Aprende y colorea la vida de san Pablo (II)

Aprende y colorea la vida de san Pablo (II)

Tras la fiesta de la conversión de san Pablo, os presentamos estos textos y dibujos que exponen la vida completa de este «pilar» fundamental de la cristiandad.

Que disfrutéis con las maravillosas ilustraciones y textos del Hermano Roque Miguel Vernaz, religioso de la Congregación de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey.

Nota: podéis obtener las imágenes en tamaño grande pulsando directamente sobre el título o la imagen de cada capítulo.

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Pablo y Silas en oración (Hch 16)

Pablo y Silas en oración (Hch 16)

A eso de medianoche, Pablo y Silas, de pie puestos en oración, alababan a Dios mientras los demás presos estaban escuchando. De repente se sintió un gran terremoto, tal que se movían hasta los cimientos de la cárcel. En aquel instante se les cayeron a todos los presos las cadenas y se abrieron todas las puertas.

En esto despertó el carcelero y al ver abiertas las puertas de la cárcel, creyendo que se habían escapado los presos, desenvainando su espada se iba a suicidar. Viéndolo Pablo, le gritó diciendo: «¡Quieto! No te hagas daño, pues todos estamos aquí». Entonces, comprendiendo el milagro, se arrojó a los pies del Apóstol diciendo: «¡Señor! ¿Qué debo hacer para salvarme?». Pablo le dijo: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás». Y enseñándole la doctrina cristiana a él y a todos los de su casa, en aquella misma hora de la noche se bautizó con toda su familia. Después el carcelero invitó a Pablo y a Silas a su habitación, les lavó las llagas y luego les sirvió la cena, alegrándose con todos los suyos de haber creído en Dios.

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Pablo en Atenas (Hch 17)

Pablo en Atenas (Hch 17)

Habiendo llegado Pablo a Atenas, predicaba en las sinagogas y enseñaba en la plaza pública a todas las gentes. Se les acercaban muchos curiosos preguntando: «¿Qué novedad nos trae éste? ¿Qué dice este charlatán?». Al fin, cogiéndole en medio le llevaron al Areópago, diciendo: «¿Podremos saber qué doctrina predicas?». Pablo empezó diciendo: «Ciudadanos atenienses, en todo veo que son muy religiosos, pues al recorrer la ciudad y contemplar sus monumentos he visto un altar con esta inscripción: ‘Al Dios desconocido’. Pues bien, lo que veneran sin conocerlo es lo que yo les voy a anunciar».

«El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos de los hombres, ni es servido por manos humanas como si necesitase algo. Él es el que a todos nos da la vida y el aliento y todas las cosas, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos»… Al oírle hablar de la resurrección de los muertos algunos se burlaban, pero otros, sin embargo, se convirtieron y creyeron, entre los cuales estaba san Dionisio el Areopagita.

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Pablo ante el Sanedrín (Hch 23)

Pablo ante el Sanedrín (Hch 23)

Habiéndose reunido el Sanedrín para juzgar a Pablo, dijo Pablo: «Hermanos, puedo aseguramos que delante de Dios, de nada me remuerde la conciencia». Entonces el príncipe de los sacerdotes mandó pegarle en la boca. Y Pablo respondió: «Herirte ha Dios a ti, pared blanqueada. ¿Tú estás sentado para juzgarme según la ley, y contra la ley mandas herirme?». Viendo Pablo que parte de los asistentes eran fariseos y parte saduceos, y sabiendo que los unos no se llevan bien con los otros porque los fariseos creen en la resurrección y los saduceos no creen, exclamó en medio de ellos: «Hermanos míos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y por causa de mi esperanza en la resurrección de los muertos es por lo que voy a ser condenado». Estas palabras de Pablo suscitaron tal discusión entre ellos que se armó un gran griterío y algunos fariseos decían: «Nada malo hallamos en él, ¿acaso no le pudo hablar algún ángel?». Más tarde, para poder escapar de los judíos, hubo de apelar al César, pero antes fue presentado al rey Agripa, al que Festo le apercibía que contra él no había más acusaciones, que ciertas disputas tocantes a la superstición judía y sobre un cierto difunto llamado Jesús, que Pablo afirmaba estar vivo.

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En la isla de Malta (Hch 28)

En la isla de Malta (Hch 28)

Cuando llevaban a Pablo preso a Roma, el barco naufragó cerca de Malta y todos se salvaron. Al llegar a la isla hicieron una hoguera para secarse las ropas y protegerse del frío. Entonces Pablo cogió unos sarmientos para echarlos al fuego, pero había debajo una víbora muy venenosa y le mordió en una mano. Cuando los bárbaros vieron la víbora colgada de la mano de Pablo, se dijeron unos a otros: «Este hombre debe ser un criminal o un homicida, pues qué habiéndose salvado del mar, la venganza de los dioses es que no quieren que viva». Y estaban esperando que por momentos cayera muerto en el suelo. Pero al ver que pasaba el tiempo y nada le sucedía, mudando de opinión, decían que era un dios, y empezaron a tratarle con mucho respeto y veneración. El rey de la isla tenía un hijo enfermo y Pablo haciendo oración por él lo curó. Entonces, empezaron a llevarle todos los enfermos de la isla y a todos los curaba, por cuyo motivo Ie hicieron muchos honores, y cuando volvieron a embarcar le dieron todo lo que necesitaban.

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Escritos y muerte del Apóstol

Escritos y muerte del Apóstol

Sin duda que san Pablo fue el más grande apóstol que ha tenido el cristianismo. Se puede decir que casi recorrió medio mundo predicando el Evangelio y fundando comunidades cristianas que cuando iba a otro lugar no olvidada y les escribía sus famosas cartas llenas de sabiduría. Incesantemente animaba a unos y a otros, haciéndoles ver que «es necesario pasar por muchos trabajos para llegar al Reino de Dios», pero que «por muchos que sean los trabajos, no tienen comparación con aquella Sublime gloria venidera que esperamos». Y les añadía: «Para, mí la vida es Cristo, y la muerte es la ganancia; pues si bien el continuar viviendo es fruto de apostolado, no sé qué elegir, porque me siento como apremiado por ambas partes. Por un lado deseo la muerte para estar con Cristo en el cielo, lo que sin duda es lo mejor para mí; pero por el otro lado, el continuar viviendo lo juzgo más necesario para vosotros». Tanto luchó que pudo decir: «He combatido bien, he terminado mi carrera. Ya sólo me aguarda la corona que me otorgará el Señor». Cuando un pelotón de soldados acababa de crucificar a Pedro en la ciudad de Roma, otro pelotón sacaba a Pablo a las afueras de Roma para pedirle la vida por Cristo, aunque de otra manera. Esta vez el privilegio de ser ciudadano romano le privó de la gloria de la cruz que tanto honró en vida, y su cabeza rodó por el suelo al filo de la espada del verdugo.

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Aprende y colorea la vida de san Pablo (I)

Aprende y colorea la vida de san Pablo (II)

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Las ilustraciones y los textos son autoría del Hermano Roque Miguel Vernaz, religioso de la Congregación de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey.


Aprende y colorea la vida de san Pablo (II)

Aprende y colorea la vida de san Pablo (I)

Con motivo de la fiesta de la conversión de san Pablo, os presentamos estos textos y dibujos que exponen la vida completa de este «pilar» fundamental de la cristiandad.

Que disfrutéis con las maravillosas ilustraciones y textos del Hermano Roque Miguel Vernaz, religioso de la Congregación de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey.

Nota: podéis obtener las imágenes en tamaño grande pulsando directamente sobre el título o la imagen de cada capítulo.

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La conversión (Hch 9)

La conversión (Hch 9)

San Pablo era un celoso fariseo llamado Saulo que, no habiendo comprendido la doctrina de Cristo, tenía a los cristianos por herejes que había que exterminar. Jesucristo había dicho: «Llegará el tiempo en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios» (Jn 16). Y Pablo era uno de esos que, celoso de la religión judía, perseguía a muerte a los cristianos por todas partes.

Un día se presentó al príncipe de los sacerdotes y le pidió cartas para Damasco, dirigidas a los jefes de las sinagogas, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase de la secta de Jesús. Cuando ya llevaba de camino más de doscientos kilómetros y ya estaba cerca de la ciudad de Damasco, sucedió algo así como un rayo que cayó a sus pies y le envolvió con su resplandor. Cayendo en tierra mientras oía una tremenda voz que le decía: «¡Saulo! ¡Saulo! ¿Por qué me persigues?» Él oyó la voz, pero no veía nada, pues el resplandor le había dejado ciego. Y contestó: «¿Quién eres Tú, Señor?» Y el Señor le dijo: «Yo soy Jesús a quien tú persigues; dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón». Él, entonces, temblando y despavorido, dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Y el Señor le respondió: «Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer».

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El nuevo Apóstol (Hch 9)

El nuevo Apóstol (Hch 9)

En Damasco había un santo varón llamado Ananías, al cual le habló el Señor en una visión y le dijo: «Ananías, levántate y vete a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que ahora está en oración». Respondió Ananías: «Señor, he oído decir a muchos que ese hombre ha hecho mucho daño a todos los cristianos de Jerusalén y que ha venido aquí con poderes de los príncipes de los sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre». «Vete a encontrarle, añadió el Señor, porque ese mismo es ya un instrumento elegido por Mí para llevar mi nombre a todas las naciones». Marchó Ananías y entrando en la casa que le había dicho el Señor, encontró allí a Saulo e imponiéndole las manos, le dijo: «Saulo, hermano, el Señor Jesús que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo». Al momento cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista, y levantándose fue bautizado. Y habiendo tomado aliento, recobró sus fuerzas, y estuvo algunos días con los discípulos que habitaban en Damasco. Después empezó a predicar en las sinagogas diciendo que Jesús es el Hijo de Dios; pero los otros discípulos no se fiaban de él, porque sabían que había encarcelado a muchos en Jerusalén y había ido a Damasco con el mismo propósito.

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Huye por la muralla metido en un canasto (Hch 9)

Huye por la muralla metido en un canasto (Hch 9)

Todos los que le oían estaban pasmados, y decían: «Pues ¿no es éste aquel que con tanto furor perseguía a los cristianos en Jerusalén y que vino acá con el propósito de llevarnos presos?» Pablo, empero, cada día cobraba nuevo rigor y esfuerzo, y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrándoles que Jesús era el Cristo.

Mucho tiempo después, los judíos se conjuraron de mancomún para quitarle la vida. Advirtieron a Pablo de lo que tramaban contra él; y ellos, a fin de salir con su intento de matarle, tenían puestos centinelas día y noche a las puertas de la ciudad: En vista de Io cual los discípulos, tomándole una noche, le descolgaron por el muro metido en un canasto.

Así que llegó de nuevo a Jerusalén, procuraba unirse con los discípulos, mas todos huían de él, no creyendo que se hubiera hecho cristiano, ya que sabían con cuánta saña los había perseguido anteriormente. Por fin, Bernabé lo presentó a los Apóstoles y les contó la milagrosa conversión cuando en el camino de Damasco se le apareció el Señor, y las palabras que le había dicho, y con cuánta firmeza y valentía había procedido en Damasco predicando en el Nombre de Jesús. Y con esto ya lo aceptaron.

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Pablo y Bernabé son tenidos por dioses (Hch 14)

Pablo y Bernabé son tenidos por dioses (Hch 14)

Cuando los Apóstoles llegaron a Listra, se encontraron allí con un hombre paralítico que nunca habla andado y ni siquiera podía ponerse en pie, por lo que siempre estaba sentado. Habiendo oído predicar a Pablo, creyó que podría curarle, y el Apóstol al ver su fe le dijo en alta voz: «Levántate y mantente de pie, derecho sobre tus piernas». El, al instante, dando un salto se puso a andar. Las gentes, viendo lo que Pablo acababa de hacer, se pusieron a gritar diciendo: «Estos no son hombres, sino que son dioses que han bajado en figura de hombres». A Bernabé le daban el nombre de Júpiter, y a Pablo el de Mercurio. El sacerdote de Júpiter, trayendo toros adornados con guirnaldas delante de la puerta, junto con todo el pueblo, intentaba ofrecerles sacrificios. Apenas se dieron cuenta de ello Pablo y Bernabé, rasgando sus vestidos, rompieron por medio del gentío, clamando: «Hombres, ¿qué es lo que hacen? Nosotros no somos dioses, sino hombres mortales como vosotros, que venimos a decirles que dejen todas esas deidades y se conviertan al Dios vivo, que creó el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto existe»… Pero, por más que les decían, ellos querían adorarlos y ofrecerles sacrificios, creyendo que quienes tales portentos hacían no podían ser hombres sino dioses.

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La adivina (Hch 16)

La adivina (Hch 16)

Sucedió que una esclava jovencita estaba poseída de un espíritu de adivinación, la cual, haciendo de adivina, conseguía para sus amos muchas ganancias. Cuando Pablo y Silas pasaban a la oración, la muchacha los seguía detrás gritando: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo que os anuncian el camino de la salvación». Y así continuó tras ellos por espacio de varios días…

Cansados los apóstoles de oírla todos los días, un día se volvió Pablo hacia ella y le dijo al demonio que tenía dentro: «Yo te mando, en nombre de Jesucristo, que salgas de esta muchacha». En aquel momento la dejó el demonio y se puso bien. Pero sus amos, al ver que se les había acabado el negocio de lo que ganaban con sus adivinanzas, se enfadaron y armaron un gran alboroto en la ciudad diciendo que aquellos hombres estaban enseñando doctrinas extrañas contrarias a sus leyes y tradiciones. La plebe acudió formando gran alboroto y los magistrados mandaron que los azotasen y luego los encarcelasen bien seguros. El carcelero al recibir esta orden los metió en un profundo calabozo, con los pies sujetos al cepo para mayor seguridad.

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Aprende y colorea la vida de san Pablo (I)

Aprende y colorea la vida de san Pablo (II)

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Las ilustraciones y los textos son autoría del Hermano Roque Miguel Vernaz, religioso de la Congregación de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey.


Catequesis sobre la «conversión» de san Pablo – Santo Padre emérito Benedicto XVI

Catequesis sobre la «conversión» de san Pablo – Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco y, por tanto, a lo que se suele llamar su conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo I, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de san Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar «pérdida» «basura» todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3, 7-8) ¿Qué es lo que sucedió?

Al respecto tenemos dos tipos de fuentes. El primer tipo, el más conocido, son los relatos escritos por san Lucas, que en tres ocasiones narra ese acontecimiento en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 4-23). Tal vez el lector medio puede sentir la tentación de detenerse demasiado en algunos detalles, como la luz del cielo, la caída a tierra, la voz que llama, la nueva condición de ceguera, la curación por la caída de una especie de escamas de los ojos y el ayuno. Pero todos estos detalles hacen referencia al centro del acontecimiento: Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su «» definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.

En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también «iluminación», porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de san Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión. Ese encuentro es el centro del relato de san Lucas, que tal vez utilizó un relato nacido probablemente en la comunidad de Damasco. Lo da a entender el colorido local dado por la presencia de Ananías y por los nombres tanto de la calle como del propietario de la casa en la que Pablo se alojó (cf. Hch 9, 11).

El segundo tipo de fuentes sobre la conversión está constituido por las mismas Cartas de san Pablo. Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol.

El texto más claro sobre este punto se encuentra en su relato sobre lo que constituye el centro de la historia de la salvación: la muerte y la resurrección de Jesús y las apariciones a los testigos (cf. 1 Co 15). Con palabras de una tradición muy antigua, que también él recibió de la Iglesia de Jerusalén, dice que Jesús murió crucificado, fue sepultado y, tras su resurrección, se apareció primero a Cefas, es decir a Pedro, luego a los Doce, después a quinientos hermanos que en gran parte entonces vivían aún, luego a Santiago y a todos los Apóstoles. Al final de este relato recibido de la tradición añade: «Y por último se me apareció también a mí» (1 Co 15, 8). Así da a entender que este es el fundamento de su apostolado y de su nueva vida.

Hay también otros textos en los que expresa lo mismo: «Por medio de Jesucristo hemos recibido la gracia del apostolado» (Rm 1, 5); y también: «¿Acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?» (1 Co 9, 1), palabras con las que alude a algo que todos saben. Y, por último, el texto más amplio es el de la carta a los Gálatas: «Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los Apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco» (Ga 1, 15-17). En esta «auto-apología» subraya decididamente que también él es verdadero testigo del Resucitado, que tiene una misión recibida directamente del Resucitado.

Así podemos ver que las dos fuentes, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de san Pablo, convergen en un punto fundamental: el Resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo grecorromano. Al mismo tiempo, san Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podía ser un verdadero apóstol, como escribe explícitamente en la primera carta a los Corintios: «Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (1 Co 15, 11). Sólo existe un anuncio del Resucitado, porque Cristo es uno solo.

Como se ve, en todos estos pasajes san Pablo no interpreta nunca este momento como un hecho de conversión. ¿Por qué? Hay muchas hipótesis, pero en mi opinión el motivo es muy evidente. Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sólo una conversión, una maduración de su «yo»; fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. De ninguna otra forma se puede explicar esta renovación de san Pablo.

Los análisis psicológicos no pueden aclarar ni resolver el problema. Sólo el acontecimiento, el encuentro fuerte con Cristo, es la clave para entender lo que sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquel que se había revelado y había hablado con él. En este sentido más profundo podemos y debemos hablar de conversión. Este encuentro es una renovación real que cambió todos sus parámetros. Ahora puede decir que lo que para él antes era esencial y fundamental, ahora se ha convertido en «basura»; ya no es «ganancia» sino pérdida, porque ahora cuenta sólo la vida en Cristo.

Sin embargo no debemos pensar que san Pablo se cerró en un acontecimiento ciego. En realidad sucedió lo contrario, porque Cristo resucitado es la luz de la verdad, la luz de Dios mismo. Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. En ese momento no perdió cuanto había de bueno y de verdadero en su vida, en su herencia, sino que comprendió de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de la ley y de los profetas, se apropió de ellos de modo nuevo. Al mismo tiempo, su razón se abrió a la sabiduría de los paganos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos. Así realmente podía ser el Apóstol de los gentiles.

En relación con nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que tampoco para nosotros el cristianismo es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo. Ciertamente no se nos muestra de esa forma irresistible, luminosa, como hizo con san Pablo para convertirlo en Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad.

Por tanto oremos al Señor para que nos ilumine, para que nos conceda en nuestro mundo el encuentro con su presencia y para que así nos dé una fe viva, un corazón abierto, una gran caridad con todos, capaz de renovar el mundo.

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Santo Padre emérito Benedicto XVI

Audiencia General del miércoles, 3 de septiembre de 2008

Catequesis del «desierto»

Catequesis del «desierto»

Con motivo de la próxima festividad de san Antonio Abad, uno de los grandes padres del desierto, os proponemos la Catequesis del desierto impartida por Fray Nelson Medina, teólogo de la Orden de los Dominicos.

[…] para Cristo no es indiferente que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud […]

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Extracto de la Homilía del domingo 24 de abril de 2005

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Catequesis del desierto: Introducción

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Catequesis del desierto: Los desiertos de Adán, Abraham y Moisés

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Catequesis del desierto: El desierto de Israel

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Catequesis del desierto: El desierto de Jesucristo

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Catequesis del desierto: Nuestros desiertos

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Catequesis del desierto

Fray Nelson Medina, teólogo de la Orden de los Dominicos


Oración a la «Sagrada Familia» del Santo Padre Francisco

Oración a la «Sagrada Familia» del Santo Padre Francisco

[…] nuestra mirada a la Sagrada Familia se deja atraer también por la sencillez de la vida que ella lleva en Nazaret. Es un ejemplo que hace mucho bien a nuestras familias, les ayuda a convertirse cada vez más en una comunidad de amor y de reconciliación, donde se experimenta la ternura, la ayuda mutua y el perdón recíproco. Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia: permiso, gracias, perdón. Cuando en una familia no se es entrometido y se pide «permiso», cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir «gracias», y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir «perdón», en esa familia hay paz y hay alegría.


Santo Padre Francisco

Extracto del Ángelus del jueves 29 de diciembre de 2013

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Oración a la «Sagrada Familia» del Santo Padre Francisco


Jesús, María y José:

en vosotros, Sagrada Familia de Nazaret,

ponemos hoy nuestra mirada

con admiración y confianza;

en vosotros contemplamos

la belleza de la comunión en el amor verdadero;

a vosotros enconmendamos todas nuestras familias

para que se renueven en ellas las maravillas de la gracia.


Sagrada Familia de Nazaret, 

atractiva escuela del santo Evangelio,

enséñanos a imitar tus virtudes

con una sabia disciplina espiritual;

danos esa mirada limpia

que sabe reconocer la obra de la Providencia

en las situaciones diarias de la vida.


Sagrada Familia de Nazaret,

custodia fiel del misterio de la salvación.

Haz que renazca en nosotros la estima del silencio,

haz de nuestras familias cenáculos de oración

y transfórmalas en pequeñas Iglesias domésticas.

Renueva el deseo de santidad,

sostén la noble fatiga del trabajo, de la educación,

de la escuela de la comprensión y del perdón recíprocos.


Sagrada Familia de Nazaret:

despierta en nuestra sociedad la consciencia

del carácter sagrado e inviolable de la familia, 

bien inestimable e insustituible.

Que cada familia sea morada acogedora

de bondad y de paz

para los niños y para los ancianos,

para quien está enfermo y solo,

para quien es pobre y está necesitado.


Jesús, María y José,

con confianza os rezamos,

con alegría a vosotros nos encomendamos.


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Catequesis sobre el Bautismo – Santo Padre Francisco

Catequesis sobre el Bautismo – Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Credo, a través del cual cada domingo hacemos nuestra profesión de fe, afirmamos: «Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados». Se trata de la única referencia a un Sacramento en todo el Credo. En efecto, el Bautismo es la «puerta» de la fe y de la vida cristiana. Jesús Resucitado dejó a los Apóstoles esta consigna: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16, 15-16). La misión de la Iglesia es evangelizar y perdonar los pecados a través del sacramento bautismal. Pero volvamos a las palabras del Credo. La expresión se puede dividir en tres puntos: «confieso»; «un solo bautismo»; «para el perdón de los pecados».

«Confieso». ¿Qué quiere decir esto? Es un término solemne que indica la gran importancia del objeto, es decir, del Bautismo. En efecto, pronunciando estas palabras afirmamos nuestra auténtica identidad de hijos de Dios. El Bautismo es en cierto sentido el carné de identidad del cristiano, su certificado de nacimiento y el certificado de nacimiento en la Iglesia. Todos vosotros sabéis el día que nacisteis y festejáis el cumpleaños, ¿verdad? Todos nosotros festejamos el cumpleaños. Os hago una pregunta, que ya hice otras veces, pero la hago una vez más: ¿quién de vosotros recuerda la fecha de su Bautismo? Levante la mano: son pocos (y no pregunto a los obispos para no hacerles pasar vergüenza…). Pero hagamos una cosa: hoy, cuando volváis a casa, preguntad qué día habéis sido bautizados, buscad, porque este es el segundo cumpleaños. El primer cumpleaños es el nacimiento a la vida y el segundo cumpleaños es el nacimiento en la Iglesia. ¿Haréis esto? Es una tarea para hacer en casa: buscar el día que nací para la Iglesia, y dar gracias al Señor porque el día del Bautismo nos abrió la puerta de su Iglesia. Al mismo tiempo, al Bautismo está ligada nuestra fe en el perdón de los pecados. El Sacramento de la Penitencia o Confesión es, en efecto, como un «segundo bautismo», que remite siempre al primero para consolidarlo y renovarlo. En este sentido el día de nuestro Bautismo es el punto de partida de un camino bellísimo, un camino hacia Dios que dura toda la vida, un camino de conversión que está continuamente sostenido por el Sacramento de la Penitencia. Pensad en esto: cuando vamos a confesarnos de nuestras debilidades, de nuestros pecados, vamos a pedir el perdón de Jesús, pero vamos también a renovar el Bautismo con este perdón. Y esto es hermoso, es como festejar el día del Bautismo en cada Confesión. Por lo tanto la Confesión no es una sesión en una sala de tortura, sino que es una fiesta. La Confesión es para los bautizados, para tener limpio el vestido blanco de nuestra dignidad cristiana.

Segundo elemento: «un solo bautismo». Esta expresión remite a la expresión de san Pablo: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4, 5). La palabra «bautismo» significa literalmente «inmersión», y, en efecto, este Sacramento constituye una auténtica inmersión espiritual en la muerte de Cristo, de la cual se resucita con Él como nuevas criaturas (cf. Rm 6, 4). Se trata de un baño de regeneración y de iluminación. Regeneración porque actúa ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual nadie puede entrar en el reino de los cielos (cf. Jn 3, 5). Iluminación porque, a través del Bautismo, la persona humana se colma de la gracia de Cristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y expulsa las tinieblas del pecado. Por esto, en la ceremonia del Bautismo se les da a los padres una vela encendida, para significar esta iluminación; el Bautismo nos ilumina desde dentro con la luz de Jesús. En virtud de este don el bautizado está llamado a convertirse él mismo en «luz» —la luz de la fe que ha recibido— para los hermanos, especialmente para aquellos que están en las tinieblas y no vislumbran destellos de resplandor en el horizonte de su vida.

Podemos preguntarnos: el Bautismo, para mí, ¿es un hecho del pasado, aislado en una fecha, esa que hoy vosotros buscaréis, o una realidad viva, que atañe a mi presente, en todo momento? ¿Te sientes fuerte, con la fuerza que te da Cristo con su muerte y su resurrección? ¿O te sientes abatido, sin fuerza? El Bautismo da fuerza y da luz. ¿Te sientes iluminado, con esa luz que viene de Cristo? ¿Eres hombre o mujer de luz? ¿O eres una persona oscura, sin la luz de Jesús? Es necesario tomar la gracia del Bautismo, que es un regalo, y llegar a ser luz para todos.

Por último, una breve referencia al tercer elemento: «para el perdón de los pecados». En el sacramento del Bautismo se perdonan todos los pecados, el pecado original y todos los pecados personales, como también todas las penas del pecado. Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. Esta intervención salvífica no quita a nuestra naturaleza humana su debilidad —todos somos débiles y todos somos pecadores—; y no nos quita la responsabilidad de pedir perdón cada vez que nos equivocamos. No puedo bautizarme más de una vez, pero puedo confesarme y renovar así la gracia del Bautismo. Es como si hiciera un segundo Bautismo. El Señor Jesús es muy bueno y jamás se cansa de perdonarnos. Incluso cuando la puerta que nos abrió el Bautismo para entrar en la Iglesia se cierra un poco, a causa de nuestras debilidades y nuestros pecados, la Confesión la vuelve abrir, precisamente porque es como un segundo Bautismo que nos perdona todo y nos ilumina para seguir adelante con la luz del Señor. Sigamos adelante así, gozosos, porque la vida se debe vivir con la alegría de Jesucristo; y esto es una gracia del Señor.

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Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles, 13 de noviembre de 2013

Catequesis sobre la «Epifanía del Señor» – Santo Padre emérito Benedicto XVI

Catequesis sobre la «Epifanía del Señor» – Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Esta fiesta de la Epifanía es una fiesta muy antigua, que tiene su origen en el Oriente cristiano y pone de relieve el misterio de la manifestación de Jesucristo a todas las naciones, representadas por los Magos que acudieron a adorar al Rey de los judíos recién nacido en Belén, como narra el Evangelio de san Mateo (cf. 2, 1-12). La «luz nueva» que se encendió en la noche de Navidad (cf. Prefacio de Navidad I), hoy comienza a brillar sobre el mundo, como sugiere la imagen de la estrella, un signo celestial que atrajo la atención de los Magos y los guió en su viaje hacia Judea.

Todo el período de Navidad y de Epifanía se caracteriza por el tema de la luz, vinculado al hecho de que, en el hemisferio norte, después del solsticio de invierno, el día vuelve a alargarse con respecto a la noche. Pero, más allá de su posición geográfica, para todos los pueblos vale la palabra de Cristo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Jesús es el sol que apareció en el horizonte de la humanidad para iluminar la existencia personal de cada uno de nosotros y para guiarnos a todos juntos hacia la meta de nuestra peregrinación, hacia la tierra de la libertad y de la paz, en donde viviremos para siempre en plena comunión con Dios y entre nosotros.

El anuncio de este misterio de salvación fue confiado por Cristo a su Iglesia. Ese misterio —escribe san Pablo— «ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3, 5-6). La invitación que el profeta Isaías dirigía a la ciudad santa Jerusalén se puede aplicar a la Iglesia: «¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra; la oscuridad, los pueblos; pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti» (Is 60, 1-2). Es así, como dice el Profeta: el mundo, con todos sus recursos, no es capaz de dar a la humanidad la luz para orientarla en su camino. Lo constatamos también en nuestros días: la civilización occidental parece haber perdido la orientación, navega a vista. Pero la Iglesia, gracias a la Palabra de Dios, ve a través de estas nieblas. No posee soluciones técnicas, pero tiene la mirada dirigida a la meta, y ofrece la luz del Evangelio a todos los hombres de buena voluntad, de cualquier nación y cultura.

Esta es también la misión de los representantes pontificios ante los Estados y las Organizaciones internacionales. 

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Santo Padre emérito Benedicto XVI

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Ángelus del viernes 6 de enero de 2012

De los nombres de Cristo: Príncipe de la Paz

De los nombres de Cristo: Príncipe de la Paz

—Cuando la razón no lo demostrara, ni por otro camino se pudiera entender cuán amable cosa sea la paz, esta vista hermosa del cielo que se nos descubre ahora, y el concierto que tienen entre sí aquestos resplandores que lucen en él, nos dan de ello suficiente testimonio. Porque ¿qué otra cosa es sino paz, o ciertamente una imagen perfecta de paz, esto que ahora vemos en el cielo, y que con tanto deleite se nos viene a los ojos? Que si la paz es, como San Agustín breve y verdaderamente concluye, una orden sosegada, o un tener sosiego y firmeza en lo que pide el buen orden, eso mismo es lo que nos descubre ahora esta imagen. Adonde el ejército de las estrellas, puesto como en ordenanza y como concertado por sus hileras luce hermosísimo, y adonde cada una de ellas inviolablemente guarda su puesto; adonde no usurpa ninguna el lugar de su vecina, ni la turba en su oficio, ni menos, olvidada del suyo, rompe jamás la ley eterna y santa que le puso la Providencia; antes, como hermanadas todas y como mirándose entre sí, y comunicándose sus luces las mayores con las menores, se hacen muestra de amor, y como en cierta manera se reverencian unas a otras, y todas juntas templan a veces sus rayos y sus virtudes, reduciéndolas a una pacífica unidad de virtud, de partes y aspectos diferentes compuesta, universal y poderosa sobre toda manera,

Y si así se puede decir, no sólo son un dechado de paz clarísimo y bello, sino un pregón y un loor que con voces manifiestas y encarecidas nos notifica cuán excelentes bienes son los que la paz en sí contiene y los que hace en todas las cosas. La cual voz y pregón, sin ruido, se lanza en nuestras almas, y de lo que en ellas lanzada hace, se ve y entiende bien la eficacia suya y lo mucho que las persuade. Porque luego, como convencidas de cuánto les es útil y hermosa la paz, se comienzan ellas a pacificar en sí mismas y a poner a cada una de sus partes en orden. Porque, si estamos atentos a lo secreto que en nosotros pasa, veremos que este concierto y orden de las estrellas, mirándolo, pone en nuestras almas sosiego; y veremos que, con sólo tener los ojos enclavados en él con atención, sin sentir en qué manera, los deseos nuestros y las afecciones turbadas, que confusamente movían ruido en nuestros pechos, de día, se van quietando poco a poco y como adormeciéndose se reposan, tomando cada una su asiento, y reduciéndose a su lugar propio, se ponen sin sentir en su sujeción y concierto. Y veremos que así como ellas se humillan y callan, así lo principal y lo que es señor en el alma, que es la razón, se levanta y recobra su derecho y su fuerza, y como alentada con esta vista celestial y hermosa, concibe pensamientos altos y dignos de sí, y, como en una cierta manera, se recuerda de su primer origen, al fin pone todo lo que es vil y bajo en su parte, y huella sobre ello. Y así, puesta ella en su trono como emperatriz, y reducidas a sus lugares todas las demás partes del alma, queda todo el hombre ordenado y pacífico.

Mas ¿qué digo de nosotros, que tenemos razón? Esto insensible y aquesto rudo del mundo, los elementos y la tierra, y el aire y los brutos, se ponen todos en orden, y se quietan luego que, poniéndose el sol, se les representa aqueste ejército resplandeciente

¿No veis el silencio que tienen ahora las cosas, y cómo parece que, mirándose en este espejo bellísimo, se componen todas ellas y hacen paz entre sí, vueltas a sus lugares y oficios y contentas con ellos? Es, sin duda, el bien de todas las cosas universalmente la paz, y así, dondequiera que la ven, la aman. Y no sólo ella, mas la vista de su imagen de ella las enamora y las enciende en codicia de asemejársele, porque todo se inclina fácil y dulcemente a su bien. Y aun si confesamos, como es justo confesar, la verdad, no solamente la paz es amada generalmente de todos, mas sola ella es amada y seguida y procurada por todos. Porque cuanto se obra en esta vida por los que vivimos en ella, y cuanto se desea y afana, es por conseguir este bien de la paz; y éste es el blanco adonde enderezan su intento, y el bien a que aspiran todas las cosas. Porque si navega el mercader y Si corre las mares, es por tener paz en su codicia que le solicita y guerrea. Y el labrador en el sudor de su cara y rompiendo la tierra, busca paz, alejando de sí, cuanto puede, al enemigo duro de la pobreza. Y por la misma manera el que sigue el deleite, y el que anhela a la honra, y el que brama por la venganza, y finalmente todos y todas las cosas buscan la paz en cada una de sus pretensiones. Porque, o siguen algún bien que les falta, o huyen algún mal que los enoja.

Y porque así el bien que se busca como el mal que se padece o se teme, el uno con su deseo y el otro con su miedo y dolor, turban el sosiego del alma y son como enemigos suyos que le hacen guerra, colígese manifiestamente que es huir la guerra y buscar la paz todo cuanto se hace. Y si la paz es tan grande y tan único bien, ¿quién podrá ser Príncipe de ella, esto es, causador de ella y principal fuente suya, sino ese mismo que nos es el principio y el autor de todos los bienes, Jesucristo, Señor y Dios nuestro? Porque si la paz es carecer de mal que aflige y de deseo que atormenta, y gozar de reposado sosiego, sólo Él hace exentas las almas del temer, y las enriquece de tal manera que no les queda cosa que poder desear.

Mas, para que esto se entienda, será bien que digamos por su orden qué cosas es paz y las diferentes maneras que de ella hay, y si Cristo es Príncipe y autor de ella en nosotros según todas sus partes y maneras, y de la forma en como es su autor y su Príncipe.

—Lo primero de esto que proponéis —dijo entonces Sabino—, paréceme, Marcelo, que es lo ya declarado por vos en lo que habéis dicho hasta ahora, adonde lo probastes con la autoridad y testimonio de San Agustín.

—Es verdad que dije —respondió Marcelo— que la paz, según dice San Agustín, es no otra cosa sino una orden sosegada o un sosiego ordenado. Y aunque no pienso ahora determinarla por otra manera, porque esta de San Agustín me contenta, todavía quiero insistir algo acerca de esto mismo que San Agustín dice, para dejarlo más enteramente entendido.

Porque, como veis, Sabino, según esta sentencia, dos cosas diferentes son las de que se hace la paz, conviene a saber, sosiego y orden. Y hácese de ellas así, que no será paz si alguna de ellas, cualquiera que sea, le faltare. Porque lo primero, la paz pide orden, o por mejor decir, no es ella otra cosa sino que cada una cosa guarde y conserve su orden: que lo alto esté en su lugar, y lo bajo por la misma manera; que obedezca lo que ha de servir, y lo que es de suyo señor que sea servido y obedecido; que haga cada uno su oficio, y que responda a los otros con el respeto que a cada uno se debe.

Pide, lo segundo, sosiego la paz. Porque, aunque muchas personas en la república, o muchas partes en el alma y en el cuerpo del hombre, conserven entre sí su debido orden y se mantengan cada una en su puesto, pero si las mismas están como bullendo para desconcertarse, y como forcejeando entre sí para salir de su orden, aun antes que consigan su intento y se desordenen, aquel mismo bullicio suyo y aquel movimiento destierra la paz de ellas, y el moverse o el caminar a la desorden, o siquiera el no tener en la orden estable firmeza, es sin duda una especie de guerra.

Por manera que la orden sola, sin el reposo, no hace paz; ni, al revés, el reposo y sosiego, si le falta la orden. Porque una desorden sosegada, si puede haber sosiego en la desorden, pero si le hay, como de hecho le parece haber en aquellos en quien la grandeza de la maldad, confirmada con la larga costumbre, amortiguando el sentido del bien, hace asiento; así que el reposo en la desorden y mal no es sosiego de paz, sino confirmación de guerra; y es, como en las enfermedades confirmadas del cuerpo, pelea y contienda y agonía incurable.

Es, pues, la paz sosiego y concierto. Y porque así el sosiego como el concierto dicen respecto a otro tercero, por eso propiamente la paz tiene por sujeto a la muchedumbre; porque en lo que es uno y del todo sencillo, si no es refiriéndolo a otro, y por respecto de aquello a quien se refiere, no se asienta propiamente la paz.

Pues cuanto a este propósito pertenece, podemos comparar el hombre y referirlo a tres cosas: lo primero, a Dios; lo segundo, a ese mismo hombre, considerando las partes diferentes que tiene y comparándolas entre sí; y lo tercero, a los demás hombres y gentes con quien vive y conversa. Y, según estas tres comparaciones, entendemos luego que puede haber paz en él por tres diferentes maneras: una, si estuviere bien concertado con Dios; otra, si él dentro de sí mismo viviere en concierto; y la tercera, si no se atravesare y encontrare con otros.

La primera consiste en que el alma esté sujeta a Dios y rendida a su voluntad, obedeciendo enteramente sus leyes, y en que Dios, como en sujeto dispuesto, mirándola amorosa y dulcemente, influya el favor de sus bienes y dones. La segunda está en que la razón mande, y el sentido y los movimientos de él obedezcan a sus mandamientos; y no sólo en que obedezcan, sino en que obedezcan con presteza y con gusto, de manera que no hay alboroto entre ellos ninguno ni rebeldía, ni procure ninguno porque la haya, sino que gusten así todos del estar a una, y les sea así agradable la conformidad que ni traten de salir de ella ni por ello forcejeen. La tercera es dar su derecho a todos cada uno, y recibir cada uno de todos aquello que se le debe, sin pleito ni contienda. Cada una de estas paces es para el hombre de grandísima utilidad y provecho, y de todas juntas se compone y fabrica toda su felicidad y bienandanza.

La utilidad de la postrera manera de paz, que nos ajunta estrechamente y nos tiene en sosiego a los hombres unos con otros, cada día hacemos experiencia de ella; y los llorosos males que nacen de las contiendas y de las diferencias y de las guerras, nos la hacen más conocer y sentir.

El bien de la segunda, que es vivir concertada y pacíficamente consigo mismo, sin que el miedo nos estremezca, ni la afición nos inflame, ni nos saque de nuestros quicios la alegría vana ni la tristeza, ni menos el dolor nos envilezca y encoja, no es bien tan conocido por la experiencia, porque por nuestra miseria grande son muy raros los que hacen experiencia de él, mas convéncese por razón y por autoridad claramente. Porque ¿qué vida puede ser la de aquel en quien sus apetitos y pasiones, no guardando ley ni buena orden alguna, se mueven conforme a su antojo; la de aquel que por momentos se muda con aficiones contrarias, y no sólo se muda, sino muchas veces apetece y desea juntamente lo que en ninguna manera se compadece estar junto, ya alegre, ya triste, ya confiado, ya temeroso, ya vil, ya soberbio? O ¿qué vida será la de aquel en cuyo ánimo hace presa todo aquello que se le pone delante; del que todo lo que se ofrece al sentido desea; del que se trabaja por alcanzarlo todo; y del que revienta con rabia y coraje porque no lo alcanza; del que lo alcanza hoy, lo aborrece mañana, sin tener perseverancia en ninguna cosa más de en ser inconstante? ¿Qué bien puede ser bien entre tanta desigualdad? O ¿cómo será posible que un gusto tan turbado halle sabor en ninguna prosperidad ni deleite? O, por mejor decir, ¿cómo no turbará y volverá de su cualidad malo y desabrido a todo aquello que en él se infundiere? No dice esto mal, Sabino, vuestro poeta:

A quien teme o desea sin mesura

su casa y su riqueza ansí le agrada

como a la vista enferma la pintura;

Como a la gota el ser muy fomentada,

o como la vihuela en el oído

que la podre atormenta amontonada.

Si el vaso no está limpio, corrompido,

aceda todo aquello que infundieres.

Y mejor mucho y más brevemente el profeta, diciendo: «El malo, como mar que hierve, que no tiene sosiego». Porque no hay mar brava en quien los vientos más furiosamente ejecuten su ira, que iguale a la tempestad y a la tormenta que, yendo unas olas y viniendo otras, mueven en el corazón desordenado del hombre sus apetitos y sus pasiones. Las cuales a las veces le obscurecen el día, y le hacen temerosa la noche, y le roban el sueño, y la cama se la vuelve dura, y la mesa se la hacen trabajosa y amarga, y finalmente no le dejan una hora de vida dulce y apacible de veras. Y así concluye diciendo: «Dice el Señor, no caben en los malos paz». Y si es tan dañosa aquesta desorden, el carecer de ella, y la paz que la contradice y que pone orden en todo el hombre, sin duda es gran bien. Y por semejante manera se conoce cuán dulce cosa es y cuán importante es el andar a buenas con Dios y el conservar su amistad, que es la tercera manera de paz, que decíamos, y la primera de todas tres.

Porque de los efectos que hace su ira en aquellos contra quien mueve guerra, vemos por vista de ojos cuán provechosa e importante es su paz. Jeremías, en nombre de Jerusalén, encarece con lloro el estrago que hizo en ella el enojo de Dios y las miserias a que vino por haber trabado guerra con Él: «Quebrantó —dice— con ira y braveza toda la fortaleza de Israel; hizo volver atrás su mano derecha delante del enemigo, y encendió en Jacob como una llama de fuego abrasante en derredor. Flechó su arco como contrario; refirmó su derecha como enemigo, y puso a cuchillo todo lo hermoso, y todo lo que era de ver en la morada de la hija de Sión; derramó como fuego su gran coraje. Volvióse Dios enemigo; despeñó a Israel; asoló sus muros; deshizo sus reparos; colmó a la hija de Judá de bajeza y miseria». Y va por aquesta manera prosiguiendo muy largamente. Mas en el libro de Job se ve como dibujado el miserable mal que pone Dios en el corazón de aquellos contra quien se muestra enojado: «Sonido —dice— de espanto siempre en sus orejas, y cuando tiene paz, se recela de alguna celada; no cree poder salir de tinieblas y mira en derredor recatándose por todas partes de la espada; atemorízale la tribulación, y cércale a la redonda la angustia». Y sobre todos, refiriendo Job sus dolores, pinta singularmente en sí mismo el estrago que hace Dios en los que se enoja. Y decirlo he en la manera que nuestro común amigo en verso castellano lo dijo. Dice pues:

Veo que Dios los pasos me ha tomado

cortándome la senda, y con oscura

tiniebla mis caminos ha cerrado.

Quitó de mi cabeza la hermosura

del rico resplandor con que iba al cielo;

desnudo me dejó con mano dura.

Cortóme en derredor, y vine al suelo,

cual árbol derrocado, mi esperanza

el viento la llevó con presto vuelo.

Mostró de su furor la gran pujanza

airado, y —¡triste yo!—, como si fuera

contrario, así de Sí me aparta y lanza.

Corrió como en tropel su escuadra fiera,

y vino y puso cerco a mi morada,

y abrió por medio de ella gran carrera.

Y, si del tener por contrario a Dios y del andar en bandos con Él nacen estos daños, bien se entiende que carecerá de ellos el que se conservare en su paz y amistad; y no sólo carecerá de estos daños, mas gozará de señalados provechos. Porque como Dios enojado y enemigo es terrible, así amigo y pacífico es liberal y dulcísimo; como se ve en lo que Esaías en su persona de Él dice que hará con la congregación santa de sus amigos y justos: «Alegraos con Jerusalén —dice— y regocijaos con ella todos los que la queréis bien; gozaos, gozaos mucho con ella todos los que la llorábades, para que, a los pechos de su contento puestos, los gustéis y os hartéis, para que los exprimáis y tengáis sobra de los deleites de su perfecta gloria. Porque el Señor dice así: Yo derivaré sobre ella, como un río de paz y como una avenida creciente, la gloria de las gentes de que gozaréis; traeros han a los pechos, y sobre las rodillas puestas os harán regalos; como si una madre acariciase a su hijo, así yo os consolaré a vosotros; con Jerusalén seréis consolados».

Así que cada una de estas tres paces es de mucha importancia. Las cuales, aunque parecen diferentes, tienen entre sí cierta conformidad y orden, y hacen de la una de ellas las otras por aquesta manera. Porque del estar uno concertado y bien compuesto dentro de sí y del tener paz consigo mismo, no habiendo en él cosa rebelde que a la razón contradiga, nace como de fuente, lo primero, el estar en concordia con Dios, y, lo segundo el conservarse en amistad con los hombres.

Y digamos de cada una cosa por sí.

Porque, cuanto a lo primero, cosa manifiesta es que Dios, cuando se nos pacifica, y, de enemigo, se amista y se desenoja y ablanda, no se muda. Él, ni tiene otro parecer o querer de aquel que tuvo desde toda la eternidad sin principio, por el cual perpetuamente aborrece lo malo y ama lo bueno y se agrada de ello; sino el mudarnos nosotros, usando bien de sus gracias y dones, y el poner en orden a nuestras almas, quitando lo torcido de ellas y lo contumaz y rebelde, y pacificando su reino y ajustándolas con la ley de Dios; y, por este camino, el quitarnos del cuento y de la lista de los perdidos y torcidos que Dios aborrece, y traspasarnos al bando de los buenos que Dios ama, y ser el número de ellos, eso quita a Dios de enojo y nos torna en su buena gracia. No porque se mude ni altere Él, ni porque comience a amar ahora otra cosa diferente de lo que amó siempre, sino porque mudándonos nosotros, venimos a figurarnos en aquella manera y forma que a Dios siempre fue agradable y amable. Y así Él, cuando nos convida a su amistad por el profeta, no nos dice que se mudará Él, sino pídenos que nos convirtamos a Él nosotros, mudando nuestras costumbres. «Convertíos a mí —dice— y Yo me convertiré a vosotros». Como diciendo: Volveos vosotros a mí, que haciendo vosotros esto, por el mismo caso Yo estoy vuelto a vosotros y os miro con los ojos y con las entrañas de amor con que siempre estoy mirando a los que debidamente me miran. Que, como dice David en el salmo, «los ojos del Señor sobre los justos, y sus oídos en sus ruegos de ellos».

Así que Él mira siempre a lo bueno con vista de aprobación y de amor. Porque, como sabéis, Dios y lo que es amado de Dios siempre se están mirando entre sí y, como si dijésemos, Dios es el que ama, y el que ama a Dios en ese mismo Dios tiene siempre enclavado los ojos. Dios mira por él por particular providencia, y él mira a Dios para agradarle con solicitud y cuidado. De lo primero dice David en el salmo: «Los ojos del Señor sobre los justos, y sus oídos a los ruegos de ellos». De lo segundo dicen ellos también: «Como los ojos de los siervos miran con atención a las manos y a los semblantes de sus señores, así nuestros ojos los tenemos fijados en Dios». Y en los Cantares pide al Esposo al ánima justa que le muestre la cara, porque ése es el oficio del justo. Y a muchos justos, en las Sagradas Letras en particular, para decirles Dios que sean justos y que perseveren y se adelanten en la virtud, les dice así y les pide que no se escondan de Él, sino que anden en su presencia y que le traigan siempre delante.

Pues cuando dos cosas en esta manera juntamente se miran, si es así que la una de ellas es inmudable, y si con esto acontece que se dejen de mirar algún tiempo, eso de necesidad avendrá, porque la otra, que se podía torcer, usando de su poder, volvió a otra parte la cara; y si tornaren a mirarse después, será la causa porque aquella misma que se torció y escondió, volvió otra vez su rostro hacia la primera, mudándose. Y de aquesta misma manera, estándose Dios firme e inmutable en sí mismo, y no habiendo más alteración en su querer y entender que la hay en su vida y en su ser —porque en Él todo es una misma cosa, el ser y el querer—, nuestra mudanza miserable, y las veces de nuestro albedrío, que, como vientos diversos juegan con nosotros y nos vuelven al mal por momentos, nos llevan a la gracia de Dios ayudados de ella, y nos sacan de ella con su propia fuerza mil veces. Y mudándome yo, haga que parezca Dios mudarse conmigo, no mudándose Él nunca. Así que por el mismo caso que lo torcido de mi alma se destuerce, y lo alborotado de ella se pone en paz, y se vuelve, vencidas las nieblas y la tempestad del pecado, a la pureza y a lo sereno de la luz verdadera, Dios luego se desenoja con ella. Y de la paz de ella consigo misma, criada en ella por Dios, nace la paz segunda, que, como dijimos, consiste en que Dios y ella, puestos aparte los enojos, se amen y quieran bien.

Y de la misma manera el tener uno paz consigo es principio certísimo para tenerla con todos los otros. Porque sabida cosa es que lo que nos diferencia, y lo que nos pone en contienda y en guerra a unos con otros, son nuestros deseos desordenados, y que la fuente de la discordia y rencilla siempre es y fue la mala codicia de nuestro vicioso apetito. Porque todas las diferencias y enojos que los hombres entre sí tienen, siempre se fundan sobre la pretensión de algunos de estos bienes, que llaman bienes los hombres, como son, o el interés, o la honra, o el pasatiempo y deleite; que como son bienes limitados y que tienen su cierta tasa, habiendo muchos que los pretenden sin orden, no bastan a todos, o vienen a ser para cada uno menores, y así se embarazan y se estorban los unos a los otros aquellos que sin rienda los aman. Y del estorbo nace el disgusto, y de él el enojo, y al enojo se le siguen los pleitos y las diferencias, y, finalmente, las enemistades capitales y las guerras. Como lo dice Santiago casi por estas mismas palabras: «¿De dónde hay en vosotros pleitos y guerras, sino por causa de vuestros deseos malos?»

Y, al revés, el hombre de ánimo bien compuesto y que conserva paz y buena orden consigo, tiene atajadas y como cortadas casi todas las ocasiones y, cuanto es de su parte, sin duda todas las que le pueden encontrar con los hombres. Que si los otros se desentrañan por estos bienes, y si a rienda suelta y como desalentados siguen en pos del deleite, y se desuelan por las riquezas, y se trabajan y fatigan por subir a mayor grado y a mayor dignidad, adelantándose a todos; este que digo, no se les pone delante para hacerles dificultad o para cerrarles el paso, antes, haciéndose a su parte, y rico y contento con los bienes que posee en su ánima, les deja a los demás campo ancho, y, cuanto es de su parte, bien desembarazado, adonde a su contento se espacien. Y nadie aborrece al que en ninguna cosa le daña. Y el que no ama lo que los otros aman, y ni quiere ni pretende quitar de las manos y de las uñas a ninguno su bien, no daña a ninguno.

Así que, como la piedra que en el edificio está asentada en su debido lugar, o por decir cosa más propia, como la cuerda en la música, debidamente templada en sí misma, hace música dulce con todas las demás cuerdas sin disonar con ninguna, así el ánimo bien concertado dentro de sí, y que vive sin alboroto y tiene siempre en la mano la rienda de sus pasiones, y de todo lo que en él puede mover inquietud y bullicio, consuena con Dios y dice bien con los hombres, y teniendo paz consigo mismo, la tiene con los demás. Y, como dijimos, aquestas tres paces andan eslabonadas entre Sí mismas, y de la una de ellas nacen como de fuentes las otras, y esta de quien nacen las demás es aquella que tiene su asiento en nosotros. De la cual San Agustín dice bien en esta manera: «Vienen a ser pacíficos en sí mismos los que, poniendo primero en concierto todos los movimientos de su ánima y sujetándolos a la razón, esto es, a lo principal del alma y espíritu, y teniendo bien domados los deseos carnales, son hechos reino de Dios, en el cual todo está ordenado, así que mande en el hombre lo que en él es más excelente, y lo demás en que convenimos con los animales brutos, no le contradiga, y eso mismo excelente, que es la razón, esté sujeta a lo que es mayor que ella, esto es, a la verdad misma y al Hijo unigénito de Dios, que es la misma Verdad. Porque no le será posible a la razón tener sujeto lo que es inferior, si ella, a lo que superior le es, no sujetase a sí misma. Y ésta es la paz que se concede en el suelo a los hombres de buena voluntad, y la en qué consiste la vida del sabio perfecto».

Mas, dejando esto aquí, averigüemos ahora y veamos —que ya el tiempo lo pide— qué hizo Cristo para poner el reino de nuestras almas en paz, y por dónde es llamado Príncipe de ella. Que decir que es Príncipe de aquesta obra, es decir, no sólo que Él la hace, mas que es sólo Él el que la puede hacer, y que es el que se aventaja entre todos aquellos que han pretendido el hacer este bien; lo cual ciertamente han pretendido muchos, pero no les ha sucedido a ninguno. Y así habemos de asentar por muy ciertas dos cosas: una, que la religión, o la policía, o la doctrina o maestría que no engendra en nuestras ánimas paz y composición de afectos y de costumbres, no es Cristo, ni religión suya por ninguna manera. Porque como sigue la luz al sol, así este beneficio acompaña a Cristo siempre, y es infalible señal de su virtud y eficacia. La otra cosa es que ninguno jamás, aunque lo pretendieron muchos, pudo dar aqueste bien a los hombres, sino Cristo y su Ley.

Por manera que no solamente es obra suya esta paz, mas obra que Él solo la supo hacer; que es la causa por donde es llamado su Príncipe.

Porque unos, atendiendo a nuestro poco saber, e imaginando que el desorden de nuestra vida nacía solamente de la ignorancia, parecióles que el remedio era desterrar de nuestro entendimiento las tinieblas del error, y así pusieron su cuidado y diligencia en solamente dar luz al hombre con leyes, y en ponerle penas que le indujesen con su temor a aquello que le mandaban las leyes. De esto, como ahora decíamos, trató la Ley vieja, y muchos otros hombres que ordenaron leyes atendieron a esto, y mucha parte de los antiguos filósofos escribieron grandes libros acerca de este propósito.

Otros, considerando la fuerza que en nosotros tiene la carne y la sangre y la violencia grande de sus movimientos, persuadiéronse que de la compostura y complexión del cuerpo manaban como de fuente la destemplanza y turbaciones del ánima, y que se podría atajar este mal con sólo cortar esta fuente. Y porque el cuerpo se ceba y se sustenta con lo que se come, tuvieron por cierto que con poner en ello orden y tasa, se reduciría a buena orden el alma y se conservaría siempre en paz y salud, y así vedaron unos manjares, los que les pareció que, comidos, con su vicioso jugo acrecentarían las fuerzas desordenadas y los malos movimientos del cuerpo, y de otros señalaron cuándo y cuánto de ellos se podía comer; y ordenaron ciertos ayunos y ciertos lavatorios con otros semejantes ejercicios, enderezados todos a adelgazar el cuerpo, criando en él una santa y limpia templanza. Tales fueron los filósofos indios, y muchos sabios de los bárbaros siguieron por este camino, y en las leyes de Moisés algunas de ellas se ordenaron para esto también.

Mas ni los unos ni los otros salieron con su pretensión, porque, puesto caso que estas cosas sobredichas, todas ellas son útiles para conseguir este fin de paz que decimos, y algunas de ellas muy necesarias, mas ninguna de ellas, ni juntas todas, no son bastantes ni poderosas para criar en el alma esta paz enteramente, ni para desterrar de ella, o a lo menos para poner en concierto en ella, aquestas olas de pasiones y movimientos furiosos que la alteran y la turban.

Porque habéis de entender que, en el hombre en quien hay alma y hay cuerpo, y en cuya alma hay voluntad y razón, por el grande estrago que hizo en él el pecado primero, todas estas tres cosas quedaron miserablemente dañadas: la razón con ignorancias, el cuerpo y la carne con sus malos siniestros dejados sin rienda, y la voluntad, que es la que mueve en el reino del hombre, sin gusto para el bien y golosa para el mal, y perdidamente inclinada y como despojada del aliento del cielo, y como revestida de aquel malo y ponzoñoso espíritu de la serpiente, de quien esta mañana tantas veces y tan largamente decíamos.

Y con esto, que es cierto, habéis también de entender que de estos tres males y daños el de la voluntad es como la raíz y el principio de todos. Porque, como en el primer hombre se ve, que fue el autor de estos males, el primero en quien ellos hicieron prueba y experiencia de sí mismos, el daño de la voluntad fue el primero, y de allí se extendió cundiendo la pestilencia al entendimiento y al cuerpo. Porque Adán no pecó porque primero se desordenase el sentido en él, ni porque la carne con su ardor violento llevase en pos de sí la razón; ni pecó por haberse cegado primero su entendimiento con algún grave error, que, como dice San Pablo, en aquel artículo no fue engañado el varón, sino pecó porque quiso lisamente pecar; esto es, porque abriendo de buena gana las puertas de su voluntad, recibió en ella al espíritu del demonio, y, dándole a él asiento, la sacó a ella de la obediencia de Dios y de su santa orden, y de la luz y favor de su gracia. Y de hecho una por una este daño, luego de él le nació en el cuerpo desorden y en la razón ceguedad. Así que la fuente de la desventura y guerra común es la voluntad dañada y como emponzoñada con esta maldad primera.

Y porque los que pusieron leyes para alumbrar nuestro error mejoraban la razón solamente, y los que ordenaron la dieta corporal, vedando y concediendo manjares templaban solamente lo dañado del cuerpo, y la fuente del desconcierto del hombre y de aquestas desórdenes todas no tenía asiento ni en la razón ni en el cuerpo, sino, como habemos dicho, en la voluntad maltratada, como no atajaban la fuente, ni atinaban, ni podían atinar a poner medicina en aquesta podrida raíz, por eso careció su trabajo del fruto que pretendían. Sólo aquel lo consiguió, que supo conocer esta origen, y, conocida, tuvo saber y virtud para poner en ella su medicina propia, que fue Jesucristo nuestra verdadera salud. Porque lo que remedia este mal espíritu y aqueste perverso brío, con que se corrompió en su primer principio la voluntad, es un otro espíritu, santo y del cielo; y lo que sana esta enfermedad y malatia de ella, es el don de la gracia, que es salud y verdad. Y esta gracia y aqueste espíritu, sólo Cristo pudo merecerlo, y sólo Cristo lo da. Porque, como decíamos acerca del nombre pasado —y es bien que se torne a decir para que se entienda mejor porque es punto de grande importancia—, no se puede falsear ni contrastar lo que dice San Juan: «Moisés hizo la ley, mas la gracia es obra de Cristo».

Como si en más palabras dijera: Esto que es hacer leyes y dar luz con mandamientos al entendimiento del hombre. Moisés lo hizo, y muchos otros legisladores y sabios lo intentaron a hacer, y en parte lo hicieron; y aunque Cristo también en esta parte sobró a todos ellos con más ciertas y más puras leyes que hizo, pero lo que puede enteramente sanar al hombre, y lo que es sola y propia obra de Cristo, no es eso; que muy bien se compadecen, entendimiento claro y voluntad perversa, razón desengañada y mal inclinada voluntad; mas es sola la gracia y el espíritu bueno, en el cual ni Moisés ni ningún otro sabio ni criatura del mundo tuvo poder para darlo sino es sólo Cristo Jesús. Lo cual es en tanta manera verdad no sólo que Cristo es el que nos da esta medicina eficaz de la gracia, sino que sola ella es la que nos puede sanar enteramente, y que los demás medios de luz y ejercicios de vida jamás nos sanaron, que muchas veces aconteció que la luz que alumbraba el entendimiento, y las leyes que le eran como antorcha para descubrirle el camino justo, no sólo no remediaron el mal de los hombres, mas antes, por la disposición de ellos mala, les acarrearon daño y enfermedad notablemente mayor. Y lo que era bueno en sí, por la cualidad del sujeto enfermo y malsano, se les convertía en ponzoña que los dañaba más, como lo escribe expresamente San Pablo en una parte, diciendo «que la ley le quitó la vida del todo»; y en otra, que por «ocasión de la ley se acrecentó y salió el pecado» como de madre; y en otra, dando la razón de esto mismo, porque —dice— «el pecado que se comete habiendo ley, es pecado en manera superlativa»; esto es, porque se peca, cuando así se peca, más gravemente, y viene así a llegar a sus mayores quilates la malicia del mal.

Porque, a la verdad, como muestra bien Platón en el segundo Alcibíades, a los que tienen dañada la voluntad, o no bien aficionada acerca del fin último y acerca de aquello que es lo mejor, la ignorancia les es útil las más de las veces, y el saber peligroso y dañoso; porque no les sirve de freno para que no se arrojen al mal, porque sobrepuja sobre todo el desenfrenamiento y, como si dijésemos, el desbocamiento de su voluntad estragada, sino antes les es ocasión unas veces para que pequen más sin disculpa, y otras para que de hecho pequen los que sin aquella luz no pecaran. Porque, por su grande maldad, que la tienen ya como embebida en las venas, usan de la luz, no para encaminar sus pasos bien, sino para hallar medios e ingenios para traer a ejecución sus perversos deseos más fácilmente; y aprovéchanse de la luz y del ingenio, no para lo que ello es, para guía del bien, sino para adalid o para ingeniero del mal; y por ser más agudos y más sabios, vienen a corromperse más y a hacerse peores. De lo cual todo resulta que sin la gracia no hay paz ni salud, y que la gracia es obra nacida del merecimiento de Cristo.

Mas porque esto es claro y certísimo, veamos ahora qué cosa es gracia o qué fuerza es la suya, y en qué manera, sanando la voluntad, cría paz en todo el hombre interior y exterior.

Y diciendo esto Marcelo, puso los ojos en el agua, que iba sosegada y pura, y relucían en ella como en espejo todas las estrellas y hermosura del cielo, y parecía como otro cielo sembrado de hermosos luceros; y alargando la mano hacia ella, y como mostrándola, dijo luego así:

—Aquesto mismo que ahora aquí vemos en esta agua, que parece como un otro cielo estrellado, en parte nos sirve de ejemplo para conocer la condición de la gracia; porque así como la imagen del cielo, recibida en el agua, que es cuerpo dispuesto para ser como espejo, al parecer de nuestra vista la hace semejante a sí mismo, así, como sabéis, la gracia, venida al alma y asentada en ella, no al parecer de los ojos, sino en el hecho de la verdad, la asemeja a Dios y la da sus condiciones de Él, y la transforma en el cielo, cuanto le es posible a una criatura, que no pierde su propia substancia, ser transformada. Porque es una cualidad, aunque criada, no de la cualidad ni del metal de ninguna de las criaturas que vemos, ni tal cuales son todas las que la fuerza de la naturaleza produce; que ni es aire, ni fuego, ni nacida de ningún elemento, y la materia del cielo y los cielos mismos le reconocen ventaja en orden de nacimiento y en grado más subido de origen. Porque todo aquello es natural y nacido por ley natural; mas ésta es sobre todo lo que la naturaleza puede y produce. En aquella manera nacen las cosas con lo que les es natural y propio, y como debido a su estado y a su condición; mas lo que la gracia da, por ninguna manera puede ser natural a ninguna substancia criada, porque, como digo, traspasa sobre todas ellas, y es como un retrato de lo más propio de Dios, y cosa que le retrae y remeda mucho, lo cual no puede ser natural sino a Dios.

De arte que la gracia es una como deidad y una como figura viva del mismo Cristo, que, puesta en el alma, se lanza en ella y la deifica, y, si va a decir verdad, es el alma del alma. Porque así como mi alma, abrazada a mi cuerpo y extendiéndose por todo él, siendo caedizo y de tierra y de suyo cosa pesadísima y torpe, le levanta en pie y le menea y le da aliento y espíritu, y así le enciende en calor que le hace como una llama de fuego y le da las condiciones del fuego, de manera que la tierra anda, y lo pesado discurre ligero, y lo torpísimo y muerto vive y siente y conoce, así en el alma, que por ser criatura tiene condiciones viles y bajas, y que por ser el cuerpo adonde vive de linaje dañado, está ella aún más dañada y perdida, entrando la gracia en ella y ganando la llave de ella, que es la voluntad, y lanzándosele en su seno secreto y, como si dijésemos, penetrándola toda, y de allí extendiendo su vigor y virtud por todas las demás fuerzas del ánimo, la levanta de la afición de la tierra y, convirtiéndola al cielo y a los espíritus que se gozan en él, le da su estilo y su vivienda, y aquel sentimiento y valor y alteza generosa de lo celestial y divino, y, en una palabra, la asemeja mucho a Dios en aquellas cosas que le son a Él más propias y más suyas; y de criatura que es suya la hace hija suya muy su semejante; y finalmente, la hace un otro Dios así adoptado por Dios, que parece nacido y engendrado de Dios.

Y porque, como dijimos, entrando la gracia en el alma y asentándose en ella, adonde primero prende es la voluntad; y porque en Dios la voluntad es la misma ley de todo lo justo, y eso es bien lo que Dios quiere y solamente quiere aquello que es bueno, por eso, lo primero que en la voluntad la gracia hace es hacer de ella una ley eficaz para el bien, no diciéndole lo que es bueno, sino inclinándola y como enamorándola de ello. Porque como ya habemos dicho, se debe entender que esto que llamamos o ley o dar ley, puede acontecer en dos diferentes maneras. Una es la ordinaria y usada que vemos, que consiste en decir y señalar a los hombres lo que les conviene hacer o no hacer, escribiendo con pública autoridad mandamientos y ordenaciones de ello y pregonándolas públicamente. Otra es que consiste, no tanto en aviso como en inclinación; que se hace, no diciendo ni mandando lo bueno, sino imprimiendo deseo y gusto de ello. Porque el tener uno inclinación y prontitud para alguna otra cosa que le conviene, es ley suya de aquel que está en aquella manera inclinado, y así la llama la filosofía; porque es lo que le gobierna la vida, y lo que le induce a lo que le es conveniente, y lo que le endereza por el camino de su provecho, que todas son obras propias de ley. Así es ley de la tierra la inclinación que tiene a hacer asiento en el centro, y del fuego el apetecer lo subido y lo alto; y de todas las criaturas sus leyes son aquello mismo a que las lleva sus naturaleza propia.

La primera ley, aunque es buena, pero, como arriba está dicho, es poco eficaz cuando lo que se avisa es ajeno de lo que apetece el que recibe el aviso, como lo es en nosotros por razón de nuestra maldad. Mas la segunda ley es en grande manera eficaz, y ésta pone Cristo con la gracia en nuestra alma. Porque por medio de ella escribe en la voluntad de cada uno con amor y afición aquello mismo que las leyes primeras escriben en los papeles con tinta; y de los libros de pergamino, y de las tablas de piedra o de bronce, las leyes que estaban esculpidas en ellas con cincel o buril, las traspasa la gracia y les esculpe en la voluntad. Y la ley que por defuera sonaba en los oídos del hombre y le afligía el alma con miedo, la gracia se la encierra dentro del seno y se la derrama, como si dijésemos, tan dulcemente por las fuerzas y apetitos del alma, que se la convierten en su único deleite y deseo; y, finalmente, hace que la voluntad del hombre, torcida y enemiga de la ley, ella misma quede hecha una justísima ley, y como en Dios, así en ella su querer sea lo justo, y lo justo sea todo su deseo y querer, cada uno según su manera, como maravillosamente lo profetizó Jeremías en el lugar que está dicho.

Queda, pues, concluido que la gracia, como es semejanza de Dios, entrando en nuestra alma y prendiendo luego su fuerza en la voluntad de ella, la hace por participación como de suyo es la de Dios, ley e inclinación y deseo de todo aquello que es justo y que es bueno. Pues, hecho esto, luego por orden secreta y maravillosa se comienza a pacificar el reino del alma, y a concertar lo que en ella estaba encontrado, y a ser desterrado de allí todo lo bullicioso y desasosegado que la turbaba; y descúbrese entonces la paz, y muestra la luz de su rostro y sube y crece, y finalmente queda reina y señora.

Porque, lo primero, en estando aficionada por virtud de la gracia, en la manera que habemos dicho, la voluntad luego calla, y desaparece el temor horrible de la ira de Dios, que le movía cruda guerra, y que, poniéndosele cada momento delante, la traía sobresaltada y atónita. Así lo dice San Pablo: «Justificados con la gracia, luego tenemos paz con Dios. Porque no le miramos ya como a juez airado, sino como a padre amoroso, ni le concebimos ya como a enemigo nuestro, poderoso y sangriento, sino como a amigo dulce y blando. Y como por medio de la gracia nuestra voluntad se conforma y se asemeja con Él, amamos a lo que se nos parece, y confiamos por el mismo caso que nos ama Él como a sus semejantes.

Lo segundo, la voluntad y la razón, que estaban hasta aquel punto perdidamente discordes, hacen luego paz entre sí. Porque de allí adelante lo que juzga la una parte, eso mismo desea la otra, y lo que la voluntad ama, eso mismo es lo que aprueba el entendimiento. Y así cesa esta amarga y continua lucha, y aquel alboroto fiero y aquel continuo reñir con que se despedazan las entrañas del hombre, que tan vivamente San Pablo con sus divinas palabras pintó, cuando dice: «No hago el bien que juzgo, sino el mal que aborrezco y condeno. Juzgo bien de la ley de Dios, según el hombre interior; pero veo otra ley en mi mismo apetito, que contradice a la ley de mi espíritu, y me lleva cautivo en seguimiento de la ley de pecado, que en mis inclinaciones tiene asiento. ¡Desventurado yo! ¿Y quién me podrá librar de la maldad mortal de este cuerpo?»

Y no solamente convienen en uno de allí adelante la razón y la voluntad, mas con su bien guiado deseo de ella, y con el fuego ardiente de amor con que apetece lo bueno, enciende en cierta manera luz con que la razón viene más enteramente en el conocimiento del bien; y de muy conformes y de muy amistados los dos, vienen a ser entre semejantes y casi a trocar entre sí sus condiciones y oficios, y el entendimiento levanta luz que aficione, y la voluntad enciende amor que guíe y alumbre, y casi enseña la voluntad y el entendimiento apetece.

Lo tercero, el sentido y las fuerzas del alma más viles, que nos mueven con ira y deseos con los demás apetitos y virtudes del cuerpo, reconocen luego el nuevo huésped que ha venido a su casa, y la salud y nuevo valor que para contra ellos le ha venido a la voluntad; y reconociendo que hay justicia en su reino y quien levante vara en él poderosa para escarmentar con castigo a lo revoltoso y rebelde, recógense poco a poco, y, como atemorizados, se retiran y no se atreven ya a poner unas veces fuego, y otras veces hielo, y continuamente alboroto y desorden, bulliciosos y desasosegados como antes solían; y si se atreven, con una sofrenada la voluntad santa los pacifica y sosiega; y crece ella cada día más en vigor, y creciendo siempre y entrañándose de continuo en ella más los buenos y justos deseos, y haciéndolos como naturales a sí, pega su afición y talante a las otras fuerzas menores, y apartándolas insensiblemente de sus malos siniestros, y como desnudándolas de ellos, las hace a su condición e inclinación ella misma y de la ley santa de amor en que está transformada por gracia, deriva también y comunica a los sentidos su parte; y como la gracia apoderándose del alma, hace como un otro Dios a la voluntad, así ella deificada y hecha del sentido como reina y señora, cuasi le convierte de sentido en razón. Y como acontece en la naturaleza y en las mudanzas de la noche y del día, que, como dice David en el salmo: «En viniendo la noche, salen de sus moradas las fieras, y esforzadas y guiadas por las tinieblas, discurren por los campos y dan estrago a su voluntad en ellos; mas luego que amanece el día y que apunta la luz, esas mismas se recogen y encuevan»; así el desenfrenamiento fiero del cuerpo y la rebeldía alborotadora de sus movimientos, que, cuando estaba en la noche de su miseria la voluntad nuestra caída, discurrían con libertad y lo metían todo a sangre y a fuego, en comenzando a lucir el rayo del buen amor, y en mostrándose el día del bien, vuelve luego el pie atrás y se esconde en su cueva, y deja que lo que es hombre en nosotros salga a luz, y haga su oficio sosegada y pacíficamente y de sol a sol.

Porque, a la verdad, ¿qué es lo que hay en el cuerpo que sea poderoso para desasosegar a quien es regido por una voluntad y razón semejante? ¿Por ventura el deseo de los bienes de esta vida le solicitará, o el temor de los males de ello le romperá su reposo? ¿Alterarse ha con ambición de honras o con amor de riquezas o, con la afición de los ponzoñosos deleites desalentado, saldrá de sí mismo? ¿Cómo le turbará la pobreza al que de esta vida no quiere más que una estrecha pasada? ¿Cómo le inquietará con su hambre el grado alto de dignidades y honras, al que huella sobre todo lo que se precia en el suelo? ¿Cómo la adversidad la contradicción, las mudanzas diferentes y los golpes de la fortuna le podrán hacer mella al que a todos sus bienes los tiene seguros y en sí? Ni el bien le azozobra, ni el mal le amedrenta, ni la alegría lo engríe, ni el temor le encoge, ni las promesas le llevan, ni las amenazas le desquician, ni es tal que o lo próspero o lo adverso le mude. Si se pierde la hacienda, alégrase como libre de una carga pesada. Si le faltan los amigos, tiene a Dios en su alma, con quien de contino se abraza. Si el odio o si la envidia arma los corazones ajenos contra él, como sabe que no le pueden quitar su bien, no los teme. En las mudanzas está quedo, y entre los espantos seguro; y, cuando todo a la redonda de él se arruine, él permanece más firme, y, como dijo aquel grande elocuente, luce en las tinieblas y, empellido de su lugar, no se mueve.

Y lo postrero con que aqueste bien se perfecciona últimamente, es otro bien que nace de aquesta paz interior, y, naciendo de ella, acrecienta a esa misma paz de donde nace y procede. Y este bien es el favor de Dios que la voluntad así concertada tiene, y la confianza que se le despierta en el alma con aqueste favor. Porque ¿quién pondrá alboroto o espanto en la conciencia que tiene a Dios de su parte? O ¿cómo no tendrá a Dios de su parte el que es una voluntad con Él y un mismo querer? Bien dijo Sófocles: Si Dios manda en mí, no estoy sujeto a cosa mortal. Y cierto es que no me puede dañar aquello a quien no estoy sujeto.

Así que de la paz del alma justa nace la seguridad del amparo de Dios, y de esta seguridad se confirma más y se fortifica la paz. Y así David juntó, a lo que parece, aquestas dos cosas, paz y confianza, cuando dijo en el salmo: «En paz y en uno dormiré y reposaré». Adonde, como veis con la paz puso el sueño, que es obra, no de ánimo solícito, sino de pecho seguro y confiado. Sobre las cuales palabras, si bien me acuerdo, dice así San Crisóstomo: «Esta es otra especie de merced que hace Dios a los suyos: que les da paz». «De paz —dice— gozan los que aman tu ley, y ninguna cosa les es estropiezo. Porque ninguna cosa hace así paz como es el conocimiento de Dios y el poseer la virtud; lo cual destierra del ánimo sus perturbaciones, que son su guerra secreta, y no permite que el hombre traiga bandos consigo. Que, a la verdad, el que de esta paz no gozare, dado que en las cosas de fuera tenga gran paz y no sea acometido de ningún enemigo, será sin duda miserable y desventurado sobre todos los hombres. Porque ni los escitas bárbaros, ni los de Tracia ni los sármatas, o los indios o moros, ni otra gente o nación alguna, por más fiera que sea, pueden hacer guerra tan cruda, como es la que hace un malvado pensamiento cuando se lanza en lo secreto del ánimo, o una desordenada codicia, o el amor del dinero sediento, o el deseo entrañable de mayor dignidad, u otra afición cualquiera acerca de aquellas cosas que tocan a esta vida presente.

Y la razón pide que sea así, porque aquella guerra es guerra de fuera, mas aquesta es guerra de dentro de casa. Y vemos en todas las cosas que el mal que nace de dentro es mucho más grave que no aquello que acomete de fuera. Porque al madero la carcoma que nace de dentro de él lo consume más; y a la salud y fuerzas del cuerpo las enfermedades que proceden de lo secreto de él, le son más dañosas que no los males que le advienen de fuera. Y a las ciudades y repúblicas no las destruyen tanto los enemigos de fuera, cuanto las asuelan los domésticos, y los que son de una misma comunidad y linaje. Y por la misma manera, a nuestra alma lo que la conduce a la muerte, no son tanto los artificios e ingenios con que es acometida de fuera, cuanto las pasiones y enfermedades suyas y que nacen en ella.

Por donde si algún temeroso de Dios compusiere los movimientos turbados del ánimo, y si les quitare a los malvados deseos, que son como fieras, que no vivan y alienten, y, si no les permitiendo que hagan cueva en su alma, apaciguare bien esta guerra, ese tal gozará de paz pura y sosegada. Esta paz nos dio Cristo viniendo al mundo. Esta misma desea San Pablo cuando dice en todas sus cartas: ‘Gracia en vosotros, Y paz de Dios, Padre nuestro’. El que es señor de esta paz, no sólo no teme al enemigo bárbaro mas ni al mismo demonio, antes hace burla de él y de todo su ejército, vive sosegado y seguro, y alentado más que otro ninguno, como aquel a quien ni la pobreza le aprieta, ni enfermedad le es grave, ni le turba caso ninguno adverso de los que sin pensar acontecen. Porque su alma, como sana y valiente, se vadea fácil y generosamente por todo. Y para que veáis a los ojos que es aquesto verdad, pongamos que es uno envidioso, y que en lo demás no tiene enemigo ninguno, ¿qué le aprovechará no tenerle? Él mismo se hace guerra a sí mismo; él mismo afila contra sí sus pensamientos, más penetrables que espada. Oféndese de cuanto bien ve, y llágase a sí con cuantas buenas dichas suceden a otros; a todos los mira como a enemigos, y para con ninguno tiene su ánimo desenconado y amable. ¿Qué provecho, pues, le trae al que es como éste el tener paz por de fuera, pues la guerra grande que trae dentro de sí le hace andar discurriendo furioso y lleno de rabia, y tan acosado de ella que apetece ser antes traspasado con mil saetas, o padecer antes mil muertes, que ver a alguno de sus iguales, o bien reputado, o en otro alguna manera próspero?

Demos otro que ame el dinero, cierto es que levantará en su corazón por momentos discordias innumerables, y que, acosado de su turbada afición, ni aun respirar no podrá. No es así, no, el que está libre de semejantes pasiones, antes como quien está en puerto seguro, de espacio y con reposo, hinche su pecho de deleites sabios, ajeno de todas las molestias sobredichas».

Esto dice, pues, San Crisóstomo.

Y en lo postrero que dice descubre otro bien y otro fruto que de la paz se recoge, y que en este nuestro discurso será lo postrero, que es el gozo santo que halla en todo el que está pacífico en sí. Porque el que tiene consigo guerra, no es posible que en ninguna cosa halle contento puro y sencillo. Porque, así como el gusto mal dispuesto por la demasía de algún humor malo que le desordena, en ninguna cosa halla el sabor que ella tiene, así el que trae guerra entre sí, no le es posible gozar de lo puro y de la verdad del buen gusto. En el ánimo con paz sosegado, como en agua reposada y pura, cada cosa, sin engaño ni confusión, se muestra cual es, y así de cada uno coge el gozo verdadero que tiene y goza de sí mismo, que es lo mejor. Porque así como de la salud y buena afición de la voluntad que Cristo, por medio de su gracia, pone en el hombre, como decíamos, se pacifica luego el alma con Dios, y cesa la rencilla que antes de esto había entre el entender y el querer, y también el sentido se rinde, y lo bullicioso de él o se acaba o se esconde, y de toda esta paz nace el andar el hombre libre y bien animado y seguro; así de todo aqueste amontonamiento de bien nace aqueste gran bien, que es gozar el hombre de sí y poder vivir consigo mismo, y no tener miedo de entrar en su casa, como debajo de hermosas figuras, conforme a su costumbre, lo profetiza Miqueas, diciendo lo que en la venida de Cristo al mundo, y en la venida del mismo en el alma de cada uno, había de acontecer a los suyos: «No levantará —dice— espada una nación contra otra, y olvidarán de allí adelante las artes de guerra, y cada uno asentado debajo de su vid, y debajo de su higuera gozará de ella, y no habrá quien de allí con espanto le aparte». Adonde, juntamente con la paz hecha por Cristo, pone el descanso seguro con que gozará de sí y de sus bienes el que en esta manera tuviere paz.

Mas David en el salmo, vuelto a la Iglesia y a cada uno de los justos que son parte de ella, con palabras breves, pero llenas de significación y de gozo, comprende todo cuanto habemos dicho muy bien. Dice: «Alaba, Jerusalén, al Señor» esto es, todos los que sois Jerusalén, poseedores de paz, alabad al Señor. Y aunque les dice que alaben, y aunque parece que así se lo manda, este mandar propiamente es profetizar lo que de esta paz acontece y nace; porque, como dijimos, al punto que toma posesión de la voluntad, luego el alma hace paces con Dios, de donde se sigue luego el amor y el loor.

Mas añade David: «Porque fortaleció las cerraduras de tus puertas, y bendijo a tus hijos en ti». Dice la otra paz que se sigue a la primera paz de la voluntad, que es la conformidad y el estar a una entre sí todas las fuerzas y potencias del alma, que son como hijos de ella, y como las puertas por donde le viene o el mal o el bien. Y dice maravillosamente que está fortalecido y cerrado dentro de sus puertas el que tiene esta paz; porque, como tiene rendido el deseo y la razón, y, por el mismo caso, como no apetece desenfrenadamente ninguno de los bienes de fuera, no puede venirle de fuera, ni entrarle en su casa sin su voluntad cosa ninguna que le dañe o enoje, sino, cerrado dentro de sí y bastecido y contento con el bien de Dios que tiene en sí mismo, y como dice el poeta del sabio, liso y redondo, no halla en él asidero ninguno la fuerza enemiga. Porque ¿cómo dañará el mundo al que no tiene ningunas prendas en él?

Y en lo que luego David añade se ve más claramente esto mismo, porque dice así: «Y puso paz en tus términos». Porque de tener en paz el alma a todo aquello que vive dentro de sus murallas y de su casa, de necesidad se sigue que tendrá también pacífica su comarca; que es decir que no tiene cosa en que los que andan fuera de ella y al derredor de ella, dañarla puedan. Tiene paz en su comarca, porque en ninguna cosa tiene competencia con su vecino, ni se pone a la parte en las cosas que precia el mundo y desea; y así nadie le mueve guerra, ni, en caso que se la quisiesen mover, tiene en qué hacerla. Porque su comarca aun por esta razón es pacífica, porque es campiña rasa y estéril, que no hay viñedos en ella, ni sembrados fértiles, ni minas ricas, ni arboledas, ni jardines, ni caserías deleitosas e ilustres, ni tiene el alma justa cosa que precie que no la tenga encerrada dentro de sí.

Por eso goza seguramente de sí, que es el fruto último, como decíamos, y el que significa luego este salmo en las palabras que dice: «Y te mantiene con hartura con lo apurado del trigo». Porque, a la verdad, los que sin esta paz viven, por más bien afortunados que vivan, no comen lo apurado del pan. Salvados son sus manjares, el desecho del bien es aquello por quien andan golosos; su gusto y su mantenimiento es lo grosero y lo moreno y lo feo, y sin duda las escorias de lo que es substancia y verdad. Y aun eso mismo, tal cual es y en la manera que es, no se les da con hartura. Mi pacífico sólo es el que come con abundancia, y el que come lo apurado del bien para él nace el día bueno, y el sol claro él es el que solamente le ve, en la vida, en la muerte, en lo adverso, en lo próspero, en todo halla su gusto; y el manjar de los ángeles es su perpetuo manjar, y goza de él alegre, y sin miedo que nadie le robe, y, sin enemigo que le pueda ser enemigo, vive en dulcísima y abundosísima paz, divino bien y excelente merced hecha a los hombres solamente por Cristo.

Por lo cual, tornando a lo primero del salmo, le debemos celebrar con continos y soberanos loores, porque él salió a nuestra causa perdida, y tomó sobre sí nuestra guerra, y puso nuestro desconcierto en su orden, y nos amistó con el cielo, y encarceló a nuestro enemigo el demonio, y nos libertó de la codicia y el miedo, y nos aquietó y pacificó cuanto hay de enemigo y de adverso en la tierra; y el gozo y el reposo y el deleite de su divina y riquísima paz Él nos le dio, el cual es la fuente y el manantial de donde nace, y su autor único, por donde con justísima razón es llamado su Príncipe.

Y habiendo dicho aquesto, Marcelo calló. Y Juliano, incontinente, viéndole callar, dijo:

—Es sin duda, Marcelo, Príncipe de Paz Jesucristo, por la razón que decís; mas, no mudando eso que es firme, sino añadiendo sobre ello, paréceme a mí que le podemos también llamar así porque con sólo Él se puede tener aquesto que es paz.

Aquí Sabino, vuelto a Juliano, y como maravillado de lo que decía:

—No entiendo bien —dice Juliano— lo que decís, y traslúceseme que decís gran verdad. Y así, si no recibís pesadumbre, me holgaría que os declarásedes más.

—Ninguna —respondió Juliano—; mas decidme, pues así os place, Sabino, ¿entendéis que todos los que nacen y viven en esta vida son dichosos en ella y de buena suerte, o que unos lo son y otros no?

—Cierto es —dijo Sabino— que no lo son todos.

—¿Y sonlo algunos? —añadió Juliano.

Respondió Sabino:

—Sí son.

Y luego Juliano dijo:

—Decidme, pues; el serlo así, ¿es cosa con que se nace, o caso de suerte o viéneles por su obra e industria?

—No es nacimiento ni suerte —dijo Sabino—, sino cosa que tiene principio en la voluntad de cada uno y en su buena elección.

—Verdad es —dijo Juliano—, y habéis dicho también que hay algunos que no vienen a ser dichosos, ni de buena suerte.

—Sí he dicho —respondió.

—Pues decidme —dijo Juliano—: esos que no lo son, ¿no lo quieren ser o no lo procuran ser?

—Antes —dijo Sabino— lo procuran y lo apetecen con ardor grandísimo.

—Pues —replicó Juliano—, ¿escóndeseles por ventura la buena dicha o no es una misma?

—Una misma es —dijo Sabino—, y a nadie se esconde; antes, cuanto es de su parte, ella se les ofrece a todos y se les entra en su casa; mas no la conocen todos, y así algunos no la reciben.

—Por manera que decís, Sabino —dijo Juliano—, que los que no vienen a ser dichosos no conocen la buena dicha, y por esa causa la desechan de sí.

—Así es —respondió Sabino.

—Pues decidme —dijo Juliano—, ¿puede ser apetecido aquello de quien el que lo ha de amar no tiene noticia?

—Cierto es —dijo Sabino— que no puede.

—¿Y decís que los que no alcanzan la buena dicha no la conocen? —dijo Juliano.

Respondió Sabino que era así.

—Y también habéis dicho —añadió Juliano— que esos mismos que no lo son apetecen y aman el ser bienaventurados.

Concedió Sabino que lo había dicho.

—Luego —dijo Juliano— apetecen lo que no saben ni conocen. Y así se concluye una de dos cosas: o que lo no conocido puede ser amado, o que los de mala suerte no aman la buena suerte, que cada una de ellas contradice a lo que, Sabino, habéis dicho. Ved ahora si queréis mudar alguna de ellas.

Reparó entonces Sabino un poco y dijo luego:

—Parece que de fuerza se habrá de mudar.

Mas Juliano, tornando a tomar la mano, dijo así:

—Id conmigo, Sabino, que podría ser que por esta manera llegásemos a tocar la verdad. Decidme: la buena dicha, ¿es ella alguna cosa que vive, o que tiene ser en sí misma, o qué manera de cosa es?

—No entiendo bien, Juliano —respondió Sabino—, lo que me preguntáis.

—Ahora —dijo Juliano— lo entenderéis. El avariento, decidme, ¿ama algo?

—Sí ama —dijo Sabino.

—¿Qué? —dijo Juliano.

—El oro sin duda —dijo Sabino— y las riquezas.

—Y el que las gasta —añadió Juliano— en fiestas y en banquetes, en aquello que hace, ¿busca y apetece algún bien?

—No hay duda de eso —dijo Sabino.

—¿Y qué bien apetece?—preguntó Juliano.

—Apetece —respondió Sabino—, a mi parecer, su gusto propio y su contento.

—Bien decís, Sabino —dijo Juliano luego—. Mas decidme: el contento que nace del gastar las riquezas, y esas mismas riquezas, ¿tienen una misma manera de ser? ¿No os parece que el oro y plata es una cosa que tiene substancia y tomo, que la veis con los ojos y la tocáis con las manos? Mas el contento no es así, sino como un accidente que sentís en vos mismos, o que os imagináis que sentís. Y no es cosa que o la sacáis de las minas, o que el campo o de suyo o con vuestra labor la produce, y, producida, la cogéis de él y la encerráis en el arca, sino cosa que resulta en vos de la posesión de alguna de las cosas que son de tomo, que o poseéis u os imagináis poseer.

—Verdad es —dijo Sabino— lo que decís.

—Pues ahora —dijo Juliano— entenderéis mi pregunta, que es: si la buena dicha tiene ser como las riquezas y el oro, o como las cosas que llamamos gusto y contento.

—Como el gusto y el contento —dijo Sabino luego—. Y aun me parece a mí que la buena dicha no es otra cosa sino un perfecto y entero contento, seguro de lo que se teme y rico de lo que se ama y apetece.

—Bien habéis dicho —dijo Juliano—; mas si es como el contento o es el contento mismo, y habemos dicho que el contento es una cosa que resulta en nosotros de algún bien de substancia, que o tenemos o nos imaginamos tener, necesaria cosa será que de la buena dicha haya alguna cosa de tomo que sea como su fuente y raíz, de manera que le dé ser dichoso al que la poseyere, cualquiera que él sea.

—Eso —dijo Sabino— no se puede negar.

—Pues decidme, ¿hay una fuente sola o hay muchas fuentes?

—Parece —dijo Sabino— que hay una sola.

—Con razón os parece así —dijo Juliano entonces—, porque el entero contento del hombre en una sola manera puede ser; por la misma razón no tiene sino una sola causa. Mas esta causa que llamamos fuente, y que, como decís, es una, ¿ámanla y búscanla todos?

—No la aman —dijo Sabino.

—¿Por qué? —respondió Juliano.

Y Sabino dijo:

—Porque no la conocen.

—Y ninguno —dijo Juliano— deja de amar, como antes decíamos, lo que es buena dicha.

—Así es —respondió.

—Y no se ama —replicó— lo que no se conoce. Luego habéis de decir, Sabino, que los que aman el ser dichosos, y no lo alcanzan, conocen lo general del descanso y del contento, mas no conocer la particular y verdadera fuente de donde nace, ni aquello uno en que consiste y que lo produce. Y habéis de decir que, llevados por una parte del deseo, y por otra parte no sabiendo el camino, ni pueden parar ni les es posible atinar, al revés de los que hallan la buena suerte. Mas decidme, Sabino: los que buscan ser dichosos y nunca vienen a serlo, ¿no aman ellos algo también, y lo procuran haber como a fuente de su buena dicha, la que ellos pretenden?

—Aman —dijo Sabino—, sin duda.

—Y ese su amor —dijo Juliano—, ¿hácelos dichosos?

—Ya está dicho que no los hace —respondió Sabino—, porque la cosa a quien se allegan y a quien le piden su contento y su bien, no es la fuente de él ni aquello de donde nace.

—Pues si ese amor no les da buena dicha —dijo Juliano—, ¿hace en ellos otra cosa alguna, o no hace nada?

—¿No bastará —dijo Sabino— que no les dé buena dicha?

—Por mí —dijo Juliano— baste en buen hora, que no deseo su daño, mas no os pido aquello con que yo por ventura quedaría contento si fuese el repartidor, sino lo que la razón dice, que es juez que no se dobla.

—Paréceme —dijo Sabino— que como el hijo de Príamo, que puso su amor en Helena y la robó a su marido, persuadiéndose que llevaba con ella todo su descanso y su bien, no sólo no halló allí el descanso que se prometía, mas sacó de ella la ruina de su patria y la muerte suya, con todo lo demás que Homero canta de calamidad y miseria; así, por la misma manera, los no dichosos por fuerza vienen a ser desdichados y miserables; porque aman como a fuente de su descanso lo que no lo es; y, amándolo así, pídenselo y búscanlo en ello, y trabájanse miserablemente por hallarlo, y al fin no lo hallan. Y así los atormenta juntamente y como en un tiempo el deseo de haberlo y el trabajo de buscarlo y la congoja de no poderlo hallar. De donde resulta que no sólo no consiguen la buena dicha que buscan, mas en vez de ella caen en infelicidad y miseria.

—Recojamos —dijo Juliano entonces— todo lo que habemos dicho hasta ahora, y así podremos después mejor ir en seguimiento de la verdad. Pues tenemos de todo lo sobredicho: lo uno que todos aman y pretenden ser dichosos; lo otro, que no Io son todos; lo tercero, que la causa de esta diferencia está en el amor de aquellas cosas que llamamos fuentes o causas, entre las cuales la verdadera es sola una, y las demás son falsas y engañosas. Y lo último, tenemos que, como el amor de la verdadera hace buena suerte; así hace, no sólo falta de ella, sino miseria extremada, el amor de las falsas.

—Todo eso está dicho; mas de todo eso —dijo Sabino—, ¿qué queréis, Juliano, inferir?

—Dos cosas infiero —dijo Juliano luego—; la una, que todos aman, los buenos y los malos, los felices y los infelices, y que no se puede vivir sin amar. La otra, que como el amor en los unos es causa de su buena andanza, así en los otros es la fuente de su miseria; y siendo en todos amor, hace en los unos y en los otros efectos muy diferentes, o por decir verdad, claramente contrarios.

—Así se infiere —dijo Sabino.

—Mas decidme —añadió Juliano—, ¿atreveros heis, Sabino, a buscar conmigo la causa de aquesta desigualdad y contrariedad que en sí encierra el amor?

—¿Qué causa decís, Juliano? —respondió Sabino.

—El porqué —dijo Juliano— el amor, que nos es tan necesario y tan natural a todos, es en unos causa de miseria, y en otros de felicidad y buena suerte.

—Claro está esto dijo Sabino luego—, porque, aunque en todos se llama amor, no es en todos uno mismo, mas en unos es amor de lo bueno, y así les viene el bien de él, y en otros de lo malo, y así les fructifica miseria.

—¿Puede —replicó Juliano— amar nadie lo malo?

—No puede —dijo Sabino—, como no puede desamar a sí mismo. Mas el amor malo que digo, llámole así, no porque lo que ama es en sí malo, sino porque no es aquel bien que es la fuente y el minero del sumo bien.

—Eso mismo —dijo Juliano— es lo que hace mi duda y mi pregunta más fuerte.

—¿Más fuerte? —respondió Sabino—. ¿Y en qué manera?

—De esta manera —dijo Juliano—; porque si los hombres pudieran amar la miseria, claro y descubierto estaba el porqué el amor hacía miserables a los que la amaban; mas, amando todos siempre algún bien, aunque no sea aquel bien de donde nace el sumo bien, ya que este su amor no los hace enteramente dichosos, a lo menos, pues es bien lo que aman, justo y razonable sería que el amor de él les hiciese algún bien. Y así no parece verdad lo que poco antes asentábamos por muy cierto, que el amor hace también a las veces miseria en los hombres.

—Así parece —respondió Sabino.

—No os rindáis —dijo Juliano— tan presto, sino id conmigo inquiriendo el ingenio y la condición del amor; que, si la hallamos, ella nos podrá descubrir la luz que buscamos.

—¿Qué ingenio es ése —respondió Sabino—, o cómo se ha de inquirir?

—Muchas veces habréis oído decir, Sabino —respondió Juliano—, que el amor consiste en una cierta unidad.

—Sí he —dijo Sabino— oído y leído que es unión el amor y que es unidad, y que es como un lazo estrecho entre los que juntamente se aman, y que, por ser así, se transforma el que ama en lo que ama, por tal manera, que se hace con él una misma cosa.

—¿Y paréceos —dijo Juliano— que todo el amor es así?

—Sí parece —respondió Sabino.

—Apolo —dijo Juliano—, a vuestro parecer, ¿amaba, cuando en la fábula, como canta el poeta, sigue a Dafne, que le huye? O el otro de la comedia, cuando pregunta: dónde buscará, dónde descubrirá, a quién preguntará, cuál camino seguirá para hallar a quien había perdido de vista, pregunto: ¿amaba también?

—Así —dijo— parece.

Y ambos —replicó Juliano— estaban tan lejos de ser unos con lo que amaban, que el uno era aborrecido de ello, y el otro no hallaba manera para alcanzarlo.

—Verdad es dijo Sabino— cuanto al hecho, mas cuanto al deseo ya lo eran, porque esa unidad era lo que apetecían, Si amaban.

—Luego —dijo Juliano— ya el amor no era él la unidad, sino un apetito y deseo de ella.

—Así —dijo— parece.

—Pues decidme —añadió Juliano, aquestos mismos, si Consiguieran su intento, u otros cualesquiera que aman, y que lo que aman lo consiguen y alcanzan, y vienen a ser uno mismo con ello, ¿dejan de amarlo luego o ámanlo todavía también?

—Como puede uno no amar a sí mismo, así podrán —dijo Sabino— dejar de amar al que ya es una misma cosa con ellos.

—Bien decís —dijo Juliano—; mas decidme, Sabino, ¿será posible que desee alguno aquello mismo que tiene?

—No es posible —dijo Sabino.

—Y habéis dicho —añadió Juliano— que ya aquestos tales han venido a tener unidad.

—Sí han venido —dijo.

—Luego habéis de decir —replicó Juliano— que ya no la desean ni apetecen.

— Sí es —dijo— verdad. Y es verdad que se aman —añadió Juliano—; luego no lo es decir que el amar es desear la unidad.

Estuvo entonces sobre sí Sabino un poco, y dijo luego:

—No sé, Juliano, qué fin han de tener hoy estas redes vuestras, ni qué es lo que con ellas deseáis prender. Mas, pues, así me estrecháis, dígoos que hay dos amores o dos maneras de amar: una de deseo y otra de gozo. Y dígoos que en el uno y en el otro amor hay su cierta unidad; el uno la desea, y, cuanto es de su parte, la hace; y el otro la posee y la abraza, y se deleita y aviva con ella misma el uno camina a este bien, y el otro descansa y se goza en él; el uno es como el principio, y el otro es como lo sumo y lo perfecto; y así el uno como el otro se rodea como sobre quicio, sobre la unidad sola, el uno haciéndola, y el otro como gozando de ella.

—No han hecho mala presa estas que llamáis mis redes, Sabino —dijo Juliano entonces—, pues han cogido de vos esto que decís ahora, que está muy bien dicho: y con ello yo más cerca del fin que pretendo, de lo que vos, Sabino, pensáis. Porque, pues es así que todo amor, cada uno en su manera, o es unidad o camina a ella y la pretende; y pues es así, que es como el blanco y el fin del bien querer. el ser unos los que se quieren, cosa cierta será que todo aquello que fuere contrario, o en alguna forma dañoso a aquesta unidad, será desabrido enemigo para el amor, y que el que amare, por el mismo caso que ama, padecerá tormento gravísimo todas las veces que o le aconteciere algo de lo que divide el amor, o temiere que le puede acontecer. Porque. como con el cuerpo siempre que se corta o que se divide lo uno de él y lo que está ayuntado y continuo, se descubre luego un dolor agudo, así todo lo que en el amor, que es unidad, se esfuerza a poner división, pone por el mismo caso en cl alma que ama una miseria y una congoja viva, mayor de lo que declarar se puede.

—Esa es verdad en que no hay duda —dijo entonces Sabino.

—Pues si en esto no hay duda —añadió Juliano—, ¿podréisme decir, Sabino, cuántas y cuáles sean las cosas que tiene esta fuerza, o que la pretenden tener, de cortar y dividir aquello con que el amor se anuda y se hace uno?

—Tiene —dijo Sabino— esa fuerza todo aquello que a cualquiera de los que aman o le deshace en el ser, o le muda y le trueca en la voluntad, o totalmente o en parte, como son, en lo primero, la enfermedad y la vejez y la pobreza y los desastres, y, finalmente, la muerte; y en lo segundo, la ausencia, el enojo, la diferencia de pareceres, la competencia en unas mismas cosas, el nuevo querer, y la liviandad nuestra natural. Porque, en lo primero, la muerte deshace el ser, y así aparta aquello que deshace de aquello que queda con vida; y la enfermedad y vejez y pobreza y desastres, así como disponen para la muerte, así también son ministros y como instrumentos con que este apartamiento se obra. Y, en lo segundo, cierto es que la ausencia hace olvido, y que el enojo divide.

Y que la diferencia de pareceres pone estorbo en la conversación; y así, apartando el trato, enajena poco a poco las voluntades, y las desata para que cada una se vaya por sí. Pues con el nuevo amor, claro es que se corta el primero, y manifiesto es que nuestro natural mudable es como una lima secreta que de continuo, con deseo de hacer novedad, va dividiendo lo que está bien ajuntado.

—No se dará bien, conforme a eso, Sabino —dijo Juliano entonces—, el amor en cualquier suelo.

Respondió Sabino:

—¿Cómo no se dará?

Y Juliano dijo:

—Como dicen de algunos frutales que, plantados en Persia, su fruta es ponzoña, y nacidos en estas provincias nuestras, son de manjar sabroso y saludable, así digo que se concluye de lo que hasta ahora está dicho, que el amor y la amistad todas las veces que se plantare en lo que estuviere sujeto a todos o a algunos de esos accidentes que habéis contado, Sabino, como planta puesta en lugar, no sólo ajeno de su condición, mas contrario y enemigo de la cualidad de su ingenio, producirá no fruta que recree, sino tóxico que mate. Y si, como poco antes decíamos, para venir a ser dichosos y de buena suerte nos conviene que amemos algo que nos sea como fuente de aquesta buena ventura; y si la naturaleza ordenó que fuese el medio y el tercero de toda la buena dicha el amor, bien se conoce ya lo que arriba dudábamos, que el amor que se empleare en aquello que está sujeto a las mudanzas y daños que dicho habéis, no sólo no dará a su dueño ni el sumo bien, ni aquella parte de bien, cualquiera que ella se sea, que posee en sí aquello a quien se endereza, mas le hará triste y miserable del todo. Porque el dolor que le traspasará las entrañas, cuando alguno de los casos y de los accidentes que dijiste, Sabino, pues no se excusan, le aconteciere, y el temor perpetuo de que cada hora le pueden acontecer, le convertirán el bien en continua miseria. Y no le valdrá tanto lo bueno que tiene aquello que ama, para acarrearle algún gusto, cuanto será poderoso lo quebradizo y lo Vil y lo mudable de su condición, para le afligir con perpetuo e infinito tormento.

Mas si es tan perjudicial el amor cuando se emplea mal, y si se emplea mal en todo lo que está sujeto a mudanza, y si todo lo semejante le es suelo enemigo, adonde, si prende, produce frutos de ponzoña y miseria, ya veis, Sabino, la razón por qué dije al principio que sólo Cristo es Aquel con quien se puede tener paz y amistad; porque Él solo es el mudable y el bueno, y Aquel que, cuanto de su parte es, jamás divide la unidad del amor con que Él se pone; y así Él solo el sujeto propio y la tierra natural y feliz, adonde florece bienaventuradamente y adonde hace buen fruto esta planta. Porque ni en su condición hay cosa que lo divida, ni se aparta de él por las mudanzas y desastres a que está sujeta la nuestra, como nosotros libremente no lo apartemos, dejándole. Que ni llega a Él la vejez, ni la enfermedad le enflaquece, ni la muerte le acaba, ni puede la fortuna con sus desvaríos poner cualidad en Él que le haga menos amable. Que, como dice el salmista, «aunque tú, Señor, mismo desde el principio cimentaste la tierra, y aunque son obra de tus manos los cielos ellos perecerán, y Tú permanecerás; ellos se envejecerán como se envejece la ropa, y como se pliega la capa los plegarás, y serán plegados; mas Tú eres siempre uno mismo, y tus años nunca desmenguan». Y «tu trono, Señor, por siglos y siglos vara de derechezas la vara de tu gobierno».

Esto es en el ser; que en su voluntad para con nosotros, si nosotros no le huimos primero, no puede caber desamor. Porque, si viniéramos a pobreza y a menos estado, nos amará; y si el mundo nos aborreciere, Él conservará su amor con nosotros; en las calamidades, en los trabajos y en las afrentas en los tiempos temerosos y tristes, cuando todos nos huyan, Él con mayores regalos nos recogerá a sí. No temeremos que podrá venir a menos su amor por ausencia, pues está siempre lanzado en nuestra alma y presente. Ni cuando, Sabino, se marchitare en vos esa flor de la edad, ni cuando, corriendo los años y haciendo su obra, os desfiguraren la belleza del rostro, ni en las canas, ni en la flaqueza, ni en el temblor de los miembros, ni en el frío de la vejez, se resfriará su amor en ninguna cosa para con vos. Antes rico para hacer siempre bien, y de riquezas que no se agotan haciéndole, y deseosísimo continuamente de hacerlo, cuando se os acabare todo, se os dará todo Él, «y renovará vuestra edad como el águila», y vistiéndoos de inmortalidad y de bienes eternos como Esposo verdadero vuestro, os ayuntará del todo consigo con lazo que jamás faltará, estrecho y dulcísimo.

—Mas esto ya os toca a vos, Marcelo —dijo Juliano prosiguiendo, y volviéndose a Él—, porque es del nombre de Esposo de que últimamente habéis de decir, y de que yo de propósito os he detenido que no dijésedes con aquesto que he dicho, no tanto por añadir cosa que importase a vuestras razones, cuanto para que reposásedes entre tanto vos, y así entrásedes con nuevo aliento en aquesto que os resta.

—Vos, Juliano —dijo Marcelo entonces—, siempre que habláredes será con propósito y provecho mucho; y lo que habéis hablado ahora ha sido tal, que hacéis mal en no llevarlo adelante. Y pues ello mismo os había metido en el nombre de Esposo, fuera justo que lo prosiguiérades vos, a lo menos siquiera porque entre tanto malo como he dicho yo, tuviera tan buen remate esta plática. Que yo os confieso que en este nombre no puede decir lo que hay en él quien no lo ha sabido sentir; y de mí ya conocéis cuán lejos estoy de todo buen sentimiento.

—Ya conocemos —dijeron juntos Juliano y Sabino— cuán mal sentís de estas cosas, y por esa causa os queremos oír en ellas; demás de que es justo que sea de un paño todo.

—Justo es —dijo Marcelo— que sea todo de sayal, y que a cosa tan grosera no se añada pieza más fina. Mas, pues es forzoso, será necesario que, como suelen hacer los poetas en algunas partes de sus poesías, adonde se les ofrece algún sujeto nuevo, o más dificultoso que lo pasado o de mayor cualidad, que tornan a invocar el favor de sus musas, así yo ahora torne a pedir a Cristo su favor y su gracia, para poder decir algo de lo que en un misterio como aqueste se encierra, porque sin él no se puede entender ni decir.

Fray Luis de León: De los nombres de Cristo, tomo II.

Los dos nidos

Los dos nidos

Dos hombres eran vecinos y cada uno tenía una mujer, varios hijos y sólo su trabajo para vivir. Uno de ellos se inquietaba mucho diciendo: «Si llego a morir o me enfermo, ¿qué será de mi mujer y de mis hijos?».

Y este pensamiento se le clavaba en el corazón como un gusano que roe la fruta donde se esconde.

El otro padre, aunque le asaltaba el mismo pensamiento no se paraba con él, pues se decía: «Dios, que conoce todas las criaturas y vela por ellas, velará también por mi mujer y mis hijos». Y vivía tranquilo, mientras el primero no tenía un instante de reposo y de alegría.

Un día, mientras trabajaba en el campo triste y abatido, vio dos pajaritos entrar en un arbusto y salir luego para volver en breve. Se acercó y vio dos nidos, uno junto a otro y cada uno con varios polluelos recién nacidos y todavía sin plumas.

Vuelto a su trabajo, echaba la vista de vez en cuando para mirar a las madres que iban y venían con la comida de sus chicuelos.

Mas, he aquí que al momento de entrar una de las madres con su bocado, cae sobre ella un gavilán, la coge y arrebata, a pesar sus agudos gritos.

A esta vista, el hombre se sintió más turbado que nunca, pues pensaba que la muerte de la madre era la muerte de los hijos. «Los míos, decía, no me tienen más que a mí, para sustento, ¿qué será de ellos si les falto?».

Todo el día anduvo triste y mustio y no durmió por la noche. El día siguiente, al volver al campo, se dijo: «Quiero ver los polluelos de aquella madre; sin duda ya han muerto».

Y acercándose a la mata, vio a los chicuelos alegres y sanos, ninguno parecía haber sufrido nada. Admirado se escondió para ver lo que pasaba. A poco oye un ligero grito y ve a la segunda madre apresurarse a traer su comida y distribuirla indistintamente a los polluelos de ambos nidos; hubo para todos, y los huérfanos no quedaron abandonados.

Se fue luego a contar lo que había visto al otro padre. «¿Para qué preocuparte? —le dijo este—. Dios no abandona a los suyos. Su amor tiene secretos que no conocemos; amemos y sigamos en paz nuestro camino. Si muero antes que tú, serás tú el padre de mis hijos y si tú mueres primero, yo lo seré de los tuyos. Y si ambos morimos antes de que tengan edad de subvenir a sus necesidades, tendrán por padre al Padre que está en los cielos».

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Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. I Parte: Cuentos y leyendas, n.º 8».

Historias para amar, páginas 17-18