El Año de la fe. Los caminos que conducen al conocimiento de Dios

El Año de la fe. Los caminos que conducen al conocimiento de Dios

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado hemos reflexionado sobre el deseo de Dios que el ser humano lleva en lo profundo de sí mismo. Hoy quisiera continuar profundizando en este aspecto meditando brevemente con vosotros sobre algunos caminos para llegar al conocimiento de Dios. Quisiera recordar, sin embargo, que la iniciativa de Dios precede siempre a toda iniciativa del hombre y, también en el camino hacia Él, es Él quien nos ilumina primero, nos orienta y nos guía, respetando siempre nuestra libertad. Y es siempre Él quien nos hace entrar en su intimidad, revelándose y donándonos la gracia para poder acoger esta revelación en la fe. Jamás olvidemos la experiencia de san Agustín: no somos nosotros quienes poseemos la Verdad después de haberla buscado, sino que es la Verdad quien nos busca y nos posee.

Hay caminos que pueden abrir el corazón del hombre al conocimiento de Dios, hay signos que conducen hacia Dios. Ciertamente, a menudo corremos el riesgo de ser deslumbrados por los resplandores de la mundanidad, que nos hacen menos capaces de recorrer tales caminos o de leer tales signos. Dios, sin embargo, no se cansa de buscarnos, es fiel al hombre que ha creado y redimido, permanece cercano a nuestra vida, porque nos ama. Esta es una certeza que nos debe acompañar cada día, incluso si ciertas mentalidades difundidas hacen más difícil a la Iglesia y al cristiano comunicar la alegría del Evangelio a toda criatura y conducir a todos al encuentro con Jesús, único Salvador del mundo. Esta, sin embargo, es nuestra misión, es la misión de la Iglesia y todo creyente debe vivirla con gozo, sintiéndola como propia, a través de una existencia verdaderamente animada por la fe, marcada por la caridad, por el servicio a Dios y a los demás, y capaz de irradiar esperanza. Esta misión resplandece sobre todo en la santidad a la cual todos estamos llamados.

Hoy —lo sabemos— no faltan dificultades y pruebas por la fe, a menudo poco comprendida, contestada, rechazada. San Pedro decía a sus cristianos: «Estad dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto» (1 P 3, 15-16). En el pasado, en Occidente, en una sociedad considerada cristiana, la fe era el ambiente en el que se movía; la referencia y la adhesión a Dios eran, para la mayoría de la gente, parte de la vida cotidiana. Más bien era quien no creía quien tenía que justificar la propia incredulidad. En nuestro mundo la situación ha cambiado, y cada vez más el creyente debe ser capaz de dar razón de su fe. El beato Juan Pablo II, en la encíclica Fides et ratio, subrayaba cómo la fe se pone a prueba incluso en la época contemporánea, permeada por formas sutiles y capciosas de ateísmo teórico y práctico (cf. nn. 46-47). Desde la Ilustración en adelante, la crítica a la religión se ha intensificado; la historia ha estado marcada también por la presencia de sistemas ateos en los que Dios era considerado una mera proyección del ánimo humano, un espejismo y el producto de una sociedad ya adulterada por tantas alienaciones. El siglo pasado además ha conocido un fuerte proceso de secularismo, caracterizado por la autonomía absoluta del hombre, tenido como medida y artífice de la realidad, pero empobrecido por ser criatura «a imagen y semejanza de Dios». En nuestro tiempo se ha verificado un fenómeno particularmente peligroso para la fe: existe una forma de ateísmo que definimos, precisamente, «práctico», en el cual no se niegan las verdades de la fe o los ritos religiosos, sino que simplemente se consideran irrelevantes para la existencia cotidiana, desgajados de la vida, inútiles. Con frecuencia, entonces, se cree en Dios de un modo superficial, y se vive «como si Dios no existiera» (etsi Deus non daretur). Al final, sin embargo, este modo de vivir resulta aún más destructivo, porque lleva a la indiferencia hacia la fe y hacia la cuestión de Dios.

En realidad, el hombre separado de Dios se reduce a una sola dimensión, la dimensión horizontal, y precisamente este reduccionismo es una de las causas fundamentales de los totalitarismos que en el siglo pasado han tenido consecuencias trágicas, así como de la crisis de valores que vemos en la realidad actual. Ofuscando la referencia a Dios, se ha oscurecido también el horizonte ético, para dejar espacio al relativismo y a una concepción ambigua de la libertad que en lugar de ser liberadora acaba vinculando al hombre a ídolos. Las tentaciones que Jesús afrontó en el desierto antes de su misión pública representan bien a esos «ídolos» que seducen al hombre cuando no va más allá de sí mismo. Si Dios pierde la centralidad, el hombre pierde su sitio justo, ya no encuentra su ubicación en la creación, en las relaciones con los demás. No ha conocido ocaso lo que la sabiduría antigua evoca con el mito de Prometeo: el hombre piensa que puede llegar a ser él mismo «dios», dueño de la vida y de la muerte.

Frente a este contexto, la Iglesia, fiel al mandato de Cristo, no cesa nunca de afirmar la verdad sobre el hombre y su destino. El concilio Vaticano II afirma sintéticamente: «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (const. Gaudium et spes, 19).

¿Qué respuestas está llamada entonces a dar la fe, con «delicadeza y respeto», al ateísmo, al escepticismo, a la indiferencia hacia la dimensión vertical, a fin de que el hombre de nuestro tiempo pueda seguir interrogándose sobre la existencia de Dios y recorriendo los caminos que conducen a Él? Quisiera aludir a algunos caminos que se derivan tanto de la reflexión natural como de la fuerza misma de la fe. Los resumiría muy sintéticamente en tres palabras: el mundo, el hombre, la fe.

La primera: el mundo. San Agustín, que en su vida buscó largamente la Verdad y fue aferrado por la Verdad, tiene una bellísima y célebre página en la que afirma: «Interroga a la belleza de la tierra, del mar, del aire amplio y difuso. Interroga a la belleza del cielo…, interroga todas estas realidades. Todos te responderán: ¡Míranos: somos bellos! Su belleza es como un himno de alabanza. Estas criaturas tan bellas, si bien son mutables, ¿quién la ha creado, sino la Belleza Inmutable?» (Sermón 241, 2: PL 38, 1134). Pienso que debemos recuperar y hacer recuperar al hombre de hoy la capacidad de contemplar la creación, su belleza, su estructura. El mundo no es un magma informe, sino que cuanto más lo conocemos, más descubrimos en él sus maravillosos mecanismos, más vemos un designio, vemos que hay una inteligencia creadora. Albert Einstein dijo que en las leyes de la naturaleza «se revela una razón tan superior que toda la racionalidad del pensamiento y de los ordenamientos humanos es, en comparación, un reflejo absolutamente insignificante» (Il Mondo come lo vedo io, Roma 2005). Un primer camino, por lo tanto, que conduce al descubrimiento de Dios es contemplar la creación con ojos atentos.

La segunda palabra: el hombre. San Agustín, luego, tiene una célebre frase en la que dice: Dios es más íntimo a mí mismo de cuanto lo sea yo para mí mismo (cf. Confesiones III, 6, 11). A partir de ello formula la invitación: «No quieras salir fuera de ti; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad» (La verdadera religión, 39, 72). Este es otro aspecto que nosotros corremos el riesgo de perder en el mundo ruidoso y disperso en el que vivimos: la capacidad de detenernos y mirar en profundidad en nosotros mismos y leer esa sed de infinito que llevamos dentro, que nos impulsa a ir más allá y remite a Alguien que la pueda colmar. El Catecismo de la Iglesia católica afirma: «Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios» (n. 33).

La tercera palabra: la fe. Sobre todo en la realidad de nuestro tiempo, no debemos olvidar que un camino que conduce al conocimiento y al encuentro con Dios es el camino de la fe. Quien cree está unido a Dios, está abierto a su gracia, a la fuerza de la caridad. Así, su existencia se convierte en testimonio no de sí mismo, sino del Resucitado, y su fe no tiene temor de mostrarse en la vida cotidiana, está abierta al diálogo que expresa profunda amistad para el camino de todo hombre, y sabe dar lugar a luces de esperanza ante la necesidad de rescate, de felicidad, de futuro. La fe, en efecto, es encuentro con Dios que habla y actúa en la historia, y que convierte nuestra vida cotidiana, transformando en nosotros mentalidad, juicios de valor, opciones y acciones concretas. No es espejismo, fuga de la realidad, cómodo refugio, sentimentalismo, sino implicación de toda la vida y anuncio del Evangelio, Buena Noticia capaz de liberar a todo el hombre. Un cristiano, una comunidad que sean activos y fieles al proyecto de Dios que nos ha amado primero, constituyen un camino privilegiado para cuantos viven en la indiferencia o en la duda sobre su existencia y su acción. Esto, sin embargo, pide a cada uno hacer cada vez más transparente el propio testimonio de fe, purificando la propia vida para que sea conforme a Cristo. Hoy muchos tienen una concepción limitada de la fe cristiana, porque la identifican con un mero sistema de creencias y de valores, y no tanto con la verdad de un Dios que se ha revelado en la historia, deseoso de comunicarse con el hombre de tú a tú en una relación de amor con Él. En realidad, como fundamento de toda doctrina o valor está el acontecimiento del encuentro entre el hombre y Dios en Cristo Jesús. El Cristianismo, antes que una moral o una ética, es acontecimiento del amor, es acoger a la persona de Jesús. Por ello, el cristiano y las comunidades cristianas deben ante todo mirar y hacer mirar a Cristo, verdadero Camino que conduce a Dios.

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El Año de la fe. Los caminos que conducen al conocimiento de Dios – Texto original

El Año de la fe. Los caminos que conducen al conocimiento de Dios – Video original

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SS. Benedicto XVI

Audiencia General

Plaza de San Pedro

Miércoles 14 de noviembre de 2012

El Año de la fe. Los caminos que conducen al conocimiento de Dios

El Año de la fe. El deseo de Dios

Queridos hermanos y hermanas:

El camino de reflexión que estamos realizando juntos en este Año de la fe nos conduce a meditar hoy en un aspecto fascinante de la experiencia humana y cristiana: el hombre lleva en sí un misterioso deseo de Dios. De modo muy significativo, el Catecismo de la Iglesia católica se abre precisamente con la siguiente consideración: «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (n. 27).

Tal afirmación, que también actualmente se puede compartir totalmente en muchos ambientes culturales, casi obvia, podría en cambio parecer una provocación en el ámbito de la cultura occidental secularizada. Muchos contemporáneos nuestros podrían objetar que no advierten en absoluto un deseo tal de Dios. Para amplios sectores de la sociedad Él ya no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que deja indiferente, ante la cual no se debe siquiera hacer el esfuerzo de pronunciarse. En realidad lo que hemos definido como «deseo de Dios» no ha desaparecido del todo y se asoma también hoy, de muchas maneras, al corazón del hombre. El deseo humano tiende siempre a determinados bienes concretos, a menudo de ningún modo espirituales, y sin embargo se encuentra ante el interrogante sobre qué es de verdad «el» bien, y por lo tanto ante algo que es distinto de sí mismo, que el hombre no puede construir, pero que está llamado a reconocer. ¿Qué puede saciar verdaderamente el deseo del hombre?

En mi primera encíclica Deus caritas est he procurado analizar cómo se lleva a cabo ese dinamismo en la experiencia del amor humano, experiencia que en nuestra época se percibe más fácilmente como momento de éxtasis, de salir de uno mismo; como lugar donde el hombre advierte que le traspasa un deseo que le supera. A través del amor, el hombre y la mujer experimentan de manera nueva, el uno gracias al otro, la grandeza y la belleza de la vida y de lo real. Si lo que experimento no es una simple ilusión, si de verdad quiero el bien del otro como camino también hacia mi bien, entonces debo estar dispuesto a des-centrarme, a ponerme a su servicio, hasta renunciar a mí mismo. La respuesta a la cuestión sobre el sentido de la experiencia del amor pasa por lo tanto a través de la purificación y la sanación de lo que quiero, requerida por el bien mismo que se quiere para el otro. Se debe ejercitar, entrenar, también corregir, para que ese bien verdaderamente se pueda querer.

El éxtasis inicial se traduce así en peregrinación, «como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios» (Enc. Deus caritas est, 6). A través de ese camino podrá profundizarse progresivamente, para el hombre, el conocimiento de ese amor que había experimentado inicialmente. Y se irá perfilando cada vez más también el misterio que este representa: ni siquiera la persona amada, de hecho, es capaz de saciar el deseo que alberga en el corazón humano; es más, cuanto más auténtico es el amor por el otro, más deja que se entreabra el interrogante sobre su origen y su destino, sobre la posibilidad que tiene de durar para siempre. Así que la experiencia humana del amor tiene en sí un dinamismo que remite más allá de uno mismo; es experiencia de un bien que lleva a salir de sí y a encontrase ante el misterio que envuelve toda la existencia.

Se podrían hacer consideraciones análogas también a propósito de otras experiencias humanas, como la amistad, la experiencia de lo bello, el amor por el conocimiento: cada bien que experimenta el hombre tiende al misterio que envuelve al hombre mismo; cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se sacia plenamente. Indudablemente desde tal deseo profundo, que esconde también algo de enigmático, no se puede llegar directamente a la fe. El hombre, en definitiva, conoce bien lo que no le sacia, pero no puede imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva en el corazón. No se puede conocer a Dios sólo a partir del deseo del hombre. Desde este punto de vista el misterio permanece: el hombre es buscador del Absoluto, un buscador de pasos pequeños e inciertos. Y en cambio ya la experiencia del deseo, del «corazón inquieto» —como lo llamaba san Agustín—, es muy significativa. Esta atestigua que el hombre es, en lo profundo, un ser religioso (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 28), un «mendigo de Dios». Podemos decir con las palabras de Pascal: «El hombre supera infinitamente al hombre» (Pensamientos, ed. Chevalier 438; ed. Brunschvicg 434). Los ojos reconocen los objetos cuando la luz los ilumina. De aquí el deseo de conocer la luz misma, que hace brillar las cosas del mundo y con ellas enciende el sentido de la belleza.

Debemos por ello sostener que es posible también en nuestra época, aparentemente tan refractaria a la dimensión trascendente, abrir un camino hacia el auténtico sentido religioso de la vida, que muestra cómo el don de la fe no es absurdo, no es irracional. Sería de gran utilidad, a tal fin, promover una especie de pedagogía del deseo, tanto para el camino de quien aún no cree como para quien ya ha recibido el don de la fe. Una pedagogía que comprende al menos dos aspectos. En primer lugar aprender o re-aprender el gusto de las alegrías auténticas de la vida. No todas las satisfacciones producen en nosotros el mismo efecto: algunas dejan un rastro positivo, son capaces de pacificar el alma, nos hacen más activos y generosos. Otras, en cambio, tras la luz inicial, parecen decepcionar las expectativas que habían suscitado y entonces dejan a su paso amargura, insatisfacción o una sensación de vacío. Educar desde la tierna edad a saborear las alegrías verdaderas, en todos los ámbito de la existencia —la familia, la amistad, la solidaridad con quien sufre, la renuncia al propio yo para servir al otro, el amor por el conocimiento, por el arte, por las bellezas de la naturaleza—, significa ejercitar el gusto interior y producir anticuerpos eficaces contra la banalización y el aplanamiento hoy difundidos. Igualmente los adultos necesitan redescubrir estas alegrías, desear realidades auténticas, purificándose de la mediocridad en la que pueden verse envueltos. Entonces será más fácil soltar o rechazar cuanto, aun aparentemente atractivo, se revela en cambio insípido, fuente de acostumbramiento y no de libertad. Y ello dejará que surja ese deseo de Dios del que estamos hablando.

Un segundo aspecto, que lleva el mismo paso del precedente, es no conformarse nunca con lo que se ha alcanzado. Precisamente las alegrías más verdaderas son capaces de liberar en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes —querer un bien más alto, más profundo— y a percibir cada vez con mayor claridad que nada finito puede colmar nuestro corazón. Aprenderemos así a tender, desarmados, hacia ese bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas, a no dejarnos desalentar por la fatiga o los obstáculos que vienen de nuestro pecado.

Al respecto no debemos olvidar que el dinamismo del deseo está siempre abierto a la redención. También cuando este se adentra por caminos desviados, cuando sigue paraísos artificiales y parece perder la capacidad de anhelar el verdadero bien. Incluso en el abismo del pecado no se apaga en el hombre esa chispa que le permite reconocer el verdadero bien, saborear y emprender así la remontada, a la que Dios, con el don de su gracia, jamás priva de su ayuda. Por lo demás, todos necesitamos recorrer un camino de purificación y de sanación del deseo. Somos peregrinos hacia la patria celestial, hacia el bien pleno, eterno, que nada nos podrá ya arrancar. No se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura. Cuando en el deseo se abre la ventana hacia Dios, esto ya es señal de la presencia de la fe en el alma, fe que es una gracia de Dios. San Agustín también afirmaba: «Con la espera, Dios amplía nuestro deseo; con el deseo amplía el alma, y dilatándola la hace más capaz» (Comentario a la Primera carta de Juan, 4, 6: pl 35, 2009).

En esta peregrinación sintámonos hermanos de todos los hombres, compañeros de viaje también de quienes no creen, de quién está a la búsqueda, de quien se deja interrogar con sinceridad por el dinamismo del propio deseo de verdad y de bien. Oremos, en este Año de la fe, para que Dios muestre su rostro a cuantos le buscan con sincero corazón. Gracias.

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El Año de la fe. El deseo de Dios – Texto original

El Año de la fe. El deseo de Dios – Video original

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SS. Benedicto XVI

Audiencia General

Plaza de San Pedro

Miércoles 7 de noviembre de 2012

Colorea y completa el Ave María

Colorea y completa el Ave María

Os presentamos esta dinámica para que los niños aprendan la oración predilecta de los católicos: el Ave María.

Proponemos cuatro láminas a completar más una lámina completa.

Podéis acceder a las láminas pulsando sobre el texto o sobre la imagen.


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 Ave María: láminas para colorear y completar

Ave María en el que hay que completar con vocales

Ave María en el que hay que completar con consonantes

Ave María en el que hay que completar con vocales Ave María en el que hay que completar con consonantes

Ave María en el que hay que completar palabras

Ave María en el que hay que completar frases

Ave María en el que hay que completar palabras Ave María en el que hay que completar frases


Ave María: lámina completa

Ave María: lámina completa

Ave María: lámina completa


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Siete hábitos diarios para el camino de santidad

Siete hábitos diarios para el camino de santidad

Nadie nace santo. La santidad se consigue con mucho esfuerzo, pero también con la ayuda y la Gracia de Dios. Todos, sin exclusión, están llamados a reproducir en sí mismos la vida y el ejemplo de Jesucristo, caminar detrás de sus huellas.

Si estás leyendo esto es porque estás interesado en tomar tu vida espiritual más seriamente de ahora en adelante; quieres aceptar de corazón uno de los puntos clave del Concilio Vaticano II: la importancia de la doctrina de la llamada universal a la santidad. También porque conoces que Jesús es el único camino a la santidad: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».

El secreto de la santidad es la oración constante, la cual puede ser definida como el continuo contacto con la Santísima Trinidad: «reza siempre y sin desfallecer» (Lucas 18, 1). Hay varios caminos para llegar a conocer a Jesús. Nosotros vamos a hablar brevemente sobre algunos de ellos en este artículo. Si quieres llegar a conocer, amar y servir a Jesús de la misma forma que aprendes a amar y enamorarte de otras personas: tu esposa, miembros de tu familia y amigos íntimos, por ejemplo, deberás pasar un tiempo considerable con Él de forma regular y diaria. El retorno, si lo haces, es la única felicidad verdadera en esta vida y la visión de Dios en la próxima. No hay sustituto para esto.

La santificación es un trabajo de toda la vida y requiere nuestro determinado esfuerzo para cooperar con la Gracia santificante de Dios que viene por medio de los sacramentos.

Los siete hábitos diarios que propongo consisten en:

  • El ofrecimiento de la mañana
  • Al menos quince minutos de oración mental en silencio
  • Lectura espiritual: Nuevo Testamento y un libro espiritual sugerido por tu director espiritual
  • La Santa Misa y Comunión
  • El rezo del Santo Rosario
  • La recitación del Ángelus al mediodía
  • Un breve examen de conciencia por la noche

Estos son los principales medios para alcanzar la santidad. Si eres una persona que quiere llevar a Cristo a otros a través de la amistad, estos son instrumentos con los cuales almacenarás la energía espiritual que te permitirá hacerlo. La acción apostólica sin los sacramentos volverá ineficaz una sólida y profunda vida interior. Puedes estar seguro que los santos incorporaron por uno u otro camino todos estos hábitos en su rutina diaria. Tu objetivo es ser como ellos, contemplativos en medio del mundo.


Quiero remarcar varios puntos antes de examinar los hábitos

Primero: recuerda que el crecimiento en estos hábitos diarios son como una dieta o un programa de ejercicio físico, es un trabajo de proceso gradual. No esperes incorporar los siete o aún dos o tres de ellos en tu agenda diaria inmediatamente. No puedes correr una carrera de cinco kilómetros si antes no te has entrenado. Tampoco puedes tocar a Liszt a la tercera clase de piano. Esta prisa te invita al fracaso, y Dios quiera que tengas éxito tanto en tu ritmo como en el Suyo. Debes trabajar cercanamente con tu director espiritual y gradualmente incorporar los hábitos a tu vida en el período de tiempo que corresponda a tu particular situación. Puede ser el caso que por las circunstancias de tu vida se requiera la modificación de los siete hábitos.

Segundo: al mismo tiempo debes hacer el firme propósito, con la ayuda del Espíritu Santo y tus especiales intercesores, para hacer de ellos la prioridad de tu vida —más importante que comer, dormir, trabajar y descansar—. Quiero aclararte que estos hábitos no se pueden adquirir de cualquier manera. Ese no es el modo como nosotros queremos tratar a los que amamos. Deben realizarse cuando estemos más atentos, durante el día, en un lugar en silencio y sin distracciones, donde sea fácil ponerse en presencia de Dios y estar con Él. Después de todo ¿no es más importante nuestra vida eterna que nuestra vida temporal? Todo esto redundará llegado el momento de nuestro juicio como una cuenta de amor a Dios en nuestro corazón.

Tercero: quiero dejar claro que vivir los hábitos no es una pérdida de tiempo. No estás perdiendo el tiempo, en realidad lo estás ganando. Nunca conocerás una persona que viva todos ellos diariamente que sea menos productiva como trabajador o peor esposo o que tenga menos tiempo para sus amigos o no pueda cultivar su vida intelectual. Todo lo contrario, Dios siempre recompensa a los que lo ponen a Él primero. Nuestro Señor multiplicará asombrosamente tú tiempo como multiplicó los panes y los peces y dio de comer a la multitud hasta saciarse. Puedes estar seguro de que el beato Juan Pablo II, la santa Madre Teresa o san Maximiliano Kolbe rezaban mucho más que la hora y media que se sugiere en estos hábitos repartidos a lo largo del día.


Primer hábito: ofrecimiento de la mañana

El primer hábito es el ofrecimiento del día por la mañana, cuando te arrodillas y, utilizando tus propias palabras o una fórmula, ofreces todo tu día a la gloria de Dios. Lo que no es simple es lo que sucederá antes del ofrecimiento. Véncete cada día desde el primer momento, levantándote en punto, a la hora fija, sin conceder ni un minuto a la pereza. Si con la ayuda de Dios te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de la jornada.

¡Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza!

San Josemaría- Camino, 191.

En mi experiencia pastoral, quien puede vivir el «minuto heroico» en la mañana y a la noche se va a la cama en el tiempo previsto, tiene la energía física y espiritual a lo largo del día como para cesar lo que esté haciendo para cumplir los hábitos.


Segundo hábito: oración mental en silencio

El segundo hábito es por lo menos quince minutos de oración en silencio. Puedes agregar otros quince minutos extras en otro momento del día. Después de todo, ¿quién no desea pasar más tiempo en tan excelente compañía? La oración es una conversación uno a uno, directa con Jesucristo, preferentemente frente al Santísimo Sacramento en el Sagrario.

Esta es tu hora de la verdad o tu momento superior. Si lo deseas puedes abrirte y hablar acerca de lo que está en tu mente y en tu corazón. Al mismo tiempo adquirirás el hábito de escuchar cuidadosamente y meditar como otra María (Lucas 10, 38-42) para ver qué es lo que Jesús te está pidiendo y qué te quiere dar. Es aquí donde comprendemos su dicho «Sin Mí, nada podéis hacer».


Tercer hábito: lectura espiritual

El tercer hábito son quince minutos de lectura espiritual que usualmente consistirá en unos pocos minutos de sistemática lectura del Nuevo Testamento, para identificarnos con la Palabra y acciones de nuestro Salvador. El resto del tiempo en un libro clásico de espiritualidad católica recomendado por tu director espiritual. En cierto sentido, es el más práctico de nuestros hábitos porque a través de los años leeremos varias veces la vida de Cristo y adquiriremos la sabiduría de los santos y de la Iglesia junto con la lectura de docenas de libros, los cuales enriquecerán nuestro intelecto. También podremos poner las ideas allí expresadas en acción.


Cuarto hábito: la Santa Misa

El cuarto hábito es participar en la Santa Misa y recibir la Santa Comunión en estado de gracia. Este es el hábito más importante de todos (cfr. Jn. 6, 22-65). La Santa Misa debe estar muy en el centro de nuestra vida interior y consecuentemente de nuestro día. Este es el acto más íntimo posible del hombre. Encontramos a Cristo vivo, participamos en la renovación de Su sacrificio por nosotros y nos unimos a su cuerpo y alma resucitada. Como el beato Juan Pablo II dijo en su Exhortación Apostólica Ecclesia in America: «La Eucaristía es el centro viviente y eterno centro alrededor del cual la comunidad entera de la Iglesia se congrega.» (n°35).


Quinto hábito: rezo del Angelus o Regina Coeli al mediodía

El quinto hábito es rezar cada día al mediodía el Angelus o Regina Coeli invocando a Nuestra Santísima Madre de acuerdo al tiempo litúrgico. Esta es una costumbre católica que se remonta a muchos siglos. Este es un hermoso modo de honrar a Nuestra Señora por un momento. Como niños, recordamos a Nuestra Madre durante el día y meditamos sobre la Encarnación y Resurrección de Nuestro Señor, el cual da sentido a toda nuestra existencia.


Sexto hábito: rezo del Santo Rosario

El sexto hábito también es Mariano: el rezo del Santo Rosario cada día y la meditación de los misterios, los cuales versan sobre la vida de Nuestro Señor y Nuestra Señora. Es un hábito que, una vez adquirido, es difícil abandonar. Junto con la repetición de las palabras de amor a María y el ofrecimiento de cada decena por nuestras intenciones, nosotros tomamos un atajo hacia Jesús, el cual pasa a través del corazón de María. Él no puede rechazar nada de Ella.


Séptimo hábito: examen de conciencia por la noche

El séptimo hábito es un breve examen de conciencia por la noche antes de ir a la cama. Te sientas, pides luces al Espíritu Santo y durante varios minutos revisas tu día en presencia de Dios preguntándote si te has comportado como un hijo de Dios en el hogar, en el trabajo, con tus amigos… También examinas alguna área particular, la cual tienes identificada con ayuda de tu director espiritual, quien conoce tus necesidades para mejorar y llegar a la santidad. También puedes hacer una rápida mirada para ver si has sido fiel en los hábitos diarios que hemos discutido en este artículo. Luego haces un acto de gratitud por todo lo bueno que has hecho y recibido, y un acto de contrición por aquellos aspectos en los que voluntariamente has fallado.


Consideraciones finales

Si una persona examinase honestamente su día, no importa cuán ocupado esté (y nunca me pareció encontrarme con gente que no esté muy ocupada a no ser que esté permanentemente retirada), puede frecuentemente encontrar que usualmente malgasta un poco de tiempo cada día.

Piensa, ¿qué necesidad hay de una taza de café extra cuando puedes usar ese tiempo para visitar el Santísimo Sacramento quince minutos antes de comenzar el trabajo? O la media hora (o mucho más) gastada mirando programas de televisión o vídeos. También es común gastar tiempo durmiendo en el tren o escuchando la radio en el auto cuando puede ser usado para rezar el Santo Rosario. Igualmente, ¿el diario no lo puedes leer en diez minutos en lugar de veinte dejando espacio para la lectura espiritual? ¿Y esa comida no podría hacerse en media hora dejando espacio para la Santa Misa? No olvides que esta media hora es tiempo malgastado cuando al final del día podrías haberla usado para una buena lectura espiritual, examinar tu conciencia e ir a la cama a tiempo para recuperar energías para las batallas del día siguiente. Y la lista continúa… Puedes hacer la tuya.

Sé honesto contigo y con Dios. Estos hábitos, vividos bien, nos capacitan para obedecer la segunda parte del gran mandamiento: amar a los otros como a nosotros mismos. Estamos en la tierra como estuvo el Señor «para servir y no para ser servido». Esto sólo puede ser alcanzado junto a nuestra gradual transformación en otro Cristo a través de la oración y los sacramentos. Viviendo estos siete hábitos llegaremos a ser personas santas y apostólicas, gracias a Dios. Ten por seguro que, cuando caigamos en algo grande o pequeño, siempre tendremos un Padre que nos ama y espera en el Sacramento de la Penitencia y la devota ayuda de nuestro consejero espiritual para que volvamos a nuestro curso correcto.

Padre John McCloskey

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Fuente original: Catholic.net

La Biblia más infantil: La vida de Jesús

La Biblia más infantil: La vida de Jesús

La vida de Jesús

Ahora os vamos a contar la historia de Jesús, el Mesías prometido. El Hijo de Dios que vino a la tierra a salvarnos, se hizo hombre y vivió en una familia como la nuestra. Él nos enseñó el camino del cielo. Mirad…

«Gracias, Jesús, porque puedo conocer tu vida»

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La AnunciaciónLa Anunciación

En Nazaret, una pequeña ciudad de Galilea, vivía una muchacha llamada María, que se iba a casar con José, de la familia del rey David. Un día se le apareció el argángel Gabriel y le dijo: «Dios te salve María, llena eres de gracia. Vas a tener un hijo al que llamarás Jesús. Será el Hijo de Dios y salvará a los hombres de sus pecados». La Virgen María contestó: «Yo soy la esclava del Señor. Que se haga en mí todo lo que Tú dices».


«Gracias, María, por decir que sí a Dios»

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La VisitaciónLa Visitación

El ángel también le contó a la Virgen que su prima Isabel iba a tener un hijo, Juan el Bautista. María se puso en camino para visitar a su prima y felicitarla. Cuando Isabel vio a la Virgen le dijo: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¡Qué alegría que venga a verme la madre de Jesús!».


Oración del «Avemaría»

Dios te salve, María, llena eres de gracia;

el Señor es contigo;

bendita tú eres entre todas las mujeres,

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios;

ruega por nosotros, pecadores;

ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

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Camino de BelénCamino de Belén

El emperador de Roma quería saber cuántas personas vivían en su imperio, y les mandó a todos que se apuntaran cada uno en su ciudad. María y José obedecen y van camino de Belén, la ciudad del rey David y la suya.




«¡Madre mía, qué contento estoy, porque pronto nacerá Jesús!»

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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 69 a 72

Coordinador: Pedro de la Herrán

Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz

Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez


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El juicio divino

El juicio divino

Una vez vio fray León en sueños los preparativos para el juicio divino. Veía a los ángeles que tocaban trompetas y otros varios instrumentos y congregaban grandísima muchedumbre en un campo. A un lado colocaron una escala roja que llegaba de la tierra al cielo, y a la parte opuesta otra que era blanca, y bajaba del cielo a la tierra. En la cima de la roja apareció Cristo en ademán de un Señor ofendido y muy irritado. San Francisco estaba en la misma escala algunas gradas más debajo de Cristo, y bajando más, llamaba y decía con gran voz y fervor:

—Venid, frailes míos, venid confiadamente, no temáis, venid y acercaos al Señor, que os llama.

Al oír a san Francisco, corrieron a su encuentro los frailes y subían, muy confiados, por la escalera roja. Pero, cuando ya estaban todos en ella, comenzaron a caerse, quien del tercer escalón, quien del cuarto, quien del quinto o del sexto, y caían todos, uno tras otro, de suerte que no quedó ninguno en la escala.

A vista de tal desgracia, movido san Francisco a compasión de sus frailes, como padre piadoso, rogaba por sus hijos al Juez para que tuviese misericordia de ellos. Y Cristo le mostraba las llagas sangrientas y le decía:

—Mira lo que me han hecho tus frailes.

El santo, después de insistir un poco en la misma súplica bajó algunas gradas, y llamando a los frailes que habían caído de la escala roja, les decía:

—Levantaos, hijos y hermanos míos, tened confianza, no os desaniméis, corred seguros a la escala blanca y subid por ella, que así seréis admitidos en el Reino de los Cielos.

Corrieron los frailes, enseñados por su Padre, a la dicha escala, y en la cima apareció, piadosa y clemente, la gloriosa Virgen María, Madre de Jesucristo, y los recibió. Y así entraron sin ninguna dificultad en el Reino Eterno.

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Noticias Cristianas: «Historias para amar a la Virgen»

en Historias para amar, página 50.

Oración final: dinámica sobre las Virtudes Teologales

Oración final: dinámica sobre las Virtudes Teologales

Dinámica sobre las Virtudes Teologales especialmente pensada para preadolescentes de hasta 12 años.

La autora, Pilar, plantea el siguiente esquema con unos materiales muy recomendados y acertados.

5.ª Parte: oración final.

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5.ª Parte: Oración final

Rezad juntos estas oraciones ofrecidas por catholic.net.


Acto de fe

Dios mío, porque eres verdad infalible,

creo firmemente todo aquello que has revelado

y la Santa Iglesia nos propone para creer.

Creo expresamente en ti, único Dios verdadero

en tres Personas iguales y distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Y creo en Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó

y murió por nosotros, el cual nos dará a cada uno,

según los méritos, el premio o el castigo eterno.

Conforme a esta fe quiero vivir siempre.

Señor, acrecienta mi fe.


Acto de esperanza

Dios mío, espero de tu bondad,

por tus promesas y por los méritos de Jesucristo,

nuestro Salvador, la vida eterna y la gracia necesaria

para merecerla con las buenas obras que debo y quiero hacer.

Señor, que pueda gozarte para siempre.


Acto de caridad

Dios mío, te amo con todo el corazón sobre todas las cosas,

porque eres infinitamente bueno y nuestra eterna felicidad:

por amor a ti amo a mi prójimo como a mí mismo,

y perdono las ofensas recibidas.

Señor, haz que yo te ame cada vez más.


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Fuente original: foros.marianistas.org

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Dinámica sobre las Virtudes Teologales

1.ª Parte: La fe, la esperanza y la caridad

2.ª Parte: Cuento que enseña a crecer, esperar y amar

3.ª Parte: Lectura sobre la caridad, sobre el amor

4.ª Parte: Poemas, oraciones y reflexión

5.ª Parte: Oración final

Oración final: dinámica sobre las Virtudes Teologales

Poemas, oraciones y reflexión: dinámica sobre las Virtudes Teologales

Dinámica sobre las Virtudes Teologales especialmente pensada para preadolescentes de hasta 12 años.

La autora, Pilar, plantea el siguiente esquema con unos materiales muy recomendados y acertados.

4.ª Parte: Poemas, oraciones y reflexión.

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4.ª Parte: Poemas, oraciones y reflexión

Preparad con los niños estos poemas de José Luís Martín Descalzo, y que los lean en voz alta, cada niño un verso o estrofa:


No temáis al amor

No temáis al amor, (nos dice Dios).

No tengáis miedo a lo mejor que hice

cuando construí el mundo.

Tened miedo, más bien, a enturbiarlo,

a enlodarlo, a ajarlo y marchitarlo.

Eso sí que sería una tragedia;

sería como ensuciar mi creación.

Porque el amor es la cosa más bella

que salió de mis manos.


Si me faltas Tú

En medio de la sombra y de la herida

me preguntan si creo en Ti. Y digo

que tengo todo cuando estoy contigo:

el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.

Sin Ti, el sol es luz descolorida.

Sin Ti, la paz es un cruel castigo.

Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.

Sin Ti, la vida es muerte repetida.

Contigo el sol es luz enamorada

y contigo la paz es paz florida.

Contigo el bien es casa reposada

y contigo la vida es sangre ardida.

Pues, si me faltas Tú, no tengo nada:

ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.

Tengo todo cuando estoy contigo,

Si me faltas Tú, no tengo nada…


Todos juntos, rezad la «Oración para aprender a amar» de santa Teresa de Calcuta.

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;

Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;

Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.

Cuando sufra, dame alguien que necesite consuelo;

Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;

Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.

Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;

Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien;

Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.

Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;

Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;

Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.

Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos que por todo el mundo viven y mueren pobres y hambrientos.

Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo. 


O bien descubramos y aprendamos con san Agustín lo sordos y ciegos que estamos, porque nunca es tarde…


Tarde te amé

¡Tarde te amé

hermosura tan antigua y tan nueva

tarde te amé!

Tú estabas dentro de mí,

pero yo andaba fuera de mí mismo,

y allá afuera te andaba buscando.

Me lanzaba todo deforme

entre las hermosuras que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo

me retenían lejos de ti cosas

que no existirían si no existieran en ti.

Me llamaste, y rompiste mi sordera.

Brillaste con fulgor espléndido,

y expulsaste mi ceguera.

Me inundó tu fragancia

y ahora suspiro por ti.

Te gusté, y tengo hambre y sed.

Me tocaste, y ardí en tu paz.


Podréis encontrar numerosas versiones en Youtube. Aquí os dejamos esta preciosa versión publicada por Dulce Corazón de María.


Dejad unos momentos de silencio para interiorizar las oraciones.


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Fuente original: foros.marianistas.org

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Dinámica sobre las Virtudes Teologales

1.ª Parte: La fe, la esperanza y la caridad

2.ª Parte: Cuento que enseña a crecer, esperar y amar

3.ª Parte: Lectura sobre la caridad, sobre el amor

4.ª Parte: Poemas, oraciones y reflexión

5.ª Parte: Oración final

Oración final: dinámica sobre las Virtudes Teologales

Lectura sobre la caridad, sobre el amor: dinámica sobre las Virtudes Teologales

Dinámica sobre las Virtudes Teologales especialmente pensada para preadolescentes de hasta 12 años.

La autora, Pilar, plantea el siguiente esquema con unos materiales muy recomendados y acertados.

3.ª Parte: Lectura sobre la caridad, sobre el amor.

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3.ª Parte: Lectura sobre la caridad, sobre el amor.

Escuchemos a San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios (1 Cor 13, 1-13).

1. Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.

2. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.

3. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.

4. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe;

5. es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal;

6. no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.

7. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.

8. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia.

9. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.

10. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial.

11. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño.

12. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido.

13. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.


Oramos en silencio…

Poned como fondo para la meditación la canción «Si no tengo amor…» del elepé ¿Cómo te podré pagar? de Brotes de Olivo.

Cómo descargar el álbum ¿Cómo te podré pagar? de Brotes de Olivo

Cómo obtener la discografía completa de Brotes de Olivo

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Fuente original: foros.marianistas.org

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Dinámica sobre las Virtudes Teologales

1.ª Parte: La fe, la esperanza y la caridad

2.ª Parte: Cuento que enseña a crecer, esperar y amar

3.ª Parte: Lectura sobre la caridad, sobre el amor

4.ª Parte: Poemas, oraciones y reflexión

5.ª Parte: Oración final