Catequesis familiar: La celebración de la luz en la Vigilia Pascual
Cristo resucitado, luz del mundo, enciende a la Iglesia y renueva la vida de la familia cristiana
Índice
3. Indicación para catequistas y padres
4. Marco litúrgico de la celebración de la luz
5. Textos bíblicos y litúrgicos fundamentales
6. Dones espirituales y claves cristianas que brotan de la luz pascual
7. Profundización teológica, bíblica, patrística y espiritual
Objetivo de la sesión
Ayudar a niños, adolescentes, padres y catequistas a descubrir que la celebración de la luz en la Vigilia Pascual no es un rito decorativo ni un comienzo solemne sin mayor contenido, sino una proclamación sacramental de Jesucristo resucitado, luz del mundo, vencedor del pecado y de la muerte, que ilumina realmente la historia, renueva a la Iglesia y enciende la vida de cada bautizado. Esta sesión quiere mostrar que la familia cristiana está llamada a vivir de esa luz, a custodiarla y a transmitirla.
Duración total estimada: 90 minutos.
Distribución orientativa por secciones:
Presentación del tema y del objetivo: 3 minutos.
Introducción: 10 minutos.
Indicación para catequistas y padres: 7 minutos.
Marco litúrgico de la celebración de la luz: 12 minutos.
Textos bíblicos y litúrgicos fundamentales: 10 minutos.
Dones espirituales y claves cristianas que brotan de la luz pascual: 8 minutos.
Profundización teológica, bíblica, patrística y espiritual: 18 minutos.
Explicación catequética de la imagen del cirio pascual: 5 minutos.
Actividades catequéticas: 4 actividades de 10-12 minutos cada una, pudiendo elegir dos, tres o las cuatro según la realidad del grupo.
Oraciones finales: 6 minutos.
Conclusión y aplicación familiar: 4 minutos.
Introducción
La Vigilia Pascual es el centro del año litúrgico y, en cierto sentido, la noche más grande de la historia. La Iglesia no se reúne simplemente para recordar que Cristo resucitó, sino para entrar sacramentalmente en el resplandor de esa victoria. Todo comienza en la oscuridad. No se trata de un recurso teatral. Las tinieblas iniciales significan el mundo herido por el pecado, la humanidad marcada por la muerte, el corazón del hombre cuando vive lejos de Dios. En medio de esa oscuridad se bendice el fuego nuevo y se enciende el cirio pascual. Ahí comienza a hablar la liturgia.
La Iglesia proclama entonces: «Luz de Cristo», y el pueblo responde: «Demos gracias a Dios». Ese diálogo tan breve encierra una doctrina inmensa. La luz no nace del hombre. La luz no se fabrica. La luz no es conquista humana. La luz es Cristo mismo, recibido como don. Por eso el prólogo de san Juan puede leerse como gran pórtico de esta noche: «La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9, Biblia CEE). La Pascua no es solo el triunfo de una causa justa, sino la irrupción de la luz definitiva en la historia.
Para la familia cristiana, esta celebración tiene una fuerza inmensa. En una época llena de ruidos, pantallas, prisas y confusión interior, la liturgia de la luz enseña que no toda claridad viene de Dios y que no toda oscuridad es simple ausencia de información. Hay una oscuridad moral, espiritual y existencial que solo Cristo puede vencer. Y hay una luz que no deslumbra ni humilla, sino que guía, purifica, consuela y transforma. Esa es la luz del Resucitado.
La gran pregunta que abre esta sesión es esta: ¿vivimos realmente como personas iluminadas por Cristo o seguimos dejando que muchas tinieblas gobiernen nuestro modo de pensar, de amar y de vivir?
Indicación para catequistas y padres
Esta catequesis debe ser presentada con gran hondura y sin convertir la liturgia en una sucesión de símbolos que se explican fríamente desde fuera. El catequista no debe hablar de la Vigilia Pascual como si estuviera comentando una ceremonia ajena, sino como quien introduce en un misterio vivo. La luz, el cirio, la procesión, el canto del Pregón Pascual, la transmisión de la llama y la escucha de la Palabra forman una unidad. Si se fragmentan demasiado, se pierde el centro.
Con los niños más pequeños conviene insistir en verdades simples y muy reales: Jesús ha resucitado, Jesús vence la oscuridad, Jesús nos da su luz, y esa luz se lleva al corazón y a la casa. Con los adolescentes ya puede profundizarse más en la oposición entre luz y tinieblas, en la relación entre Pascua y Bautismo, y en la necesidad de vivir como hijos de la luz. Lo importante es no rebajar el contenido. Hay que simplificar el lenguaje cuando haga falta, pero no vaciar el misterio.
El catequista debe evitar dos errores. El primero sería presentar la liturgia de la luz como un acto bonito o emocionante. Puede serlo, pero si se queda ahí, se la ha empobrecido gravemente. El segundo error sería caer en un exceso de explicaciones técnicas y apagar la capacidad de asombro. La liturgia debe ser explicada, sí, pero sin quitarle su carácter contemplativo. La luz de Cristo se entiende mejor cuando también se contempla y se recibe.
Para los padres, esta sesión es especialmente útil porque la Pascua no debe quedarse en el templo. La luz del cirio que se recibe en la iglesia debe prolongarse en la vida familiar: en la oración en casa, en el modo de afrontar el sufrimiento, en la educación de la conciencia y en la manera de hablar de la muerte y de la esperanza a los hijos. Una familia cristiana vive pascualmente cuando aprende a no absolutizar la oscuridad y a mirar toda prueba desde Cristo resucitado.
Marco litúrgico de la celebración de la luz

La celebración de la luz abre la Vigilia Pascual y establece inmediatamente su tono teológico. El pueblo se reúne de noche, fuera o en la entrada de la iglesia, en un ambiente de oscuridad real. Allí se bendice el fuego nuevo. Ese fuego no significa simplemente calor o alegría. Significa novedad radical. La Resurrección de Cristo no es continuidad de la vida biológica anterior ni simple supervivencia espiritual. Es una vida nueva, gloriosa, indestructible. Por eso el fuego nuevo expresa que algo verdaderamente nuevo ha irrumpido en el mundo.
Con ese fuego se enciende el cirio pascual. El sacerdote o el diácono traza en él la cruz, las letras alfa y omega y las cifras del año, mientras proclama que Cristo es principio y fin, dueño del tiempo y de la eternidad. Esta acción tiene enorme densidad doctrinal. El Resucitado no es una figura del pasado. Su señorío alcanza el tiempo actual, nuestro año, nuestra historia concreta. La Pascua no pertenece a un “entonces” encerrado en el pasado; alcanza el hoy de la Iglesia.
Después se inicia la procesión. El cirio avanza en la oscuridad y, por tres veces, se canta: «Luz de Cristo». La asamblea responde: «Demos gracias a Dios». Poco a poco, la luz del cirio va encendiendo las velas de los fieles. Este detalle es decisivo. La luz no se toma directamente de cualquier parte, sino del cirio que representa a Cristo. Toda luz cristiana es recibida. No somos fuente de la Pascua; participamos de ella.
Ya dentro del templo, iluminado ahora por la luz transmitida, se canta el Pregón Pascual, ese gran poema litúrgico en el que la Iglesia bendice la noche santa, canta la victoria del Cordero y contempla el misterio de la redención. La celebración de la luz no queda aislada del resto de la Vigilia, sino que prepara la escucha de la historia de la salvación, la liturgia bautismal y la Eucaristía. Todo está orgánicamente unido. Cristo resucitado ilumina, la Palabra interpreta, el Bautismo incorpora y la Eucaristía consuma.
Textos bíblicos y litúrgicos fundamentales
Para esta sesión conviene leer o proclamar despacio algunos textos fundamentales. El primero es el prólogo de san Juan, porque sitúa desde el comienzo la relación entre Cristo y la luz: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió» (Jn 1,4-5, Biblia CEE). Esta luz no es una idea abstracta, sino la vida misma del Verbo encarnado.
Puede añadirse también el anuncio profético de Isaías: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9,1, Biblia CEE). La Iglesia lee esta profecía no solo como anuncio del nacimiento del Mesías, sino también como descripción del alcance universal de su obra redentora.
Es igualmente muy importante la palabra del Señor: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12, Biblia CEE). En esta frase se resume el centro de la catequesis. Cristo no da una luz externa sin más; Él mismo es la luz. Seguirle significa entrar en una forma nueva de vivir.
Desde la liturgia, conviene citar al menos algún fragmento del Pregón Pascual. Uno especialmente hermoso y catequético dice: «Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso: Jesucristo, tu Hijo, que, volviendo del abismo, brilla sereno para el linaje humano» (Pregón Pascual, Misal Romano). El texto litúrgico enseña así que la luz pascual no es efímera, sino definitiva.
Dones espirituales y claves cristianas que brotan de la luz pascual
La primera gran realidad que brota de la luz pascual es la esperanza. No una esperanza vaga ni optimista, sino la certeza de que la muerte no tiene la última palabra. Quien vive de la Pascua aprende a no mirar la realidad como un encadenamiento sin salida. Aprende a esperar porque Cristo ha vencido de verdad.
Brota también la fe iluminada. La Pascua no da al creyente una explicación total de todos los problemas, pero sí una luz suficiente para caminar. San Juan de la Cruz, al hablar de la fe, muestra que es una luz segura aunque no siempre se posea con claridad sensible; y la Vigilia Pascual enseña precisamente eso: primero se recibe la llama y luego se camina con ella.
Surge además una vocación a la vigilancia. La luz no se recibe para dejarla apagar. La imagen de la vela encendida recuerda la responsabilidad del bautizado. Cristo ilumina, pero el cristiano debe velar, permanecer, alimentarse de la gracia y rechazar las tinieblas del pecado. San Pablo lo dice con fuerza: «Antes erais tinieblas, pero ahora, en el Señor, sois luz; caminad como hijos de la luz» (Ef 5,8, Biblia CEE).
Finalmente, la luz pascual engendra misión. La llama del cirio se comunica. No se guarda egoístamente. La Pascua crea una Iglesia que ilumina porque ha sido iluminada. La familia cristiana participa de esta misión cuando hace visible en lo cotidiano la paz, la verdad, el perdón y la alegría que proceden del Resucitado.
Profundización teológica, bíblica, patrística y espiritual
La primera gran clave teológica de la liturgia de la luz es que la Pascua es una nueva creación. La luz aparece al comienzo del Génesis como la primera irrupción del orden querido por Dios: «Dijo Dios: “Haya luz”» (Gn 1,3, Biblia CEE). La Vigilia Pascual retoma ese lenguaje para mostrar que, con la Resurrección de Cristo, Dios inaugura una creación más profunda que la primera. No se trata solo del comienzo del mundo, sino del comienzo del mundo nuevo.
Esta luz alcanza su plenitud en Cristo. San Juan no vacila en identificar la vida del Verbo con la luz de los hombres. Por eso la Resurrección no es un episodio añadido al final del Evangelio, sino la plena manifestación de quién es Cristo. Si en la cruz parecía ocultarse su gloria, en la Pascua esa gloria irrumpe. San León Magno enseña que lo visible de nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos, y esto ayuda a comprender por qué la liturgia de la luz no “representa” simplemente a Cristo, sino que lo hace presente sacramentalmente en la acción de la Iglesia (San León Magno, Sermón 74).
San Agustín llamó a la Vigilia Pascual «madre de todas las santas vigilias», porque en ella la Iglesia no solo recuerda un acontecimiento, sino que vela en la noche santa de la redención. Esta expresión agustiniana es de enorme importancia pastoral. Enseña que la Pascua no se entiende bien desde la prisa ni desde la superficialidad. La noche santa exige espera, escucha y contemplación. No es una liturgia comprimida para “cumplir”, sino una gran escuela de fe.
San Gregorio de Nisa y san Juan Crisóstomo, cada uno a su modo, subrayan que la noche de Pascua queda transformada desde dentro. Ya no es simplemente la ausencia de luz física, sino el lugar donde brilla una luz que la oscuridad no puede vencer. Esa victoria no anula mágicamente la existencia del sufrimiento, pero cambia radicalmente su horizonte. La Pascua no hace desaparecer todas las lágrimas de golpe; sí proclama que ninguna lágrima es definitiva si se vive en Cristo.
La tradición doctrinal de la Iglesia ha vinculado de manera constante la luz pascual con el Bautismo. La antigua expresión “iluminados” aplicada a los recién bautizados no es accidental. La carta a los Hebreos usa ese lenguaje, y los Padres lo desarrollaron ampliamente. San Cirilo de Jerusalén habla a los neófitos como a quienes han sido verdaderamente iluminados y hechos hijos de la luz. De ahí que la liturgia de la luz prepare orgánicamente la liturgia bautismal. El cirio no es solo una señal del Resucitado; es también la luz de la que recibe participación el bautizado.
Desde la doctrina del Magisterio, la centralidad de la Vigilia Pascual está claramente expresada. El Catecismo enseña que la Vigilia es el corazón del año litúrgico y que toda la vida sacramental de la Iglesia brota del misterio pascual (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1168-1171). Esto debe ser explicado con amplitud. Si la familia cristiana entiende de verdad la Pascua, empezará a entender también la Misa dominical, el Bautismo, la penitencia, la esperanza en la vida eterna y el sentido mismo de la existencia cristiana.
Entre los escritores católicos hispanohablantes, conviene recordar la profunda sensibilidad pascual de fray Luis de León y de san Juan de la Cruz, cada uno desde registros distintos. Fray Luis contempla la paz y la armonía del orden divino, mientras que san Juan penetra en la noche de la fe que desemboca en la luz de la unión con Dios. Sin convertir esta catequesis en una clase de literatura espiritual, sí es útil mostrar que la tradición católica de lengua española ha sabido hablar de luz, noche, esperanza y gloria con una hondura que nace de la misma fe de la Iglesia.
Pastoralmente, todo esto debe desembocar en una idea muy concreta: la luz pascual no se reduce a una vela encendida una noche al año. Es una forma de vivir. El cristiano iluminado por Cristo debe aprender a pensar con verdad, juzgar con esperanza, sufrir sin desesperar, amar sin egoísmo y educar a sus hijos desde la certeza de que la resurrección del Señor ha cambiado realmente el destino del mundo.

Explicación catequética de la imagen del cirio pascual
La imagen del cirio pascual puede ser usada catequéticamente con gran fruto. El catequista debe detenerse en los elementos principales: la llama, la cruz trazada, las letras alfa y omega, el año y, si aparece, la ornamentación floral o el contexto litúrgico. La llama indica la vida del Resucitado, que no es una idea ni un recuerdo. La cruz recuerda que la gloria pascual no borra la Pasión, sino que la lleva a plenitud. El alfa y la omega enseñan que Cristo abraza el principio y el fin, y las cifras del año muestran que la Pascua alcanza nuestro presente.
Si el cirio aparece en un templo con flores blancas, altar o penumbra iluminada, el catequista puede explicar que la Iglesia no inventa una estética vacía, sino que expresa con signos sensibles la belleza del misterio celebrado. Todo debe conducir a esta pregunta: ¿vemos en el cirio solo una vela más grande o reconocemos en él a Cristo resucitado que ilumina a su pueblo?
Actividades catequéticas
Actividad 1. De la oscuridad a la luz
Objetivo doctrinal: Comprender de manera experiencial que Cristo resucitado no adorna la oscuridad del mundo, sino que la vence y la transforma.
Tiempo: 10-12 minutos.
Materiales: una sala oscurecida o con poca luz, una vela grande o una representación del cirio pascual, velas pequeñas para los participantes si es posible, mechero o cerillas.
El catequista apaga o reduce la luz ambiente y deja unos instantes de silencio real. No conviene hablar enseguida. Es importante que el grupo experimente la densidad de la oscuridad. Después dice con voz serena: «Así comienza la Vigilia Pascual. No porque la Iglesia quiera impresionar, sino porque sabe que el mundo sin Cristo no puede darse a sí mismo la luz que necesita». A continuación enciende la vela grande y proclama: «Luz de Cristo». Si el grupo responde: «Demos gracias a Dios», la actividad ganará mucha fuerza.
Desde esa luz se pueden encender las velas pequeñas. El catequista debe subrayar que la llama no se divide ni se debilita al comunicarse. Esa es una gran imagen de la fe y de la vida de la Iglesia.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿Qué sentíais cuando todo estaba oscuro?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Y qué ha cambiado cuando se ha encendido una sola llama?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Cristo resucitado actúa así. No añade un poco de ánimo exterior; cambia el horizonte entero».
— Catequista: «¿Qué tinieblas hay hoy en el mundo? ¿Y cuáles puede haber en nuestro corazón?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Muy bien. La Pascua nos enseña que ninguna oscuridad es más fuerte que Cristo».
Indicaciones para el catequista: no conviertas esta actividad en una dinámica emotiva sin contenido. La experiencia sensible debe desembocar en una verdad de fe. Si el grupo es infantil, reduce la explicación; si es de adolescentes, profundiza más en las tinieblas morales y espirituales.
Actividad 2. El cirio pascual explicado desde dentro
Objetivo doctrinal: Descubrir que cada elemento del cirio pascual expresa una verdad sobre Cristo resucitado y sobre la vida del bautizado.
Tiempo: 10-12 minutos.
Materiales: imagen del cirio pascual o cirio real, cartulina o pizarra.
El catequista muestra el cirio y no empieza explicándolo todo de golpe. Primero pide observar. Luego pregunta qué elementos se distinguen. A partir de las respuestas, va ordenando: la cruz, las letras alfa y omega, el año, la llama. Después explica cada uno con calma y precisión. La cruz indica que el Resucitado es el Crucificado; el alfa y la omega, que Cristo es principio y fin; el año, que la Pascua llega a nuestro tiempo; la llama, que la vida del Resucitado está presente y arde en la Iglesia.
Conviene terminar conectando todo con el Bautismo: así como el cirio es fuente de la luz que reciben las velas, Cristo es fuente de la vida nueva del bautizado.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿Qué veis en el cirio?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Por qué lleva una cruz si estamos celebrando la Resurrección?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Porque el Resucitado no deja atrás la Cruz como si fuera un accidente. La Pascua glorifica la entrega del Viernes Santo».
— Catequista: «¿Y por qué lleva el año?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Porque Cristo no es Señor de un pasado lejano. Es Señor de este año, de este tiempo, de nuestra vida concreta».
Indicaciones para el catequista: evita convertir la explicación en una enumeración seca. Todo debe converger en la presencia viva de Cristo. Si trabajas con niños, usa frases más breves. Si trabajas con familias o adolescentes, puedes relacionarlo con el cirio bautismal y la vela del Bautismo.
Actividad 3. Lectio divina: Cristo, luz del mundo
Objetivo doctrinal: Escuchar la Palabra de Dios para descubrir que la luz pascual no es una imagen vacía, sino una autodefinición del mismo Cristo.
Tiempo: 12-15 minutos.
Materiales: Biblia, vela encendida si es posible.
El catequista proclama despacio Jn 8,12: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Biblia CEE). Puede repetirlo dos veces. Luego guarda silencio. Después invita a que cada uno fije la atención en una palabra: “yo soy”, “luz”, “mundo”, “sigue”, “tinieblas”, “vida”. Tras ese silencio, pregunta qué palabra ha resonado más.
Esta actividad debe llevar a una apropiación personal del texto. No basta entender que Cristo es luz “en general”. Hay que preguntarse qué significa seguirlo y qué tinieblas concretas quedan desenmascaradas por su presencia.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿Qué palabra os ha tocado más?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Por qué?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Cuando Jesús dice que es la luz del mundo, ¿qué está diciendo de sí mismo?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Está diciendo que sin Él no vemos de verdad. Podemos tener mucha información, pero seguir a oscuras por dentro».
— Catequista: «¿Qué zona de tu vida necesita hoy la luz de Cristo?»
Indicaciones para el catequista: no tengas miedo al silencio. La lectio divina necesita reposo. Si el grupo es pequeño, se puede terminar con una breve oración espontánea. Si es grande, basta un momento de silencio final y una jaculatoria común.
Actividad 4. Llevar la luz a casa
Objetivo doctrinal: Mostrar que la luz pascual no se queda en el templo, sino que debe prolongarse en la vida doméstica y familiar.
Tiempo: 10-12 minutos.
Materiales: una vela por familia o una tarjeta con un compromiso escrito.
El catequista propone a cada familia o participante un pequeño compromiso para la semana de Pascua: encender una vela en casa durante la oración, leer un breve evangelio de la Resurrección, dar gracias juntos a Cristo resucitado, o revisar qué “tinieblas” hay en el hogar —malas palabras, falta de perdón, desorden espiritual, ausencia de oración— y pedir la luz del Señor.
La clave es que la Pascua pase de la iglesia a la mesa, al dormitorio, a la convivencia y a la educación de los hijos. La familia cristiana debe aprender a vivir a la luz de la resurrección.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿De qué serviría encender una vela en la iglesia si luego en casa seguimos viviendo como si Cristo no hubiera resucitado?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «La Pascua tiene que entrar en nuestra forma de hablar, de perdonar, de rezar y de mirar el sufrimiento».
— Catequista: «¿Qué gesto concreto podéis hacer esta semana en casa para que la luz de Cristo no se quede solo en el recuerdo?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Elegid uno y cumplidlo. La fe no se conserva solo recordando, sino viviendo».
Indicaciones para el catequista: procura que el compromiso sea sencillo, concreto y posible. No cargues a las familias con muchas propuestas a la vez. Una sola acción bien hecha vale más que muchas intenciones olvidadas.
Oraciones finales
Señor Jesucristo,
luz verdadera del mundo,
que en la noche santa de tu Resurrección
has vencido las tinieblas del pecado y de la muerte,
ilumina nuestro corazón,
purifica nuestra mirada,
ordena nuestros pensamientos
y haznos caminar siempre en tu claridad.
No permitas que nos acostumbremos a la oscuridad interior,
ni que confundamos la luz del mundo con tu luz santa.
Haznos hijos de la Pascua,
hijos de la Iglesia,
hijos de la luz.
Amén.
Señor Jesús resucitado,
que enciendes el cirio de tu Iglesia
y transmites tu llama a los bautizados,
haz de nuestras familias hogares iluminados por tu presencia.
Que en nuestras casas haya más verdad que apariencia,
más oración que ruido,
más perdón que dureza,
más esperanza que miedo.
Que no dejemos apagar la luz que nos has dado,
y que aprendamos a comunicarla con alegría y fidelidad.
Amén.
Espíritu Santo,
fuego suave y luz interior de los santos,
desciende sobre nosotros,
haznos comprender la grandeza de la Pascua,
danos inteligencia para la fe,
fuerza para el bien
y perseverancia para vivir como hijos de la luz.
No permitas que nuestra vida cristiana sea apagada o tibia,
sino ardiente, luminosa y fiel.
Amén.
Conclusión y aplicación familiar
La celebración de la luz en la Vigilia Pascual enseña a las familias que la Resurrección de Cristo no es una idea piadosa ni una verdad lejana, sino el centro real de la vida cristiana. Cristo ha resucitado y su luz permanece. La gran cuestión no es si la luz brilla, sino si nosotros nos dejamos iluminar por ella y si permitimos que entre en nuestra casa, en nuestras decisiones y en nuestro modo de vivir.
A los padres: enseñad a vuestros hijos que la Pascua no es solo una fiesta alegre, sino la victoria real de Cristo sobre el pecado y la muerte, y haced visible esa verdad con gestos sencillos de oración y esperanza.
A los niños y adolescentes: aprended que seguir a Jesús es vivir a su luz, decir la verdad, pedir perdón, no dejarse llevar por la oscuridad del pecado y confiar en Él incluso cuando no lo entendéis todo.
A los catequistas: presentad la liturgia de la luz no como una ceremonia bonita, sino como un acceso real al misterio de Cristo resucitado, fuente de la fe, del Bautismo, de la esperanza y de la vida nueva.
