La solemnidad de Todos los Santos es ocasión propicia para elevar la mirada de las realidades terrenas, marcadas por el tiempo, a la dimensión de Dios, la dimensión de la eternidad y de la santidad. La liturgia nos recuerda hoy que la santidad es la vocación originaria de todo bautizado (cf. Lumen gentium, 40). En efecto, Cristo, que con el Padre y con el Espíritu es el único Santo (cf. Ap 15, 4), amó a la Iglesia como a su esposa y se entregó por ella con el fin de santificarla (cf. Ef 5, 25-26). Por esta razón, todos los miembros del pueblo de Dios están llamados a ser santos, según la afirmación del apóstol san Pablo: «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4, 3). Así pues, se nos invita a mirar a la Iglesia no sólo en su aspecto temporal y humano, marcado por la fragilidad, sino como Cristo la ha querido, es decir, como «comunión de los santos» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 946). En el Credo profesamos la Iglesia «santa», santa en cuanto que es el Cuerpo de Cristo, es instrumento de participación en los santos Misterios —en primer lugar, la Eucaristía— y familia de los santos, a cuya protección se nos encomienda en el día del Bautismo. Hoy veneramos precisamente a esta innumerable comunidad de Todos los Santos, los cuales, a través de sus diferentes itinerarios de vida, nos indican diversos caminos de santidad, unidos por un único denominador: seguir a Cristo y configurarse con él, fin último de nuestra historia humana. De hecho, todos los estados de vida pueden llegar a ser, con la acción de la gracia y con el esfuerzo y la perseverancia de cada uno, caminos de santificación.
La conmemoración de los fieles difuntos, a la que se dedica el día 2 de noviembre, nos ayuda a recordar a nuestros seres queridos que nos han dejado, y a todas las almas que están en camino hacia la plenitud de la vida, precisamente en el horizonte de la Iglesia celestial, a la que la solemnidad de hoy nos ha elevado. Ya desde los primeros tiempos de la fe cristiana, la Iglesia terrena, reconociendo la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, ha cultivado con gran piedad la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios por ellos. Nuestra oración por los muertos es, por tanto, no sólo útil sino también necesaria, porque no sólo les puede ayudar, sino que al mismo tiempo hace eficaz su intercesión en favor nuestro (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 958). También la visita a los cementerios, a la vez que conserva los vínculos de afecto con quienes nos han amado en esta vida, nos recuerda que todos tendemos hacia otra vida, más allá de la muerte.
Por eso, el llanto debido a la separación terrena no ha de prevalecer sobre la certeza de la resurrección, sobre la esperanza de llegar a la bienaventuranza de la eternidad, «momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad» (Spe salvi, 12). En efecto, el objeto de nuestra esperanza consiste en gozar en la presencia de Dios en la eternidad. Lo prometió Jesús a sus discípulos, diciendo: «Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16, 22).
A la Virgen María, Reina de todos los santos, encomendamos nuestra peregrinación hacia la patria celestial, mientras invocamos para nuestros hermanos y hermanas difuntos su maternal intercesión.
Magistralmente dirigida por Franco Zeffirelli y talentosamente interpretada por Robert Powell, esta miniserie para la televisión es uno de los mejores materiales audiovisuales acerca de la vida de Jesús. Filmada como si se hubiera tratado de un largometraje de elevado presupuesto, esta miniserie épica es una deslumbrante y majestuosa combinación de intensa narración y extraordinaria precisión religiosa e histórica aclamada por la crítica y el público internacionalmente. Lo anterior se refleja en la gran aceptación que esta producción ha tenido mundialmente habiendo sido vista por más de medio millón de personas desde su estreno.
El talento de Zeffirelli daría como resultado lo que muchos han llamado «la mejor producción acerca de la vida de Cristo de todos los tiempos» apoyada por un elenco de actores y actrices aclamados, cuya fortaleza era su habilidad de actuación y no su condición de celebridades, y una poderosa banda sonora compuesta por Maurice Jarre, esta miniserie ha dado a conocer detalladamente la historia de El Hijo del Hombre, su nacimiento, su pasión, su bautismo, su vida, sus seguidores, sus enemigos y su legado a la humanidad.
Aunque muchas otras superproducciones acerca de la vida de Cristo tienen grandes momentos, Jesús de Nazareth las supera a todas, ya que presenta un cuadro humano de los personajes asociados al protagonista desarrollándolos con profundidad mediante la inteligente presentación de tramas paralelas que contribuyen a fortalecer la historia y darle credibilidad.
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Sinopsis original del portal web Instituto Politécnico Cristo Rey, en el que también podéis descargaros una dinámica de catequesis que trabaja esta misma producción audiovisual.
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Jesús de Nazaret – Parte 1
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Jesús de Nazaret – Parte 2
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Jesús de Nazaret – Parte 3
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Jesús de Nazaret – Parte 4
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Jesús de Nazaret – Ficha de la película
Título original: Jesus of Nazareth
Año: 1977
Duración: 371 min.
Director: Franco Zeffirelli
Guión: Suso Cecchi d’Amico, Franco Zeffirelli, Anthony Burgess
Música: Maurice Jarre
Fotografía: Armando Nannuzzi & David Watkin
Reparto: Robert Powell, Anne Bancroft, James Mason, Rod Steiger, Michael York, Peter Ustinov, Anthony Quinn, Laurence Olivier, Claudia Cardinale, James Earl Jones, Stacy Keach, Donald Pleasence, Fernando Rey, Christopher Plummer, Ralph Richardson, Cyril Cusack.
Es fácil decirle a una persona que tiene que perdonar a alguien que hace un mal. Quizás es un poco más difícil decir que perdones a alguien que hace un daño a tu familia. Pero perdonar al que asesinó a un hijo o a un hermano, eso sí es realmente cristiano. Quien ha tenido la bendición de tener hijos y hermanos, sabe que cuando alguno de ellos se enferma o sufre algún tipo de accidente, la preocupación y el dolor dentro del corazón es muy grande, pero ese dolor es aún más intenso e indescriptible cuando asesinan a un familiar de la manera más injusta.
«Soy católico, creo en Jesucristo», fueron las palabras de Hernán Prado, hermano de Sebastián, un médico argentino de 36 años asesinado en la puerta de su casa frente a sus hijos. La reacción normal ante esta situación hubiese sido de indignación y hasta de furia ante un acto tan injusto y gratuito.
Sin embargo, este hermano ante su terrible dolor tuvo como única respuesta que su vida cristiana le llamaba a perdonar hasta esta tremenda injusticia. El perdón debería estar impreso en el corazón del hombre, porque la Iglesia a través del Sacramento de la Reconciliación nos recuerda la infinita misericordia de Dios, misericordia que no tiene límites.
Perdonar en estas circunstancias tan dolorosas es un acto de suprema generosidad que seguramente será premiado por Dios. Solo se puede imaginar que en el corazón de este hermano resonaban las mismas palabra de Jesús en la cruz «Padre perdónalos porque no saben lo que hacen».
«El que mató a mi hermano es también un hermano mío. Esto es lo que quiero inculcarle a mis sobrinos e hijos: yo elijo el perdón, transmitir el perdón», dijo Hernán. El buscar la justicia hubiese sido también una correcta elección. Nadie hubiese podido criticar este deseo. Sin embargo el elegir por voluntad el perdón cristiano es un acto que sobrepasa a la misma justicia.
Sebastián, el hermano de Hernán, se defendió para no ser robado y por eso recibió varios disparos de bala. Ojalá este ladrón aproveche esta oportunidad y pueda regresar a la Casa del Padre como el Hijo Pródigo y decir como el buen ladrón: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».
San Lucas Evangelista, patrón de médicos y artistas, es el autor del «Evangelio según san Lucas» y del libro de los «Hechos de los Apóstoles». Os proponemos para este fin de semana el visionado de esta película norteamericana del año 2004, cuyo título original es «Acts».
El libro «Hechos de los Apóstoles» fue escrito por san Lucas mientras estaba en Roma con san Pablo, continúa el relato del «Evangelio según san Lucas» después de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. La película comprende un periodo de tres años y relata la labor evangelizadora de san Pedro y san Pablo principalmente.
«Hechos de los Apóstoles» es una maravillosa lección para los cristianos que muestra cómo Cristo continúa su obra y cómo Su Iglesia se forma y comienza su peregrinaje a través de la historia, todo ello gracias a la acción del Espíritu Santo.
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«Hechos de los Apóstoles»: película en Gloria.TV
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«Hechos de los Apóstoles»: película en el portal web You Tube
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«Hechos de los Apóstoles» – Ficha de la película
Título original: The Gospel of Acts
Año: 2004
Duración: 192 min.
Director: Reghardt van den Bergh
Música: David Miner
Reparto: Dean Jones, Henry O. Arnold, Jeniffer O. Neill, Francesco Quinn, James Brolin
Os ofrecemos la siguiente dinámica para catequesis que consta de dos partes: en la primera hay que completar un criptograma sustituyendo los números por sus letras correspondientes hasta completar un mensaje de Jesús; y en la segunda hay que colorear una lámina y escribir en esta el mensaje descifrado en la primera parte.
Podéis acceder a las láminas para imprimirlas pulsando sobre los títulos o sobre las imágenes.
María, cuando nos acercamos a ella, en todo momento, también en el rezo del rosario, nos brinda su ilusión para que nos apropiemos de ella y vivamos la alegría que encierra.
Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
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Ríos de tinta, a lo largo de la historia, han corrido sobre qué sentido puede tener para los cristianos el rezo del Rosario. Dentro de toda esa historia lo que se debe destacar, y no olvidar, es que esta devoción está fuertemente enraizada en nuestra Orden. De todos es conocido el nombre del fraile dominico Alano de Rupe, quien se desvivió por la predicación del Rosario. Aunque la leyenda atribuye a nuestro padre Santo Domingo la institución del Rosario, pero yo en ese detalle no me voy a detener. Prefiero centrar la atención en que estamos ante una oración contemplativa y sensible, intensa y gesticulante, emocionada y afectiva.La evolución del Rosario como oración quedó influida, también, por factores profanos; el contar y repetir una misma jaculatoria es una práctica tan generalizada en casi todas las religiones antiguas del mundo que, me atrevo a decir, se puede estimar como un hecho religioso universal; el Rosario es, pues, una forma relativamente natural de oración. Pero también del Rosario se ha dicho, y es aquí donde entra nuestra vocación a ser predicadores enamorados de la Palabra, que es «el compendio de todo el Evangelio». Y es que el corazón mismo del Rosario, meditar con el rezo del Rosario es, ni más ni menos, meditar los misterios de la vida de Jesús.
Ante esto me surge una cuestión: ¿hoy, en nuestros días, hay que orar o no? Y es que no digo nada nuevo al decir que rezar ya no es una actividad común, y mucho menos pertenece a los estamentos sociales reconocidos y aceptados por la mayoría. Sin embargo, para los cristianos, la oración es uno de los asuntos más serios dentro de nuestra fe; es algo tan esencial como que necesitamos respirar. Con respecto al rezo del Rosario habrá que conocer la entraña de esta oración y lo que representa dentro de la vida del cristiano. El valor del rezo del Rosario consiste en meditar y fijar nuestra concentración en el misterio de la redención. El punto de partida es el gozo de la Encarnación que da paso a la luz del mensaje del Reino, pasando por el sufrimiento en la cruz que nos lleva al punto de la victoria, es decir, a la felicidad que trae la Resurrección.
Cuando experimentamos esta concentración con el rezo del Rosario, descubrimos que los misterios de gozo nos invitan a contemplar un centro de la realidad: la carne, la vida corporal, las relaciones. Sencillo y necesario; particular y grande. Misterioso proceso de la vida, con la vocación, la concepción y el nacimiento de un Niño. Gran aporte al Rosario ha sido el incorporar los misterios de luz. Y es que se necesitaba contemplar a Jesús introduciéndose en el mundo, activando la fuerza de su palabra y la belleza de sus actos. Los misterios dolorosos nos presentan e invitan a meditar sobre el dolor, la enfermedad, la separación… aspectos nada tolerados en nuestra vida. Meditar ante la cruz puede que nos haga percibir una fuerza misteriosa de unión: «cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Meditar y contemplar los misterios que nos hablan de gloria, es meditar sobre la esperanza que dinamiza la historia, nuestra historia.
El rezo del Rosario requiere un ritmo pausado y un reflexivo remanso que sea favorable para la meditación de los misterios de la vida de Cristo. Y es que el Rosario es una oración evangélica con Cristo en el centro; vocal pero al mismo tiempo mental. Esto es lo que da vida a toda oración y hacia donde debe dirigirse; porque la oración sin meditación carecería de alma y, por lo tanto, no tendría sentido hacerla ya que le faltaría vida.
La paz que Dios me da no la cambiaría por toda la fama del mundo.
Karyme Lozano
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Vale la pena escuchar los testimonios de Karyme Lozano porque son muy edificantes para todos los católicos, pero sobre todo son muy recomendables para todos aquellos que estén en el periodo de sus vidas en el que se planteen cómo quieren vivir sus relaciones sentimentales y cómo quieren que sea su proyecto de vida junto a las personas que aman.
Karyme Lozano es una actriz y cantante mexicana, muy conocida especialmente por las telenovelas, que en la actualidad se dedica a promover valores y defender la fe católica. Ha formado parte de varios congresos católicos en Estados Unidos y Sudamérica, y ha trabajado junto a Eduardo Verastegui en contra del aborto… todo ello siguiendo con su meteórica carrera artística.
Al igual que los testimonios en el medio audiovisual, os recomendamos leer esta entrevista que realizaron LourdesTéllez y Raquel Ibáñez para la Revista Misión
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Testimonio de Karyme Lozano
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Testimonio de Karyme Lozano para el programa Nuestra Fe en vivo
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Testimonio de Karyme Lozano para el programa Catholic inside
Teresa de Jesús es una película española realizada en 1984 que fue también emitida ese mismo año como serie de televisión por Radio Televisión española.
La serie está ambientada con gran rigor histório en el siglo XVI y fue rodada en escenarios naturales de ciudades españolas de Castilla, Andalucía y Extremadura, utilizando monumentos del patrimonio artístico.
La serie comienza retomando la vida de santa Teresa a los 23 años, esbozando el marco familiar y social en que se desenvuelve. A lo largo de ocho episodios se sigue la aventura de aquella mujer que se mezclo con el pueblo y frecuentó la nobleza y que, en medio de la más desbordante actividad (fundaciones) experimentó las más sublimes vivencias místicas.
Santa Teresa de Jesús, descendiente de judíos conversos, que fue procesada en vida por la Inquisición, terminó siendo declarada Doctora de la Iglesia el 19 de octubre de 1997 por san Juan Pablo II.
[…] A lo largo de las catequesis que he querido dedicar a los Padres de la Iglesia y a grandes figuras de teólogos y de mujeres del Medievo me detuve también a hablar de algunos santos y santas que fueron proclamados doctores de la Iglesia por su eminente doctrina. Hoy quiero iniciar una breve serie de encuentros para completar la presentación de los doctores de la Iglesia. Y comienzo con una santa que representa una de las cimas de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos: santa Teresa de Ávila (de Jesús).
Nace en Ávila, España, en 1515, con el nombre de Teresa de Ahumada. En su autobiografía ella misma menciona algunos detalles de su infancia: su nacimiento de «padres virtuosos y temerosos de Dios», en el seno de una familia numerosa, con nueve hermanos y tres hermanas. Todavía niña, cuando tiene menos de nueve años, lee las vidas de algunos mártires que le inspiran el deseo del martirio, hasta el punto de que improvisa una breve huida de casa para morir mártir y subir al cielo (cf. Vida 1, 5); «quiero ver a Dios» dice la pequeña a sus padres. Algunos años más tarde, Teresa hablará de sus lecturas de la infancia y afirmará que en ellas descubrió la verdad, que resume en dos principios fundamentales: por un lado «el hecho de que todo lo que pertenece al mundo de aquí, pasa»; y, por otro, que sólo Dios es «para siempre, siempre, siempre», tema que se reitera en la famosísima poesía «Nada te turbe / nada te espante; / todo se pasa. / Dios no se muda; / la paciencia todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta / ¡Sólo Dios basta!». Al quedar huérfana de madre a los 12 años, pide a la santísima Virgen que le haga de madre (cf. Vida 1, 7).
Aunque en la adolescencia la lectura de libros profanos la había llevado a las distracciones de una vida mundana, la experiencia como alumna de las religiosas agustinas de Santa María de las Gracias de Ávila y la lectura de libros espirituales, sobre todo clásicos de la espiritualidad franciscana, le enseñan el recogimiento y la oración. A la edad de 20 años, entra en el monasterio carmelita de la Encarnación, también en Ávila; en la vida religiosa toma el nombre de Teresa de Jesús. Tres años después, enferma gravemente; tanto que permanece cuatro días en coma, aparentemente muerta (cf. Vida 5, 9). Incluso en la lucha contra sus enfermedades la santa ve el combate contra las debilidades y las resistencias a la llamada de Dios: «Deseaba vivir —escribe—, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a sí y yo dejádole» (Vida 8, 2). En 1543 pierde la cercanía de sus familiares: su padre muere y todos sus hermanos emigran, uno tras otro, a América. En la Cuaresma de 1554, a los 39 años, Teresa alcanza la cima de la lucha contra sus debilidades. El descubrimiento fortuito de la estatua de «un Cristo muy llagado» (Vida 9, 1) marca profundamente su vida. La santa, que en aquel período encuentra profunda consonancia con el san Agustín de las Confesiones, describe así el día decisivo de su experiencia mística: «Acaecíame… venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en él» (Vida 10, 1).
Paralelamente a la maduración de su interioridad, la santa comienza a desarrollar concretamente el ideal de reforma de la Orden carmelita: en 1562 funda en Ávila, con el apoyo del obispo de la ciudad, don Álvaro de Mendoza, el primer Carmelo reformado, y poco después recibe también la aprobación del superior general de la Orden, Giovanni Battista Rossi. En los años sucesivos prosigue las fundaciones de nuevos Carmelos, en total diecisiete. Es fundamental el encuentro con san Juan de la Cruz, con quien, en 1568, constituye en Duruelo, cerca de Ávila, el primer convento de Carmelitas Descalzos. En 1580 obtiene de Roma la erección como provincia autónoma para sus Carmelos reformados, punto de partida de la Orden religiosa de los Carmelitas Descalzos. La vida terrena de Teresa termina precisamente mientras está comprometida en la actividad de fundación. En efecto, en 1582, después de haber constituido el Carmelo de Burgos y mientras se encuentra camino de regreso a Ávila, muere la noche del 15 de octubre en Alba de Tormes, repitiendo humildemente dos expresiones: «Al final, muero como hija de la Iglesia» y «Ya es hora, Esposo mío, de que nos veamos». Una existencia consumida dentro de España, pero entregada por toda la Iglesia. Beatificada en 1614 por el Papa Pablo V y canonizada por Gregorio xv en 1622, el siervo de Dios Pablo vi la proclama «doctora de la Iglesia» en 1970.
Teresa de Jesús no tenía una formación académica, pero siempre sacó provecho de las enseñanzas de teólogos, literatos y maestros espirituales. Como escritora, siempre se atuvo a lo que personalmente había vivido o había visto en la experiencia de otros (cf. Prólogo al Camino de perfección), es decir, a la experiencia. Teresa teje relaciones de amistad espiritual con numerosos santos, en particular con san Juan de la Cruz. Al mismo tiempo, se alimenta con la lectura de los Padres de la Iglesia, san Jerónimo, san Gregorio Magno, san Agustín. Entre sus principales obras hay que recordar ante todo la autobiografía, titulada Libro de la vida, que ella llama Libro de las misericordias del Señor. Compuesta en el Carmelo de Ávila en 1565, refiere el itinerario biográfico y espiritual, escrito, como afirma la propia Teresa, para someter su alma al discernimiento del «Maestro de los espirituales», san Juan de Ávila. El objetivo es poner de relieve la presencia y la acción de Dios misericordioso en su vida: por esto, la obra refiere a menudo su diálogo de oración con el Señor. Es una lectura que fascina, porque la santa no sólo cuenta, sino que muestra que revive la experiencia profunda de su relación con Dios. En 1566, Teresa escribe el Camino de perfección, que ella llama Avisos y consejos que da Teresa de Jesús a sus hermanas. Las destinatarias son las doce novicias del Carmelo de san José en Ávila. Teresa les propone un intenso programa de vida contemplativa al servicio de la Iglesia, cuya base son las virtudes evangélicas y la oración. Entre los pasajes más preciosos está el comentario al Padre nuestro, modelo de oración. La obra mística más famosa de santa Teresa es el Castillo interior, escrito en 1577, en plena madurez. Se trata de una relectura de su propio camino de vida espiritual y, al mismo tiempo, de una codificación del posible desarrollo de la vida cristiana hacia su plenitud, la santidad, bajo la acción del Espíritu Santo. Teresa se refiere a la estructura de un castillo con siete moradas, como imagen de la interioridad del hombre, introduciendo, al mismo tiempo, el símbolo del gusano de seda que renace mariposa, para expresar el paso de lo natural a lo sobrenatural. La santa se inspira en la Sagrada Escritura, en particular en el Cantar de los cantares, por el símbolo final de los «dos esposos», que le permite describir, en la séptima morada, el culmen de la vida cristiana en sus cuatro aspectos: trinitario, cristológico, antropológico y eclesial. A su actividad de fundadora de los Carmelos reformados Teresa dedica el Libro de las fundaciones, escrito entre 1573 y 1582, en el cual habla de la vida del grupo religioso naciente. Como en la autobiografía, la narración trata de poner de relieve sobre todo la acción de Dios en la obra de fundación de los nuevos monasterios.
No es fácil resumir en pocas palabras la profunda y articulada espiritualidad teresiana. Quiero mencionar algunos puntos esenciales. En primer lugar, santa Teresa propone las virtudes evangélicas como base de toda la vida cristiana y humana: en particular, el desapego de los bienes o pobreza evangélica, y esto nos atañe a todos; el amor mutuo como elemento esencial de la vida comunitaria y social; la humildad como amor a la verdad; la determinación como fruto de la audacia cristiana; la esperanza teologal, que describe como sed de agua viva. Sin olvidar las virtudes humanas: afabilidad, veracidad, modestia, amabilidad, alegría, cultura. En segundo lugar, santa Teresa propone una profunda sintonía con los grandes personajes bíblicos y la escucha viva de la Palabra de Dios. Ella se siente en consonancia sobre todo con la esposa del Cantar de los cantares y con el apóstol san Pablo, además del Cristo de la Pasión y del Jesús eucarístico.
Asimismo, la santa subraya cuán esencial es la oración; rezar, dice, significa «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Vida 8, 5). La idea de santa Teresa coincide con la definición que santo Tomás de Aquino da de la caridad teologal, como «amicitia quaedam hominis ad Deum», un tipo de amistad del hombre con Dios, que fue el primero en ofrecer su amistad al hombre; la iniciativa viene de Dios (cf. Summa Theologiae ii-ii, 23, 1). La oración es vida y se desarrolla gradualmente a la vez que crece la vida cristiana: comienza con la oración vocal, pasa por la interiorización a través de la meditación y el recogimiento, hasta alcanzar la unión de amor con Cristo y con la santísima Trinidad. Obviamente no se trata de un desarrollo en el cual subir a los escalones más altos signifique dejar el precedente tipo de oración, sino que es más bien una profundización gradual de la relación con Dios que envuelve toda la vida. Más que una pedagogía de la oración, la de Teresa es una verdadera «mistagogia»: al lector de sus obras le enseña a orar rezando ella misma con él; en efecto, con frecuencia interrumpe el relato o la exposición para prorrumpir en una oración.
Otro tema importante para la santa es la centralidad de la humanidad de Cristo. Para Teresa, de hecho, la vida cristiana es relación personal con Jesús, que culmina en la unión con él por gracia, por amor y por imitación. De aquí la importancia que ella atribuye a la meditación de la Pasión y a la Eucaristía, como presencia de Cristo, en la Iglesia, para la vida de cada creyente y como corazón de la liturgia. Santa Teresa vive un amor incondicional a la Iglesia: manifiesta un vivo «sensus Ecclesiae» frente a los episodios de división y conflicto en la Iglesia de su tiempo. Reforma la Orden carmelita con la intención de servir y defender mejor a la «santa Iglesia católica romana», y está dispuesta a dar la vida por ella (cf. Vida 33, 5).
Un último aspecto esencial de la doctrina teresiana, que quiero subrayar, es la perfección, como aspiración de toda la vida cristiana y meta final de la misma. La santa tiene una idea muy clara de la «plenitud» de Cristo, que el cristiano revive. Al final del recorrido del Castillo interior, en la última «morada» Teresa describe esa plenitud, realizada en la inhabitación de la Trinidad, en la unión con Cristo a través del misterio de su humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, santa Teresa de Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todos los tiempos. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, santa Teresa nos enseña a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción; nos enseña a sentir realmente esta sed de Dios que existe en lo más hondo de nuestro corazón, este deseo de ver a Dios, de buscar a Dios, de estar en diálogo con él y de ser sus amigos. Esta es la amistad que todos necesitamos y que debemos buscar de nuevo, día tras día. Que el ejemplo de esta santa, profundamente contemplativa y eficazmente activa, nos impulse también a nosotros a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a esta apertura hacia Dios, a este camino para buscar a Dios, para verlo, para encontrar su amistad y así la verdadera vida; porque realmente muchos de nosotros deberían decir: «no vivo, no vivo realmente, porque no vivo la esencia de mi vida». Por esto, el tiempo de la oración no es tiempo perdido; es tiempo en el que se abre el camino de la vida, se abre el camino para aprender de Dios un amor ardiente a él, a su Iglesia, y una caridad concreta para con nuestros hermanos. Gracias.
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Santo Padre emérito Benedicto XVI
Audiencia General en la Sala Pablo VI el miércoles 2 de febrero de 2011