Un Vía Crucis para salvar el hogar

Un Vía Crucis para salvar el hogar

También en familia, en los momentos más difíciles hay que recordar siempre que el amor de Dios lo puede todo.

Un Via Crucis para salvar el hogar: estos son los 14 consejos del matrimonio Zanzucchi

Tienen 91 y 83 años, medio siglo juntos, y Benedicto XVI les confió a ellos las meditaciones del Viernes Santo en el Coliseo.

La Iglesia ya no puede dejar más claro hasta qué punto considera la familia como el sostén de la vida cristiana y el eje de la nueva evangelización. Por si no lo reiterasen el Papa y los obispos a cada ocasión, Benedicto XVI quiso simbolizarlo ese año encargando a un matrimonio en las bodas de oro, el que conforman los focolares Danillo y Anna María, el matrimonio Zanzucchi, las meditaciones que acompañaron este Viernes Santo a las catorce estaciones del Via Crucis en el Coliseo.

Lo presidió el Papa y portaron la cruz, alternativamente, el cardenal Agostino Vallini, vicario general de la diócesis de Roma, frailes venidos de Tierra Santa y familias de Italia, Irlanda, Burkina Fasso y Perú.

Estas son las ideas principales que transmitieron los Zanzucchi concernientes a la familia. También podéis leer el documento completo.


Primera estación

Muchas de nuestras familias sufren por la traición del cónyuge, la persona más querida. ¿Dónde ha quedado la alegría de la cercanía, del vivir al unísono? ¿Qué ha sido del sentirse una sola cosa? ¿Qué pasó de aquel «para siempre» que se había declarado?

Mirarte, Jesús, el traicionado,

y vivir contigo el momento en el que se derrumba el amor

y la amistad que se había creado en nuestra pareja,

sentir en el corazón las heridas de la confianza traicionada,

de la confianza perdida, de la seguridad desvanecida.

Mirarte, Jesús, precisamente ahora

que soy juzgado por quien no recuerda el vínculo

que nos unía, en el don total de nosotros mismos.

Solo tú, Jesús, me puedes entender, me puedes dar ánimo,

puedes decirme palabras de verdad, incluso si me cuesta entenderlas.

Puedes darme la fuerza

que me ayude a no juzgar a mi vez,

a no sucumbir, por amor de esas criaturas

que me esperan en casa

y para las cuales soy ahora el único apoyo.


Segunda estación

Pero lo más grave, Jesús,

es que yo he contribuido a tu dolor.

También nosotros, esposos, y nuestras familias.

También nosotros hemos contribuido

a cargarte con un peso inhumano.

Cada vez que no nos hemos amado,

cuando nos hemos echado las culpas unos a otros,

cuando no nos hemos perdonado,

cuando no hemos recomenzado a querernos.

Y nosotros, en cambio,

seguimos prestando atención a nuestra soberbia,

queremos tener siempre razón, humillamos a quien está a nuestro lado,

incluso a quien ha unido su propia vida a la nuestra.

Ya no recordamos, Jesús, que tú mismo nos dijiste:

«Cuanto hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis».

Así dijiste precisamente: «A mí».


Tercera estación

Habíamos prometido seguir a Jesús, respetar y cuidar a las personas que ha puesto a nuestro lado. Sí, en realidad las queremos, o al menos así nos parece. Si faltaran sufriríamos mucho. Pero, después cedemos en las situaciones concretas de cada día.

¡Cuántas caídas en nuestras familias!

¡Cuántas separaciones, cuántas traiciones!

Y después, los divorcios, los abortos, los abandonos.

Jesús, ayúdanos a entender qué es el amor,

enséñanos a pedir perdón.


Cuarta estación

Para todos los hombres y mujeres de este mundo, pero en particular para nosotros, familias, el encuentro de Jesús con la madre allí, en el camino del Calvario, es un acontecimiento intensísimo, siempre actual. Jesús se ha privado de la madre para que nosotros, cada uno de nosotros –también nosotros esposos– tuviéramos una madre siempre disponible y presente. Por desgracia, a veces nos olvidamos. Pero cuando recapacitamos, nos damos cuenta de que en nuestra vida de familia muchísimas veces hemos acudido a ella. ¡Qué cerca de nosotros ha estado en los momentos de dificultad! ¡Cuántas veces le hemos recomendado a nuestros hijos, le hemos suplicado que intervenga por su salud física y aún más por una protección moral!


Quinta estación

Tú nos amas con amor infinito.

Más que el padre, la madre, los hermanos,

la mujer, el esposo, los hijos.

Nos amas con un amor que ve más lejos,

un amor que, por encima de todo,

aun de nuestra miseria,

nos quiere salvos, felices, contigo, para siempre.

También en familia, en los momentos más difíciles, cuando se debe tomar una decisión importante, si la paz habita en el corazón, si se está atento a percibir lo que Dios quiere de nosotros, somos iluminados por una luz que nos ayuda a discernir y a llevar nuestra cruz.

El Cirineo nos recuerda también los rostros de tantas personas que nos han acompañado cuando una cruz muy pesada se ha abatido sobre nosotros o nuestra familia.


Sexta estación

Y, sin embargo, pocas veces nos acordamos

de que en cada uno de nuestros hermanos necesitados

te escondes tú, Hijo de Dios.

¡Qué distinta sería nuestra vida

si lo recordáramos!

Poco a poco tomaríamos conciencia de la dignidad

de cada hombre que vive en la Tierra.

Toda persona, bonita o fea, capaz o no,

desde el primer instante en el vientre de la madre

o tal vez ya anciana, te representa, Jesús.

No sólo. Cada hermano eres tú.

Mirándote, reducido a bien poca cosa allí en el Calvario,

entenderemos con la Verónica

que en toda criatura humana podemos reconocerte.


Séptima estación

Nuestros pecados, que has cargado sobre ti,

te aplastan, pero tu misericordia

es infinitamente más grande que nuestras miserias.

Sí, Jesús, gracias a ti nos levantamos.

Nos hemos equivocado.

Nos hemos dejado vencer por las tentaciones del mundo,

quizá por espejismos de satisfacción,

por querer escuchar que alguien todavía nos desea,

porque alguien dice que nos quiere, incluso que nos ama.

Nos cuesta a veces hasta mantener

el compromiso adquirido en nuestra fidelidad de esposos.

Ya no tenemos la frescura y el dinamismo de una vez.

Todo se hace repetitivo, cada acto parece una carga,

vienen ganas de evadirnos.

Pero tratamos de levantarnos de nuevo, Jesús,

sin caer en la más grande de las tentaciones:

la de no creer que tu amor lo puede todo.


Octava estación

Jesús, cuantas veces por cansancio o inconsciencia,

por egoísmo o temor,

cerramos los ojos y no queremos afrontar la realidad.

Sobre todo, no nos implicamos personalmente,

no nos comprometemos en la participación profunda y activa

en la vida y las necesidades de nuestros hermanos, cercanos y lejanos.

Continuamos a vivir cómodamente,

reprobamos el mal y quien lo hace,

pero no cambiamos nuestra vida

y no arriesgamos personalmente para que las cosas cambien,

el mal sea abatido y se haga justicia.

Con frecuencia las situaciones no mejoran porque no nos esforzamos en hacerlas cambiar. Nos hemos retirado sin hacer mal a nadie, pero también quizás sin hacer el bien que habríamos podido y debido hacer. Y tal vez alguno paga por nosotros, por nuestro abandono.


Novena estación

Con estos hermanos nuestros en el corazón, queremos ofrecer nuestra vida, nuestra fragilidad, nuestra miseria, nuestras pequeñas y grandes penas cotidianas. Vivimos con frecuencia anestesiados por el bienestar, sin comprometernos con todas las fuerzas en levantarnos de nuevo y levantar a la humanidad. Pero podemos volver a ponernos en pie, porque Jesús ha encontrado la fuerza de volverse a alzar y reemprender el camino.

También nuestras familias son parte de este tejido deshilachado, están sujetas a un estado de bienestar que se convierte en la meta misma de la vida. Nuestros hijos crecen. Intentemos habituarles a la sobriedad, al sacrificio, a la renuncia. Tratemos de darles una vida social satisfactoria en el ámbito deportivo, asociativo y recreativo, pero sin que estas actividades sean sólo un modo para llenar la jornada y tener todo lo que se desea.


Décima estación

Cuántos han sufrido y sufren por esta falta de respeto por la persona humana, por la propia intimidad. Puede que a veces tampoco nosotros tengamos el respeto debido a la dignidad personal de quien está a nuestro lado, «poseyendo» a quien está a nuestro lado, hijo, marido, esposa, pariente, conocido o desconocido. En nombre de nuestra supuesta libertad herimos la de los demás: cuánto descuido, cuánta dejadez en los comportamientos y en el modo de presentarnos el uno al otro.

Jesús, que se deja mostrar así a los ojos del mundo de entonces y de la humanidad de siempre, nos recuerda la grandeza de la persona humana, la dignidad que Dios ha dado a cada hombre, a cada mujer, y que nada ni nadie debería violar, porque están plasmados a imagen de Dios. A nosotros se nos confía la tarea de promover el respeto de la persona humana y de su cuerpo. En particular a nosotros, los esposos, la tarea de conjugar estas dos realidades fundamentales e inseparables: la dignidad y el don total de sí mismo.


Undécima estación

Es la ley del amor lo que lleva a dar la propia vida por el bien del otro. Lo confirman esas madres que han afrontado incluso la muerte para dar a luz a sus hijos. O los padres que han perdido un hijo en la guerra o en atentados terroristas y que no desean vengarse.

Jesús, en el Calvario nos representas a todos,

a todos los hombres de ayer, de hoy y de mañana.

Sobre la cruz nos has enseñado a amar.

Ahora comenzamos a comprender el secreto de aquella alegría perfecta

de la que hablabas a los discípulos en la última cena.

Has tenido que bajar del cielo, hacerte niño,

después adulto y entonces padecer en el Calvario

para decirnos con tu vida lo que es el verdadero amor.

Mirándote allí arriba en la cruz, también nosotros, como familia, esposos, padres e hijos estamos aprendiendo a amarnos y a amar, a cultivar entre nosotros esa acogida que se da a sí misma y que sabe ser aceptada con reconocimiento. Que sabe sufrir, que sabe trasformar el sufrimiento en amor.


Duodécima estación

Un misterio nos envuelve

al revivir cada paso de tu pasión.

Jesús, tú no guardas celoso el tesoro

de tu ser igual a Dios,

sino que te haces pobre de todo para enriquecernos.

«En tus manos entrego mi espíritu».

¿Cómo has hecho, Jesús, en aquel abismo de desolación,

para confiarte al amor del Padre,

para abandonarte a él, para morir en él?

Sólo mirándote a ti, sólo contigo,

podemos afrontar las tragedias, el sufrimiento de los inocentes,

las humillaciones, los ultrajes, la muerte.

Jesús vive su muerte como don para mí, para nosotros, para nuestra familia, para cada persona, para cada familia, para cada pueblo, la humanidad entera. En aquel acto renace la vida.


Decimotercera estación

Jesús y María, he aquí una familia que, sobre el Calvario, vive y sufre la suprema separación. La muerte los aleja, o por lo menos así parece, a una madre y a un hijo con un lazo al mismo tiempo humano y divino inimaginable. Lo ofrecen por amor. Juntos se abandonan a la voluntad de Dios.

En la grieta abierta en el corazón de María entra otro hijo, que representa a la humanidad entera. Y el amor de María por cada uno de nosotros es la prolongación del amor que ella ha tenido por Jesús. Sí, porque verá su rostro en los discípulos. Y vivirá para ellos, para sostenerlos, ayudarlos, animarlos, llevarlos a reconocer el Amor de Dios, y que en su libertad se dirijan al Padre.

¿Qué me dicen, qué nos dicen, qué les dicen a nuestras familias esa Madre y ese Hijo en el Calvario? Uno sólo se puede parar, atónito, ante esta escena. Se intuye que esta Madre, este Hijo nos están dando un don único, irrepetible. En efecto, en ellos encontramos la capacidad de ensanchar nuestro corazón y abrir nuestro horizonte a la dimensión universal.


Decimocuarta estación

Allí comienzan a ser Iglesia, en espera de la Resurrección y de la efusión del Espíritu Santo. Con ellos esta la madre de Jesús, María, que el Hijo había confiado a Juan. Se reúnen con ella, alrededor de ella. En espera. A la espera de que el Señor se manifieste.

Sabemos que aquel cuerpo después de tres días ha resucitado. Así, Jesús vive por siempre y nos acompaña, él personalmente, en nuestro viaje terreno entre alegrías y tribulaciones.

Jesús, haz que nos amemos mutuamente.

Para tenerte de nuevo entre nosotros,

cada día, como tu mismo has prometido:

«donde dos o tres están reunidos en mi nombre,

allí estoy yo en medio de ellos».


Las palabras del Papa

Al término del Via Crucis, el Papa ilustró las implicaciones del sufrimiento en la vida familiar: «La experiencia del sufrimiento marca a la humanidad, marca también a la familia. ¡Cuántas veces el camino se hace cansado y difícil! Incomprensiones, divisiones, preocupaciones por el futuro de los hijos, enfermedades, disgustos de todo tipo… Una situación agravada en nuestro tiempo por la precariedad laboral y otras consecuencias negativas de la crisis económica».

Pero ante todo esto, dijo Benedicto XVI, «el camino del Via Crucis que hemos recorrido espiritualmente esta noche es una invitación a todos nosotros, especialmente a las familias, a contemplar a Cristo crucificado para encontrar la fuerza de superar las dificultades. La Cruz de Jesús es el signo supremo del amor de Dios a todos los hombres, es la respuesta sobreabundante a la necesidad que tiene toda persona de ser amada».

«Cuando somos probados, cuando nuestras familia se encuentran frente al dolor o la tribulación, miremos hacia la Cruz de Cristo. En ella encontramos el coraje para seguir caminando. En ella podemos repetir con firme esperanza las palabras de San Pablo…: ´Venceremos gracias a quien nos ha amado´ «, concluyó.


*  *  *

Fuente original: Catholic.net


¿Qué es la Cuaresma?

¿Qué es la Cuaresma?

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.


¿Qué es la Cuaresma?

*  *  *


40 días

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.

En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.

La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV, cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.


Cuaresma: sentido y prácticas cuaresmales

*  *  *

Fuente original: Aciprensa

Miércoles de Ceniza

Miércoles de Ceniza

Con la imposición de las cenizas, se inicia una estación espiritual particularmente relevante para todo cristiano que quiera prepararse dignamente para la vivir el Misterio Pascual, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

Este tiempo vigoroso del Año Litúrgico se caracteriza por el mensaje bíblico que puede ser resumido en una sola palabra: «metanoeiete», es decir «Convertíos». Este imperativo es propuesto a la mente de los fieles mediante el rito austero de la imposición de ceniza, el cual, con las palabras «Convertíos y creed en el Evangelio» y con la expresión «Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás», invita a todos a reflexionar acerca del deber de la conversión, recordando la inexorable caducidad y efímera fragilidad de la vida humana, sujeta a la muerte.

La sugestiva ceremonia de la ceniza eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios; principio y fin, alfa y omega de nuestra existencia. La conversión no es, en efecto, sino un volver a Dios, valorando las realidades terrenales bajo la luz indefectible de su verdad. Una valoración que implica una conciencia cada vez más diáfana del hecho de que estamos de paso en este fatigoso itinerario sobre la tierra, y que nos impulsa y estimula a trabajar hasta el final, a fin de que el Reino de Dios se instaure dentro de nosotros y triunfe su justicia.

Sinónimo de «conversión» es así mismo la palabra «penitencia»… Penitencia como cambio de mentalidad. Penitencia como expresión de libre y positivo esfuerzo en el seguimiento de Cristo.


Miércoles de Ceniza: origen

Tradición

En la Iglesia primitiva, variaba la duración de la Cuaresma, pero eventualmente comenzaba seis semanas (42 días) antes de la Pascua. Esto sólo daba por resultado 36 días de ayuno (ya que se excluyen los domingos). En el siglo VII se agregaron cuatro días antes del primer domingo de Cuaresma estableciendo los cuarenta días de ayuno, para imitar el ayuno de Cristo en el desierto.

Era práctica común en Roma que los penitentes comenzaran su penitencia pública el primer día de Cuaresma. Ellos eran salpicados de cenizas, vestidos en sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo o el Jueves antes de la Pascua. Cuando estas prácticas cayeron en desuso (del siglo VIII al X), el inicio de la temporada penitencial de la Cuaresma fué simbolizada colocando ceniza en las cabezas de toda la congregación.

Hoy en día en la Iglesia, el Miércoles de Ceniza, el cristiano recibe una cruz en la frente con las cenizas obtenidas al quemar las palmas usadas en el Domingo de Ramos previo. Esta tradición de la Iglesia ha quedado como un simple servicio en algunas Iglesias protestantes como la anglicana y la luterana. La Iglesia Ortodoxa comienza la cuaresma desde el lunes anterior y no celebra el Miércoles de Ceniza.

Significado simbólico de la Ceniza

La ceniza, del latín «cinis», es producto de la combustión de algo por el fuego. Muy fácilmente adquirió un sentido simbólico de muerte, caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. Muchas veces se une al «polvo» de la tierra: «en verdad soy polvo y ceniza», dice Abraham en Gén. 18,27. El Miércoles de Ceniza, el anterior al primer domingo de Cuaresma (muchos lo entenderán mejor diciendo que es le que sigue al carnaval), realizamos el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente (fruto de la cremación de las palmas del año pasado). Se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio y puerta del ayuno cuaresmal y de la marcha de preparación a la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

Mientras el ministro impone la ceniza dice estas dos expresiones, alternativamente: «Arrepiéntete y cree en el Evangelio» (Cf Mc1,15) y «Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver» (Cf Gén 3,19): un signo y unas palabras que expresan muy bien nuestra caducidad, nuestra conversión y aceptación del Evangelio, o sea, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.

*  *  *

Fuente original: Aciprensa

El Padre Nuestro para colorear

El Padre Nuestro para colorear

Os ofrecemos el Padre Nuestro en láminas para que los más peques de la familia se diviertan coloreando.

Podéis acceder a las láminas pulsando los enlaces de texto o las imágenes.

*  *  *



Padre Nuestro para colorear

Padre Nuestro que estás en el Cielo Santificado sea tu Nombre
Padre Nuestro para colorear Padre Nuestro para colorear
Venga a nosotros tu Reino Hágase tu voluntad en la tierra
Padre Nuestro para colorear Padre Nuestro para colorear
como en el cielo Danos hoy nuestro pan de cada día
Padre Nuestro para colorear Padre Nuestro para colorear
Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

Padre Nuestro para colorear

Padre Nuestro para colorear
No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal
Padre Nuestro para colorear Padre Nuestro para colorear
Amén
Padre Nuestro para colorear


*  *  *

Fuente original: Me gusta la clase de religión

Amor y compromiso: video-cuento para niños

Amor y compromiso: video-cuento para niños

Cuento narrado para niños que nos enseña que el amor no es un sentimiento sino un gran compromiso con Dios y con los demás.

El cuento está publicado por Ciudad Oración, que, según su propia descripción, es «una Asociación Civil, regida por las leyes Civiles y por sus propios Estatutos, Fundamentos, amparada en el Derecho natural de libre asociación que Dios les dio a los hombres para buscar fines de beneficio común».

*  *  *


Amor y compromiso: cuento para niños

*  *  *

Fuente original: Ciudad Oración