso no es cierto y le invita a que busque sus reliquias y las coloque en la iglesia que San Pascual estaba reconstruyendo. El papa las encuentra en el cementerio de Pretextato, no en el de Calixto y las traslada junto con las de Valeriano, Tiburcio y Máximo a la iglesia».Esta iglesia es la actual Santa Cecilia In Trastevere, donde podemos aún hoy venerar sus restos.
Pero he aquí otro error de la passio: ella no estaba sepultada en el cementerio de Calixto, sino en el de Pretextato. Duchesne arregla el asunto diciendo que previamente al papa Pascual I se había llevado a Cecilia junto al cuerpo de su esposo y de su cuñado, pero, ¿es esto realmente así?
En cualquier caso, Pascual I dispuso que el cuerpo de la mártir fuese colocado dentro de un ataúd de madera de ciprés y éste dentro de un sarcófago de mármol. En otro dispuso que fueran colocados Valeriano, Tiburcio y Máximo; y en un tercero a los también mártires Urbano y Lucio, que también habían ido a parar allí. Estos tres sarcófagos se encuentran actualmente en la confessio, en la cripta bajo el altar mayor de esta iglesia, donde podemos venerarlos (y no, como comúnmente se suele creer, donde está la imagen yacente de mármol esculpida por Stefano Maderna, que es simplemente eso: una estatua). La cabeza de Cecilia, sin embargo, no está ahí: fue colocada en un cofre de plata, que en tiempos de San León IV fue llevada a la Basílica de los Cuatro Santos Coronados.
El reconocimiento de estas reliquias se llevó a cabo el 19 de octubre de 1599, bajo supervisión del cardenal Sfondrati, que extrajo los sarcófagos de debajo el altar mayor. Ella estaba incorrupta, y no acostada, sino recostada del lado derecho y con las piernas encogidas, como si estuviese durmiendo. Así lo dice literalmente el acta de reconocimiento: «Visebaturque non ut assolet in sepulchro resupinum positum corpus, sed ut in lecto iacens, supra dexterum cubare latus, et contractis nonnisi ad modestiam genibus, ut durmientes imaginem redderet potius quam defunctae». Este hallazgo del cuerpo en estas condiciones probablemente inspiró la decisión de no tocarla en absoluto: no se extrajeron reliquias de ella, ni un fragmento. Por lo tanto, todos los relicarios sueltos que haya por la cristiandad y que se atribuyan a ella, con la excepción de la cabeza, son evidentemente falsos.
En el año 1600 Antonio Bosio reeditó la famosa passio, dedicándola a Sfondrati y añadiendo el episodio del reconocimiento de las reliquias. Pero en el mismo año del reconocimiento, acabado éste, fueron puestas a veneración pública las reliquias de la Santa hasta el día 22 de noviembre de 1599, con la ocasión de la festividad, momento en que fueron devueltas a la cripta, hasta día de hoy. Ante ellas pasaron media Roma, más de cuarenta cardenales (San Roberto Belarmino, entre ellos) el futuro León XI y el futuro Pablo V. Ahí fue cuando la vio el escultor barroco Stefano Maderno, y tomando el modelo, esculpió la imagen yacente de mármol que de sobra conocemos.
Tocado el tema de las reliquias y del lugar donde actualmente han quedado –la cripta de Santa Cecilia In Trastevere- conviene hablar también de la que fue su segunda tumba en las catacumbas de Calixto. Su descubrimiento lo menciona De Rossi en su segundo tomo de la obra «Roma Soterranea» (año 1854). Como decíamos, estaba en la cripta de los papas del cementerio de Calixto. Había una inscripción en negro, en forma de libro, que rezaba: «Decori sepulchri S. Conciliar martyris……» sobre unos ladrillos decorados en amarillo y negro con una inscripción en griego que rezaba: «Señor, ayuda a tu siervo Juan. Amén». Vamos, lo que viene siendo un típico graffiti de peregrino que llega al sitio y quiere dejar constancia de su visita, lo mismo que hacen hoy en día turistas y viajeros. Otros graffitis de sacerdotes fueron hallados junto a éste: de Prando, Benedicto, Sergio, Crescencio, Esteban, León, Lupo, Bonifacio… vamos, que era un lugar bastante frecuentado.
De Rossi argumenta que tales grafitos podrían datar de época de San Pascual I, es posible que sean anteriores porque entonces el cuerpo de la mártir no estaba aún allí, en el cementerio de Calixto, sino que el Papa lo halló en el de Pretextato como va dicho. En lo alto del lucernario de la cripta de los papas y de Santa Cecilia en el dicho cementerio de Calixto estaba pintada la Santa, de aspecto juvenil y en actitud orante, también una cruz y dos ovejas.
¿Por qué es patrona de la Música?
Es universalmente reconocida como patrona de los músicos y ningún Santo posterior le ha arrebatado este papel en la cultura y devoción cristianas, ni siquiera aquellos que sí fueron músicos en su vida terrenal, o protegieron la música mediante el mecenazgo. ¿Por qué? Vamos a verlo.
Por sorprendente que nos parezca a los que estamos acostumbrados a asociarla a la música, hasta pasada la Edad Media realmente no tuvo nada que ver con tal. De hecho, durante la Edad Media, el patrón de los músicos fue San Juan Bautista (!!). Esto se debe, en primer lugar, porque a su nacimiento su padre Zacarías entonó el Benedictus, y éste acabó por convertirse en el himno oficial de laudes que se cantaba diariamente por las mañanas en las comunidades monásticas. Y en segundo lugar porque algo tendrá que ver eso de «Oíd la voz que clama en el desierto…» y buena voz debió tener el Precursor para predicar en esas zonas tan yermas y abiertas, donde la voz la engulle el viento. Aunque en principio ni una cosa ni otra tengan mucho que ver con el canto en sí (en todo caso, ¿no debió ser Zacarías, y no Juan, el escogido como protector de los músicos?). Sin embargo a partir del Renacimiento es Cecilia, la mártir romana, quien reemplaza al Bautista en esta función de protectora de los músicos.
No fue un cambio brusco, de la noche a la mañana. En Historia las cosas jamás son así. Ya en muchos manuscritos medievales iluminados, así como en tablas góticas, Cecilia empezó a ser representada con un atributo que nos recuerda claramente al canto y a la música: una ave canora, esto es, un pajarito de especie indefinida, posado en sus dedos, que sin duda alude a esas especies de aves que tienen una gran capacidad de canto y entonación para atraer a las hembras. Son los primeros indicios que luego se convertirán en atributos más sonantes en este sentido: los instrumentos musicales. Pero incluso célebres artistas góticos como Cimabue y el Beato Angélico la representaron únicamente con la palma del martirio. Nada musical había aún en ella.
Pero antes de seguir con la iconografía, la pregunta esencial: ¿por qué una antigua mártir romana que jamás había tenido nada que ver con la música, de repente empieza a aparecer con atributos musicales? Como era de esperar, esto es a causa de una interpretación errónea de un pasaje de su –ya de por sí- inventada passio. Concretamente el pasaje «cantantibus organis illa in corde suo decantabat» (que se traduce como «mientras sonaban los instrumentos, ella cantaba a Dios en su corazón»). Se refiere al pasaje que menciona su boda con Valeriano y comenta que mientras sonaban los instrumentos y la algarabía de los músicos y bailarines en el salón del banquete, ella interiormente le rogaba a Dios que la preservara virgen en su noche de bodas. Esto se ha quedado anclado en el oficio divino dedicado a la Santa el día de su fiesta, donde el himno de maitines («in corde suo soli Domino decantabat») y en laudes y vísperas, donde una antífona reza:»Cantantibus organis, Concilia Domino decantabat dicens: Fiat cor deum inmaculatum ut non confundar»(«cantaba diciendo, Dios, haz mi corazón inmaculado para que no sea confundida»).
A partir de esta interpretación, que data del siglo XV, empezó a creerse que Cecilia era músico o cantora, cuando sabemos que en la Antigüedad, y especialmente en la sociedad romana, a las mujeres de alta alcurnia no se les permitía aprender música ni canto; y no por machismo, sino porque el canto y la música eran consideradas actividades libertinas, de baja estofa, propias de gentuza y de esclavos, y por tanto indignas de una matrona romana. Pero, ¿es que fue Cecilia una matrona romana? ¡Eso si aceptamos la passio! Y como ya vimos, es inventada, por lo que ni podemos afirmar ni negar nada. No sabemos nada de ella.
Pero dejando aparte estas divagaciones, aún queda ver cómo posteriores interpretaciones, todavía peores que esta primera, propias del desvirtuamiento del latín clásico, llegaron a traducir este pasaje como «y mientras sonaba el órgano, ella cantaba a Dios…». «Organis» traducido como «órgano», ¡un instrumento musical que no existió hasta la época barroca, y por tanto, mucho menos existía en la Antigüedad! Y hete aquí que Cecilia empezó a aparecer, no ya oyendo sonar el órgano, sino tocándolo ella misma… un instrumento inexistente en su época, una actividad indigna de su supuesto estatus. El colmo de los despropósitos.
Posteriormente, en el arte ya tardío, manierista y neoclásico, se ha querido arreglar este desastre poniéndola como cantora, o dándole instrumentos más propios de la época, como arpas o liras; pero lo cierto es que siguen siendo instrumentos musicales que sólo se hubiera permitido manejar a una esclava. Por último, hay quien propone que quizá organis hiciera referencia a los instrumentos, no de música, sino de tortura («y mientras la torturaban, ella cantaba al Señor en su corazón»); lo cual es bellísimo, pero igualmente ridículo: a una matrona de su alcurnia jamás se la hubiera sometido a tortura, pues la ciudadanía romana la preservaba de ello. Vuelvo a insistir: eso si aceptamos la passio, que no es aceptable.
Es por esto que desde la mitad del siglo XVI, especialmente en Francia, todos los músicos la festejan como patrona, hasta día de hoy, el 22 de noviembre. Pero como hemos visto, es más que probable que ella jamás tuviese nada que ver con la música o el canto, ya que todas las interpretaciones posteriores que se lo atribuyen son tardías y basadas en un error de lectura de una passio que ya es legendaria en sí misma. Mientras tanto, nuestra pobre Cecilia sigue cargando con instrumentos de música allá donde va, y si no fuera por esto, quién sabe si haría tiempo que hubiera sido olvidada como tantas otras. Bienvenido sea, pues, tal error, y sigan invocándola los músicos y cantores, para que su memoria no se pierda.
La memoria de la Presentación de la Santísima Virgen María, tiene una gran importancia, porque en ella se conmemora uno de los «misterios» de la vida de quien fue elegida por Dios como Madre de su Hijo y como Madre de la Iglesia. En esta «Presentación» de María se alude también a la «presentación» de Cristo y de todos nosotros al Padre.
Por otra parte, constituye un gesto concreto de ecumenismo con nuestros hermanos de Oriente. Esto se puede apreciar en el comentario de la Liturgia de las Horas que dice: «En este día, en que se recuerda la dedicación de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén en el año 543, celebramos junto con los cristianos de la Iglesia oriental, la «dedicación» que María hizo de sí misma a Dios desde la infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su concepción inmaculada».
El hecho de la presentación de María en el templo no lo narra ningún texto de la Sagrada Escritura; de él, sin embargo, hablan abundantemente y con muchos detalles algunos escritos apócrifos. María, según la promesa hecha por sus padres, fue llevada al templo a los tres años, en compañía de un gran número de niñas hebreas que llevaban antorchas encendidas, con la participación de las autoridades de Jerusalén y entre el canto de los ángeles. Para subir al templo había quince gradas, que María caminó sola a pesar de ser tan pequeña. Los apócrifos dicen también que en el templo María se nutría con un alimento especial que le llevaban los ángeles, y que ella no vivía con las otras niñas sino en el «Sancta Sanctorum», al cual tenía acceso el Sumo Sacerdote sólo una vez al año.
La realidad de la presentación de María debió ser mucho más modesta y al mismo tiempo más gloriosa. Por medio de este servicio a Dios en el templo, María preparó su cuerpo, y sobre todo su alma, para recibir al Hijo de Dios, viviendo en sí misma la palabra de Cristo: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican».
«¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna» Jn 6, 68.
Offa es rey de Estanglia. Un buen día decide pasar el último tramo de su vida haciendo penitencia y dedicándose a la oración en Roma. Renuncia a su corona a favor de Edmundo que a sus catorce años es coronado rey, siguiendo la costumbre de la época, por Huberto, obispo de Elman, el día de la Navidad del año 855.
Pronto da muestras de una sensatez que no procede sólo de la edad. Es modelo de los buenos príncipes. No es amigo de lisonjas; prefiere el conocimiento directo de los asuntos a las proposiciones de los consejeros; ama y busca la paz para su pueblo; se muestra imparcial y recto en la administración de la justicia; tiene en cuenta los valores religiosos de su pueblo y destaca por el apoyo que da a las viudas, huérfanos y necesitados.
Reina así hasta que llegan dificultades especiales con el desembarco de los piratas daneses capitaneados por los hermanos Hingaro y Hubba que siembran pánico y destrucción a su paso. Además, tienen los invasores una aversión diabólica a todo nombre cristiano; con rabia y crueldad saquean, destruyen y entran al pillaje en monasterios, templos o iglesias que encuentran pasando a cuchillo a monjes, sacerdotes y religiosas. Una muestra es el saqueo del monasterio de Coldinghan, donde la abadesa santa Ebba fue degollada con todas sus monjas.
Edmundo reúne como puede un pequeño ejército para hacer frente a tanta destrucción pero no quiere pérdidas de vidas inútiles de sus súbditos ni desea provocar la condenación de sus enemigos muertos en la batalla. Prefiere esconderse hasta que, descubierto, rechaza las condiciones de rendición por atentar contra la religión y contra el bien de su gente. No acepta las estipulaciones porque nunca compraría su reino a costa de ofender a Dios. Entonces es azotado, asaeteado como otro san Sebastián, hasta que su cuerpo parece un erizo y, por último, le cortan la cabeza que arrojan entre las matas del bosque.
Sus súbditos buscaron la cabeza para enterrarla con su cuerpo, pero no la encuentran hasta que escuchan una voz que dice: «Here», es decir, «aquí».
Este piadosísimo relato tardío colmado de adornos literarios en torno a la figura del que fue el último rey de Estanglia exaltan, realzan y elevan la figura de Edmundo hasta considerarlo mártir que, por otra parte, llegó a ser muy popular en la Inglaterra medieval. Sus reliquias se conservaron en Bury Saint Edmunds, en West Sufflok, donde en el año 1020 se fundó una gran abadía.
San Edmundo, rey y mártir, por Encarni Llamas, en DiocesisTV
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Oración para pedir la intercesión de todos los santos de Inglaterra
Salva, oh Dios, a tu pueblo y bendice a tu heredad, visita a tu mundo con misericordia y generosidad. Exalta la Fortaleza de los Cristianos y envía sobre nosotros tus abundantes misericordias. Por las oraciones de nuestra Purísima Señora, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, por el poder de la Preciosa y Vivificadora Cruz, por la protección de los Poderes Celestiales Incorpóreos, por la Protección del Honorable, Glorioso Profeta, Precursor y Bautista Juan; de los Santos, Gloriosos y Alabadísimos Jefes de los Apóstoles, Pedro y Pablo, y de los Santos Apóstoles; de nuestros Santos Padres; del Santo Mártir Alban el Primer Mártir de las Islas; de nuestros Santos Padres Gregorio el Grande y Agustín de Canterbury, Apóstoles de los Ingleses, Ethelberto, Alto Rey de los Ingleses, Lorenzo y Melitos, Arzobispos de Canterbury, Osvaldo de Heavenfield, Paulino de York, Félix de Dunwich, Apóstol de Anglia Oriental, Aidan de Lindisfarne, Birino y Cedd, Apóstoles de Wessex y Essex, Botolf de Iken, Chad de Lichfield, Cuthberto de Lindisfarne, el Milagroso; de nuestras Santas Madres, Audrey de Ely, Hilda de Whitby, Mildred de Minster, Werburgo de Chester, Milburgo de Wenlock; de nuestro Santos Padres, Teodoro de Tarso, Arzobispo de Canterbury, Erkenwald, la Luz de Londres, Benedicto de Wearmouth, Wilfrido de York, Adelmo de Sherborne, Guthlac de Crowland, Beda el Venerable, Clemente y Bonifacio, Apóstoles para los Paganos; Swithin de Winchester, el Milagroso, Edmundo el Mártir, Rey de Anglia Oriental, Teodoro de Crowland y todos aquellos Cruelmente Martirizados por los Nórdicos; del Santo Rey de Inglaterra, Edgar el Pacífico, del Santo, Muy Creyente Rey de Inglaterra y Portador de la Pasión Eduardo el Mártir; de nuestra Santa Madre Edith de Wilton; de nuestros Santos Padres Ethelwold de Winchester, Dunstan de Canterbury, Osvaldo de York, Alfege el Mártir, Arzobispo de Canterbury, de la Santa y Justa Nueva Mártir Isabel y el Recién Revelado Juan, Arzobispo en Londres y de todos los Santos que han resplandecido en la Tierra Inglesa; del Santo Victorioso Jorge, el Gran Mártir; de los Santos, Gloriosos Mártires y todos los Nuevos Mártires y Confesores de todas las Tierras de la Tierra; de de los Santos y Justos Ancestros de Jesús, Joaquín y Ana; y de todos Tus Santos, te suplicamos, oh Misericordiosísimo Señor, Escucha las Peticiones de nosotros Pecadores, que suplicamos ante Ti, y ten Piedad de nosotros.