Pentecostés (dinámica completa para niños)

Pentecostés (dinámica completa para niños)

¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.

Que sepa, con el don del Entendimiento, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.

Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.

Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.

Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.

Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.

Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.

Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor. Amén.

Oración al Espíritu Santo para pedir sus dones

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Jesús nos invita a recibir al Espíritu Santo


Objetivo específico de la dinámica

Comprender que el amor de Dios no tiene límites, nos envió al Espíritu Santo para que sea nuestra fuerza y ayuda constante.


Ambientación

Con una cartulina, crear un cartel con el siguiente dibujo (al que podéis acceder para su impresión pulsando sobre el enlace o sobre la imagen):

Dones del Espíritu Santo

1.- Saludo

Queridos niños: Jesús nos regala su paz que produce siempre alegría y nos promete su ayuda con la presencia del Espíritu Santo. Verdaderamente, el amor de Jesús no tiene comparación.


2.- Oración

(Catequista) Vamos a repetir todos, dos estrofas de un Himno muy antiguo de la Iglesia:

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo,

Padre amoroso del pobre,

don, en tus dones espléndido,

luz que penetra las almas,

fuente del mayor consuelo.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito,

salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Amén.


3.- Revisión de compromiso

El catequista revisa con los niños el compromiso que hayan adoptado en catequesis anteriores y realiza breves comentarios y algunas preguntas sobre el tema.


4.- Actividad

A cada niño se le entrega una lámina con uno de los dones del Espíritu Santo: SABIDURÍA, ENTENDIMIENTO, CONSEJO, CIENCIA, PIEDAD, TEMOR DE DIOS, FORTALEZA. Cada niño deberá colorear la lámina como guste y cuando termine, entregará el dibujo al catequista.

Podéis acceder a las láminas para imprimir pulsando sobre los títulos o sobre las imágenes. 

Sabiduría Entendimiento Consejo Ciencia
Don de la Sabiduría Don del Entendimiento Don del Consejo Don de la Ciencia


Piedad Temor de Dios Fortaleza
Don de la Piedad Don del Temor de Dios Don de la Fortaleza



5.- Vamos a escuchar a Jesús

Se invita a los niños a escuchar el mensaje de la Palabra de Dios en Juan 20, 19-23.

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar».

Jn 20, 19-23


6.- Diálogo con el catequista

– ¿Cuál es el saludo de Jesús resucitado?

– Jesús, después de saludar, ¿a quién dice que recibamos?

– ¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?


7.- Reflexión del catequista

Jesús dice a los discípulos que reciban al Espíritu Santo, después de saludarlos deseándoles la paz. El Espíritu Santo es una nueva presencia de Jesús en medio de su Iglesia, en medio de nosotros. Él es quien nos da ánimos y fortaleza ante las dificultades, ante las tentaciones. Él nos ayuda a buscar a Dios como lo más importante en nuestras vidas. Él nos une en comunidad haciéndonos superar las enemistades, las envidias, las categorías entre unos y otros. Él nos ilumina para entender la Palabra de Dios y comprender los porqués de los acontecimientos en nuestra vida y en la de los demás. Él nos da sus dones y nos regala sus frutos: paz, alegría, amor, paciencia, bondad, comprensión, castidad, fidelidad, mansedumbre…


8.- Celebración

Colocados de pie y formando un círculo, el catequista explica que el Espíritu Santo nos enseña también a compartir y que, por eso, entregará a cada niño un don que no es el suyo (se les da a los niños una lámina diferente a la que pintaron); así nos daremos cuenta que hemos recibido un don, el don que el Espíritu Santo ha querido. Teniendo cada niña la lámina en sus manos, daremos las gracias por el DON recibido.


9.- Compromiso

– Colocar «mi DON» en lugar visible de mi habitación.

– Dar las gracias al Espíritu Santo por todo su amor en la oración antes de acostarme.

– Hacer alguna tarjeta o algunas tarjetas en que se diga, (por ejemplo: El Espíritu Santo te ayuda) para dársela a algún compañero que está triste o a otra persona a quien creemos le puede hacer bien nuestro mensaje.

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Hemos realizado una adaptación de la dinámica original que crearon sus autores de Infancia Misionera. Podéis ver la dinámica original en el portal web de Mercaba: Pentecostés para niños.


Pentecostés – Catequesis del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Pentecostés – Catequesis del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra celebrar con vosotros esta santa misa, animada hoy también por el coro de la Academia de Santa Cecilia y por la orquesta juvenil —a la que doy las gracias— en la solemnidad de Pentecostés. Este misterio constituye el bautismo de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio, por decirlo así, la forma inicial y el impulso para su misión. Y esta «forma» y este «impulso» siempre son válidos, siempre son actuales, y se renuevan de modo especial mediante las acciones litúrgicas. Esta mañana quiero reflexionar sobre un aspecto esencial del misterio de Pentecostés, que en nuestros días conserva toda su importancia. Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humana. Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aunque estemos cada vez más cercanos los unos a los otros gracias al desarrollo de los medios de comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión y la comunión entre las personas a menudo es superficial y difícil. Persisten desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las generaciones es cada vez más complicado y a veces prevalece la contraposición; asistimos a sucesos diarios en los que nos parece que los hombres se están volviendo más agresivos y huraños; comprenderse parece demasiado arduo y se prefiere buscar el propio yo, los propios intereses. En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?

La narración de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura (cf. Hch 2, 1-11), contiene en el fondo uno de los grandes cuadros que encontramos al inicio del Antiguo Testamento: la antigua historia de la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9). Pero, ¿qué es Babel? Es la descripción de un reino en el que los hombres alcanzaron tanto poder que pensaron que ya no necesitaban hacer referencia a un Dios lejano, y que eran tan fuertes que podían construir por sí mismos un camino que llevara al cielo para abrir sus puertas y ocupar el lugar de Dios. Pero precisamente en esta situación sucede algo extraño y singular. Mientras los hombres estaban trabajando juntos para construir la torre, improvisamente se dieron cuenta de que estaban construyendo unos contra otros. Mientras intentaban ser como Dios, corrían el peligro de ya no ser ni siquiera hombres, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.

Este relato bíblico contiene una verdad perenne; lo podemos ver a lo largo de la historia, y también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de manipular los elementos, de fabricar seres vivos, llegando casi al ser humano mismo. En esta situación, orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros mismos podemos construir y realizar todo lo que queremos. Pero no caemos en la cuenta de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel. Es verdad que hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de tener informaciones, de transmitir noticias, pero ¿podemos decir que ha crecido la capacidad de entendernos o quizá, paradójicamente, cada vez nos entendemos menos? ¿No parece insinuarse entre los hombres un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco, hasta llegar a ser peligrosos los unos para los otros? Volvemos, por tanto, a la pregunta inicial: ¿puede haber verdaderamente unidad, concordia? Y ¿cómo?

Encontramos la respuesta en la Sagrada Escritura: sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que sucedió en Pentecostés. Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión.

Pero veamos el Evangelio de hoy, en el que Jesús afirma: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13). Aquí Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos dice que actuar como cristianos significa no estar encerrados en el propio «yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en nosotros mismos a toda la Iglesia o, mejor dicho, dejar interiormente que ella nos acoja. Entonces, cuando yo hablo, pienso y actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir del todo: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede seguir resonando en el corazón y en la mente de los hombres, impulsándolos a encontrarse y a aceptarse mutuamente. El Espíritu, precisamente por el hecho de que actúa así, nos introduce en toda la verdad, que es Jesús; nos guía a profundizar en ella, a comprenderla: nosotros no crecemos en el conocimiento encerrándonos en nuestro yo, sino sólo volviéndonos capaces de escuchar y de compartir, sólo en el «nosotros» de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior. Así resulta más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren ocupar el lugar de Dios, sólo pueden ponerse los unos contra los otros. En cambio, donde se sitúan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu, que los sostiene y los une.

La contraposición entre Babel y Pentecostés aparece también en la segunda lectura, donde el Apóstol dice: «Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne» (Ga 5, 16). San Pablo nos explica que nuestra vida personal está marcada por un conflicto interior, por una división, entre los impulsos que provienen de la carne y los que proceden del Espíritu; y nosotros no podemos seguirlos todos. Efectivamente, no podemos ser al mismo tiempo egoístas y generosos, seguir la tendencia a dominar sobre los demás y experimentar la alegría del servicio desinteresado. Siempre debemos elegir cuál impulso seguir y sólo lo podemos hacer de modo auténtico con la ayuda del Espíritu de Cristo. San Pablo —como hemos escuchado— enumera las obras de la carne: son los pecados de egoísmo y de violencia, como enemistad, discordia, celos, disensiones; son pensamientos y acciones que no permiten vivir de modo verdaderamente humano y cristiano, en el amor. Es una dirección que lleva a perder la propia vida. En cambio, el Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de una vida divina que está en nosotros. De hecho, san Pablo afirma: «El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz» (Ga 5, 22). Notemos cómo el Apóstol usa el plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser humano, mientras que usa el singular para definir la acción del Espíritu; habla de «fruto», precisamente como a la dispersión de Babel se opone la unidad de Pentecostés.

Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. El relato de Pentecostés en el Evangelio de san Lucas nos dice que Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!». Amén.

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Santo Padre emérito Benedicto XVI

Solemnidad de Pentecostés

Homilía el día del domingo, 27 de mayo de 2012


Dios es amor, Dios es comunión

Dios es amor, Dios es comunión

Un niño pequeño quería conocer a Dios e intuía que iba a ser un largo viaje hasta llegar a Su hogar, así que metió en la mochila varios pastelillos y refrescos.

Con paso alegre se puso en marcha y cuando había caminado alrededor de medio kilómetro se encontró con una mujer anciana que estaba sentada en el parque, sola, contemplando algunas palomas.

El niño se sentó junto a ella, abrió su mochila y tomó un refresco; entonces se dio cuenta de que la anciana parecía hambrienta, así que le ofreció un pastelillo. Ella, agradecida, aceptó el pastelillo y sonrió al niño. Su sonrisa era muy bella, tanto que el niño quería verla de nuevo, así que le ofreció un refresco. De nuevo ella le sonrió. ¡El niño estaba encantado!

El niño se quedó toda la tarde comiendo y sonriendo, pero ninguno de los dos dijo nunca una sola palabra. Mientras tanto, el día iba acabando y empezaba a oscurecer, el niño se percató de lo cansado que estaba y se levantó para irse, pero antes de seguir sobre sus pasos, se volvió hacia atrás, corrió hacia la anciana y le dio un abrazo. Ella, después de abrazarlo le dio la más grande sonrisa de su vida.

Cuando el niño llegó a su casa, abrió la puerta y se encontró con su madre, quien estaba sorprendida por su cara de felicidad. Entonces le preguntó:

Hijo, ¿qué hiciste hoy que te hizo tan feliz?

El niño contestó:

¡Hoy merendé con Dios!

Y antes de que su madre contestara algo, añadió:

—¿Y sabes qué? ¡Tiene la sonrisa más hermosa que he visto!

Mientras tanto, la anciana, también radiante de felicidad, regresó a su casa. Su hijo se quedó sorprendido por la expresión de paz en su cara, y le preguntó:

Mamá, ¿qué hiciste hoy que te ha puesto tan feliz?

La anciana contestó:

¡Merendé con Dios en el parque!

Y antes de que su hijo respondiera, añadió:

¿Y sabes qué? ¡Es más joven de lo que pensaba!

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El valor de compartir: anécdota de santa Teresa de Calcuta

En una ocasión, por la tarde, un hombre vino a nuestra casa, para contarnos el caso de una familia hindú de ocho hijos. No habían comido desde hacía ya varios días. Nos pedía que hiciéramos algo por ellos. De modo que tomé algo de arroz y me fui a verlos.

Vi cómo brillaban los ojos de los niños a causa del hambre. La madre tomó el arroz de mis manos, lo dividió en dos partes y salió. Cuando regresó le pregunté qué había hecho con una de las dos raciones de arroz. Me respondió: «Ellos también tienen hambre».

Sabía que los vecinos de la puerta de al lado, musulmanes, tenían hambre. Quedé más sorprendida de su preocupación por los demás que por la acción en sí misma.

En general, cuando sufrimos y cuando nos encontramos en una grave necesidad no pensamos en los demás. Por el contrario, esta mujer maravillosa, débil, pues no había comido desde hacía varios días, había tenido el valor de amar y de dar a los demás, tenía el valor de compartir.

Frecuentemente me preguntan cuándo terminará el hambre en el mundo. Yo respondo: Cuando aprendamos a compartir». Cuanto más tenemos, menos damos. Cuanto menos tenemos, más podemos dar.

Santa Teresa de Calcuta

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Dibujos para colorear «La Visitación»

Dibujos para colorear «La Visitación»

Os presentamos las siguientes láminas con la escena de «La Visitación de Nuestra Señora la Virgen María a santa Isabel». Una vez que los niños haya terminado de colorear el dibujo elegido, se podría terminar la catequesis leyendo el pasaje de los evangelios que narra esta escena (os lo dejamos al final del artículo).

Nota: podéis obtener las imágenes en tamaño real pulsando directamente sobre el título o la imagen de cada capítulo.

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Dibujos para colorear «La Visitación»

La Visitación 1

La Visitación 2

La Visitación 1 La Visitación 2

La Visitación 3

La Visitación 4

La Visitación 3 La Visitación 4

La Visitación 5

La Visitación 6

La Visitación 5 La Visitación 6

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La Visitación 7

La Visitación 8

La Visitación 7 La Visitación 8

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La Visitación de Nuestra Señora la Virgen María a santa Isabel

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor». María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Lc 1, 39-56 del Evangelio según san Lucas

Sagradas Escrituras del portal web de la Santa Sede

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La Visitación – Catequesis de san Juan Pablo II

La Visitación – Catequesis de san Juan Pablo II

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor». María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Lc 1, 39-56 del Evangelio según san Lucas

Sagradas Escrituras del portal web de la Santa Sede

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En el misterio de la Visitación el preludio de la misión del Salvador

1. En el relato de la Visitación, san Lucas muestra cómo la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres, oculto en el seno de su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se usa en los evangelios pare indicar la resurrección de Jesús (cf. Mc 8, 31; 9, 9. 31; Lc 24, 7. 46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 27­28; 15, 18. 20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

El texto evangélico refiere, además, que María realice el viaje «con prontitud» (Lc 1, 39). También la expresión «a la región montañosa» (Lc 1, 39), en el contexto lucano, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: ‘Ya reina tu Dios’!» (Is 52, 7).

Así como manifiesta san Pablo, que reconoce el cumplimiento de este texto profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom 10, 15), así también san Lucas parece invitar a ver en María a la primera evangelista, que difunde la buena nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino.

La dirección del viaje de la Virgen santísima es particularmente significativa: será de Galilea a Judea, como el camino misionero de Jesús (cf. Lc 9, 51).

En efecto, con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.

El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías, María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: «Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1, 40).

San Lucas refiere que «cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno» (Lc 1, 41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a su Madre, transmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.

Ante el saludo de María, también Isabel sintió la alegría mesiánica y «quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: ‘Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno’ » (Lc 1, 41­42).

En virtud de una iluminación superior, comprende la grandeza de María que, más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el Antiguo Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su seno, Jesús, el Mesías.

La exclamación de Isabel «con gran voz» manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo.

Isabel, proclamándola «bendita entre las mujeres» indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree.

Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué honor constituye pare ella su visita: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1, 43). Con la expresión «mi Señor», Isabel reconoce la dignidad real, más aun, mesiánica, del Hijo de María. En efecto, en el Antiguo Testamento esta expresión se usaba pare dirigirse al rey (cf. 1 R 1, 13, 20, 21, etc.) y hablar del rey­mesías (Sal 110, 1). El ángel había dicho de Jesús: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Lc 1, 32). Isabel, «llena de Espíritu Santo», tiene la misma intuición. Más tarde, la glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay que entender este título, es decir, en un sentido trascendente (cf. Jn 20, 28; Hch 2, 34­36).

Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente.

En la Visitación, la Virgen lleva a la madre del Bautista el Cristo, que derrama el Espíritu Santo. Las mismas palabras de Isabel expresan bien este papel de mediadora: «Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1, 44). La intervención de María produce, junto con el don del Espíritu Santo, como un preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que, habiendo empezado con la Encarnación, esta destinada a manifestarse en toda la obra de la salvación divina.

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San Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 2 de octubre de 1996


«Avemaría» – Canción infantil

«Avemaría» – Canción infantil

La otra forma de orar, usada y aprobada por la Iglesia, es el Ave María. Esta decimos que ordenó la Iglesia, porque a las palabras con que el Ángel y Santa Isabel saludaron a Nuestra Señora, añadió otras con que les dio forma de oración; pero se puede decir con verdad lo que dice San Bernardo, que fue compuesta en el cielo por el Espíritu Santo, y vino de allá ordenada casi toda ella. Esta forma de hablar con Nuestra Señora le es a ella muy grata y le place mucho, porque la representamos aquel soberano misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y la renovamos aquel inmenso gozo que tuvo cuando fue saludada del ángel San Gabriel y de Santa Isabel, cuando por obra del Espíritu Santo concibió al Redentor del mundo, porque diciendo nosotros el Avemaría, hacemos lo que ellos hicieron y la refrescamos la memoria de tan soberano beneficio. Así mismo place mucho a todos los cortesanos del cielo oír esta salutación del ángel y renovar la memoria del beneficio de la Encarnación del Señor; porque por este medio han venido ellos a los lugares que allá tienen.

En la otras formas de orar hablamos con Dios; en ésta hablamos con la Virgen María, porque después de Dios, entre las criaturas, ángeles y hombres, ella es la primera y más principal en todo: en santidad y dignidad, por ser Madre del Hijo de Dios y tener la gracia del Espíritu Santo con más cumplimiento que otra criatura alguna, y la gloria en el cielo a la medida de tan alta dignidad. Y por esto, Ella es nuestra principal Abogada sobre todos los Ángeles y Santos.

Fray Bartolomé de Carranza

Orden de los Dominicos

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Avemaría

Dios te salve María

llena eres de gracia

el Señor es contigo;

bendita tú eres

entre todas las mujeres,

y bendito es el fruto

de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora

de nuestra muerte.

Amén.

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«Avemaría» – Karaoke

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«Avemaría» – Canción cantada

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«Avemaría» – Canción recitada

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«Avemaría» – Partitura

Obtener partitura en tamaño real
«Avemaría» - Canción infantil

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Recursos para «Primeros pasos con Jesús»



«Primeros pasos con Jesús»: método y recursos

«Primeros pasos con Jesús»: método y recursos

Primeros pasos con Jesús es un método experimental de catecumenado para la iniciación cristiana de los más pequeños. El primer lugar donde los niños se acercan a la fe es en su propia casa, en su familia, con el ejemplo, el ánimo y la dedicación de sus padres y sus padrinos de Bautismo, sus hermanos, sus abuelos, etc.


¿Por qué decimos «catecumenado»? 

El mundo actual ha alejado a muchas personas y grupos familiares de la práctica religiosa. Los conocimientos sobre la fe y el evangelio de muchos católicos son escasos. Con este método pretendemos que, con el acercamiento del menor a la fe, también se acerquen los mayores: que se evangelicen los progenitores a través de sus hijos y viceversa. Estos pasos con Jesús los harán padres e hijos de la mano, acercándose poco a poco al Señor, haciéndose amigos de Él, conociéndole como si fuera la primera vez.


Materiales adicionales por tema

Dividimos este camino con Jesús en varios encuentros, en los que se irán tratando los temas fundamentales de la fe. Cada uno de ellos tendrá una unidad impresa o imprimible. Además, como la red nos ofrece miles de posibilidades para entrar en contacto con el Evangelio, muchas de las actividades propuestas tendrán complementos audiovisuales, materiales extra —dibujos, vídeos, juegos— imposible de reproducir en el formato clásico. 

En este artículo os ofrecemos una lista de los recursos que podéis utilizar en vuestro «paseo con Jesús», y que van indicados en el cuadernillo de cada encuentro:


Encuentro «Somos hijos de Dios»

Podéis descargar la unidad en formato pdf: Somos hijos de Dios

El Padre Nuestro para niños – Dibujos para colorear

Padrenuestro para niños

«Padre Nuestro» – Karaoke

Entrada al templo – Vídeo

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Encuentro «María, nuestra Madre del cielo»

Podéis descargar la unidad en formato pdf: María, nuestra Madre del cielo.

Vídeo «La Virgen niña»

Canción «Avemaría»

Canción «Venid y vamos todos con flores a María»

Dibujos para colorear a María

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La fe, producto de la vida familiar

La fe, producto de la vida familiar

Personalmente, sé que mi fe ha sido producto de mi vida familiar. Recuerdo muy vivamente momentos y experiencias en las que diversas situaciones se ponían siempre en relación con Dios.

«Religión=Relación» con un Ser que nos transciende, que en nuestro caso es Abba, el Dios que Jesucristo nos ha enseñado. Esta fe o confianza radical en Dios afianzada desde los primeros años de vida y desde las situaciones cotidianas en el hogar, hace que la fe sea una fe sólida y enraizada desde la vida, como todo lo que se aprende desde casa y en los primeros años.

Cuando el niño vive cualquier experiencia buena o mala a la que sus padres le dan buen sentido y además la ponen en relación con Dios esto queda grabado para siempre.

Por poner un ejemplo, si una niña tiene una mala experiencia en el colegio ya que se han reído de ella porque tiene gafas, al llegar a casa su padre la toma en sus brazos, le dice que le quiere mucho y que además está preciosa con esas gafas tan bonitas y después le dice que así como él le quiere Dios también le quiere con sus gafas y todo y que para Él es la niña más preciosa del mundo, esa niña aprende por medio del cariño de su padre el cariño de Dios.

Todo lo que se aprende desde niño y rodeado del calor y del amor de los padres queda grabado para siempre.

Ayudar a los padres a que descubran que la fe es un tesoro que va a hacer mucho bien a sus hijos o hijas, que va a dar sentido a sus vidas y que las va a hacer más plenas es una labor pastoral preciosa. Ellos lo ven y lo viven con agrado.

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Pilar Iceta Olaizola

Delegada de catequesis de la diócesis de San Sebastián (España)


Los primeros años son los mejores para introducir a los niños en el misterio de Dios

Los primeros años son los mejores para introducir a los niños en el misterio de Dios

Está una señora de visita en casa de una amiga suya que tiene seis hijos. Viven en una casa que ocupa dos pisitos pequeños unidos por una escalera interior. Las dos mujeres están en la parte baja de la vivienda. En el rellano de la escalera, los padres han colocado una imagen de María, que ellos y sus hijos saludan con la mirada y el corazón, cuando pasan por allí.

De repente, la visitante escucha el llanto fuerte de la niña pequeña, que está en la parte de arriba y busca a su madre. La oyen acercarse, bajando como puede las escaleras. De repente la madre de la niña le dice a su amiga:

—Ya verás, ahora se callará y al cabo de unos segundos, volverá a llorar.

Y así sucede. La visitante pide una explicación y la madre le cuenta:

—Le hemos enseñado a saludar a la Virgen del rellano y nunca se olvida, y claro no puede saludarla y llorar a la vez.

Los niños imitan a sus padres. Sus ojos son dos cámaras de televisión que graban y guardan lo que hacen sus padres. De adultos, no recordamos lo que nuestros padres nos decían, sino lo que vivían. La mejor catequesis familiar es la alegría de los padres, el amor con que se miran y se hablan, las miradas que papá y mamá lanzan a la imagen de María que está en la habitación…

Un niño capta que la Misa es el milagro más grande que sucede en el mundo, al ver cómo se preparan sus padres, cómo le visten y se visten ellos, con las mejores ropas, cómo le peinan y cómo se arreglan ellos, cómo sacan brillo a los zapatos, y cómo todo el día gira en torno a la Misa. La importancia del domingo les entra por los ojos al ver cómo ese día se festeja con una comida especial, muestra de la alegría de sabernos en manos de un Dios que es nuestro Padre.

Los primeros años son los mejores para introducir a los niños en el misterio de Dios. Cuando están descubriendo la vida envueltos en la sorpresa de los primeros deslumbres de la creación, cuando las preguntas sobre lo que son las cosas surgen continuamente de sus labios, cuando sus ojos se agrandan ante tanta belleza y tanta variedad, en esos primeros años están especialmente preparados para oír hablar de Dios, del misterio de Jesús, el Dios hecho hombre. No se extrañan, Para ellos, todo es «normal», porque todo es nuevo. Los niños tienen una gran capacidad de entender a Dios porque su alma no esta aún manchada, y por eso, aunque tienen las huellas del pecado original y pueden obrar mal, tienen un instinto más vivo que nosotros para Dios.

Los padres transmiten la fe en Dios cuando les cuentan a sus hijos la vida de Jesús, presentándoselo como quien es, una Persona viva, Dios hecho hombre, que muere en la Cruz por amor y resucita al tercer día y así nos salva. Los padres enseñan quién es Dios cuando les hacen ver a sus hijos que el amor que les tienen tiene su origen en Dios, que es amor.

Trabajo de capellán en un colegio de niñas. Enseñadas por sus madres, casi todas ex alumnas, aprenden que lo primero es ir a saludar a Jesús, que está vivo en el Sagrario. Y todas van, y hacen como pueden la genuflexión, y después besan los pies del Jesús en la Cruz que está cerca de la puerta. Algunas vuelven a ver a Jesús durante el recreo porque les atrae esa «cajita dorada» envuelta en un tenue velo, que preside el retablo. Una vez vi cómo una niña de tres años avanzaba decidida hacia el sagrario y se postraba de rodillas unos segundos ante Jesús. A su vuelta, le hice una señal para que se acercara y le pregunté:

—¿Te ha sonreído Jesús?

Y ella, sin inmutarse, como si le hubieran hecho una pregunta evidente, como tantas que hacen los adultos, contestó:

—Pues, claro.

Esa niña era hija de una mamá que visita con frecuencia a Jesús en el Sagrario.

Otro día unos padres me contaron que una compañera de su hija había fallecido en un accidente de tráfico. Los padres fueron a visitar a la familia con la niña y la niña vio a su compañera de pupitre muerta en el tanatorio. Al volver a casa la niña les espetó:

—Y yo, ¿por qué vivo?

Mientras el padre pensaba una respuesta razonada, la madre contestó:

—Porque Dios te ama. Has nacido del amor de papá y mamá y antes Dios te amó y te sigue amando; por eso vives.

La niña, ya serena, respondió:

—Vale.

Lo mejor es dedicarles tiempo y hablarles de Jesús, de que Dios es un Padre lleno de amor y ternura para con nosotros, de que la tierra y todo lo que hay en ella son regalos de Dios para sus hijos, el sol, las montañas, las plantas, los animales, las estrellas, la nieve, hablarles mucho de lo mucho que nos quiere Dios, tanto que ha querido quedarse con nosotros en el Sagrario, escondido en las apariencias de pan.

Todos los padres aprenden historias y cuentos para contarles. A través de ellos se les transmite la sabiduría de la vida, y también la vida cristiana. Entre esas historias, que esté muy presente la vida de Jesús y de la Virgen en Nazaret y después la vida pública de Jesús en Palestina, en Galilea y Judea. Con los más pequeños pueden ser de ayuda las vidas de Jesús con ilustraciones o videos. Así se despierta en ellos ya desde el comienzo de sus vidas la necesidad de agradecer todo a Dios: los papás, la comida, el sol, los animales, los árboles…

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Capellán del Colegio Montealto (Madrid, España)