por Guillermo Mirecki | 5 Ago, 2026 | Postcomunión Dinámicas
Catequesis en Familia
La Transfiguración del Señor
«Este es mi Hijo amado; escúchadlo»
(Mateo 17,5)
Una catequesis para descubrir la gloria de Cristo, fortalecer la fe y aprender a seguir al Señor en la vida cotidiana.

La Transfiguración revela por un instante la gloria divina de Jesucristo y fortalece la fe de los discípulos antes del camino hacia la Cruz.
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Presentación
La Transfiguración del Señor es uno de los momentos más luminosos del Evangelio. En la cima de un monte, Jesucristo permite que tres de sus discípulos contemplen durante unos instantes el resplandor de su divinidad. Aquella experiencia no fue un espectáculo extraordinario reservado a unos pocos, sino un regalo de Dios para fortalecer su fe antes del escándalo de la Cruz y enseñarles que el camino del discípulo siempre conduce a la gloria de la Resurrección.
Esta catequesis invita a recorrer ese mismo camino espiritual. A través de la Palabra de Dios, la enseñanza de la Iglesia, la contemplación de las imágenes, las actividades y la oración, niños, jóvenes y adultos descubrirán que también hoy el Señor sigue llamándonos a subir con Él al monte de la oración para escuchar su voz, renovar nuestra esperanza y regresar a la vida cotidiana con una fe más firme, una caridad más generosa y una alegría que ilumine a quienes nos rodean.
Idea principal
La Transfiguración revela que Jesucristo es el Hijo amado del Padre y fortalece la fe de quienes están llamados a seguirlo hasta la Cruz y la Resurrección.
Aplicación catequética y familiar
Cada familia cristiana está llamada a buscar momentos de silencio, oración y escucha del Evangelio para descubrir la presencia de Cristo y llevar su luz a la vida diaria.
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Cómo utilizar esta catequesis
| Modalidad de uso |
Duración |
Material necesario |
Recomendaciones |
| Familia |
45–60 min |
Biblia, esta catequesis y un lugar tranquilo para la oración. |
Leer juntos, dialogar con calma y finalizar con la oración en familia. |
| Catequesis parroquial |
60–75 min |
Biblia, proyección de imágenes y material para la actividad. |
Combinar la explicación con el diálogo y el trabajo en grupo. |
| Uso personal |
30–45 min |
Biblia y cuaderno para anotaciones. |
Realizar la Lectio divina y concluir con un compromiso concreto. |
| Centro educativo |
50–60 min |
Biblia y recursos audiovisuales. |
Favorecer la participación y relacionar el Evangelio con la vida cotidiana. |
Puede utilizarse para…
Catequesis familiar, grupos parroquiales, clases de Religión, formación de adultos, preparación litúrgica de la fiesta del 6 de agosto y oración personal.
No está pensado para…
Sustituir la lectura del Evangelio, la participación en la Eucaristía o la formación sistemática del Catecismo, sino para ayudar a comprender y vivir con mayor profundidad el misterio de la Transfiguración.
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Objetivos
- Descubrir el significado de la Transfiguración dentro de la vida pública de Jesucristo.
- Reconocer en Jesús al Hijo amado del Padre.
- Fortalecer la fe para afrontar las dificultades de la vida cristiana.
- Aprender a escuchar la Palabra de Dios.
- Animar a la oración y a la vida sacramental.
- Transformar la contemplación de Cristo en compromiso cotidiano.
Carismas que desarrolla
- Escucha de la Palabra.
- Contemplación.
- Esperanza cristiana.
- Confianza en Dios.
- Vida de oración.
- Testimonio del Evangelio.
Destinatarios
Esta catequesis está dirigida principalmente a familias cristianas, catequistas, parroquias, profesores de Religión, movimientos apostólicos y a cualquier persona que desee profundizar en el misterio de la Transfiguración del Señor desde la Sagrada Escritura, la enseñanza de la Iglesia y la oración.
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Parte I. Comprender la Transfiguración del Señor
1. ¿Qué celebra la Iglesia el 6 de agosto?
Cada 6 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, el momento en que Jesucristo manifestó ante Pedro, Santiago y Juan el resplandor de su gloria. Su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Moisés y Elías aparecieron conversando con Él, mientras una nube luminosa envolvía a los discípulos y la voz del Padre revelaba quién era Jesús: su Hijo amado, a quien todos deben escuchar.1
La Transfiguración no aparta a Cristo del camino que conduce a Jerusalén, sino que descubre su sentido. Antes de que los discípulos contemplen el dolor de la Pasión, reciben un anticipo de la Resurrección. La Iglesia celebra así la gloria divina escondida en la humanidad de Jesús y recuerda que la Cruz no es el final, sino el paso hacia la vida plena. También nosotros necesitamos esta luz para permanecer fieles cuando la fe atraviesa la dificultad, el cansancio o la incertidumbre.2
Idea principal
La Transfiguración manifiesta la gloria de Jesucristo y fortalece la fe de sus discípulos antes de la Pasión.
Orientación catequética y familiar
La familia puede celebrar esta fiesta contemplando a Cristo con admiración y recordando, especialmente en los momentos difíciles, que su luz permanece presente aunque no siempre resulte visible.
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2. Jesús deja entrever su gloria
En la Transfiguración, Jesús no se convierte en alguien distinto ni recibe una gloria que antes no poseía. Durante unos instantes, permite que sus discípulos contemplen la divinidad que permanece velada bajo su humanidad. El mismo Maestro que camina con ellos, se cansa, siente hambre y comparte la vida cotidiana es el Hijo eterno del Padre. La luz no llega desde fuera para adornarlo: brota de su propia persona y revela quién es verdaderamente.3
Este misterio ayuda a comprender que en Cristo se encuentran sin separación la verdadera humanidad y la verdadera divinidad. Los discípulos ven el rostro conocido de Jesús iluminado por una gloria que supera cuanto podían imaginar. También nosotros estamos llamados a reconocer la presencia divina de Cristo en lo cotidiano: en su Palabra, en la Eucaristía, en la oración y en las personas que necesitan nuestro amor. La fe aprende a descubrir lo extraordinario de Dios dentro de la sencillez de cada día.4
Idea principal
Jesucristo manifiesta en la Transfiguración la gloria divina que posee desde siempre como Hijo eterno del Padre.
Orientación catequética y familiar
La familia puede aprender a contemplar a Cristo en las realidades sencillas de cada día y a reconocer su presencia en la oración, los sacramentos, el perdón y el servicio mutuo.
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3. El monte donde Dios habla
En la Biblia, el monte es el lugar del encuentro con Dios. En la cima del Sinaí, Moisés recibió la Ley; el profeta Elías descubrió la presencia del Señor en la brisa suave; y ahora Jesús conduce a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto para revelarles el misterio de su persona. La subida simboliza el camino interior del creyente: dejar por un momento el ruido, las preocupaciones y las prisas para abrir el corazón a la escucha de Dios.5
Sin embargo, el Evangelio enseña que nadie permanece siempre en la montaña. Después de contemplar la gloria de Cristo, los discípulos descienden con Él para continuar el camino hacia Jerusalén. La oración transforma la vida, pero no nos aleja del mundo; al contrario, nos prepara para vivir con mayor fe, esperanza y caridad allí donde Dios nos ha puesto. Quien escucha al Señor en el silencio aprende después a reconocer su voz en medio de la vida cotidiana.6
Idea principal
El monte representa el encuentro con Dios, la escucha de su Palabra y la preparación del corazón para la misión.
Orientación catequética y familiar
Reservar cada día un momento para la oración en familia ayuda a escuchar mejor al Señor y a afrontar con serenidad las responsabilidades, las dificultades y las alegrías de la vida.
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4. «Este es mi Hijo amado; escúchenlo»
En el momento culminante de la Transfiguración, una nube luminosa envuelve a Jesús y a los discípulos. Desde ella se escucha la voz del Padre, que confirma solemnemente la identidad de Cristo: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Estas palabras reúnen toda la historia de la salvación y muestran que Jesús es la revelación definitiva de Dios. Ya no basta con admirar sus milagros o recordar sus enseñanzas: el discípulo está llamado a escuchar su voz, acoger su Palabra y dejar que transforme toda su vida.7
La orden del Padre conserva hoy toda su fuerza. En medio de tantas voces que reclaman nuestra atención, el cristiano aprende a distinguir la de Jesucristo y a reconocer en ella el camino seguro hacia la felicidad. Escuchar al Señor significa confiar en Él, obedecer su Evangelio y dejar que ilumine nuestras decisiones, incluso cuando el camino resulte exigente. La verdadera fe comienza cuando la Palabra de Cristo deja de ser una simple enseñanza para convertirse en criterio de vida.8
Idea principal
El Padre revela a Jesucristo como su Hijo amado e invita a todos los hombres a escuchar su Palabra.
Orientación catequética y familiar
Escuchar juntos el Evangelio, comentarlo con sencillez y procurar vivirlo cada día convierte el hogar en una verdadera escuela de discípulos de Jesús.
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5. De la gloria a la misión
La experiencia de la Transfiguración no termina en la cima del monte. Después de contemplar la gloria del Señor, Jesús conduce nuevamente a sus discípulos por el camino que lleva a Jerusalén. Allí les esperan la Pasión, la Cruz y, finalmente, la Resurrección. La gloria contemplada fortalece la fe para afrontar la prueba; no evita el sufrimiento, sino que ayuda a comprender que el amor de Dios es más fuerte que el dolor y que toda fidelidad encuentra su plenitud en la vida eterna.9
También nosotros estamos llamados a bajar del monte llevando en el corazón la luz de Cristo. La oración, la Eucaristía y la escucha del Evangelio no nos apartan de nuestras responsabilidades, sino que nos preparan para vivirlas con esperanza. El discípulo que ha contemplado al Señor vuelve al mundo para servir, sembrando paz, alegría y confianza allí donde Dios lo ha enviado. Esa es la verdadera misión que nace de toda experiencia auténtica de encuentro con Cristo.10
Idea principal
La contemplación de la gloria de Cristo impulsa al cristiano a vivir con esperanza y a servir a los demás en la vida cotidiana.
Orientación catequética y familiar
La mejor manera de prolongar la Transfiguración en la vida diaria es llevar al hogar, al trabajo, a la escuela y a la parroquia la luz recibida en la oración, convirtiendo cada gesto de amor en un reflejo de Cristo.
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Parte II. Subimos al monte con Jesús
1. Jesús nos invita a subir con Él

Jesús llama a tres de sus discípulos para compartir con ellos un momento decisivo de su misión.
Todo comienza con una invitación. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y los conduce hacia un monte alto, lejos del ruido y de las ocupaciones habituales. No les explica lo que van a vivir ni les adelanta lo que sucederá en la cima. Simplemente les pide que lo acompañen. Como tantas veces ocurre en el Evangelio, el Señor no revela primero todas las respuestas; antes invita a caminar con Él. La fe empieza aceptando esa llamada confiada que abre el corazón a la acción de Dios.
También hoy Cristo continúa invitando a cada persona a subir con Él. Esa subida comienza cuando dedicamos un tiempo a la oración, participamos en la Eucaristía, escuchamos el Evangelio o buscamos sinceramente la voluntad del Padre. Ningún discípulo puede contemplar la gloria de Cristo permaneciendo inmóvil. El encuentro con el Señor exige ponerse en camino y dejar que Él marque el ritmo de nuestra vida. Solo quien acepta seguirlo descubrirá la luz que transforma el corazón.
Idea principal
Toda experiencia profunda de Dios comienza respondiendo con confianza a la llamada de Jesucristo.
Aplicación catequética
Ayudar a descubrir que seguir a Jesús supone reservar un tiempo para Él, escuchar su Palabra y confiar en que siempre conduce a un bien mayor, aunque todavía no comprendamos el camino.
Pregunta para dialogar
¿Qué cosas podrían ayudarnos esta semana a «subir con Jesús» y dedicar un momento de verdadero encuentro con Él?
Mientras los cuatro continúan ascendiendo, el paisaje se vuelve cada vez más silencioso. Los discípulos todavía no lo saben, pero dentro de unos instantes contemplarán algo que cambiará para siempre su manera de mirar a Jesús.
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2. Dejamos atrás el ruido para encontrarnos con Dios

El camino hacia Dios comienza dejando atrás el ruido para abrir el corazón al silencio y a la oración.
A medida que ascienden, el bullicio del valle va desapareciendo. Solo se escuchan el viento, los pasos sobre el sendero y la respiración de quienes caminan. Jesús prepara a sus discípulos sin pronunciar apenas una palabra. El silencio se convierte en un verdadero maestro, porque ayuda a descubrir aquello que tantas veces queda oculto entre las preocupaciones y las prisas. Dios no suele imponerse con estruendo; espera pacientemente a que el corazón encuentre un espacio donde pueda escuchar su voz.
También nuestras familias necesitan subir de vez en cuando a ese monte interior. No siempre será un lugar físico; muchas veces bastará con apagar el teléfono, cerrar la televisión, dejar a un lado las prisas y dedicar unos minutos a la oración compartida. Quien aprende a hacer silencio descubre que Dios nunca deja de hablar. En ese encuentro sencillo nace una paz que después acompaña el trabajo, el estudio, las dificultades y las alegrías de cada jornada.
Idea principal
El silencio prepara el corazón para reconocer la presencia de Dios y acoger su Palabra.
Aplicación catequética
Crear pequeños momentos de silencio en la vida familiar ayuda a descubrir que la oración no consiste solo en hablar con Dios, sino también en aprender a escucharlo.
Pregunta para dialogar
¿Qué ruidos o distracciones nos impiden escuchar mejor a Jesús y cómo podríamos reducirlos en nuestra vida diaria?
Cuando alcanzan la parte más alta del monte, los discípulos levantan la vista hacia Jesús. Todo parece igual que unos instantes antes, pero están a punto de contemplar un acontecimiento que ningún ser humano había presenciado hasta entonces.
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3. Contemplamos la gloria escondida de Cristo

Durante unos instantes, Jesús deja que sus discípulos contemplen la gloria divina que siempre habita en Él.
De pronto, todo cambia. Mientras Jesús permanece en oración, su rostro comienza a brillar y sus vestidos se vuelven de un blanco deslumbrante. No se trata de una luz que cae sobre Él, sino de una claridad que nace de su propia persona y revela el misterio que hasta entonces permanecía oculto. Junto a Él aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, mostrando que toda la historia de la salvación encuentra su cumplimiento en Cristo. Los discípulos contemplan la escena en silencio, conscientes de que están viviendo un momento que jamás podrán olvidar.
También nosotros estamos llamados a descubrir esa misma gloria, aunque de un modo distinto. Cada vez que escuchamos el Evangelio, participamos en la Eucaristía o dedicamos un tiempo a la oración, Cristo nos permite contemplar con los ojos de la fe la belleza de su presencia. La verdadera luz no deslumbra; transforma el corazón. Quien se deja iluminar por el Señor aprende poco a poco a mirar a las personas, los acontecimientos y la propia vida con los ojos de Dios.
Idea principal
La Transfiguración manifiesta que Jesucristo es el cumplimiento de toda la historia de la salvación y el verdadero Hijo de Dios.
Aplicación catequética
Enseñar a contemplar a Cristo con los ojos de la fe ayuda a descubrir que su luz sigue presente hoy en la Palabra, los sacramentos y la vida de la Iglesia.
Pregunta para dialogar
¿Cuándo has sentido alguna vez que Dios iluminaba tu corazón o te ayudaba a comprender algo importante de tu vida?
Mientras los discípulos siguen contemplando aquella luz indescriptible, una emoción inmensa invade el corazón de Pedro. Desea que aquel momento no termine nunca y, movido por el entusiasmo, toma la palabra.
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4. Escuchamos la voz del Padre

La voz del Padre revela que Jesús es su Hijo amado e invita a todos los discípulos a escucharlo.
Pedro, lleno de alegría, desea que aquel momento no termine nunca y propone levantar tres tiendas para permanecer allí junto a Jesús, Moisés y Elías. Mientras todavía está hablando, una nube luminosa cubre a todos con su sombra y hace comprender a los discípulos que el verdadero centro de la escena no es el entusiasmo humano, sino la iniciativa de Dios. Entonces se escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Con estas palabras desaparecen todas las dudas: Jesús es el Mesías esperado, el Hijo eterno del Padre y la Palabra definitiva que Dios dirige a la humanidad.11
La voz del Padre sigue resonando hoy en la Iglesia cada vez que se proclama el Evangelio. Escuchar a Cristo no consiste únicamente en conocer sus enseñanzas, sino en dejar que orienten nuestras decisiones, nuestros afectos y nuestra manera de vivir. El discípulo madura cuando aprende a escuchar antes de hablar, a acoger antes de juzgar y a confiar antes de comprenderlo todo. Así, la Palabra del Señor se convierte en la luz que guía el camino de cada día.12
Idea principal
El Padre presenta solemnemente a Jesucristo como su Hijo amado y pide a todos los hombres que escuchen su Palabra.
Aplicación catequética
Aprender a escuchar el Evangelio con atención y ponerlo en práctica es el camino más seguro para crecer en la amistad con Jesucristo.
Pregunta para dialogar
¿Qué podemos hacer en nuestra familia para escuchar con más atención la voz de Jesús y vivir lo que nos enseña?
Ante aquella presencia tan grande, los tres discípulos quedan profundamente sobrecogidos. La alegría deja paso al temor reverente y, sin poder sostener la mirada, caen rostro en tierra.
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5. Perdemos el miedo

Jesús transforma el temor de los discípulos en confianza y los anima a levantarse para continuar el camino.
La manifestación de la gloria de Dios llena de asombro a los tres discípulos. Comprenden que están ante un misterio que supera toda experiencia humana y caen rostro en tierra, sobrecogidos por un santo temor. Entonces sucede uno de los gestos más delicados de todo el Evangelio: Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Antes de enseñarles una nueva lección, el Señor les ofrece su cercanía. La gloria divina no aplasta al hombre; al contrario, lo levanta y le devuelve la paz.13
También nosotros experimentamos muchas veces el miedo: miedo al fracaso, al sufrimiento, a la enfermedad, al futuro o a reconocer nuestras propias debilidades. Cristo responde hoy del mismo modo que en el monte: se acerca, nos toca mediante su gracia y nos invita a confiar. La fe no elimina todas las dificultades, pero cambia la manera de afrontarlas, porque quien camina con Jesús sabe que nunca está solo y que el amor de Dios siempre tiene la última palabra.14
Idea principal
El encuentro con Jesucristo no conduce al miedo, sino a la confianza que nace de sentirse amado por Dios.
Aplicación catequética
Educar en la fe significa ayudar a descubrir que Jesús siempre se acerca para sostenernos, especialmente cuando atravesamos momentos de dificultad o incertidumbre.
Pregunta para dialogar
¿Cuáles son nuestros miedos y cómo podemos ponerlos en las manos de Jesús con mayor confianza?
Los discípulos levantan la cabeza. La visión ha desaparecido. Ya solo está Jesús junto a ellos. Comienza entonces el descenso del monte, donde deberán aprender a vivir cada día aquello que han contemplado durante unos instantes.
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6. Bajamos del monte para seguir a Cristo en la vida cotidiana

La experiencia de la Transfiguración continúa cuando el discípulo vuelve a la vida diaria siguiendo los pasos de Cristo.
El camino de la Transfiguración termina donde comienza la misión. Jesús desciende del monte con sus discípulos y les pide que, por el momento, no cuenten a nadie lo que han visto hasta después de su Resurrección. La experiencia recibida deberá madurar en el silencio y comprenderse plenamente a la luz de la Cruz. La contemplación prepara para el compromiso. Quien ha descubierto la gloria de Cristo ya no puede vivir igual, porque sabe que incluso los momentos más difíciles están iluminados por la esperanza de la vida nueva.15
También nosotros descendemos del monte cada vez que termina la oración, la Eucaristía o un retiro espiritual. Allí comienza el verdadero testimonio. La luz recibida debe reflejarse en la vida cotidiana: en la paciencia con la familia, en el trabajo bien hecho, en el perdón ofrecido, en la ayuda a quien sufre y en la alegría de sabernos hijos de Dios. La Transfiguración no nos invita a huir del mundo, sino a volver a él con un corazón transformado para que otros puedan descubrir, a través de nosotros, el rostro luminoso de Cristo.16
Idea principal
La experiencia del encuentro con Cristo culmina cuando el discípulo vuelve a la vida diaria dispuesto a vivir el Evangelio.
Aplicación catequética
Cada oración, cada Eucaristía y cada encuentro con el Señor deben traducirse en pequeños gestos de amor, servicio y esperanza que hagan presente a Cristo en el hogar, la escuela, el trabajo y la parroquia.
Pregunta para dialogar
¿Qué gesto concreto podemos realizar esta semana para que quienes viven con nosotros descubran un poco mejor la luz de Cristo?
La subida al monte ha terminado, pero el camino del discípulo continúa cada día. La misma voz que resonó en la nube sigue invitándonos hoy a escuchar a Jesús, confiar en Él y caminar tras sus pasos hasta alcanzar la gloria que el Padre tiene preparada para todos sus hijos.
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Parte III. Vivimos la Transfiguración
Presentación de las actividades
La Transfiguración no es solamente un acontecimiento que contemplamos con admiración, sino un misterio que transforma la vida de quienes se dejan conducir por Jesucristo. Después de escuchar la Palabra, recorrer el camino del monte y descubrir la gloria del Señor, llega el momento de responder personalmente. Las siguientes actividades pretenden ayudar a que esta catequesis no termine al cerrar estas páginas, sino que continúe en la vida familiar, en la parroquia, en la escuela y en cada decisión cotidiana.
No es necesario realizar todas las propuestas en una sola sesión. Cada familia, grupo o catequista podrá elegir aquellas que mejor respondan a su realidad. Lo importante no es completar una tarea, sino permitir que el Evangelio ilumine la inteligencia, fortalezca la fe y anime a vivir con mayor fidelidad la llamada del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo».
Idea principal
Las actividades ayudan a convertir la contemplación del misterio en una experiencia concreta de crecimiento cristiano.
Orientación catequética
Cada actividad debe favorecer el diálogo, la participación y el compromiso, evitando que la catequesis se reduzca a una explicación teórica.
1. Actividad personal: descubrir la divinidad de Jesucristo
Objetivo
Ayudar a reconocer que Jesucristo no es únicamente un gran maestro o un personaje extraordinario de la historia, sino el verdadero Hijo de Dios hecho hombre.
Entrega a cada participante una hoja con una imagen de Cristo o invítalo a contemplar durante unos minutos un crucifijo o un icono del Señor. Después, proponle que escriba dos listas. En la primera anotará todo aquello que el Evangelio muestra sobre la humanidad de Jesús: sus gestos, sus palabras, sus sentimientos y su cercanía a las personas. En la segunda recogerá los signos que manifiestan su divinidad: los milagros, el perdón de los pecados, la Transfiguración, la Resurrección y las afirmaciones del Padre.
Una vez terminada la reflexión, cada participante redactará una breve respuesta personal a esta pregunta: «¿Quién es Jesucristo para mí?». No se trata de copiar una definición aprendida, sino de expresar con sencillez cómo ha ido creciendo su fe al contemplar la Transfiguración y qué significa creer que Jesús es verdaderamente el Hijo amado del Padre.
Material necesario
Biblia, una imagen de Jesucristo o un crucifijo, papel y bolígrafo.
Compromiso
Durante esta semana dedicaré unos minutos cada día a contemplar a Jesucristo y terminaré la oración repitiendo con fe: «Señor, creo que Tú eres el Hijo amado del Padre».
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2. Actividad en familia: llevar la luz de Cristo al hogar
Objetivo
Descubrir que la luz contemplada en la Transfiguración debe reflejarse en la convivencia diaria mediante pequeños gestos de amor, alegría, servicio y reconciliación.
Reúnanse todos los miembros de la familia alrededor de una vela encendida o de un cirio, colocado en un lugar visible. Después de leer juntos la frase del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo», cada persona dirá una acción concreta de otro miembro de la familia por la que da gracias a Dios. No se trata de elogiar grandes éxitos, sino de descubrir la presencia del Señor en los pequeños gestos cotidianos: una ayuda recibida, una palabra amable, una muestra de paciencia, un perdón ofrecido o un servicio realizado con alegría.
A continuación, cada uno elegirá un pequeño compromiso para hacer más luminosa la vida del hogar durante la semana. Puede ser colaborar espontáneamente en una tarea doméstica, dedicar más tiempo al diálogo, rezar juntos cada noche o esforzarse por evitar discusiones innecesarias. Al terminar, todos rezarán un Padrenuestro dando gracias porque Cristo continúa iluminando la vida de la familia y pidiendo la gracia de reflejar esa misma luz en el trato diario.
Material necesario
Una vela o un cirio, una Biblia y una hoja para anotar el compromiso familiar de la semana.
Compromiso
Elegiremos un gesto concreto que ayude a que nuestro hogar sea un reflejo de la luz de Cristo y revisaremos juntos al final de la semana cómo hemos vivido ese propósito.
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3. Actividad para la catequesis o el grupo: el secreto revelado del Señor
Objetivo
Comprender por qué Jesús pidió a sus discípulos que no hablaran de la Transfiguración hasta después de su Resurrección y descubrir que hoy ese «secreto» se ha convertido en una misión para toda la Iglesia.
El catequista comenzará preguntando al grupo qué cosas importantes han guardado alguna vez en secreto y por qué lo hicieron. Después leerá el mandato de Jesús al bajar del monte: «No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.» Se abrirá un diálogo para descubrir que los discípulos todavía no podían comprender plenamente el significado de la Transfiguración mientras no contemplaran la Cruz y la Resurrección. Solo entonces aquel misterio podría anunciarse con toda su fuerza al mundo entero.
A continuación, el grupo preparará un pequeño mural dividido en dos columnas. En la primera escribirán aquello que los discípulos aún no comprendían antes de Pascua; en la segunda, lo que la Resurrección les permitió entender definitivamente sobre Jesucristo. Finalmente, cada participante escribirá en una tarjeta una forma concreta de anunciar hoy la alegría del Evangelio en su colegio, su familia, sus amigos o su parroquia. El catequista concluirá recordando que el antiguo secreto del monte ya no debe ocultarse: ahora la Iglesia está llamada a proclamarlo con alegría y valentía.
Material necesario
Biblia, cartulina grande, tarjetas, rotuladores y cinta adhesiva.
Compromiso
Durante esta semana compartiré con una persona una enseñanza o una experiencia que me ayude a dar testimonio de Jesucristo con naturalidad y alegría.
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4. Actividad de oración y compromiso: «Escúchenlo»
Objetivo
Acoger personalmente el mensaje central de la Transfiguración y convertir la escucha de Jesucristo en un compromiso concreto para la vida diaria.
Se colocará una Biblia abierta en un lugar destacado y, junto a ella, una vela encendida como recuerdo de la luz de Cristo. Después de unos momentos de silencio, el catequista o uno de los participantes proclamará lentamente las palabras del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo.» La frase se repetirá varias veces, dejando entre una y otra un breve espacio de silencio para que cada persona la haga suya y la lleve al corazón. No se trata de escuchar únicamente con los oídos, sino de disponerse interiormente a dejar que Cristo oriente la propia vida.
A continuación, cada participante escribirá en una tarjeta una decisión concreta que le ayude a escuchar mejor a Jesús durante la próxima semana. Puede consistir en dedicar unos minutos diarios a la oración, leer un pasaje del Evangelio, reconciliarse con alguien, participar con más atención en la Eucaristía o realizar un servicio oculto por amor a Dios. Después, todos depositarán su tarjeta junto a la Biblia y terminarán rezando juntos el Padrenuestro, pidiendo la gracia de permanecer siempre atentos a la voz del Señor.
Material necesario
Biblia, una vela o cirio, tarjetas pequeñas, bolígrafos y un espacio adecuado para la oración en silencio.
Compromiso
Durante esta semana comenzaré cada jornada recordando las palabras del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo», procurando que una decisión concreta de ese día nazca de la escucha del Evangelio.
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Parte IV. Lectio divina
Mateo 17,1-9
La Lectio divina es un encuentro con Jesucristo vivo por medio de su Palabra. No consiste únicamente en leer un texto bíblico, sino en disponerse interiormente para escuchar la voz del Señor, dejar que ilumine el corazón y responder con una vida renovada. Antes de comenzar, conviene buscar un lugar tranquilo, apagar aquello que pueda distraernos y pedir al Espíritu Santo la gracia de comprender el Evangelio con la inteligencia, el corazón y la vida.
La Transfiguración nos conduce al monte donde los discípulos contemplan la gloria de Cristo. También nosotros somos invitados a subir espiritualmente con Pedro, Santiago y Juan. No buscamos una emoción pasajera ni una experiencia extraordinaria, sino permanecer junto a Jesús para escuchar al Padre y dejar que su luz transforme silenciosamente nuestra existencia.
Texto del Evangelio
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Mateo 17, 1-9
Lectio
Lee el Evangelio despacio, sin prisas. Si es posible, haz una segunda lectura todavía más pausada. Observa cada detalle: el camino hacia el monte, el silencio, la oración de Jesús, la luz que brota de su rostro, la presencia de Moisés y Elías, la nube luminosa y la voz del Padre. No intentes comprenderlo todo inmediatamente; deja que sea el propio Evangelio quien marque el ritmo de tu contemplación.
Detente especialmente en aquellas palabras o escenas que más llamen tu atención. Pregúntate qué dicen realmente y por qué el Espíritu Santo ha querido conservarlas para la Iglesia. Escucha el relato como si fueras uno de los tres discípulos que acompañan a Jesús y deja que el silencio complete aquello que las palabras no alcanzan a expresar.
Meditatio
El Padre no invita primero a actuar, sino a escuchar. Toda la Transfiguración converge en esa única frase: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Antes de cambiar el mundo, antes incluso de comprender el misterio de la Cruz, los discípulos deben aprender a permanecer junto a Jesús y dejar que su Palabra modele lentamente su corazón. La verdadera transformación comienza siempre por la escucha.
Pregúntate con sencillez: ¿qué voces ocupan hoy mi corazón? ¿Qué lugar ocupa realmente el Evangelio en mis decisiones? ¿Subo alguna vez al monte de la oración o vivo constantemente rodeado de ruido? Contemplar la gloria de Cristo significa aprender a mirar toda la realidad desde Él, hasta descubrir que incluso los caminos más difíciles pueden iluminarse con la esperanza de la Resurrección.
Oratio
Habla ahora con Jesús con toda confianza. Dale gracias porque ha querido mostrar a sus discípulos la luz de su divinidad y porque continúa manifestándose hoy en la Iglesia, en la Eucaristía y en su Palabra. Pídele que fortalezca tu fe cuando aparezcan el cansancio, el sufrimiento o la duda.
Pide también la gracia de escuchar siempre la voz del Padre, de reconocer a Cristo como centro de tu vida y de no buscar únicamente momentos extraordinarios de consuelo espiritual, sino la fidelidad sencilla de cada día. Pon delante del Señor tu familia, tu parroquia, tus amigos y todas las personas que necesitan descubrir la luz del Evangelio.
Contemplatio
Permanece unos minutos en silencio. No intentes añadir nuevas palabras. Imagina que estás junto a Pedro, Santiago y Juan mientras contemplas a Cristo transfigurado. Deja que su mirada repose sobre ti. Escucha nuevamente la voz del Padre y recibe en el corazón esa invitación que atraviesa los siglos: «Escúchenlo».
Cuando el silencio se haga profundo, contempla cómo Jesús se acerca también a ti, te toca con la misma ternura con que levantó a sus discípulos y repite: «Levántate. No tengas miedo». Permanece unos instantes acogiendo esa paz sin necesidad de decir nada más.
Actio
La contemplación termina siempre convirtiéndose en misión. Igual que los discípulos descendieron del monte para seguir acompañando a Jesús, también tú estás llamado a regresar a la vida cotidiana llevando contigo la luz recibida en la oración. El verdadero fruto de la Lectio divina se reconoce cuando el Evangelio comienza a hacerse visible en las palabras, en las decisiones y en la manera de amar.
Elige un compromiso sencillo para esta semana. Puede consistir en dedicar diariamente unos minutos a la oración silenciosa, leer cada día un breve pasaje del Evangelio, reconciliarte con alguien, participar con mayor atención en la Eucaristía o realizar un acto de caridad oculto. Al descender del monte, recuerda siempre que la luz de Cristo no se guarda para uno mismo: se refleja en la vida de quienes han aprendido a escucharlo.
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Parte V. Oraciones
1. Oración antes de la lectura del Evangelio
Toda escucha de la Palabra comienza pidiendo al Espíritu Santo un corazón disponible para acoger a Jesucristo y dejarse transformar por Él.
Señor Jesucristo,
abre mi inteligencia para comprender tu Palabra,
abre mi corazón para acogerla con fe,
abre mi voluntad para ponerla en práctica,
y haz que, escuchándote cada día,
camine siempre hacia Ti.
Amén.
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2. Oración colecta de la fiesta de la Transfiguración del Señor
La liturgia de la Iglesia nos invita a pedir que la contemplación de Cristo glorioso fortalezca nuestra esperanza y nos conduzca a participar un día de su misma gloria.
«Oh, Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los que lo precedieron, y prefiguraste maravillosamente la perfecta adopción de los hijos, concede a tus siervos que, escuchando la voz de tu Hijo amado, merezcamos ser sus coherederos. Por nuestro Señor Jesucristo».
Oración colecta oficial de la fiesta de la Transfiguración del Señor, tomada del Misal Romano.
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3. Oración final en familia
Después de recorrer esta catequesis, la familia pide al Señor que la luz contemplada en el monte permanezca viva en el hogar y acompañe cada jornada.
Cristo, Luz de nuestro andar,
quédate siempre con nosotros;
enséñanos a escuchar
la voz del Padre amoroso.
Y al bajar de nuestro monte,
danos fuerza para amar;
que quien vea nuestra vida
te pueda también encontrar.
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Conclusión
La Transfiguración del Señor nos recuerda que la vida cristiana es un camino de esperanza. Igual que Pedro, Santiago y Juan, también nosotros somos invitados a subir al monte para encontrarnos con Jesucristo, escuchar la voz del Padre y dejarnos transformar por la luz de su presencia. Esa experiencia fortalece la fe y nos prepara para afrontar con serenidad las dificultades del camino, sabiendo que la Cruz nunca tiene la última palabra.
Pero el Evangelio no termina en la cima del monte. Después de contemplar la gloria de Cristo, llega el momento de descender y vivir como verdaderos discípulos en la familia, el trabajo, la escuela, la parroquia y en cada encuentro con los demás. Quien ha aprendido a escuchar al Hijo descubre que la santidad comienza en las pequeñas acciones de cada día. Allí, en la sencillez de la vida cotidiana, continúa brillando la misma luz que un día iluminó el rostro del Señor.
Idea principal
La Transfiguración nos prepara para vivir con esperanza el camino de cada día siguiendo a Jesucristo.
Compromiso final
Escuchar cada día la Palabra de Dios y procurar que la luz de Cristo se refleje en nuestra manera de pensar, hablar, trabajar y amar.
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Otras fuentes en Catequesis en Familia
Si deseas seguir profundizando en el misterio de la Transfiguración del Señor, puedes completar esta catequesis con los siguientes recursos publicados en Catequesis en Familia. Todos ellos desarrollan aspectos complementarios del mismo acontecimiento desde la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia y la oración.
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Fuentess y bibliografía
La selección bibliográfica reúne las fuentes empleadas para la elaboración doctrinal, bíblica, litúrgica y catequética del documento. En los recursos disponibles en internet, el título de la obra o del documento funciona como hipervínculo y conduce directamente a la fuente citada.
Sagrada Escritura
Conferencia Episcopal Española. Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española: Evangelio según san Mateo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2010.
Conferencia Episcopal Española. Transfiguración del Señor: Marcos 9,2-10. Madrid: Conferencia Episcopal Española.
Conferencia Episcopal Española. Transfiguración del Señor: Lucas 9,28b-36. Madrid: Conferencia Episcopal Española.
Conferencia Episcopal Española. Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2010.
Catecismo y Magisterio
Iglesia Católica. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 554-556: «Una visión anticipada del Reino: la Transfiguración». Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1997.
Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2005, n. 110.
Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación. 18 de noviembre de 1965.
Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia. 21 de noviembre de 1964.
Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia. 4 de diciembre de 1963.
Magisterio pontificio sobre la Transfiguración
Juan Pablo II. La gloria de la Trinidad en la Transfiguración. Audiencia general, 26 de abril de 2000.
Juan Pablo II. Fiesta de la Transfiguración del Señor y aniversario de la muerte de Pablo VI. 6 de agosto de 1999.
Juan Pablo II. Antes de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2000.
Juan Pablo II. Palabras al inicio de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2002.
Benedicto XVI. Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2006.
Benedicto XVI. Ángelus del segundo domingo de Cuaresma. 24 de febrero de 2013.
Francisco. Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor. 6 de agosto de 2017.
Francisco. Ángelus del segundo domingo de Cuaresma. 13 de marzo de 2022.
Francisco. Ángelus del segundo domingo de Cuaresma. 5 de marzo de 2023.
Liturgia
Conferencia Episcopal Española. Misal Romano. 3.ª edición oficial en lengua española. Madrid: Libros Litúrgicos, 2017. Misa del 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.
Conferencia Episcopal Española. Liturgia de las Horas según el rito romano. Vol. III. 2.ª edición oficial. Madrid: Libros Litúrgicos, 2021. Oficio del 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.
Transparencia y agradecimiento
Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con el apoyo de ChatGPT. El contenido doctrinal se ha fundamentado en las fuentes bíblicas, litúrgicas y magisteriales citadas.
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Notas
1. Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia. Evangelio según san Mateo, 17,1-9.
2. Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 554-556.
3. Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica, n. 554; Benedicto XVI, Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2006.
4. Juan Pablo II, Palabras al inicio de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2002.
5. Cf. Ex 24,12-18; 1 Re 19,8-13; Mt 17,1-5. La montaña aparece en estos pasajes como lugar de revelación, alianza, escucha y encuentro con Dios.
6. Francisco, Ángelus en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2017.
7. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación, nn. 2 y 4.
8. Francisco, Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, 5 de marzo de 2023.
9. Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 555-556.
10. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, nn. 39-42.
11. Juan Pablo II, La gloria de la Trinidad en la Transfiguración, audiencia general, 26 de abril de 2000.
12. Benedicto XVI, Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, 24 de febrero de 2013.
13. Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia. Evangelio según san Mateo, 17,6-8.
14. Francisco, Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, 13 de marzo de 2022.
15. Juan Pablo II, Fiesta de la Transfiguración del Señor y aniversario de la muerte de Pablo VI, 6 de agosto de 1999.
16. Juan Pablo II, Antes de la misa en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 6 de agosto de 2000.
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Autor: Guillermo Mirecki
por Catequesis en Familia | 1 Ago, 2026 | La Biblia
Evangelio del día
Decimoctavo domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 14, 13-21
El milagro consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran.
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Evangelio
Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para esta a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos». Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». «Tráiganmelos aquí», les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
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Lecturas
Primera lectura:
Libro de Isaías, Is 55, 1-3
Salmo:
Sal 145(144), 8-9.15-16.17-18
Segunda lectura:
Carta de San Pablo a los Romanos, Rom 8, 35.37-39
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Oración introductoria
La multiplicación de los panes me recuerda que la abundancia es una característica del auténtico amor. Señor, creo en ti y te amo, por eso, con toda confianza, te pido que me permitas escucharte en esta oración para conocer cuál es el camino que debo seguir para que mi amor, a Ti y a los demás, sea ilimitado.
Petición
Jesús, ayúdame a que mi amor sea incondicional, auténtico, abundante.
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Meditación del Santo Padre emérito Benedicot XVI
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de este domingo describe el milagro de la multiplicación de los panes, que Jesús realiza para una multitud de personas que lo seguían para escucharlo y ser curados de diversas enfermedades (cf. Mt 14, 14). Al atardecer, los discípulos sugieren a Jesús que despida a la multitud, para que puedan ir a comer. Pero el Señor tiene en mente otra cosa: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16). Ellos, sin embargo, no tienen «más que cinco panes y dos peces». Jesús entonces realiza un gesto que hace pensar en el sacramento de la Eucaristía: «Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14, 19). El milagro consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.
En este signo prodigioso se entrelazan la encarnación de Dios y la obra de la redención. Jesús, de hecho, «baja» de la barca para encontrar a los hombres. San Máximo el Confesor afirma que el Verbo de Dios «se dignó, por amor nuestro, hacerse presente en la carne, derivada de nosotros y conforme a nosotros, menos en el pecado, y exponernos la enseñanza con palabras y ejemplos convenientes a nosotros» (Ambiguum 33: PG 91, 1285 C). El Señor nos da aquí un ejemplo elocuente de su compasión hacia la gente. Esto nos lleva a pensar en tantos hermanos y hermanas que en estos días, en el Cuerno de África, sufren las dramáticas consecuencias de la carestía, agravadas por la guerra y por la falta de instituciones sólidas. Cristo está atento a la necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre «tiene hambre de algo más, necesita algo más» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 315). En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el encuentro con él «nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el «pan del cielo»» (ib., p. 316). Queridos amigos, «en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo» (Sacramentum caritatis, 88). Nos lo testimonia también san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, de quien hoy la Iglesia hace memoria. En efecto, Ignacio eligió vivir «buscando a Dios en todas las cosas, y amándolo en todas las criaturas» (cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, III, 1, 26). Confiemos a la Virgen María nuestra oración, para que abra nuestro corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 31 de julio de 2011
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Propósito
En mi siguiente encuentro con Cristo en la Eucaristía, pedirle que abra mi corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.
Diálogo con Cristo
Jesús, ayúdame a saber multiplicar mi amor. Para que el milagro se produzca necesito simplemente ofrecerte lo que tengo, nada más… pero tampoco nada menos. Tú multiplicarás estos pocos o muchos dones para el bien de todos. Con humildad y sencillez te ofrezco mis talentos, consciente de que los he recibido para darlos a los demás.
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por Guillermo Mirecki | 19 Jul, 2026 | Primera comunión Dinámicas
Primera Comunión
La parábola del trigo y la cizaña
Aprende, comprende y colorea las palabras de Jesús
Mateo 13,24-43
Jesús contaba parábolas para ayudar a las personas a comprender cómo es el Reino de Dios. En esta historia nos habla de un campo donde crecen juntos el trigo bueno y la cizaña.
A primera vista, las dos plantas pueden parecerse. Sin embargo, cuando llega el tiempo de la cosecha, se descubre cuál da buen fruto. Con esta parábola, Jesús nos enseña que Dios conoce nuestro corazón, tiene paciencia con nosotros y nos ayuda a elegir el bien.
En las páginas de este cuaderno leerás la parábola, colorearás sus escenas y descubrirás la explicación que Jesús dio a sus discípulos.
Una idea para comenzar
Jesús quiere que el bien crezca en tu corazón como una espiga llena de grano.

✏️
Cómo utilizar este cuaderno
Cada escena está preparada para que puedas leer, mirar, colorear y pensar. No necesitas hacerlo deprisa. Detente en cada dibujo y descubre lo que Jesús quiere enseñarte.
1. Lee
Lee despacio las palabras del Evangelio.
2. Observa
Mira los personajes, sus gestos y todo lo que ocurre.
3. Colorea
Da color a la escena con cuidado y atención.
4. Responde
Contesta las preguntas sencillas que aparecen junto a la imagen.
Puedes trabajar el cuaderno en familia, en la parroquia o con tu catequista. Lo importante es escuchar a Jesús y dejar que su Palabra dé fruto en tu vida.
1. Jesús cuenta una parábola
Evangelio
«El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo.»
Mateo 13,24
Jesús enseña junto al lago
Jesús aparece en el centro de la escena enseñando a hombres, mujeres y niños junto al lago de Galilea. Todos lo escuchan con atención. Al fondo se distingue un campo sembrado que anticipa la parábola del trigo y la cizaña. La ilustración debe transmitir paz, cercanía y alegría. Sin bocadillos, sin cartelas y sin texto dentro del dibujo.
Jesús nos lo explica
Jesús hablaba con ejemplos que todos podían entender. Al mirar un campo sembrado, las personas aprendían cómo actúa Dios y cómo quiere que crezca el bien en nuestro corazón.
Mira bien el dibujo
- ¿Quién está hablando?
- ¿Quiénes escuchan a Jesús?
- ¿Qué aparece al fondo del paisaje?
Piensa
¿Escucho con atención a Jesús cuando hablan de Él en casa, en la parroquia o en la catequesis?
Para recordar
Jesús habla para enseñarme el camino que lleva a Dios.
2. La buena semilla
Evangelio
«Un hombre sembró buena semilla en su campo.»
Mateo 13,24
El sembrador siembra buena semilla
Un agricultor camina por su campo mientras va sembrando con la mano. Lleva una bolsa de semillas colgada al hombro y las reparte con cuidado sobre la tierra preparada. Es un día luminoso y tranquilo. La escena transmite esperanza y el comienzo de una buena cosecha.
El sembrador es Jesús
Jesús aparece rodeado de niños y familias. Con un gesto lleno de cariño va sembrando pequeñas semillas que representan el bien en el corazón de las personas. El ambiente es luminoso y alegre. No hay elementos fantásticos ni símbolos complicados; la escena debe ayudar al niño a comprender que Jesús hace crecer el amor, la verdad y la bondad.
¿Qué nos enseña Jesús?
Jesús es el verdadero sembrador. Él siembra en nuestro corazón la fe, la alegría, el amor y el deseo de hacer el bien. Si escuchamos su palabra, esas semillas crecerán cada día.
Mira bien los dibujos
- ¿Qué lleva el sembrador en la mano?
- ¿Quién es el verdadero sembrador?
- ¿Qué cosas buenas quiere sembrar Jesús en tu corazón?
Piensa
Esta semana, ¿qué semilla buena quieres dejar crecer en tu corazón?
Para recordar
Jesús siembra siempre el bien.
3. El enemigo siembra la cizaña
Evangelio
«Mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.»
Mateo 13,25
Mientras todos dormían…
Es de noche. El campo está tranquilo y el sembrador ya ha terminado su trabajo. Aprovechando la oscuridad, un hombre entra a escondidas y va sembrando cizaña entre el trigo. Después se marcha sin que nadie lo vea. La escena debe transmitir silencio y misterio, pero sin resultar inquietante ni dar protagonismo al enemigo.
El enemigo representa al diablo
Jesús aparece enseñando a varios niños. A un lado pueden verse acciones buenas, como compartir, ayudar o decir la verdad. Al otro lado aparecen acciones malas, como pelear, mentir o ser egoísta. Jesús señala con cariño el camino del bien. El centro de la ilustración es la enseñanza de Jesús, no el enemigo.
¿Qué nos enseña Jesús?
Jesús nos explica que el enemigo quiere apartarnos de Dios. Lo hace invitándonos a mentir, a pelearnos, a ser egoístas o a hacer daño. Pero Jesús siempre nos enseña el camino del amor, de la verdad y del perdón. Con su ayuda podemos elegir el bien cada día.
Mira bien los dibujos
- ¿Cuándo sembró la cizaña el enemigo?
- ¿Qué cosas buenas enseña Jesús?
- ¿Qué acciones hacen crecer el bien en nuestro corazón?
Piensa
Cuando tengo que elegir entre hacer el bien o hacer el mal, ¿qué escogería Jesús?
Para recordar
Jesús siempre me ayuda a elegir el bien.
4. El trigo y la cizaña crecen juntos
Evangelio
«Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció también la cizaña.»
Mateo 13,26
El trigo y la cizaña aparecen juntos
El campo ya está lleno de plantas. Entre las espigas de trigo han crecido también las malas hierbas. Los criados observan el campo con sorpresa porque descubren que hay dos plantas diferentes creciendo una al lado de la otra.
El campo es el mundo
Un paisaje lleno de familias, niños, ancianos y personas trabajando. Algunas ayudan, comparten y rezan; otras discuten, engañan o hacen daño. Jesús aparece señalando a todas las personas con amor. El dibujo debe mostrar que Dios ama al mundo entero y quiere que todos aprendamos a hacer el bien.
¿Qué nos enseña Jesús?
Jesús dice que el campo representa el mundo. En él encontramos personas que quieren hacer el bien y otras que hacen el mal. Dios nos llama a formar parte del trigo bueno, viviendo como hijos de su Reino con amor, verdad y alegría.
Mira bien los dibujos
- ¿Qué dos plantas aparecen en el campo?
- ¿Qué personas hacen el bien?
- ¿Qué personas necesitan aprender a amar más?
Piensa
Hoy, ¿cómo puedo ayudar a que el bien crezca un poco más a mi alrededor?
Para recordar
Jesús quiere que yo sea trigo bueno en el mundo.
5. Esperad hasta la cosecha
Evangelio
«Los siervos le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Él respondió: “No; no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”.»
Mateo 13,27-30
Los criados preguntan al dueño
Los criados señalan la cizaña y preguntan qué deben hacer. El dueño levanta la mano con tranquilidad y les pide que esperen. Al fondo pueden verse el trigo y la cizaña creciendo juntos en el mismo campo.
Jesús nos enseña a tener paciencia
Jesús aparece con varios niños. Uno ayuda a otro que se ha equivocado; otro pide perdón; otro comparte un juguete. Jesús los mira con cariño y les enseña que siempre podemos cambiar y aprender a hacer el bien.
¿Qué nos enseña Jesús?
Dios conoce nuestro corazón mejor que nadie. Él tiene paciencia porque quiere que todas las personas puedan arrepentirse y volver a hacer el bien. También nosotros debemos aprender a ayudar, perdonar y no juzgar a los demás con rapidez.
Mira bien los dibujos
- ¿Qué preguntan los criados?
- ¿Qué responde el dueño?
- ¿Qué hacen los niños del segundo dibujo para ayudar a los demás?
Piensa
¿Con quién puedo tener hoy un poco más de paciencia?
Para recordar
Dios tiene paciencia conmigo. Yo también quiero aprender a tener paciencia con los demás.
6. Llega la cosecha
Evangelio
«Al tiempo de la siega diré a los segadores: recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; y el trigo almacenadlo en mi granero.»
Mateo 13,30
Ha llegado la cosecha
El campo está lleno de espigas maduras. Los segadores comienzan su trabajo siguiendo las indicaciones del dueño. Todo transmite orden, serenidad y alegría por la llegada de la cosecha. La escena debe centrarse en el trabajo de recoger el trigo, sin representar de forma llamativa el castigo de la cizaña.
Los segadores son los ángeles
Varios ángeles luminosos cumplen la misión que Dios les ha confiado. Su presencia inspira paz y confianza. No aparecen luchando ni castigando, sino sirviendo fielmente al Señor y ayudando a llevar la cosecha a su destino.
¿Qué nos enseña Jesús?
Jesús explica que la cosecha representa el final de la historia y que los segadores son los ángeles. Dios llevará a término todo lo que ha comenzado. Él conoce perfectamente el bien y el mal y hará justicia con sabiduría y amor.
Mira bien los dibujos
- ¿Qué hacen los segadores?
- ¿Cómo son los ángeles?
- ¿Quién dirige toda la cosecha?
Piensa
¿Confío en que Dios siempre hace las cosas con justicia y con amor?
Para recordar
Dios siempre guía la historia con sabiduría y amor.
7. Los justos brillarán como el sol
Evangelio
«Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.»
Mateo 13,43
El trigo es recogido en el granero
El campo ha terminado de dar su fruto. El trigo bueno es recogido con alegría y llevado al granero del dueño. Todo transmite paz, orden y esperanza. La cizaña queda al fondo, discretamente separada, sin ocupar el centro de la ilustración.
Los justos brillarán como el sol
Jesús recibe con alegría a hombres, mujeres y niños que caminan hacia Él. Sus rostros están llenos de paz y una luz suave ilumina toda la escena. Al fondo aparece el Reino del Padre, lleno de belleza y esperanza. Es una imagen luminosa que expresa la felicidad de vivir siempre con Dios.
¿Qué nos enseña Jesús?
Jesús nos promete una gran alegría: quienes vivan unidos a Él compartirán para siempre la felicidad del Reino de Dios. Esa es la meta de nuestra vida. Por eso queremos escuchar a Jesús, seguir sus enseñanzas y hacer siempre el bien.
Mira bien los dibujos
- ¿Qué hacen con el trigo bueno?
- ¿Quién recibe a las personas en el Reino?
- ¿Qué transmite la luz que llena la escena?
Piensa
¿Qué puedo hacer hoy para parecerme un poco más a Jesús?
Para recordar
Quiero vivir siempre con Jesús en el Reino de Dios.
8. Quien tenga oídos para oír, que oiga
Palabras de Jesús
«Quien tenga oídos, que oiga.»
Mateo 13,43
Jesús me invita a escucharlo
Jesús aparece solo, mirando con cariño al niño que abre el cuaderno. Con una mano señala su corazón y con la otra invita a acercarse a Él. El paisaje es tranquilo y luminoso. Al fondo se distinguen unas espigas maduras que recuerdan toda la parábola. La composición transmite paz, cercanía y confianza. Es una imagen para contemplar y colorear despacio.
¿Qué nos enseña Jesús?
Jesús quiere que no olvidemos esta parábola. Escuchar sus palabras significa creer en Él, quererlo cada día más y poner en práctica lo que nos enseña. Cuando escuchamos a Jesús, nuestro corazón se parece a un buen campo donde crece el trigo bueno.
Mi oración
Jesús,
gracias por enseñarme con tus parábolas.
Ayúdame a escuchar siempre tu palabra,
a elegir el bien,
a querer a los demás
y a ser trigo bueno en tu Reino.
Amén.
Mi compromiso
Esta semana quiero parecerme más a Jesús haciendo esta buena acción:
Para recordar siempre
Jesús siembra el bien.
Yo quiero escucharlo y seguirlo cada día.
por Catequesis en Familia | 10 Jul, 2026 | La Biblia
Mateo 19, 27-29
Fiesta de san Benito, patrón de Europa
El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.
Evangelio del día
Pedro, tomando la palabra, dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?».
Jesús les respondió: «Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Proverbios 2, 1-9
Salmo: Sal 34(33), 2-6.9.12-15
Oración introductoria
Señor, ayúdame a no temer y a perseverar en el camino del amor, como hizo san Benito, para que llegue a ser digno a tus ojos.
Petición
Señor, no dejes nunca que desconfíe de Ti a causa de mis temores; por eso, al igual que tu siervo san Benito, te pido que me concedas fortaleza para mantenerme en el camino de la esperanza.
Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy voy a hablar de san Benito, fundador del monacato occidental y patrono de Europa. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno que, refiriéndose a san Benito, dice: «Este hombre de Dios, que brilló sobre esta tierra con tantos milagros, no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Diálogos, II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto cincuenta años antes y todavía seguía vivo en la memoria de la gente y, sobre todo, en la floreciente familia religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.
La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, san Gregorio quiso ilustrar, mediante el ejemplo de un hombre concreto —precisamente san Benito—, la ascensión a las cumbres de la contemplación que puede realizar quien se abandona en manos de Dios. Por tanto, nos presenta un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección.
En el libro de los Diálogos, san Gregorio Magno narra también muchos milagros realizados por el santo. Tampoco en este caso quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso corrigiendo, interviene en las situaciones concretas de la vida del hombre. Quiere mostrar que Dios no es una hipótesis lejana, situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida de cada persona.
Clave espiritual: san Benito no enseña a huir de la historia, sino a contemplarla desde Dios para descubrir cómo vivir en ella con verdad, paz y responsabilidad.
Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo sufría una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio romano, por la invasión de nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», san Gregorio quería indicar, en aquella tremenda situación, el camino de salida de la «noche oscura de la historia».
De hecho, la obra del santo, y especialmente su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual que cambió, con el paso de los siglos y mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa. Tras la caída de la unidad política creada por el Imperio romano, suscitó una nueva unidad espiritual y cultural: la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que llamamos Europa.
Un joven que sólo quería agradar a Dios
La fecha del nacimiento de san Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio, de la región de Nursia. Sus padres, de clase acomodada, lo enviaron a estudiar a Roma. Sin embargo, no permaneció mucho tiempo en la Ciudad Eterna. San Gregorio explica que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida disoluto de muchos compañeros de estudios y no quería caer en sus mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: soli Deo placere desiderans.
Antes de concluir sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes situados al este de la ciudad. Después de una primera estancia en Effide, hoy Affile, donde se unió durante algún tiempo a una comunidad religiosa, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta Edad Media, constituye el corazón del monasterio llamado Sacro Speco.
El período de Subiaco, vivido en soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la autoafirmación y el deseo de ponerse en el centro, la sensualidad, y la ira unida al deseo de venganza.
San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido esas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus necesidades. De este modo, tras pacificar su alma, pudo controlar los impulsos del propio yo y convertirse en artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco.
De la soledad a una misión visible
En el año 529, san Benito dejó Subiaco para establecerse en Montecassino. Algunos han explicado este cambio como una huida de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Sin embargo, esta explicación resulta poco convincente, pues la muerte repentina de aquel hombre no impulsó a san Benito a regresar. En realidad, Benito había entrado en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica.
Según san Gregorio Magno, su salida del remoto valle del Anio hacia el monte Cassino —una altura visible desde lejos— posee un valor simbólico: la vida monástica en el ocultamiento tiene una razón de ser, pero el monasterio también posee una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad. Debe dar visibilidad a la fe como fuerza capaz de transformar la vida.
Cuando el 21 de marzo del año 547 san Benito concluyó su existencia terrena, dejó, con su Regla y con la familia benedictina que había fundado, un patrimonio que ha dado fruto a través de los siglos y que continúa dándolo en el mundo entero.
San Benito enseña dos movimientos inseparables:
| Entrar en el silencio |
Volver al mundo |
| Escuchar a Dios, ordenar el corazón y vencer las propias pasiones. |
Servir, educar, construir paz y ofrecer una presencia cristiana visible. |
Oración y vida cotidiana
En todo el segundo libro de los Diálogos, san Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba inmersa en un clima de oración, fundamento de toda su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y, precisamente por eso, nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.
Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida monástica como «escuela del servicio del Señor» y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios», es decir, al Oficio divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha que después debe traducirse en la acción concreta: «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos».
Así, la vida del monje se convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación, «para que en todo sea glorificado Dios». Frente a una autorrealización fácil y egocéntrica, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente, a cuyo amor no debe anteponer nada.
Precisamente así, sirviendo a los demás, el monje se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor, conquista la humildad. De este modo se configura cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica realización como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.
La autoridad como servicio
A la obediencia del discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo». Su figura, descrita especialmente en el segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues —como escribe san Gregorio Magno— «el santo de ninguna manera podía enseñar algo diferente de lo que vivía».
El abad debe ser un padre tierno y, al mismo tiempo, un maestro exigente; un verdadero educador. Aun siendo inflexible contra los vicios, está llamado ante todo a imitar la ternura del Buen Pastor, a «servir más que mandar» y a enseñar todo lo bueno y santo más con obras que con palabras.
Para decidir con responsabilidad, el abad también debe escuchar «el consejo de los hermanos», porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor». Esta disposición hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Quien ejerce responsabilidad pública o privada debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.
Consejo para la vida familiar y comunitaria: antes de tomar una decisión importante, conviene escuchar sinceramente a los demás, incluso a los más jóvenes. La autoridad cristiana no teme recibir consejo porque sabe que la verdad puede llegar por medio de cualquier hermano.
Una Regla para buscar a Dios
San Benito califica su Regla como «mínima, escrita sólo para el inicio»; pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta nuestros días.
Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa, quiso reconocer la admirable obra realizada por el santo a través de la Regla en la formación de la civilización y de la cultura europea.
Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero también es necesario suscitar una renovación ética y espiritual inspirada en las raíces cristianas del continente. De lo contrario, no se puede reconstruir Europa.
Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo. Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Audiencia General del miércoles, 9 de abril de 2008
Catecismo de la Iglesia Católica
La vida religiosa
925. Nacida en Oriente en los primeros siglos del cristianismo y vivida en los institutos canónicamente erigidos por la Iglesia, la vida religiosa se distingue de otras formas de vida consagrada por el aspecto cultual, la profesión pública de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común y el testimonio dado de la unión de Cristo y de la Iglesia.
926. La vida religiosa nace del misterio de la Iglesia. Es un don que la Iglesia recibe de su Señor y que ofrece como estado de vida estable al fiel llamado por Dios a la profesión de los consejos evangélicos. Así, la Iglesia puede manifestar a Cristo y reconocerse como Esposa del Salvador. La vida religiosa está invitada a significar, bajo sus diversas formas, la caridad misma de Dios en el lenguaje de nuestro tiempo.
927. Todos los religiosos se encuentran entre los colaboradores del obispo diocesano en su misión pastoral. La implantación y la expansión misionera de la Iglesia requieren la presencia de la vida religiosa en todas sus formas. La historia testimonia los grandes méritos de las familias religiosas en la propagación de la fe y en la formación de nuevas Iglesias: desde las antiguas instituciones monásticas y las órdenes medievales hasta las congregaciones modernas.
Catecismo de la Iglesia Católica
Para meditar
| Ora |
Escucha |
Trabaja |
| Pon a Dios en el centro y reserva un tiempo real para encontrarte con Él. |
Acoge la Palabra, el consejo prudente y la voz de quienes comparten tu camino. |
Convierte la oración en servicio, deber bien hecho, caridad y construcción de paz. |
Propósito
Leer una breve biografía de san Benito cuando me asalte el miedo a apartarme del Señor y recordar que la fidelidad se construye cada día mediante la oración, la obediencia y el servicio.
Diálogo con Cristo
Señor, quiero configurar todo mi ser al programa de vida que propone tu Palabra. Aunque no profese los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia como hizo tu querido siervo san Benito, te prometo no escatimar esfuerzos por conocer las exigencias del Evangelio y conformar con ellas todo mi obrar.
Ayúdame a desterrar de mi vida todo aquello que pueda convertirse en un obstáculo para crecer en el amor a Ti y a los demás. Enséñame a buscarte con sinceridad, a escuchar tu voz, a cumplir mis deberes con fidelidad y a servir con humildad y alegría.
✠ ✠ ✠
Para seguir profundizando
Idea para vivir el Evangelio de hoy
San Benito dejó muchas cosas para seguir a Cristo, pero no se encerró en una vida inútil. Su renuncia se convirtió en oración, cultura, hospitalidad, educación y servicio. Hoy puedo preguntarme: ¿qué debo dejar para que Dios haga más fecunda mi vida?
por Infancia Misionera | 12 Jun, 2026 | Primera comunión Taller de oración
La Virgen en el cielo se paseaba muy preocupada por todos sus hijos del mundo. Los veía confundidos, equivocados y hasta alejados de Dios.
Como misionera por excelencia buscaba una solución. Un buen día mirando hacia la tierra, encontró un fraile llamado Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, o sea, los Dominicos y las Dominicas.
Pero este fraile no podía dormir pensando en la cantidad de personas que no conocían la Verdad, que es Dios mismo. Sufría por todos los que no amaban a la Madre de Dios. Pasaba horas y horas de rodillas frente al sagrario orando: ¿Qué hago para salvar las almas? Y rogaba a su madre del cielo, una vez y otra vez, dale y dale…
Oró con tanta fuerza que la Virgen se asomó a la ventana del cielo, y de repente ¡sonrió fascinada! Más de un ángel brincó de gusto al ver a la Virgen bailando tan contenta.
Fue que el Espíritu Santo le había soplado la idea para que hasta en el último rincón del mundo, por los siglos de los siglos se alabara a Dios y a su Madre (esto pone feliz a Jesús).
Enseguida la Virgen cargó al Niño Dios y apareció justo delante de Domingo mientras él seguía rezando. Le pidió que extendiera sus manos y se sacó del corazón el gran regalo para toda la humanidad: EL ROSARIO.
Y en un diálogo fabuloso unieron Padrenuestro, Ave María y Gloria y ordenaron los misterios de la vida de Jesús en: misterios de gozo, misterios de dolor, misterios de gloria. Entonces le dijo la Virgen del Rosario: Enséñale esto a todo el mundo. Ve y predica porque Dios te ha elegido para este ministerio.
Así fundó Domingo el rosario, resumen del Evangelio salido del corazón de María. Fue por los caminos alabando, bendiciendo, predicando y enseñando a ser apóstoles con el rosario.
Desde entonces han pasado 800 años y el rosario sigue siendo la fuerza misionera de la Iglesia.
Este «Rosarín», en forma de cuento para los niños, ha sido elaborado por la «Infancia misionera»
por Santo Padre Francisco | 12 Jun, 2026 | Catequesis Magisterio
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me impresiona siempre: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9, 13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir.
Ante todo: ¿a quiénes hay que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la atiende, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de un modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, bendice a Dios.
Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros buscamos seguir a Jesús para escucharle, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarle y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿cómo sigo yo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirle quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.
Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos para que sacien ellos mismos a la multitud? Nace de dos elementos: ante todo de la multitud, que, siguiendo a Jesús, está a la intemperie, lejos de lugares habitados, mientras se hace tarde; y después de la preocupación de los discípulos, que piden a Jesús que despida a la muchedumbre para que se dirija a los lugares vecinos a hallar alimento y cobijo (cf. Lc 9, 12). Ante la necesidad de la multitud, he aquí la solución de los discípulos: que cada uno se ocupe de sí mismo; ¡despedir a la muchedumbre! ¡Cuántas veces nosotros cristianos hemos tenido esta tentación! No nos hacemos cargo de las necesidades de los demás, despidiéndoles con un piadoso: «Que Dios te ayude», o con un no tan piadoso: «Buena suerte», y si no te veo más… Pero la solución de Jesús va en otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: «Dadles vosotros de comer». Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros quienes demos de comer a una multitud? «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente» (Lc 9, 13). Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos que hagan sentarse a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan (cf. Lc 9, 16). Es un momento de profunda comunión: la multitud saciada por la palabra del Señor se nutre ahora por su pan de vida. Y todos se saciaron, apunta el Evangelista (cf. Lc 9, 17).
Esta tarde, también nosotros estamos alrededor de la mesa del Señor, de la mesa del Sacrificio eucarístico, en la que Él nos dona de nuevo su Cuerpo, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, alimentándonos de su Cuerpo y de su Sangre, como Él hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. Entonces todos deberíamos preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo yo la Eucaristía? ¿La vivo de modo anónimo o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con todos los hermanos y las hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?
Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta está en la invitación de Jesús a los discípulos: «Dadles vosotros…», «dar», compartir. ¿Qué comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son precisamente esos panes y esos peces los que en las manos del Señor sacian a toda la multitud. Y son justamente los discípulos, perplejos ante la incapacidad de sus medios y la pobreza de lo que pueden poner a disposición, quienes acomodan a la gente y distribuyen —confiando en la palabra de Jesús— los panes y los peces que sacian a la multitud. Y esto nos dice que en la Iglesia, pero también en la sociedad, una palabra clave de la que no debemos tener miedo es «solidaridad», o sea, saber poner a disposición de Dios lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, sólo en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto. Solidaridad: ¡una palabra malmirada por el espíritu mundano!
Esta tarde, de nuevo, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su Cuerpo, Él se hace don. Y también nosotros experimentamos la «solidaridad de Dios» con el hombre, una solidaridad que jamás se agota, una solidaridad que no acaba de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo y la muerte. Jesús también esta tarde se da a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más, se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida también en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos ralentizan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el de compartir, el del don, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla.
Así que preguntémonos esta tarde, al adorar a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor, que se da a mi, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de dar, de compartir, de amarle a Él y a los demás?
Hermanos y hermanas: seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación en la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo lo que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amén.
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Santo Padre Francisco: Sobre la Eucaristía
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Homilía del jueves, 30 de mayo de 2013
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Sobre la Eucaristía (I) – Catequesis del Santo Padre Francisco
Sobre la Eucaristía (II) – Catequesis del Santo Padre Francisco
Sobre la Eucaristía (III) – Catequesis del Santo Padre Francisco
por Devocionario católico | 7 Jun, 2026 | Postcomunión Taller de oración
La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados. La oración cristiana practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las estaciones desde el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido de Jesús que con su santa Cruz nos redimió.
Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 2669
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Cada día rezaremos:
1. Acto de contrición
2. Oración preparatoria
3. Oración del día
4. Oraciones finales
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Novena al Sagrado Corazón de Jesús
Por la señal de la santa Cruz, + de nuestros enemigos + libranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA PRIMERO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón sacratísimo y melifluo de Jesús, que, con ferventísimos deseos y ardentísimo amor, deseáis corregir y desterrar la sequedad y tibieza de nuestros corazones! Inflamad y consumid las maldades e imperfecciones del mío, para que se abrase en vuestro amor; dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amantísimo Corazón!, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma.
Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA SEGUNDO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón amabilísimo de Jesús, celestial puerta por donde nos llegamos a Dios y Dios viene a nosotros! Dignaos estar patente a nuestros deseos y amorosos suspiros, para que, entrando por vos a vuestro Eterno Padre, recibamos sus celestiales bendiciones y copiosas gracias para amaros. Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amante Corazón!, y la que os pido en esta novena, sí es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA TERCERO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón Santísimo de Jesús, camino para la mansión eterna y fuente de aguas vivas! Concededme que siga vuestras sendas rectísimas para la perfección y para el cielo, y que beba de vos el agua dulce y saludable de la verdadera virtud y devoción, que apaga la sed de todas las cosas temporales. Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amante Corazón!, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA CUARTO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón purísimo de Jesús, espejo cristalino en quien resplandece toda la perfección! Concededme que yo pueda contemplaros perfectamente, para que aspire a formar mi corazón a vuestra semejanza, en la oración, en la acción y en todos mis pensamientos, palabras y obras. Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amante Corazón!, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA QUINTO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús, órgano de la Trinidad venerada, por quien se perfeccionan todas nuestras obras! Yo os ofrezco las mías, aunque tan imperfectas, para que supliendo vos mi negligencia, puedan aparecer muy perfectas y agradables ante el divino acatamiento. Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amante Corazón!, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA SEXTO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón amplísimo de Jesús, templo sagrado donde me mandáis habite con toda mi alma, potencias y sentidos! Gracias os doy por la inexplicable quietud. sosiego y gozo que yo he hallado en este templo hermoso de la paz, donde descansaré gustoso eternamente. Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amante Corazón!, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA SÉPTIMO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón clementísimo de Jesús!, divino propiciatorio, por el cual ofreció el Eterno Padre que oiría siempre nuestras oraciones, diciendo: «Pídeme por el Corazón de mi amantísimo Hijo Jesús; por este Corazón te oiré, y alcanzarás cuanto me pides». Presento sobre vos a vuestro Eterno Padre todas mis peticiones, para conseguir el fruto que deseo. Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amante Corazón!, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA OCTAVO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón amantísimo de Jesús, trono ígneo y lucidísimo, inflamado en el amor de los hombres, a quienes deseáis abrasados mutuamente en vuestro amor! Yo deseo vivir siempre respirando llamas de amor divino en que me abrase, y con que encienda a todo el mundo, para que os corresponda amante y obsequioso. Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, ¡oh amante Corazón!, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
DÍA NOVENO
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado.
Perdóname, Señor, por los méritos de la Pasión de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Oración preparatoria
¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concedeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrado culto y bien de mi alma. Amén.
Oración del día
¡Oh Corazón dolorosísimo de Jesús, que para ablandar nuestra dureza y hacer más patente el amor con que padecisteis tantos dolores y penas para salvarnos, los quisisteis representar en la cruz, corona de espinas y herida de la lanza, con que os manifestasteis paciente y amante al mismo tiempo! Dadme la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra vos, correspondiendo agradecido a vuestro amor, y la que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías.
Oraciones finales
Al Padre eterno. ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.
[Hacer aquí la petición que se desea obtener con esta novena.]
Oración ¡Oh Corazón divinísimo de Jesús, dignísimo de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón dulcísimo de Jesús! Yo profundísimamente os adoro con todos los espíritus de mi pobre corazón, yo os alabo, yo os ofrezco las alabanzas todas de los más amantes serafines y de toda vuestra corte celestial y todas las que os puede dar el Corazón de vuestra Madre Santísima. Amén.
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Artículo original en Catholic.net
Más oraciones en Devocionario católico
por Catequesis en Familia | 23 May, 2026 | La Biblia
Juan 20, 19-23. Solemnidad de Pentecostés. ¿Estoy abierto a la novedad del Espíritu Santo? ¿Me dejo guiar por el Espíritu Santo? ¿Permito que el Espíritu Santo me conduzca a la misión que Dios me tiene encomendada?
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 1-11
Salmo: Sal 104(103), 1ab.24ac.29bc-30.31.34
Segunda lectura: Carta I de San Pablo a los Corintios, 1 Cor 12, 3b-7.12-13
Oración introductoria
Ven, Espíritu Santo,
Llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos
el fuego de tu amor.
Envía, Señor, tu Espíritu.
Que renueve la faz de la Tierra.
Petición
Espíritu Santo, Espíritu de Gozo, otórgame la santa alegría, propia de los que viven en tu gracia.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.
Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».
A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.
1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las «sorpresas de Dios»? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.
2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo «ipse harmonia est». Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura – y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn v. 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?
3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión.
La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.
Santo Padre Francisco: Solemnidad de Pentecostés
Homilía del domingo, 19 de mayo de 2013
Oración al Espíritu Santo para pedir sus dones
¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.
Que sepa, con el don del Entendimiento, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.
Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.
Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.
Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.
Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.
Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor.
Amén.
Propósito
Dedicar diez minutos a meditar el siguiente texto del Catecismo de la Iglesia Católica:
Cristo es el verdadero Templo de Dios, «el lugar donde reside su gloria»; por la gracia de Dios los cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia.
Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1197
Diálogo con Cristo (Oración de Consagración de la familia al Espíritu Santo)
¡Oh Dios Espíritu Santo! Postrados ante tu divina majestad, venimos a consagrarnos a Ti con todo lo que somos y tenemos.
Por un acto de la omnipotencia del Padre hemos sido creados, por gracia del Hijo hemos sido redimidos, y por tu inefable amor has venido a nuestras almas para santificarnos, comunicándonos tu misma vida divina.
Desde el día de nuestro bautismo has tomado posesión de cada uno de nosotros, transformándonos en templos vivos donde Tú moras juntamente con el Padre y el Hijo; y el día de la Confirmación fue la Pentecostés en que descendiste a nuestros corazones con la plenitud de tus dones, pera que viviéramos una vida íntegramente cristiana.
Permanece entre nosotros para presidir nuestras reuniones; santifica nuestras alegrías y endulza nuestros pesares; ilumina nuestras mentes con los dones de la sabiduría, del entendimiento y de la ciencia; en horas de confusión y de dudas asístenos con el don del consejo; para no desmayar en la lucha y el trabajo concédenos tu fortaleza; que toda nuestra vida religiosa y familiar esté impregnada de tu espíritu de piedad; y que a todos nos mueva un temor santo y filial para no ofenderte a Ti que eres la santidad misma.
Asistidos en todo momento por tus dones y gracias, queremos llevar una vida santa en tu presencia.
Por eso hoy te hacemos entrega de nuestra familia y de cada uno de nosotros por el tiempo y la eternidad. Te consagramos nuestras almas y nuestros cuerpos, nuestros bienes materiales y espirituales, para que Tú sólo dispongas de nosotros y de lo nuestro según tu beneplácito. Sólo te pedimos la gracia que después de haberte glorificado en la tierra, pueda toda nuestra familia alabarte en el cielo, donde con el Padre y el Hijo vives y reinas por los siglos de los siglos.
Así sea.
Amén.
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Evangelio en Catholic.net
Evangelio en Evangelio del día
por Catequesis en Familia | 16 May, 2026 | La Biblia
Mateo 28, 16-20. Solemnidad de la Ascensión del Señor. Séptimo domingo del Tiempo de Pascua. La Ascensión de Jesús al Cielo nos hace conocer esta realidad tan consoladora para nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada junto a Dios.
Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 1, 1-11
Salmo: Sal 47(46), 2-3.6-9
Segunda lectura: Carta de San Pablo a los Efesios, Ef 1, 17-23
Oración introductoria
Señor, aumenta mi fe y mi amor a Ti y a los demás. Ayúdame a vivir esperando el día en que me introduzcas por la puerta grande del amor, por la puerta del Cielo, más allá de todas mis expectativas. Que esta oración me ayude a seguir esperando con fe y entrega esforzada la llegada de ese día.
Petición
Señor, dame la gracia de confiar en tu Palabra, de saber esperar confiadamente hasta el reencuentro prometido.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
[…] El Evangelio de Mateo, en cambio, presenta el mandato de Jesús a los discípulos: la invitación a ir, a salir para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación (cf. Mt 28, 16-20). «Ir», o mejor, «salir» se convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo.
Jesús sale, asciende al cielo, es decir, vuelve al Padre, que lo había mandado al mundo. Hizo su trabajo, por lo tanto, vuelve al Padre. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, de una forma nueva. Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles —y también nuestra mirada— a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre. Él mismo había dicho que se marcharía para prepararnos un lugar en el cielo. Sin embargo, Jesús permanece presente y activo en las vicisitudes de la historia humana con el poder y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre. Está cerca de todos nosotros, también hoy está aquí con nosotros en la plaza; el Señor está con nosotros. ¿Vosotros creéis esto? Entonces lo decimos juntos: ¡El Señor está con nosotros!
Jesús, cuando vuelve al cielo, lleva al Padre un regalo. ¿Cuál es el regalo? Sus llagas. Su cuerpo es bellísimo, sin las señales de los golpes, sin las heridas de la flagelación, pero conserva las llagas. Cuando vuelve al Padre le muestra las llagas y le dice: «Mira Padre, este es el precio del perdón que tú das». Cuando el Padre contempla las llagas de Jesús nos perdona siempre, no porque seamos buenos, sino porque Jesús ha pagado por nosotros. Contemplando las llagas de Jesús, el Padre se hace más misericordioso. Este es el gran trabajo de Jesús hoy en el cielo: mostrar al Padre el precio del perdón, sus llagas. Esto es algo hermoso que nos impulsa a no tener miedo de pedir perdón; el Padre siempre perdona, porque mira las llagas de Jesús, mira nuestro pecado y lo perdona.
Pero Jesús está presente también mediante la Iglesia, a quien Él envió a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, no es facultativo. La comunidad cristiana es una comunidad «en salida». Es más: la Iglesia nació «en salida». Y vosotros me diréis: ¿y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre «en salida» con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.
A sus discípulos misioneros Jesús dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (v. 20). Solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, incluso siendo necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, incluso bien organizado, resulta ineficaz. Y así vamos a decir a la gente quién es Jesús.
Y junto con Jesús nos acompaña María nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza.
Santo Padre Francisco
Regina Coeli del domingo, 1 de junio de 2014
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
“JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS,
Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”
659 «Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf. Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo «como un abortivo» (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).
660 El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: «Todavía […] no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.
661 Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que «salió del Padre» puede «volver al Padre»: Cristo (cf. Jn 16,28). «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la «Casa del Padre» (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino» (Prefacio de la Ascensión del Señor, I: Misa Romano).
662 «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí»(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, «no […] penetró en un Santuario hecho por mano de hombre […], sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. «De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor»(Hb 7, 25). Como «Sumo Sacerdote de los bienes futuros»(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).
663 Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: «Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada» (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 75 [De fide orthodoxa, 4, 2]: PG 94, 1104).
664 Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dn 7, 14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin» (Símbolo de Niceno-Constantinopolitano: DS 150).
Catecismo de la Iglesia Católica
Diálogo con Cristo
Jesús, nos has revelado el inmenso amor que el Padre tiene por todos. Ayúdame a nunca dudar de su amor por mí. Ayúdame a responder a su amor con la fidelidad a su voluntad y con la práctica de la caridad exquisita con aquellos que están más cerca de mí.
Propósito
Permanecer diez minutos ante el Sagrario para aprender a adorar al Señor mientras Él nos enseña a saber esperar.
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