Evangelio del día: Cuando parece que Dios desoye nuestras plegarias

Evangelio del día: Cuando parece que Dios desoye nuestras plegarias

Evangelio del día

Vigésimo domingo del Tiempo Ordinario

Mateo 15, 21-28

También nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!».

Evangelio

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos». Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel». Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros». Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!». Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Isaías, Is 56, 1.6-7

Salmo: Sal 67(66), 2-3.5.6.8

Segunda lectura: Carta de San Pablo a los Romanos, Rom 11, 13-15.29-32

Oración introductoria

Mi fe, frente a las dificultades, se debilita, cuando debería crecer. Humildemente recurro a ti, Señor y Padre mío, suplicando la intercesión de san José, para que esta oración me ayude a aumentar mi fe, acrecentar mi esperanza y, sobre todo, sea el medio para crecer en mi caridad, en mi amor a Ti y a los demás.

Petición

¡Señor, hazme un testigo fiel de mi fe!

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt 15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1: PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

Benedicto XVI

Ángelus del dominto, 14 de agosto de 2011

Propósito

En las dificultades de este día, hacer un acto de fe y pedir con confianza la ayuda de Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en nuestra oración, a pesar de todas las dificultades —como la mujer cananea— es como penetramos hasta el corazón de Dios y sólo así es como escuchas nuestras plegarias.
Evangelio del día: Mujer, ¿de dónde viene tu fe?

Evangelio del día: Mujer, ¿de dónde viene tu fe?

Una fe que no se desalienta

Mateo 15, 21-28 · Miércoles de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida.

La oración perseverante no exige a Dios una respuesta inmediata: permanece confiada hasta que su voluntad se manifiesta.

Evangelio

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.

Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio».

Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».

Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!».

Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros».

Ella respondió: «¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!».

Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».

Y en ese momento su hija quedó curada.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Palabra central

«Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro de Jeremías, Jer 31, 1-7
Salmo Sal 32 (31), 10-13

Oración introductoria

Mi fe, frente a las dificultades, se debilita cuando debería crecer.

Humildemente recurro a Ti, Señor y Padre mío, suplicando la intercesión de san José, para que esta oración me ayude a aumentar mi fe, acrecentar mi esperanza y, sobre todo, sea el medio para crecer en mi caridad, en mi amor a Ti y a los demás.

Petición

¡Señor, hazme un testigo fiel de mi fe!

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En el día de hoy, la liturgia nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que «tenía un demonio muy malo».

El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella, como refiere el evangelista san Mateo.

Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende:

«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas» (Mt 15, 28).

«Mujer, ¡qué grande es tu fe!». Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita.

Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida.

El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe.

El testimonio de los santos

Este es el testimonio de los santos; este es, especialmente, el testimonio de los mártires, asociados de modo más íntimo al sacrificio redentor de Cristo.

En los días pasados hemos conmemorado a varios: los papas Ponciano y Sixto II, el sacerdote Hipólito y el diácono Lorenzo, con sus compañeros, que murieron en Roma en los albores del cristianismo.

Además, hemos recordado a una mártir de nuestro tiempo, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, copatrona de Europa, que murió en un campo de concentración.

Y precisamente hoy la liturgia nos presenta a un mártir de la caridad, que selló su testimonio de amor a Cristo en el búnker del hambre de Auschwitz: san Maximiliano María Kolbe, que se inmoló voluntariamente en lugar de un padre de familia.

Invito a todos los bautizados, y de modo especial a los jóvenes que participan en la Jornada Mundial de la Juventud, a contemplar estos resplandecientes ejemplos de heroísmo evangélico.

Invoco sobre todos su protección y en particular la de santa Teresa Benedicta de la Cruz, que pasó algunos años de su vida precisamente en el Carmelo de Colonia.

Que sobre cada uno de vosotros vele con amor materno María, la Reina de los mártires, a quien mañana contemplaremos en su gloriosa Asunción al cielo.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 14 de agosto de 2005

El camino de la mujer cananea

Actitud Enseñanza para nuestra fe
Reconoce su necesidad No oculta el sufrimiento de su hija ni pretende resolverlo únicamente con sus propias fuerzas.
Invoca a Jesús Lo reconoce como Señor e Hijo de David y confía en que su misericordia puede alcanzarla.
Persevera en el silencio La falta de una respuesta inmediata no la hace abandonar la oración.
Se postra humildemente No exige derechos ni presenta méritos: suplica confiada en la bondad de Cristo.
Acoge las migajas Su humildad sabe que incluso el don más pequeño de Dios contiene una gracia inmensa.
Obtiene la curación Jesús confirma que una fe perseverante y humilde abre el corazón a la acción salvadora de Dios.

Para examinar la vida

¿Abandono la oración cuando no recibo rápidamente lo que pido? ¿Me acerco a Dios con humildad o le presento mis peticiones como exigencias? ¿Soy capaz de confiar en su amor cuando atravieso un tiempo de silencio, incertidumbre o prueba?

Una oración que madura la fe

La perseverancia no consiste en repetir palabras de forma mecánica, sino en permanecer ante Dios, incluso cuando no comprendemos sus tiempos. La mujer cananea no se aleja, no se ofende y no desespera: convierte cada dificultad en una nueva forma de acercarse a Jesús.

Propósito

En las dificultades de este día, haré un acto de fe y pediré con confianza la ayuda de Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en nuestra oración, a pesar de todas las dificultades —como la mujer cananea—, penetramos hasta el corazón de Dios.

Enséñame a no interpretar tu silencio como abandono ni la prueba como ausencia de tu amor.

Hazme permanecer junto a Ti, con un corazón humilde que no exige, pero que tampoco deja de confiar.

Que mi oración sea perseverante y que mi fe se fortalezca precisamente cuando el camino se vuelve más difícil.

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Cuando parezca que Dios guarda silencio, no abandones la oración: permanece, confía y deja que la espera purifique tu fe.

Para seguir profundizando

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Evangelio del día: La pureza del corazón

Evangelio del día: La pureza del corazón

La pureza nace en el corazón

Mateo 15, 1-2.10-14 · Martes de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Cristo ve en el corazón y en lo íntimo del hombre la fuente de la pureza, pero también de la impureza moral. La vida cristiana no puede reducirse a gestos exteriores: necesita una conversión verdadera que transforme nuestros pensamientos, palabras y acciones.

Dios no mira únicamente lo que hacemos ante los demás: mira la verdad con la que vivimos en nuestro interior.

Evangelio

Entonces, unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros antepasados y no se lavan las manos antes de comer?».

Jesús llamó a la multitud y le dijo: «Escuchen y comprendan. Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella».

Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oírte hablar así?».

Él les respondió: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz. Déjenlos: son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Palabra central

«Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella».

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro de Jeremías, Jer 30, 1-2.12-15.18-22
Salmo Sal 102 (101), 16-23

Oración introductoria

Jesús, permite que esta oración me ayude a librarme del pecado de la hipocresía, de la insinceridad y de la incoherencia, porque quiero seguirte, no sólo en apariencia, sino de verdad.

Dame la gracia de vivir una caridad positiva, haciendo el bien a los demás, brindando apoyo a todos, ofreciendo una estima sincera y sirviendo en todo lo que me sea posible a mi prójimo, sin buscar aplausos y sin importarme el «qué dirán».

Petición

Señor, dame un corazón sencillo y sincero, abierto a los demás.

Meditación de san Juan Pablo II

La pureza

Cristo llama al corazón humano

1. Un análisis sobre la pureza será un complemento indispensable de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña, sobre las que hemos centrado el ciclo de nuestras presentes reflexiones.

Cuando Cristo, explicando el significado justo del mandamiento «No adulterarás», hizo una llamada al hombre interior, especificó, al mismo tiempo, la dimensión fundamental de la pureza, con la que están marcadas las relaciones recíprocas entre el hombre y la mujer en el matrimonio y fuera del matrimonio.

Las palabras: «Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 28) expresan lo que contrasta con la pureza.

A la vez, estas palabras exigen la pureza que en el sermón de la montaña está comprendida en el enunciado de las bienaventuranzas:

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).

De este modo, Cristo dirige al corazón humano una llamada: lo invita, no lo acusa, como ya hemos aclarado anteriormente.

La fuente de la pureza y de la impureza

2. Cristo ve en el corazón, en lo íntimo del hombre, la fuente de la pureza —pero también de la impureza moral— en el significado fundamental y más genérico de la palabra.

Esto lo confirma, por ejemplo, la respuesta dada a los fariseos, escandalizados por el hecho de que sus discípulos «traspasan la tradición de los ancianos, pues no se lavan las manos cuando comen» (Mt 15, 2).

Jesús dijo entonces a los presentes:

«No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que le hace impuro».

En cambio, a sus discípulos, contestando a la pregunta de Pedro, explicó así estas palabras:

«Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que hace impuro al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre» (cf. Mt 15, 18-20; también Mc 7, 20-23).

La limpieza exterior y la pureza moral

Cuando decimos «pureza», «puro», en el significado primero de estos términos, indicamos lo que contrasta con lo sucio. «Ensuciar» significa «hacer inmundo», «manchar».

Esto se refiere a los diversos ámbitos del mundo físico. Por ejemplo, se habla de una «calle sucia», de una «habitación sucia»; se habla también del «aire contaminado».

Y así, también el hombre puede ser «inmundo» cuando su cuerpo no está limpio. Para quitar la suciedad del cuerpo es necesario lavarlo.

En la tradición del Antiguo Testamento se atribuía una gran importancia a las abluciones rituales, por ejemplo, a lavarse las manos antes de comer, de lo que habla el texto antes citado.

Numerosas y detalladas prescripciones se referían a las abluciones del cuerpo en relación con la impureza sexual, entendida en sentido exclusivamente fisiológico, a lo que ya hemos aludido anteriormente (cf. Lev 15).

De acuerdo con el estado de la ciencia médica del tiempo, las diversas abluciones podrían corresponder a prescripciones higiénicas.

En cuanto eran impuestas en nombre de Dios y contenidas en los Libros Sagrados de la legislación veterotestamentaria, su observancia adquiría indirectamente un significado religioso: eran abluciones rituales y, en la vida del hombre de la Antigua Alianza, servían a la «pureza ritual».

Una interpretación exclusivamente exterior

3. Con relación a dicha tradición jurídico-religiosa de la Antigua Alianza se formó un modo erróneo de entender la pureza moral.

Se la entendía frecuentemente de modo exclusivamente exterior y «material». En todo caso, se difundió una tendencia explícita a esta interpretación.

Cristo se opone a ella de modo radical: nada hace al hombre inmundo «desde el exterior», ninguna suciedad «material» hace impuro al hombre en sentido moral, o sea, interior.

Ninguna ablución, ni siquiera ritual, es idónea de por sí para producir la pureza moral. Esta tiene su fuente exclusiva en el interior del hombre: proviene del corazón.

Es probable que las respectivas prescripciones del Antiguo Testamento —por ejemplo, las que se hallan en Levítico 15, 16-24; 18, 1 y siguientes, o también 12, 1-5— sirviesen, además de para fines higiénicos, incluso para atribuir una cierta dimensión de interioridad a lo que en la persona humana es corpóreo y sexual.

En todo caso, Cristo se cuidó bien de vincular la pureza en sentido moral —ético— con la fisiología y con los relativos procesos orgánicos.

A la luz de las palabras de Mateo 15, 18-20, antes citadas, ninguno de los aspectos de la «inmundicia» sexual, en el sentido estrictamente somático y biofisiológico, entra de por sí en la definición de la pureza o de la impureza en sentido moral.

Todo mal moral mancha al hombre

4. El referido enunciado de Mateo 15, 18-20 es importante sobre todo por razones semánticas.

Al hablar de la pureza en sentido moral, es decir, de la virtud de la pureza, nos servimos de una analogía según la cual el mal moral se compara precisamente con la inmundicia.

Ciertamente, esta analogía ha entrado a formar parte, desde los tiempos más remotos, del ámbito de los conceptos éticos.

Cristo la vuelve a tomar y la confirma en toda su extensión:

«Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre».

Aquí Cristo habla de todo mal moral, de todo pecado; esto es, de transgresiones de los diversos mandamientos, y enumera «los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias», sin limitarse a un género específico de pecado.

Todo bien moral es manifestación de pureza y todo mal moral es manifestación de impureza.

De ahí se deriva que el concepto de «pureza» y de «impureza» en sentido moral es ante todo un concepto general, no específico.

El enunciado de Mateo 15, 18-20 no restringe la pureza a un sector único de la moral, o sea, al conectado con el mandamiento «No adulterarás» y «No desearás la mujer de tu prójimo», es decir, a lo que se refiere a las relaciones recíprocas entre el hombre y la mujer, ligadas al cuerpo y a la relativa concupiscencia.

Análogamente, podemos entender también la bienaventuranza del sermón de la montaña, dirigida a los hombres «limpios de corazón», tanto en sentido genérico como en el más específico. Solamente los eventuales contextos permitirán delimitar y precisar este significado.

Vivir según el Espíritu

5. El significado más amplio y general de la pureza está presente también en las Cartas de san Pablo, en las que gradualmente individuaremos los contextos que, de modo explícito, restringen el significado de la pureza al ámbito «somático» y «sexual».

Es decir, a ese significado que podemos tomar de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña sobre la concupiscencia, que se expresa ya en el «mirar a la mujer» y se equipara a un «adulterio cometido en el corazón» (cf. Mt 5, 27-28).

San Pablo no es el autor de las palabras sobre la triple concupiscencia. Como sabemos, estas se encuentran en la primera Carta de san Juan.

Sin embargo, se puede decir que, análogamente a esa contraposición que para Juan (1 Jn 2, 16-17) se produce en el interior del hombre entre Dios y el mundo —entre lo que viene «del Padre» y lo que viene «del mundo»—, san Pablo pone de relieve en el cristiano otra contradicción: la oposición y, juntamente, la tensión entre la «carne» y el «Espíritu».

«Os digo, pues: andad en Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del Espíritu, y el Espíritu tendencias contrarias a las de la carne, pues uno y otro se oponen de manera que no hagáis lo que queréis» (Gál 5, 16-17).

De aquí se sigue que la vida «según la carne» está en oposición a la vida «según el Espíritu».

«Los que son según la carne sienten las cosas carnales; los que son según el Espíritu sienten las cosas espirituales» (Rom 8, 5).

En los análisis sucesivos trataremos de mostrar que la pureza de corazón se realiza precisamente en la vida según el Espíritu.

San Juan Pablo II

La pureza · Audiencia General del miércoles, 10 de diciembre de 1980

Claves para comprender el Evangelio

Palabra o imagen Sentido espiritual
Lavarse las manos La práctica exterior puede ser buena, pero no sustituye a la conversión ni garantiza por sí sola la pureza interior.
Lo que sale de la boca Las palabras manifiestan con frecuencia lo que ha crecido en el corazón: amor, verdad y misericordia, o resentimiento, mentira y desprecio.
La planta no sembrada por el Padre Todo lo que no procede de Dios ni conduce a Él carece de raíces verdaderas y terminará desapareciendo.
Los ciegos que guían Quien no permite que Dios ilumine su propia vida puede confundir también a quienes confían en su criterio.
El corazón Es el lugar de las decisiones profundas, donde nacen el pecado o la virtud y donde debe comenzar toda renovación auténtica.

Para examinar la vida

¿Me preocupo más por parecer bueno que por convertirme de verdad? ¿Mis palabras hacen crecer, consuelan y ayudan, o hieren y dividen? ¿Critico con facilidad los defectos de los demás mientras justifico los míos? ¿Qué pensamiento o actitud necesita hoy ser purificado en mi corazón?

La pureza no es apariencia

La pureza cristiana no consiste únicamente en evitar determinadas acciones. Es una vida interior unificada, en la que los pensamientos, los deseos, las palabras y las obras se orientan hacia el bien. Por eso necesita oración, sacramentos, examen de conciencia y una caridad sincera hacia los demás.

Propósito

Pedir a la Virgen María que interceda por mí para que sepa conservar y aumentar mi fe. Con ánimo renovado, procuraré tener más comprensión y tolerancia con los demás.

Diálogo con Cristo

Señor, hoy me invitas a dejar lo viejo, lo desgastado y la rutina.

Me propones desprenderme del espíritu deteriorado y débil con el que a veces vivo mi fe.

Me llamas a más, a permanecer en pie de lucha con un amor y un fervor renovados.

Para que mi amor sea nuevo cada día, debe alimentarse en la oración y en los sacramentos.

Por eso pido la intercesión de tu Santísima Madre, para que me ayude a renovar hoy mi amor por Ti y a buscar continuamente mi renovación interior.

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Antes de corregir las apariencias exteriores, permitamos que Cristo purifique el corazón del que nacen nuestras decisiones, palabras y obras.

Para seguir profundizando

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