Estilo de liderazgo para padres y catequistas

Estilo de liderazgo para padres y catequistas

Está de moda analizar las virtudes de los líderes para descubrir el secreto de su liderazgo. Con motivo de la próxima Beatificación de Don Álvaro del Portillo, que fue Gran Canciller de la Universidad de Navarra, a la que pertenece el IESE, os apuntamos algunos rasgos de este gran líder.

Don Álvaro estuvo a la sombra del Fundador del Opus Dei y no sólo fue sombra, sino que fue roca (Saxum en latín), en honor a su fortaleza y apoyo firme e inquebrantable. Estaba disponible para lo que san Josemaría necesitara en cualquier momento. Joaquín Navarro Valls cuenta que él era un protagonista que tenía la virtud de no aparecer como tal. Esto sólo se consigue con humildad y con una adhesión a la misión y al fin trascendente y sobrenatural por el que él trabajaba.

A la muerte del Fundador del Opus Dei, fue elegido primer sucesor por unanimidad. ¿Cómo logró ser tan buen líder? Porque había sido un gran discípulo, porque sabía obedecer, servir, ser fiel. Fue un buen hijo y por ello supo después ser un buen padre. Los líderes olvidan a menudo el refrán: «para mandar hay que saber obedecer».

Don Álvaro fue fiel no sólo al fundador de la Obra, sino a su misma fe y carisma. En la fidelidad a las tareas ordinarias encontraba la felicidad, por la íntima convicción de estar haciendo lo que Dios quería de él. Por ello vivía en paz, tenía y daba paz. Fue sembrador de paz y de alegría. La paz es el fruto de la lucha continuada a lo largo de su vida de oración. Los santos no son seres extraños, sino personas coherentes. Como solía decir: «a más dificultades, más gracia de Dios».

Otro gran rasgo de su liderazgo es la gran confianza que tenía en las personas, en lo que hay de bueno en ellas, dándoles oportunidades una y otra vez. Daba confianza a las personas, aunque fueran jóvenes, al igual que lo hacía san Josemaría. Esto es sólo posible cuando se aprende a olvidar y a perdonar, la única manera de recuperar la confianza, imitando a Dios que no se cansa de perdonar. Era simpático, afable y con sentido del humor.

Daba gratuitamente a los demás lo que gratuitamente había recibido, también daba su tiempo: la disponibilidad era otro rasgo de su personalidad. Estuvo disponible no sólo para el Opus Dei, sino para lo que la Iglesia necesitara. Hacía todo lo que el Papa le pedía, por ejemplo, empezar el Opus Dei en los países nórdicos. Prueba de la gratitud del Papa, fue que San Juan Pablo II se desplazó para ir a rezar delante de sus restos mortales en la sede del Opus Dei en Roma, en la Iglesia Prelaticia de Sta. María de La Paz. En el Concilio Vaticano II se le encargaron varios estudios en diferentes Comisiones. Se destacó de él que respetaba siempre la opinión de los demás, siendo siempre muy coherente y fiel a la doctrina de la Iglesia. Gran reto y ejemplo en la sociedad plural en la que vivimos.

¿Cómo vencía la rutina? Tenía una fórmula: Empezar y recomenzar cada día. Hoy he empezado, ayer ya pasó, el mañana no sabemos si vendrá. Sólo existe el Hoy y ahora, Hodie et nunc, y hay que renovar el amor hoy. (Los jóvenes que le escuchaban y no sabían latín lo traducían por «hoy o nunca»). Se trata de «darle a cada instante vibración de eternidad». Y en el trabajo decía: «poned siempre la firma de Dios, porque el trabajo lo hacéis con Él y por Él. Dios cuenta con nosotros independientemente de nuestra respuesta».

Por último destacaba su solidaridad y compasión por los demás. Estaba atento a los detalles, se compadecía y tenía misericordia: pidió iniciativas educativas y sociales en 20 nuevos países en África y otros países en vías de desarrollo.

Artículo original de Nuria Chinchilla«Las virtudes de un líder»

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Saxum: recuerdos de Monseñor Álvaro del Portillo

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¿Quién es Monseñor Álvaro del Portillo?

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Maín, la casa de la felicidad – Película

Maín, la casa de la felicidad – Película

«Maín, la casa de la felicidad» narra la vida relativamente breve (44 años), pero intensa y fructífera de la hermana Mazzarello. En una primera fase, desde su nacimiento en Mornese, en el Alto Monferrato (1837) hasta la Primera Comunión (1850), la niña vive en un ambiente familiar caracterizado por una fuerte vida cristiana y por el trabajo en los campos, acompañada por su director espiritual. La segunda fase (1850-1860) se caracteriza por la decisión de donar su juventud al Señor con el voto de virginidad y la participación en la vida parroquial. A los 23 años cae enferma de tifus y está a punto de morir. Frágil de salud, se dedica a la educación de las niñas del pueblo a través de un taller de costura, un oratorio para los días de fiesta y un hogar para las niñas sin familia. En una tercera etapa de su vida (1860-1872) al conocer a San Juan Bosco (1864), encuentra la respuesta a sus preguntas. Juntos fundan, el 5 de agosto de 1872, la nueva familia religiosa de las Hijas de María Auxiliadora. En la última fase de su vida (1872-1881) María Domenica Mazzarello guía los inicios de la congregación, forma a las religiosas, realiza numerosos viajes para visitar las nuevas fundaciones. Muere en Nizza Monferrato el 14 de mayo de 1881. Fue beatificada por el Papa Pío XI en 1938 y canonizada por Pío XII en 1951.

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Portal web de las Salesianas de Don Bosco – Hijas de María Auxiliadora

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Maín, la casa de la felicidad (Ficha en IMDb)

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Maín, la casa de la felicidad – Ficha de la película

Título original: La casa della felicità

Director: Simone Spada

Género: Drama

País: Italia

Año: 2012

Productora: Multidea

Reparto: Gaia Insenga, Sofia Nicolai, Paolo Civati, Clara Galante, Fabio Pappacena, Valentina Fois, Danilo Nigrelli,

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Testimonio de Kiko Argüello

Testimonio de Kiko Argüello

II. «Dar testimonio de la verdad»

2471 Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor» (2 Tm 1, 8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres» (Hch 24, 16).

2472 El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18, 16):

«Todos […] los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación» (AG 11).

2473 El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, 4, 1).

2474 Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre:

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir en Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, 6, 1-2).

«Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires […]. Has cumplido tu promesa, Dios, en quien no cabe la mentira y eres veraz. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén» (Martyrium Polycarpi, 14, 2-3).

Catecismo de la Iglesia Católica

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Testimonio improvisado de Kiko Argüello

«Soy hijo de una familia normal, burguesa, de Madrid. Mi padre era abogado, Una familia acomodada. Soy primogénito de cuatro hermanos. Mis padres eran católicos. Después de haber terminado el colegio, al ir a la universidad, entré en crisis con mi familia y conmigo mismo, sobre todo por el ambiente en la facultad de Bellas Artes de Madrid, que era completamente ateo, marxista. En seguida me di cuenta de que la formación que yo había recibido, tanto en la familia como en el colegio, no me servía de nada para responder a los problemas que tenía de todo tipo (afectivos, psicológicos, de identidad). Me preguntaba: ¿quién soy yo?, ¿por qué existe la injusticia en el mundo?, ¿por qué las guerras?, etc…»

Me fui alejando de la Iglesia hasta dejarla totalmente. Había entrado en una profunda crisis buscando el sentido de mi vida. En Bellas Arte hice teatro. conocí el teatro de Sartre y milité en esta línea un poco atea. Me dediqué a pintar, a hacer exposiciones…»»Bien, Dios permitió que yo hiciese una experiencia de ateísmo, o, si queréis, una kenosis, un profundo descenso al infierno de mi existencia, una existencia sin Dios. Dios ha permitido que yo cortase todos los lazos con la trascendencia. Me escandalizaba profundamente de la indiferencia de mucha gente. Todas las personas de mi alrededor eran personas que iban a misa, pero en definitiva su vida no era profundamente cristiana… Desde mi familia, en la que mi madre iba a misa todos los días, u mi padre era católico. Pero el dios de mi casa era el dinero. La mayoría de las conversaciones en mi casa eran sobre el dinero.

«No estaba Dios en el centro de mi familia ni en el centro de la mentalidad que se tenía en mi casa, y eso era normal. Lo mismo puedo decir de mis tíos, y de todo el ambiente en el que me movía. La religión era un aspecto más, una especie de barniz cultural, que al menos a mí no me convencía. Tal vez porque era pintor, artista, y tenía una profunda sensibilidad y un absoluto deseo de coherencia, de verdad. No aceptaba ser un burgués como mis padres, ni vivir una vida así, como supongo que les habrá sucedido también a tantos jóvenes. Recuerdo que entonces iba a misa el domingo y, con quince años, algunos amigos, estando la iglesia llena, nos quedábamos al fondo -era antes del Concilio- y aguantábamos allí de pie…, íbamos a aquella misa porque no se predicaba, era más breve…, se oía una campanilla y nos poníamos de rodillas, nos levantábamos y esperábamos a que terminase para poder largarnos.»

«yo me daba cuenta de que aquella no era una manera de practicar. Aunque parezca extraño, la misa así de mal vivida fue la situación por la que me iba dando cuenta de que tenía que dejarlo, tenía que buscar otros caminos. Una cosa tenía clara: no podía engañarme a mí mismo. No podía ser un cretino, un estúpido: o creía seriamente en Dios o, si no creía, era mejor dejarlo… y así es como lo dejé todo.»

EL CIELO CERRADO

«Entonces intenté ser coherente con un tipo de existencialismo: con el absurdo total de la existencia humana. Y comencé a sufrir mucho porque ante mí todo el mundo se convertía en ceniza: se convertía en ceniza mi existencia, se convertía en ceniza todo. No tenía interés por nada, ni siquiera por pintar. Y tuve la fortuna , o si queréis la desgracia, de ganar un Premio Nacional de pintura muy importante en España. Entonces salí en televisión, en los periódicos, me había abierto camino profesionalmente, y esto ya fue la «última gota», porque veía que aquello no daba ningún sentido a mi vida.»

«Había muerto interiormente y sabía que mi fin seguramente sería el suicidio, antes o después. Y, de hecho, estaba literalmente sorprendido de que la gente fuese capaz de vivir cuando yo no era capaz de vivir. La gente se ilusionaba por el fútbol, por el cine… A mí no me decían nada. El fútbol no me gustaba, y el cine me parecía estúpido. Vivir cada día significaba todo un sufrimiento. Cada día lo mismo: ¡para qué levantarme?, ¿quién soy yo?, ¿para qué ganar dinero?, ¿para qué casarme? Y así todo ante mí carecía de sentido… Recuerdo que sentía como si el cielo estuviese hecho de cemento, y yo me encontrase bajo una gran cloaca. Tenía esa imagen… El cielo, totalmente cerrado ante mí…»

¿POR QUÉ VIVES?

«Preguntaba a la gente a mi alrededor: «Perdona un momento, ¿tú sabes por qué vives?», y no sabían ni por qué ni para qué vivían, pero vivían… Tal vez tenía que ser así, simplemente, vivir: uno se levanta, va a clase, come, después se va al cine o llama a un amigo… ¡Benditos los que son capaces de vivir así! Yo no lo era. Me refugiaba, escapaba de mí mismo. Se abría un gran abismo dentro de mí. ¡Abismo que en el fondo era una llamada profunda de Dios, que me estaba llamando desde el fondo de mí mismo!

«Entonces me ayudó mucho -por eso leer es siempre bueno- un filósofo que se llama Bergson. Bergson es el filósofo de la intuición. Dice que la intuición es un método de conocimiento superior a la razón. Dios permitió que ésta fuese para mí la primera chispa que me iluminase un poco, porque me había dado cuenta de que en el fondo yo era un racionalista, que me estaba destruyendo a mí mismo, por que en el fondo de mí algo no podía aceptar el absurdo de todo lo creado. Porque soy un pintor, y entendía la belleza de la naturaleza: el agua, los árboles, los pájaros, las montañas.

«Me di cuenta de que para negar que todo tenía un sentido, para negar que Dios existe, se necesitaba tanta fe como para creer que existía. Y yo había dado el paso de aceptar que Dios no existía. Pero era una acción racionalista que chocaba con algo dentro de mí. Y entonces me dije: «Mira que la razón no lo es todo, que en el hombre también está la intuición». Entonces con la intuición llegaba a reconocer que todo tenía un sentido, que existía Dios, que Él sabía por qué existo yo. Pero no sabía como encontrarlo

¿LA BIBLIA, LA FE, PARA QUÉ OS SIRVE?

«Luego leía el Evangelio que dice: no oponer resistencia al malvado…, si alguno te abofetea en la mejilla derecha…, si alguno te roba… Recuerdo que una vez mi padre se enfadó y le dije: «Mira lo que dice aquí. Tú eres católico ¿no?» Y él me dijo que eso eran cosas de los santos, de San Francisco, y no sé de quién… Entonces le contesté: «Este libro, la Biblia, lo puedes tirar por la ventana porque he entendido que no tiene ninguna relación con la realidad. Me niegas que esto se pueda vivir, que las cosas son como son…, que la vida es otra cosa: estudiar, ganar dinero, vencer… Entonces, ¿la Biblia, la fe, para qué os sirve…?»

¡AYÚDAME!

«Entré entonces en mi cuarto, y me puse a gritar a este Dios que no lo conocía. Le gritaba: ¡Ayúdame! ¡No sé quién eres! Y en aquel momento el Señor tuvo piedad de mí, pues tuve una experiencia profunda de encuentro con el Señor que me sobrecogió. Recuerdo que lloraba amargamente, me caían las lágrimas, lágrimas a ríos. Sorprendido me preguntaba: ¿por qué lloro? Me sentía como agraciado, como uno a quien delante de la muerte, cuando le van a disparar, le dijesen: «Quedas libre, gratuitamente quedas libre» y entonces aún no se lo cree y llora por la sorpresa de que le han liberado. Esto fue para mí pasar de la muerte a ver que Cristo estaba dentro de mí y que alguien dentro de mí me ha dicho que Dios existe.»

¿Qué era lo que me había pasado? Fue un toque, un testimonio profundo que me decía no solo que Dios existe, sino que Cristo es Dios.

«De hecho me presenté a un sacerdote y le dije que quería hacerme cristiano, y él me dijo: «¿como?, ¿es que no estás bautizado?» «Sí estoy bautizado», le contesté. «Entonces, ¿qué quieres?, ¿hiciste la primera comunión?». «¡Si!, pero mira que yo…» «Ah, que quieres confesarte!…» No me entendía. Pero yo sabía que lo que quería era hacerme cristiano, y para eso, ¿ir a confesarme un día y ya está? Yo sabía que hacerse cristiano tenía que ser algo muy serio. Así es como por fin hice Cursillos de Cristiandad, una iniciativa que surgió en España por aquellos años. Y me ayudó. Comencé una verdadera búsqueda del Señor. Iba a la iglesia y decía a los demás: «Ayudadme a hacerme cristiano!».

DEL ARTE A LOS POBRES

«Después , mi pintura cambió. Comencé a pintar arte religioso. Algunos conocéis mis iconos. Al poco tiempo fundamos un grupo de artistas, un movimiento de renovación del arte sagrado para hacer las iglesias más hermosas. Arquitectos, escultores y pintores nos pusimos a reconstruir la Iglesia, un poco como empezó San Francisco. Pero en un cierto momento me di cuenta de que no servía nada reconstruir la iglesia exteriormente cuando tanta gente como yo me había encontrado, en una terrible situación».

«El Señor me permitió encontrar a una persona que sufría. Entonces lo dejé todo y a todos. También mi prometedora carrera de pintor. Me fui a vivir a las chabolas. En Charles de Foucauld encontré la fórmula para vivir: una imagen de San Francisco, una Biblia -que sigo llevando conmigo porque la leo todos los días- y una guitarra. Entre las chabolas hechas con cartones, muy parecidas a las del Brasil,kiko.jpg (9962 bytes) encontré una barraca que servía para los perros vagabundos y me metí allí. Hacía un frío terrible y venían todos los perros vagabundos a darme calor. Era algo gracioso estar allí con los perros, que de repente se encontraron con un nuevo huésped en su perrera que era yo.»

¿Pero qué hacía allí y en esas condiciones? Dios me quería en las chabolas para empezar un camino de conversión para muchísima gente.

Allí en la chabolas ocurrió un milagro. Mis vecinos, la mayoría gitanos, me preguntaban quién era yo. Tenía barba, hablaba de forma distinta a la de ellos, pero hacía la misma vida: pedía limosna, trabajaba ocasionalmente como obrero… Entonces ellos me preguntaban, pero yo no quería hablarles. De Foucauld había aprendido la imagen de la vida oculta de Cristo: estar silenciosamente a los pies del Cristo-desecho de la humanidad, destruido. Ser el último es estar ahí, a sus pies. Pero el Señor empezó a llevarme, en primer lugar, a dos chicos perseguidos por la policía por vender droga, y después a un indigente borracho. Al poco tiempo éramos un grupo de diecisiete personas en mi chabola de tres metros cuadrados. Lleno total. Allí me encontré con la sorpresa de que tenía que hablarles, darles una razón de mi fe. Tomaba la guitarra, cantábamos, abría la Escritura y decía: «¡Señor, ayúdame. Yo no sé predicar, no sé hablar!», del profeta Ezequiel. He visto que el Señor me daba un significado a la Palabra para poder amarles a ellos, por amor a estos pobres que traían las manos llenas de pecados. Uno había estado siete veces en la cárcel, otra era un vieja fea y prostituta. había ladrones, vagabundos que recogían cartones por la calle y los vendían, gitanos que andaban vagabundos. Tuve muchos problemas y conflictos. Intentaron matarme dos veces… Una historia que es mejor no contar.»

LA LEY DEL TALIÓN

«Un día el jefe de un clan de gitanos, que estaba en lucha con otro clan, y que venía mucho a verme para pedirme la guitarra, me preguntó qué decía la Biblia sobre los enemigos. Me contó que, tras un enfrentamiento entre los dos clanes, él había golpeado a la madre del jefe de otro en la cabeza, y que le tuvieron que dar quince puntos. Como entre ellos rige la «ley del Talión», pasados dos años había llegado el otro con deseos de venganza. Como en ese período la relación entre los dos clanes estaba en calma, decidieron ambos jefes encontrarse solos, y pelearse a bastonazos, hasta hacerse sangrar. Mi joven amigo estaba muy preocupado. Yo abrí la Escritura y le leí el Sermón de la Montaña, donde se invita a no poner resistencia al mal. «¿Entonces, debo dejar que me mate a bastonazos?» Le di el otro único libro que yo llevaba conmigo: «Las Florecillas de San Francisco». Lo leía y venía todas las tardes a comentármelo. hemos rezado juntos para buscar una salida, para que pudiese salvar la vida sin necesidad de matar al otro. La única solución era ir sin el bastón en son de paz. El día de la lucha se presentaron antes a mí con el bastón. Al final lo convencí y fue sin él. Yo me puse de rodillas a rezar el rosario para que la Virgen María salvase la vida de aquel chico. El tiempo pasaba. Las dos, las tres de la madrugada. Pensé que habría muerto, cuando le vi llegar. Al verlo sin el bastón, su adversario decidió resolver la disputa económicamente. Me amigo de´ió pagarle «un tanto». Se llama José Agudo. Ahora está en el Camino, y tiene trece hijos».

¡RESUCITÓ!

«Un día José me llevó a hablar a su ´tribu´. F´e en una cueva enorme llena de gitanos. me dijo: «Háblales», y no sabía que decir. Así que empecé por el principio, y me puse a hablarles de Adán y Eva, cuando de repente la madre de José Agudo se levantó: «Yo se que en el cielo hay una mano potente, que es Dios. ¿Pero lo de la otra vida, lo del infierno, todas esas cosas de los curas? ¡Yo lo único que sé es que mi padre murió y no ha vuelto a casa! ¡Cuando yo vea a un muerto volver del cementerio creeré!». Se levantaron todos y se fueron. y yo me quedé allí, bloqueado, atontado, sin saber que hacer. Aquella mujer, sin embargo, sin quererlo, me había dado la clave, porque me había dicho que estaba dispuesta a escucharme cuando yo hubiese encontrado un hombre que hubiese salido del cementerio. Y efectivamente, buscando en la predicación primitiva y en los Hechos de los Apóstoles, se encuentra el testimonio de un pagano de nombre Festo, que le dice a Agripa que había un prisionero -que era San Pablo- que decía cosas muy interesantes. Festo hablaba a menudo con Pablo, pero la única cosa que habían entendido, y se lo decía a Agripa, era esto: «Hay un prisionero que habla de un muerto, que él dice que ha muerto, pero que vive, que ha vuelto de la muerte, ¡que ha vencido a la muerte!» De toda la predicación de San Pablo, Festo recordaba sólo esto. Os cuento esto para deciros en dos pinceladas cómo el Señor me ha hecho ir entrando en este kerigma, en este modo de anunciar la salvación, de dar en el núcleo central.»

«Cada vez que me he sentido desalentado, he sentido una voz dentro de mí que me decía. «¡Coraje, Kiko, ánimo, que te quiero!» «¿De verdad que me quieres?» «En serio, ¡te quiero mucho, muchísimo!» Cristo me ha prometido: «Kiko, ¡tú no morirás!» ¡Un bautizado que viva coherentemente la fe ya ha resucitado con Cristo en el bautismo y forma parte del cuerpo de Cristo resucitado! Aquella gitana que me decía: «¿Cuándo has visto tú un hombre venir del cementerio?» Yo ahora le puedo contestar: «Yo he visto a este hombre que ha salido de la tumba y ha venido a decirme: ¡La paz esté con vosotros, yo he vencido al mundo!» Por eso os invito a terminar con un canto. Cantemos un canto de la victoria de Cristo sobre la muerte, cantemos juntos ese canto que hice en las chabolas, que se llama ¡Resucitó!»

Artículo original en Mercaba

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Kiko Argüello en el programa Nuestra fe en vivo (2003)

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Entrevista a Kiko Argüello en  13Tv (España, 2012)

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Evangelización y cultura. Conferencia de Kiko Argüello en la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia (España, 2010)

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Portal web del Camino Neocatecumental

Portal web de EWTN Red Católica Mundial

Portal web de Radio Católica Mundial

Santa María Goretti: biografía y película

Santa María Goretti: biografía y película

Santa María Goretti nació en Corinaldo, Italia el 16 de octubre de 1890 hija de Luis Goretti y Assunta Carlini, ambos campesinos. María fue la segunda de seis hijos.

Vivió en el seno de una familia humilde y perdió a su padre a los diez años por causa del paludismo. Como consecuencia de la muerte de su padre, la madre de María Goretti tuvo que trabajar dejando la casa y los hermanos menores a cargo de ésta quien realizaba sus obligaciones con alegría y cada semana asistía a clases de catecismo.

A los once años hizo su primera comunión haciéndose, desde entonces, el firme propósito de morir antes que cometer un pecado. En la misma finca donde vivía María trabajaba Alejandro Serenelli, quien se enamoró de María que en ese entonces contaba con doce años. Serenelli, a causa de lecturas impuras, se dedicó a buscar a María haciéndole propuestas que la santa rechazaba haciendo que Serenelli se sintiera despreciado.

l 5 de julio de 1902 Serenelli fue en busca de María quien estaba sola en su casa y al encontrarla la invitó a ir a una recámara de la casa a lo que María se negó por lo que aquél se vio obligado a forzarla. María se negaba advirtiéndole a Serenelli que lo que pretendía era pecado y que no accedería a sus pretensiones por lo que éste la atacó con un cuchillo clavándoselo catorce veces. María no murió inmediatamente, fue trasladada a la hospital de San Juan de Dios donde los médicos la operaron sin anestesia porque no había y durante dos horas la santa soportó el sufrimiento ofreciéndo a Dios sus dolores.

Antes de morir, un día después del ataque, María alcanzó a recibir la comunión y la unción de los enfermos e hizo público su perdón a Serenelli. El asesino fue condenado a 30 años de prisión donde al principio no daba muestras de arrepentimiento. La tradición cuenta que después de un sueño donde María le dijo que él también podía ir al cielo, Serenelli cambió completamente volviéndose hacia Dios y ofreciendo sus trabajos y sufrimientos en reparación de sus pecados.

Después de 27 años de cárcel fue liberado y acudió a pedir perdón a la madre de la santa, quien no solo lo perdonó sino que lo defendió en público alegando que si Dios y su hija lo habían perdonado, ella no tenía porque no perdonarlo. La fama de María Goretti se extendía cada vez más y fueron apareciendo las muestras de santidad, que fue fruto de su cercanía a Dios y su devoción a laVirgen María. Después de numerosos estudios, la Santa Sede la canonizó el 24 de junio de 1950 en una ceremonia que se tuvo que realizar en la Plaza de San Pedro debido a la cantidad de asistentes que se calculaban en más de quinientas mil personas.

En la ceremonia de canonización acompañaron a Pío XII la madre, dos hermanas y un hermano de María. Durante esta ceremonia Su Santidad Pío XII exhaltó la virtud de la santa y sus estudiosos afirman que por la vida que llevó aún cuando no hubiera sido mártir habría merecido ser declarada santa.

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Santa María Goretti

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El canto de un náufrago

El canto de un náufrago

Era la mañana del 4 de julio de 1898. Un magnífico transatlántico, el Bourgogne, había dejado la antevíspera el puerto de New York y se dirigía con celeridad hacia Francia, arriando dieciocho nudos, equivalentes a más de treinta kilómetros por hora. El mar está tranquilo, pero una densa niebla lo cubría como un sudario inmenso.

Todos los pasajeros descansaban a bordo sin cuidado alguno, cuando de repente un espantoso choque agitó el navío.

Un velero inglés, pesadamente cargado, que se dirigía de Dunkerque a Filadelfia acababa de abordar el transatlántico por los costados, en el lugar más débil y peligroso, cerca de las máquinas. El velero experimentó grandes averías en su proa, que por poco le hicieron zozobrar; pero dejaba una enorme brecha en el Bourgogne, por lo cual la gran masa del agua se precipitaba vertiginosamente y sin remedio. No es posible formar una idea de los cuarenta minutos que se pasaron entre el abordaje y el hundimiento. El buque se llenaba de agua, se hundía por momentos, y el espantoso desenlace estaba cerca. Más de seiscientas personas llenas de vida veían claramente y con aflicción suma que dentro de breves momentos iban a ser tragados por la inmensidad del océano.

En medio del espanto general aparecieron en breve tres religiosos dominicos sobre cubierta, y pronto los rodeó la multitud desesperada. El hábito blanco que llevaban venía a ser para todos la contraseña y el peligro que corrían no hizo olvidar a aquellos dignos religiosos su deber; antes, a la vista de la muerte, permanecieron fieles a su alto ministerio en nombre de Jesucristo; y mientras el capitán del buque, impávido en su puesto hasta el fin, se esforzaba en salvar los cuerpos, ellos, llenando una misión divina, trabajaban incansables por las salvación de las almas.

Acostumbrados como estaban a descansar con el santo hábito, luego que se oyó el pavoroso estampido efecto del terrible choque, volaron al puente, donde pronto atrajeron las miradas de todos los ojos, en medio de la confusión y el espanto. Parecían ángeles enviados de Dios para llevar al cielo las almas de los atónitos y espantados viajeros que dentro de unos momentos la muerte iba a tragar. Mientras el buque se sostuvo sobre las olas, dieron la absolución a sus compañeros de infortunio y los prepararon con toda piedad y unción para ir al encuentro de aquel Señor que, infinito en su misericordia, es dueño de la vida y de la muerte.

Los pasajeros que sobrevivieron a la catástrofe contaron después cuán admirable fue su proceder en todo, y cómo, al tiempo que otros usaban de una atroz violencia para hallar sitio en las tres lanchas que se echaron al mar, ellos permanecieron tranquilos y dueños de sí mismos, procurando hacer reavivar el valor exhortando a todos a ofrecer cristianamente el sacrificio de sus vidas.

El Superior se mantenía admirablemente sereno. Cuando el Bourgogne estaba a punto de zozobrar, el vicecomisario, que había sido discípulo suyo por espacio de seis años en el colegio de Arcucil, le dijo:

—Padre, es tiempo de saltar.

Pero el magnánimo Superior respondió:

—Hijo mío, hay demasiados, en torno nuestro, que van a perecer; nuestro deber es quedar con ellos.

—Los momentos pasaron rápidamente; habían cumplido los tres religiosos su misión; iba ya a hundirse el grandioso transatlántico, y, por esto uno de ellos preguntó al vice comisario si aún se podía hacer algo.

—Lo que hago yo —contestó éste—; arrojarse al agua.

—No sabemos nadar —dijo el religioso; hágase la voluntad de Dios.

Y llegaron los momentos más imponentes…

Hay en la Orden de Santo Domingo una hermosa costumbre que, cuando un religiosos se halla en agonía, sus hermanos de religión entonan la «Salve». Dicen esta dulcísima oración sobre el moribundo puesto entre el tiempo y la eternidad, con el fin de suplicar a María, Madre de justos y pecadores, se digne cambiar los trabajos y tribulaciones del mortal en este valle de lágrimas por la posesión sin término el fruto bendito de sus entrañas virginales. Los tres dominicos, cuando iban a quedar sepultados para siempre en los abismos del mar, escrupulosos observantes de la nota acostumbrada, se acordaron de entonar el canto de la «Salve». En aquellas circunstancias, los mismos moribundos hubieron de decir el himno de partida. Y aquel acto, sobre ser sublime, resultó heroico. Tres víctimas condecoradas con el carácter sacerdotal que acababan de abrir la puerta de la patria verdadera a centenares de almas; que les habían inspirado el valor de morir cristianamente, ahora, henchido del pecho de espíritu de resignación en la voluntad divina y confianza de María, entonaban por todos una plegaria de amor a la que en los más aciagos momentos es Estrella de mar.

En el instante en que las olas alcanzaban lo más alto de la cubierta, cuando toda esperanza estaba ya perdida, el piadosos Superior se unió a sus dos compañeros, los miró con ternura, les estrechó la mano; los tres, levantados sus ojos al cielo, abrieron sus bocas y con acorde armonía dijeron el canto maravilloso. Se apiñaron más y más, alrededor de ellos, la consternada muchedumbre; no pocos caían de rodillas; a los gritos de espanto sucedían las lágrimas; espontáneamente brotaban actos de contrición y confianza. El espectáculo no podía ser más desgarrador e imponente. Nunca se había comprendido con más viveza el sentido de las palabras de la suavísima plegaria: «Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. A ti clamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos gimiendo y llorando… vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos… ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!».

Parecía que el poderoso transatlántico esperaba hubiese terminado el admirable canto, antes de desaparecer. A las últimas palabras empezó a inclinarse sobre la popa, y poco después se alzó casi a plomo; luego se hundió de repente en el abismo. A los gritos de la multitud y a un desorden indecible, sucedió en pocos segundos el silencio de un mar tranquilo e inmenso.

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Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo. VI Parte: Historia, n.º 10».

Historias para amar, páginas 105-108

Canción «Pescador de hombres»

Canción «Pescador de hombres»

«Pescador de hombres» es quizás la canción más conocida del compositor católico Cesáreo Gabaráin. Ha sido traducida a numerosos idiomas y es un himno cantado habitualmente en muchos países. Su letra está basada en el siguiente pasaje bíblico:

Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de hoy en adelante serás pescador de hombres». Entonces llevaron sus barcas a tierra, lo dejaron todo, y siguieron a Jesús.

Mateo 4,18; Marcos 1, 16; Lucas 5, 10

Cesáreo Gabaráin viajó a Galilea y le conmovió la experiencia de estar en la orilla donde Jesús llamó a sus discipulos. Al regresar a España escribió el texto de la canción, como un recuerdo de que Jesús todavía llama discípulos hoy día.

Esta canción era una de las favoritas de san Juan Pablo II, quien se emocionó con ella en su primer viaje a España, en 1982, durante su multitudinario encuentro con los jóvenes en estadio Santiago Bernabeu de Madrid.

Nota: podéis descargar la letra y la partitura en tamaño grande pulsando sobre el título o sobre la imagen.

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«Pescador de hombres» – Letra completa

Tú has venido a la orilla,

no has buscado ni a sabios ni a ricos,

tan solo quieres que yo te siga.

Señor, me has mirado a los ojos,

sonriendo has dicho mi nombre.

En la arena he dejado mi barca,

junto a ti buscare otro mar.

Tú sabes bien lo que tengo,

en mi barca no hay oro ni espadas,

tan solo redes y mi trabajo.

Señor, me has mirado a los ojos…

Tú necesitas mis manos,

mi cansancio que a otros descanse,

amor que quiera seguir amando.

Señor, me has mirado a los ojos…

Tú pescador de otros lagos,

ansia eterna de almas que esperan,

amigo bueno que así me llamas.

Señor, me has mirado a los ojos…

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«Pescador de hombres» – Letra con acordes

Pescador de hombres
«Pescador de hombres» - Letra con acordes

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«Pescador de hombres» – Partitura con acordes

Pescador de hombres
«Pescador de hombres» - Partitura con acordes

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«Pescador de hombres» – Karaoke

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«Pescador de hombres» – Versión 1

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«Pescador de hombres» – Versión 2

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«Pescador de hombres» – Versión 3

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«Pescador de hombres» – Versión 4

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Evangelio del día: Lobos disfrazados de ovejas

Evangelio del día: Lobos disfrazados de ovejas

Mateo 7,15-20. Miércoles de la 12.ª semana del Tiempo Ordinario. Los jóvenes deben percibir que no decimos palabras que no hayamos vivido antes nosotros mismos, sino que hablamos porque hemos encontrado y tratamos de encontrar de nuevo cada día la verdad como verdad para nuestra vida.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Segundo Libro de los Reyes, 2 Re 22, 8-13; 23, 1-3

Salmo: Sal 119(118), 33-37.40

Oración introductoria

Jesús, ilumina mi oración para salir de ella fortalecido, dispuesto a dar los frutos buenos que debo producir. Para perseverar y ser fiel en mi vocación necesito de tu gracia, de tu luz.

Petición

Señor, ayúdame a descubrir lo que me impide crecer más en el amor.

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

[A los jóvenes les acechan muchos falsos profetas. ¿Qué hacer? ¿Cómo comportarse?]

Gracias por este hermoso testimonio de un sacerdote joven que está cerca de los jóvenes, que los acompaña, como usted ha dicho, y les ayuda a estar con Cristo, con Jesús. ¿Qué puedo decir? Todos sabemos cuán difícil es para un joven de hoy vivir como cristiano. El contexto cultural, el contexto mediático, ofrece un camino muy diferente al de Cristo. Parece incluso que hace imposible ver a Cristo como centro de la vida y vivir la vida como Jesús nos la muestra. Sin embargo, también creo que muchos perciben cada vez más la insuficiencia de todas esas propuestas, de ese estilo de vida, que al final deja vacíos.

En este sentido, me parece que las lecturas de la liturgia de hoy, la del Deuteronomio (30, 15-20) y el pasaje evangélico de san Lucas (9, 22-25) responden a lo que, en substancia, deberíamos decir siempre a los jóvenes y también a nosotros mismos. Como ha dicho usted, la sinceridad es fundamental. Los jóvenes deben percibir que no decimos palabras que no hayamos vivido antes nosotros mismos, sino que hablamos porque hemos encontrado y tratamos de encontrar de nuevo cada día la verdad como verdad para nuestra vida. Para que nuestras palabras sean creíbles y tengan una lógica visible y convincente, es preciso que nosotros mismos sigamos ese camino, que nosotros mismos tratemos de que nuestra vida corresponda a la del Señor.

Vuelvo al Deuteronomio: hoy la gran regla fundamental, no sólo para la Cuaresma, sino también para toda la vida cristiana, es: «Escoge la vida. Tienes ante ti la muerte y la vida: escoge la vida». Y me parece que la respuesta es natural. Son muy pocos los que en lo más profundo de su ser albergan una voluntad de destrucción, de muerte, los que ya no quieren el ser, la vida, porque para ellos todo es contradictorio. Sin embargo, por desgracia, se trata de un fenómeno que va aumentando. Con todas las contradicciones, las falsas promesas, al final la vida parece contradictoria, ya no es un don sino una condena, y de esta forma hay quien prefiere la muerte a la vida. Pero normalmente el hombre responde: sí, quiero la vida.

Con todo, el problema sigue consistiendo en cómo encontrar la vida, en qué escoger, en cómo escoger la vida. Y ya conocemos las propuestas que normalmente se hacen: ir a la discoteca, tomar todo lo que es posible, considerar la libertad como hacer todo lo que apetezca, todo lo que venga a la mente en un momento determinado. En cambio, sabemos —y podemos demostrarlo— que este camino es un camino de mentira, porque al final no se encuentra la vida, sino lo que en realidad se encuentra es el abismo de la nada.

«Escoge la vida». La misma lectura del Deuteronomio dice: Dios es tu vida, tú has escogido la vida y tú has hecho la elección: Dios. Esto me parece fundamental. Sólo así nuestro horizonte es suficientemente amplio y sólo así estamos ante la fuente de la vida, que es más fuerte que la muerte, que todas las amenazas de la muerte. Por consiguiente, la opción fundamental es la que se indica aquí: escoge a Dios. Es preciso comprender que quien avanza por el camino sin Dios, al final se encuentra en la oscuridad, aunque pueda haber momentos en que le parezca haber hallado la vida.

Un paso más es ver cómo encontrar a Dios, cómo escoger a Dios. Aquí pasamos al Evangelio: Dios no es un desconocido, una hipótesis tal vez del primer inicio del cosmos. Dios tiene carne y hueso. Es uno de nosotros. Lo conocemos con su rostro, con su nombre. Es Jesucristo, que nos habla en el Evangelio. Es hombre y Dios. Siendo Dios, escogió ser hombre para que nosotros pudiéramos elegir a Dios. Por tanto, hay que entrar en el conocimiento y luego en la amistad de Jesús para caminar con él.

Me parece que este es el punto fundamental en nuestra atención pastoral a los jóvenes, a todos pero especialmente a los jóvenes: atraer la atención hacia la opción de escoger a Dios, que es la vida; hacia el hecho de que Dios existe, y existe de un modo concreto. Y enseñar la amistad con Jesucristo.

Hay un tercer paso. Esta amistad con Jesús no es una amistad con una persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está lejos de los hombres, a la diestra de Dios. Cristo está presente en su cuerpo, que es aún de carne y hueso: es la Iglesia, la comunión de la Iglesia. Debemos construir, y hacer más accesibles, comunidades que reflejen, que sean el espejo de la gran comunidad de la Iglesia vital. Es un conjunto: la experiencia vital de la comunidad, con todas las debilidades humanas, pero sin embargo real, con un camino claro, y una sólida vida sacramental, en la que podamos palpar también lo que a nosotros nos pueda parecer muy lejano, la presencia del Señor.

De este modo, para volver al Deuteronomio, del que partí, podemos aprender también los mandamientos. Porque la lectura dice: escoger a Dios quiere decir escoger según su Palabra, vivir según la Palabra. En un primer momento esto parece casi en cierto modo positivista, pues son imperativos. Pero lo más importante es el don, su amistad. Luego podemos comprender que las señales del camino son explicaciones de la realidad de esa amistad nuestra.

Podemos decir que esta es una visión general, tal como se desprende del contacto con la sagrada Escritura y de la vida diaria de la Iglesia. Luego se traduce, paso a paso, en los encuentros concretos con los jóvenes: guiarlos al diálogo con Jesús en la oración, en la lectura de la sagrada Escritura —sobre todo la lectura común, pero también la personal— y en la vida sacramental. Se trata de pasos para hacer presentes estas experiencias en la vida profesional, aunque el contexto con frecuencia está marcado por una total ausencia de Dios y por la aparente imposibilidad de captar su presencia. Pero precisamente entonces, a través de nuestra vida y de nuestra experiencia de Dios, debemos tratar de que la presencia de Cristo entre también en este mundo alejado de Dios.

Hay sed de Dios. Hace poco tiempo recibí, en visita ad limina, a los obispos de un país donde más del cincuenta por ciento se declara ateo o agnóstico. Pero me dijeron: en realidad, todos tienen sed de Dios. En lo más profundo existe esta sed. Por eso, comencemos primero nosotros, junto con los jóvenes que podamos encontrar. Formemos comunidades en las que se refleje la Iglesia; aprendamos la amistad con Jesús. Así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, también hoy podremos hacer presente a Dios en este mundo.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Discurso del jueves, 7 de febrero de 2008

Propósito

Consentiré sólo buenos pensamientos y deseos y desecharé todo lo que me aleje del amor de Dios.

Diálogo con Cristo

Jesús, quiero vivir siempre bajo tu cuidado exigente, pero amoroso. No puedo dar fruto viviendo en la mediocridad. Ayúdame a crecer en la generosidad, en la prontitud, en la autenticidad, que nunca consienta el egoísmo o doblez. Sé que esto es difícil, por eso te pido tu gracia, para rectificar hoy todo aquello que me aleja de Ti.

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Evangelio en Catholic.net

Evangelio en Evangelio del día

Sobre la Eucaristía (III) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (III) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la última catequesis destaqué cómo la Eucaristía nos introduce en la comunión real con Jesús y su misterio. Ahora podemos plantearnos algunas preguntas respecto a la relación entre la Eucaristía que celebramos y nuestra vida, como Iglesia y como cristianos. ¿Cómo vivimos la Eucaristía? Cuando vamos a misa el domingo, ¿cómo la vivimos? ¿Es sólo un momento de fiesta, es una tradición consolidada, es una ocasión para encontrarnos o para sentirnos bien, o es algo más?

Hay indicadores muy concretos para comprender cómo vivimos todo esto, cómo vivimos la Eucaristía; indicadores que nos dicen si vivimos bien la Eucaristía o no la vivimos tan bien. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz. Toda su vida es un acto de total entrega de sí por amor; por ello, a Él le gustaba estar con los discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. Ahora, nosotros, cuando participamos en la santa misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todo tipo: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; originarios del lugar y extranjeros; acompañados por familiares y solos… ¿Pero la Eucaristía que celebro, me lleva a sentirles a todos, verdaderamente, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? Todos nosotros vamos a misa porque amamos a Jesús y queremos compartir, en la Eucaristía, su pasión y su resurrección. ¿Pero amamos, como quiere Jesús, a aquellos hermanos y hermanas más necesitados? Por ejemplo, en Roma en estos días hemos visto muchos malestares sociales o por la lluvia, que causó numerosos daños en barrios enteros, o por la falta de trabajo, consecuencia de la crisis económica en todo el mundo. Me pregunto, y cada uno de nosotros se pregunte: Yo, que voy a misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupo por ayudar, acercarme, rezar por quienes tienen este problema? ¿O bien, soy un poco indiferente? ¿O tal vez me preocupo de murmurar: Has visto cómo está vestida aquella, o cómo está vestido aquél? A veces se hace esto después de la misa, y no se debe hacer. Debemos preocuparnos de nuestros hermanos y de nuestras hermanas que pasan necesidad por una enfermedad, por un problema. Hoy, nos hará bien pensar en estos hermanos y hermanas nuestros que tienen estos problemas aquí en Roma: problemas por la tragedia provocada por la lluvia y problemas sociales y del trabajo. Pidamos a Jesús, a quien recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ayudarles.

Un segundo indicio, muy importante, es la gracia de sentirse perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguien pregunta: «¿Por qué se debe ir a la iglesia, si quien participa habitualmente en la santa misa es pecador como los demás?». ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a misa. Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su perdón. El «yo confieso» que decimos al inicio no es un «pro forma», es un auténtico acto de penitencia. Yo soy pecador y lo confieso, así empieza la misa. No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar «en la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno a los cuales nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a misa humildemente, como pecadores, y el Señor nos reconcilia.

Un último indicio precioso nos ofrece la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de lo que Jesús dijo e hizo. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo quien actúa allí, que está en el altar. Es un don de Cristo, quien se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos con su Palabra y su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia brotan de allí, de la Eucaristía, y allí siempre toman forma. Una celebración puede resultar incluso impecable desde el punto de vista exterior, bellísima, pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún sustento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista esta coherencia entre liturgia y vida.

El corazón se llena de confianza y esperanza pensando en las palabras de Jesús citadas en el Evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de atención hacia los necesitados y hacia las necesidades de tantos hermanos y hermanas, con la certeza de que el Señor cumplirá lo que nos ha prometido: la vida eterna. Que así sea.

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Santo Padre Francisco: Sobre la Eucaristía

Audiencia General del miércoles, 12 de febrero de 2014

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Sobre la Eucaristía (I) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (II) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (III) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (III) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (II) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy os hablaré de la Eucaristía. La Eucaristía se sitúa en el corazón de la «iniciación cristiana», juntamente con el Bautismo y la Confirmación, y constituye la fuente de la vida misma de la Iglesia. De este sacramento del amor, en efecto, brota todo auténtico camino de fe, de comunión y de testimonio.

Lo que vemos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, la misa, nos hace ya intuir lo que estamos por vivir. En el centro del espacio destinado a la celebración se encuentra el altar, que es una mesa, cubierta por un mantel, y esto nos hace pensar en un banquete. Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre ese altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo los signos del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el que se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí se reúnen para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras, y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra.

Palabra y pan en la misa se convierten en una sola cosa, como en la Última Cena, cuando todas las palabras de Jesús, todos los signos que realizó, se condensaron en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz, anticipo del sacrificio de la cruz, y en aquellas palabras: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo… Tomad, bebed, ésta es mi sangre».

El gesto de Jesús realizado en la Última Cena es la gran acción de gracias al Padre por su amor, por su misericordia. «Acción de gracias» en griego se dice «eucaristía». Y por ello el sacramento se llama Eucaristía: es la suprema acción de gracias al Padre, que nos ha amado tanto que nos dio a su Hijo por amor. He aquí por qué el término Eucaristía resume todo ese gesto, que es gesto de Dios y del hombre juntamente, gesto de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Por lo tanto, la celebración eucarística es mucho más que un simple banquete: es precisamente el memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. «Memorial» no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Es por ello que comúnmente, cuando nos acercamos a este sacramento, decimos «recibir la Comunión», «comulgar»: esto significa que en el poder del Espíritu Santo, la participación en la mesa eucarística nos conforma de modo único y profundo a Cristo, haciéndonos pregustar ya ahora la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celestial, donde con todos los santos tendremos la alegría de contemplar a Dios cara a cara.

Queridos amigos, no agradeceremos nunca bastante al Señor por el don que nos ha hecho con la Eucaristía. Es un don tan grande y, por ello, es tan importante ir a misa el domingo. Ir a misa no sólo para rezar, sino para recibir la Comunión, este pan que es el cuerpo de Jesucristo que nos salva, nos perdona, nos une al Padre. ¡Es hermoso hacer esto! Y todos los domingos vamos a misa, porque es precisamente el día de la resurrección del Señor. Por ello el domingo es tan importante para nosotros. Y con la Eucaristía sentimos precisamente esta pertenencia a la Iglesia, al Pueblo de Dios, al Cuerpo de Dios, a Jesucristo. No acabaremos nunca de entender todo su valor y riqueza. Pidámosle, entonces, que este sacramento siga manteniendo viva su presencia en la Iglesia y que plasme nuestras comunidades en la caridad y en la comunión, según el corazón del Padre. Y esto se hace durante toda la vida, pero se comienza a hacerlo el día de la primera Comunión. Es importante que los niños se preparen bien para la primera Comunión y que cada niño la reciba, porque es el primer paso de esta pertenencia fuerte a Jesucristo, después del Bautismo y la Confirmación.

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Santo Padre Francisco: Sobre la Eucaristía

Audiencia General del miércoles, 5 de febrero de 2014

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Sobre la Eucaristía (I) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (II) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (III) – Catequesis del Santo Padre Francisco