Evangelio del día: La semilla que crece

Evangelio del día: La semilla que crece

Marcos 4, 26-34. Viernes de la 3.ª semana del Tiempo Ordinario. Todo cristiano sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles.

Y decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha». También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra». Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Carta a los Hebreos, Heb 10, 32-39

Salmo: Sal 37(36), 3-6.23-24.39-40

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, guía esta oración para que se convierta en esa semilla que fructifique en obras buenas. Creo, espero y te amo, haz que mi fe crezca, mi esperanza se fortalezca y mi caridad se multiplique.

Petición

Señor multiplica, para bien de la Iglesia y el triunfo de tu Reino, los frutos de mi apostolado.

Meditación del Santo Padre Francisco

Liberarse del peligro de ser cristianos «demasiado seguros», de perder el «sentido del pecado», seducidos por «una visión antropológica superpotente» y mundana capaz de impulsar al hombre a considerar que puede hacer todo por sí mismo. Esta es la exhortación que el Papa Francisco hizo durante la misa del viernes 31 de enero, refiriéndose al episodio bíblico de la tentación de David, quien, enamorado de Betsabé, esposa de su fiel soldado Urías, la tomó consigo y mandó a su marido a combatir, provocándole la muerte. La pérdida del sentido del pecado, dijo el Pontífice, es signo de cómo disminuye el significado del reino de Dios. Hace olvidar que la salvación viene de él «y no de la astucia» de los hombres.

Partiendo de la liturgia del día, el Papa centró su homilía en el reino de Dios. El pasaje de Marcos (4, 26-34), dijo el Pontífice, «nos habla del reino de Dios», de cómo crece. En realidad, se lee en el Evangelio, «ni siquiera el sembrador sabe» cómo sucede esto. Pero en otro pasaje, explicó, Jesús dice que es precisamente Dios quien hace crecer su reino en nosotros. «Y este crecimiento —precisó— es un don de Dios que debemos pedir». Y lo pedimos cada día cuando rezamos «el Padrenuestro: venga tu reino». Es una invocación, observó, que «quiere decir: que crezca tu reino dentro de nosotros, en la sociedad. Que crezca el reino de Dios».

Pero «así como el reino de Dios crece —advirtió—, así también puede disminuir». Y «de esto nos habla la primera lectura», tomada del segundo libro de Samuel (11, 1-4a. 5-10a. 13-17), que narra la tentación de David. Para explicar el pasaje, el Papa Francisco se remitió a las lecturas del día anterior, en particular a la «hermosa oración de David al Señor: la oración por su pueblo». «El rey reza por su pueblo, es la oración de un santo». Pero al año siguiente, destacó, «sucedió lo que acabamos de escuchar» en el segundo libro de Samuel: precisamente la tentación de David. Y esto fue lo que alteró a un reino que, a fin de cuentas, era tranquilo a pesar de pequeñas guerras por el control de los confines. También «David estaba tranquilo», llevaba «una vida normal». Pero un día, «después del almuerzo, durmió la siesta, se levantó, dio un paseo y se le presentó una tentación. Y David cayó en tentación» al ver a Betsabé, la esposa de Urías.

«A todos nosotros —comentó el Papa— nos puede suceder lo mismo», porque «todos somos pecadores y todos somos tentados. Y la tentación es el pan nuestro de cada día». Hasta tal punto que, observó, «si alguno de nosotros dijera: jamás he tenido tentaciones», la respuesta justa sería: «o eres un ángel o eres un tonto». En efecto, «es normal la lucha en la vida: el diablo no está tranquilo, y quiere su victoria».

En realidad, «el problema más grave de este pasaje —precisó— no es tanto la tentación o el pecado contra el noveno mandamiento, sino más bien cómo actuó David». En efecto, en aquella circunstancia perdió la conciencia del pecado y habló sencillamente de «un problema» por resolver. Y su actitud «era un signo», porque «cuando el reino de Dios disminuye, uno de los signos es la pérdida del sentido del pecado». David, explicó el Papa, cometió «un grave pecado» y, sin embargo, «no lo sintió» como tal. Para él era sólo un «problema». Por eso, «no pensó en pedir perdón». Solo se preocupó por resolver un problema —después de su relación con Betsabé, la mujer quedó embarazada—, y se preguntó: «¿Cómo hago para cubrir el adulterio?».

Así, elaboró una estrategia y la aplicó de modo tal que indujo a Urías a pensar que el hijo que esperaba su mujer era efectivamente suyo. Urías, explicó el Pontífice, «era un buen israelita, pensaba en sus compañeros y no quería festejar mientras el ejército de Israel luchaba». Pero David, tras inútilmente intentar convencerlo «con un banquete, con vino», como «hombre resuelto, hombre de gobierno, tomó una decisión»: escribió una carta a Joab, el capitán del ejército, ordenándole que mandara a Urías al lugar más reñido de la batalla, para que muriera. «Y así sucedió. Urías pereció. Y pereció porque lo pusieron precisamente allí para que muriera»: se trató de «un homicidio».

Sin embargo, «cuando el rey David supo cómo había terminado la historia, permaneció tranquilo y continuó su vida». ¿La razón? David «había perdido el sentido del pecado, y en aquel momento el reino de Dios comenzaba a disminuir» en su horizonte. Lo demuestra el hecho de que David no «hizo referencia a Dios», no dijo: «Señor, mira qué hice: ¿cómo hacemos?». En él, en cambio, predominó «esta visión antropológica superpotente: ¡yo puedo hacer todo!». Es la actitud de la «mundanidad».

El Pontífice dijo que lo mismo «puede sucedernos a nosotros cuando perdemos el sentido del reino de Dios y, en consecuencia, el sentido del pecado». Al respecto, recordó las palabras de Pío XII: «en la pérdida del sentido del pecado consiste el mal de esta civilización: se puede todo, resolvemos todo. La potencia del hombre en lugar de la gloria de Dios».

Este modo de pensar, afirmó el Papa, «es el pan de cada día». De ahí nuestra «oración de todos los días a Dios: venga tu reino, crezca tu reino». Porque «la salvación no vendrá de nuestra habilidad, de nuestra astucia, de nuestra inteligencia en hacer negocios». No, «la salvación vendrá por la gracia de Dios y del ejercicio diario que hacemos de esta gracia», es decir, «la vida cristiana».

El Papa Francisco enumeró luego «los numerosos personajes» nombrados en el pasaje bíblico: David, Betsabé, Joab, pero también a «los cortesanos», que estaban alrededor de David y «sabían todo: un verdadero escándalo, pero no se escandalizaban», porque también ellos habían «perdido el sentido del pecado». Y estaba «el pobre Urías, quien pagó la cuenta del banquete».

Precisamente la figura de Urías suscitó la reflexión conclusiva del Santo Padre: «Os confieso que cuando veo estas injusticias, esta soberbia humana», o «cuando advierto el peligro, que yo mismo» puedo correr «de perder el sentido del pecado —admitió—, creo que hace bien pensar en los numerosos Urías de la historia, en los numerosos Urías que también hoy sufren nuestra mediocridad cristiana». Una mediocridad cristiana que predomina cuando «perdemos el sentido del pecado y dejamos que el reino de Dios caiga».

Las personas como Urías, dijo, «son los mártires no reconocidos de nuestros pecados». Así, añadió el Papa, «nos hará bien hoy rezar por nosotros, para que el Señor nos dé siempre la gracia de no perder el sentido del pecado y para que el reino no disminuya en nosotros». Y concluyó invitando «también a llevar una flor espiritual a la tumba de esos Urías contemporáneos que pagan la cuenta del banquete de los seguros, de los cristianos que se sienten seguros y que, sin querer o queriendo, matan al prójimo».

Santo Padre Francisco: Los mártires de nuestros pecados

Meditación del viernes, 31 de enero de 2014

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos propone dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34). A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

En la primera parábola la atención se centra en el dinamismo de la siembra: la semilla que se echa en la tierra, tanto si el agricultor duerme como si está despierto, brota y crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos. La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando él realizará plenamente su reino. Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. A este propósito escribe san Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios» (cf. Pedro de Ribadeneira, Vida de san Ignacio de Loyola).

La segunda parábola utiliza también la imagen de la siembra. Aquí, sin embargo, se trata de una semilla específica, el grano de mostaza, considerada la más pequeña de todas las semillas. Pero, a pesar de su pequeñez, está llena de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta llegar a ser «más alta que las demás hortalizas» (cf. Mc 4, 32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.

La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como «tierra buena» la semilla de la Palabra divina, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

Santo Padre Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 17 de junio de 2012

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

I. La misericordia y el pecado

1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

1847 Dios, “que te ha creado sin ti,  no te salvará sin ti” (San Agustín, Sermo 169, 11, 13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,8-9).

1848 Como afirma san Pablo, “donde abundó el pecado, […] sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5, 20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su Palabra y su Espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

«La conversión exige el reconocimiento del pecado, supone el juicio interior de la propia conciencia, y éste, puesto que es la comprobación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: “Recibid el Espíritu Santo”. Así, pues, en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito» (DeV 31).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Como rama viva de la Iglesia, buscaré sostener a otros con mi oración y testimonio de vida cristiana coherente.

Diálogo con Cristo

Jesús, ayúdame a cumplir mi misión de vivir un cristianismo activo al servicio de tu Iglesia. Ayúdame a ser el instrumento para que otras personas encuentren a Dios.

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Evangelio del día: La semilla y la cizaña

Evangelio del día: La semilla y la cizaña

Mateo 13, 36-43. Martes de la 17.ª semana del Tiempo Ordinario. El demonio es un «sembrador de cizaña», aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos.

Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». El les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!».

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Lecturas

Primera lectura: Libro de Jeremías, Jer 14, 17-22

Salmo: Sal 79(78), 8-13

Oración introductoria

Señor, ayúdame a oír y a creer en tu Palabra, para que esta oración sea el inicio de mi transformación, de modo que Tú seas el principio y el fin de todas las actividades de este día.

Petición

Padre Santo, permite que sea un instrumento fiel y eficaz de tu Evangelio.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estos domingos la liturgia propone algunas parábolas evangélicas, es decir, breves narraciones que Jesús utilizaba para anunciar a la multitud el reino de los cielos. Entre las parábolas presentes en el Evangelio de hoy, hay una que es más bien compleja, de la cual Jesús da explicaciones a los discípulos: es la del trigo y la cizaña, que afronta el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mt 13, 24-30.36-43). La escena tiene lugar en un campo donde el dueño siembra el trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra la cizaña, término que en hebreo deriva de la misma raíz del nombre «Satanás» y remite al concepto de división. Todos sabemos que el demonio es un «sembrador de cizaña», aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos. Los servidores quisieran quitar inmediatamente la hierba mala, pero el dueño lo impide con esta motivación: «No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo» (Mt 13, 29). Porque todos sabemos que la cizaña, cuando crece, se parece mucho al trigo, y allí está el peligro que se confundan.

La enseñanza de la parábola es doble. Ante todo dice que el mal que hay en el mundo no proviene de Dios, sino de su enemigo, el Maligno. Es curioso, el maligno va de noche a sembrar la cizaña, en la oscuridad, en la confusión; él va donde no hay luz para sembrar la cizaña. Este enemigo es astuto: ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.

Y aquí pasamos al segundo tema: la contraposición entre la impaciencia de los servidores y la paciente espera del propietario del campo, que representa a Dios. Nosotros a veces tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos… Pero recordad la oración de ese hombre soberbio: «Oh Dios, te doy gracias porque yo soy bueno, no soy como los demás hombres, malos…» (cf. Lc 18, 11-12). Dios en cambio sabe esperar. Él mira el «campo» de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él.

La actitud del propietario es la actitud de la esperanza fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y es gracias a esta paciente esperanza de Dios que la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final puede llegar a ser buen trigo. Pero atención: la paciencia evangélica no es indiferencia al mal; no se puede crear confusión entre bien y mal. Ante la cizaña presente en el mundo, el discípulo del Señor está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria final del bien, es decir de Dios.

Al final, en efecto, el mal será quitado y eliminado: en el tiempo de la cosecha, es decir del juicio, los encargados de cosechar seguirán la orden del patrón separando la cizaña para quemarla (cf. Mt 13, 30). Ese día de la cosecha final el juez será Jesús, Aquél que ha sembrado el buen trigo en el mundo y que se ha convertido Él mismo en «grano de trigo», murió y resucitó. Al final todos seremos juzgados con la misma medida con la cual hemos juzgado: la misericordia que hemos usado hacia los demás será usada también con nosotros. Pidamos a la Virgen, nuestra Madre, que nos ayude a crecer en paciencia, esperanza y misericordia con todos los hermanos.

Santo Padre Francisco

Ángelus del domingo, 20 de julio de 2014

Propósito

Renunciar a algo bueno que me gusta, pero que no necesito, para crecer en el amor a Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, creo que Tú siempre estás al pendiente de mi vida y que el mal no tendrá el triunfo final. Renuevo mi confianza en que, con tu gracia y misericordia, podré conquistar la santidad. Cuando sienta el poder del mal en mi corazón, ayúdame a recordar que esta vida es corta y que todo mi esfuerzo es precioso ante tus ojos. Sostenme permitiendo que siempre recuerde la felicidad que estás preparando para mí.

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