Evangelio del día: Enseñanza al joven rico

Evangelio del día: Enseñanza al joven rico

Evangelio del día

Lunes de la 20.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 19, 16-22

Debemos tener el valor de «vaciar» nuestro corazón de idolatrías —vanidad, soberbia, poder, dinero— para que Dios pueda ocuparlo.

Evangelio

Luego se le acercó un hombre y le preguntó: «Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos». «¿Cuáles?», preguntó el hombre. Jesús le respondió: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». El joven dijo: «Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?». «Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Jueces, Jue 2, 11-19

Salmo: Sal 106(105), 34-44

Oración introductoria

Señor, me acercó a Ti como el ese joven que se creía muy bueno. Quiero confirmar qué he de hacer para ganar la vida eterna, qué tengo que cambiar, qué tengo que hacer… Dame la gracia de saber escucharte y tener el valor de ser desprendido de los bienes materiales, pero sobre todo, de mí mismo, para poder entregarme a tu amor y vivir la caridad.

Petición

Jesús, no permitas nunca que me convierta en otro triste «joven rico».

Meditación del Santo Padre Francisco

La meditación del Pontífice se inspiró en el tema del pasaje evangélico que relata el encuentro de Jesús con el joven rico (Mc 10, 17-27). Es «una historia», dijo, que «hemos escuchado muchas veces»: un hombre «busca a Jesús y se postra de rodillas ante Él». Y lo hace «delante de la multitud» porque «tenía muchas ganas de escuchar las palabras de Jesús» y «en su corazón algo lo impulsaba». Así, «de rodillas delante de Él», le preguntó que debía hacer para heredar la vida eterna. El corazón de este hombre, destacó el Papa, estaba movido «por el Espíritu Santo». Era, en efecto, «un hombre bueno —explicó trazando su perfil— porque desde su juventud había cumplido los mandamientos». Ser «bueno», sin embargo, «no era suficiente para él: quería más. El Espíritu Santo lo impulsaba».

En efecto, continuó el Pontífice, «Jesús fijó la mirada en él, contento al oír estas cosas». Tan fue así que «el Evangelio dice que lo amó». Por lo tanto, «incluso Jesús sentía este entusiasmo. Y le hace la propuesta: vende todo y ven conmigo a predicar el Evangelio». Pero, se lee en el relato del evangelista, «el hombre, al escuchar estas palabras, frunció el ceño y se marchó triste».

Ese hombre bueno «había venido con esperanza, con alegría, a encontrarse con Jesús. Hizo su petición. Escuchó las palabras de Jesús. Y tomó una decisión: marcharse». Así, «aquella alegría que lo impulsaba, la alegría del Espíritu Santo, se convierte en tristeza». Marcos cuenta, en efecto, que «se marchó de allí porque poseía muchos bienes».

El problema, comentó el Papa, era que «su corazón inquieto» por obra del «Espíritu Santo, que lo impulsaba a acercarse a Jesús y a seguirlo, era un corazón que estaba lleno». Pero «no tuvo el valor de vaciarlo. E hizo la elección: el dinero». Tenía «un corazón lleno de dinero». Y eso que no «era un ladrón, un malhechor. Era un hombre bueno: jamás había robado, jamás había estafado». Su dinero «era dinero honesto». Pero «su corazón estaba encarcelado allí, estaba atado al dinero y no tenía la libertad de elegir». Así, al final, «el dinero eligió por él».

El Evangelio de Marcos continúa con el discurso de Jesús sobre la riqueza. Pero el Pontífice se centró en particular en el discurso de la vocación. Y dirigió el pensamiento a todos aquellos jóvenes que «sienten en su corazón esta llamada a acercarse a Jesús. Y están entusiasmados, no tienen miedo de ir ante Jesús, no tienen vergüenza de postrarse». Precisamente como hizo el joven rico, con un «signo público», con «una demostración pública de su fe en Jesucristo».

Para el Papa Francisco también hoy son muchos los jóvenes que quieren seguir a Jesús. Pero «cuando tienen el corazón lleno de otra cosa, y no son tan valientes para vaciarlo, dan un paso atrás». Y así «esa alegría se convierte en tristeza». Cuántos jóvenes, constató, tienen esa alegría de la que habla san Pedro en la primera carta (1, 3-9) proclamada durante la liturgia: «y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe». En verdad, estos jóvenes son «muchos, pero hay algo en medio que los detiene».

En realidad, destacó el Pontífice, «cuando pedimos al Señor» que envíe «vocaciones para que anuncien el Evangelio, Él las envía». Está quien dice desconsolado: «Padre, pero que mal va el mundo: no hay vocaciones religiosas, no hay vocaciones sacerdotales, estamos perdidos». En cambio, subrayó el Papa, vocaciones «hay muchas». Pero entonces —se preguntó— «si hay muchas, ¿por qué debemos rezar para que el Señor las envíe?». La respuesta del Papa fue clara: «Debemos rezar para que el corazón de estos jóvenes se pueda vaciar: vaciarse de otros intereses, de otros amores. Para que su corazón llegue a ser libre». He aquí la auténtica, gran «oración por las vocaciones: Señor, envíanos religiosas, envíanos sacerdotes; defiéndelos de la idolatría de la vanidad, de la idolatría de la soberbia, de la idolatría del poder, de la idolatría del dinero». Entonces, «nuestra oración es para preparar estos corazones para poder seguir de cerca a Jesús».

Volviendo al pasaje evangélico, el Santo Padre no ocultó que la figura del joven rico suscita una cierta participación, que nos lleva a decir: «Pobrecito, tan bueno y luego tan infeliz, porque no se marchó feliz», tras el diálogo con Jesús. Y hoy hay muchos jóvenes como él. Pero —y ésta fue la pregunta del Papa— «¿qué hacemos por ellos?». La primera cosa que se debe hacer es rezar: «Ayuda, Señor, a estos jóvenes a ser libres y no esclavos», de modo «que tengan el corazón sólo para Ti». De este modo «la llamada del Señor puede llegar, puede dar fruto».

El Papa Francisco concluyó su meditación invitando a recitar con frecuencia «esta oración por las vocaciones». Con la consciencia de que «las vocaciones están»: nos corresponde a nosotros rezar y hacer que «aumenten, que el Señor pueda entrar en esos corazones y dar esta «alegría indecible y gloriosa» que tiene toda persona que sigue de cerca a Jesús».

Santo Padre Francisco

Religiosas y sacerdotes libres de la idolatría
Homilía del lunes, 3 de marzo de 2014

Propósito

Para estar hoy presente con las personas que me rodean, renunciar a tener mi teléfono celular conmigo todo el día. Y cuando vaya a hacer oración, siempre dejarlo donde no me interrumpa.

Diálogo con Cristo

Señor, ¿realmente quiero saber qué más puedo hacer? Tú me conoces, sabes que soy débil y que rehúyo o me excuso con facilidad del sacrificio, de la renuncia. Por eso te suplico, dame tu gracia para corresponderte, ayúdame a amarte sobre todas las cosas. Sé que estoy apegando a tantas cosas que fácilmente te olvido. Ayúdame a descubrir que de nada sirve tener o hacer muchas cosas, si no estás Tú, si no es tu voluntad.
Evangelio del día: Cuando parece que Dios desoye nuestras plegarias

Evangelio del día: Cuando parece que Dios desoye nuestras plegarias

Evangelio del día

Vigésimo domingo del Tiempo Ordinario

Mateo 15, 21-28

También nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!».

Evangelio

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos». Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel». Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros». Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!». Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Isaías, Is 56, 1.6-7

Salmo: Sal 67(66), 2-3.5.6.8

Segunda lectura: Carta de San Pablo a los Romanos, Rom 11, 13-15.29-32

Oración introductoria

Mi fe, frente a las dificultades, se debilita, cuando debería crecer. Humildemente recurro a ti, Señor y Padre mío, suplicando la intercesión de san José, para que esta oración me ayude a aumentar mi fe, acrecentar mi esperanza y, sobre todo, sea el medio para crecer en mi caridad, en mi amor a Ti y a los demás.

Petición

¡Señor, hazme un testigo fiel de mi fe!

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt 15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1: PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

Benedicto XVI

Ángelus del dominto, 14 de agosto de 2011

Propósito

En las dificultades de este día, hacer un acto de fe y pedir con confianza la ayuda de Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en nuestra oración, a pesar de todas las dificultades —como la mujer cananea— es como penetramos hasta el corazón de Dios y sólo así es como escuchas nuestras plegarias.
Evangelio del día: ¿Quién es el mayor?

Evangelio del día: ¿Quién es el mayor?

Evangelio del día

Martes de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 18, 1-5.10.12-14

El reino de los cielos es la verdad salvífica que Jesucristo ha revelado. El reino de los cielos es la «gracia», o sea, la vida de Dios que Jesucristo ha traído a la humanidad con la encarnación y la redención. El reino de los cielos es la Iglesia, su Cuerpo místico, el Pueblo de Dios que le ama y le sigue. El reino de los cielos es, finalmente, la gloria eterna del Paraíso, a la que toda la humanidad está llamada.

Evangelio

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?». Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo. Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial. ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Deuteronomio, Dt 31, 1-8

Salmo (tomado de Deuteronomio): Dt 32, 3-4a.7-9.12

Oración introductoria

Espíritu Santo, dame tu luz en este momento de oración. Con la confianza de un niño pido también la intercesión de mi ángel de la guarda, de modo que tenga la docilidad para escuchar la Palabra y seguirla, como una oveja sigue a su pastor.

Petición

Jesús, concédeme el don de buscar, con la sencillez y la nobleza de un niño, el amor.

Meditación de san Juan Pablo II

Queridísimas hermanas en el Señor:

Me complace meditar con vosotras las enseñanzas y los pensamientos que la liturgia de hoy hace brotar de la Palabra de Dios que hemos escuchado ahora mismo en el santo Evangelio.

1. Jesús nos recuerda ante todo la realidad consoladora del reino de los cielos

La pregunta que los Apóstoles dirigen a Jesús es muy sintomática: «¿Quién será el más grande en el reino de los cielos?».

Se ve que habían discutido entre ellos sobre cuestiones de precedencia, de carrera, de méritos, con una mentalidad todavía terrena e interesada: querían saber quién sería el primero en ese reino del que hablaba siempre el Maestro.

Jesús aprovecha la ocasión para purificar el concepto erróneo que tienen los Apóstoles y para llevarlos al contenido auténtico de su mensaje: el reino de los cielos es la verdad salvífica que El ha revelado; es la «gracia», o sea, la vida de Dios que El ha traído a la humanidad con la encarnación y la redención; es la Iglesia, su Cuerpo místico, el Pueblo de Dios que le ama y le sigue; es, finalmente, la gloria eterna del Paraíso, a la que toda la humanidad está llamada.

Jesús, al hablar del reino de los cielos, quiere enseñarnos que la existencia humana sólo tiene valor en la perspectiva de la verdad, de la gracia y de la gloria futura. Todo debe ser aceptado y vivido con amor y por amor en la realidad escatológica que El ha revelado: «Vended vuestros bienes y dadlos en limosna; haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos…» (Lc 12, 33). «Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas» (Lc 12, 35).

2. Jesús nos enseña el modo justo para entrar en el reino de los cielos

Cuenta el evangelista San Mateo que «Jesús llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 2-4).

Esta es la respuesta desconcertante de Jesús: ¡la condición indispensable para entrar en el reino de los cielos es hacerse pequeños y humildes como niños!

Está claro que Jesús no quiere obligar al cristiano a permanecer en una situación de infantilismo perpetuo, de ignorancia satisfecha, de insensibilidad ante la problemática de los tiempos. Al contrario. Pero pone al niño como modelo para entrar en el reino de los cielos non el valor simbólico que el niño encierra en sí:

— ante todo, el niño es inocente, y el primer requisito para entrar en el reino de los cielos es la vida de «gracia», es decir, la inocencia conservada o recuperada, la exclusión de pecado, que siempre es un acto de orgullo y de egoísmo;

— en segundo lugar, el niño vivé de fe y de confianza en sus padres y se abandona con disposición total a quienes le guían y le aman. Así el cristiano debe ser humilde y abandonarse con total confianza a Cristo y a la Iglesia. El gran peligro, el gran enemigo es siempre el orgullo, y Jesús insiste en la virtud de la humildad, porque ante el Infinito no se puede menos de ser humildes; la humildad es verdad y es, además, signo de inteligencia y fuente de serenidad;

— finalmente, el niño se contenta con las pequeñas cosas que bastan para hacerle feliz: un pequeño éxito, una buena nota merecida, una alabanza recibida le hacen exultar de alegría.

Para entrar en el reino de los cielos es preciso tener sentimientos grandes, inmensos, universales; pero es necesario saberse contentar con las pequeñas cosas, con las obligaciones mandadas por la obediencia, con la voluntad de Dios tal como se manifiesta en el instante que huye, con las alegrías cotidianas que ofrece la Providencia; es necesario hacer de cada trabajo, aunque oculto y modesto, una obra maestra de amor y perfección.

¡Es necesario convertirse a la pequeñez para entrar en el reino de los cielos! Recordemos !a intuición genial de Santa Teresa de Lisieux, cuando meditó el versículo de la Sagrada Escritura: «El que es simple, venga acá» (Prov 9, 4). Descubrió que el sentido de la «pequeñez» era como un ascensor que la llevaría más de prisa y más fácilmente a la cumbre de la santidad: «¡Tus brazos, oh Jesús, son el ascensor que me debe elevar hasta el cielo! Por esto no tengo necesidad en absoluto de hacerme grande; más bien es necesario que permanezca pequeña, que lo sea cada vez más» (Historia de un alma, Manuscrito C, cap. X).

3. Finalmente, Jesús nos infunde el anhelo del reino de los cielos

«¿Qué os parece? —dice Jesús—. Si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá en busca de la extraviada? Y si logra hallarla, cierto que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Así no es voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, que se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos» (Mt 18, 12-14).

Son palabras dramáticas y consoladoras al mismo tiempo: Dios ha creado al hombre para hacerle partícipe de su gloria y de su. felicidad infinita; y por esto le ha querido inteligente y libre, «a su imagen y semejanza». Desgraciadamente asistimos con angustia a la corrupción moral que devasta a la humanidad, despreciando especialmente a los pequeños, de quienes habla Jesús.

¿Qué debemos hacer? Imitar al Buen Pastor y afanarnos sin tregua por la salvación de las almas. Sin olvidar la caridad material y la justicia social, debemos estar convencidos de que la caridad más sublime es la espiritual, o sea, el interés por la salvación de las almas.

Y las almas se salvan con la oración y el sacrificio. ¡Esta es la misión de la Iglesia!

San Juan Pablo II

Homilía del martes, 14 de agosto de 1979

Propósito

Ante las tentaciones que se me puedan presentar hoy, pedir a Dios su gracia para evitar, incluso, el pecado venial.

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por mi ángel de la guarda y por la gran esperanza que surge de esta meditación. La cultura admira a la persona que por su propio esfuerzo tiene éxito, y esto es bueno. Pero, como tu hijo, debo tener una visión más amplia: atesorar esa confianza y dependencia a tu gracia, que es la que realmente logrará la trascendencia de mi vida. Además, siempre recordar que hay muchas ovejas sin pastor que no deben quedarse atrás ni perderse, si en mí está el poder ayudarles a volver o encontrar el redil.

Evangelio del día: Fiesta de san Lorenzo, mártir

Evangelio del día: Fiesta de san Lorenzo, mártir

Evangelio del día

Fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir

Juan 12, 24-26

Ir con Jesús… esa debe ser nuestra alegría con la que seremos fecundos.

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Carta II de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 9, 6-10

Salmo: Sal 112(111), 1-2.5-9

Oración introductoria

Señor, ayúdame a servirte siempre y en todo. A saber vivir sostenido por tu amor, dispuesto a dejarme cribar con una confianza ilimitada en tu Providencia, por un amor apasionado y abrazado a tu cruz.

Petición

Señor, dame la generosidad para pasar mi vida sirviendo a los demás.

Meditación del Santo Padre Francisco

[Queridos hermanos y hermanas:]

[…] Asumir un estilo de vida cristiano significa, pues, «tomar la cruz con Jesús e ir adelante». Cristo mismo nos mostró este estilo negándose a sí mismo. Él, aun siendo igual a Dios —observó el Pontífice—, no se glorió de ello, no lo consideró «un bien irrenunciable, sino que se humilló a sí mismo» y se hizo «siervo por todos nosotros».

Este es el estilo de vida que «nos salvará, nos dará alegría y nos hará fecundos, porque este camino que lleva a negarse a sí mismo está hecho para dar vida; es lo contrario del camino del egoísmo», es decir, «el que lleva a sentir apego a todos los bienes solo para sí». En cambio, este es un camino «abierto a los demás, porque es el mismo que recorrió Jesús». Por lo tanto, es un camino «de negación de sí para dar vida. El estilo cristiano está precisamente en este estilo de humildad, de docilidad, de mansedumbre. Quien quiera salvar su vida, la perderá. En el Evangelio, Jesús repite esta idea. Recordad cuando habla del grano de trigo: si esta semilla no muere, no puede dar fruto» (cf. Jn 12, 24).

Se trata de un camino que hay que recorrer «con alegría, porque —explicó el Papa— Él mismo nos da la alegría. Seguir a Jesús es alegría». Pero es necesario seguirlo con su estilo —insistió—, «y no con el estilo del mundo», haciendo lo que cada uno puede: lo que importa es hacerlo «para dar vida a los demás, no para dar vida a uno mismo. Es el espíritu de generosidad». Entonces, el camino a seguir es éste: «Humildad, servicio, ningún egoísmo, sin sentirse importante o adelantarse a los demás como una persona importante. ¡Soy cristiano…!». Con este propósito, el Papa Francisco citó la imitación de Cristo, subrayando que «nos da un consejo bellísimo: ama nesciri et pro nihilo reputari, «ama pasar desapercibido y ser considerado una nulidad»». Es la humildad cristiana. Es lo que Jesús hizo antes».

«Pensemos en Jesús que está delante de nosotros —prosiguió—, que nos guía por ese camino. Ésta es nuestra alegría y ésta es nuestra fecundidad: ir con Jesús. Otras alegrías no son fecundas, piensan solamente, como dice el Señor, en ganar el mundo entero, pero al final se pierde y se arruina a sí mismo».

Santo Padre Francisco

El estilo cristiano

Meditación del jueves, 6 de marzo de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Aquí el Señor insiste en la correlación entre la muerte de la semilla y el «mucho fruto» que dará. El grano de trigo es él, Jesús. El fruto es la «vida en abundancia», que nos ha adquirido mediante su cruz. Esta es también la lógica y la verdadera fecundidad de toda pastoral vocacional en la Iglesia: como Cristo, el sacerdote y el animador deben ser un «grano de trigo», que renuncia a sí mismo para hacer la voluntad del Padre; que sabe vivir oculto, alejado del clamor y del ruido; que renuncia a buscar la visibilidad y la grandeza de imagen que hoy a menudo se convierten en criterios e incluso en finalidades de la vida en buena parte de nuestra cultura y fascinan a muchos jóvenes.

Queridos amigos, sed sembradores de confianza y de esperanza, pues la juventud de hoy vive inmersa en un profundo sentido de extravío. Con frecuencia las palabras humanas carecen de futuro y de perspectiva; carecen incluso de sentido y de sabiduría. Se difunde una actitud de impaciencia frenética y una incapacidad de vivir el tiempo de la espera. Sin embargo, esta puede ser la hora de Dios: su llamada, mediante la fuerza y la eficacia de la Palabra, genera un camino de esperanza hacia la plenitud de la vida.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Discurso del sábado, 21 de julio de 2009

Propósito

Darme el tiempo para escuchar a las personas con las que convivo diariamente: oír, comprender, acompañar, sin buscar alguna ventaja personal.

Diálogo con Cristo

Generosidad, valentía, fe, perseverancia, paciencia, tenacidad, celo apostólico y humildad son las virtudes que deben abonar la semilla de mi vida, para que dé el fruto para lo cual fue creada. Señor, dame tu gracia para dejar a un lado todo lo que me aparte de cumplir tu voluntad.

Evangelio del día: El temor de Dios

Evangelio del día: El temor de Dios

Evangelio del día

Domingo de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 10, 24-33

El temor de Dios, en cambio, es el don del Espíritu que nos recuerda cuán pequeños somos ante Dios y su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, con respeto y confianza en sus manos. Esto es el temor de Dios: el abandono en la bondad de nuestro Padre que nos quiere mucho.

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos! No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Jeremías, Jer 20, 10-13

Salmo: Sal 69(68)

Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 5, 12-15

Oración introductoria

Dame, Señor, la fe, la esperanza y la caridad para vivir el estilo de vida que me propone tu Evangelio. La mentira domina al mundo con medios cada vez más veloces y sofisticados, mientras la evangelización parece tomar un ritmo lento. Por eso te pido que ilumines mi oración, de modo que ésta me dé la luz y fuerza para responder, con prontitud y generosidad, a lo que me toca hacer.

Petición

Señor, dame la valentía necesaria para cumplir tu voluntad en cada momento de mi vida.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El don del temor de Dios, del cual hablamos hoy, concluye la serie de los siete dones del Espíritu Santo. No significa tener miedo de Dios: sabemos bien que Dios es Padre, y que nos ama y quiere nuestra salvación, y siempre perdona, siempre; por lo cual no hay motivo para tener miedo de Él. El temor de Dios, en cambio, es el don del Espíritu que nos recuerda cuán pequeños somos ante Dios y su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, con respeto y confianza en sus manos. Esto es el temor de Dios: el abandono en la bondad de nuestro Padre que nos quiere mucho.

Cuando el Espíritu Santo entra en nuestro corazón, nos infunde consuelo y paz, y nos lleva a sentirnos tal como somos, es decir, pequeños, con esa actitud —tan recomendada por Jesús en el Evangelio— de quien pone todas sus preocupaciones y sus expectativas en Dios y se siente envuelto y sostenido por su calor y su protección, precisamente como un niño con su papá. Esto hace el Espíritu Santo en nuestro corazón: nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro papá. En este sentido, entonces, comprendemos bien cómo el temor de Dios adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre.

He aquí por qué tenemos tanta necesidad de este don del Espíritu Santo. El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros. Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios: abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados.

Cuando estamos invadidos por el temor de Dios, entonces estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia. Esto, sin embargo, no con actitud resignada y pasiva, incluso quejumbrosa, sino con el estupor y la alegría de un hijo que se ve servido y amado por el Padre. El temor de Dios, por lo tanto, no hace de nosotros cristianos tímidos, sumisos, sino que genera en nosotros valentía y fuerza. Es un don que hace de nosotros cristianos convencidos, entusiastas, que no permanecen sometidos al Señor por miedo, sino porque son movidos y conquistados por su amor. Ser conquistados por el amor de Dios. Y esto es algo hermoso. Dejarnos conquistar por este amor de papá, que nos quiere mucho, nos ama con todo su corazón.

Pero, atención, porque el don de Dios, el don del temor de Dios es también una «alarma» ante la pertinacia en el pecado. Cuando una persona vive en el mal, cuando blasfema contra Dios, cuando explota a los demás, cuando los tiraniza, cuando vive sólo para el dinero, para la vanidad, o el poder, o el orgullo, entonces el santo temor de Dios nos pone en alerta: ¡atención! Con todo este poder, con todo este dinero, con todo tu orgullo, con toda tu vanidad, no serás feliz. Nadie puede llevar consigo al más allá ni el dinero, ni el poder, ni la vanidad, ni el orgullo. ¡Nada! Sólo podemos llevar el amor que Dios Padre nos da, las caricias de Dios, aceptadas y recibidas por nosotros con amor. Y podemos llevar lo que hemos hecho por los demás. Atención en no poner la esperanza en el dinero, en el orgullo, en el poder, en la vanidad, porque todo esto no puede prometernos nada bueno. Pienso, por ejemplo, en las personas que tienen responsabilidad sobre otros y se dejan corromper. ¿Pensáis que una persona corrupta será feliz en el más allá? No, todo el fruto de su corrupción corrompió su corazón y será difícil ir al Señor. Pienso en quienes viven de la trata de personas y del trabajo esclavo. ¿Pensáis que esta gente que trafica personas, que explota a las personas con el trabajo esclavo tiene en el corazón el amor de Dios? No, no tienen temor de Dios y no son felices. No lo son. Pienso en quienes fabrican armas para fomentar las guerras; pero pensad qué oficio es éste. Estoy seguro de que si hago ahora la pregunta: ¿cuántos de vosotros sois fabricantes de armas? Ninguno, ninguno. Estos fabricantes de armas no vienen a escuchar la Palabra de Dios. Estos fabrican la muerte, son mercaderes de muerte y producen mercancía de muerte. Que el temor de Dios les haga comprender que un día todo acaba y que deberán rendir cuentas a Dios.

Queridos amigos, el Salmo 34 nos hace rezar así: «El afligido invocó al Señor, Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen y los protege» (vv. 7-8). Pidamos al Señor la gracia de unir nuestra voz a la de los pobres, para acoger el don del temor de Dios y poder reconocernos, juntamente con ellos, revestidos de la misericordia y del amor de Dios, que es nuestro Padre, nuestro papá. Que así sea.

Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles, 11 de junio de 2014

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

También nosotros, en la oración debemos ser capaces de llevar ante Dios nuestras fatigas, el sufrimiento de ciertas situaciones, de ciertas jornadas, el compromiso cotidiano de seguirlo, de ser cristianos, y también el peso del mal que vemos en y alrededor de nosotros, porque Él nos da esperanza, nos hace sentir su cercanía, nos da un poco de luz en el camino de la vida. […] Cada día en la oración del Padre Nuestro le pedimos al Señor: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Reconocemos, por ello, que hay una voluntad de Dios con nosotros y para nosotros, una voluntad de Dios en nuestras vidas, que debe convertirse cada día más en la referencia de nuestro querer y de nuestro ser; reconocemos entonces que es en el «cielo» donde se hace la voluntad de Dios y que la «tierra» se vuelve «cielo», lugar de la presencia del amor, de la bondad, de la verdad, de la belleza divina, solo si en ella se hace la voluntad de Dios.

Santo Padre Benedicto XVI

Audiencia General del miércoles, 1 de febrero de 2012

Catecismo de la Iglesia Católica

El combate de la oración

2725 La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

I. Obstáculos para la oración

2726 En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos.

2727 También tenemos que hacer frente a mentalidades de “este mundo” que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); el sensualismo y el confort adoptados como criterios de verdad, de bien y de belleza (y he aquí que la oración es “amor de la Belleza absoluta” [philocalía], y sólo se deja cautivar por la gloria del Dios vivo y verdadero); y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).

2728 Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos “muchos bienes” (cf Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, difícil aceptación de la gratuidad de la oración, etc. La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

II. La humilde vigilancia de la oración

Frente a las dificultades de la oración

2729 La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de estas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquél al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como en la meditación y en la oración contemplativa. Dedicarse a perseguir las distracciones es caer en sus redes; basta con volver a nuestro corazón: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf Mt 6,21.24).

2730 Mirado positivamente, el combate contra el ánimo posesivo y dominador es la vigilancia, la sobriedad del corazón. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al “hoy”. El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: “Dice de ti mi corazón: busca su rostro” (Sal 27, 8).

2731 Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la oración en la que el corazón está desprendido, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. “El grano de trigo, si […] muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 6.13).

Frente a las tentaciones en la oración

2732 La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de su más profundo deseo. Mientras tanto, nos volvemos al Señor como nuestro único recurso; pero ¿alguien se lo cree verdaderamente? Consideramos a Dios como asociado a la alianza con nosotros, pero nuestro corazón continúa en la arrogancia. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

2733 Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. “El espíritu […] está pronto pero la carne es débil” (Mt 26, 41). Cuanto más alto es el punto desde el que alguien toma decisiones, tanto mayor es la dificultad. El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

III. La confianza filial

2734 La confianza filial se prueba en la tribulación, ella misma se prueba (cf. Rm 5, 3-5). La principal dificultad se refiere a la oración de petición, al suplicar por uno mismo o por otros. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o “eficaz”.

Queja por la oración no escuchada

2735 He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?

2736 ¿Estamos convencidos de que “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los “bienes convenientes”? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos (cf. Mt 6, 8), pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo (cf Rm 8, 27).

2737 “No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St 4, 2-3; cf. todo el contexto de St 4, 1-10; 1, 5-8; 5, 16). Si pedimos con un corazón dividido, “adúltero” (St 4, 4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. “¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros” (St 4,5)? Nuestro Dios está “celoso” de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su Espíritu y seremos escuchados:

«No pretendas conseguir inmediatamente lo que pides, como si lograrlo dependiera de ti, pues Él quiere concederte sus dones cunado perseveras en la oración» (Evagrio Pontico, De oratione, 34).

Él quiere «que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos» (San Agustín, Epistula 130, 8, 17).

Para que nuestra oración sea eficaz

2738 La revelación de la oración en la Economía de la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres.

2739 En san Pablo, esta confianza es audaz (cf Rm 10, 12-13), basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo único (cf Rm 8, 26-39). La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición.

2740 La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?

2741 Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre (cf Hb 5, 7; 7, 25; 9, 24). Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

IV. Perseverar en el amor

2742 “Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18). “No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:

2743 Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está con nosotros “todos los días” (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios:

«Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina […], intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).

2744 Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él?

«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil […]. Es imposible […] que el hombre […] que ora […] pueda pecar» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5).

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c. 1).

2745 Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 16-17).

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”» (Orígenes, De oratione, 12, 2).

V. La oración en la hora de Jesús

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11.13.19).

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en Él (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en Él por su palabra, la humillación y su gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11.13.19.24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el «Pantocrátor». Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseña: “¡Padre Nuestro!”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6.11.12.26), el deseo de su Reino (la gloria; cf Jn 17, 1.5.10.24.23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su designio de salvación (cf Jn 17, 2.4.6.9.11.12.24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3.6-10.25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Pedir a Dios la fuerza para salir de mí mismo y poder adecuar, sin temor, mi voluntad a la suya.

Diálogo con Cristo

Jesús, te reconozco como mi Dios y Señor, acepto el estilo de vida propuesto en tu Evangelio como el camino que me puede llevar a la santidad. Pero es un camino arduo, contra corriente, porque el mal tiene muchas y nuevas caras y las tentaciones se multiplican. Ataques vienen de todos lados: familia, amigos, medios de comunicación… Pero también para Ti fue difícil, así que ayúdame a no quejarme, a tener la sabiduría y la fortaleza para defender siempre tu verdad y buscar medios eficaces para mi formación permanente, medio por el cual puedo convertirme en un eficaz discípulo y misionero.

Evangelio del día: La fe es como un grano de mostaza

Evangelio del día: La fe es como un grano de mostaza

Evangelio del día

Sábado de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 17, 14-20

Para permanecer en el Señor —para permanecer en el amor— es necesario el Espíritu Santo —por parte de Dios—; y por nuestra parte: confesar la fe que es un don y confiarse al Señor Jesús para adorar, alabar y ser personas de esperanza.

Evangelio

Cuando se reunieron con la multitud se le acercó un hombre y, cayendo de rodillas, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua. Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron curar». Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí». Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento quedó curado. Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?». «Porque ustedes tienen poca fe», les dijo. «Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: “Trasládate de aquí a allá”, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Deuteronomio, Dt 6, 4-13

Salmo: Sal 18(17), 2-4.47.51

Oración introductoria

Señor, me falta fe… para ser perseverante en mi oración, para amar mejor a los demás, para ser fiel a mi misión. Inicio mi oración haciendo silencio en mi corazón; no un silencio vacío, sino lleno de esperanza al estar ante ti, poniéndome humildemente ante tu presencia, con la seguridad de que, por el gran amor que me tienes, fortalecerás mi fe.

Petición

Jesús, dame la gracia de asimilar que la verdadera oración consiste en unir mi voluntad a la de Dios.

Meditación del Santo Padre Francisco

[Queridos hermanos y hermanas:]

[…] «¿Qué es esta fe?». El Papa Francisco recordó al respecto cómo Jesús hablaba de la fe y mostraba la fuerza de la misma, como se deduce de los episodios evangélicos de la mujer hemorroísa, de la cananea, del hombre que se acerca para pedir una curación con fe —«¡es grande tu fe!»— y del ciego de nacimiento. El Señor, recordó, «decía también que el hombre que tiene fe como un grano de mostaza puede mover montañas».

Precisamente «esta fe nos pide dos actitudes: confesar y confiarnos» dijo el Papa. Ante todo «la fe es confesar a Dios; pero al Dios que se ha revelado a nosotros desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora: el Dios de la historia». Es lo que afirmamos todos los días en el Credo. Pero —puntualizó el Pontífice— «una cosa es recitar el Credo desde el corazón y otra como loros: creo en Dios, creo en Jesucristo, creo…». El Papa continuó proponiendo un examen de conciencia: «¿Creo en lo que digo? ¿Esta confesión de fe es auténtica o lo digo de memoria porque se debe decir? ¿O creo a medias?».

Por lo tanto, se debe «confesar la fe». Y confesarla «toda, no una parte. ¡Toda!». Pero, añadió, se debe también «custodiarla por entero como llegó a nosotros por el camino de la tradición. ¡Toda la fe!». El Pontífice indicó luego «el signo» para reconocer si confesamos «bien la fe». En efecto «quien confiesa bien la fe, toda la fe, tiene la capacidad de adorar a Dios». Es un «signo» que puede parecer «un poco extraño —comentó el Papa— porque sabemos cómo pedir a Dios, cómo dar gracias a Dios. Pero adorar a Dios, alabar a Dios es algo más. Sólo quien tiene esta fe fuerte es capaz de la adoración».

Precisamente sobre la adoración, destacó el Papa, «me atrevo a decir que el termómetro de la vida de la Iglesia está un poco bajo: nosotros, cristianos, no tenemos mucha capacidad de adorar —algunos sí—, porque en la confesión de la fe no estamos convencidos. O estamos convencidos a medias». Deberíamos, en cambio, recuperar la capacidad «de alabar y adorar» a Dios; incluso porque, añadió el Pontífice, la oración para «pedir y agradecer la hacemos todos».

En cuanto a la segunda actitud, el Papa Francisco recordó cómo «el hombre o la mujer que tiene fe se confía a Dios. Se confía. Pablo, en el momento sombrío de su vida, decía: yo sé bien de quién me he fiado. De Dios. Del Señor Jesús». Y «fiarse —afirmó— nos conduce a la esperanza. Así como la confesión de la fe nos conduce a la adoración y a la alabanza de Dios, el confiarse a Dios nos lleva a una actitud de esperanza».

Sin embargo —alertó el Pontífice— «hay muchos cristianos con una esperanza con demasiada agua», una esperanza aguada que no es «fuerte». ¿Y cuál es la razón de esta «esperanza débil»? Precisamente la falta de «fuerza y valentía para confiarse al Señor». Para ser, por el contrario, «cristianos vencedores», destacó, debemos creer «confesando la fe, y también custodiando la fe, y encomendándonos a Dios, al Señor. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe».

«Para permanecer en el Señor, para permanecer en el amor —repitió— es necesario el Espíritu Santo, por parte de Dios. Pero por parte nuestra: confesar la fe que es un don y confiarse al Señor Jesús para adorar, alabar y ser personas de esperanza». El Papa Francisco concluyó la homilía con la oración para que «el Señor nos haga comprender y vivir esta hermosa frase» del apóstol Juan que vuelve a proponer la liturgia: «Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe».

Santo Padre Francisco

El credo de los loros

Meditación del viernes, 10 de enero de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Quién no ve aquí descrito también precisamente nuestro mundo, en el que el cristiano está amenazado por una atmósfera anónima, por «lo que está en el aire», que quiere hacerle ver su fe como ridícula e insensata? ¿Quién no ve que existen contaminaciones del clima espiritual a escala universal que amenazan a la humanidad en su dignidad, incluso en su existencia? Los hombres, y también las comunidades humanas, parecen estar irremediablemente abandonadas a la acción de estos poderes. El cristiano sabe que tampoco puede hacer frente por sí solo a esa amenaza. Pero en la fe, en la comunión con el único verdadero Señor del mundo, se le han dado las «armas de Dios», con las que —en comunión con todo el cuerpo de Cristo— puede enfrentarse a esos poderes, sabiendo que el Señor nos vuelve a dar en la fe el aire limpio para respirar, el aliento del Creador, el aliento del Espíritu Santo, solamente en el cual el mundo puede ser sanado.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Jesús de Nazaret, primera parte, p. 74.

Propósito

Rezar con mucha fe, diariamente, la oración a mi ángel custodio.

Diálogo con Cristo

El ingrediente secreto para tener éxito en cualquier cosa es la fe. No es necesario nada más. Jesús, ahora veo que la oración no es opcional, sino que es el medio por el cual podemos crecer en la fe. Sólo quien reza, es decir, quien confía en Dios, con un amor filial, puede sanarse a sí mismo y a los demás.

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Evangelio del día: Seguir a Cristo

Evangelio del día: Seguir a Cristo

Evangelio del día

Viernes de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 16, 24-28

Debemos tener la valentía y la humildad de seguir a Cristo, porque él es el camino, la verdad y la vida.

Evangelio

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Nahún, Nah 1, 15; 2, 2; 3, 1-3.6-7

Salmo (tomado de Deuteronomio): Det 32, 35-36.39.41

Oración introductoria

Padre santo, ayúdame a buscar lo que me haga crecer en el amor, para darte gloria y servir mejor a los demás: bienes que duren y valgan para la eternidad. Y, aunque no me guste ni me atreva a buscarla, que sepa renunciar a mí mismo para tomar mi cruz y seguirte.

Petición

Señor, dame la fortaleza para tomar mi cruz y seguir los pasos de tu Hijo.

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

[…] Y cuando se renuncia a todo por seguir a Cristo, cuando se le entrega lo más querido que se tiene, afrontando todo sacrificio, entonces, como aconteció con el divino Maestro, también la persona consagrada que sigue sus huellas se convierte necesariamente en «signo de contradicción», porque su modo de pensar y de vivir con frecuencia está en contraste con la lógica del mundo, como se presenta casi siempre en los medios de comunicación social.

Elegimos a Cristo, más aún, nos dejamos «conquistar» por él sin reservas. Ante esta valentía, cuánta gente sedienta de verdad queda impresionada y se siente atraída por quien no duda en dar la vida, su propia vida, por lo que cree. ¿No es esta la fidelidad evangélica radical a la que está llamada, también en nuestro tiempo, toda persona consagrada? Demos gracias al Señor porque tantos religiosos y religiosas, tantas personas consagradas, en todos los rincones de la tierra, siguen dando un testimonio supremo y fiel de amor a Dios y a los hermanos, testimonio que con frecuencia se tiñe con la sangre del martirio. Demos gracias a Dios también porque estos ejemplos continúan suscitando en el corazón de numerosos jóvenes el deseo de seguir a Cristo para siempre, de modo íntimo y total.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Discurso del viernes, 2 de febrero de 2007

Propósito

Adoptar una actitud positiva (y no quejarme) ante las dificultades de este día para seguir a Cristo en el camino de la cruz.

Diálogo con Cristo

[Es mejor si este diálogo se hace espontáneamente, de corazón a Corazón]

Señor, no es fácil ser tu amigo en la cruz. La tentación a escapar o renegar de la realidad, cuando se presentan los problemas, fácilmente me domina. Gracias por esta meditación que me confirma que puedo confiar en que, con tu gracia, puedo perseverar hasta el final. No puedo esperar gozar de una eternidad gloriosa, llena de fiesta y de alegría, si no derramo, por amor a Ti y a mis hermanos, un poco de sangre, sudor y lágrimas en la tierra.

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La Transfiguración del Señor: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo»

La Transfiguración del Señor: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo»

Catequesis en Familia

La Transfiguración del Señor

«Este es mi Hijo amado; escúchadlo»

(Mateo 17,5)


Una catequesis para descubrir la gloria de Cristo, fortalecer la fe y aprender a seguir al Señor en la vida cotidiana.

La Transfiguración revela por un instante la gloria divina de Jesucristo y fortalece la fe de los discípulos antes del camino hacia la Cruz.

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Presentación

La Transfiguración del Señor es uno de los momentos más luminosos del Evangelio. En la cima de un monte, Jesucristo permite que tres de sus discípulos contemplen durante unos instantes el resplandor de su divinidad. Aquella experiencia no fue un espectáculo extraordinario reservado a unos pocos, sino un regalo de Dios para fortalecer su fe antes del escándalo de la Cruz y enseñarles que el camino del discípulo siempre conduce a la gloria de la Resurrección.

Esta catequesis invita a recorrer ese mismo camino espiritual. A través de la Palabra de Dios, la enseñanza de la Iglesia, la contemplación de las imágenes, las actividades y la oración, niños, jóvenes y adultos descubrirán que también hoy el Señor sigue llamándonos a subir con Él al monte de la oración para escuchar su voz, renovar nuestra esperanza y regresar a la vida cotidiana con una fe más firme, una caridad más generosa y una alegría que ilumine a quienes nos rodean.

Idea principal
La Transfiguración revela que Jesucristo es el Hijo amado del Padre y fortalece la fe de quienes están llamados a seguirlo hasta la Cruz y la Resurrección.
Aplicación catequética y familiar
Cada familia cristiana está llamada a buscar momentos de silencio, oración y escucha del Evangelio para descubrir la presencia de Cristo y llevar su luz a la vida diaria.
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Cómo utilizar esta catequesis

Modalidad de uso Duración Material necesario Recomendaciones
Familia 45–60 min Biblia, esta catequesis y un lugar tranquilo para la oración. Leer juntos, dialogar con calma y finalizar con la oración en familia.
Catequesis parroquial 60–75 min Biblia, proyección de imágenes y material para la actividad. Combinar la explicación con el diálogo y el trabajo en grupo.
Uso personal 30–45 min Biblia y cuaderno para anotaciones. Realizar la Lectio divina y concluir con un compromiso concreto.
Centro educativo 50–60 min Biblia y recursos audiovisuales. Favorecer la participación y relacionar el Evangelio con la vida cotidiana.

Puede utilizarse para…

Catequesis familiar, grupos parroquiales, clases de Religión, formación de adultos, preparación litúrgica de la fiesta del 6 de agosto y oración personal.
No está pensado para…
Sustituir la lectura del Evangelio, la participación en la Eucaristía o la formación sistemática del Catecismo, sino para ayudar a comprender y vivir con mayor profundidad el misterio de la Transfiguración.
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Objetivos

  • Descubrir el significado de la Transfiguración dentro de la vida pública de Jesucristo.
  • Reconocer en Jesús al Hijo amado del Padre.
  • Fortalecer la fe para afrontar las dificultades de la vida cristiana.
  • Aprender a escuchar la Palabra de Dios.
  • Animar a la oración y a la vida sacramental.
  • Transformar la contemplación de Cristo en compromiso cotidiano.

Carismas que desarrolla

  • Escucha de la Palabra.
  • Contemplación.
  • Esperanza cristiana.
  • Confianza en Dios.
  • Vida de oración.
  • Testimonio del Evangelio.

Destinatarios

Esta catequesis está dirigida principalmente a familias cristianas, catequistas, parroquias, profesores de Religión, movimientos apostólicos y a cualquier persona que desee profundizar en el misterio de la Transfiguración del Señor desde la Sagrada Escritura, la enseñanza de la Iglesia y la oración.

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Índice

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Parte I. Comprender la Transfiguración del Señor

1. ¿Qué celebra la Iglesia el 6 de agosto?

Cada 6 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, el momento en que Jesucristo manifestó ante Pedro, Santiago y Juan el resplandor de su gloria. Su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Moisés y Elías aparecieron conversando con Él, mientras una nube luminosa envolvía a los discípulos y la voz del Padre revelaba quién era Jesús: su Hijo amado, a quien todos deben escuchar.1

La Transfiguración no aparta a Cristo del camino que conduce a Jerusalén, sino que descubre su sentido. Antes de que los discípulos contemplen el dolor de la Pasión, reciben un anticipo de la Resurrección. La Iglesia celebra así la gloria divina escondida en la humanidad de Jesús y recuerda que la Cruz no es el final, sino el paso hacia la vida plena. También nosotros necesitamos esta luz para permanecer fieles cuando la fe atraviesa la dificultad, el cansancio o la incertidumbre.2

Idea principal
La Transfiguración manifiesta la gloria de Jesucristo y fortalece la fe de sus discípulos antes de la Pasión.

Orientación catequética y familiar
La familia puede celebrar esta fiesta contemplando a Cristo con admiración y recordando, especialmente en los momentos difíciles, que su luz permanece presente aunque no siempre resulte visible.

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2. Jesús deja entrever su gloria

En la Transfiguración, Jesús no se convierte en alguien distinto ni recibe una gloria que antes no poseía. Durante unos instantes, permite que sus discípulos contemplen la divinidad que permanece velada bajo su humanidad. El mismo Maestro que camina con ellos, se cansa, siente hambre y comparte la vida cotidiana es el Hijo eterno del Padre. La luz no llega desde fuera para adornarlo: brota de su propia persona y revela quién es verdaderamente.3

Este misterio ayuda a comprender que en Cristo se encuentran sin separación la verdadera humanidad y la verdadera divinidad. Los discípulos ven el rostro conocido de Jesús iluminado por una gloria que supera cuanto podían imaginar. También nosotros estamos llamados a reconocer la presencia divina de Cristo en lo cotidiano: en su Palabra, en la Eucaristía, en la oración y en las personas que necesitan nuestro amor. La fe aprende a descubrir lo extraordinario de Dios dentro de la sencillez de cada día.4

Idea principal
Jesucristo manifiesta en la Transfiguración la gloria divina que posee desde siempre como Hijo eterno del Padre.

Orientación catequética y familiar
La familia puede aprender a contemplar a Cristo en las realidades sencillas de cada día y a reconocer su presencia en la oración, los sacramentos, el perdón y el servicio mutuo.

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3. El monte donde Dios habla

En la Biblia, el monte es el lugar del encuentro con Dios. En la cima del Sinaí, Moisés recibió la Ley; el profeta Elías descubrió la presencia del Señor en la brisa suave; y ahora Jesús conduce a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto para revelarles el misterio de su persona. La subida simboliza el camino interior del creyente: dejar por un momento el ruido, las preocupaciones y las prisas para abrir el corazón a la escucha de Dios.5

Sin embargo, el Evangelio enseña que nadie permanece siempre en la montaña. Después de contemplar la gloria de Cristo, los discípulos descienden con Él para continuar el camino hacia Jerusalén. La oración transforma la vida, pero no nos aleja del mundo; al contrario, nos prepara para vivir con mayor fe, esperanza y caridad allí donde Dios nos ha puesto. Quien escucha al Señor en el silencio aprende después a reconocer su voz en medio de la vida cotidiana.6

Idea principal
El monte representa el encuentro con Dios, la escucha de su Palabra y la preparación del corazón para la misión.

Orientación catequética y familiar
Reservar cada día un momento para la oración en familia ayuda a escuchar mejor al Señor y a afrontar con serenidad las responsabilidades, las dificultades y las alegrías de la vida.

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4. «Este es mi Hijo amado; escúchenlo»

En el momento culminante de la Transfiguración, una nube luminosa envuelve a Jesús y a los discípulos. Desde ella se escucha la voz del Padre, que confirma solemnemente la identidad de Cristo: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Estas palabras reúnen toda la historia de la salvación y muestran que Jesús es la revelación definitiva de Dios. Ya no basta con admirar sus milagros o recordar sus enseñanzas: el discípulo está llamado a escuchar su voz, acoger su Palabra y dejar que transforme toda su vida.7

La orden del Padre conserva hoy toda su fuerza. En medio de tantas voces que reclaman nuestra atención, el cristiano aprende a distinguir la de Jesucristo y a reconocer en ella el camino seguro hacia la felicidad. Escuchar al Señor significa confiar en Él, obedecer su Evangelio y dejar que ilumine nuestras decisiones, incluso cuando el camino resulte exigente. La verdadera fe comienza cuando la Palabra de Cristo deja de ser una simple enseñanza para convertirse en criterio de vida.8

Idea principal
El Padre revela a Jesucristo como su Hijo amado e invita a todos los hombres a escuchar su Palabra.

Orientación catequética y familiar
Escuchar juntos el Evangelio, comentarlo con sencillez y procurar vivirlo cada día convierte el hogar en una verdadera escuela de discípulos de Jesús.

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5. De la gloria a la misión

La experiencia de la Transfiguración no termina en la cima del monte. Después de contemplar la gloria del Señor, Jesús conduce nuevamente a sus discípulos por el camino que lleva a Jerusalén. Allí les esperan la Pasión, la Cruz y, finalmente, la Resurrección. La gloria contemplada fortalece la fe para afrontar la prueba; no evita el sufrimiento, sino que ayuda a comprender que el amor de Dios es más fuerte que el dolor y que toda fidelidad encuentra su plenitud en la vida eterna.9

También nosotros estamos llamados a bajar del monte llevando en el corazón la luz de Cristo. La oración, la Eucaristía y la escucha del Evangelio no nos apartan de nuestras responsabilidades, sino que nos preparan para vivirlas con esperanza. El discípulo que ha contemplado al Señor vuelve al mundo para servir, sembrando paz, alegría y confianza allí donde Dios lo ha enviado. Esa es la verdadera misión que nace de toda experiencia auténtica de encuentro con Cristo.10

Idea principal
La contemplación de la gloria de Cristo impulsa al cristiano a vivir con esperanza y a servir a los demás en la vida cotidiana.

Orientación catequética y familiar
La mejor manera de prolongar la Transfiguración en la vida diaria es llevar al hogar, al trabajo, a la escuela y a la parroquia la luz recibida en la oración, convirtiendo cada gesto de amor en un reflejo de Cristo.

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Parte II. Subimos al monte con Jesús

1. Jesús nos invita a subir con Él

Jesús llama a tres de sus discípulos para compartir con ellos un momento decisivo de su misión.

Todo comienza con una invitación. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y los conduce hacia un monte alto, lejos del ruido y de las ocupaciones habituales. No les explica lo que van a vivir ni les adelanta lo que sucederá en la cima. Simplemente les pide que lo acompañen. Como tantas veces ocurre en el Evangelio, el Señor no revela primero todas las respuestas; antes invita a caminar con Él. La fe empieza aceptando esa llamada confiada que abre el corazón a la acción de Dios.

También hoy Cristo continúa invitando a cada persona a subir con Él. Esa subida comienza cuando dedicamos un tiempo a la oración, participamos en la Eucaristía, escuchamos el Evangelio o buscamos sinceramente la voluntad del Padre. Ningún discípulo puede contemplar la gloria de Cristo permaneciendo inmóvil. El encuentro con el Señor exige ponerse en camino y dejar que Él marque el ritmo de nuestra vida. Solo quien acepta seguirlo descubrirá la luz que transforma el corazón.

Idea principal
Toda experiencia profunda de Dios comienza respondiendo con confianza a la llamada de Jesucristo.

Aplicación catequética
Ayudar a descubrir que seguir a Jesús supone reservar un tiempo para Él, escuchar su Palabra y confiar en que siempre conduce a un bien mayor, aunque todavía no comprendamos el camino.

Pregunta para dialogar
¿Qué cosas podrían ayudarnos esta semana a «subir con Jesús» y dedicar un momento de verdadero encuentro con Él?

Mientras los cuatro continúan ascendiendo, el paisaje se vuelve cada vez más silencioso. Los discípulos todavía no lo saben, pero dentro de unos instantes contemplarán algo que cambiará para siempre su manera de mirar a Jesús.

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2. Dejamos atrás el ruido para encontrarnos con Dios

El camino hacia Dios comienza dejando atrás el ruido para abrir el corazón al silencio y a la oración.

A medida que ascienden, el bullicio del valle va desapareciendo. Solo se escuchan el viento, los pasos sobre el sendero y la respiración de quienes caminan. Jesús prepara a sus discípulos sin pronunciar apenas una palabra. El silencio se convierte en un verdadero maestro, porque ayuda a descubrir aquello que tantas veces queda oculto entre las preocupaciones y las prisas. Dios no suele imponerse con estruendo; espera pacientemente a que el corazón encuentre un espacio donde pueda escuchar su voz.

También nuestras familias necesitan subir de vez en cuando a ese monte interior. No siempre será un lugar físico; muchas veces bastará con apagar el teléfono, cerrar la televisión, dejar a un lado las prisas y dedicar unos minutos a la oración compartida. Quien aprende a hacer silencio descubre que Dios nunca deja de hablar. En ese encuentro sencillo nace una paz que después acompaña el trabajo, el estudio, las dificultades y las alegrías de cada jornada.

Idea principal
El silencio prepara el corazón para reconocer la presencia de Dios y acoger su Palabra.

Aplicación catequética
Crear pequeños momentos de silencio en la vida familiar ayuda a descubrir que la oración no consiste solo en hablar con Dios, sino también en aprender a escucharlo.

Pregunta para dialogar
¿Qué ruidos o distracciones nos impiden escuchar mejor a Jesús y cómo podríamos reducirlos en nuestra vida diaria?

Cuando alcanzan la parte más alta del monte, los discípulos levantan la vista hacia Jesús. Todo parece igual que unos instantes antes, pero están a punto de contemplar un acontecimiento que ningún ser humano había presenciado hasta entonces.

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3. Contemplamos la gloria escondida de Cristo


Durante unos instantes, Jesús deja que sus discípulos contemplen la gloria divina que siempre habita en Él.

De pronto, todo cambia. Mientras Jesús permanece en oración, su rostro comienza a brillar y sus vestidos se vuelven de un blanco deslumbrante. No se trata de una luz que cae sobre Él, sino de una claridad que nace de su propia persona y revela el misterio que hasta entonces permanecía oculto. Junto a Él aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, mostrando que toda la historia de la salvación encuentra su cumplimiento en Cristo. Los discípulos contemplan la escena en silencio, conscientes de que están viviendo un momento que jamás podrán olvidar.

También nosotros estamos llamados a descubrir esa misma gloria, aunque de un modo distinto. Cada vez que escuchamos el Evangelio, participamos en la Eucaristía o dedicamos un tiempo a la oración, Cristo nos permite contemplar con los ojos de la fe la belleza de su presencia. La verdadera luz no deslumbra; transforma el corazón. Quien se deja iluminar por el Señor aprende poco a poco a mirar a las personas, los acontecimientos y la propia vida con los ojos de Dios.

Idea principal
La Transfiguración manifiesta que Jesucristo es el cumplimiento de toda la historia de la salvación y el verdadero Hijo de Dios.

Aplicación catequética
Enseñar a contemplar a Cristo con los ojos de la fe ayuda a descubrir que su luz sigue presente hoy en la Palabra, los sacramentos y la vida de la Iglesia.

Pregunta para dialogar
¿Cuándo has sentido alguna vez que Dios iluminaba tu corazón o te ayudaba a comprender algo importante de tu vida?

Mientras los discípulos siguen contemplando aquella luz indescriptible, una emoción inmensa invade el corazón de Pedro. Desea que aquel momento no termine nunca y, movido por el entusiasmo, toma la palabra.

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4. Escuchamos la voz del Padre

La voz del Padre revela que Jesús es su Hijo amado e invita a todos los discípulos a escucharlo.

Pedro, lleno de alegría, desea que aquel momento no termine nunca y propone levantar tres tiendas para permanecer allí junto a Jesús, Moisés y Elías. Mientras todavía está hablando, una nube luminosa cubre a todos con su sombra y hace comprender a los discípulos que el verdadero centro de la escena no es el entusiasmo humano, sino la iniciativa de Dios. Entonces se escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Con estas palabras desaparecen todas las dudas: Jesús es el Mesías esperado, el Hijo eterno del Padre y la Palabra definitiva que Dios dirige a la humanidad.11

La voz del Padre sigue resonando hoy en la Iglesia cada vez que se proclama el Evangelio. Escuchar a Cristo no consiste únicamente en conocer sus enseñanzas, sino en dejar que orienten nuestras decisiones, nuestros afectos y nuestra manera de vivir. El discípulo madura cuando aprende a escuchar antes de hablar, a acoger antes de juzgar y a confiar antes de comprenderlo todo. Así, la Palabra del Señor se convierte en la luz que guía el camino de cada día.12

Idea principal
El Padre presenta solemnemente a Jesucristo como su Hijo amado y pide a todos los hombres que escuchen su Palabra.

Aplicación catequética
Aprender a escuchar el Evangelio con atención y ponerlo en práctica es el camino más seguro para crecer en la amistad con Jesucristo.

Pregunta para dialogar
¿Qué podemos hacer en nuestra familia para escuchar con más atención la voz de Jesús y vivir lo que nos enseña?

Ante aquella presencia tan grande, los tres discípulos quedan profundamente sobrecogidos. La alegría deja paso al temor reverente y, sin poder sostener la mirada, caen rostro en tierra.

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5. Perdemos el miedo

Jesús transforma el temor de los discípulos en confianza y los anima a levantarse para continuar el camino.

La manifestación de la gloria de Dios llena de asombro a los tres discípulos. Comprenden que están ante un misterio que supera toda experiencia humana y caen rostro en tierra, sobrecogidos por un santo temor. Entonces sucede uno de los gestos más delicados de todo el Evangelio: Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Antes de enseñarles una nueva lección, el Señor les ofrece su cercanía. La gloria divina no aplasta al hombre; al contrario, lo levanta y le devuelve la paz.13

También nosotros experimentamos muchas veces el miedo: miedo al fracaso, al sufrimiento, a la enfermedad, al futuro o a reconocer nuestras propias debilidades. Cristo responde hoy del mismo modo que en el monte: se acerca, nos toca mediante su gracia y nos invita a confiar. La fe no elimina todas las dificultades, pero cambia la manera de afrontarlas, porque quien camina con Jesús sabe que nunca está solo y que el amor de Dios siempre tiene la última palabra.14

Idea principal
El encuentro con Jesucristo no conduce al miedo, sino a la confianza que nace de sentirse amado por Dios.

Aplicación catequética
Educar en la fe significa ayudar a descubrir que Jesús siempre se acerca para sostenernos, especialmente cuando atravesamos momentos de dificultad o incertidumbre.

Pregunta para dialogar
¿Cuáles son nuestros miedos y cómo podemos ponerlos en las manos de Jesús con mayor confianza?

Los discípulos levantan la cabeza. La visión ha desaparecido. Ya solo está Jesús junto a ellos. Comienza entonces el descenso del monte, donde deberán aprender a vivir cada día aquello que han contemplado durante unos instantes.

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6. Bajamos del monte para seguir a Cristo en la vida cotidiana

La experiencia de la Transfiguración continúa cuando el discípulo vuelve a la vida diaria siguiendo los pasos de Cristo.

El camino de la Transfiguración termina donde comienza la misión. Jesús desciende del monte con sus discípulos y les pide que, por el momento, no cuenten a nadie lo que han visto hasta después de su Resurrección. La experiencia recibida deberá madurar en el silencio y comprenderse plenamente a la luz de la Cruz. La contemplación prepara para el compromiso. Quien ha descubierto la gloria de Cristo ya no puede vivir igual, porque sabe que incluso los momentos más difíciles están iluminados por la esperanza de la vida nueva.15

También nosotros descendemos del monte cada vez que termina la oración, la Eucaristía o un retiro espiritual. Allí comienza el verdadero testimonio. La luz recibida debe reflejarse en la vida cotidiana: en la paciencia con la familia, en el trabajo bien hecho, en el perdón ofrecido, en la ayuda a quien sufre y en la alegría de sabernos hijos de Dios. La Transfiguración no nos invita a huir del mundo, sino a volver a él con un corazón transformado para que otros puedan descubrir, a través de nosotros, el rostro luminoso de Cristo.16

Idea principal
La experiencia del encuentro con Cristo culmina cuando el discípulo vuelve a la vida diaria dispuesto a vivir el Evangelio.

Aplicación catequética
Cada oración, cada Eucaristía y cada encuentro con el Señor deben traducirse en pequeños gestos de amor, servicio y esperanza que hagan presente a Cristo en el hogar, la escuela, el trabajo y la parroquia.

Pregunta para dialogar
¿Qué gesto concreto podemos realizar esta semana para que quienes viven con nosotros descubran un poco mejor la luz de Cristo?

La subida al monte ha terminado, pero el camino del discípulo continúa cada día. La misma voz que resonó en la nube sigue invitándonos hoy a escuchar a Jesús, confiar en Él y caminar tras sus pasos hasta alcanzar la gloria que el Padre tiene preparada para todos sus hijos.

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Parte III. Vivimos la Transfiguración

Presentación de las actividades

La Transfiguración no es solamente un acontecimiento que contemplamos con admiración, sino un misterio que transforma la vida de quienes se dejan conducir por Jesucristo. Después de escuchar la Palabra, recorrer el camino del monte y descubrir la gloria del Señor, llega el momento de responder personalmente. Las siguientes actividades pretenden ayudar a que esta catequesis no termine al cerrar estas páginas, sino que continúe en la vida familiar, en la parroquia, en la escuela y en cada decisión cotidiana.

No es necesario realizar todas las propuestas en una sola sesión. Cada familia, grupo o catequista podrá elegir aquellas que mejor respondan a su realidad. Lo importante no es completar una tarea, sino permitir que el Evangelio ilumine la inteligencia, fortalezca la fe y anime a vivir con mayor fidelidad la llamada del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo».

Idea principal
Las actividades ayudan a convertir la contemplación del misterio en una experiencia concreta de crecimiento cristiano.

Orientación catequética
Cada actividad debe favorecer el diálogo, la participación y el compromiso, evitando que la catequesis se reduzca a una explicación teórica.

1. Actividad personal: descubrir la divinidad de Jesucristo

Objetivo

Ayudar a reconocer que Jesucristo no es únicamente un gran maestro o un personaje extraordinario de la historia, sino el verdadero Hijo de Dios hecho hombre.

Entrega a cada participante una hoja con una imagen de Cristo o invítalo a contemplar durante unos minutos un crucifijo o un icono del Señor. Después, proponle que escriba dos listas. En la primera anotará todo aquello que el Evangelio muestra sobre la humanidad de Jesús: sus gestos, sus palabras, sus sentimientos y su cercanía a las personas. En la segunda recogerá los signos que manifiestan su divinidad: los milagros, el perdón de los pecados, la Transfiguración, la Resurrección y las afirmaciones del Padre.

Una vez terminada la reflexión, cada participante redactará una breve respuesta personal a esta pregunta: «¿Quién es Jesucristo para mí?». No se trata de copiar una definición aprendida, sino de expresar con sencillez cómo ha ido creciendo su fe al contemplar la Transfiguración y qué significa creer que Jesús es verdaderamente el Hijo amado del Padre.

Material necesario
Biblia, una imagen de Jesucristo o un crucifijo, papel y bolígrafo.

Compromiso
Durante esta semana dedicaré unos minutos cada día a contemplar a Jesucristo y terminaré la oración repitiendo con fe: «Señor, creo que Tú eres el Hijo amado del Padre».

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2. Actividad en familia: llevar la luz de Cristo al hogar‍‍‍

Objetivo

Descubrir que la luz contemplada en la Transfiguración debe reflejarse en la convivencia diaria mediante pequeños gestos de amor, alegría, servicio y reconciliación.

Reúnanse todos los miembros de la familia alrededor de una vela encendida o de un cirio, colocado en un lugar visible. Después de leer juntos la frase del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo», cada persona dirá una acción concreta de otro miembro de la familia por la que da gracias a Dios. No se trata de elogiar grandes éxitos, sino de descubrir la presencia del Señor en los pequeños gestos cotidianos: una ayuda recibida, una palabra amable, una muestra de paciencia, un perdón ofrecido o un servicio realizado con alegría.

A continuación, cada uno elegirá un pequeño compromiso para hacer más luminosa la vida del hogar durante la semana. Puede ser colaborar espontáneamente en una tarea doméstica, dedicar más tiempo al diálogo, rezar juntos cada noche o esforzarse por evitar discusiones innecesarias. Al terminar, todos rezarán un Padrenuestro dando gracias porque Cristo continúa iluminando la vida de la familia y pidiendo la gracia de reflejar esa misma luz en el trato diario.

Material necesario
Una vela o un cirio, una Biblia y una hoja para anotar el compromiso familiar de la semana.

Compromiso
Elegiremos un gesto concreto que ayude a que nuestro hogar sea un reflejo de la luz de Cristo y revisaremos juntos al final de la semana cómo hemos vivido ese propósito.

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3. Actividad para la catequesis o el grupo: el secreto revelado del Señor

Objetivo

Comprender por qué Jesús pidió a sus discípulos que no hablaran de la Transfiguración hasta después de su Resurrección y descubrir que hoy ese «secreto» se ha convertido en una misión para toda la Iglesia.

El catequista comenzará preguntando al grupo qué cosas importantes han guardado alguna vez en secreto y por qué lo hicieron. Después leerá el mandato de Jesús al bajar del monte: «No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.» Se abrirá un diálogo para descubrir que los discípulos todavía no podían comprender plenamente el significado de la Transfiguración mientras no contemplaran la Cruz y la Resurrección. Solo entonces aquel misterio podría anunciarse con toda su fuerza al mundo entero.

A continuación, el grupo preparará un pequeño mural dividido en dos columnas. En la primera escribirán aquello que los discípulos aún no comprendían antes de Pascua; en la segunda, lo que la Resurrección les permitió entender definitivamente sobre Jesucristo. Finalmente, cada participante escribirá en una tarjeta una forma concreta de anunciar hoy la alegría del Evangelio en su colegio, su familia, sus amigos o su parroquia. El catequista concluirá recordando que el antiguo secreto del monte ya no debe ocultarse: ahora la Iglesia está llamada a proclamarlo con alegría y valentía.

Material necesario
Biblia, cartulina grande, tarjetas, rotuladores y cinta adhesiva.

Compromiso
Durante esta semana compartiré con una persona una enseñanza o una experiencia que me ayude a dar testimonio de Jesucristo con naturalidad y alegría.

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4. Actividad de oración y compromiso: «Escúchenlo»

Objetivo

Acoger personalmente el mensaje central de la Transfiguración y convertir la escucha de Jesucristo en un compromiso concreto para la vida diaria.

Se colocará una Biblia abierta en un lugar destacado y, junto a ella, una vela encendida como recuerdo de la luz de Cristo. Después de unos momentos de silencio, el catequista o uno de los participantes proclamará lentamente las palabras del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo.» La frase se repetirá varias veces, dejando entre una y otra un breve espacio de silencio para que cada persona la haga suya y la lleve al corazón. No se trata de escuchar únicamente con los oídos, sino de disponerse interiormente a dejar que Cristo oriente la propia vida.

A continuación, cada participante escribirá en una tarjeta una decisión concreta que le ayude a escuchar mejor a Jesús durante la próxima semana. Puede consistir en dedicar unos minutos diarios a la oración, leer un pasaje del Evangelio, reconciliarse con alguien, participar con más atención en la Eucaristía o realizar un servicio oculto por amor a Dios. Después, todos depositarán su tarjeta junto a la Biblia y terminarán rezando juntos el Padrenuestro, pidiendo la gracia de permanecer siempre atentos a la voz del Señor.

Material necesario
Biblia, una vela o cirio, tarjetas pequeñas, bolígrafos y un espacio adecuado para la oración en silencio.

Compromiso
Durante esta semana comenzaré cada jornada recordando las palabras del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo», procurando que una decisión concreta de ese día nazca de la escucha del Evangelio.

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Parte IV. Lectio divina

Mateo 17,1-9

La Lectio divina es un encuentro con Jesucristo vivo por medio de su Palabra. No consiste únicamente en leer un texto bíblico, sino en disponerse interiormente para escuchar la voz del Señor, dejar que ilumine el corazón y responder con una vida renovada. Antes de comenzar, conviene buscar un lugar tranquilo, apagar aquello que pueda distraernos y pedir al Espíritu Santo la gracia de comprender el Evangelio con la inteligencia, el corazón y la vida.

La Transfiguración nos conduce al monte donde los discípulos contemplan la gloria de Cristo. También nosotros somos invitados a subir espiritualmente con Pedro, Santiago y Juan. No buscamos una emoción pasajera ni una experiencia extraordinaria, sino permanecer junto a Jesús para escuchar al Padre y dejar que su luz transforme silenciosamente nuestra existencia.

Texto del Evangelio

Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Mateo 17, 1-9

Lectio

Lee el Evangelio despacio, sin prisas. Si es posible, haz una segunda lectura todavía más pausada. Observa cada detalle: el camino hacia el monte, el silencio, la oración de Jesús, la luz que brota de su rostro, la presencia de Moisés y Elías, la nube luminosa y la voz del Padre. No intentes comprenderlo todo inmediatamente; deja que sea el propio Evangelio quien marque el ritmo de tu contemplación.

Detente especialmente en aquellas palabras o escenas que más llamen tu atención. Pregúntate qué dicen realmente y por qué el Espíritu Santo ha querido conservarlas para la Iglesia. Escucha el relato como si fueras uno de los tres discípulos que acompañan a Jesús y deja que el silencio complete aquello que las palabras no alcanzan a expresar.

Meditatio

El Padre no invita primero a actuar, sino a escuchar. Toda la Transfiguración converge en esa única frase: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Antes de cambiar el mundo, antes incluso de comprender el misterio de la Cruz, los discípulos deben aprender a permanecer junto a Jesús y dejar que su Palabra modele lentamente su corazón. La verdadera transformación comienza siempre por la escucha.

Pregúntate con sencillez: ¿qué voces ocupan hoy mi corazón? ¿Qué lugar ocupa realmente el Evangelio en mis decisiones? ¿Subo alguna vez al monte de la oración o vivo constantemente rodeado de ruido? Contemplar la gloria de Cristo significa aprender a mirar toda la realidad desde Él, hasta descubrir que incluso los caminos más difíciles pueden iluminarse con la esperanza de la Resurrección.

Oratio

Habla ahora con Jesús con toda confianza. Dale gracias porque ha querido mostrar a sus discípulos la luz de su divinidad y porque continúa manifestándose hoy en la Iglesia, en la Eucaristía y en su Palabra. Pídele que fortalezca tu fe cuando aparezcan el cansancio, el sufrimiento o la duda.

Pide también la gracia de escuchar siempre la voz del Padre, de reconocer a Cristo como centro de tu vida y de no buscar únicamente momentos extraordinarios de consuelo espiritual, sino la fidelidad sencilla de cada día. Pon delante del Señor tu familia, tu parroquia, tus amigos y todas las personas que necesitan descubrir la luz del Evangelio.

Contemplatio

Permanece unos minutos en silencio. No intentes añadir nuevas palabras. Imagina que estás junto a Pedro, Santiago y Juan mientras contemplas a Cristo transfigurado. Deja que su mirada repose sobre ti. Escucha nuevamente la voz del Padre y recibe en el corazón esa invitación que atraviesa los siglos: «Escúchenlo».

Cuando el silencio se haga profundo, contempla cómo Jesús se acerca también a ti, te toca con la misma ternura con que levantó a sus discípulos y repite: «Levántate. No tengas miedo». Permanece unos instantes acogiendo esa paz sin necesidad de decir nada más.

Actio

La contemplación termina siempre convirtiéndose en misión. Igual que los discípulos descendieron del monte para seguir acompañando a Jesús, también tú estás llamado a regresar a la vida cotidiana llevando contigo la luz recibida en la oración. El verdadero fruto de la Lectio divina se reconoce cuando el Evangelio comienza a hacerse visible en las palabras, en las decisiones y en la manera de amar.

Elige un compromiso sencillo para esta semana. Puede consistir en dedicar diariamente unos minutos a la oración silenciosa, leer cada día un breve pasaje del Evangelio, reconciliarte con alguien, participar con mayor atención en la Eucaristía o realizar un acto de caridad oculto. Al descender del monte, recuerda siempre que la luz de Cristo no se guarda para uno mismo: se refleja en la vida de quienes han aprendido a escucharlo.

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Parte V. Oraciones

1. Oración antes de la lectura del Evangelio

Toda escucha de la Palabra comienza pidiendo al Espíritu Santo un corazón disponible para acoger a Jesucristo y dejarse transformar por Él.

Señor Jesucristo,
abre mi inteligencia para comprender tu Palabra,
abre mi corazón para acogerla con fe,
abre mi voluntad para ponerla en práctica,
y haz que, escuchándote cada día,
camine siempre hacia Ti.

Amén.

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2. Oración colecta de la fiesta de la Transfiguración del Señor

La liturgia de la Iglesia nos invita a pedir que la contemplación de Cristo glorioso fortalezca nuestra esperanza y nos conduzca a participar un día de su misma gloria.

«Oh, Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los que lo precedieron, y prefiguraste maravillosamente la perfecta adopción de los hijos, concede a tus siervos que, escuchando la voz de tu Hijo amado, merezcamos ser sus coherederos. Por nuestro Señor Jesucristo». 


Oración colecta oficial de la fiesta de la Transfiguración del Señor, tomada del Misal Romano.

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3. Oración final en familia

Después de recorrer esta catequesis, la familia pide al Señor que la luz contemplada en el monte permanezca viva en el hogar y acompañe cada jornada.

Cristo, Luz de nuestro andar,
quédate siempre con nosotros;
enséñanos a escuchar
la voz del Padre amoroso.

Y al bajar de nuestro monte,
danos fuerza para amar;
que quien vea nuestra vida
te pueda también encontrar.

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Conclusión

La Transfiguración del Señor nos recuerda que la vida cristiana es un camino de esperanza. Igual que Pedro, Santiago y Juan, también nosotros somos invitados a subir al monte para encontrarnos con Jesucristo, escuchar la voz del Padre y dejarnos transformar por la luz de su presencia. Esa experiencia fortalece la fe y nos prepara para afrontar con serenidad las dificultades del camino, sabiendo que la Cruz nunca tiene la última palabra.

Pero el Evangelio no termina en la cima del monte. Después de contemplar la gloria de Cristo, llega el momento de descender y vivir como verdaderos discípulos en la familia, el trabajo, la escuela, la parroquia y en cada encuentro con los demás. Quien ha aprendido a escuchar al Hijo descubre que la santidad comienza en las pequeñas acciones de cada día. Allí, en la sencillez de la vida cotidiana, continúa brillando la misma luz que un día iluminó el rostro del Señor.

Idea principal
La Transfiguración nos prepara para vivir con esperanza el camino de cada día siguiendo a Jesucristo.

Compromiso final
Escuchar cada día la Palabra de Dios y procurar que la luz de Cristo se refleje en nuestra manera de pensar, hablar, trabajar y amar.

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Otras fuentes en Catequesis en Familia

Si deseas seguir profundizando en el misterio de la Transfiguración del Señor, puedes completar esta catequesis con los siguientes recursos publicados en Catequesis en Familia. Todos ellos desarrollan aspectos complementarios del mismo acontecimiento desde la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia y la oración.

La Transfiguración del Señor
Artículo base que desarrolla el significado espiritual y catequético de esta fiesta.

Evangelio del día: La Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo (Mateo 17,1-9)
Texto del Evangelio, comentario del papa Francisco, oración y propuesta de vida cristiana.

Evangelio del día: Fiesta de la Transfiguración del Señor (Lucas 9,28b-36)
Comentario catequético, segunda lectura de 2 Pedro y meditación para la oración personal.

Evangelio del día: La subida a la montaña
Meditaciones de Benedicto XVI y del papa Francisco sobre el sentido espiritual del monte, la oración y la escucha de Dios.

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Fuentess y bibliografía

La selección bibliográfica reúne las fuentes empleadas para la elaboración doctrinal, bíblica, litúrgica y catequética del documento. En los recursos disponibles en internet, el título de la obra o del documento funciona como hipervínculo y conduce directamente a la fuente citada.

Sagrada Escritura

Conferencia Episcopal Española. Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española: Evangelio según san Mateo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2010.

Conferencia Episcopal Española. Transfiguración del Señor: Marcos 9,2-10. Madrid: Conferencia Episcopal Española.

Conferencia Episcopal Española. Transfiguración del Señor: Lucas 9,28b-36. Madrid: Conferencia Episcopal Española.

Conferencia Episcopal Española. Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2010.

Catecismo y Magisterio

Iglesia Católica. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 554-556: «Una visión anticipada del Reino: la Transfiguración». Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1997.

Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2005, n. 110.

Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación. 18 de noviembre de 1965.

Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia. 21 de noviembre de 1964.

Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia. 4 de diciembre de 1963.

Magisterio pontificio sobre la Transfiguración

Juan Pablo II. La gloria de la Trinidad en la Transfiguración. Audiencia general, 26 de abril de 2000.

Juan Pablo II. Fiesta de la Transfiguración del Señor y aniversario de la muerte de Pablo VI. 6 de agosto de 1999.

Juan Pablo II. Antes de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2000.

Juan Pablo II. Palabras al inicio de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2002.

Benedicto XVI. Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2006.

Benedicto XVI. Ángelus del segundo domingo de Cuaresma. 24 de febrero de 2013.

Francisco. Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2017.

Francisco. Ángelus del segundo domingo de Cuaresma. 13 de marzo de 2022.

Francisco. Ángelus del segundo domingo de Cuaresma. 5 de marzo de 2023.

Liturgia

Conferencia Episcopal Española. Misal Romano. 3.ª edición oficial en lengua española. Madrid: Libros Litúrgicos, 2017. Misa del 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.

Conferencia Episcopal Española. Liturgia de las Horas según el rito romano. Vol. III. 2.ª edición oficial. Madrid: Libros Litúrgicos, 2021. Oficio del 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.

Transparencia y agradecimiento
Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con el apoyo de ChatGPT. El contenido doctrinal se ha fundamentado en las fuentes bíblicas, litúrgicas y magisteriales citadas.

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Notas

1. Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia. Evangelio según san Mateo, 17,1-9.

2. Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 554-556.

3. Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica, n. 554; Benedicto XVI, Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2006.

4. Juan Pablo II, Palabras al inicio de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2002.

5. Cf. Ex 24,12-18; 1 Re 19,8-13; Mt 17,1-5. La montaña aparece en estos pasajes como lugar de revelación, alianza, escucha y encuentro con Dios.

6. Francisco, Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2017.

7. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación, nn. 2 y 4.

8. Francisco, Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, 5 de marzo de 2023.

9. Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 555-556.

10. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, nn. 39-42.

11. Juan Pablo II, La gloria de la Trinidad en la Transfiguración, audiencia general, 26 de abril de 2000.

12. Benedicto XVI, Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, 24 de febrero de 2013.

13. Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia. Evangelio según san Mateo, 17,6-8.

14. Francisco, Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, 13 de marzo de 2022.

15. Juan Pablo II, Fiesta de la Transfiguración del Señor y aniversario de la muerte de Pablo VI, 6 de agosto de 1999.

16. Juan Pablo II, Antes de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2000.

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Autor: Guillermo Mirecki

Evangelio del día: La Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo

Evangelio del día: La Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo

Escuchad a Jesús

Mateo 17, 1-9 · Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo

Dios nos invita en la montaña a escuchar a Jesús. Como discípulos de Cristo, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y toman en serio sus palabras.

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».

Evangelio

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

«Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube:

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo:

«Levántense, no tengan miedo».

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:

«No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro de Daniel, Dan 7, 9-10.13-14
Salmo Sal 97 (96), 1-2.5-6.9

Oración introductoria

Señor, creo, estoy auténticamente convencido de que hoy me invitas a compartir en mi oración la experiencia que vivieron Pedro, Santiago y Juan.

Dame tu luz para saber apartar toda distracción y poder contemplarte, conocerte y amarte más.

Petición

Señor, que siempre escuche tu voz en mi corazón.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio nos presenta el acontecimiento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, el domingo pasado; la segunda, la Transfiguración.

Jesús «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto» (Mt 17, 1).

La montaña en la Biblia representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el sitio de la oración, para estar en presencia del Señor.

Allí arriba, en el monte, Jesús se muestra a los tres discípulos transfigurado, luminoso, bellísimo; y luego aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él.

Su rostro estaba tan resplandeciente y sus vestiduras tan cándidas, que Pedro quedó iluminado, en tal medida que quería permanecer allí, casi deteniendo ese momento.

Inmediatamente resuena desde lo alto la voz del Padre, que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo:

«Escuchadlo» (Mt 17, 5).

¡Esta palabra es importante! Nuestro Padre dijo a los apóstoles, y también a nosotros: «Escuchad a Jesús, porque es mi Hijo predilecto».

Mantengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón: «Escuchad a Jesús».

Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos: a mí, a vosotros, a todos. Es como una ayuda para seguir adelante por el camino de la Cuaresma. «Escuchad a Jesús». No lo olvidéis.

Escuchar la voz de Jesús

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y toman en serio sus palabras.

Para escuchar a Jesús es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio que lo seguían por los caminos de Palestina.

Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante. Proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre, a lo largo de los caminos, recorriendo trayectos no siempre previsibles y a veces poco libres de obstáculos.

Seguir a Jesús para escucharle. Pero también escuchamos a Jesús en su Palabra escrita, en el Evangelio.

Os hago una pregunta: ¿vosotros leéis todos los días un pasaje del Evangelio? Sí, no… Sí, no… Mitad y mitad… Algunos sí y algunos no. Pero es importante.

¿Vosotros leéis el Evangelio? Es algo bueno; es una cosa buena tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros, en el bolsillo, en el bolso, y leer un breve pasaje en cualquier momento del día.

En cualquier momento del día tomo del bolsillo el Evangelio y leo algo, un breve pasaje. Es Jesús quien nos habla allí, en el Evangelio.

Pensad en esto. No es difícil, ni tampoco es necesario que sean los cuatro: uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros. Siempre el Evangelio con nosotros, porque es la Palabra de Jesús para poder escucharle.

Subida y descenso

De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso.

Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración.

Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual.

A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida.

Y esto es curioso. Cuando oímos la Palabra de Jesús, escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa Palabra crece.

¿Sabéis cómo crece? ¡Donándola al otro! La Palabra de Cristo crece en nosotros cuando la proclamamos, cuando la damos a los demás.

Y esta es la vida cristiana. Es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para todos nosotros: escuchar a Jesús y donarlo a los demás.

No lo olvidéis: esta semana, escuchad a Jesús. Y pensad en esta cuestión del Evangelio: ¿lo haréis? ¿Haréis esto?

Luego, el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto: llevar un pequeño Evangelio en el bolsillo o en el bolso para leer un breve pasaje durante el día.

Santo Padre Francisco

Ángelus del domingo, 16 de marzo de 2014

El camino de la Transfiguración

Momento Enseñanza para nuestra vida
Subir al monte Apartarse por un momento del ruido para encontrarse con Dios en la oración.
Contemplar a Jesús Reconocer en Cristo al Hijo amado del Padre y dejarse iluminar por su presencia.
Escuchar su voz Acoger seriamente el Evangelio y permitir que oriente nuestras decisiones.
Levantarse sin miedo Dejar que la cercanía de Jesús venza nuestros temores y fortalezca nuestra fe.
Bajar a la llanura Regresar a la vida cotidiana para servir y compartir con los demás la gracia recibida.
Caminar hacia la Pascua Comprender que la gloria de Cristo no se separa del camino de la cruz y de la Resurrección.

Para examinar la vida

¿Busco momentos de silencio para escuchar verdaderamente a Jesús? ¿Leo el Evangelio con regularidad? ¿La oración me ayuda a regresar a mis tareas con mayor caridad, paciencia y disponibilidad para servir?

Escuchar para vivir

Escuchar a Jesús no consiste únicamente en oír sus palabras. Significa acogerlas, meditarlas y permitir que transformen nuestras decisiones. La verdadera contemplación conduce siempre a una vida más fiel y a un servicio más generoso.

Propósito

Dedicar quince minutos adicionales a esta meditación para gustar más de la contemplación de Cristo en el monte de la oración.

Diálogo con Cristo

Señor, sólo Tú eres la respuesta a todos mis anhelos y aspiraciones.

Concédeme saber escucharte siempre para poder discernir el bien y el mal y, con tu gracia, adherirme a tu voluntad.

Gracias por recordarme que nunca debo temer, porque Tú siempre estás conmigo, llenando mi vida de dones que, tristemente, en ocasiones dejo pasar.

Ayúdame a bajar del monte de la oración dispuesto a llevar tu luz, tu consuelo y tu esperanza a quienes encuentre en mi camino.

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Sube al monte para escuchar a Jesús y baja de él para llevar su luz a los demás.

Para seguir profundizando

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