por CeF | Mi casita sobre roca | 17 Oct, 2010 | Despertar religioso Historias de la Biblia
Presentamos el capítulo de Mi casita sobre la Roca en el que se aborda la parábola del fariseo y el publicano. Las canciones, marionetas y personajes hacen de este un material idóneo para niños en sus primeros pasos de iniciación cristiana y en la preparación de su Primera Comunión.
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Parábola del fariseo y el publicano
Texto de la parábola en Lucas 18, 9-14
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.» En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.
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por Jesús Martí Ballester | Teresa de Jesús | 10 Oct, 2010 | Postcomunión Taller de oración
Siempre tan dispuesta para la Verdad, el Bien, el Amor y el heroísmo, a través de años de intensa lucha para comunicarse con el Señor, es y será siempre: Maestra de oración.
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Aficionado era su padre a leer buenos libros, y así los tenía para que los leyesen sus hijos. Especial interés puso su madre en que sus hijos numerosos rezasen y fueran devotos de la Virgen. Seis años de Teresa. Asimila rápido e intensamente. Ejemplo de toda virtud halla en sus padres. Y todos sus hermanos, personas de calidad. Es decir, nos encontramos en una excelente cantera familiar.
Cuando en el corazón del hogar se lee, Teresa escucha con avidez. Niña y todo, tiene ya un alma profunda con un instinto divino insobornable. Lo capta todo. Y, comunicativa como es, contagia, sobre todo a los hombres. Su hermano Rodrigo, siete años, manejado por ella, lee con ella vidas de santos. Y se escapan a tierras de moros para que los descabezasen por Cristo.
Como esta hazaña fue interceptada , se conformó con que los dos serían ermitaños. En consecuencia, construían ermitas en el huerto, jugando con creatividad y audacia y eficacia. Y repetían un “mantra” interesante: “para siempre, siempre, siempre”. La eternidad va a pesar mucho en su vida.
Las gestas y heroísmos de los santos, leídos en el hogar, al calor del fuego, releídos después en atmósfera fraterna y amorosa, calaron hondo en aquella tierra, tan dispuesta para la Verdad, el Bien, el Amor y el heroísmo. Ese es el hontanar prometedor de la Maestra de oración. Cuando sea mayor, los hombres de Iglesia no se lo pondrán muy fácil para que pueda realizar sus impulsos, responder a sus llamadas, consumar sus ideales.
Teólogos unilaterales , para quienes el ejercicio del intelecto es el supremo acto humano y religioso, como Melchor Cano, profesor de prima en la Universidad de Salamanca, escribirán que “si quien se da a la oración, Dios le da noticia del cielo y de la tierra y prudencia para obrar, cerremos los libros, mueran los estudios, y démonos todos a la oración». Desgraciadamente muchas cátedras ocupadas lo fueron por sabiduría, sensatez, valores humanos y divinos, magnanimidad y tolerancia. Mucho ha habido de amaño, arribismo, de hombre ascendido porque supo encontrar la clave del sistema, y también porque la astucia otorgadas por la naturaleza a quienes no proveyó de derecha, como un medio de sobrevivir. ¡Y, qué sobrevivir a veces, que colapsó el pálpito devino de genios que quedaron estériles! “No hay hombre sin hombre”, escribió Benavente en “Los intereses creados”, y ese es el leiv-motiv de la comedia, tan real y repetido. Lo del “carnet del partido” sólo es sombra de la verdad tan actual y de siempre y también siempre causa de descenso degenerativo.
Si Jesús no le hubiera dado a Teresa “libro vivo”, no hubiera sido la que fue, y la Maestra, Doctora de la Iglesia, de una Iglesia que le cortó el paso, que le segó la hierba bajo sus pies por obra, esta vez, del Inquisidor Valdés, Arzobispo de Sevilla, que prohibió la lectura de todos los libros de autores que hoy están en los altares, como los de San Francisco de Borja y San Pedro de Alcántara, y de otros que no lo están pero sí estuvieron en la cárcel, como el Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, ya que toda la teología de aquél y su saber de Dios, se encerraba en esta frase que escribió despreciando las obras de Fray Luís de Granada: “La contemplación para mujeres de carpinteros”. Y en parte tenía razón, porque María, la gran mujer contemplativa, era mujer del carpintero.
La contemplación, como inicio de la oración mística, siempre ha sido motivo de escándalo, precisamente porque todo lo que se sale de lo ordinario y normal, lo causa. Pero no se piensa que la Iglesia nació mística. ¿Qué otra cosa fue Pentecostés? Tras los Hechos de los Apóstoles, con el recuerdo del Esposo vivo todavía, la comunidad paleocristiana vivió con intensidad enamorada la fe, y se valoró la oración por encima de todas las actividades y de todos los ministerios. Quedaba aún la Tradición de los Apóstoles que habían decidido abandonar la administración temporal, para dedicarse en plenitud “a la oración y al ministerio de la palabra” (He 6,4).
Y con la oración florecen los dones del Espíritu Santo, cuyo ejercicio precisamente constituye la oración mística, en la que la persona no es movida por virtudes que exigen esfuerzo humano, sino por fuerzas divinas, que por eso se llaman místicas, es decir mistéricas, es decir que llegan del misterio. Vinieron después los Padres y cuando falló su predicación, se sucedieron unos siglos de decadencia.
En los siglos XII y XIII se retornó a la oración, y retornó de nuevo la decadencia de los siglos XIV y XV. Después de esta larga noche y oscura, comienza de nuevo a despuntar la aurora en el siglo XVI, que es el de Teresa, que tuvo que enfrentarse aún con reductos de los siglos anteriores, como he señalado antes. Es el momento en que Jesús le da a Teresa “libro vivo”. La vocación a la santidad de todos los cristianos, pues, no nace en el primer tercio del siglo XX, sino que nace con la Iglesia, aunque tras el paso de varias vicisitudes el Espíritu ha suscitado apóstoles como el Padre Arintero y a Garrigou Lagrange, su continuador, para quienes la santidad pasa por la mística y es llamada universal, como ha proclamado el Vaticano II. Es natural que si hoy nos basamos en la inspiración paupérrima de libritos de cuarta o quinta división serviremos hamburguesas, pero no manjares sólidos, que sólo promueven una vida lánguida pasota y rutinaria. Es necesario volver a los maestros acreditados, a los guías nativos: a los místicos.
A Santa Teresa. Teresa es maestra y ¡qué Maestra! A la lengua se nota a quienes se formaron en su escuela. ¡Qué anchura! Los forja como águilas. Y también se ve a la legua la superficialidad humana y cristiana de los que ni la saludaron por el camino. Son los que se entretiene en cazar lagartijas cuando hay tanto espacio para volar. Entre tanto el pueblo de Dios, casi todito, desorientado, envejecido, esclerotizado, enervado, vegeta en el raquitismo átono y aferrado a la costumbre rutinaria y ramplona. “Donde no hay amor, pon amor y cosecharás amor”.
Esta es la doctrina magistral de los hombres de Dios, de los auténticos hombres. Pero ¿no salió Diógenes a buscar uno con un candil? El pueblo se muere de hambre. Y no es porque no nos reunimos y hablamos y hablamos y hablamos…Es que no se va a la raiz. Cuando Jesús venga no nos encontrará unidos; nos encontrará “reunidos”. Estos días los medios nos decían de una madre italiana que se había expuesto a morir de cáncer si seguía el embarazo. He oido decir a algunas madres que estaban dispuestas a dar la vida por un hijo. Y ¿qué otra cosa nos dice el Concilio que “la Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario que estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan para regenerar a los hombres” (LG VIII, 65). El Cura de Ars decía a sus feligreses: «todavía no he dado la sangre por vosotros”.
Mientras no lleguemos a gozar de ese espíritu, poco podemos esperar. El pueblo vive en una mediocridad que no hay quien la pare. Teresa la puede parar. Tiene mucho que enseñarnos y tenemos mucho que aprender.
Periódico ecuménico cubano. Miami, Florida, octubre de 2007
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Poesías de santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia
Mi Amado para mí
Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador
Me tiró y dejó herida
En los brazos del amor
Mi alma quedó rendida,
Y cobrando nueva vida
De tal manera he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.
Hirióme con una flecha
Enherbolada de amor
Y mi alma quedó hecha
Una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
Pues a mi Dios me he entregado,
Y mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.
Muero porque no muero
Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí
Después que muero de amor,
Porque vivo en el Señor
Que me quiso para Sí.
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero:
Que muero porque no muero.
Esta divina prisión
Del amor con que yo vivo
Ha hecho a Dios mi cautivo
Y libre mi corazón;
Y causa en mí tal pasión
Ver a Dios mi prisionero,
Que muero porque no muero.
¡Ay, que larga es esta vida,
Qué duros estos destierros,
Esta cárcel y estos hierros
En que el alma esta metida!
Sólo esperar la salida
Me causa dolor tan fiero,
Que muero porque no muero.
iAy, que vida tan amarga
Do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
No lo es la esperanza larga:
Quíteme Dios esta carga
Más pesada que el acero,
Que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
Vivo de que he de morir,
Porque muriendo el vivir
Me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
No te tardes, que te espero,
Que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
Vida, no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
Venga el morir muy ligero,
Que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
Que es la vida verdadera,
Hasta que esta vida muera
No se goza estando viva.
Muerte, no seas esquiva;
Viva muriendo primero,
Que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
A mi Dios que vive en mí,
Si no es perderte a ti
Para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
Pues a Él solo es al que quiero.
Que muero porque no muero.
Búscate en mí
Alma, buscarte has en Mí,
Y a Mí buscarme has en ti.
De tal suerte pudo amor,
Alma, en Mí te retratar,
Que ningún sabio pintor
Supiera con tal primor
Tal imagen estampar.
Fuiste por amor criada
Hermosa, bella, y ansí
En mis entrañas pintada,
Si te pierdes, mi amada,
Alma, buscarte has en Mí.
Que Yo sé que te hallarás
En mi pecho retratada
Y tan al vivo sacada,
Que si te ves te holgarás
Viéndote tan bien pintada.
Y si acaso no supieres
Donde me hallarás a Mí,
No andes de aquí para allí,
Sino, si hallarme quisieres
A Mí, buscarme has en ti.
Porque tú eres mi aposento,
Eres mi casa y morada,
Y ansí llamo en cualquier tiempo,
Si hallo en tu pensamiento
Estar la puerta cerrada.
Fuera de ti no hay buscarme,
Porque para hallarme a Mí,
Bastará solo llamarme,
Que a ti iré sin tardarme
Y a Mí buscarme has en ti.
Vuestra soy
Vuestra soy, para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad,
Eterna sabiduría,
Bondad buena al alma mía,
Dios, alteza, un ser, bondad,
La gran vileza mirad
Que hoy os canta amor ansí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criastes;
Vuestra, pues me redimistes;
Vuestra, pues que me sufristes;
Vuestra, pues que me llamastes;
Vuestra, pues me conservastes;
Vuestra, pues no me perdí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
¿Que mandáis, pues, buen Señor,
Que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le havéis dado
A este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
Amor dulce, veisme aquí,
¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
Yo le pongo en vuestra palma
Mi cuerpo, mi vida y alma,
Mis entrañas y afición;
Dulce Esposo y redención,
Pues por vuestra me ofrecí
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz cumplida,
Flaqueza o fuerza a mi vida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
Dadme consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis, dadme oración,
Si no, dadme sequedad,
Si abundancia y devoción,
Y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
Sólo hallo paz aquí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme, pues, sabiduría,
O por amor ignorancia.
Dadme años de abundancia
O de hambre y carestía,
Dad tiniebla o claro día,
Revolvedme aquí o allí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis que este holgando,
Quiero por amor holgar,
Si me mandáis trabajar,
Morir quiero trabajando.
Decid, dónde, cómo y cuándo.
Decid, dulce Amor, decid.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme Calvario o Tabor,
Desierto o tierra abundosa,
Sea Job en el dolor,
O Juan que al pecho reposa;
Sea viña fructuosa
O estéril, si cumple ansí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Sea Josef puesto en cadenas
O de Egipto Adelantado,
O David sufriendo penas,
O ya David encumbrado.
Sea Jonás anegado,
O libertado de allí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Esté callando o hablando,
Haga fruto o no le haga,
Muéstreme la Ley mi llaga,
Goce de Evangelio blando,
Esté penando o gozando,
Sólo Vos en mí vivid.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?
Hermosura de Dios
¡Oh, Hermosura que excedéis
a todas las hermosuras!
Sin herir dolor hacéis,
Y sin dolor deshacéis
El amor de las criaturas.
¡Oh, ñudo que así juntáis
Dos cosas tan desiguales!
No sé por qué os desatáis,
Pues atado fuerza dais
A tener por bien los males.
Juntáis quien no tiene ser
Con el Ser que no se acaba:
Sin acabar acabáis,
Sin tener que amar amáis,
Engrandecéis vuestra nada.
Ayes del destierro
¡Cuán triste es, Dios mío;
La vida sin ti!
Ansiosa de verte
Deseo morir.
Carrera muy larga
Es la de este suelo,
Morada penosa,
Muy duro destierro.
¡Oh dueño adorado,
Sácame de aquí!
Ansiosa de verte
Deseo morir.
Lúgubre es la vida,
Amarga en estremo;
Que no vive el alma
Que está de ti lejos.
¡Oh dulce bien mío,
Que soy infeliz!
Ansiosa de verte
Deseo morir.
iOh muerte benigna,
Socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
Que el alma libertan.
iQue dicha, oh mi amado,
Estar junto a Ti!
Ansiosa de verte
Deseo morir.
El amor mundano
Apega a esta vida;
El amor divino
Por la otra suspira.
Sin ti, Dios eterno,
¿Quien puede vivir?
Ansiosa de verte
Deseo morir.
La vida terrena
Es continuo duelo;
Vida verdadera
La hay sólo en el cielo.
Permite, Dios mío,
Que viva yo allí.
Ansiosa de verte
Deseo morir.
¿Quién es el que teme
La muerte del cuerpo,
Si con ella logra
Un placer inmenso?
¡Oh, sí, el de amarte,
Dios mío, sin fin!
Ansiosa de verte
Deseo morir.
Mi alma afligida
Gime y desfallece.
iAy! ¿Quién de su amado
Puede estar ausente?
Acabe ya, acabe
Aqueste sufrir.
Ansiosa de verte
Deseo morir.
El barbo cogido
En doloso anzuelo
Encuentra en la muerte
El fin del tormento.
iAy!, también yo sufro,
Bien mío, sin ti.
Y Ansiosa de verte
Deseo morir.
En vano mi alma
Te busca, ioh mi dueño!;
Tu siempre invisible
No alivias su anhelo.
iAy!, esto la inflama
Hasta prorrumpir:
Ansiosa de verte
Deseo morir.
iAy!, cuando te dignas
Entrar en mí pecho,
Dios mío, al instante
El perderte temo.
Tal pena me aflige
Y me hace decir:
Ansiosa de verte
Deseo morir.
Haz, Señor, que acabe
Tan larga agonía,
Socorre a tu sierva
Que por ti suspira.
Rompe aquestos hierros
Y sea feliz.
Ansiosa de verte
Deseo morir.
Mas no, dueño amado,
Que es justo padezca;
Que expíe mis yerros,
Mis culpas inmensas.
iAy!, logren mis lágrimas
Te dignes oír
Ansiosa de verte
Deseo morir.
Loas a la Cruz
Cruz, descanso sabroso de mi vida,
Vos seáis la bienvenida.
iOh, bandera, en cuyo amparo
El más flaco será fuerte!
iOh, vida de nuestra muerte,
Que bien la has resucitado!
Al león has amansado,
Pues por ti perdió la vida.
Vos seáis la bienvenida.
Quien no os ama está cautivo
Y ajeno de libertad;
Quien a vos quiere allegar
No tendrá en nada desvío.
iOh dichoso poderío
Donde el mal no halla cabida!
Vos seáis la bienvenida.
Vos fuisteis la libertad
De nuestro gran cautiverio;
Por vos se reparó mi mal
Con tan costoso remedio,
Para con Dios fuiste medio
De alegría conseguida.
Vos seáis la bienvenida.
La Cruz
En la cruz esta la vida
Y el consuelo,
Y ella sola es el camino
Para el cielo.
En la cruz esta el Señor
De cielo y tierra
Y el gozar de mucha paz,
Aunque haya guerra,
Todos los males destierra
En este suelo,
Y ella sola es el camino
Para el cielo.
De la cruz dice la Esposa
A su Querido
Que es una palma preciosa
Donde ha subido,
Y su fruto le ha sabido
A Dios del cielo,
Y ella sola es el camino
Para el cielo.
Es una oliva preciosa
La santa cruz,
Que con su aceite nos unta
Y nos da luz.
Toma, alma mía, la cruz
Con gran consuelo,
Y ella sola es el camino
Para el cielo.
Es la cruz el árbol verde
Y deseado
De la Esposa que a su sombra
Se ha sentado
Para gozar de su Amado,
El Rey del cielo,
Y ella sola es el camino
Para el cielo.
El alma que a Dios está
Toda rendida,
Y muy de veras del mundo
Desasida
La cruz le es árbol de vida
Y de consuelo,
Y un camino deleitoso
Para el cielo.
Después que se puso en cruz
El Salvador,
En la cruz esta la gloria
Y el honor,
Y en el padecer dolor
Vida y consuelo,
Y el camino más seguro
Para el cielo.
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por Colegio Borja (Gandía, España) | franciscodeborja.es | 3 Oct, 2010 | Postcomunión Dinámicas
Pequeña obra de teatro de marionetas adaptado al colegio Borja Jesuitas para Educación Infantil y Primer Ciclo de Primaria (España). Con pequeños cambios, puede utilizarse en sesiones de catequesis en cualquier parroquia o colegio.
Personajes
- Francisco de Borja niño
- Francisco de Borja adulto (de duque y de jesuita)
- Rey Carlos
- Reina
- Leonor de Castro
- Bandido Cádell
- Música ambiental
- Música medieval de la época
Decorados
- Patio de armas del palacio
- Un salón de la corte
- Un altar
La obra
Escena 1.ª
Decorado: Patio de armas del palacio
Música de fondo: medieval
(Francisco aparece de niño y se dirige a los niños.)
Francisco: ¡Hola! ¡Cuántos niños! ¿Sabéis porqué estoy aquí?
Niños: ¡¡Nooo!! (Advertir antes a los Niños para que contesten y participen al máximo.)
Francisco: ¿Queréis que os lo diga?
Niños: ¡¡Sííííííííííí!!
Francisco: ¿Sabéis quién soy yo?
Niños: ¡Noooo!!
Francisco: Estoy aquí para contaros mi historia, porque quiero que me conozcáis y porque vuestro colegio se llama como yo. ¿Cómo se llama vuestro colegio?
Niños: ¡¡Colegio Borja!!
Francisco: ¿Cómo?
Niños: ¡¡Colegio Borja!!
Francisco: Pues yo soy Francisco de Borja y yo nací en este palacio que ahora es vuestro colegio, aquí en Gandía vuestra ciudad en este palacio que vosotros conocéis muy bien. ¿Sabéis dónde me bautizaron? (dejar que contesten los Niños) Que levante la mano el que lo sepa, pues sí me bautizaron en la colegiata ¿Conocéis la colegiata? Pues en mi bautizo hubo una gran fiesta con música fuegos artificiales ¿os asustan los cohetes? Creo que a algunos sí…
(Pausa.)
De pequeño lo pasaba “chupi” porque tenía seis hermanos y jugábamos a pillar, al escondite, ¿os gusta jugar al escondite? (dejar que contesten los Niños.)
Francisco: Mis hermanos se llamaban Alfonso, María Ana, Isabel, Enrique, María Luisa y yo… que me llamo…
Niños: ¡¡¡Francisco de Borja!!!
Francisco: No os oigo… ¿cómo me llamo?
Niños: ¡¡¡Francisco de Borja!!!
Francisco: Vale, vale. Pero también me gustaba hacer los deberes y me gustaba mucho la música. Ahora os contaré una cosa muy muy triste que me ocurrió cuando tenía diez años.
(Música triste.)
Mi mamá se puso muy malita y se murió me puse muy triste pero luego pensaba que estaba todo el tiempo en el cielo con Jesús y ya me ponía más contento.
Un día estaba en mi habitación, vino corriendo mi escudero que se llamaba Diego y me dijo: (cambio de voz) “¡Mi señor, salid pronto! ¡Nos están atacando!…” y era verdad.
Tuve que huir con mis hermanos en una barca por el río, sí ese que veis desde el patio del recreo, por el río Serpis que antes era mucho más caudaloso. Bueno pues como os iba diciendo, tuvimos que huir hasta Denia y escondemos. Y menos mal que nos pudimos llevar el dinero, las joyas y algunas cosas de valor porque lo saquearon y lo robaron todo dejaron el palacio hecho una ruina.
(Pausa. Música ambiental.)
Un año después mi padre me envió a Zaragoza con mi tío que era Arzobispo. Allí estudiaba mucho y hacía muchos deberes, porque hay que trabajar mucho y estudiar, ¿vosotros trabajáis mucho?
Niños: ¡¡¡Síííí!!!
Francisco: ¿Hacéis todo lo que manda la “seño”?
Niños: ¡¡¡Síííí!!!
(Final de la primera escena, música ambiental se cierra el telón.)
Escena 2.ª
Decorado: Un salón de palacio
Personajes: Francisco (se cambia la marioneta por otra que representa a Francisco ya mayor), el rey, la reina Isabel y Leonor de Castro.
Francisco: Soy Francisco otra vez, pero como veis, ya me he hecho mayor. Mi tío el arzobispo me envió a Granada a un castillo donde había una princesa muy guapa y después aquí donde me veis ahora a la corte con el rey ¿Sabéis corno se llamaba el rey?
(Sale el rey.)
Rey: Eso, eso, como me llamo a ver si lo adivináis…
(Dejar que los Niños digan nombres).
Francisco: Pues se llamaba Carlos. ¿Y su mujer la reina, sabéis cómo se llamaba?
(Sale la reina.)
Reina: Eso, eso, ¿cómo me llamo? ¡No lo sabéis, no lo sabéis!…
(Dejar que digan nombres.)
Muy bien, me llamo Isabel y…. soy muy pero que muy guapa
Francisco: Ahora os contaré un secreto su dama también era muy guapa tan tan guapa que me enamoré de ella (música romántica). Se llamaba Leonor y me casé con ella.
(Suena la marcha nupcial; sale Leonor vestida de novia y se abrazan.)
Niños: ¡¡¡Que se besen, que se besen!!!
Rey: De regalo de boda te hago Marqués de Llombay.
(Otra vez la marcha nupcial y se cierra el telón, fin de la escena 2.º.)
Escena 3.ª
Personajes: Francisco, el rey y el bandido Cádell
Decorado: El mismo que la escena 2.ª
Música: Medieval.
Francisco: Bueno, ¿Os sigo contando mi historia?
Niños: ¡¡¡Síííí!!!
Francisco: Pues, yo acompañaba al rey a cazar y también a luchar en las batallas y tenía una armadura para la guerra ¿la habéis visto en la sala de armas? En una de esas batallas, mataron a mi amigo Garcilaso que era un gran poeta.
(Música triste.)
Rey: Te nombro capitán de mi ejército y te mando… ¡¡que persigas a todos los bandidos de Cataluña!!
Francisco: Uno de estos bandidos era Cádell era el peor de todos y yo lo perseguía para darle una buena lección. En fin, ahora vuelvo.
(Música; Francisco desaparece y aparece Cádell.)
Cádell: ¿Quien ha dicho mi nombre? He oído que decían Cádell, pues yo soy Cádell el bandido más malo de todos los que persigue Francisco (mirando a todas partes). Espero que no me vea Francisco, porque no quiero ni pensar si me encuentra…me esconderé…
(Desaparece Cádell y aparece Francisco.)
Francisco: Como os iba diciendo había un bandido muy malo que se llamaba Cádell por cierto creo que andaba por aquí ¿no lo habréis visto por casualidad?
Niños: ¡¡¡Síííí!!!
(Francisco se gira y aparece Cádell por detrás, se juega un poco al escondite Cádell aparece y desaparece, los Niños le irán indicando a Francisco por donde aparece el bandido hasta que Francisco al fin ve a Cádell.)
Francisco: Cádell ¡malvado! Espera y verás (Saca una cachiporra).
Cádell: ¡¡No, no, por favor, seré bueno! ¡Lo prometo…!
Francisco: (Persiguiéndolo y dándole con la cachiporra) ¡Como te pille…!
(Final de la 3.ª escena.)
Escena 4.ª
Personajes: Francisco sacerdote
Decorado: altar
Música: triste.
Francisco: (Aparece vestido de jesuita) Soy otra vez Francisco, ahora ya soy muy mayor ¿queréis saber por qué estoy vestido así?
Niños: ¡¡¡Síííií!!!
Francisco: ¿Os acordáis de la reina? ¿Recordáis lo guapa que era? (aparece la reina) Pues… se murió (la reina suspira profundamente y cae desplomada.)
Me puse tan triste que entonces me acordé de Jesús, el Señor, y… poco a poco me fui poniendo más contento (música: aleluya).
Mis hijos ya se habían hecho mayores y decidí que lo más importante era servir al Señor a Jesús, así que me hice sacerdote jesuita. Me ayudó a decidirme un buen amigo mío que se llamaba Ignacio de Loyola, otro día os hablaré de él.
Como os decía, me hice jesuita, igual que los que hay aquí en el palacio, ¿conocéis algún jesuita? ¿Sabéis por qué se llaman jesuitas? (Dejar que contesten los Niños.)
Francisco: Se llaman jesuitas porque quieren mucho a Jesús y quieren ser sus amigos. ¿Queréis ser vosotros amigos de Jesús?
Francisco: Mis amigos jesuitas y yo fuimos por todo el mundo, ayudando a los pobres y haciendo muchos colegios como el vuestro.
(Música medieval; Pausa.)
¿Os ha gustado mi historia?
Niños: ¡¡¡Síííí!!!
Francisco: ¡¡No os oigo!!… ¿Sí o no?
Niños: ¡¡¡Síííí!!!
Francisco: Pues, ¡hasta pronto, adiós!, y acordaos de ser buenos y trabajar mucho. Y ser muy amigos de Jesús y de su madre María ¡Adiós!
por Flory Martín | CEF | 26 Sep, 2010 | Primera comunión Taller de oración
Dios ha creado las cosas que vemos y también otras que no vemos. Un ejemplo de estas cosas que no vemos son los ángeles que existen pero no los vemos porque no tienen cuerpo.
Los ángeles son seres más perfectos que las personas porque son espíritus, con una gran inteligencia, memoria y voluntad. Han sido creados por Dios para que le den gloria y podemos valorar la grandeza de Dios. Le alaban, le obedecen y estén con Dios en el cielo.
Algunos de estos espíritus se rebelaron contra dios y dirigidos por Lucifer dijeron «¡No te serviré!». Los otros ángeles que permanecieron amigos de Dios siguiendo a San Miguel decían: «¿Quién como Dios?».
Los espíritus malos, junto con Lucifer, fueron condenados al infierno porque desobedecieron a Dios y pecaron contra Él. Desde entonces los demonios odian a Dios y a todos los que le aman. Intentan o procuran que los hombres cometan pecados y esto es lo que llamamos la tentación. Por ejemplo, procuran que un chico mienta, o robe algo, o desobedezca a sus padres u otras cosas. La tentación, no es pecado; pero si hacemos caso a lo que nos dice el demonio, entonces si es pecado.
Dios ha querido que contemos con la ayuda de los ángeles buenos y nos ha puesto un ángel a cada una de las personas al nacer para que a lo largo de nuestra vida podamos vencer las indicaciones malas de los demonios. Este ángel es el ángel de la guarda o ángel custodio que nos cuida siempre y nos ayuda en lo que necesitemos.
El día 2 de octubre celebramos la fiesta de los ángeles custodios y hay una oración que gusta mucho a los ángeles que podemos aprender para este día
Oración al ángel custodio
Ángel de mi Guarda,
duce compañía,
no de desampares
ni de noche ni de día,
no me dejes solo
que me perdería.
Amén.
Oración al ángel custodio
Ángel de mi guarda,
dulce compañía,
no me desampares
ni de noche ni de día;
si me desamparas
¡qué será de mí!,
ángel de mi guarda
ruega a Dios por mí.
Amén.
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por Mons. Carlo Card. Caffarra, arzobispo de Bolonia | 18 Ago, 2010 | Catequesis Artículos
El tema que afrontamos es de enorme importancia. Para la Iglesia. Esta se implanta y se radica en la vida humana a través de la familia. La regeneración del sujeto y del pueblo cristiano es impensable e impracticable si se prescinde del «proceso familiar». Para la sociedad civil. Uno de los ejes de nuestra sociedad occidental ha sido el «pacto educativo» firmado entre la Iglesia y la familia en orden a la educación de las nuevas generaciones. La ruptura de este pacto llevaría a una verdadero desastre educativo, al que, quizás, ya asistimos.
Llamados como estamos a cuidar los destinos del hombre, no podemos dejar de reflexionar sobre este problema.
Lo haremos jalonando nuestra reflexión en los puntos siguientes. En el primero intentaré deciros en qué consiste precisamente la misión educativa de la Iglesia. En el segundo intentaré mostraros cómo la familia participa en la misión educativa de la Iglesia.
La misión educativa de la Iglesia
En este primer punto de mi reflexión intentaré una comprensión de la propuesta cristiana, de la economía de la salvación, por usar un vocabulario más técnico, en clave pedagógica.
¿Qué significa esto? Defino la propuesta cristiana con las palabras del Concilio Vaticano II: «Quiso Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse a si mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9) mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo hecho carne, en el Espíritu Santo, tienen acceso al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2P 1,4)» [Const. dogm. Dei Vérbum 2; EV 1/873].
Podemos tener una cierta comprensión de este extraordinario acontecimiento sirviéndonos de conceptos humanos, refiriéndonos a experiencias humanas. Piénsese, por ejemplo, en la importancia que asume, en orden a la inteligencia de la propuesta cristiana, la categoría de la nupcialidad.
En este primer punto recurriré a la categoría de la educación, presentando, y en un cierto sentido, describiendo la propuesta cristiana como una, más aún, como la propuesta educativa.
¿Es legítima una presentación así? ¿Es correcta semejante descripción del cristianismo? Mantengo que no solo es legítima y correcta sino que es uno de los caminos privilegiados para alcanzar una profunda inteligencia del acontecimiento cristiano. Lo demuestra el hecho de que esta consideración fue elaborada también por grandes maestros del pensamiento cristiano: Clemente de Alejandría, Orígenes, los padres capadocios y sobre todo Gregorio de Nisa, por mostrar algún ejemplo. Me atrevo a afirmar que si seguís mi reflexión os convenceréis de que este modo de pensar el cristianismo es verdadero y muy atrayente.
Quiero también proponer otra premisa antes de entrar in media res. He hablado del «hecho cristiano», de «propuesta cristiana»: pero todavía no de la Iglesia. En realidad «hecho… propuesta cristiana» e «Iglesia» denotan la misma cosa: es decir, el misterio de la voluntad del Padre de recapitular a todos y a todo en Cristo, se realiza hoy en la Iglesia; es la Iglesia.
Mi tesis es que cuando hablamos de la misión educativa de la Iglesia no cualificamos su misión misma como una cualidad secundaria: expresamos su naturaleza íntima. Decir «misión educativa» de la Iglesia es como decir… «triángulo de tres lados»: educar a la persona humana coincide con la razón de ser de la Iglesia. Es precisamente su misión. Y es precisamente esto lo que ahora intentaré mostrar, excusándome desde ahora si el poco tiempo del que disponemos me obliga a ser un poco… icástico y apodíctico.
Desde el punto de vista cristiano, ¿cuál es el problema central del hombre, la cuestión de cuya solución depende enteramente el destino de la persona? Que la relación objetiva entre cada hombre y Cristo, instituida por la eterna predestinación del Padre, se convierta en algo subjetivo. Si esta subjetivización tiene lugar —en la medida en la que suceda—, la persona se realiza; si no tiene lugar —en la medida en la que no ocurre—, la persona ha fracasado: el resto al final es secundario. Me explico.
El hombre, cada persona humana, cada uno de nosotros en carne y hueso no ha entrado en el universo del ser, carente de sentido, confiado al mero proyecto de su libertad, colocado en una neutralidad originaria respecto de una realización cualquiera de sí mismo. La vida no es un teatro en el que cada uno elige, antes de entrar en escena, el fragmento que debe recitar. Hemos sido pensados por el Padre dentro de una relación. La Sagrada Escritura usa un término muy fuerte: «pro-orizo 0187 (cf. Rm 8, 29; Ef 1, 5: ‘pre-de-terminar; predestinar’: oros, en griego, significa ‘término’). Hemos sido «encuadrados dentro de una relación»: la relación con Cristo. He dicho que se trata de una relación objetiva. En dos sentidos.
No depende de mí establecerlo: yo me he encuentro ya en relación con Cristo: depende de mí permanecer en ella o salir de ella decidiendo qué otra verdad es la verdad y por tanto el bien de mi persona. Es puesto en el ser por Dios mismo y es la razón por la cual Él me ha creado. Podemos expresar la misma idea diciendo: la verdad de la persona humana está en su relación con Cristo. San Pablo caracteriza esta relación con la fórmula «ser en Cristo»; y san Juan con la fórmula «permanecer en Cristo».
Pero esto no es todo. La persona humana no está ubicada en Cristo como una planta está colocada en la tierra o un edificio asentado en un terreno. Es un sujeto libre: la libertad es la dimensión constitutiva fundamental de la existencia de la persona. ¿En qué sentido? La relación objetiva, en el sentido apenas explicado, se hace subjetiva mediante la libertad. La libertad es la que realiza concretamente o concretamente no realiza la verdad de la persona. O genera a la persona en Cristo o bien la genera de otro modo. La relación objetivamente instituida por la decisión divina se hace subjetiva mediante la libertad de la persona. Esta «subjetivización» constituye el proceso formativo de la personalidad humana, proceso que ya los grandes filósofos griegos habían diferenciado con respecto a la naturaleza de la persona, naturaleza, que de todas maneras, era su base.
Este proceso en el cual lo objetivo se hace subjetivo implica a toda la persona: es una completa transformación de la persona según la forma de Cristo. Implica el modo de pensar, de ejercitar la propia libertad, de construir la relación con los otros, el corazón de la persona. Lo que en la paideia griega fue la formación o mórphosis de la personalidad humana, según los Padres griegos, sobre todo, se convierte en la meta-morphosis del hombre en Cristo (cf. Rm 12, 2 e 2 Co 3, 18). Es una verdadera generación de la propia humanidad según un «modelo» conforme al cual cada uno de nosotros fue pensado: «Es el hombre verdadero que ha conformado su vida a la huella impresa en su naturaleza desde el origen” (Gregorio de Nisa, Sobre los títulos de los Salmos, SCh 466, p. 505).
La misión de la Iglesia consiste precisamente en hacer posible esta regeneración de la humanidad de cada hombre, en realizarla en cada hombre. E Introducir a cada hombre en Cristo, para que en Él se realice plenamente a sí mismo.
Una firme tradición occidental definía precisamente el proceso educativo como una progresiva guía de la persona hacia la plena realización de sí misma.
La Iglesia la ha hecho propia, dándola un contenido totalmente nuevo.
Dentro en esta concepción se comprende lo que he dicho hace poco, es decir, que la misión de la Iglesia puede ser pensada en categorías pedagógicas.
Es una misión educativa: «Hijitos míos, a los que de nuevo doy a luz en el dolor hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Ga 4, 19), dice la Iglesia por boca de Pablo. Tenemos también una confirmación histórica.
«El cristianismo se planteó el problema educativo desde la primera evangelización. No por una tesis preconcebida queriendo reducir las cosas al propio punto de vista, sino por una necesidad interna en la misma terminología de su doctrina; así la posición educativa sigue siendo algo preeminente… El método educativo cristiano está presente y operante en el catecumenado, en la comunidad y en la vida de cada día” [“Le fonti della paideia antenicena” en A cura di A. Quacquarelli, La Scuola, Brescia, 1967 xc].
Esta conexión entre la propuesta cristiana y la experiencia educativa tuvo como primera y necesaria consecuencia la constitución de una doctrina pedagógica. Dicho en otros términos. A la luz de la definición de la misión educativa de la Iglesia se derivan algunos principios fundamentales sobre la educación de la persona. Quisiera ahora recalcar los que me parecen más importantes.
El primer principio de la educación de la persona es que el hombre no es autodependencia pura, es decir, que no tiene el poder de determinar la verdad de sí mismo ni, por tanto, de definir su propia esencia, su naturaleza, ni de diseñar su propia imagen. Existe una medida de la propia humanidad, que la fe individua en la persona de Cristo: «Apposita est nobis forma cui imprimimur», escribe san Gregorio Magno. Y Rosmini afirma: «El cristianismo, por tanto, dio la unidad a la educación, en primer lugar para pponer en manos del hombre la regla con la cual medir todas las cosas, es decir, el fin último al cual dirigirlas” [‘Dell’educazione cristiana’, en Opere de A. Rosmini 31, Città Nuova, Roma 1994, p. 226].
El segundo principio de la educación de la persona es la consecuencia inmediata del principio precedente. Me gustaría formularlo de nuevo con A. Rosmini: «Se debe guiar al hombre para asemejar su espíritu al orden de las cosas que están fuera de él, en vez de conformar las cosas ajenas a él a las casuales afecciones de su espíritu» [Ibíd. p. 236]. Más sencillamente: educar significa introducir al hombre en la realidad. Ya he tenido ocasión de hablar largamente de este principio.
El tercer principio de la educación de la persona es la especificación del anterior, y lo podríamos enunciar del modo siguiente: Introducir a la persona en la realidad significa introducirla en Cristo, como única posición en la cual es posible ver cada realidad en toda su verdad, amarla según su valor, y ver el conjunto en su íntima belleza.
Creo que he terminado el primer punto de mi reflexión: la misión educativa de la Iglesia. Dentro de esta misión es donde se sitúa la familia.
La familia en la misión educativa de la Iglesia
Son muchos los lugares en los que se expresa la misión educativa de la Iglesia. La familia es ciertamente el lugar principal; el ministerio conyugal y el ministerio pastoral son las dos expresiones más altas de la misión educativa de la Iglesia.
Por tanto, lo que me propongo en este segundo punto de mi reflexión es mostrar cuál es la modalidad específica en la que la misión de la Iglesia se muestra en la familia. ¿De qué forma original participa la familia en la misión educativa de la Iglesia? Pienso que será útil partir de la aportación original que la familia da a la educación de la persona. Lo caracterizaría del modo siguiente: generar lo humano mediante lo humano. Me explico.
La función educativa de la familia se plantea en el origen de la vida humana: en el momento generativo, y, por tanto, constitutivo. La persona es generada, no solo en sentido biológico, mediante su introducción en la realidad.
Y esto sucede mediante la respuesta a las dos preguntas fundamentales que todo hombre se plantea nada más llegar a este mundo: ¿Qué es lo que es? (pregunta de verdad y sobre la verdad); ¿Qué valor tiene lo que es? (pregunta de bien y sobre el bien). El hombre es generado en su humanidad si y en la medida en que «se hace luz» en sí y en torno a sí; si y en la medida en que «ama la realidad» conforme a su propio valor. Tomás enseña que las necesidades humanas son dos: veritatem de Deo cognoscere et in societate vivere (cf. 1,2, q. 94, a.2). Ahora no tenemos tiempo para profundizar esto ulteriormente.
Si comparamos la introducción en la realidad con un itinerario, si la pensamos con la metáfora del viaje, y después nos preguntamos: ¿cuál es la tarea de la familia en el acompañamiento itinerante al viajero? Respondería del modo siguiente. La familia dona a la persona recién llegada el “mapa” según el cual moverse; realiza el gesto inicial y absolutamente necesario de introducirlo [=ponerlo dentro] en la realidad.
Pero esta no es la única característica de la misión educativa de la familia. Existe una segunda que define su método. Genera lo humano mediante lo humano. Es decir, la familia educa conviviendo, o sea, mediante una situación o condición de vida de intensa relacionalidad interpersonal. Es una verdadera y propia transmisión de humanidad dentro del vivir cotidiano; sucede a pequeña escala el acontecimiento misterioso al que la Teología llama «Tradición» mediante la cual Dios se revela a sí mismo.
Ahora podemos responder a la pregunta de la cual hemos partido en este segundo punto: ¿en qué forma original participa la familia en la misión educativa de la Iglesia? Generando a la persona humana en Cristo mediante el vivir cotidiano. En el primer punto de mi exposición he explicado lo qué significa «generar a la persona humana en Cristo». Acabo de explicar, hablando del método educativo propio de la familia, lo qué significa «mediante el vivir humano».
En el fondo, la familia participa en la misión educativa de la Iglesia en cuanto se sitúa en el origen, en el inicio de la vida humana para configurarla con Cristo. También Tomas habla de la familia cristiana como de un «uterus spiritualis» (cf. 3, q. 68, a. 10]. La persona es concebida dentro del útero físico; dentro de la familia la persona es constituida en su humanidad, radicándola en Cristo.
Puedo imaginarme vuestra reacción a toda esta reflexión. Una reacción de «malestar» porque confrontáis lo que estoy diciendo con la situación en la cual vivís. Malestar que puede ser un mal consejero, porque puede haceros pensar o que las cosas dichas no son verdaderas o bien que no son practicables.
En realidad son simplemente arduas, bastante difíciles. De hecho, presuponen muchas cosas. No es posible ahora hablar de todos estos presupuestos. Me detengo en lo que considero que es el más importante. Al inicio lo he llamado el «pacto educativo» entre la Iglesia y la familia. ¿En qué consiste? ¿Existe hoy o se ha roto? En mi opinión todavía existe, pero al menos bajo dos formas, que plantean problemas pastorales diversos. La primera es fácil de explicar; la segunda es difícil.
La primera consiste en la relación explícita que los padres establecen con la Iglesia para la educación de sus hijos. Esta forma puede llegar hasta el punto de que pidan a la Iglesia aliarse con ellos en la obra interna de la educación, mandando a los propios hijos a escuelas llevadas por la Iglesia.
Es esta la forma que la Iglesia desea y con urgencia pide que asuma el pacto educativo que quiere establecer con la familia. No me detengo más, porque es bien conocida.
La segunda forma es más difícil de explicar. Debo introducir dos premisas. Sabéis que vivimos dentro de una cultura que en sus bases ha sido generada por la fe cristiana. De ella hoy vive también quien no se reconoce en la fe cristiana o es quizás ateo. Os pongo solamente un ejemplo. Uno de los pilares de nuestra cultura es la afirmación de la dignidad de la persona humana, de cada persona humana.
Cuando hablo de «cultura» no penséis en… libros o en universidades. La cultura es el modo con el cual un hombre, una mujer, un pueblo se pone dentro de la realidad, y por tanto el modo mediante el cual introduce en la realidad a los recién llegados. Es innegable que nuestro modo de ponernos dentro de la realidad, —precisamente nuestra cultura — ha sido configurado por la fe cristiana.
Segunda premisa. Educar a una persona en el sentido explicado en la primera parte de mi reflexión, no es algo que sucede fuera del mundo en el que vivimos. Educar a una persona significa, ya lo hemos dicho, permitirla existir en su plenitud. Eso no puede suceder si no es dentro de una cultura, ya que plenitud de vida no existe sin cultura.
Teniendo presentes estas dos premisas, ahora retomo el argumento. La segunda forma que puede asumir el pacto educativo entre la familia y la Iglesia es precisamente la de quien, no reconociéndose en la fe cristiana, sostiene que la cultura generada por ella es el modo más adecuado para que el hombre viva dentro de la realidad. Por tanto, quien firma el pacto educativo en esta forma, por un lado no educa a los propios hijos según un modelo abstracto de humanidad, según un proyecto utópico que no existe en ninguna parte. Por otro lado, defiende la posibilidad pública de la fe cristiana de educar y de generar cultura. No puedo pararme más sobre este tema de candente actualidad: no tenemos tiempo.
Quien escoge por ejemplo para los propios hijos la enseñanza de la religión católica se introduce en esta perspectiva; es consciente de que el conocimiento razonado de la fe cristiana es indispensable para que el propio hijo crezca en la plenitud de su humanidad, que ha recibido en un preciso contexto cultural.
La elección de la enseñanza de la religión católica es una de las formas que explicita este segundo modelo de alianza educativa padres-Iglesia. En este contexto, también se sitúa el gran tema de la educación a la convivencia con los demás, dentro del proceso en el cual estamos inmersos, de encuentro entre culturas, religiones y pueblos diversos.
Conclusión
Me gustaría concluir con un texto de T.S. Eliot, que me parece que sintetiza adecuadamente cuanto he tratado de deciros pobremente: «¿Porqué los hombres deberían amar a la Iglesia? ¿Porqué deberían amar sus leyes? Ella les habla de la Vida y de la Muerte, y de todo lo que ellos preferirían olvidar. Ella es tierna allí donde ellos se mostrarían duros y dura allí donde les gustaría ser blandos. Ella les habla del Mal y del Pecado, y de otros hechos desagradables. Ellos buscaron continuamente huir a las tinieblas exteriores e interiores soñando sistemas tan perfectos que nadie tendría ya necesidad de ser bueno. Pero el hombre que es, ensombrecerá al hombre que finge ser. Y el Hijo del hombre no fue crucificado una vez para siempre» [La Roccia. Un libro di parole, BvS ed., Milán, 2005, p. 103].
La misión educativa de la Iglesia está aquí muy bien indicada: obrar de modo que hacer que el hombre verdadero ensombrezca al hombre que finge ser. En el único modo posible: no ilusionando al hombre induciéndolo a pensar que puede salvar al propio yo sin haberlo llegado a ser nunca, sino mediante una maternidad que incluso en el dolor genera al hombre. Donde un «yo» es generado, la redención está en marcha.
Nosotros vivimos en esta extraordinaria historia: no perdamos nunca la gozosa y agradecida conciencia.
por San Juan Pablo II | Vatican.va | varios | 6 Ago, 2010 | Confirmación Vida de los Santos
De la filosofía al martirio: este es el camino que recorrió, siguiendo a Jesús, una de las mayores personalidades católicas del siglo XX, cuya fiesta celebramos en el aniversario de su asesinato en el campo de concentración de Auschwitz, cada 9 de agosto.
«Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, hija extraordinaria de Israel e hija al mismo tiempo del Carmelo, sor Teresa Benedicta de la Cruz; una personalidad que reúne en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy…; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios». Estas palabras fueron pronunciadas por el Papa Juan Pablo II con ocasión de la beatificación de Edith Stein en Colonia, el 1 de mayo de 1987.
¿Quién fue esta mujer?
Cuando Edith Stein, la última de once hermanos, nació en Breslau el 12 de octubre de 1891, la familia festejaba el Yom Kippur, la mayor fiesta hebrea, el día de la expiación. «Esto hizo, más que ninguna otra cosa, que su madre tuviera una especial predilección por la hija más pequeña». Precisamente esta fecha de su nacimientó fue para la carmelita casi un vaticinio.
El padre, comerciante de maderas, murió cuando Edith no había cumplido aún dos años. La madre, una mujer muy religiosa, solícita y voluntariosa, una persona verdaderamente admirable, al quedarse sola, debió hacer frente tanto al cuidado de la familia como a la gestión de la gran hacienda familiar; pero no consiguió mantener en los hijos una fe viva. Edith perdió la fe en Dios. «Con plena conciencia y por libre elección dejé de rezar».
Obtuvo brillantemente la reválida en 1911 y comenzó a estudiar germanística e historia en la Universidad de Breslau, más para tener una base de sustento en el futuro que por auténtica pasión. Su verdadero interés era la filosofía. Le interesaban también los problemas de la mujer. Entró a formar parte de la organización «Asociación Prusiana para el Derecho Femenino al Voto». Más tarde escribía: » como bachiller y joven estudiante, fui una feminista radical. Perdí después el interés por este asunto. Ahora voy en busca de soluciones puramente objetivas».
En 1913, la estudiante Edith Stein se fue a Gottinga para asistir a las clases universitarias de Edmund Husserl, de quien llegó a ser discípula y asistente, consiguiendo con él el doctorado. Por aquellos tiempos, Edmund Husserl fascinaba al público con un nuevo concepto de verdad: el mundo percibido no solamente existía de forma kantiana, como percepción subjetiva. Sus discípulos entendían su filosofía como un viraje hacia lo concreto. «Retorno al objetivismo». Sin que él lo pretendiera, la fenomenología condujo a no pocos discípulos y discípulas suyos a la fe cristiana. En Gottinga Edith Stein se encontró también con el filósofo Max Scheler y este encuentro atrajo su atención sobre el catolicismo. Pero todo esto no la hizo olvidar el estudio con el que debía ganarse el pan en el futuro y, en 1915, superó con la máxima calificación el examen de Estado. No obstante, no comenzó el periodo de formación profesional.
Al estallar la primera guerra mundial escribía: «ahora ya no tengo una vida propia». Siguió un curso de enfermería y prestó servicio en un hospital militar austríaco. Fueron tiempos difíciles para ella. Atendía a los ingresados en la sección de enfermos de tifus y prestaba servicio en el quirófano, viendo morir a hombres en la flor de su juventud. Al cerrar el hospital militar en 1916, siguió a Husserl a Friburgo en Brisgovia, donde obtuvo el doctorado «summa cum laude» con una tesis «Sobre el problema de la empatía «.
Por aquel tiempo le ocurrió un hecho importante: observó cómo una aldeana entraba en la Catedral de Frankfurt con la cesta de la compra, quedándose un rato para rezar. «Esto fue para mí algo completamente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que he frecuentado los creyentes acuden a las funciones. Aquí, sin embargo, una persona entró en la iglesia desierta, come si fuera a conversar en la intimidad. No he podido olvidar lo ocurrido». En las últimas páginas de su tesis de doctorado escribió: «ha habido personas que, tras un cambio imprevisto de su personalidad, han creído encontrar la misericordia divina». ¿Cómo llegó a esta afirmación?
Edith Stein tenía gran amistad con el asistente de Husserl en Gottinga, Adolf Reinach y su esposa. Adolf Reinach muere en Flandes en noviembre de 1917. Edith va a Gottinga. Los Reinach se habían convertido al Evangelio. Edith tenía cierta renuencia ante el encuentro con la joven viuda.
Con gran sorpresa encontró una creyente. «Este ha sido mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que transmite a sus portadores… Fue el momento en que se desmoronó mi irreligiosidad y brilló Cristo». Más tarde escribirá: «lo que no estaba en mis planes estaba en los planes de Dios. Arraiga en mí la convicción profunda de que -visto desde el lado de Dios- no existe la casualidad; toda mi vida, hasta los más mínimos detalles, está ya trazada en los planes de la Providencia divina y, ante los ojos absolutamente clarividentes de Dios, presenta una coherencia perfectamente ensamblada».
En otoño de 1918, Edith Stein dejó la actividad de asistente de Edmund Husserl porque deseaba trabajar independientemente. La primera vez que volvió a visitar a Husserl después de su conversión fue en 1930. Tuvo con él una discusión sobre la nueva fe de la que la hubiera gustado que participara también él. Tras ello escribió una frase sorprendente: «Después de cada encuentro que me hace sentir la imposibilidad de influenciar directamente, se agudiza en mí el impulso hacia mi propio holocausto».
Edith Stein deseaba obtener la habilitación para la libre docencia, algo que, por aquel entonces, era inalcanzable para una mujer. A este respecto, Husserl se pronunciaba así en un informe: «Si la carrera universitaria se hiciera accesible a las mujeres, la podría recomendar encarecidamente más que a cualquier otra persona para el examen de habilitación». Más tarde, sin embargo, se le negaría la habilitación a causa de su origen judío.
Edith Stein vuelve a Breslau. Escribe artículos en defensa de la psicología y de las humanidades. Pero lee también el Nuevo Testamento, Kierkegaard y el opúsculo de los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola. Se da cuenta de que un escrito como este no se le puede simplemente leer, sino que es necesario ponerlo en práctica.
En el verano de 1921 fue durante unas semanas a Bergzabern (Palatinado), a la finca de la Señora Hedwig Conrad-Martius, una discípula de Husserl. Esta señora, junto con su esposo, se había convertido al Evangelio. Una tarde Edith encontró en la biblioteca la autobiografía de Teresa de Ávila. La leyó durante toda la noche. «Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad».
Considerando retrospectivamente su vida, escribía más tarde: «mi anhelo por la verdad era ya una oración».
En enero de 1922 Edith Stein se bautizó. Era el día de la Circuncisión de Jesús, la acogida de Jesús en la estirpe de Abraham. Estaba erguida ante la fuente bautismal, vestida con el blanco manto nupcial de Hedwig Conrad-Martius, que hizo de madrina. «Había dejado de practicar mi religión hebrea y me sentía nuevamente hebrea solamente tras mi retorno a Dios». Ahora tendrá siempre conciencia, y no solo intelectualmente, sino de manera tangible, de pertenecer a la estirpe de Cristo. En la fiesta de la Candelaria, una fiesta cuyo origen se remonta también al Antiguo Testamento, fue confirmada por el Obispo de Espira en su capilla privada.
Después de su conversión, lo primero que hizo fue volver a Breslau. «Mamá, soy católica». Las dos lloraron. Hedwig Conrad-Martius escribió: «mira, dos israelitas y en ninguna de ellas hay engaño» (cf. Jn 1, 47).
Inmediatamente después de su conversión, Edith Stein aspira a entrar en el Carmelo, pero sus consejeros espirituales, el Vicario general de Espira y el Padre Przywara, S.J., le impiden dar este paso. Acepta entonces un empleo de profesora de alemán e historia en el Instituto y seminario para maestros del Convento dominico de la Magdalena de Espira hasta Pascua de 1931. Por insistencia del Archiabad Raphael Walzer, del convento de Beuron, hace largos viajes para dar conferencias, sobre todo sobre temas femeninos. «Durante el período inmediatamente precedente y también bastante después de mi conversión… creía que llevar una vida religiosa significaba renunciar a todas las cosas terrenas y vivir solamente con el pensamiento puesto en Dios. Gradualmente, sin embargo, me he dado cuenta de que este mundo exige de nosotros otras muchas cosas…, creo, incluso, que cuanto más se siente uno atraído por Dios, más debe «salir de sí mismo», en el sentido de dirigirse al mundo para llevar allí una razón divina para vivir». Su programa de trabajo es enorme. Traduce las cartas y los diarios del período precatólico de Newmann y la obra Quaestiones disputatae de veritate de Tomás de Aquino, en una versión muy libre por amor al diálogo con la filosofia moderna. El Padre Erich Przywara, S.J., la incitó a escribir también obras filosóficas propias. Aprendió que es posible «practicar la ciencia al servicio de Dios… solo por tal motivo he podido decidirme a comenzar una serie de obras científicas». Encuentra siempre las fuerzas necesarias para su vida y su trabajo en el convento benedictino de Beuron, al que va para pasar allí las fiestas más importantes del año eclesiástico.
En 1931 termina su actividad en Espira. Intenta de nuevo obtener la habilitación para la libre docencia en Breslau y Friburgo. Todo en vano. Compone entonces una obra sobre los principales conceptos de Tomás de Aquino: «Potencia y acción». Más tarde hará de este ensayo una obra mayor, desarrollándola bajo el título de Endliches und ewiges Sein (Ser finito y Ser eterno) en el convento de las Carmelitas de Colonia. No fue posible imprimir esta obra durante su vida.
En 1932 se le asigna una cátedra en una institución católica, el Instituto de Pedagogía científica de Münster, donde tiene la posibilidad de desarrollar su propia antropología. Aquí encuentra la manera de unir ciencia y fe, y de hacer comprensible esta cuestión a otros. Durante toda su vida solo quiso ser «instrumento de Dios». «Quien viene a mí, deseo conducirlo a Él «.
En 1931 la noche se cierne sobre Alemania. «Había oído ya antes algo sobre las severas medidas contra los judíos. Pero ahora comencé de pronto a entender que Dios había puesto una vez más su pesada mano sobre su pueblo y que el destino de este pueblo era también el mío». El artículo de la ley de los nazis sobre la raza ariana hizo imposible que continuara su actividad docente. «Si aquí no puedo continuar, en Alemania ya no hay posibilidades para mí «. «Me había convertido en una extranjera en el mundo».
El Archiabad Walzer, de Beuron, ya no le impidió entrar en un convento de Carmelitas. Durante el tiempo que estuvo en Espira había hecho ya el voto de pobreza, castidad y obediencia. En 1933 se presenta a la Madre Priora del Monasterio de Carmelitas de Colonia. «Solamente la pasión de Cristo nos puede ayudar, no la actividad humana. Mi deseo es participar en ella».
Una vez más Edith fue a Breslau para despedirse de su madre y de la familia. El 12 de octubre fue el último día que pasó en su casa, el día de su cumpleaños y, a la vez, la fiesta hebrea de los tabernáculos. Edith acompaña a su madre a la sinagoga. Fue un día nada fácil para las dos mujeres. «¿Por qué la has conocido (la fe cristiana)? No quiero decir nada contra Él. Habrá sido un hombre bueno. Pero ¿por qué se ha hecho Dios? » . Su madre lloró. A la mañana siguiente Edith tomó el tren para Colonia. «No podía tener una alegría arrebata
dora. Era demasiado tremendo lo que dejaba atrás. Pero yo estaba tranquilísima, en el puerto de la voluntad de Dios». Cada semana escribirá después una carta a su madre. No recibirá respuesta. Su hermana Rosa le mandará noticias de casa.
El 14 de octubre Edith Stein entra en el monasterio de las Carmelitas de Colonia. En 1934, el 14 de abril, tuvo lugar la ceremonia de toma de hábito. El Archiabad de Beuron celebró la misa. Desde aquel momento Edith Stein llevará el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz.
Escribe en 1938: «bajo la Cruz entendí el destino del pueblo de Dios que entonces (1933) comenzaba a anunciarse. Pensaba que entendiesen que se trataba de la Cruz de Cristo, que debían aceptarla en nombre de todos los demás. Es verdad que hoy entiendo mejor estas cosas, lo que significa ser esposa del Señor bajo el signo de la Cruz. Aunque ciertamente nunca será posible comprender todo esto, puesto que es un secreto». El 21 de abril de 1935 hizo los votos temporales. El 14 de septiembre de 1936, en el momento de renovar los votos, murió su madre en Breslau. «Hasta el último momento mi madre ha permanecido fiel a su religión. Pero, puesto que su fe y su firme confianza en su Dios… fue lo ultimo que permaneció vivo en su agonía, confío en que haya encontrado un juez muy clemente y que ahora sea mi más fiel abogada, para que también yo pueda llegar a la meta».
En el recordatorio de su profesión perpetua, el 21 de abril de 1938, hizo imprimir las palabras de San Juan de la Cruz, al que dedicará su última obra: «que ya solo en amar es mi ejercicio «.
La entrada de Edith Stein en el convento de las Carmelitas no fue una huida. «Quien entra en el Carmelo no se pierde para los suyos, sino que le tienen aún más cercano; y esto porque nuestra profesión es la de dar cuenta de todos a Dios «. Dio cuenta a Dios sobre todo de su pueblo.
«Pienso continuamente en la reina Ester, que fue sacada de su pueblo para dar cuenta ante el rey. Yo soy una pequeña y débil Ester, pero el Rey que me ha elegido es infinitamente grande y misericordioso. Esto es un gran consuelo » (31.10.1938).
El 9 de noviembre de 1938 se puso de manifiesto ante todo el mundo el odio que tenían los nazis a los judíos. Arden las sinagogas, se siembra el terror entre las gentes judías. La Madre Superiora de las Carmelitas de Colonia hace todo lo posible para llevar al extranjero a Sor Teresa Benedicta de la Cruz. La noche de fin de año de 1938 cruza la frontera de los Países Bajos y la llevan al monasterio de Carmelitas de Echt, en Holanda. Allí redacta su testamento el 9 de junio de 1939.
«Ya desde ahora acepto con gozo, en completa sumisión y según su santísima voluntad, la muerte que Dios me haya destinado. Ruego al Señor que acepte mi vida y muerte… de manera que el Señor sea reconocido por los suyos y que su Reino venga con toda su magnificencia para la salvación de Alemania y la paz del mundo… «.
Ya en el monasterio de Carmelitas de Colonia, a Edith Stein se le había dado permiso para dedicarse a las obras científicas. Allí había escrito, entre otras cosas, De la vida de una familia judía. «Deseo narrar simplemente lo que he experimentado al ser hebrea». Ante «la juventud que hoy es educada desde la más tierna edad en el odio a los judíos…, nosotros, que hemos sido educados en la comunidad hebrea, tenemos el deber de dar testimonio».
En Echt, Edith Stein escribirá a toda prisa su ensayo sobre Juan de la Cruz, el místico doctor de la Iglesia, con ocasión del cuatrocientos aniversario de su nacimiento, 1542-1942. En 1941 escribía a una religiosa con quien tenía amistad: «una scientia crucis (la ciencia de la cruz) sólamente puede ser entendida si se lleva todo el peso de la cruz. De ello estaba convencida ya desde el primer instante y de todo corazón he pronunciado: Ave, Crux, Spes unica (te saludo, Cruz, única esperanza nuestra)». Su estudio sobre San Juan de la Cruz lleva como subtítulo: » La ciencia de la Cruz «.
El 2 de agosto de 1942 llega la Gestapo. Edith Stein se encuentra en la capilla con las otras Hermanas. En cinco minutos debe presentarse, junto con su hermana Rosa, que se había bautizado en la Iglesia Católica y prestaba servicio en las Carmelitas de Echt. Las últimas palabras de Edith Stein que se oyen en Echt están dirigidas a Rosa: «Ven, vayamos, por nuestro pueblo».
Junto con otros muchos otros judíos convertidos al cristianismo, las dos mujeres son llevadas al campo de concentración de Westerbork. Se trataba de una venganza contra el comunicado de protesta de los obispos católicos de los Países Bajos por los progromos y las deportaciones de los judíos. «Jamás había pensado que los seres humanos pudieran llegar a ser así, y tampoco podía pensar que mis hermanas y hermanos debieran sufrir así… cada hora rezo por ellos. ¿Oirá Dios mi oración? En todo caso, oye ciertamente sus lamentos». El Prof. Jan Nota, cercano a ella, escribirá más tarde: «para mí, ella es, en un mundo de negación de Dios, una testigo de la presencia de Dios».
Al amanecer del 7 de agosto sale una expedición de 987 judíos hacia Auschwitz. El 9 de agosto Sor Teresa Benedicta de la Cruz, junto con su hermana Rosa y muchos otros de su pueblo, murió en las cámaras de gas de Auschwitz.
Con su beatificación en Colonia el 1 de mayo de 1987, la Iglesia rindió honores, por decirlo con palabras del Sumo Pontífice Juan Pablo II, a «una hija de Israel, que durante la persecución de los nazis ha permanecido, como católica, unida con fe y amor al Señor Crucificado, Jesucristo, y, como judía, a su pueblo «.
- En este enlace te ofrecemos una breve biografía de la santa emitida en diocesisTV el 9 de agosto de 2007 en el programa «Los números uno», presentado por Encarni Llamas.
Selección de textos de la santa
Para tomar conciencia del amor de Dios hacia uno mismo
«Yo me sé sostenido y este sostén me da calma y seguridad. Ciertamente no es la confianza segura de sí misma del hombre que, con su propia fuerza, se mantiene de pie sobre un suelo firme, sino la seguridad suave y alegre del niño que reposa sobre un brazo fuerte, es decir, una seguridad que, vista objetivamente, no es menos razonable. En efecto, el niño que viviera constantemente en la angustia de que su madre le dejara caer, ¿sería razonable?.» (Ser finito y ser eterno, p. 75)
Cómo actuar frente al amor de Dios
«Ser como un niño y poner la vida con toda la investigación y cavilación en las manos del Padre. Si todavía uno no logra esto: pedir, pedir al Dios puesto en duda y desconocido que sea él quien le ayude. Ahora míreme asombrado, que no tengo miedo de presentarme ante usted con tan sencilla sabiduría de niño. Es sabiduría, porque es sencilla y esconde en sí misma todos los secretos. Y es un camino, que conduce con total garantía a la meta.» (Autorretrato epistolar, p. 60)
Consejo para vivir cada día en las manos de Dios
«Y cuando llega la noche y la revisión del día nos muestra que muchas de nuestras obras fueron fragmentarias y otras, que también nos habíamos propuesto, quedaron sin hacer y se despierta en nosotros una suerte de vergüenza y arrepentimiento, en ese momento habremos de tomar las cosas tal cual son, hemos de ponerlas en las manos de Dios y abandonarlas a Él. De esa manera se puede descansar en Él para, después de recuperarnos verdaderamente, comenzar el nuevo día como si fuera una nueva vida.» (La Mujer)
Oración al Espíritu Santo
¿Quien eres tú, dulce luz que me llenas e iluminas
la oscuridad de mi corazón?
Me conduces igual que una mano materna
y si me dejas libre,
así no sabría ni dar un paso.
Tú eres el espacio que envuelve todo mi ser
y lo encierra en sí, abandonado de tí cae en el abismo de la nada,
donde tú lo elevas al Ser.
Tú, más cercano a mí que yo misma
y más íntimo que mi intimidad,
y aún inalcanzable e incomprensible,
y que todo nombre haces explotar:
Espíritu Santo, ¡Amor Eterno!
¿No eres Tú el dulce maná
que del corazón del Hijo en el mío fluye,
alimento de los ángeles y de los santos?
Él, que de muerte a vida se elevó,
Él me ha despertado también a mí a nueva vida,
del sueño de la muerte.
Y nueva vida me da, día tras día.
Y un día su abundancia me sumergirá vida de tu vida,
sí, Tú mismo: Espíritu Santo, ¡Vida Eterna!
¿Eres Tú el rayo que desde el Trono del Juez eterno cae
e irrumpe en la noche del alma,
que nunca se ha conocido a sí misma?
Misericordioso e inexorable penetra en lo escondido de las llagas.
Se asusta al verse a sí misma,
concede lugar al santo temor,
principio de toda sabiduría que viene de lo alto,
y en lo Alto con firmeza nos ancla:
tu obra, que nos hace nuevos,
Espíritu Santo, ¡Rayo impenetrable!
(Obras selectas)
En este enlace encontrarás esta oración en forma de canción.
por Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei | 15 Jul, 2010 | Catequesis Artículos
Agradezco la invitación que me habéis hecho para intervenir en este encuentro, y hablar sobre la familia en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.
Estoy seguro de que conocéis bien esas líneas maestras, puesto que no resultan ajenas al origen mismo de la Universitat Internacional de Catalunya. En efecto, quienes promovieron esta institución —algunos se hallan hoy aquí, otros nos han precedido en el camino del Cielo—, son padres de familia que se han sentido movidos por las grandes sugerencias trazadas por san Josemaría, en puntos tan importantes como la santificación del trabajo profesional, el sentido vocacional del matrimonio y la familia, el espíritu de servicio y la responsabilidad por el bien común de la sociedad. Con estas luces —contenidas en el Evangelio—, habéis comprendido con hondura vuestros deberes en la educación de los hijos y en el papel que corresponde a la familia para la recta ordenación social.
Vuestro sentido de cristianos coherentes, de ciudadanos honrados, os llevó, en primer lugar, a actuar variadas iniciativas de orientación y formación, encaminadas a ayudar a los padres en su tarea de atender a sus hijos conforme a los auténticos ideales humanos y también cristianos. De esta libérrima actuación vuestra, a la que incansablemente animó san Josemaría a personas del mundo entero, ha nacido la Universitat Internacional de Catalunya, que ahora cumple su primera década de existencia.
Quienes sacáis adelante esta Alma Máter, que tiene un carácter plenamente civil, deseáis difundir —junto con el conocimiento de las disciplinas que se imparten—, la luz de la fe cristiana y el espíritu apostólico que, por providencia divina, san Josemaría Escrivá de Balaguer predicó por el mundo entero. A petición vuestra, la Prelatura del Opus Dei os ofrece la ayuda de sus sacerdotes para la asistencia pastoral de los estudiantes y profesores, del personal no docente, de los colaboradores y antiguos alumnos, dejando a todos la máxima libertad de participar.
La inspiración cristiana y la importancia que lógicamente se atribuye a la familia —características originarias de esta institución docente—, constituyen un acicate para desarrollar una rigurosa labor de investigación y una alta excelencia académica. Muy grabado lleváis en vuestra mente que una Universidad de la que la religión está ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye —sino que exige— las demás dimensiones.
Pertenecen estas palabras a unas declaraciones de san Josemaría, hace poco más de cuarenta años. En aquella ocasión, el Fundador del Opus Dei mencionaba también otro elemento, que resulta imprescindible y dota de un sentido pleno tanto a la Universidad como a la familia: la vocación de servicio a los demás.
Se expresaba así:
«Es necesario que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la Universidad».
1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria
También en la década de los años sesenta del pasado siglo, en el campus de la Universidad de Navarra, san Josemaría dirigió una homilía en la que se condensa de modo particularmente paradigmático su enseñanza constante. Tuvo lugar durante una Misa —verdadero centro y raíz de la vida cristiana— celebrada a cielo abierto ante millares de personas.
En aquella memorable ocasión, san Josemaría se detuvo a explicar un punto central del mensaje que Dios le había confiado el 2 de octubre de 1928: que el mundo es bueno, porque ha salido de las manos de Dios; y es ahí, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir, donde Dios nos espera cada día.
Lo recordó con gran fuerza el papa Juan Pablo II, durante la canonización de san Josemaría, que tuvo lugar en Roma, el 6 de octubre de 2002. El Santo Padre subrayó que el Fundador del Opus Dei «no cesaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”. «A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales» (Conversaciones, n. 114).
La familia se enmarca en este conjunto de realidades que —como el trabajo, o la vida de relación social y cívica— componen nuestra existencia ordinaria, que un cristiano coherente sabe que ha de santificar, buscando al mismo tiempo la santificación propia y la de los demás. La cotidianidad, la existencia de cada día, es el ámbito en el que Dios llama —a cada una y a cada uno— a la santidad, a una íntima relación con Él, que no se quede en meras palabras, sino que se traduzca en un esfuerzo constante por imitar a Cristo y gastar la vida en su servicio, siendo sembradores de paz y de alegría entre quienes nos rodean.
En aquella homilía del campus de Pamplona, san Josemaría mencionó explícitamente el matrimonio y la familia.
«El amor humano, afirmaba, no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu, como podría insinuarse en los falsos espiritualismos. Y añadía, como remachando la idea: El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid —insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano».
Esta visión trascendente de las comunes realidades diarias, que impulsa a la persona a materializar la vida espiritual, forma parte del mensaje del Evangelio. Se trata de enseñanzas perennes de la Iglesia: san Josemaría, con su predicación y con sus escritos, y —sobre todo— con el ejemplo de su conducta cotidiana, nos ayuda a profundizar en ese tesoro y a hacerlo carne de nuestra carne, programa de nuestra tarea de mujeres y hombres de fe, en todas las ocupaciones honradas.
Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.
El espacio vital de la familia es pues, ante todo, lugar de encuentro con Dios, ámbito propicio para una existencia alegre de servicio y donación a los demás basada en la conciencia activa y permanente de nuestra condición de hijos de Dios. De la maravillosa realidad de nuestra filiación divina en Cristo, se desprenden muy variadas consecuencias para la conducta personal, para nuestras familias, para la sociedad.
El papa Benedicto XVI ha explicado repetidamente que:
«Matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y solo puede encontrar su respuesta a partir de esta. Es decir, no puede separarse de la pregunta siempre antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy?, ¿quién es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no se puede separar del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cuál es verdaderamente su rostro?
»La respuesta de la Biblia a estas dos cuestiones es unitaria y consecuente: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es Amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace que el hombre sea la auténtica imagen de Dios: es semejante a Dios en la medida en que ama». Y en su visita pastoral a Valencia, el Santo Padre definió la familia como «el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y a recibir amor».
La familia, en efecto, nace como comunidad querida por Dios, fundada y edificada sobre el amor. En el hogar se hace posible un aprendizaje que resulta imprescindible: la necesidad de contar con los demás en nuestra vida, respetando y desarrollando los vínculos que nos entrelazan a unos con otros. Comprender que he de darme gustosamente cada día, viviendo con una sana atención y servicio a las personas que me rodean, es uno de los grandes tesoros que las familias cristianas, consecuentes con su fe, brindan a sus propios miembros y a toda la sociedad. En la escuela del amor que caracteriza a la familia —que, insisto, tiene como condición irrenunciable el olvido de sí—, se adquieren hábitos que necesariamente repercuten en beneficio del tejido social, a todos los niveles.
Escuchemos de nuevo a san Josemaría:
«Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad».
Estas palabras nos servirán de guía para repasar algunas de sus muchas enseñanzas sobre el matrimonio y la familia. Lo haremos siguiendo los tres puntos que nos señala: la fundación de la familia en el matrimonio, la educación de los hijos y la irradiación cristiana de la familia en la sociedad.
2. La fundación de la familia
La familia es escuela de amor, en primer lugar, para la mujer y para el hombre que deciden contraer matrimonio. Consideraba el Fundador del Opus Dei:
«Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido».
«El matrimonio entraña una vocación», nos dice san Josemaría en este texto, recogiendo ideas que venía predicando desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei. Con la ayuda de Dios, que nunca faltará, esposa y esposo pueden perseverar en el amor y, a través de ese amor, les resulta posible y amable el propio crecimiento como cristianos, que es también mejorar como personas.
Vivido con estas disposiciones, el matrimonio se manifiesta verdaderamente como una vocación, una senda de encuentro con Dios. De modo semejante a todo camino, no faltarán dificultades. A veces surgirán diferencias, modos de pensar distintos entre el marido y la mujer; quizás el egoísmo intentará ganar terreno en sus almas. Hay que estar prevenidos y no sorprenderse. San Josemaría era muy sobrenatural y, al mismo tiempo, muy humano; por eso, previendo estas naturales dificultades en el matrimonio, solía comentar:
«Como somos criaturas humanas, alguna vez se puede reñir; pero poco. Y después, los dos han de reconocer que tienen la culpa, y decirse uno a otro: ¡perdóname!, y darse un buen abrazo… ¡Y adelante!»
La relación entre los esposos se convierte, así, en una constante oportunidad de ejercitarse en la entrega mutua. Se trata de un aprendizaje mediante el que los cónyuges toman conciencia, en la cotidianidad de su caminar terreno, de que se deben el uno al otro. En ese estupendo ambiente de confianza, de lealtad, de sinceridad y cariño, ¡de verdadera entrega!, se mostrarán dispuestos a recibir los hijos que Dios quiera confiarles, fruto al mismo tiempo de su amor.
Si uno desea sinceramente llevar a la práctica este ideal, resulta imprescindible vivir delicadamente la castidad, también en el estado matrimonial. En ningún caso el ejercicio de la sexualidad —es algo querido por Dios, bueno y bello— debe perder su noble y original sentido. Con palabras de san Josemaría os recuerdo que cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara.
Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo.
Ordinariamente, el amor matrimonial —como cualquier cariño humano limpio— se manifestará también en cosas pequeñas. San Josemaría habló en innumerables ocasiones de la importancia de lo que parece pequeño —que es grande si se realiza por amor— en los distintos aspectos de la existencia del cristiano. Promovía, por ejemplo, un trato personal e íntimo con Dios, en las circunstancias normales de la vida. Porque la relación con Dios tiene el carácter de trato de familia: somos sus hijos, y Él, nuestro Padre. De este modo, lo que le resultaba útil para meditar en el amor divino, san Josemaría lo aplicaba también al amor humano, a la existencia de nuestras familias; y al revés. De intento lo repito, haciendo mías unas palabras suyas para subrayar que cada pequeño detalle tiene sentido. Afirmaba:
«El secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz».
Invitaba a tomar como modelo a la Sagrada Familia y también a esforzarse —con la entrega diaria— para convertir el ambiente de familia en un anticipo del cielo. Todavía me parece oír el eco de unas afirmaciones del Fundador del Opus Dei: en Nazaret nadie se reserva nada: todo allí se puso al servicio de los planes de Dios, con un desvelo continuo de unos por otros. Con renovada frecuencia, san Josemaría meditó las escenas que los Evangelios recogen de la Sagrada Familia. Le gustaba introducirse en aquel hogar con la imaginación, como un habitante más de la casa, y pensar en el trato habitual entre Jesús, María y José. De esta costumbre sacaba valiosas enseñanzas para los fieles del Opus Dei y para todas las personas que acudían a pedirle consejo.
3. Educación de los hijos
En sus reuniones con padres de familia, el Fundador del Opus Dei quiso resaltar muchas veces la importancia del cariño y la entrega mutua de los esposos, precisamente para mejorar la educación de los hijos. No se le escapaba que la conducta, el ejemplo, se demuestra cauce eficacísimo y primordial de esa formación. Por eso insistía en que conviene que los hijos —ya desde pequeños— vean, contemplen, que sus padres están unidos y se quieren de veras.
La educación corresponde principalmente a los padres. En esa tarea, nadie puede sustituirlos: ni el Estado, ni la escuela, ni el entorno. Supone una gran responsabilidad, un reto estupendo, de cuyo ejercicio consecuente dependen el presente y el futuro de los propios hijos y de la sociedad.
A quienes sois madres y padres de familia, os animo a afrontar con valentía y con optimismo esta tarea que el Señor ha puesto en vuestras manos. Dejadme que os repita, con san Josemaría, que la educación de los hijos es el mejor negocio de vuestras vidas. En esta tierra catalana se valora mucho la eficiencia y el rendimiento —también económico— del trabajo; por eso, estoy seguro de que os dais cuenta de la profunda verdad de esa afirmación, y de que estáis dispuestos a invertir generosamente todas vuestras energías en la buena educación de las criaturas que el Señor os ha confiado, acogiendo con generosidad las obligaciones que comporta; y que también, cuando resulte preciso, sabréis defender unos derechos que os corresponden como madres y padres de familia, como ciudadanos libres.
Corresponde igualmente a los padres y madres enseñar a sus hijos toda la belleza y toda la exigencia que se contiene en el gran tesoro de la libertad personal: el don natural más preciado que Dios ha otorgado al hombre. Un don que ha de usarse con responsabilidad, para emprender el camino del bien y avanzar por esa senda.
En consecuencia, al tratar con sus hijas e hijos, los padres han de procurar que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Si 15, 14).
Por eso, me ha llenado de alegría conocer que la Universitat Internacional de Catalunya ha resumido su ideario en una frase de Jesucristo recogida en el Evangelio de san Juan: veritas liberabit vos (Jn 8, 32), la verdad os hará libres. Amar la verdad significa amar y defender la libertad, pues se alzan como actitudes inseparables. Para ser verdaderamente libres, resulta preciso buscar sinceramente la verdad y, en el caso de los educadores —entre los que en primer lugar destacado se encuentran los padres—, exige un empeño diario por educar a los niños y a los jóvenes en los bienes auténticos.
Los padres han de enseñar a sus hijos a distinguir el bien del mal, y a escoger libremente el bien. Pero ¿cómo compaginar, en la práctica, el respeto de su libertad con el desvelo para que opten por el bien? San Josemaría nos responde: «no es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable».
La amistad con los hijos requiere tiempo y empeño constante por atenderlos, estar interesados por sus cosas, compartir con ellos afanes y proyectos. Resulta importantísimo que esas criaturas vuestras lleguen a considerar al padre y a la madre como verdaderos amigos, es decir, personas a las que confiar sus preocupaciones y dificultades.
Afirmaba san Josemaría:
«Los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional.
»Pero el consejo —continuaba el Fundador del Opus Dei— no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal.
»Si hay verdadero cariño en la familia, esto resulta hacedero. Y así, todas las circunstancias que jalonan la vida ordinaria harán que el hogar se convierta en una constante y efectiva escuela de virtudes. La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria».
Los padres cristianos procuran dar a sus hijos, también, lo mejor que poseen: la fe. Han de acompañarlos en el camino del conocimiento y del trato con Dios, aprender juntos las verdades del Evangelio y el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas. De manera semejante, en este punto, san Josemaría recomendaba optar por el ejemplo y por la libertad. Así lo explicaba en una de sus catequesis: no les obliguéis a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres, y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron solo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata.
Poned interés en hacerles entender las oraciones que les enseñáis —pocas, cuando son pequeños—, y esmeraos en que lleguen bien preparados para recibir los sacramentos. Resulta indispensable ayudarles a tomar conciencia de su dignidad de hijos de Dios, ya que sepan responder generosamente a los dones que reciben de su Padre del cielo, orientando su existencia a horizontes generosos y trascendentes.
Junto a la gozosa realidad de esta vida de libertad, como hijos de Dios, afanaos en enseñarles las obligaciones que corresponden a su situación como personas y como cristianos. Se trata, en definitiva, de acompañarlos en el empeño por alcanzar la santidad, a la que todos estamos llamados. Os recuerdo esta exhortación de san Josemaría:
«Vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis!».
Recientemente, Benedicto XVI resumía todas estas recomendaciones cuando pedía a los padres:
«Que permanezcáis siempre firmes en vuestro amor recíproco: este es el primer gran don que necesitan vuestros hijos para crecer serenos, para ganar confianza en sí mismos y confianza en la vida, y para aprender ellos a ser a su vez capaces de amor auténtico y generoso. Además, el bien que queréis para vuestros hijos debe daros el estilo y la valentía del verdadero educador, con un testimonio coherente de vida y también con la firmeza necesaria para templar el carácter de las nuevas generaciones, ayudándoles a distinguir con claridad entre el bien y el mal y a construir a su vez sólidas reglas de vida, que las sostengan en las pruebas futuras. Así enriqueceréis a vuestros hijos con la herencia más valiosa y duradera, que consiste en el ejemplo de una fe vivida diariamente».
4. La familia, configuradora de la sociedad
La familia, en la medida en que cada uno de sus miembros pone un serio empeño en llevar a cabo la misión que le corresponde, es el entorno más adecuado para el crecimiento de las personas. Pero no acaba en ese ámbito —en el de la propia familia— su función. Se requiere que toda esa riqueza redunde en favor de la sociedad.
Esta dimensión natural de la familia —como ocurre en otros campos— se esclarece aún más a la luz de la fe. Todos somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros. Con este sentido de viva fraternidad, ningún afán de los demás puede resultarnos indiferente. Los retos de la sociedad a la que pertenecemos merecen, entonces, toda nuestra atención.
En la década de los 60 del siglo XX, en momentos de particular intensidad en la historia del mundo y de la Iglesia, el Señor dio a entender con fuerza a san Josemaría que, al ser los padres los primeros responsables de la educación de sus hijos, debían ser ellos mismos quienes sin dilación emprendieran y se hicieran cargo de muchos nuevos centros de enseñanza, en los que se educara a los hijos en los valores humanos y cristianos. Doctrina antigua, que repetidamente había puesto por escrito y había predicado. Pero en aquellos años 60, caracterizados por fuertes convulsiones sociales, esa luz se hizo más fuerte y operativa.
Su intensa oración por esta intención concreta, y una incansable catequesis, removieron la conciencia de muchos padres y madres de familia en los cinco continentes. Desde entonces, han florecido por todas partes centros de enseñanza a todos los niveles, cuya promoción, gestión y desarrollo recae sobre los padres de los alumnos, que prestan así un gran bien a la familia, a la sociedad y a la Iglesia.
En una ocasión, san Josemaría dirigía estas palabras a los padres de uno de esos colegios:
«El primer negocio es que vuestros hijos salgan como deseáis; por lo menos tan buenos y, si es posible, mejor que vosotros. Por tanto, ¡insisto: esta clase de Colegios, promovidos por los padres de familia, tienen interés, en primer término, para los padres de familia; luego, para el profesorado, y después para los estudiantes. Y me diréis: ¿este trabajo será útil? Lo estáis viendo: cada uno tiene experiencia personal, a través de la de sus hijos. Si no van mejor, es por culpa vuestra: porque no rezáis y porque no venís por aquí.
»Vuestra labor es muy interesante, y vuestros negocios no se resentirán por esta dedicación que os pide el Colegio. Con palabras del Espíritu Santo, os digo: electi mei non laborabunt frustra (Is 65, 23). Os ha elegido el Señor, para esta labor que se hace en provecho de vuestros hijos, de las almas de vuestros hijos, de las inteligencias de vuestros hijos, del carácter de vuestros hijos; porque aquí no solo se enseña, sino que se educa, y los profesores participan de los derechos y deberes del padre y de la madre».
No puedo acabar este recorrido —necesariamente breve— por algunas enseñanzas de san Josemaría sobre el matrimonio y la familia, sin señalar que se inscriben perfectamente en la doctrina social de la Iglesia, que concibe la institución familiar como vertebradora de la sociedad. La familia es, en efecto, «célula fundamental de la sociedad» y «escuela del más rico humanismo». Tiene, sin lugar a dudas, una misión insustituible: los hijos educados en su seno serán el día de mañana cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.
San Josemaría acudía con frecuencia al ejemplo de los primeros cristianos. Le gustaba referirse a aquellas familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.
Paz y alegría. Ante algunos sucesos, ante algunas modas culturales y legislaciones deshumanizadoras, que se alejan del ideal cristiano —que es también el auténticamente humano— de matrimonio y familia, alguno podría tener la tentación de quedar abatido. Si así le ocurriera, estoy seguro de que san Josemaría le replicaría que, aunque se trate de momentos fuertes para las personas, son tiempos de optimismo, de trabajar y rezar, de rezar y trabajar, con la firme seguridad de la fe y con la fuerza perenne de la familia. Ha llegado el momento, por tanto, de hacer una extensa labor positiva, ahogando el mal en abundancia de bien. Un bien que, por otro lado, repartiremos a manos llenas y con alegría en todos los ambientes. Las familias cristianas tienen un gran tesoro que transmitir a los demás, un servicio preciosísimo que prestar a la sociedad.
Conferencia del Prelado del Opus Dei en la clausura
del Congreso Internacional sobre Familia y Sociedad
en la Universitat Internacional de Catalunya
(Barcelona, 17 de mayo de 2008).
Fuente: OpusDei.es
por CeF | Editorial Casals | 14 Jul, 2010 | Catequesis Noticias
Palabra y Vida es el nuevo curso de Religión católica publicado por la Editorial Casals para América, con orientaciones para la catequesis familiar.
El proyecto ha sido coordinado por Pedro de la Herrán y Luis Fabregat, a los que se suman como autores María Vicente, Blanca Ybarra y Juan Luque. Todos estos materiales han sido aprobadospor la jerarquía de la Iglesia.
Es un proyecto que refuerza la Fe y la moral católica del alumnado a la luz de las nuevas y oportunas indicaciones del Documento elaborado en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Nuestra Señora Aparecida (2007).
El proyecto Palabra y Vida desarrolla una síntesis básica y global del mensaje cristiano, priorizando en los primeros cursos la preparación de los niños a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, y a la santificación del Día del Señor.
Sigue una metodología lúdica y motivadora a través de una gran variedad de actividades.
Ofrece en cada libro, como recursos pedagógicos, CD-ROM con materiales interactivos (actividades multimedia, canciones) o DVD con películas.
Facilita a los papás materiales apropiados para una buena catequesis familiar.
Libro y CD-ROM del alumno

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Índice
1. La Creación
2. Dios es nuestro Padre
3. Dios me conoce y me ama
4. La Virgen María
5. Jesús nace en Belén
6. Jesús Niño
7. El camino del Cielo
8. Jesús hace milagros
9. Jesús nos perdona
10. La última Cena y la Cruz
11. Jesús ha resucitado
12. Nuestra Madre del Cielo
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Índice
1. Somos cristianos
2. Dios nos ha hablado
3. Dios es nuestro Creador y Padre
4. Los hombres se apartaron de Dios
5. La primera Navidad
6. Jesús es Dios y hombre
7. Los amigos de Jesús
8. Jesús celebra la Eucaristía
9. Jesús muere en la Cruz
10. Jesús ha resucitado
11. Participamos en la Eucaristía
12. La Virgen María es nuestra Madre
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Índice
1. Una gran familia: la Iglesia
2. Nuestros primeros padres
3. Los Diez Mandamientos
4. Los Jueces y los Reyes
5. Jesús nace en Belén
6. El Bautismo de Jesús
7. El Mandamiento del Amor
8. El amor de Dios
9. El amor a los demás
10. El pecado y la conversión
11. El sacramento de la Penitencia
12. La Resurrección y la Vid
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Índice
1. Abraham, nuestro padre en la fe
2. Los profetas, mensajeros de Dios
3. Celebramos la Navidad
4. Los Mandamientos y las Bienaventuranzas
5. Jesús nos habla en parábolas
6. Jesús nos enseña a orar
7. Jesús perdona los pecados
8. «Yo soy el pan de vida
9. Pasión y muerte de Jesús
10. La Resurrección de Jesús
11. Cómo participar en la Eucaristía
12. Somos Iglesia
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Jesús «Familia y valores»
Índice
1. Los orígenes
2. Los Patriarcas
3. La Tierra Prometida
4. La Alianza del Sinaí
5. Reyes y Profetas
6. La llegada del Mesías
7. Jesús, maestro y amigo
8. Jesús, el hijo de Dios
10. Pasión y muerte de Jesús
11. ¡Ha resucitado!
12. María, la madre de Jesús
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La Misa, «Familia y valores»
Índice
1. Los primeros cristianos
2. Jesús es el camino
3. Hacer el bien y evitar el mal
4. La lucha cristiana
5. Dios en primer lugar
6. El amor a los demás
7. La dignidad de la persona
8. Las cosas materiales
9. Los medios para caminar
10. La fuerza para continuar
11. La misericordia de Dios
12. El final del camino
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Libros del alumno del 1 al 4
Estructura de los temas

Página inicial
Cada aventura introduce didácticamente los contenidos que se tratan en el tema.

Palabra de Dios
En c ada tema hay una breve narración de la Biblia, que invita a reflexionar sobre la Palabra de Dios.
Liturgia
Presenta cómo la Palabra de Dios es celebrada en la liturgia de la Iglesia y en la vida de los cristianos.
Cantamos
Como continuación del apartado anterior, se ofrece una canción que ayuda a recibir con alegría esa Palabra.

Mi respuesta a Dios
Se explica cómo los niños pueden aplicar la Palabra de Dios en su vida.
Aprendo y recuerdo
Como síntesis doctrinal del tema, el niño aprende de memoria algunas fórmulas de Fe.
Relatos de la Biblia/Fiestas y Santos
C ada tema se cierra con unas viñetas que cuentan la historia de una fiesta litúrgica o la vida de un santo que es modelo de los valores cristianos ya tratados.

Catequesis en familia
Contiene las oraciones, canciones y actividades para llevar a cab o la catequesis familiar.
Libros del alumno del 5 y 6
Estructura de los temas

Páginas de entrada
Presentación del tema.

Palabra de Dios
En cada tema hay una breve narración de la Biblia, que invita a reflexionar sobre la Palabra de Dios.

Esta es nuestra fe
Presenta cómo la Palabra de Dios es celebrada en la liturgia de la Iglesia y en la vida de los cristianos.
Celebramos
Como continuación del apartado anterior, se explica cómo los cristianos recibimos la Palabra con alegría.

Mi respuesta a Dios
Se explica cómo los niños pueden aplicar la Palabra de Dios a su vida.
Actividades
Actividades para cada uno de los apartados para asegurar un óptimo aprendizaje.

Amigos de Dios
Biografías ejemplares de personajes que conocieron a Jesús.

Actividades
Actividades para comprobar que se han alcanzado los principales objetivos.
Materiales para el profesor/ra

Propuestas didácticas
Un libro por curso que contiene las programaciones, las orientaciones metodológicas, los solucionarios del libro del alumno/a y referencias a materiales didácticos complementarios
Disponibles tambiém online en la web en:
eCasals.net
Si desea realizar alguna consulta o encargo de libros, póngase en contacto con la editorial a través de la página web en:
www.editorialcasals.com
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por Eduardo Arquer | 1 Jul, 2010 | Postcomunión Historias de la Biblia
El santo patriarca Abraham es el padre del pueblo escogido por Dios; en él comienza la historia de la intervención amorosa de Dios para la salvación de la humanidad entera de las tremendas consecuencias del pecado original cometido por nuestros primeros padres Adán y Eva.
Su nombre era Abrám y procedía de la ciudad de Ur de Caldea, situada a la derecha del río Eúfrates, en donde se adoraba a la luna bajo el nombre de diosa “Sim”
El Señor se fijó en Abrám de un modo muy especial y le eligió para realizar una misión importantísima. Todo empezó un día cuando le dijo estas palabras: “Sal de tu tierra, de la casa de tu padre y de tus parientes, y ve a una tierra que yo te mostraré. Yo te haré padre de un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra”
Abrám, obedeciendo a Dios, tomó a su mujer que se llamaba Sarai y a su sobrino que se llamaba Lot, así como al resto de su familia y todos sus rebaños y ganado. Salieron para la tierra de Canaán, muy lejos de donde él vivía. Cuando llegaron, dijo Dios a Abrám: “Esta es la tierra que daré a tus descendientes”
Pero un hambre muy grande en aquel lugar obligó a Abrám a marchar a Egipto, en donde consiguió mejorar en ganado y riquezas. Luego regresó a Canaán y dio gracias a Dios.
Su sobrino Lot también se había enriquecido en Egipto e igualmente tenía rebaños, ganado y tiendas.
Se dieron cuenta Abrám y Lot de que no podían vivir juntos por ser mucha su hacienda, así que acordaron repartirse el territorio. Abrám, generosamente, dejó que Lot eligiera primero y este escogió lo que a primera vista parecía mejor: toda la vega del Jordán que era fértil como el Paraíso. Abrám se dirigió hacia el lado contrario.
Lot asentó su campamento cerca de la ciudad de Sodoma, cuyos habitantes eran muy malos y pecadores ante Dios.
Después, dijo Dios a Abrám: “Alza tus ojos desde donde estás y mira hacia todas partes. Toda esa tierra que ves te la daré yo a ti y a tu descendencia para siempre, y haré tu descendencia tan incontable como el polvo de la tierra” Y Abrám creyó en El Señor y se instaló allí agradecido a Dios por esta gran promesa.
Pero los reyes de otros pueblos cercanos presentaron batalla contra los reyes de Sodoma y Gomorra, los cuales fueron vencidos fácilmente. También Lot fue hecho prisionero con todos sus bienes. Cuando Abrám se enteró, reunió enseguida a todos los hombres a su servicio capaces de luchar con la espada y consiguió trescientos dieciocho hombres, saliendo al rescate de su querido sobrino. Pronto los encontró y, esperando que llegara la noche, ordenó el ataque y los cogió por sorpresa logrando rescatar a Lot con todos sus bienes y con su familia. Al regresar triunfante, le salieron al encuentro para felicitarle el rey de Sodoma y el rey de Salem —Z— , que era sacerdote y se llamaba Melquisedec; este realizó una ofrenda de pan y vino al Señor en acción de gracias, y bendijo a Abrám diciendo: “Bendito Abrám del Dios altísimo, el Dueño de los cielos y la tierra, y bendito el Dios altísimo que te ha dado la victoria” Abrám, agradecido a Dios, entregó a este sacerdote la décima parte del botín que había conseguido con esta victoria.
En las lecturas de La Santa Misa se recuerda la ofrenda de Melquisedec cuando el sacerdote ofrece el pan y el vino que serán el cuerpo y la sangre de Cristo.
Como Abrám, más adelante el pueblo de Israel, tomaría la costumbre de ofrecer a Dios una parte del botín obtenido tras las batallas victoriosas.
Después habló Dios a Abrám en otra visión y le dijo: “No temas Abrám; yo soy tu escudo; tu recompensa será muy grande” Abrám le contestó: “¿Qué vas a darme Señor? No tengo hijos que puedan heredar mis bienes; serán mis criados quienes reciban la herencia” Pero enseguida Dios lo sacó fuera en la noche y le dijo: “Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas; así de numerosa será tu descendencia” Y Abrám creyó.
Al ver Sarai, la mujer de Abrám, que no tenía hijos le dijo un día: “Como Dios me ha hecho estéril toma a mi esclava egipcia, Agar, a ver si por medio de ella puedo tener hijos” Abrám así lo hizo y Agar concibió un hijo en su seno. Orgullosa, miraba con desprecio a su ama Sarai, pero esta se lo manifestó a Abrám el cual le dio permiso para que la corrigiera.
En aquellos tiempos tan antiguos, Dios permitía que si uno no tenía hijos, pudiera tomar a una esclava para asegurar su descendencia, pero la verdadera mujer seguía siendo la primera. Hoy no podemos admitir que haya esclavos porque Jesucristo nos enseñó que todos los hombres somos hijos de Dios, e iguales en dignidad.
Agar fue corregida por Sarai, pero se molestó muchísimo y huyó al desierto. Allí un ángel del Señor se le apareció y le dijo: “Vuélvete a tu señora y humíllate bajo su mano, Yo multiplicaré tu descendencia que por lo numerosa no podrá contarse. Tendrás un hijo y le llamarás Ismael”
Más adelante, Dios dijo a Abrám que no solo le haría padre de un pueblo, sino de una muchedumbre de pueblos, y le cambió el nombre de Abrám, que significa “mi Dios es excelso” por el de Abraham, que significa “padre de la muchedumbre” El Señor le dijo también: “Yo establezco contigo y con tus descendientes mi pacto eterno de ser vuestro Dios, y os daré en posesión para siempre, este país, la tierra de Canaán. Tú y tu descendencia guardad mi pacto: circuncidad todo varón y esa será la señal de mi pacto entre Mí y vosotros”.
Desde entonces la circuncisión quedó como la señal externa de pertenencia al pueblo escogido por Dios (Israel).
Y añadió: “Y Sarai, tu mujer, se llamará Sara, pues la bendeciré y te daré de ella un hijo a quien llamarás Isaac. También bendeciré a Ismael, el hijo de la esclava Agar y a sus descendientes, pero mi pacto lo estableceré con Isaac, el que te nacerá de Sara el año que viene por este tiempo”.
Ismael cuando fue mayor tomó por mujer a una egipcia y tuvo 12 hijos.
Otro día en que estaba Abraham sentado a la puerta de su tienda se le apareció Dios en forma de tres personajes varones que se detuvieron delante de él. Uno de ellos era Dios y los otros eran dos ángeles. Abraham se postró ante ellos e hizo preparar una comida digna de tan honorables huéspedes, y se sentó con ellos mientras comían. Entonces Dios le recordó que su mujer, Sara, tendría un hijo para el año siguiente. Pero Sara, que estaba dentro de la tienda oyendo la conversación, se rió porque pensaba que eso para ella era imposible pues era bastante vieja. Dios preguntó a Abraham: “¿Por qué se ha reído Sara? ¿Hay algo imposible para Mí?” Sara temerosa dijo: “No me he reído” Pero Dios le dijo: “Sí te has reído” (a Dios no se le puede engañar porque lo sabe todo).
Después, los visitantes se dirigieron hacia Sodoma y Abraham quiso acompañarles un trecho.
Cuando se acercaban a Sodoma le dijo Dios: “El clamor de Sodoma y Gomorra ha crecido mucho y su pecado se ha hecho extremadamente grave, voy a bajar para comprobar si sus obras son tan malas y es cierto este clamor que ha llegado hasta mí”
Los dos ángeles se encaminaron a Sodoma mientras Abraham permanecía de pié delante de Dios que esperaba. Entonces, temiendo que Dios enviara un terrible castigo a estas ciudades, se atrevió a preguntarle: “¿Pero vas a exterminar a la vez al justo con el malvado? Si hubiera 50 justos en la ciudad ¿no perdonarías al lugar por los 50 justos? Lejos de ti obrar así, matar al justo con el malvado y tratar a los dos igual. El juez de toda la tierra ¿no va a hacer justicia?”
Y le dijo Dios: “Si encuentro 50 justos en Sodoma perdonaría por ellos a todo el lugar”
Prosiguió Abraham y dijo: “No te enojes mi Señor, si de los 50 justos faltaran 5 ¿destruirías la ciudad?”
Y le contestó: “No la destruiría si hallo 45 justos”
Insistió Abraham todavía y dijo: “¿Y si se hallasen allí 40?”
Contestó Dios: “”También lo haría por 40”
Volvió a insistir Abraham:” No te incomodes, Señor, si hablo todavía: “¿Y si se hallasen allí 30 justos?”
Dios repuso: “Tampoco lo haría si se hallasen 30”
Volvió a insistir: “Señor, ya que comencé: ¿y si hubiera 20 justos?”
“No lo destruiría por los 20”
Abraham bajó todavía más hasta llegar a 10, pero no había ni 10 justos en aquellas ciudades.
Vocabulario
Botín: Despojo que se concedía a los soldados tras la victoria
Clamor: Grito, voz, queja.
Concebir: Engendrar en su vientre
Excelso: Muy elevado, muy alto.
Hacienda: Conjunto de bienes y riquezas que tiene una persona.
Heredar: Recibir los bienes y derechos que pertenecían a los padres o a otras personas.
Huésped: Persona que es recibida o alojada en una casa ajena.
Humillarse: Someterse a otro.
Muchedumbre: Abundancia, multitud de personas.
Pacto: Compromiso, alianza entre personas.
Patriarca: Padre venerable de una gran familia
Vega: Tierra baja bien regada y fértil.
Para la catequesis
- ¿Qué virtudes aprecias en Abraham?: (La fe: Cree siempre en lo que le dice Dios. La obediencia: Hace lo que Dios le pide. La generosidad: Deja lo mejor para su sobrino Lot. La valentía: Acude al rescate de su sobrino Lot arriesgando su vida y la de sus hombres. La compasión: Pide misericordia para Sodoma…)