Evangelio del día: Curación de un leproso

Evangelio del día: Curación de un leproso

Evangelio del día

Mateo 8, 1-4 · Viernes de la 12.ª semana del Tiempo Ordinario

«Quiero, queda limpio». En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación: la voluntad de Dios de curarnos, de purificarnos del mal que nos desfigura y arruina nuestras relaciones.


Evangelio

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante Él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme».

Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio». Y al instante quedó limpio de su lepra.

Y Jesús le dice: «Mira, no se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 17, 1.9-10.15-22.
  • Salmo: Sal 128(127), 1-5.

Oración introductoria

Señor, yo creo en ti y en tu amor. Si quieres puedes convertir este momento de oración en una experiencia de amor que transforme toda mi vida; sé que lo puedes hacer y humildemente te suplico que lo hagas.

Petición

Jesús, cúrame de todo eso que me aparta del camino del bien porque quiero vivir en todo, y sobre todo, tu caridad.


Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio del día de hoy nos muestra a Jesús en contacto con la forma de enfermedad considerada en aquel tiempo como la más grave, tanto que volvía a la persona «impura» y la excluía de las relaciones sociales: hablamos de la lepra. Una legislación especial reservaba a los sacerdotes la tarea de declarar a la persona leprosa, es decir, impura; y también correspondía al sacerdote constatar la curación y readmitir al enfermo sanado a la vida normal.

Mientras Jesús estaba predicando por las aldeas de Galilea, un leproso se le acercó y le dijo: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús no evita el contacto con este hombre; más aún, impulsado por una íntima participación en su condición, extiende su mano y lo toca —superando la prohibición legal—, y le dice: «Quiero, queda limpio».

En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación, está encarnada la voluntad de Dios de curarnos, de purificarnos del mal que nos desfigura y arruina nuestras relaciones. En aquel contacto entre la mano de Jesús y el leproso queda derribada toda barrera entre Dios y la impureza humana, entre lo sagrado y su opuesto, no para negar el mal y su fuerza negativa, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que cualquier mal, incluso más que el más contagioso y horrible.

Jesús tomó sobre sí nuestras enfermedades, se convirtió en «leproso» para que nosotros fuéramos purificados. Un espléndido comentario existencial a este evangelio es la célebre experiencia de san Francisco de Asís, que resume al principio de su Testamento: «El Señor me dio de esta manera a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura del alma y del cuerpo; y después de esto permanecí un poco de tiempo, y salí del mundo» (Fuentes franciscanas, 110).

En aquellos leprosos, que Francisco encontró cuando todavía estaba «en pecados», Jesús estaba presente; y cuando Francisco se acercó a uno de ellos, venciendo la repugnancia que sentía, y lo abrazó, Jesús lo curó de su lepra, es decir, de su orgullo, y lo convirtió al amor de Dios. Esta es la victoria de Cristo, que es nuestra curación profunda y nuestra resurrección a una vida nueva.

Queridos amigos, dirijámonos en oración a la Virgen María, a quien ayer celebramos recordando sus apariciones en Lourdes. A santa Bernardita la Virgen le dio un mensaje siempre actual: la llamada a la oración y a la penitencia. A través de su Madre es siempre Jesús quien sale a nuestro encuentro para liberarnos de toda enfermedad del cuerpo y del alma. Dejémonos tocar y purificar por él, y seamos misericordiosos con nuestros hermanos.

Santo Padre emérito Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 12 de febrero de 2012


Catecismo de la Iglesia Católica

I. Dios revela su designio amoroso

51. «Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina» (Dei Verbum, 2).

52. Dios, que «habita una luz inaccesible» (1 Tm 6,16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de sus propias fuerzas.

53. El designio divino de la revelación se realiza a la vez «mediante acciones y palabras», íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente. Este designio comporta una pedagogía divina particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo.

San Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: «El Verbo de Dios […] ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre».

Adversus haereses, III, 20, 2.

Catecismo de la Iglesia Católica


Diálogo con Cristo

Señor, yo creo en Ti, en la abundancia y gratuidad de tu amor. Dame la gracia de corresponderte con un corazón benigno y sincero, que cure la vida de los demás con mis palabras, mis acciones y mi testimonio. Ayúdame a vivir en tu luz para experimentar la alegría de sanación que viene con tu amistad.

Propósito

Orar con la ilusión y con la confianza de creer, y saber, que Dios me dará todo lo que necesito.


Para profundizar

Catequesis: Jesús está en la orilla

Catequesis: Jesús está en la orilla

La pesca abundante y la comida con el Resucitado

Sesión de catequesis de Primera Comunión basada en Juan 21, 1-14 y en la imagen catequética de la aparición de Jesús junto al lago

1. Introducción

El relato de Juan 21, 1-14 es una de las escenas más delicadas y luminosas de las apariciones de Cristo resucitado. No presenta un momento solemne en el templo ni una gran manifestación pública, sino una escena de amanecer, de cansancio, de trabajo humano y de encuentro. Los discípulos han pasado la noche pescando y no han cogido nada. Esa experiencia de esfuerzo sin fruto, de trabajo sin resultado y de cierta pobreza interior, es profundamente humana. Precisamente ahí, en ese escenario tan cotidiano, aparece Jesús.

El Señor resucitado está en la orilla. No irrumpe con violencia ni obliga a los discípulos a reconocerlo enseguida. Les habla, les da una indicación, provoca una pesca abundante, despierta la fe del discípulo amado y, finalmente, los reúne junto a un fuego para darles alimento. El texto entero tiene una enorme riqueza cristológica, eclesial y sacramental. Cristo se manifiesta como Señor vivo, como guía de sus discípulos, como quien da fruto a la misión y como quien prepara la comida para los suyos.

La Iglesia ha leído siempre este pasaje con especial atención. San Agustín contempla esta pesca posterior a la Resurrección como una imagen de la Iglesia reunida por Cristo y conducida por su poder, no por la mera capacidad humana (San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de San Juan). San Gregorio Magno, por su parte, subraya que los discípulos no reconocen al Señor solo por verlo, sino por la luz interior que acompaña su acción y sus obras (San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios). La escena, por tanto, no se reduce a un recuerdo bonito: es una revelación del modo en que el Resucitado sigue actuando.

Para la preparación a la Primera Comunión, este pasaje es especialmente fecundo. Ayuda a comprender que Jesús resucitado no es alguien lejano ni solo una figura del pasado. Está vivo, se hace presente en la vida ordinaria, guía con su palabra, da fruto al esfuerzo humano y reúne a los suyos para alimentarlos. La idea central que debe quedar clara en toda la sesión es esta: Jesús resucitado está vivo, guía a los suyos y los reúne para darles su alimento.

2. Objetivos de la sesión

Objetivo general: Que los niños descubran que Jesús resucitado sigue presente, guía a sus discípulos con su palabra, hace fecundo su esfuerzo y los reúne para alimentarlos, ayudándoles a comprender mejor el sentido de la Iglesia, de la confianza en Cristo y de la Eucaristía.

Objetivos específicos:

  • Conocer el relato de Juan 21, 1-14 y su secuencia principal.
  • Comprender que sin Jesús el trabajo puede quedar vacío, mientras que la obediencia a su palabra trae fruto.
  • Descubrir que el reconocimiento del Señor nace de una mirada de fe iluminada por sus signos y su palabra.
  • Relacionar la comida preparada por Jesús en la orilla con su amor providente y con la dimensión eucarística de la vida cristiana.
  • Ayudar a los niños a confiar en la palabra de Cristo incluso cuando no entienden todo.
  • Despertar en ellos el deseo de acercarse a Jesús vivo en la Misa y en la Primera Comunión.

3. Edad orientativa y duración

Edad orientativa: niños de 7 a 10 años, especialmente en preparación para la Primera Comunión.

Duración total orientativa: entre 75 y 90 minutos.

4. Materiales

  • La imagen catequética horizontal sobre Juan 21, 1-14.
  • Una Biblia.
  • Cartulinas o folios.
  • Lápices, rotuladores o ceras.
  • Si es posible, una red pequeña, cuerda o dibujo de red.
  • Una mesa pequeña con mantel sencillo, una vela y un pan visible como signo pedagógico.
  • Una cruz o una imagen de Jesús en un lugar visible.

5. Fuentes doctrinales y bíblicas

Sagrada Escritura (CEE):

«Aquella noche no cogieron nada.» (Juan 21, 3)

«Muchachos, ¿tenéis pescado?» (Juan 21, 5)

«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» (Juan 21, 6)

«Es el Señor.» (Juan 21, 7)

«Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.» (Juan 21, 13)

Catecismo de la Iglesia Católica:

«Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto y la comida» (Catecismo de la Iglesia Católica, 645).

«La Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida cristiana”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1324).

«Cristo, presente bajo las especies eucarísticas, permanece misteriosamente en medio de nosotros como Aquel que nos amó y se entregó por nosotros» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1380).

Tradición y magisterio:

San Agustín contempla la pesca abundante de Juan 21 como una imagen de la Iglesia congregada por Cristo resucitado y sostenida por su gracia, no por la mera destreza humana (San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de San Juan). San Gregorio Magno explica que los discípulos reconocen al Señor a través del signo y de la luz interior que acompaña su presencia (San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios). San Juan Pablo II recuerda que el Resucitado sigue haciéndose presente en la comunidad reunida y en la fracción del pan, centro del domingo cristiano (Dies Domini, 39; Ecclesia de Eucharistia, 1). Todo ello ayuda a leer este texto como una escena de revelación, de Iglesia y de alimento pascual.

6. Sentido catequético de la sesión

Este Evangelio tiene una fuerza catequética enorme porque muestra una experiencia muy cercana a la vida real. Los discípulos trabajan toda la noche, conocen bien su oficio y, sin embargo, no logran fruto. La escena permite hablar a los niños del cansancio, del esfuerzo, del desánimo y de esas situaciones en las que uno siente que no sale nada bien. Pero el texto no se queda en esa pobreza. Precisamente ahí aparece Jesús. Esto enseña que el Señor resucitado no se aleja de las situaciones ordinarias ni espera solo los momentos “religiosos” para hacerse presente. Se acerca a la vida concreta.

La escena manifiesta además que la fecundidad verdadera nace de la obediencia confiada a la palabra de Cristo. No se trata de magia ni de un premio automático por portarse bien, sino de algo más hondo: cuando el discípulo se fía del Señor, su trabajo entra en una relación nueva con la gracia. Santo Tomás de Aquino enseña que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la sana, la eleva y la perfecciona (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica). En este pasaje, el trabajo humano de los discípulos no desaparece, pero es transformado por la palabra de Jesús.

El reconocimiento del Señor es otro punto central. Jesús está en la orilla, pero al principio no lo reconocen. Solo después del signo, el discípulo amado exclama: «Es el Señor». La fe cristiana no consiste simplemente en mirar, sino en mirar con el corazón iluminado. Esta escena ayuda a enseñar que Jesús está presente también hoy y que los ojos de la fe deben ser educados para reconocerlo en la Palabra, en la Iglesia, en los signos de su providencia y, de modo supremo, en la Eucaristía.

Por último, la comida preparada por Jesús abre una perspectiva especialmente fecunda para la Primera Comunión. Aunque este texto no describe la Última Cena, sí presenta a Cristo resucitado que toma el pan y lo da a los suyos. La Iglesia ha visto en estos gestos una resonancia profundamente eucarística. La sesión debe ayudar a comprender que el mismo Señor que alimentó a sus discípulos junto al lago sigue reuniendo y alimentando hoy a su Iglesia. Para un niño que se prepara para la Comunión, la verdad esencial es esta: Jesús no solo me enseña, Jesús me alimenta.

7. Observamos la imagen

El catequista muestra la imagen y deja primero un breve momento de silencio. Conviene no empezar explicándolo todo enseguida. La imagen debe suscitar observación, preguntas y atención. Después de ese silencio inicial, invita a los niños a describir con sus propias palabras lo que ven.

Preguntas iniciales de observación:

  • ¿Cuántas escenas aparecen en la imagen?
  • ¿Qué están haciendo los discípulos en la barca?
  • ¿Quién está en la orilla?
  • ¿Qué sucede cuando obedecen a Jesús?
  • ¿Qué ocurre al final, cuando llegan a tierra?

Microguion para el catequista:

“Mirad primero el lago y la barca. Los discípulos han trabajado mucho, pero no han conseguido nada.”

“Ahora fijaos en la orilla: Jesús está allí. Al principio no lo reconocen.”

“Mirad la red: cuando obedecen la palabra del Señor, aparece un fruto que no podían darse a sí mismos.”

“Y observad la escena final: Jesús no solo manda, también recibe, prepara y alimenta.”

La observación debe ayudar a comprender la unidad interior del relato: cansancio, palabra, obediencia, reconocimiento y comunión.

8. Explicación del Evangelio para niños

Los discípulos volvieron al lago y se pusieron a pescar. Sabían hacerlo y trabajaron toda la noche, pero no cogieron nada. El Evangelio lo dice con mucha sencillez: «Aquella noche no cogieron nada» (Jn 21, 3). Eso puede ayudarnos a entender que a veces uno se esfuerza mucho y, sin embargo, se siente vacío o sin fruto.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, pero ellos no sabían que era Él. Entonces les habló y les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis» (Jn 21, 6). Ellos obedecieron, y la red se llenó tanto que apenas podían arrastrarla. Fue entonces cuando uno de los discípulos dijo: «Es el Señor» (Jn 21, 7). Esto enseña algo muy importante: muchas veces reconocemos mejor a Jesús cuando confiamos en su palabra y vemos sus frutos.

Cuando llegaron a tierra, encontraron a Jesús junto a unas brasas, con pescado y pan. Él mismo los invitó a acercarse y a comer. Y el Evangelio dice: «Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado» (Jn 21, 13). Es una escena preciosa, porque muestra que Jesús resucitado no abandona a los suyos. Los espera, los reúne y les da alimento.

Podemos explicárselo así a los niños: Jesús sabe cuándo estamos cansados, cuándo nos sentimos vacíos y cuándo parece que no sale nada bien. Pero Él no se aleja. Está en la orilla de nuestra vida, nos llama, nos enseña, nos ayuda y nos da alimento. Y ese alimento nos ayuda también a comprender mejor que Jesús sigue alimentando hoy a su Iglesia en la Eucaristía.

9. Desarrollo de la sesión y actividades

Actividad 1. “Toda la noche y nada” (15-18 minutos)

Objetivo: Comprender que el esfuerzo humano, sin la luz y la ayuda de Jesús, puede dejar el corazón cansado y vacío, y descubrir que el Señor se acerca precisamente en esos momentos.

Texto bíblico base: «Aquella noche no cogieron nada» (Jn 21, 3).

Materiales: Biblia, imagen catequética, pizarra o cartulina.

Desarrollo detallado: El catequista comienza leyendo despacio la frase del Evangelio y pide a los niños que repitan juntos las palabras más importantes: “no cogieron nada”. Después les pregunta si alguna vez les ha pasado algo parecido: esforzarse mucho en algo y sentir que no sale bien. Puede referirse al colegio, a un juego, a intentar aprender una oración, a una pelea con un amigo o a querer hacer algo bien y no conseguirlo. Se anotan algunas respuestas con brevedad. Luego se vuelve a mirar la imagen: la noche, el lago, la barca y el cansancio de los discípulos.

El catequista explica que ellos eran pescadores y conocían su trabajo. Sin embargo, esa noche no obtuvieron fruto. Esto sirve para introducir una enseñanza muy importante: el ser humano necesita más que su propia fuerza; necesita la luz de Dios. En ese momento se subraya que Jesús no desprecia el esfuerzo de sus discípulos, pero les enseña que el fruto verdadero nace cuando su trabajo se abre a la palabra del Señor.

Indicaciones para el catequista: No conviene convertir esta actividad en una mera conversación sobre frustraciones personales, ni presentarla como una promesa simplista de que “si rezas, todo te saldrá bien”. Hay que hablar con más profundidad: el Señor acompaña también el cansancio, no abandona en el fracaso y nos enseña a vivir apoyados en Él. El tono debe ser comprensivo, sereno y esperanzador.

Microguion orientativo:

“Los discípulos trabajan de verdad, se esfuerzan de verdad y se cansan de verdad.”

“Jesús no los humilla ni los regaña. Los espera.”

“A veces también nosotros nos cansamos y sentimos que no sale nada bien.”

“Pero Jesús está cerca precisamente cuando el corazón está cansado.”

Sentido catequético: Esta primera actividad dispone interiormente a los niños para comprender que la vida cristiana no se apoya solo en el esfuerzo propio, sino en la presencia misericordiosa del Resucitado.

Actividad 2. “Echad la red” (18-20 minutos)

Objetivo: Descubrir la importancia de escuchar y obedecer la palabra de Jesús, comprendiendo que la obediencia cristiana no es una carga triste, sino un camino de confianza y fecundidad.

Texto bíblico base: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis» (Jn 21, 6).

Materiales: red pequeña, cuerda o dibujo de red; papeles o tarjetas pequeñas.

Desarrollo detallado: El catequista coloca una red o una cuerda en el centro del grupo. Lee el versículo y explica que los discípulos podían haber pensado que ya no tenía sentido intentarlo otra vez. Sin embargo, obedecen. Después reparte tarjetas pequeñas para que cada niño escriba una forma concreta de escuchar a Jesús: rezar, decir la verdad, pedir perdón, obedecer en casa, ayudar a un compañero, ir a Misa, escuchar la Palabra de Dios, compartir. Cuando todos han escrito, los niños van colocando sus tarjetas sobre la red. El catequista explica que la red llena simboliza una vida que se abre a la palabra del Señor.

Indicaciones para el catequista: Esta actividad no debe presentarse en clave de premio inmediato, como si obedecer a Jesús garantizara siempre el éxito según nuestros planes. La fecundidad evangélica es más honda. Hay que hablar de confianza, de docilidad y de apertura al querer de Dios. El niño debe comprender que obedecer a Jesús es dejarse guiar por quien le ama.

Microguion orientativo:

“Jesús habla y los discípulos tienen que decidir si se fían o no.”

“Ellos no entienden todo, pero obedecen.”

“Obedecer a Jesús puede significar rezar cuando no apetece, perdonar cuando cuesta o decir la verdad aunque dé vergüenza.”

“El corazón que se fía del Señor termina dando fruto.”

Sentido catequético: El niño aprende que la fe no es solo emoción o conocimiento, sino también confianza práctica en la palabra de Cristo.

Actividad 3. “Es el Señor” (15-18 minutos)

Objetivo: Ayudar a los niños a comprender que Jesús resucitado se reconoce con ojos de fe y que el amor abre la mirada para descubrir su presencia.

Texto bíblico base: «Es el Señor» (Jn 21, 7).

Materiales: imagen catequética, Biblia, cartulina con la frase escrita en grande.

Desarrollo detallado: El catequista muestra la escena de la barca y la orilla. Pregunta por qué al principio no lo reconocen y qué cambia después. A continuación proclama con solemnidad la frase “Es el Señor” y explica que, muchas veces, Jesús está cerca y no nos damos cuenta enseguida. Se le reconoce mejor cuando escuchamos su palabra, cuando contemplamos sus obras y cuando el corazón está abierto. Después cada niño completa oralmente una frase sencilla: “Yo puedo reconocer a Jesús cuando…”. Las respuestas pueden ser: cuando rezo, cuando voy a Misa, cuando alguien me ayuda, cuando perdono, cuando escucho el Evangelio, cuando hago el bien.

Indicaciones para el catequista: Conviene no dejar la actividad en un plano puramente sentimental. Reconocer a Jesús no es solo “sentir algo bonito”, sino aprender a mirarlo con fe allí donde Él ha querido estar. El catequista debe conducir con suavidad hacia la enseñanza de la Iglesia: el Señor se deja reconocer en su Palabra, en la comunidad cristiana y, de un modo eminente, en la Eucaristía.

Microguion orientativo:

“Jesús estaba allí desde el principio, pero no todos lo advertían.”

“Después del signo, el discípulo dice: ‘Es el Señor’.”

“La fe enseña a mirar de otra manera.”

“También nosotros necesitamos aprender a reconocer a Jesús en nuestra vida.”

Sentido catequético: Esta actividad ayuda a pasar de una lectura meramente narrativa del pasaje a una comprensión espiritual: el Resucitado está presente y educa nuestra mirada para reconocerlo.

Actividad 4. “Venid a comer” (18-20 minutos)

Objetivo: Relacionar la comida preparada por Jesús con su amor providente y con la llamada a encontrarnos con Él en la Eucaristía.

Texto bíblico base: «Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado» (Jn 21, 13).

Materiales: mesa preparada con mantel sencillo, vela y pan visible como signo pedagógico.

Desarrollo detallado: El catequista conduce al grupo junto a la mesa preparada o la señala desde el lugar donde estén. Lee despacio el versículo y explica que Jesús no solo hace el milagro de la pesca, sino que además tiene preparado el alimento para los suyos. Subraya la delicadeza del Señor: espera, reúne, invita y da de comer. A partir de ahí relaciona esta escena con la Misa y con la Primera Comunión. Aclara con serenidad que aquí no se describe directamente la institución de la Eucaristía, pero sí se ve algo muy importante: el mismo Jesús resucitado toma el pan y lo da a los suyos. Después cada niño responde a una pregunta sencilla: “¿Qué me quiere regalar Jesús cuando me acerco a Él?”. Las respuestas pueden orientar el cierre: paz, fuerza, amistad, perdón, alegría, alimento para el alma.

Indicaciones para el catequista: Esta es una actividad central y debe hacerse con especial respeto. No conviene teatralizar la mesa como si se reprodujera la Misa, pero sí utilizarla como apoyo visual y catequético. Hay que evitar tanto la superficialidad como la confusión. El mensaje debe quedar claro: Jesús alimentó a sus discípulos y hoy sigue alimentando plenamente a su Iglesia en la Eucaristía.

Microguion orientativo:

“Jesús no deja solos a los discípulos después del cansancio.”

“Los recibe, los reúne y les da alimento.”

“El Señor resucitado sigue reuniendo hoy a su Iglesia.”

“En la Primera Comunión vais a acercaros a Jesús que os da el alimento más grande: Él mismo.”

Sentido catequético: Esta actividad une el Evangelio con la experiencia sacramental del niño y prepara interiormente para comprender la Comunión como don de Cristo vivo.

10. Lectio divina infantil

La parte final de la sesión puede adoptar la forma de una pequeña lectio divina adaptada a niños. Conviene cuidar mucho la calma, porque el texto de Juan 21 tiene una gran fuerza contemplativa. No se trata de prolongar demasiado el momento, sino de enseñar que el Evangelio no solo se estudia: también se escucha, se guarda y se responde.

Texto a proclamar: Juan 21, 1-14.

Primer paso: leer. El catequista proclama el texto lentamente, haciendo pausas breves en los momentos más significativos: la noche sin fruto, la palabra de Jesús, la pesca abundante, el reconocimiento del Señor y la comida en la orilla.

Segundo paso: mirar. Después de la lectura, se deja un pequeño silencio. El catequista puede preguntar: “¿Qué escena recuerdas más?”, “¿Qué palabra de Jesús se te ha quedado dentro?”, “¿Qué momento te parece más bonito: la pesca, el reconocimiento o la comida?”.

Tercer paso: escuchar con el corazón. El catequista puede guiar un breve momento interior con palabras serenas: “Imagina el lago al amanecer. Los discípulos están cansados. Jesús está en la orilla. También a ti te mira, te llama y te espera. No tengas prisa. Jesús está vivo y te habla.”

Cuarto paso: responder. Cada niño puede completar en voz baja o en alto una frase sencilla: “Jesús, enséñame a confiar en ti”, “Jesús, ayúdame a reconocerte”, “Jesús, quiero acercarme a tu mesa”, “Jesús, quédate conmigo”.

Quinto paso: orar juntos. Todos pueden repetir lentamente una jaculatoria breve, por ejemplo: “Es el Señor” o “Jesús, quiero reconocer tu voz”. El catequista concluye con una breve oración espontánea.

Claves para el catequista: La lectio divina infantil debe ser sencilla, breve, real y ordenada. No es una explicación más ni un momento puramente emotivo. Se trata de ayudar a los niños a descubrir que Jesús sigue hablando en su Evangelio y que escucharlo requiere silencio, atención y respuesta.

11. Relación con la Primera Comunión y la Eucaristía

Este pasaje del Evangelio de san Juan ilumina con mucha fuerza la preparación para la Primera Comunión. En la orilla del lago, Jesús resucitado reúne a sus discípulos, los alimenta y les devuelve la alegría de estar con Él. Aunque no se trate de un relato explícito de la institución eucarística, la escena contiene gestos profundamente significativos: el Señor toma el pan, lo da a los suyos y se muestra como quien alimenta a la comunidad reunida.

Los niños deben entender que en la Misa sucede algo más grande, pero en continuidad con esta escena. El mismo Jesús vivo reúne a su Iglesia, le habla y le da alimento. La Eucaristía no es un recuerdo vacío ni un símbolo sin realidad. Es el don de Cristo resucitado, que permanece en medio de nosotros y se nos entrega como alimento de vida eterna. Por eso la Comunión no debe ser presentada como un acto social ni como una fiesta exterior, sino como un verdadero encuentro con el Señor vivo.

La escena del lago ayuda además a comprender que Jesús no solo alimenta cuando todo va bien. Alimenta a los discípulos después de una noche estéril, después del cansancio y después de la fatiga. También hoy, cuando el cristiano llega cansado, débil o necesitado, la Eucaristía sigue siendo alimento, consuelo, fuerza y presencia de Cristo. Para un niño de Primera Comunión, esta verdad puede expresarse con una frase sencilla y profunda: Jesús me espera y me alimenta.

12. Orientaciones amplias para el catequista

El catequista debe preparar esta sesión con gran serenidad interior. El texto de Juan 21 no necesita artificios exagerados, porque posee por sí mismo una gran belleza. Conviene leerlo antes en oración, dejando que el propio catequista se sienta también llamado a reconocer al Señor en la orilla de su vida. Una catequesis así se transmite mejor cuando quien la guía no solo la entiende, sino que la vive.

Es importante cuidar mucho el tono. Los niños de Primera Comunión pueden captar verdades hondas si se les presentan con claridad, afecto y sencillez. No hay que rebajar el misterio ni diluirlo en mensajes demasiado vagos. Tampoco conviene cargar la sesión con demasiadas ideas secundarias. La repetición serena de la idea central ayuda mucho: Jesús está vivo, guía a los suyos y los alimenta.

La imagen debe usarse como verdadero apoyo narrativo y contemplativo, no como simple adorno. Conviene detenerse en la barca, en la noche, en la orilla, en la red llena, en la reacción de los discípulos y en la comida final. Los niños comprenden mucho por medio de lo visual, y esta imagen permite entrar en el Evangelio con atención e imaginación.

En las actividades, el catequista debe evitar dos peligros: la superficialidad y el moralismo. Superficialidad sería reducir la escena a “hay que obedecer a Jesús para que todo salga bien”. Moralismo sería convertir cada gesto en una lección de comportamiento desconectada del misterio de Cristo. Lo central no es la conducta aislada del discípulo, sino la presencia del Resucitado que transforma la vida.

También conviene adaptar el ritmo al grupo. Si los niños son inquietos, se pueden alternar mejor observación, preguntas y pequeños momentos de participación. Si el grupo es más tranquilo, se puede dejar más espacio al silencio y a la contemplación. En cualquier caso, la sesión debe mantener unidad. Todo debe conducir a reconocer a Jesús vivo y a preparar el corazón para la Comunión.

13. Orientaciones para los padres

Los padres tienen un papel insustituible en la preparación para la Primera Comunión. Este Evangelio puede ayudarles mucho a comprender que la fe crece también en la vida cotidiana. Jesús se aparece junto al lago, en medio del trabajo ordinario, y eso recuerda que también hoy quiere estar presente en la vida familiar, en las tareas sencillas, en el descanso, en el esfuerzo y en las dificultades de cada día.

Sería muy conveniente que los padres leyesen este Evangelio con sus hijos en algún momento de la semana. No hace falta una explicación larga. Basta con leer el texto, preguntar qué parte les llama más la atención y repetir juntos alguna frase breve, como por ejemplo: “Es el Señor” o “Jesús, enséñame a confiar en ti”. Los niños recuerdan mejor la fe cuando perciben que también en casa Jesús es amado y nombrado.

Los padres pueden reforzar la catequesis ayudando a sus hijos a descubrir que la Misa no es una obligación externa, sino el lugar donde Cristo reúne y alimenta a los suyos. Cuando la familia vive el domingo con sentido cristiano, la preparación para la Comunión deja de ser una actividad pasajera y se convierte en un verdadero camino de fe.

También es útil que los padres hablen con sus hijos sobre la confianza en Jesús en las pequeñas cosas: cuando algo cuesta, cuando algo sale mal, cuando hay cansancio o desánimo. El Evangelio de la pesca abundante enseña precisamente eso: el Señor está presente incluso allí donde parece que no hay fruto.

14. Oración final

Señor Jesús,
tú estabas en la orilla esperando a tus discípulos.
También hoy estás cerca de nosotros.

Cuando estamos cansados,
cuando no entendemos,
cuando parece que no sale nada bien,
enséñanos a escuchar tu palabra.

Haznos reconocer tu voz,
abre nuestros ojos para descubrirte
y danos un corazón que se fíe de ti.

Reúnenos junto a tu mesa,
prepáranos para recibirte bien
en la Primera Comunión
y enséñanos a vivir siempre contigo.

Amén.

Después puede rezarse despacio un Padrenuestro y concluir con la jaculatoria repetida por todos: “Es el Señor”.

15. Conclusión

El relato de Juan 21, 1-14 ofrece a los niños de Primera Comunión una síntesis preciosa de la vida cristiana. Jesús resucitado no abandona a los suyos. Está presente en medio de la vida ordinaria, habla, guía, da fruto, se deja reconocer y reúne a sus discípulos para alimentarlos. En esta escena se ve con claridad que la fe no es un recuerdo del pasado, sino un encuentro real con el Señor vivo.

Los niños pueden comprender, con la ayuda de esta sesión, que la Primera Comunión no es un simple acto social, sino un verdadero acercarse a Jesús que los espera, los llama y quiere darse a ellos. Si esta verdad queda sembrada en su corazón, la sesión habrá dado fruto. Y si además aprenden a decir con fe, como los discípulos, “Es el Señor”, habrán recibido una de las claves más bellas de toda la vida cristiana.

 

Evangelio del día: Es conveniente que uno muera por todos

Evangelio del día: Es conveniente que uno muera por todos

Juan 11, 45-57. Sábado de la 5.ª semana del Tiempo de Cuaresma. El horizonte universal del actuar de Jesús se revela en la relación entre cruz y unidad: la unidad se paga con la cruz.

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación». Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: «Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?». No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación, y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos. A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús. Por eso él no se mostraba más en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí permaneció con sus discípulos. Como se acercaba la Pascua de los judíos, mucha gente de la región había subido a Jerusalén para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: «¿Qué les parece, vendrá a la fiesta o no?». Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno conocía el lugar donde él se encontraba, lo hiciera saber para detenerlo.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Ezequiel, Ez 37, 21-28

Salmo: (Tomado del Libro de Jeremías) Jer 31, 10-12ab.13

Oración introductoria

Jesús, gracias por este momento en que me permites estar de nuevo abrazado a Ti. Sé que en estos días te he causado algunos dolores con mis pecados, pero sé también que me quieres perdonar, y ante todo, quieres que haga ahora mismo, una nueva experiencia de tu amor. Quiero conocerte a Ti y vivir desde ahora con la resolución de anunciarte decididamente con mi alegría y testimonio.

Petición

Señor, déjame conocer una parte de tu corazón, para que, viendo todo tu amor, no sea como los fariseos que te negaron aun después de haber visto tus milagros.

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

[Queridos hermanos y hermanas:]

[…] el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendado al pastor: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10, 16). Es lo mismo que repite san Juan después de la decisión del sanedrín de matar a Jesús, cuando Caifás dijo que era preferible que muriera uno solo por el pueblo a que pereciera toda la nación. San Juan reconoce que se trata de palabras proféticas, y añade: «Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52).

Se revela la relación entre cruz y unidad; la unidad se paga con la cruz. Pero sobre todo aparece el horizonte universal del actuar de Jesús. Aunque Ezequiel, en su profecía sobre el pastor, se refería al restablecimiento de la unidad entre las tribus dispersas de Israel (cf. Ez 34, 22-24), ahora ya no se trata de la unificación del Israel disperso, sino de todos los hijos de Dios, de la humanidad, de la Iglesia de judíos y paganos. La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó.

La Iglesia jamás debe contentarse con la multitud de aquellos a quienes, en cierto momento, ha llegado, y decir que los demás están bien así: musulmanes, hindúes… La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal, debe preocuparse por todos y de todos. Por lo general debemos «traducir» esta gran tarea en nuestras respectivas misiones. Obviamente, un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote.

Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo «a los caminos y cercados» (Lc 14, 23) para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él. Este servicio universal, servicio a la unidad, se realiza de muchas maneras. Siempre forma parte de él también el compromiso por la unidad interior de la Iglesia, para que ella, por encima de todas las diferencias y los límites, sea un signo de la presencia de Dios en el mundo, el único que puede crear dicha unidad.

La Iglesia antigua encontró en la escultura de su tiempo la figura del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros. Quizá esas imágenes formen parte del sueño idílico de la vida campestre, que había fascinado a la sociedad de entonces. Pero para los cristianos esta figura se ha transformado con toda naturalidad en la imagen de Aquel que ha salido en busca de la oveja perdida, la humanidad; en la imagen de Aquel que nos sigue hasta nuestros desiertos y nuestras confusiones; en la imagen de Aquel que ha cargado sobre sus hombros a la oveja perdida, que es la humanidad, y la lleva a casa. Se ha convertido en la imagen del verdadero Pastor, Jesucristo. A él nos encomendamos. A él os encomendamos a vosotros, queridos hermanos, especialmente en esta hora, para que os conduzca y os lleve todos los días; para que os ayude a ser, por él y con él, buenos pastores de su rebaño. Amén.

Santo Padre Benedicto XVI

Homilía del IV Domingo de Pascua, 7 de mayo de 2006

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación

 «Jesús entregado según el preciso designio de Dios»

599 La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han «entregado a Jesús» (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

600 Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: «Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado» (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18).

«Muerto por nuestros pecados según las Escrituras»

601 Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). San Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Co 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (ibíd.: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

«Dios le hizo pecado por nosotros»

602 En consecuencia, san Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21).

603 Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. Jn 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

En un momento de oración durante el día, cerraré mis ojos tranquilamente y le pediré a Jesús con mucha confianza la gracia de conocerle y de aceptar su voluntad en mi vida.

Diálogo con Cristo

Jesús, después de haber hecho una experiencia de tu acción en mi vida, quiero agradecerte por ayudarme a comprender con más fe tus milagros diarios y frecuentes. Me duele pensar que te pueda abandonar por mi egoísmo y que decida darte muerte aunque vea tus milagros. Por eso, te pido un corazón humilde para que pueda acogerme generosamente a tu Voluntad en mí y pueda hacer una experiencia cada vez más dulce y más nueva de tu presencia atenta en mi vida diaria. Gracias, Jesús, por estar aquí. ¡Qué bien se está aquí contigo! Gracias.

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Sirviéndolo, rechazando y olvidando todo lo que nos atormenta, porque es Él quien nos ayudará en el camino elegido. No estamos solos. Confiemos en Él.

Beata Madre Teresa de Calcuta

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Evangelio del día en «Catholic.net»

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Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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Catequesis infantil: El plan contra Jesús y el amor de Dios (Jn 11, 45-57)

1. Objetivo de la sesión (60 minutos)

Que los niños comprendan que Jesús es amado por muchos, pero también rechazado por otros; que descubran que Jesús entrega su vida por amor y que aprendan a confiar en Él y a seguirle con un corazón bueno.

2. Introducción (10 minutos)

El catequista muestra la imagen y pregunta:

  • ¿Qué ves en la primera escena?
  • ¿Por qué la gente está contenta con Jesús?
  • ¿Qué hacen los hombres en la segunda escena?
  • ¿Cómo se sienten: tranquilos o preocupados?
  • ¿Qué decisión toman al final?

Se escucha a los niños y se explica que esta historia ocurre después de que Jesús hiciera un gran milagro: resucitar a Lázaro.

3. Escuchamos el Evangelio (10 minutos)

Se lee una adaptación sencilla del Evangelio (Jn 11, 45-57):

Muchos, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en Él. Pero algunos fueron a contar lo sucedido a los jefes religiosos.

Entonces se reunieron y dijeron: “Si todos creen en Él, tendremos problemas”.

El sumo sacerdote Caifás dijo: “Conviene que muera uno por el pueblo”.

Desde ese día decidieron hacer daño a Jesús.

Jesús se retiró a otro lugar con sus discípulos.

4. Explicación sencilla (10 minutos)

Jesús hacía el bien: curaba, ayudaba y daba vida. Por eso muchas personas creían en Él.

Pero algunos hombres importantes tenían miedo de perder su poder. En vez de alegrarse, se enfadaron y pensaron en hacer daño a Jesús.

Uno de ellos dijo algo muy serio sin darse cuenta: que Jesús moriría por todos. Y eso era verdad, porque Jesús vino a dar su vida por amor.

Aunque algunos lo rechazaron, Jesús siguió adelante con su misión: salvarnos.

5. Lo que nos enseña la imagen

La alegría de los que creen

En la primera escena vemos a personas felices con Jesús. Ellos reconocen que viene de Dios.

El miedo y la dureza del corazón

En la segunda escena, los líderes están preocupados y enfadados. No quieren aceptar a Jesús.

La decisión equivocada

En la tercera escena, deciden hacer daño a Jesús. Esto enseña que cuando uno se cierra a Dios, puede tomar malas decisiones.

Jesús sigue su camino

En la última escena, Jesús se retira, pero no abandona su misión. Él sigue amando y salvando.

6. Actividades (20 minutos)

Actividad 1: “Con Jesús o contra Jesús” (10 minutos)

Materiales: cartulina y colores.

Desarrollo: Dibujar dos grupos: uno que escucha a Jesús y otro que se aleja de Él. Después comentar las diferencias.

Objetivo: Comprender que podemos elegir seguir a Jesús o rechazarlo.

Actividad 2: “Hago el bien como Jesús” (10 minutos)

Materiales: papel.

Desarrollo: Cada niño escribe o dibuja una acción buena que puede hacer (ayudar, perdonar, compartir…).

Objetivo: Aprender que seguir a Jesús es hacer el bien.

7. Oración (5 minutos)

Oración para niños:

Jesús, quiero creer en Ti,
quiero seguirte siempre,
ayúdame a hacer el bien
y a tener un corazón bueno. Amén.

Oración en familia:

Señor Jesús, enséñanos a confiar en Ti, a no tener miedo y a seguir tu camino de amor en nuestra familia. Amén.

8. Conclusión (5 minutos)

Jesús vino para salvarnos, aunque algunos no quisieron aceptarlo. Nosotros queremos estar con Él, creer en Él y seguirle con alegría.

Mensaje final

Jesús nos ama y dio su vida por nosotros. Nosotros queremos creer en Él y hacer el bien cada día.