Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Encarnación de Cristo ilumina el sentido

Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Encarnación de Cristo ilumina el sentido

La Encarnación de Cristo ilumina el sentido de las estructuras. Por eso, a la Iglesia «se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo Encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo Divino como instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo» (LG 8). Las estructuras de la Iglesia son una consecuencia más de la Encarnación. Cristo prolonga su presencia entre nosotros por medio de la Iglesia. La Iglesia realiza su misión, encarnándose en el espacio y en el tiempo; es decir, su misión está unida a la historia de la humanidad. Que nuestra fidelidad a Él en toda su radical seriedad, haya de pasar por las fidelidades diminutas de tantas concreciones, no es mayor escándalo que el que la comunión absoluta de Dios con los hombres sólo fuera reconocible a través de un hombre, Jesús de Nazaret, que estaba condicionado por una raza, una herencia familiar y cultural y que vivió una vida determinada. «¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María? […] y se escandalizaban de Él» (Mt 13,55.57).


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)


Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Encarnación de Cristo ilumina el sentido

Las estructuras de la Iglesia diocesana: Cristo, realizador del proyecto del Padre

Este proyecto querido desde toda la eternidad (Rom 8, 29) y destinado a todos los hombres (1Tim 2,4) lo lleva a cabo por medio de Jesucristo su Hijo, el Verbo hecho carne. Su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue el instrumento de nuestra salvación. Esta obra de redención Cristo la realizó con sus palabras, sus obras… y «principalmente por el misterio pascual de su Bienaventurada Pasión y Resurrección de entre los muertos» (SC 5). Así, tenemos acceso al Padre por medio de nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia, pues, nace como el ámbito en el que el Señor Jesús, mediante su Espíritu, sus signos y su palabra, hace transparente y contemporánea la fidelidad de Dios, invitando a los hombres a la comunión con Él. El cristiano, por tanto, es aquel que vive la comunión con Dios Padre en su comunión con Jesús, mediante su comunión con los hermanos, que prolongan la experiencia de su encuentro con Él, en la proclamación de la Palabra y la fracción del Pan Eucarístico, dejándose conducir por el Espíritu Santo.

La fidelidad a Cristo pasa por la fidelidad a la Iglesia y toma cuerpo en las estructuras que ella se ha ido creando para dar cumplimiento al mandato del Señor. Cristo, único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia Santa. De modo que la asamblea visible y la comunidad espiritual «no deben ser consideradas como dos realidades distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino» (LG 8).


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)


Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Encarnación de Cristo ilumina el sentido

Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Iglesia, manifestación y cumplimiento de la fidelidad

La Iglesia misma, con su estructuración, aparece ante el mundo como la realización y revelación de la eterna fidelidad de Dios que «decretó elevar a todos los hombres a participar de su vida divina…» (LG 2). El, antes de todos los siglos, estableció convocar a todos los hombres en la Santa Iglesia, prefigurada en la creación, preparada con el pueblo de Israel, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu Santo y destinada a consumarse gloriosamente al final de los tiempos (cf. LG 2).


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)


Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Encarnación de Cristo ilumina el sentido

Las estructuras de la Iglesia diocesana: contempladas desde la fidelidad del cristiano

La esencia y el dinamismo de la vida del cristiano se fundamentan en la fidelidad como respuesta permanente a la llamada del Señor que le invita, por los caminos que Él ha establecido, a vivir en comunión con Él y a trabajar por su Reino.

La fidelidad es aquel talante o disposición del alma que incita al hombre a mantener la comunión que ha instaurado con otra persona, a llevar a efecto la promesa hecha, a realizar el encargo libremente aceptado y a no retirar la palabra dada.

Los cristianos, desde los primeros tiempos eligieron muy pronto para sí el apelativo de «fieles», que reflejaba su identidad. Por la fe, se fiaban de Jesús y se sometían al plan de vida comunitario establecido e inaugurado por Él.

La fidelidad del cristiano hoy se sitúa de tal manera que «al mismo tiempo que sabe ser fiel a la verdad recibida de Cristo, debe serlo también para estar atento a los signos de los tiempos… y de insertar el mensaje cristiano en las corrientes de pensamiento, de palabra, de cultura, de costumbres, de tendencias de la humanidad, tal como hoy se vive y se agita sobre la faz de la tierra» (cf. ES 27).


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)


Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Encarnación de Cristo ilumina el sentido

Las estructuras de la Iglesia diocesana: introducción teológico-pastoral

A los ojos de todos, creyentes o no, la Iglesia aparece como una amplia institución, de alcance universal, con una determinada concretización local; con sus propios criterios, su organización, sus ritos, leyes, símbolos, disciplina y tradiciones, que configuran su propia identidad.

Estos elementos conforman el entramado que podríamos considerar como la estructura de la Iglesia, que al tiempo que le dan su propia configuración visible, contiene los instrumentos aptos para que ella pueda cumplir su misión de ser «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG l); es decir, están al servicio de la comunión y de la misión de la Iglesia.

El fiel y correcto uso de sus estructuras ha sido objeto de continua reflexión de la Iglesia a lo largo de su historia; de modo especial, en sus momentos fuertes de reflexión renovadora: Concilios, Sínodos… El Concilio Vaticano II sometió a profunda revisión las distintas estructuras de la Iglesia, imprimiendo en ellas un espíritu de renovación y adaptación a los tiempos presentes.


Actitudes ante las estructuras

No obstante, en el seno de la misma Iglesia se observan a veces algunas actitudes incorrectas. Mientras algunos, por una parte mantienen una actitud de menosprecio en relación con las estructuras, considerándolas como elementos adheridos al ser de la Iglesia, que impiden el auténtico seguimiento evangélico de Cristo y condicionan el dinamismo del Reino de Dios; otros, les atribuyen un valor absoluto identificándola, sin más, con la misma Iglesia y ponen toda su confianza apostólica en un perfecto entramado de unas estructuras robustas y consistentes por si mismas.

Por último, se encuentran aquellos que, desde su amor a la Iglesia y su compromiso como miembros de la misma, se esfuerzan, con mayor o menor acierto, por conseguir una renovación total, o en algunos de sus aspectos, para adaptarlas al querer de Cristo en cada situación concreta.

El cristiano ha de tener el adecuado conocimiento de las estructuras eclesiales, pues la autenticidad de su vida cristiana y la eficacia de su labor apostólica, depende, en gran parte, del recto uso que haga de las mismas estructuras.

Las estructuras que hoy presenta la Iglesia, están integradas, por una parte, por elementos esenciales que configuran su naturaleza en todo tiempo y lugar, como son la Palabra de Dios, los Sacramentos, el Ministerio Apostólico… Su existencia obedece a la voluntad de Cristo que dio a la Iglesia una determinada constitución. Frente a ellas, la única postura posible para un cristiano es intentar comprenderlas y asumirlas con verdadera fidelidad. Cuanto más y mejor se penetre en las estructuras legadas por Cristo, mayor capacidad se tiene para discernir sobre el valor relativo de las otras estructuras eclesiales.

Por otra parte, la Iglesia está integrada por elementos que han ido surgiendo a lo largo del tiempo por voluntad de los hombres, atendiendo al empuje del Espíritu Santo que «rejuvenece a la Iglesia y la renueva incesantemente»(LG 4), y a las instancias culturales, psicológicas u ocasionales del lugar y del tiempo en que la Iglesia desarrolla su cometido. Respecto a estas, existe entre ellas un valor diferente. Unas han sido introducidas como un modo de explicitar los elementos esenciales de la Iglesia, mediante la intervención solemne y oficial de su Jeraquía; otras obedecen a situaciones circunstanciales de tiempo y lugar, con un valor transitorio. Ante ellas el cristiano ha de tener una actitud de «asimilación y discernimiento», siempre desde un espíritu de amor a la Iglesia, disponibilidad de colaboración, autocrítica, y paciencia en los procesos de transformación.


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)


Las estructuras de la Iglesia diocesana: la Encarnación de Cristo ilumina el sentido

Las estructuras de la Iglesia diocesana: índice general

La Iglesia es labranza, o arada de Dios (cf. 1 Co 3,9). En ese campo crece el vetusto olivo, cuya raíz santa fueron los patriarcas, y en el cual se realizó y concluirá la reconciliación de los judíos y gentiles (cf. Rm 11,13- 26). El celestial Agricultor la plantó como viña escogida (cf. Mt 21,33-34 par.; cf. Is 5,1 ss). La verdadera vid es Cristo, que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que permanecemos en El por medio de la Iglesia, y sin El nada podemos hacer (cf. Jn 15,1-5).

Lumen Gentium, Constitución Dogmática sobre la Iglesia

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Las estructuras de la Iglesia diocesana: índice general

Introducción teológico-pastoral
Contempladas desde la fidelidad del cristiano
La Iglesia, manifestación y cumplimiento de la fidelidad de Dios
Cristo, realizador del proyecto del Padre
La Encarnación de Cristo ilumina el sentido de las estructuras
Características de las estructuras eclesiales
Principios que deben estar presentes en las estructuras de la Iglesia
Niveles estructurales
Organismos de colaboración con el obispo (I)
Organismos de colaboración con el obispo (II)
Organismos de colaboración con el obispo (III)
Organismos de colaboración con el obispo (IV)


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)

San José Pignatelli, restaurador de los Jesuitas, con recursos audiovisuales

San José Pignatelli, restaurador de los Jesuitas, con recursos audiovisuales

El mérito especial de este santo fue el de conservar lo que quedaba de la Compañía de Jesús (que es la Comunidad religiosa más numerosa en la Iglesia Católica) y tratar de que los religiosos de esa comunidad pudieran sobrevivir, a pesar de una terrible persecución.

De familia italiana, nació en Zaragoza (España) en 1737. Se hizo jesuita y empezó a trabajar en los apostolados de su Comunidad, especialmente en enseñar catecismo a los niños y a los presos.

En 1767 la masonería mundial se puso de acuerdo para pedir a todos los gobernantes que expulsaran de sus países a los Padres Jesuitas. El rey Carlos III de España obedeció las órdenes masónicas y declaró que de España y de todos los territorios de América que dependían de ese país quedaban expulsados los jesuitas. Con este decreto injusto le hizo un inmenso mal a muchas naciones y a la Santa Iglesia Católica.

El Padre José Pignatelli y su hermano, que eran de familia de la alta clase social, recibieron la oferta de poder quedarse en España pero con la condición de que se salieran de la Compañía de Jesús. Ellos no aceptaron esto y prefirieron irse al destierro. Se fueron a la Isla de Córcega, pero luego los franceses invadieron esa isla y de allá también los expulsaron.

En 1774 Clemente XIV por petición de los reyes de ese tiempo dio un decreto suprimiendo la Compañía de Jesús. Como efecto de ese Decreto 23,000 jesuitas quedaron fuera de sus casas religiosas.

San José PignatelliEl Padre Pignatelli y sus demás compañeros, cuando oyeron leer el terrible decreto exclamaron: «Tenemos voto de obediencia al Papa. Obedecemos sin más, y de todo corazón».

Durante los 20 años siguientes la vida del Padre José y la de los demás jesuitas será de tremendos sufrimientos. Pasando por situaciones económicas sumamente difíciles (como los demás jesuitas dejados sin su comunidad), pero siempre sereno, prudente, espiritual, amable, fiel.

Se fue a la ciudad de Bolonia y allí estuvo dedicado a ayudar a otros sacerdotes en sus labores sacerdotales, y a coleccionar libros y manuscritos relacionados con la Compañía de Jesús y a suministrar ayuda a sus compañeros de religión. Muchos de ellos estaban en la miseria y si eran españoles no les dejaban ni siquiera ejercer el sacerdocio. Un día al pasar por frente a una obra del gobierno, alguien le dijo que aquello lo habían construido con lo que les habían quitado a los jesuitas, y Pignatelli respondió: «Entonces deberían ponerle por nombre «Haceldama», porque así se llamó el campo que compraron con el dinero que Judas consiguió al vender a Jesús.

Cuando los gobiernos de Europa se declaraban en contra de los jesuitas, la emperatriz de Rusia, Catalina, prohibió publicar en su país el decreto que mandaba acabar con la Compañía de Jesús, y recibió allá a varios religiosos de esa comunidad. El Padre Pignatelli con permiso del Papa Pío VI se afilió a los jesuitas que estaban en Rusia y con la ayuda de ellos empezó a organizar otra vez a los jesuitas en Italia. Conseguía vocaciones y mandaba los novicios a Rusia y allá eran recibidos en la comunidad. El jefe de los jesuitas de Rusia lo nombró provincial de la comunidad en Italia, y el Papa Pío VII aprobó ese nombramiento. Así la comunidad empezaba a renacer otra vez, aunque fuera bajo cuerda y en gran secreto.

El Padre Pignatelli oraba y trabajaba sin descanso por conseguir que su Comunidad volviera a renacer. En 1804 logró con gran alegría que en el reino de Nápoles fuera restablecida la Compañía de Jesús. Fue nombrado Provincial. Con las generosas ayudas que le enviaban sus familiares logró restablecer casas de Jesuitas en Roma, en Palermo, en Orvieto y en Cerdeña.

Ya estaba para conseguir que el Sumo Pontífice restableciera otra vez la Compañía de Jesús, cuando Napoleón se llevó preso a Pío VII al destierro.

El Padre Pignatelli murió en 1811 sin haber logrado que su amada Comunidad religiosa lograra volver a renacer plenamente, pero tres años después de su muerte, al quedar libre de su destierro el Papa Pío VII y volver libre a Roma, decretó que la Compañía de Jesús volvía a quedar instituida en todo el mundo, con razón Pío XI llamaba a San José Pignatelli «el anillo que unió la Compañía de Jesús que había existido antes, con la que empezó a existir nuevamente». Los Jesuitas lo recuerdan con inmensa gratitud, y nosotros le suplicamos a Dios que a esta comunidad y a todas las demás comunidades religiosas de la Iglesia Católica las conserve llenas de un gran fervor y de grandísima santidad.

Artículo original en EWTN-Fe

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Otras biografías en la red

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Recursos audiovisuales

San José Pignatelli, por mujerfuerte.org, Hijas del Sagrado Corazón de Jesús IFCJ

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San José Pignatelli, por Encarni Llamas en DiócesisTV

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São José Pignatelli (portugués)

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San Leandro de Sevilla, con recursos audiovisuales

San Leandro de Sevilla, con recursos audiovisuales

Una de las más impresionantes figuras de la Historia de Sevilla del siglo VI es San Leandro. Vive en la segunda mitad de este siglo y le toca sufrir la oposición entre las culturas hispano-romana y visigótica, entre el catolicismo de los dominados por el rey Leovigildo y el arrianismo de los dominadores bárbaros. Nace en Cartagena ca. 540, de familia noble.

Su padre era hispano-romano y, por motivos probablemente políticos, tuvo que salir de su tierra estableciéndose en Sevilla. De sus cuatro hijos, todos son santos de la Iglesia Católica: el mayor, Leandro, otros dos varones, Fulgencio que fue obispo de Écija e Isidoro, obispo de Sevilla y Florentina, religiosa contemplativa.

A la muerte de su padre, San Leandro asumió la dirección de la familia, ocupándose de la educación de su hermano Isidoro. A éste le dedicaría más adelante un tratado para que no temiera la muerte. Terminada la educación de sus hermanos, San Leandro abrazó la vida monástica y se dedicó a difundir el catolicismo entre los visigodos en contra del arrianismo del rey.

Desde el monasterio es elevado a la sede episcopal hispalense, donde sigue su preocupación contra la herejía arriana, que Leovigildo quiso hacer extensiva a toda Hispania. Pero el plan real sufre un duro golpe cuando su hijo Hermenegildo se convierte al catolicismo. El padre le había hecho gobernador de la Bética, cuya capital era Sevilla. Aquí, San Leandro e Infunda, esposa católica de Hermenegildo, logran que éste se convierta a la fe católica. Todos los autores contemporáneos atribuyen su conversión a la predicación y consejos de San Leandro. Así, San Gregorio Magno afirma: «Poco ha que Hermenegildo, hijo de Leovigildo, rey de los visigodos, se ha convertido de la herejía arriana por la predicación de Leandro, obispo de Sevilla».

San Buenaventura y San Leandro (Museo Bellas Artes Sevilla)Estalla la guerra entre Leovigildo y Hermenegildo, siendo éste derrotado por su padre y más tarde asesinado. San Leandro tiene que sufrir el destierro marchando a Constantinopla. El rey veía en él el principal responsable de la conversión y rebelión de su hijo y, por tanto, el principal obstáculo en su intento de unificación político-religiosa de Hispania sobre la base de la fe arriana.

Desde el exilio, San Leandro siguió combatiendo el arrianismo. Viendo Leovigildo la imposibilidad de de unificar la península en el arrianismo levantó el destierro a los obispos católicos. Su otro hijo, Recaredo, en contacto con San Leandro, se convierte al catolicismo en el III Concilio de Toledo presidido por el arzobispo hispalense. De esta forma, la población española adquiere la convicción de que forma un pueblo, una nación.

Pero la influencia de San Leandro en la sociedad hispana no termina en ese Concilio. En el 590 convoca y preside el I Concilio de Sevilla, contribuyendo, además, con su sabiduría, al resurgimiento literario. La escuela de Sevilla, creada por él, fue la más ilustre de todas las de España y el centro de la restauración científica visigótica. Allí se estudiaba griego, hebreo, himnos, poemas clásicos, etc. Los principales doctores visigóticos eran helenistas, y lo era también San Leandro. De esta escuela salió su más insigne discípulo, su hermano San Isidoro.

De San Leandro dice Isidoro que era «suave en el hablar, grande en el ingenio y clarísimo en la vida y doctrina». De San Leandro se dice, igualmente, que fue un hombre distinguido por su elegancia y brillantez. Con aires de pensador, citaba a los filósofos griegos y recordaba la filosofía de Séneca.

La elocuencia del metropolitano hispalense ha sido comparada con la de San Juan Crisóstomo. Al morir sobre el año 600 dejó concluida definitivamente la cuestión arriana. Su gran personalidad y santidad fue reconocida por la Iglesia Universal y su influencia histórica por todos los tratados de nuestra Historia.

Artículo original de Francisco Santiago en conociendosevilla.org.

Otras biografías en la red

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Recursos audiovisuales

San Leandro de Sevilla, por Encarni Llamas en DiócesisTV

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San Josafat de Lituania: Patrón de la unión de los cristianos, con recursos audiovisuales

San Josafat de Lituania: Patrón de la unión de los cristianos, con recursos audiovisuales

«La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos»

(Tertuliano)

Josafat es una palabra hebrea que significa «Dios es mi juez».

La nación de Lituania es ahora de gran mayoría católica. Pero en un tiempo en ese país la religión era dirigida por los cismáticos ortodoxos que no obedecen al Sumo Pontífice. Y la conversión de Lituania al catolicismo se debe en buena parte a San Josafat. Pero tuvo que derramar su sangre, para conseguir que su país aceptara el catolicismo.

En 1595 los principales jefes religiosos ortodoxos de Lituania habían propuesto unirse a la Iglesia Católica de Roma, pero los más fanáticos ortodoxos se habían opuesto violentamente y se habían producido muchos desórdenes callejeros. Ahora llegaba al convento el que más iba a trabajar y a sacrificarse por obtener que su nación se pasara a la Iglesia Católica.

Cuando sus enemigos se lanzaron contra él, le atravesaron de un lanzazo, le pegaron un balazo, y arrastraron su cuerpo por las calles de la ciudad y lo echaron al río Divina. Era el 12 de noviembre de 1623. Meses después los verdugos se convirtieron a la fe católica y pidieron perdón de su terrible crimen.

El Papa Juan Pablo II declaró a San Josafat patrono de los que trabajan por la unión de los cristianos.

Artículo orginal en Aciprensa.

Otras biografías de san Josafat

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Recursos audiovisuales

San Josafat de Lituania, mártir

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San Josafat de Lituania, por Encarni Llamas en DiócesisTV

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