San Juan Bautista y el matrimonio

San Juan Bautista y el matrimonio

Catequesis para novios

San Juan Bautista y el matrimonio

El hombre que murió defendiendo el amor verdadero

Este artículo está pensado para novios que se preparan para el matrimonio y desean comprender por qué la Iglesia habla de la fidelidad, la verdad y la indisolubilidad con tanta seriedad. San Juan Bautista no se casó, pero su martirio ilumina el matrimonio cristiano porque muestra que el amor verdadero necesita una verdad que lo proteja.


1. Una pregunta antes de casarse

Dos novios preparan su boda. Hablan de la celebración, de la casa, de la familia, de los hijos que quizá llegarán y de la vida que desean construir juntos. Pero, en medio de tantos preparativos, aparece una pregunta más honda: ¿qué significa casarse ante Dios? No basta organizar una ceremonia bonita; hay que comprender qué alianza se va a recibir y prometer.

La Iglesia no presenta el matrimonio como una simple costumbre religiosa, ni como un contrato sentimental que dura mientras dura el entusiasmo. Lo mira con una seriedad inmensa porque cree que en él se juega algo sagrado: la verdad del amor humano y la fidelidad de Dios que sostiene a los esposos. Para entenderlo, sorprendentemente, conviene mirar a un hombre del desierto: San Juan Bautista.

2. El profeta que preparaba corazones

Juan Bautista predicaba en el Jordán. No ofrecía discursos cómodos ni promesas fáciles. Invitaba a la conversión porque sabía que el corazón humano necesita ser purificado para poder recibir a Cristo. Su mensaje no era contra la alegría, sino contra la mentira que destruye la alegría verdadera; no era contra el amor, sino contra todo aquello que convierte el amor en posesión, capricho o dominio.

Por eso Juan tiene mucho que decir a unos novios. Antes de aprender técnicas de convivencia, antes de hablar de proyectos y dificultades, los novios necesitan escuchar una llamada más profunda: dejad que Dios ordene vuestro corazón. El matrimonio no fracasa solo por problemas externos; muchas veces se hiere cuando el corazón deja de buscar el bien del otro y empieza a buscar su propia comodidad como ley suprema.

3. Herodes, Herodías y el amor convertido en poder

En la corte de Herodes Antipas, la situación era distinta. Herodes se había unido a Herodías, mujer de su hermano. Aquella unión no era un amor limpio, ni una alianza verdadera, ni una decisión inocente. Era el gesto de un poderoso que confundía el deseo con el derecho y la atracción con la verdad. La corte podía callar, justificar o mirar hacia otro lado; Juan no podía hacerlo.

El Evangelio conserva su palabra con una fuerza impresionante: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano». Juan no habla para destruir a Herodes, sino para despertarlo. No humilla a Herodías, sino que recuerda que nadie, ni siquiera los poderosos, puede construir la vida sobre una injusticia. En aquella frase se defiende algo enorme: el matrimonio no pertenece al capricho del más fuerte.

4. ¿Por qué Juan arriesgó la vida por un matrimonio ajeno?

Esta es la pregunta decisiva para unos novios: ¿por qué Juan se jugó la vida por un matrimonio que no era el suyo? Porque comprendía que el matrimonio no es un asunto privado sin consecuencias. Cuando se hiere la fidelidad, no solo se rompe una relación; se oscurece una verdad que sostiene a las familias, a los hijos, a la sociedad y a la fe. Juan sabía que callar también podía ser una forma de traicionar.

La Escritura presenta el matrimonio desde el principio como una obra de Dios. El hombre y la mujer son llamados a formar una sola carne, no como fusión confusa, sino como alianza de vida, amor y fidelidad. Por eso la palabra de Juan no nace de un moralismo frío, sino de una convicción luminosa: el amor humano tiene una dignidad demasiado grande para ser reducido a deseo pasajero, cálculo político o decisión sin responsabilidad ante Dios.

5. Cristo lleva el matrimonio a su verdad plena

Juan prepara el camino; Cristo revela la plenitud. Cuando Jesús habla del matrimonio, no lo rebaja para hacerlo más cómodo. Vuelve al principio y dice: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Esta palabra no encierra a los esposos en una carga imposible; les muestra que su unión no depende solo de sus fuerzas, porque Dios mismo entra en la alianza.

Para los novios cristianos, esto cambia todo. Casarse no es solo prometer que se intentará amar mientras sea fácil. Es recibir una gracia para vivir una fidelidad que supera los estados de ánimo, las heridas y las etapas difíciles. El sacramento no elimina la fragilidad, pero introduce en la historia de los esposos la fidelidad de Cristo, que enseña a amar no solo cuando apetece, sino cuando el amor pide entrega, paciencia y perdón.

6. Los Padres de la Iglesia leyeron así su martirio

Los Padres de la Iglesia no vieron en la muerte de Juan una simple intriga de palacio. Vieron el testimonio de un profeta que murió por la verdad. San Agustín enseñaba que Juan murió por Cristo porque murió por la verdad, y Cristo es la Verdad. Su martirio muestra que la fidelidad a Dios puede exigir valentía, especialmente cuando la verdad toca el poder, el deseo o las decisiones más íntimas de la vida.

También la tradición patrística subrayó la libertad interior del Bautista. Juan no fue esclavo del miedo, del aplauso ni de la conveniencia. Prefirió perder la cabeza antes que perder la fidelidad a la ley de Dios. Para unos novios, esto tiene una enseñanza directa: el matrimonio necesita personas libres por dentro, capaces de decir sí al bien y no a aquello que destruye la alianza prometida ante Dios.

7. Lo que la Iglesia enseña hoy a los novios

El Magisterio de la Iglesia mantiene esta misma línea. El Catecismo enseña que el matrimonio es una alianza entre un hombre y una mujer ordenada al bien de los esposos y a la generación y educación de los hijos. San Juan Pablo II insistió en que la familia es uno de los bienes más preciosos de la humanidad, y que la Iglesia debe acompañar a quienes buscan vivir el valor del matrimonio con fidelidad. La indisolubilidad no es un adorno doctrinal; es la forma estable del amor conyugal.

Benedicto XVI y Francisco han recordado, cada uno con su lenguaje, que el matrimonio cristiano no se sostiene por puro voluntarismo. Necesita gracia, comunidad, acompañamiento y misericordia. Pero la misericordia no elimina la verdad: la hace habitable. La Iglesia acompaña las heridas sin llamar bien al mal, porque sabe que solo la verdad cura de verdad y que la fidelidad conyugal es una promesa posible cuando los esposos dejan entrar a Cristo en la vida concreta de cada día.

Para conversar en el noviazgo

Fidelidad ¿Qué decisiones concretas pueden proteger nuestro amor antes de que llegue la prueba?
Verdad ¿Hay algo que debamos hablar con sinceridad antes de casarnos?
Gracia ¿Queremos vivir el matrimonio solo con nuestras fuerzas o como sacramento recibido de Dios?
Perdón ¿Cómo vamos a aprender a pedir perdón y a recomenzar sin humillarnos ni endurecernos?

8. La fidelidad se aprende antes de la boda

Muchos novios piensan que la fidelidad comienza el día de la boda. En realidad, empieza mucho antes. Se aprende en la forma de hablar, de mirar, de discutir, de perdonar, de respetar los límites y de no jugar con el corazón del otro. El noviazgo cristiano no es una espera vacía; es una escuela donde se prepara la libertad necesaria para amar bien y la humildad necesaria para construir una vida común de verdad.

San Juan Bautista enseña a los novios que el amor no se protege solo con emociones intensas, sino con decisiones claras. Quien no aprende a decir no a tiempo puede terminar entregando su libertad a cualquier Herodes interior: orgullo, deseo desordenado, miedo a quedarse solo, necesidad de agradar o incapacidad de esperar. El amor cristiano madura cuando aprende a decir: esto sí construye nuestra alianza; esto, aunque parezca atractivo, nos aleja de lo que Dios quiere para nosotros.

9. La fidelidad de cada día

El martirio de Juan fue dramático, pero la mayoría de los matrimonios no viven la fidelidad en un instante heroico. La viven en la casa, en el cansancio, en la enfermedad, en la educación de los hijos, en la economía, en la paciencia con las familias de origen y en la capacidad de volver a empezar. Allí se ve si la promesa fue solo una frase hermosa o si se convirtió en una forma concreta de vivir y de cuidar al otro cuando ya no todo resulta nuevo, fácil o brillante.

Por eso, cuando unos novios miran a San Juan Bautista, no deben verlo como un profeta lejano y áspero. Deben verlo como un amigo exigente que les dice: no dejéis vuestro amor sin verdad. No construyáis solo una boda; construid una alianza. No confiéis únicamente en la emoción; dejad que Cristo os enseñe a amar. Porque el matrimonio cristiano no consiste en no tener heridas, sino en permitir que la gracia haga de dos vidas frágiles una comunión fiel y una casa donde otros puedan reconocer algo de la fidelidad de Dios.

10. Conclusión: el amor merece la verdad

San Juan Bautista murió porque no quiso separar el amor de la verdad. Su palabra ante Herodes no fue una condena amarga, sino una defensa profética de lo que Dios había querido desde el principio. Para los novios, su testimonio recuerda que casarse por la Iglesia no es añadir un rito bonito a una historia sentimental, sino entrar en una alianza donde Dios une, sostiene y llama a la fidelidad.

Quien se prepara para el matrimonio necesita escuchar esta voz. No para tener miedo, sino para comprender la grandeza de lo que va a prometer. Juan Bautista señala a Cristo y, al mismo tiempo, protege el camino hacia un amor verdadero. Su mensaje sigue vivo: no entreguéis vuestro amor a la mentira, no lo reduzcáis a capricho, no lo dejéis sin Dios. Porque el amor que nace de Dios merece una verdad firme, una fidelidad humilde y una vida entera entregada.

Oración de los novios

Señor Jesús,
que santificas el amor humano
y llamas a los esposos a vivir en fidelidad,
purifica nuestro corazón,
enséñanos a amar con verdad
y prepara nuestra alianza
para que sea hogar de tu presencia.
Que San Juan Bautista nos ayude
a no separar nunca el amor de la verdad,
la alegría de la fidelidad
ni nuestra promesa de tu gracia.
Amén.


Notas y fuentes

  1. Cf. Mc 6,17-29; Mt 14,3-12; Lc 3,19-20. La denuncia de Juan Bautista se concentra en la unión ilícita de Herodes Antipas con Herodías.
  2. Cf. Gn 2,24; Mt 19,3-9. Jesús remite el matrimonio al designio original de Dios: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
  3. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1601-1666, especialmente sobre la alianza matrimonial, el sacramento, la unidad y la indisolubilidad.
  4. San Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio, 22 de noviembre de 1981, especialmente nn. 11-20.
  5. San Juan Pablo II, carta a las familias Gratissimam sane, 2 de febrero de 1994, especialmente sobre el carácter indisoluble del matrimonio y el bien común de la familia.
  6. Francisco, exhortación apostólica Amoris laetitia, 19 de marzo de 2016, especialmente los capítulos III y IV.
  7. Tradición patrística sobre el martirio de San Juan Bautista: San Agustín, San Juan Crisóstomo y San Beda el Venerable leen su muerte como testimonio de la verdad moral y de la fidelidad a la ley de Dios.
¿Por qué tenemos que prepararnos antes de casarnos por la Iglesia?

¿Por qué tenemos que prepararnos antes de casarnos por la Iglesia?

Guía práctica para novios que desean recibir el sacramento del Matrimonio

Muchos novios se hacen una pregunta razonable cuando empiezan los trámites para casarse por la Iglesia: «Si nos queremos y ya hemos decidido casarnos, ¿por qué tenemos que hablar con un sacerdote, unos catequistas o un matrimonio antes de la boda?». La pregunta no es mala. Puede ser el comienzo de una preparación seria, siempre que no nazca de la defensa, sino del deseo de entender qué sacramento vais a recibir y qué vida vais a comenzar.

La Iglesia no pide preparación porque desconfíe de vosotros, sino porque toma en serio vuestro amor. Casarse por la Iglesia es recibir un sacramento: una alianza libre, pública, fiel, fecunda y sostenida por la gracia de Cristo. Por eso la preparación no es una barrera antes de la boda, sino una ayuda para que vuestro «sí» sea verdadero.

Idea de fondo

La preparación matrimonial no está pensada para complicaros la boda, sino para ayudaros a comprender, recibir y vivir bien el sacramento que pedís.

1. El matrimonio cristiano no es solo una boda

La primera respuesta es clara: la Iglesia prepara al matrimonio porque el matrimonio cristiano es un sacramento. No es solo una ceremonia religiosa ni una bendición familiar sobre un proyecto privado. Entre bautizados, el matrimonio es signo eficaz del amor de Cristo por la Iglesia. La gracia sacramental no sustituye vuestro amor humano: lo purifica, fortalece y eleva.[1]

El Concilio Vaticano II enseña que Cristo permanece con los esposos para que puedan amarse con fidelidad. Esto cambia la manera de mirar el matrimonio. No os casáis solo «delante» de Dios, como si Dios fuera un testigo exterior; os casáis en Cristo, recibís una gracia y comenzáis una vocación.[2]

Por eso, la preparación no consiste solo en explicar el rito. Debe ayudaros a comprender las notas propias del matrimonio cristiano: unidad, indisolubilidad, fidelidad, apertura a la vida, bien de los esposos, educación de los hijos y misión eclesial. No son adornos doctrinales. Son la forma concreta del amor cristiano cuando un hombre y una mujer se entregan para siempre.[3]

Dicho de forma sencilla: la boda es la celebración; el matrimonio es la alianza; el sacramento es la gracia que Cristo concede a los esposos para vivir esa alianza.

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2. ¿Qué prometen realmente los novios?

En la celebración del matrimonio, los novios no representáis una escena. Realizáis un acto libre y definitivo. El Código de Derecho Canónico afirma que el matrimonio nace del consentimiento: el acto por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable. Nadie puede suplir ese consentimiento.[4]

Por eso la Iglesia debe comprobar que los novios sabéis qué hacéis, queréis hacerlo libremente y no tenéis impedimentos para casaros. No es una intromisión burocrática, sino una garantía pastoral y jurídica. Si el consentimiento es el corazón del matrimonio, la preparación ayuda a que ese consentimiento no sea superficial, precipitado o confuso.[5]

La pregunta de fondo no es si os queréis, sino si estáis dispuestos a dar un consentimiento matrimonial verdadero. Eso incluye libertad, voluntad de fidelidad, apertura a la vida, aceptación del vínculo y decisión de vivir el matrimonio tal como la Iglesia lo entiende. No basta con querer casarse; hay que saber qué se promete.

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3. ¿Por qué la Iglesia habla con los novios antes de casarse?

La Iglesia habla con los novios porque el matrimonio no pertenece solo a la intimidad de la pareja. Nace de vuestra libertad, pero tiene una dimensión pública, familiar y eclesial. Crea una nueva familia, afecta a los hijos, compromete a la comunidad cristiana y convierte a los esposos en signo del amor de Cristo.[6]

San Juan Pablo II afirmó en Familiaris consortio que hoy es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes al matrimonio y a la vida familiar. La razón es evidente: muchas familias y ambientes sociales ya no transmiten una visión cristiana del amor, del cuerpo, de la fidelidad, de la fecundidad y de la familia.[7]

Esto no debe decirse con reproche, sino con realismo pastoral. Muchos novios llegan con buena voluntad, pero también con poca formación, heridas afectivas, modelos culturales contradictorios o una fe debilitada. La Iglesia no os prepara porque os considere incapaces, sino porque el matrimonio es demasiado grande para improvisarlo.[8]

Clave para vosotros

Una buena preparación matrimonial no os trata como menores de edad. Os toma en serio: vuestra libertad, vuestra fe, vuestra historia y la familia que queréis fundar.

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4. ¿Quién decide cómo es la preparación?

Aquí conviene distinguir bien. La Santa Sede ofrece el marco doctrinal y pastoral: recuerda qué es el matrimonio, por qué debe prepararse y qué dimensiones no pueden faltar. No suele fijar un único modelo práctico para todos los países, porque las situaciones pastorales son muy distintas.[9]

Las diócesis concretan ese marco en normas, itinerarios, cursos, materiales y criterios pastorales. Por eso puede haber diferencias entre una diócesis y otra: número de encuentros, modo de acompañamiento, plazos recomendados, documentación concreta o preparación específica para algunas situaciones.

La parroquia aplica esa preparación con vosotros. Allí se abre el expediente, se revisa vuestra situación, se os orienta sobre los pasos concretos y se os acompaña en la preparación inmediata. Por eso no conviene preguntar tarde: cuanto antes habléis con la parroquia, menos viviréis la preparación como carrera final.

La clave es clara: preparar el matrimonio como camino de fe. La realidad habitual también lo es: vosotros necesitáis saber qué pasos dar, cuándo empezar, qué documentos reunir y cómo preparar bien el sacramento.

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5. ¿Cómo es esa formación?

La preparación al matrimonio no debería reducirse a un cursillo para conseguir un certificado. En sentido pleno, es un itinerario de fe, discernimiento y maduración. La Iglesia distingue tres momentos: preparación remota, próxima e inmediata.[10]

Tres momentos de preparación

  • Remota: la que empieza en la familia, la educación cristiana y la formación afectiva.
  • Próxima: la que acompaña a quienes ya se acercan al matrimonio.
  • Inmediata: la de los últimos meses o semanas antes de la boda.

Para vosotros, lo más visible será la preparación próxima e inmediata. Puede incluir entrevistas con el sacerdote, encuentros con matrimonios acompañantes, catequesis sobre el sacramento, revisión de la vida cristiana, diálogo sobre la vida conyugal, orientación sobre la apertura a la vida y preparación litúrgica.

El papa Francisco advierte en Amoris laetitia que la preparación próxima puede quedar absorbida por invitaciones, vestido, fiesta, fotografías y gastos. No es una crítica a la ilusión de la boda; es una advertencia de sentido común cristiano: la boda dura un día; el matrimonio es una vocación para toda la vida.[11]

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6. ¿Cuánto dura la preparación matrimonial?

No existe un plazo universal idéntico para todos. La Santa Sede marca el sentido de la preparación; las diócesis concretan los criterios; las parroquias los aplican a cada pareja. Por eso la respuesta práctica puede variar bastante.

Según la diócesis, la parroquia y vuestra situación concreta, podéis encontrar formas distintas de preparación.

Formas habituales de preparación

  • Varios encuentros parroquiales distribuidos antes de la boda.
  • Un curso prematrimonial intensivo.
  • Un itinerario más largo de acompañamiento.
  • Entrevistas personales con el sacerdote.
  • Encuentros con matrimonios cristianos.
  • Preparación específica si hay una situación canónica o pastoral particular.

Lo que sí dice el Magisterio es que la preparación inmediata debe situarse en los últimos meses y semanas antes de la boda, y que no debe reducirse a una formalidad apresurada. Familiaris consortio pide cuidar contenidos, duración y método, integrando aspectos doctrinales, pedagógicos, legales y humanos.[12]

Las orientaciones recientes de la Santa Sede insisten en un estilo catecumenal. Traducido a vuestra vida: no se trata solo de escuchar unas charlas, sino de tener tiempo para preguntar, revisar la vida, rezar, comprender el sacramento y preparar cristianamente vuestro hogar.[13]

Consejo práctico

No esperéis a tener cerrados todos los detalles de la boda para ir a la parroquia. Preguntad pronto. Ahorraréis prisas, malentendidos y trámites vividos a última hora.

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7. ¿Qué sacramentos conviene revisar antes del matrimonio?

La preparación matrimonial también mira vuestra vida sacramental. No se trata solo de tener papeles en regla, sino de llegar al matrimonio con una disposición cristiana verdadera.

Sacramentos que conviene revisar antes de la boda

  • Bautismo: es el fundamento del matrimonio sacramental entre bautizados.
  • Confirmación: los católicos no confirmados deben recibirla antes del matrimonio, si puede hacerse sin dificultad grave.[14]
  • Penitencia: la Iglesia recomienda vivamente la confesión antes de casarse.[15]
  • Eucaristía: la Iglesia recomienda recibirla para disponerse fructuosamente al matrimonio.[16]


La confesión antes de la boda no es una costumbre antigua sin importancia. Es comenzar la vocación matrimonial desde la gracia, no desde la autosuficiencia. Y la Eucaristía no es un adorno de la ceremonia: es la escuela del amor entregado.

Para vosotros, la pregunta práctica es sencilla: ¿estamos preparando solo la celebración o también el alma con la que vamos a recibir el sacramento?

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8. ¿Por qué hace falta una catequesis específica para el matrimonio?

Hace falta catequesis porque muchos novios no conocen suficientemente el sacramento que piden. Pueden tener fe, cariño a la Iglesia y deseo sincero de casarse religiosamente, pero desconocer el contenido real del matrimonio cristiano. Otros llegan con una fe débil, intermitente o muy marcada por la costumbre familiar. La preparación se convierte entonces en una oportunidad pastoral preciosa.

El Catecismo afirma que la preparación al matrimonio es de primera importancia para que el «sí» de los esposos sea libre y responsable, y para que la alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y cristianos sólidos. Esa es la finalidad: no examinaros como alumnos, sino ayudaros a construir sobre roca.[17]

Una buena catequesis matrimonial debe unir doctrina, vida espiritual y realismo humano. Tiene que hablar del sacramento, del consentimiento, de la unidad, de la indisolubilidad, de la fidelidad, de la apertura a la vida, de la sexualidad conyugal, de la oración, de la educación de los hijos, de la comunicación, del perdón, de las crisis y de la pertenencia a la comunidad cristiana.[18]

No se trata de saber muchas cosas sobre el matrimonio. Se trata de prepararos para vivir cristianamente el matrimonio que vais a recibir.

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9. ¿Qué os conviene hablar antes de casaros?

Después de comprender el consentimiento, llega la parte más concreta: hablar de la vida real que vais a compartir. No se trata de resolverlo todo antes de la boda, sino de no prometer fidelidad dejando en sombra los asuntos que después sostendrán o tensarán vuestra vida común.

Preguntas que conviene hablar antes de casarse

  • Fe y vida cristiana: ¿compartimos una misma visión de la fe?, ¿qué lugar tendrá la oración en casa?, ¿cómo viviremos el domingo y la Eucaristía?
  • Hijos y educación: ¿estamos abiertos a la vida?, ¿cómo educaremos cristianamente a nuestros hijos?
  • Fidelidad y conflictos: ¿cómo entendemos la fidelidad?, ¿cómo resolvemos los conflictos?, ¿qué heridas necesitamos sanar?
  • Vida cotidiana: ¿cómo administraremos el dinero?, ¿cómo ordenaremos trabajo, vivienda, descanso, amistades y uso del tiempo?
  • Familias y ayuda: ¿qué relación tendremos con nuestras familias de origen?, ¿qué ayuda buscaremos cuando lleguen dificultades?

Estas preguntas no buscan crear miedo ni convertir el noviazgo en un examen. Buscan algo más sencillo y más serio: que habléis con verdad antes de prometer fidelidad.

También conviene hablar de asuntos que parecen pequeños y luego pesan mucho: horarios, prioridades, redes sociales, trato con terceros, gastos, descanso, relación con los padres, amistades y decisiones importantes. No todo tiene que estar resuelto antes de casarse, pero sí conviene saber cómo vais a hablar cuando aparezcan los problemas.

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10. ¿Cómo se aplica realmente en una parroquia?

Normalmente, los novios debéis acudir a la parroquia con suficiente antelación. Allí se inicia el expediente matrimonial, se comprueba la libertad de los contrayentes, se recogen los documentos necesarios y se os orienta sobre la preparación.

Pasos habituales en la parroquia

  1. Primer contacto: comunicáis vuestro deseo de casaros por la Iglesia.
  2. Expediente matrimonial: se comprueba que nada impide la celebración válida y lícita.
  3. Documentos: se presentan partidas de Bautismo, documentación civil y lo que indique la parroquia.
  4. Diálogo pastoral: el sacerdote revisa con vosotros la libertad, la intención y la disposición matrimonial.
  5. Catequesis o curso: recibís formación sobre el sacramento, la vida matrimonial y la familia cristiana.
  6. Preparación litúrgica: se revisan el rito, las lecturas, las oraciones, la música y otros aspectos de la celebración.
  7. Preparación espiritual: confesión, Eucaristía y oración antes de la boda.

El Código de Derecho Canónico establece que antes de celebrar el matrimonio debe constar que nada se opone a su celebración válida y lícita. También prevé que la Conferencia Episcopal determine normas sobre el examen de los contrayentes, las proclamas matrimoniales y otros medios oportunos. Por eso hay preguntas, documentos y plazos: no son caprichos administrativos, sino garantías del sacramento.[19]

Situaciones que conviene aclarar pronto

  • Falta de Confirmación de uno de los novios.
  • Matrimonio entre católico y no católico.
  • Alejamiento prolongado de la práctica sacramental.
  • Situaciones familiares o canónicas que requieran permiso, dispensa o acompañamiento específico.

La aplicación concreta puede variar, pero el sentido es siempre el mismo: ayudaros a casaros con libertad, verdad y disposición cristiana.

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11. Consejos finales para vosotros

Antes de la boda, conviene distinguir bien entre preparar una celebración y preparar una vocación. Estos consejos pueden ayudaros a vivir la catequesis matrimonial con más fruto.

Consejos para vivir bien la preparación

  1. No la viváis como una obligación molesta. Puede ser uno de los pocos momentos antes de la boda en que alguien os ayude a deteneros, pensar, rezar y hablar de lo esencial.
  2. No tengáis miedo a las preguntas. Una buena preparación no destruye el amor; lo purifica. Si aparecen diferencias o heridas, estáis viendo la realidad.
  3. Cuidad vuestra vida sacramental. Confesaos, participad en la Eucaristía, pedid luz e invocad al Espíritu Santo.
  4. Buscad matrimonios cristianos reales. No perfectos: reales. Esposos que recen, se perdonen y hayan aprendido a caminar juntos.
  5. No preparéis solo un día. La boda se recuerda con fotografías; el matrimonio se construye con fidelidad diaria.

Estos consejos no añaden exigencias externas a vuestro amor. Ordenan lo que ya está en juego: libertad, gracia, verdad, acompañamiento y fidelidad.

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Conclusión

La catequesis de preparación al matrimonio no es una barrera entre los novios y su boda. Es una ayuda para comprender la grandeza del sacramento. Quien se casa por la Iglesia no pide solo un rito hermoso; entra en una vocación cristiana.

Los novios tenéis derecho a una preparación clara, seria, cercana y fiel al Magisterio. Y la Iglesia tiene el deber de ofrecérosla con caridad y verdad. Porque el matrimonio cristiano no se improvisa: se discierne, se prepara, se celebra y se vive con la gracia de Cristo.

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Notas y referencias

[1] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1601-1666.

[2] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48.

[3] Cf. Código de Derecho Canónico, cann. 1055-1056; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1643-1654.

[4] Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1057.

[5] Cf. Código de Derecho Canónico, cann. 1066-1067.

[6] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 11; Gaudium et spes, n. 48.

[7] Cf. San Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 66.

[8] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al Sacramento del Matrimonio, n. 1.

[9] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al Sacramento del Matrimonio; Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, Itinerarios catecumenales para la vida matrimonial.

[10] Cf. San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 66.

[11] Cf. Francisco, exhortación apostólica Amoris laetitia, n. 212.

[12] Cf. San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 66.

[13] Cf. Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, Itinerarios catecumenales para la vida matrimonial, 2022.

[14] Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1065 §1.

[15] Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1065 §2.

[16] Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1065 §2.

[17] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1632.

[18] Cf. San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 66; Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al Sacramento del Matrimonio, nn. 46-48.

[19] Cf. Código de Derecho Canónico, cann. 1063-1067.

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