Evangelio del día: Mujer, ¿de dónde viene tu fe?

Evangelio del día: Mujer, ¿de dónde viene tu fe?

Una fe que no se desalienta

Mateo 15, 21-28 · Miércoles de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida.

La oración perseverante no exige a Dios una respuesta inmediata: permanece confiada hasta que su voluntad se manifiesta.

Evangelio

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.

Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio».

Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».

Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!».

Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros».

Ella respondió: «¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!».

Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».

Y en ese momento su hija quedó curada.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Palabra central

«Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro de Jeremías, Jer 31, 1-7
Salmo Sal 32 (31), 10-13

Oración introductoria

Mi fe, frente a las dificultades, se debilita cuando debería crecer.

Humildemente recurro a Ti, Señor y Padre mío, suplicando la intercesión de san José, para que esta oración me ayude a aumentar mi fe, acrecentar mi esperanza y, sobre todo, sea el medio para crecer en mi caridad, en mi amor a Ti y a los demás.

Petición

¡Señor, hazme un testigo fiel de mi fe!

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En el día de hoy, la liturgia nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que «tenía un demonio muy malo».

El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella, como refiere el evangelista san Mateo.

Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende:

«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas» (Mt 15, 28).

«Mujer, ¡qué grande es tu fe!». Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita.

Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida.

El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe.

El testimonio de los santos

Este es el testimonio de los santos; este es, especialmente, el testimonio de los mártires, asociados de modo más íntimo al sacrificio redentor de Cristo.

En los días pasados hemos conmemorado a varios: los papas Ponciano y Sixto II, el sacerdote Hipólito y el diácono Lorenzo, con sus compañeros, que murieron en Roma en los albores del cristianismo.

Además, hemos recordado a una mártir de nuestro tiempo, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, copatrona de Europa, que murió en un campo de concentración.

Y precisamente hoy la liturgia nos presenta a un mártir de la caridad, que selló su testimonio de amor a Cristo en el búnker del hambre de Auschwitz: san Maximiliano María Kolbe, que se inmoló voluntariamente en lugar de un padre de familia.

Invito a todos los bautizados, y de modo especial a los jóvenes que participan en la Jornada Mundial de la Juventud, a contemplar estos resplandecientes ejemplos de heroísmo evangélico.

Invoco sobre todos su protección y en particular la de santa Teresa Benedicta de la Cruz, que pasó algunos años de su vida precisamente en el Carmelo de Colonia.

Que sobre cada uno de vosotros vele con amor materno María, la Reina de los mártires, a quien mañana contemplaremos en su gloriosa Asunción al cielo.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 14 de agosto de 2005

El camino de la mujer cananea

Actitud Enseñanza para nuestra fe
Reconoce su necesidad No oculta el sufrimiento de su hija ni pretende resolverlo únicamente con sus propias fuerzas.
Invoca a Jesús Lo reconoce como Señor e Hijo de David y confía en que su misericordia puede alcanzarla.
Persevera en el silencio La falta de una respuesta inmediata no la hace abandonar la oración.
Se postra humildemente No exige derechos ni presenta méritos: suplica confiada en la bondad de Cristo.
Acoge las migajas Su humildad sabe que incluso el don más pequeño de Dios contiene una gracia inmensa.
Obtiene la curación Jesús confirma que una fe perseverante y humilde abre el corazón a la acción salvadora de Dios.

Para examinar la vida

¿Abandono la oración cuando no recibo rápidamente lo que pido? ¿Me acerco a Dios con humildad o le presento mis peticiones como exigencias? ¿Soy capaz de confiar en su amor cuando atravieso un tiempo de silencio, incertidumbre o prueba?

Una oración que madura la fe

La perseverancia no consiste en repetir palabras de forma mecánica, sino en permanecer ante Dios, incluso cuando no comprendemos sus tiempos. La mujer cananea no se aleja, no se ofende y no desespera: convierte cada dificultad en una nueva forma de acercarse a Jesús.

Propósito

En las dificultades de este día, haré un acto de fe y pediré con confianza la ayuda de Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en nuestra oración, a pesar de todas las dificultades —como la mujer cananea—, penetramos hasta el corazón de Dios.

Enséñame a no interpretar tu silencio como abandono ni la prueba como ausencia de tu amor.

Hazme permanecer junto a Ti, con un corazón humilde que no exige, pero que tampoco deja de confiar.

Que mi oración sea perseverante y que mi fe se fortalezca precisamente cuando el camino se vuelve más difícil.

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Cuando parezca que Dios guarda silencio, no abandones la oración: permanece, confía y deja que la espera purifique tu fe.

Para seguir profundizando

✠ ✠ ✠
Evangelio del día: Pedro, caminando sobre las aguas

Evangelio del día: Pedro, caminando sobre las aguas

Evangelio del día

Lunes de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 14, 22-36

En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo.

Evangelio

En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman». Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios». Al llegar a la otra orilla, fueron a Genesaret. Cuando la gente del lugar lo reconoció, difundió la noticia por los alrededores, y le llevaban a todos los enfermos, rogándole que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron curados.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Jeremías, Jer 30, 1-2.12-15.18-22

Salmo: Sal 102(101), 16-23.29

Oración introductoria

Jesús, creo que verdaderamente eres el Hijo de Dios y hoy, al igual que llamaste a Pedro, me llamas porque quieres tener un encuentro conmigo en la oración. Mi camino no siempre es tu camino, por eso pido la intercesión de María Inmaculada, para seguir su ejemplo, no dudar nunca y seguir siempre el camino que me propones.

Petición

Señor, que tenga el valor de salir de mi zona de confort y responder a tu llamado.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio de Jesús que camina sobre las aguas del lago (cf. Mt 14, 22-33). Después de la multiplicación de los panes y los peces, Él invitó a los discípulos a subir a la barca e ir a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud, y luego se retiró completamente solo a rezar en el monte hasta avanzada la noche. Mientras tanto en el lago se levantó una fuerte tempestad, y precisamente en medio de la tempestad Jesús alcanzó la barca de los discípulos, caminando sobre las aguas del lago. Cuando lo vieron, los discípulos se asustaron, pensando que fuese un fantasma, pero Él los tranquilizó: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo» (v. 27). Pedro, con su típico impulso, le pidió casi una prueba: «Señor, si eres Tú, mándame ir a ti sobre el agua»; y Jesús le dijo: «Ven» (vv. 28-29). Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas; pero el viento fuerte lo arrolló y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «Señor, sálvame» (v. 30), y Jesús extendió la mano y lo agarró.

Este relato es una hermosa imagen de la fe del apóstol Pedro. En la voz de Jesús que le dice: «Ven», él reconoció el eco del primer encuentro en la orilla de ese mismo lago, e inmediatamente, una vez más, dejó la barca y se dirigió hacia el Maestro. Y caminó sobre las aguas. La respuesta confiada y disponible ante la llamada del Señor permite realizar siempre cosas extraordinarias. Pero Jesús mismo nos dijo que somos capaces de hacer milagros con nuestra fe, la fe en Él, la fe en su palabra, la fe en su voz. En cambio Pedro comienza a hundirse en el momento en que aparta la mirada de Jesús y se deja arrollar por las adversidades que lo rodean. Pero el Señor está siempre allí, y cuando Pedro lo invoca, Jesús lo salva del peligro. En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo.

Es muy importante también la escena final. «En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios»!» (vv. 32-33). Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la «poca fe». Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo! Sin Jesús, lejos de Jesús, nos sentimos asustados e inadecuados hasta el punto de pensar que ya no podemos seguir. ¡Falta la fe! Pero Jesús siempre está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos.

Esta es una imagen eficaz de la Iglesia: una barca que debe afrontar las tempestades y algunas veces parece estar en la situación de ser arrollada. Lo que la salva no son las cualidades y la valentía de sus hombres, sino la fe, que permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre a nuestro lado, con su mano que nos sostiene para apartarnos del peligro. Todos nosotros estamos en esta barca, y aquí nos sentimos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades. Estamos seguros sobre todo cuando sabemos ponernos de rodillas y adorar a Jesús, el único Señor de nuestra vida. A ello nos llama siempre nuestra Madre, la Virgen. A ella nos dirigimos confiados.

Santo Padre Francisco

Ángelus del domingo, 10 de agosto de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de este domingo encontramos a Jesús que, retirándose al monte, ora durante toda la noche. El Señor, alejándose tanto de la gente como de los discípulos, manifiesta su intimidad con el Padre y la necesidad de orar a solas, apartado de los tumultos del mundo. Ahora bien, este alejarse no se debe entender como desinterés respecto de las personas o como abandonar a los Apóstoles. Más aún, como narra san Mateo, hizo que los discípulos subieran a la barca «para que se adelantaran a la otra orilla» (Mt 14, 22), a fin de encontrarse de nuevo con ellos. Mientras tanto, la barca «iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario» (v. 24), y he aquí que «a la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar» (v. 25); los discípulos se asustaron y, creyendo que era un fantasma, «gritaron de miedo» (v. 26), no lo reconocieron, no comprendieron que se trataba del Señor. Pero Jesús los tranquiliza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). Es un episodio, en el que los Padres de la Iglesia descubrieron una gran riqueza de significado. El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles. Jesús quiere educar a sus discípulos a soportar con valentía las adversidades de la vida, confiando en Dios, en Aquel que se reveló al profeta Elías en el monte Horeb en el «susurro de una brisa suave» (1 R 19, 12). El pasaje continúa con el gesto del apóstol Pedro, el cual, movido por un impulso de amor al Maestro, le pidió que le hiciera salir a su encuentro, caminando sobre las aguas. «Pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «¡Señor, sálvame!»» (Mt 14, 30). San Agustín, imaginando que se dirige al apóstol, comenta: el Señor «se inclinó y te tomó de la mano. Sólo con tus fuerzas no puedes levantarte. Aprieta la mano de Aquel que desciende hasta ti» (Enarr. in Ps. 95, 7: PL 36, 1233) y esto no lo dice sólo a Pedro, sino también a nosotros. Pedro camina sobre las aguas no por su propia fuerza, sino por la gracia divina, en la que cree; y cuando lo asalta la duda, cuando no fija su mirada en Jesús, sino que tiene miedo del viento, cuando no se fía plenamente de la palabra del Maestro, quiere decir que se está alejando interiormente de él y entonces corre el riesgo de hundirse en el mar de la vida. Lo mismo nos sucede a nosotros: si sólo nos miramos a nosotros mismos, dependeremos de los vientos y no podremos ya pasar por las tempestades, por las aguas de la vida. El gran pensador Romano Guardini escribe que el Señor «siempre está cerca, pues se encuentra en la razón de nuestro ser. Sin embargo, debemos experimentar nuestra relación con Dios entre los polos de la lejanía y de la cercanía. La cercanía nos fortifica, la lejanía nos pone a prueba» (Accettare se stessi, Brescia 1992, p. 71).

Queridos amigos, la experiencia del profeta Elías, que oyó el paso de Dios, y las dudas de fe del apóstol Pedro nos hacen comprender que el Señor, antes aún de que lo busquemos y lo invoquemos, él mismo sale a nuestro encuentro, baja el cielo para tendernos la mano y llevarnos a su altura; sólo espera que nos fiemos totalmente de él, que tomemos realmente su mano. Invoquemos a la Virgen María, modelo de abandono total en Dios, para que, en medio de tantas preocupaciones, problemas y dificultades que agitan el mar de nuestra vida, resuene en el corazón la palabra tranquilizadora de Jesús, que nos dice también a nosotros: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» y aumente nuestra fe en él.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 7 de agosto de 2011

Propósito

Rezar, diariamente, antes de dormir, el credo, para constantemente recordar las verdades de mi fe que me ayudan a recorrer el camino de la salvación.

Diálogo con Cristo

Señor, dame tu gracia porque quiero gozar de la oración como lo hacía Jesús, que te buscaba en el lugar donde sabía que podría encontrarte. Deseo experimentar la libertad, la paz y el gozo de la auténtica oración al saber apartarme de todo y de todos, para en la soledad de mi propio yo, abrirte mi corazón, con esa firme decisión que rompa mi inercia, mis dudas y mi mediocridad.

✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Evangelio del día: Jesús cura a un mudo

Evangelio del día: Jesús cura a un mudo

Mateo 9, 32-38

Martes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

Jesús pide a la Iglesia incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino.

Evangelio del día

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel».

Pero los fariseos decían: «Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios».

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

Primera lectura: Libro de Oseas, Os 8, 4-7.11-13.

Salmo: Sal 114(113b), 3-10.


Oración introductoria

Jesús, me postro ante tu presencia con la seguridad de tu amor. Tu gracia puede moldear mi corazón, curarlo de esas debilidades que me alejan de tu amor. Compadécete de mí: soy tu oveja descarriada que te busca en esta oración.

Petición

Señor, sé que la mies es mucha y los trabajadores pocos. ¡Hazme un obrero de tu mies!


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”».

Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios.

El campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que causa el «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con Él.

Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia.

Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios».

Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que Él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con Él y por Él.

Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño»; o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya». Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros.

Todo procede de Él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero —asegura el Apóstol— «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios». He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva.

Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en Él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser». Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio.

La vocación cristiana

Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar que no concuerdan con la voluntad de Dios. Toda vocación conduce a adorar al Señor y a servirlo en los hermanos.

También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación.

Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida». María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga».

La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno.

Vivir este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: la buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones o ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas.

Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que el Señor es fiel, y con Él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes.

Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, y con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz.

Y la cosecha será abundante en la medida de la gracia que sepamos acoger con docilidad en nosotros.

Santo Padre Francisco
Mensaje para la 51 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
IV Domingo de Pascua, 11 de mayo de 2014


Propósito

Organizar mi tiempo para participar en una Hora Eucarística por las vocaciones.

Diálogo con Cristo

Acéptame, Jesús, como uno de los tuyos, como un fiel seguidor dispuesto a todo por tu Reino.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Jesús mira a la multitud con compasión y no con desprecio. Donde otros ven cansancio, confusión o abandono, Él ve una mies preparada por Dios. La respuesta cristiana comienza con la oración y continúa con la disponibilidad: «Señor, envíame a tu mies».

Evangelio del día: Jesús resucita a una muchacha

Evangelio del día: Jesús resucita a una muchacha

Mateo 9, 18-26

Lunes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

Cuidar a los más débiles, a los más frágiles, es signo de verdadera civilización, humana y cristiana.

Evangelio del día

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá».

Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada».

Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó curada.

Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de él.

Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 28, 10-22a.

Salmo: Sal 91(90).


Oración introductoria

Señor, eres mi Salvador y Redentor. Creo que en este justo momento estabas esperando que dejara todo para tener un momento de oración; por eso me acerco con fe, confianza y mucho amor. Te ofrezco esta meditación por aquellos que temen acercarse a Ti.

Petición

Jesús, te pido una fe que toque y transforme mi vida entera.


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Quiero iniciar mi visita a Asís con vosotros. ¡Os saludo a todos! Hoy es la fiesta de san Francisco, y yo elegí, como Obispo de Roma, llevar su nombre. He aquí el motivo por el cual hoy estoy aquí: mi visita es sobre todo una peregrinación de amor, para rezar ante la tumba de un hombre que se despojó de sí mismo y se revistió de Cristo.

Siguiendo el ejemplo de Cristo, san Francisco amó a todos, especialmente a los más pobres y abandonados; amó con estupor y sencillez la creación de Dios. Al llegar aquí a Asís, en las puertas de la ciudad, se encuentra este Instituto, que se llama precisamente «Seráfico», un sobrenombre de san Francisco. Lo fundó un gran franciscano, el beato Ludovico de Casoria.

Y es justo partir de aquí. San Francisco, en su Testamento, dice: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecado, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo».

La sociedad, lamentablemente, está contaminada por la cultura del descarte, que se opone a la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles.

En esta Casa, en cambio, veo en acción la cultura de la acogida. Cierto, incluso aquí no será todo perfecto, pero se colabora juntos por la vida digna de personas con graves dificultades. Gracias por este signo de amor que nos ofrecéis: éste es el signo de la verdadera civilización, humana y cristiana.

Poner en el centro de la atención social y política a las personas más desfavorecidas. A veces, en cambio, las familias se encuentran solas al hacerse cargo de ellas. ¿Qué hacer? Desde este lugar donde se ve el amor concreto, digo a todos: multipliquemos las obras de la cultura de la acogida, obras animadas ante todo por un profundo amor cristiano, amor a Cristo Crucificado, a la carne de Cristo.

Servir con amor y con ternura a las personas que tienen necesidad de tanta ayuda nos hace crecer en humanidad, porque ellas son auténticos recursos de humanidad. San Francisco era un joven rico, tenía ideales de gloria, pero Jesús, en la persona de aquel leproso, le habló en silencio, y le cambió.

Le hizo comprender lo que verdaderamente vale en la vida: no las riquezas, la fuerza de las armas, la gloria terrena, sino la humildad, la misericordia, el perdón.

Aquí, queridos hermanos y hermanas, quiero leeros algo personal, una de las más bellas cartas que he recibido, un don de amor de Jesús. Me la escribió Nicolás, un muchacho de 16 años, discapacitado de nacimiento, que vive en Buenos Aires.

«Querido Francisco: soy Nicolás y tengo 16 años; como yo no puedo escribirte, pedí a mis padres que lo hicieran en mi lugar, porque ellos son las personas que más me conocen.

Te quiero contar que cuando tenía 6 años, en mi Colegio que se llama Aedin, el padre Pablo me dio la primera Comunión y este año, en noviembre, recibiré la Confirmación, una cosa que me da mucha alegría.

Todas las noches, desde que tú me lo has pedido, pido a mi ángel de la guarda, que se llama Eusebio y que tiene mucha paciencia, que te proteja y te ayude.

Me gustaría mucho ir a verte y recibir tu bendición y un beso: sólo esto. Te mando muchos saludos y sigo pidiendo a Eusebio que te cuide y te dé fuerza. Besos. Nico».

En esta carta, en el corazón de este muchacho está la belleza, el amor, la poesía de Dios. Dios se revela a quien tiene corazón sencillo, a los pequeños, a los humildes, a quien nosotros a menudo consideramos últimos.

En la capilla de este Instituto, el obispo ha querido que se tenga la adoración eucarística permanente: el mismo Jesús que adoramos en el Sacramento, le encontramos en el hermano más frágil, de quien aprendemos, sin barreras y complicaciones, que Dios nos ama con la sencillez del corazón.

Gracias a todos por este encuentro. Os llevo conmigo, en el afecto y en la oración. Pero también vosotros rezad por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen y san Francisco os protejan.

Santo Padre Francisco
Encuentro con los niños discapacitados y enfermos ingresados en el Instituto Seráfico
Discurso del viernes, 4 de octubre de 2013


Catecismo de la Iglesia Católica

VI. El amor de los pobres

2443. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda». Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres.

2444. El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención a los pobres.

2445. El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta.

«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros […]. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres» (St 5, 1-6).

2446. San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: «No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos».

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno).

2447. Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar y confortar son obras espirituales de misericordia; también lo son perdonar y sufrir con paciencia.

Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, y enterrar a los muertos.

2448. Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es signo de la debilidad congénita del hombre y de su necesidad de salvación.

2449. En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas corresponde a la exhortación del Deuteronomio: «Debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra».

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo».

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Rezar por las personas enfermas, especialmente por las que están cerca de mí.

Diálogo con Cristo

Señor, el oficial romano y la mujer con flujo de sangre me recuerdan lo maravilloso que es vivir con fe. Tú sabes exactamente qué es lo que necesito, mas esperas que me acerque a Ti y con confianza te pida lo que creo necesitar.

Por eso te suplico el don de una fe viva, que no olvide nunca que Tú eres mi Amigo fiel, el compañero que va conmigo siempre, mi Padre bueno que vela continuamente sobre mí.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Cristo se deja tocar por quien se acerca con fe y toma de la mano a quien todos dan por perdido. La fe cristiana no mira al débil como carga, sino como lugar donde Cristo quiere manifestar su vida.

Evangelio del día: La curación de un paralítico

Evangelio del día: La curación de un paralítico

Evangelio del día

Mateo 9, 1-8 · Jueves de la 13.ª semana del Tiempo Ordinario

Este es el gran milagro de Jesús: a nosotros, esclavos del pecado, nos hizo libres.


Evangelio

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla.

Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados». Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema».

Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate y camina”?

Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».

Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 22, 1-19.
  • Salmo: Sal 115(114).

Oración introductoria

Jesús, me acerco a Ti, en este rato de oración, como el paralítico del Evangelio que fue llevado a tu presencia. Soy como un inválido: sin tu gracia estoy imposibilitado para realizar cualquier obra buena. Rompe, Señor, con todas mis parálisis; hazme ponerme en marcha para predicar la Buena Nueva de tu amor.

Petición

Señor, estoy dispuesto a dejarme sanar por Ti. Creo que tienes el poder para cambiarme por dentro. Cúrame, Jesús.


Meditación del Santo Padre Francisco

Si existiera un «documento de identidad» para los cristianos, ciertamente la libertad sería un rasgo característico. La libertad de los hijos de Dios es el fruto de la reconciliación con el Padre obrada por Jesús, quien asumió sobre sí los pecados de todos los hombres y redimió el mundo con su muerte en la cruz.

La reflexión del Santo Padre se basó en el pasaje del Evangelio de Mateo que narra el milagro de la curación del paralítico. El Papa se detuvo en los sentimientos experimentados por aquel hombre cuando, transportado en una camilla, escuchó a Jesús decirle: «Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados».

Los que estaban cerca de Jesús y escucharon sus palabras dijeron: «Este blasfema, sólo Dios puede perdonar los pecados». Y Jesús, para hacerles comprender bien, les preguntó: «¿Qué es más fácil: perdonar los pecados o curar?». Y lo curó.

Pero Jesús, cuando curaba a un enfermo, no era sólo alguien que curaba. Cuando enseñaba a la gente, no era sólo un catequista o un predicador moral. La curación y la enseñanza eran signos de algo más profundo: el perdón de los pecados.

Reconciliar el mundo en Cristo en nombre del Padre: esta es la misión de Jesús. Todo lo demás son signos del milagro más profundo, que es la re-creación del mundo. La reconciliación es la re-creación del mundo; la misión más profunda de Jesús es la redención de todos nosotros, pecadores.

Jesús no hace esto sólo con palabras ni con gestos: lo hace con su carne. Él toma sobre sí todo el pecado. Esta es la nueva creación: Jesús desciende de la gloria y se abaja hasta la muerte, y muerte de cruz. Esa es su gloria y esta es nuestra salvación.

Este es el gran milagro de Jesús: a nosotros, esclavos del pecado, nos hizo libres. Nos curó. Jesús nos abrió las puertas de casa; ahora estamos en casa.

Ahora se comprende esta palabra de Jesús: «Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados». Esa es la raíz de nuestra valentía: soy libre, soy hijo, el Padre me ama y yo amo al Padre. Pidamos al Señor la gracia de comprender bien esta obra suya.

Santo Padre Francisco: La libertad de los hijos de Dios
Meditación del jueves, 4 de julio de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

I. La misericordia y el pecado

1846. El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. El ángel anuncia a José: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: «Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26,28).

1847. Dios, «que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti». La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1 Jn 1,8-9).

1848. Como afirma san Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Pero, para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor.

La conversión exige el reconocimiento del pecado, supone el juicio interior de la propia conciencia, y éste llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Incluir en mi agenda de actividades del mes mi próxima confesión.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, el paralítico, y quienes lo llevaban, buscaban el alivio físico, no el espiritual, que primero les ofreces por ser lo que realmente importa. Frecuentemente mi oración se centra en pedirte bienes o soluciones a problemas que nada tienen que ver con mi bien espiritual, personal o familiar.

Sólo contigo puedo levantarme para ver lo que realmente importa en esta vida. Sólo con tu gracia y misericordia puedo liberarme del pecado. Ayúdame a vivir la abnegación y a ver en cada dificultad una oportunidad para santificarme.


Para profundizar

Evangelio del día: Jesús cura a dos endemoniados

Evangelio del día: Jesús cura a dos endemoniados

Evangelio del día

Mateo 8, 28-34 · Miércoles de la 13.ª semana del Tiempo Ordinario

Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno.


Evangelio

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino.

Y comenzaron a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.

Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara». Él les dijo: «Vayan». Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.

Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 21, 5.8-20.
  • Salmo: Sal 34(33), 7-8.10-13.

Oración introductoria

Padre Santo, ten misericordia de mí. Tú conoces mi miseria y sabes cuánto necesito de tu gracia para poder seguir tu mandato del amor. Concédeme que este momento de oración aumente mi fe, esperanza y caridad.

Petición

Señor, dame la gracia de la confianza para crecer en la esperanza.


Meditación del Santo Padre Francisco

«¿Cómo ir por nuestro camino cristiano cuando existen las tentaciones? ¿Cuándo entra el diablo para turbarnos?», se preguntó el Santo Padre. El primero de los criterios sugeridos por el pasaje evangélico es que no se puede obtener la victoria de Jesús sobre el mal, sobre el diablo, a medias.

Para explicarlo, el Santo Padre citó las palabras de Jesús: «El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama». Refiriéndose a la acción de Jesús respecto a los poseídos por el diablo, recordó que se trata sólo de una pequeña parte de lo que Cristo vino a hacer por toda la humanidad: destruir la obra del diablo para liberarnos de su esclavitud.

No se puede seguir creyendo que esto sea una exageración. O estás con Jesús o estás contra Jesús. Sobre este punto no hay matices. Hay una lucha en la que está en juego la salvación eterna de todos nosotros.

El último criterio es el de la vigilancia. Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno. El Papa invitó a preguntarse: ¿yo vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?

Estos son, por tanto, los criterios para responder a los desafíos planteados por la presencia del diablo en el mundo: la certeza de que Jesús lucha contra el diablo; que quien no está con Jesús está contra Jesús; y la vigilancia.

Hay que tener presente que el demonio es astuto: jamás es expulsado para siempre, sólo lo será el último día. Su estrategia es volver cuando el cristiano se acostumbra, baja la guardia y se siente seguro.

San Pedro lo decía: el demonio es como un león feroz que ronda a nuestro alrededor. Y esto no son mentiras: es la Palabra del Señor.

Pidamos al Señor la gracia de tomar en serio estas cosas. Él ha venido a luchar por nuestra salvación. Él ha vencido al demonio.

Santo Padre Francisco: Cómo se vence al demonio
Homilía del viernes, 11 de octubre de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

II. Definición de pecado

1849. El pecado es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

1850. El pecado es una ofensa a Dios. Se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia y una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse «como dioses», pretendiendo determinar por sí mismo el bien y el mal.

1851. En la Pasión, en la que la misericordia de Cristo vence, el pecado manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Confiemos plenamente en Jesús. ¿De qué nos sirve ganar el mundo si al final perdemos nuestra alma?

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por buscarme constantemente y mostrarme tu infinita misericordia, a pesar de mi debilidad y de mi infidelidad. Aumenta mi caridad para que viva atento a las múltiples oportunidades que me das para colaborar con tu gracia y crecer en el amor. Que sepa tomar cada encuentro con los otros como una oportunidad para dar testimonio de Jesucristo.


Para profundizar

Evangelio del día: Jesús durmiendo en la barca

Evangelio del día: Jesús durmiendo en la barca

Evangelio del día

Mateo 8, 23-27 · Martes de la 13.ª semana del Tiempo Ordinario

El miedo es una tentación del demonio para impedirnos ir adelante por el camino del Señor. Jesús nos llama a confiar en Él incluso cuando la tormenta parece cubrir la barca.


Evangelio

Después Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía.

Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!». Él les respondió: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?».

Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma. Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 19, 15-29.
  • Salmo: Sal 26(25).

Oración introductoria

Señor, sé que Tú me ves, me escuchas, me conoces, me inspiras. Dios mío, que tu presencia amorosa en esta meditación no me haga temer, sino confiar más en tu Providencia.

Petición

Señor, no dejes nunca que desconfíe de Ti; por eso te pido que seas mi fortaleza y mi refugio.


Meditación del Santo Padre Francisco

La tentación, la curiosidad, el miedo y, por último, la gracia. Son cuatro situaciones que pueden aparecer cuando atravesamos momentos difíciles. Reflexionar sobre ellas nos ayuda a reconocer cómo actúa el corazón humano ante la prueba y cómo el Señor nos invita a seguir adelante.

La primera actitud aparece en la lentitud con la que Lot responde a la invitación del ángel, que le pide apresurarse a dejar la ciudad antes de que sea destruida. Lot quiere marcharse, pero va despacio. Esta actitud representa la incapacidad de apartarse del pecado. Queremos salir, estamos decididos, pero algo nos tira hacia atrás.

Ante el pecado, la voz de Dios dice: «huye». No se trata de mirar atrás ni de negociar con aquello que nos destruye. Se trata de huir para avanzar por el camino de Jesús.

La segunda actitud es la curiosidad. El ángel dice que no se mire atrás. Es un consejo para superar la nostalgia del pecado. El pueblo de Dios, después de salir de Egipto, recordaba las cebollas que comía allí, olvidando que las comía en la mesa de la esclavitud.

Ante el pecado hay que huir sin nostalgia. La curiosidad no sirve, hace daño. Todos somos débiles y debemos defendernos, sin mirar atrás hacia aquello que ya sabemos que nos aparta del Señor.

La tercera actitud es el miedo. El Evangelio muestra a los apóstoles en la barca, sacudidos por la tormenta. Gritan: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!». El miedo también es una tentación del demonio. Tener miedo de avanzar por el camino del Señor no nos ayuda.

Jesús lo repite muchas veces: «No tengáis miedo». El miedo paraliza, encoge el corazón y nos impide confiar en la presencia del Señor, incluso cuando parece dormir en medio de la tormenta.

La cuarta actitud es la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta cuando Jesús devuelve la calma al mar. Todos quedan llenos de estupor. Ante el pecado, la nostalgia y el miedo, necesitamos mirar al Señor y contemplarlo.

No debemos ser ingenuos ni cristianos tibios. Estamos llamados a ser audaces y valientes. Sí, somos débiles, pero debemos ser valientes en nuestra debilidad, porque el Señor está con nosotros en la barca.

Santo Padre Francisco: Valientes en la debilidad
Homilía del martes, 2 de julio de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

III. Vida moral y testimonio misionero

2044. La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos.

2045. Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo cuya Cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles.

2046. Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, reino de justicia, de verdad y de paz. Esto no significa abandonar las tareas terrenas, sino cumplirlas con rectitud, paciencia y amor.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Dedicar un momento en este día para recordar la última vez que desconfié del Señor, reflexionar sobre ello y hacer un acto de fe, confianza y amor a Dios como reparación.

Diálogo con Cristo

Señor, estoy convencido de que quien cree en Ti y te ama de verdad jamás desconfía, por más tribulaciones que padezca. Señor, quiero tener ese encuentro profundo, real, personal y comprometedor contigo, porque sé que a mayor fe, más felicidad.


Para profundizar

La Biblia más infantil: Los milagros de Jesús (I)

La Biblia más infantil: Los milagros de Jesús (I)

Milagros de Jesús

El leproso, la pesca milagrosa y la tempestad en el lago

Jesús hizo muchos milagros. Los milagros son hechos extraordinarios que ningún hombre puede hacer. Sólo puede hacerlos Dios.


El leproso

Cierto día, le salió al encuentro un leproso, uno de esos enfermos con llagas y úlceras que tenían que vivir en cuevas en el campo porque nadie los quería. El pobre leproso, que había oído hablar de la bondad de Jesús de Nazaret, se acercó a Él y le dijo: «Señor, si quieres puedes limpiarme…».

El leproso

Jesús tuvo pena de él, extendió la mano y le tocó, diciéndole: «¡Quiero, queda limpio!». Y en el mismo instante desapareció la lepra, y su carne se volvió sana y suave como la de un niño. El leproso, loco de alegría, contó a grandes voces por el camino el milagro que le había hecho Jesús.

«Jesús, que yo también sea muy alegre»


La pesca milagrosa

La pesca milagrosaUn día, Jesús se subió a la barca de Pedro y le dijo que echase las redes al mar para pescar. Pedro le contestó: «Hemos estado toda la noche pescando, sin coger un solo pez… pero si Tú lo dices, echaré la red». Pedro obedece a Jesús, y al subir la red, estaba tan llena de peces que casi se rompía.

«Jesús, que te obedezca siempre»


Tempestad en el lago

Tempestad en el lagoOtro día, Jesús y sus discípulos atravesaban el lago. Era al atardecer y Jesús, cansado de predicar, iba durmiendo en la barca. De pronto se levantó una tormenta terrible y las olas cubrían la barca. Los discípulos se asustaron mucho y lo despertaron diciendo: «Señor, sálvanos, que nos hundimos».

«Que acuda a Ti en todas mis necesidades»


Jesús calma la tempestad

Jesús calma la tempestadJesús les contestó: «¿Por qué tenéis miedo? ¿No sabéis que estoy con vosotros?». Entonces, se levantó y le dijo al viento: «¡Párate!». Inmediatamente, se calmó el viento y el mar quedó en calma, como un espejo. Los discípulos estaban admirados y muy contentos.


Oraciones de la noche

Con Dios me acuesto,

con Dios me levanto,

con la Virgen María

y el Espíritu Santo.

Bajo mi frente,

junto mis manos,

porque a Ti yo quiero

mi corazón ofrecerte.

Cubre mi cama

de sueños buenos,

llena mi almohada

de angelitos bellos.


Fuente: La Biblia más infantil, Casals, 1999, pp. 89-93.

Coordinador: Pedro de la Herrán.

Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz.

Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez.

Evangelio del día: No soy digno de que entres en mi casa

Evangelio del día: No soy digno de que entres en mi casa

Evangelio del día

Mateo 8, 5-17 · Sábado de la 12.ª semana del Tiempo Ordinario

Debemos encontrar al Señor, pero más importante es dejarnos encontrar por Él, porque cuando nos dejamos encontrar por Cristo, es Él quien entra dentro de nosotros y nos renueva completamente.


Evangelio

Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, rogándole: «Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente».

Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo». Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: “Ve”, él va, y a otro: “Ven”, él viene; y cuando digo a mi sirviente: “Tienes que hacer esto”, él lo hace».

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar los dientes».

Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído». Y el sirviente se curó en ese mismo momento.

Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo.

Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y curó a todos los que estaban enfermos, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 18, 1-15.
  • Salmo: tomado del Evangelio según san Lucas, Lc 1, 46-55.

Oración introductoria

Señor, yo tampoco soy digno de que entres en mi casa; por eso te suplico que esta oración me disponga para tu venida. Quiero que encuentres en mí un alma vacía de apegos y de preocupaciones superficiales, abierta a acogerte y a vivir conforme a tu voluntad.

Petición

¡Ven, Señor, y renueva mi corazón!


Meditación del Santo Padre Francisco

Dejémonos encontrar por Jesús «con la guardia baja, abiertos», para que Él pueda renovarnos desde lo profundo del alma. Esta es la invitación del Papa Francisco al comenzar el camino hacia la Navidad: no caminar sólo para encontrar al Señor, sino también para dejarnos encontrar por Él.

La Navidad es un encuentro. No es sólo una celebración temporal ni el recuerdo de algo bonito. Es algo más: vamos por este camino para encontrar al Señor, encontrarlo con el corazón, con la vida, encontrarlo vivo, como Él es, y encontrarlo con fe.

El episodio del centurión muestra esta fe. Aquel hombre hizo un camino para encontrar al Señor, pero lo hizo con confianza. Por eso no sólo encontró a Jesús, sino que experimentó la alegría de haber sido encontrado por Él. Ese es el verdadero encuentro de la fe.

Cuando sólo nos limitamos a encontrar al Señor, seguimos siendo nosotros los dueños del encuentro. Pero cuando nos dejamos encontrar por Él, es Cristo quien entra dentro de nosotros y lo rehace todo: el corazón, el alma, la vida, la esperanza y el camino.

Por eso es necesario tener el corazón abierto. El Señor no nos mira como una masa anónima, sino uno por uno, a la cara, a los ojos. Su amor no es abstracto, sino concreto. Persona por persona, el Señor nos mira y nos ama.

Dejarnos encontrar por el Señor significa, en el fondo, dejarnos amar por Él. Para eso ayudan la perseverancia en la oración, la laboriosidad en la caridad fraterna y la alegría en la alabanza.

Comencemos este camino con oración, caridad y alabanza, a corazón abierto, para que el Señor nos encuentre. Pero, sobre todo, que nos encuentre con la guardia baja, sin defensas, abiertos a su gracia.

Santo Padre Francisco:
Con la guardia baja al encuentro de Jesús
Homilía del lunes, 2 de diciembre de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

IV. Señor

446. En la traducción griega del Antiguo Testamento, el nombre con el que Dios se reveló a Moisés, YHWH, fue traducido por Kyrios, «Señor». Desde entonces, «Señor» se convierte en el nombre habitual para designar la divinidad del Dios de Israel. El Nuevo Testamento lo emplea también para Jesús, reconociéndolo como Dios.

447. Jesús se atribuye este título de forma velada y también explícita al dirigirse a sus apóstoles. A lo largo de su vida pública, sus actos de dominio sobre la naturaleza, las enfermedades, los demonios, la muerte y el pecado manifestaban su soberanía divina.

448. En los evangelios, muchas personas se dirigen a Jesús llamándolo «Señor». Este título expresa respeto y confianza de quienes esperan de Él socorro y curación. Bajo la acción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús.

449. Al atribuir a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús, porque Él es de condición divina y el Padre manifestó su soberanía resucitándolo de entre los muertos.

450. Reconocer el señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terreno, sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo.

451. La oración cristiana está marcada por el título «Señor», ya sea en la invitación litúrgica «el Señor esté con vosotros», en la conclusión «por Jesucristo nuestro Señor» o en la exclamación llena de confianza: «¡Ven, Señor Jesús!».

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Es hora de renovar nuestra conciencia y nuestra respuesta a Cristo. Nada de lo que digamos o hagamos es indiferente ante Él. La fe es capaz de mover montañas. Si fuera auténtica, sería capaz de mover hasta al mismo Dios. ¿A qué estamos esperando?

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por este tiempo privilegiado para prepararnos a celebrar el acontecimiento que marcó la Historia y mi historia. Dios mismo se encarna en su Hijo Jesús para curar nuestra herida original: esa desobediencia y esa soberbia que apartan del amor. Que este Adviento sea mi oportunidad para llevar a Cristo a los que tengo más cerca.


Para profundizar