por Guillermo Mirecki | 13 Abr, 2026 | La Biblia
Juan 3, 7b-15. Martes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. Es Dios quien nos llama. Es Dios quien nos convoca. Es Dios quien nos invita a formar parte de su pueblo… Y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque gracias a Su Misericordia quiere que todos nos salvemos.
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». «¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo. Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 4, 32-37
Salmo: Sal 93(92), 1-2.5
Oración introductoria
Señor, creo en Ti. Humildemente te suplico que permitas que esta meditación me ayude a comprender que tu Palabra es mi luz y mi fortaleza, el alimento de mi alma, la fuente perenne de mi vida espiritual.
Petición
Señor, enséñame a renacer en la nueva familia de Dios: tu Iglesia.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy desearía detenerme brevemente en otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia: «Pueblo de Dios» (cf. const. dogm. Lumen gentium, 9; Catecismo de la Iglesia católica, 782). Y lo hago con algunas preguntas sobre las cuales cada uno podrá reflexionar.
¿Qué quiere decir ser «Pueblo de Dios»? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2, 4). A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay judío y griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.
¿Cómo se llega a ser miembros de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que recibí en mi Bautismo? ¿Cómo hago crecer esta fe que yo recibí y que el pueblo de Dios posee?
La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13, 34). Un amor, sin embargo, que no es estéril sentimentalismo o algo vago, sino que es reconocer a Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, acoger al otro como verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van juntas. ¡Cuánto camino debemos recorrer aún para vivir en concreto esta nueva ley, la ley del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la ley de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, pero ¿cómo puede suceder esto? En el seno del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo, ¡cuántas guerras por envidia y celos! Incluso en la familia misma, ¡cuántas guerras internas! Nosotros debemos pedir al Señor que nos haga comprender bien esta ley del amor. Cuán hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy hagamos una cosa: tal vez todos tenemos simpatías y no simpatías; tal vez muchos de nosotros están un poco enfadados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, yo estoy enfadado con este o con esta; te pido por él o por ella. Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor. ¿Lo hacemos? ¡Hagámoslo hoy!
¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico —como dije—, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte? Pero lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio —pensemos aquí en Roma en el Olímpico, o en el de San Lorenzo en Buenos Aires—, en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.
¿Cuál es la finalidad de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, iniciado en la tierra por Dios mismo y que debe ser ampliado hasta su realización, cuando venga Cristo, nuestra vida (cf. Lumen gentium, 9). El fin, entonces, es la comunión plena con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, un gozo pleno.
Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio.
Santo Padre Francisco: Pueblo de Dios
Audiencia General del miércoles, 12 de junio de 2013
Diálogo con Cristo
Señor Jesús, por el bautismo somos ungidos en tu Espíritu. Sin embargo, la preocupación por lo material me domina con demasiada facilidad y no vivo de acuerdo a las grandes bendiciones que he recibido. Por eso confío en que esta oración me lleve a poner en primer lugar lo que Tú quieres, antes que mis planes.
Propósito
Hacer una visita a Cristo Eucaristía para renovar las promesas de mi bautismo.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
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Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Guillermo Mirecki | 12 Abr, 2026 | Primera comunión Dinámicas, Sin categoría
Sesión de catequesis de Primera Comunión sobre Juan 3, 1-8
Basada en el diálogo de Jesús con Nicodemo y en dos imágenes catequéticas sobre el nuevo nacimiento
1. Introducción
El diálogo entre Jesús y Nicodemo, al comienzo del capítulo tercero del Evangelio de san Juan, es uno de los pasajes más hondos de todo el Nuevo Testamento para comprender la vida cristiana como nueva creación. No estamos ante una conversación superficial, sino ante una enseñanza decisiva sobre el modo en que el hombre entra en la vida de Dios. Nicodemo se acerca de noche. Este detalle no es secundario. La noche, en el cuarto Evangelio, no expresa solo una hora del día, sino una situación espiritual: búsqueda sincera, sí, pero todavía oscura; respeto hacia Jesús, sí, pero aún sin una fe plena; deseo de comprender, sí, aunque todavía con categorías demasiado humanas.
Jesús lleva a Nicodemo mucho más lejos de lo que este esperaba. No le ofrece simplemente un consejo moral ni una explicación intelectual, sino una revelación sobre el nuevo nacimiento. Le dice que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, y aclara después que ese nacer de nuevo significa nacer del agua y del Espíritu (Jn 3, 3.5). Con estas palabras, la Iglesia ha reconocido siempre una referencia profundísima al Bautismo, sacramento por el cual el hombre es regenerado, limpiado del pecado y hecho hijo de Dios. Esta enseñanza es especialmente fecunda para la catequesis de Primera Comunión, porque ayuda a los niños a comprender que la vida cristiana no consiste solo en aprender cosas de Jesús, sino en haber sido hechos nuevos por Él y en vivir según el Espíritu que hemos recibido.
Las dos imágenes catequéticas que acompañan esta sesión permiten recorrer muy bien el texto. La imagen horizontal ayuda a seguir la conversación entre Jesús y Nicodemo y muestra el itinerario completo del pasaje. La imagen vertical, centrada en la última viñeta, subraya el núcleo más profundo: nacer del agua y del Espíritu. Esa segunda imagen tiene una fuerza contemplativa especial, porque une a Jesús, a Nicodemo, el símbolo del agua y la figura de la paloma, ayudando a los niños a entrar en el misterio con más calma y recogimiento. Toda la sesión debe conducir a una verdad sencilla y grande: Jesús quiere que vivamos como hijos de Dios, renovados por la gracia y abiertos a la acción del Espíritu Santo.
2. Objetivos de la sesión
Objetivo general: Que los niños descubran que la vida cristiana es un nuevo nacimiento realizado por Dios en el Bautismo, y que esa vida nueva debe crecer en ellos por la acción del Espíritu Santo, preparándolos para vivir la Eucaristía con más profundidad.
Objetivos específicos:
- Conocer el diálogo entre Jesús y Nicodemo en Juan 3, 1-8.
- Comprender, con un lenguaje adaptado, qué significa “nacer de nuevo”.
- Descubrir la relación entre el agua, el Espíritu Santo y el Bautismo.
- Ayudar a los niños a valorar su propio Bautismo como comienzo real de la vida cristiana.
- Relacionar la vida nueva del Bautismo con la preparación para la Primera Comunión.
- Fomentar el deseo de vivir como hijos de Dios, abiertos a la gracia y a la acción del Espíritu.
3. Edad orientativa y duración
Edad orientativa: niños de 7 a 10 años, especialmente en preparación para la Primera Comunión.
Duración total orientativa: entre 75 y 90 minutos.
4. Materiales
- La imagen catequética horizontal sobre Jn 3, 1-8.
- La imagen vertical centrada en el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu.
- Una Biblia.
- Una vela y una cruz para el lugar de catequesis.
- Un cuenco o recipiente con agua limpia.
- Cartulinas o folios.
- Lápices, colores y rotuladores.
- Si es posible, una concha bautismal o una fotografía de una pila bautismal para reforzar visualmente la sesión.
5. Fuentes doctrinales y bíblicas
El texto base es Juan 3, 1-8. En él se narra la visita nocturna de Nicodemo a Jesús y el diálogo sobre la necesidad de nacer de nuevo. Jesús responde con palabras de enorme densidad teológica: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3, 3) y, más adelante, «El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5). Después añade: «Lo nacido de la carne es carne, lo nacido del Espíritu es espíritu» (Jn 3, 6), y culmina con la imagen del viento, que sopla donde quiere y manifiesta la libertad y la acción misteriosa del Espíritu (Jn 3, 8).
La Iglesia ha leído siempre este texto en estrecha relación con el Bautismo. El Catecismo enseña que el Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el Espíritu y la puerta que abre el acceso a los demás sacramentos (CEC, 1213). También enseña que por el Bautismo somos liberados del pecado, regenerados como hijos de Dios, incorporados a Cristo y hechos miembros de la Iglesia (CEC, 1213; 1262-1270). Esta doctrina ilumina de modo muy directo la catequesis de Primera Comunión, porque la Eucaristía no se entiende plenamente si no se comprende antes que el cristiano ya ha comenzado una vida nueva en el Bautismo.
Los Padres de la Iglesia reflexionaron abundantemente sobre este pasaje. San Juan Crisóstomo subrayó que Nicodemo, aunque se acerca de noche, da ya un paso importante al buscar a Cristo, y que Jesús, lejos de quedarse en la cortesía inicial, lo eleva inmediatamente a las realidades más altas (Homilías sobre san Juan). San Agustín explica que nacer del agua y del Espíritu no significa una mejora exterior, sino una verdadera regeneración interior en la que Dios hace nuevo al hombre (Tratados sobre el Evangelio de San Juan). Todo esto debe integrarse con serenidad en la sesión, sin hacer listas de citas aisladas, sino mostrando cómo la Iglesia entera ha entendido estas palabras de Jesús como una revelación del Bautismo y de la vida nueva en el Espíritu.
6. Sentido catequético de la sesión
Este texto tiene una enorme fuerza catequética porque ayuda a pasar de una comprensión meramente exterior de la religión a una comprensión sacramental y espiritual. Nicodemo representa, de algún modo, a todo hombre que se acerca a Jesús con buena voluntad, pero todavía sin entender del todo qué significa seguirlo. Él reconoce que Jesús viene de Dios, pero aún piensa con categorías demasiado humanas. Por eso entiende mal la expresión “nacer de nuevo” y la interpreta de forma material. Jesús, en cambio, lo conduce a un nivel mucho más alto: la vida nueva no consiste en volver a empezar biológicamente, sino en ser recreado por la gracia de Dios.
Para niños de Primera Comunión, esto es muy importante. A esa edad pueden entender ya, con palabras sencillas, que un cristiano no es solo alguien que sabe rezar o que va a catequesis, sino alguien que ha recibido una vida nueva de Dios. Esa vida comenzó en el Bautismo, aunque lo recibieran siendo pequeños, y ahora debe crecer. La Primera Comunión no es un hecho aislado, sino un paso dentro de esa vida nueva. El niño no empieza a ser de Jesús solo cuando comulga por primera vez; ya pertenece a Cristo desde el Bautismo, y la Comunión viene a alimentar esa vida que ya ha sido sembrada.
La imagen del agua y del Espíritu resulta muy pedagógica si se presenta bien. El agua limpia, refresca y da vida; el Espíritu Santo transforma por dentro y mueve el alma hacia Dios. Pero el catequista debe evitar una explicación superficial o simbólica en exceso. No se trata solo de “cosas que significan algo bonito”, sino de una acción real de Dios en el sacramento. Jesús no habla aquí de un sentimiento nuevo, sino de un verdadero nacimiento espiritual. En esta sesión conviene insistir varias veces, con lenguaje adecuado, en que Dios hace algo real en el alma del bautizado.
Además, este pasaje es muy útil para enseñar a los niños que la vida cristiana no se reduce a la costumbre. Uno puede estar cerca de la religión y, sin embargo, no haber comprendido todavía lo esencial, como le ocurre a Nicodemo al comienzo. El cristianismo no es primero una serie de normas, sino una vida nueva que procede de Dios. De ahí nace luego la oración, la obediencia, la caridad y la vida sacramental. Si esta verdad queda clara, la preparación a la Primera Comunión gana en profundidad y en unidad.
7. Observamos la imagen catequética horizontal

El catequista presenta primero la imagen horizontal como una secuencia narrativa completa. Conviene dejar unos segundos de silencio para que los niños la observen entera antes de empezar a explicarla. Después, debe recorrerse poco a poco, no deprisa. La primera viñeta presenta a Nicodemo acercándose a Jesús. El catequista puede subrayar que Nicodemo no es un enemigo abierto, sino un hombre serio, con inquietud religiosa, que busca comprender. La noche ayuda a representar su situación interior: quiere la verdad, pero todavía no ve del todo.
En las viñetas siguientes aparece el núcleo del diálogo. Jesús habla del Reino de Dios y de la necesidad de nacer de nuevo. Nicodemo se extraña, porque piensa de manera muy humana. La imagen ayuda mucho a percibir esta distancia entre ambos: Jesús habla desde la luz de Dios y Nicodemo escucha todavía desde categorías terrenas. Finalmente, en la última viñeta, se abre la escena hacia el agua y el Espíritu. Esa apertura visual es importante, porque muestra que Jesús no se queda en una conversación cerrada, sino que conduce hacia una realidad más grande, misteriosa y vivificante.
Preguntas orientativas para trabajar la imagen:
- ¿Quién viene a hablar con Jesús y en qué momento del día lo hace?
- ¿Qué cara tiene Nicodemo? ¿Parece seguro o confundido?
- ¿Qué quiere enseñar Jesús cuando habla de nacer de nuevo?
- ¿Qué aparece en la última viñeta y por qué creéis que es importante?
Microguion para el catequista:
“Mirad la historia como un camino: búsqueda, pregunta, dificultad para entender y apertura al misterio de Dios.”
“Nicodemo viene de noche. Quiere entender, pero todavía no ve con claridad.”
“Jesús no se queda en una explicación pequeña. Lo lleva a lo más importante: la vida nueva que Dios da.”
“La última viñeta nos prepara para hablar del Bautismo y del Espíritu Santo.”
Es importante que el catequista no use la imagen solo para repetir el texto, sino para hacer que los niños entren en la escena y comprendan el movimiento interior del pasaje.
8. Observamos la imagen vertical sobre el Espíritu

La imagen vertical debe utilizarse de manera distinta. Mientras la imagen horizontal sirve para narrar todo el pasaje, esta segunda imagen concentra la atención en el misterio central: nacer del agua y del Espíritu. El formato vertical ayuda a crear un clima más contemplativo. Jesús ocupa un lugar principal, Nicodemo escucha con atención y la presencia del agua y de la paloma orienta toda la escena hacia la acción de Dios.
El catequista debe invitar a los niños a mirar los elementos con calma: la expresión de Jesús, la actitud de escucha de Nicodemo, el agua que aparece en la escena y la paloma como signo del Espíritu Santo. No se trata de explicar de inmediato todos los símbolos, sino de dejar que la imagen prepare el corazón para comprender que lo que Jesús dice es misterioso y, a la vez, verdadero.
Preguntas orientativas para esta segunda imagen:
- ¿Qué elementos aparecen que no estaban tan claros antes?
- ¿Por qué creéis que se ve el agua?
- ¿Qué significa la paloma en esta escena?
- ¿Qué os parece que Jesús quiere enseñar a Nicodemo aquí?
Microguion para el catequista:
“Ahora ya no miramos toda la historia, sino el corazón del mensaje.”
“Jesús enseña algo que no se ve con los ojos del cuerpo, pero que es real.”
“El agua nos recuerda el Bautismo; la paloma nos recuerda al Espíritu Santo.”
“Dios quiere hacer nuevo al hombre por dentro.”
Esta imagen es especialmente adecuada para preparar la transición entre la observación y la explicación doctrinal del nuevo nacimiento bautismal.
9. Explicación del Evangelio para niños
Nicodemo era un hombre importante y religioso, pero aun así necesitaba que Jesús le enseñara algo nuevo. Esto ya es muy importante: nadie es tan sabio que no necesite que Jesús le hable. Nicodemo vino de noche, quizá porque tenía vergüenza, quizá porque quería hablar con calma, quizá porque todavía estaba buscando la luz. Jesús no lo rechaza. Lo recibe y le enseña algo sorprendente: para ver el Reino de Dios hay que nacer de nuevo.
Nicodemo entiende la frase de forma material y se sorprende. Piensa en volver a nacer como nace un bebé. Pero Jesús está hablando de otra cosa. Está hablando de un nacimiento interior, de una vida nueva que Dios da. Por eso aclara que hay que nacer del agua y del Espíritu. Con esas palabras, Jesús está anunciando el Bautismo, por el cual Dios limpia el alma, perdona el pecado y nos hace sus hijos.
Podemos explicárselo así a los niños: cuando fuiste bautizado, Dios hizo en ti algo que no se ve con los ojos, pero que es real. Te hizo suyo, te dio su gracia, te unió a Jesús y puso en tu alma una vida nueva. Esa vida tiene que crecer. Y por eso vas a catequesis, rezas, aprendes a amar a Jesús y te preparas para la Primera Comunión. La Comunión viene a alimentar esa vida que Dios ya sembró en ti.
Jesús añade también que el Espíritu es como el viento: no lo vemos, pero notamos su acción. Esto ayuda mucho a los niños a comprender que no todo lo real se ve con los ojos. Tampoco vemos la gracia, pero es real. No vemos al Espíritu como vemos una persona, pero actúa en el alma. El niño debe salir de esta explicación con una idea clara: la vida cristiana no es solo portarse bien; es vivir de una vida nueva que Dios da.
10. Desarrollo de la sesión y actividades
Actividad 1. “Nicodemo busca a Jesús” (15-18 minutos)
Objetivo: Ayudar a los niños a descubrir que buscar a Jesús es siempre un buen comienzo, aunque todavía no se entienda todo.
Texto base: «Había un fariseo llamado Nicodemo… este fue a ver a Jesús de noche» (cf. Jn 3, 1-2).
Desarrollo detallado: El catequista comienza mostrando la primera parte de la imagen horizontal y explica que Nicodemo se acerca con respeto, pero también con oscuridad interior. Después pregunta a los niños qué cosas hacen ellos cuando quieren entender algo importante: preguntar, escuchar, acercarse a quien sabe más, observar. A continuación relaciona esto con la vida de fe: también en la fe tenemos que acercarnos a Jesús, escuchar su palabra y no quedarnos solo con lo que ya pensamos.
Luego cada niño puede dibujar o escribir una situación en la que él mismo busca a Jesús: cuando reza, cuando va a Misa, cuando hace una pregunta en catequesis, cuando pide ayuda para hacer el bien. Después, si se desea, algunos comparten su respuesta.
Indicaciones para el catequista: No conviene ridiculizar a Nicodemo por venir de noche. Hay que presentarlo como un hombre que ya está dando un paso importante. Esto ayuda mucho a niños que a veces tienen miedo de preguntar o de reconocer que no entienden algo de la fe. La catequesis debe enseñarles que buscar a Jesús con sinceridad ya es un bien.
Microguion orientativo:
“Nicodemo no lo entiende todo, pero da un paso: va a ver a Jesús.”
“También nosotros tenemos que aprender a acercarnos a Él.”
“La fe crece cuando uno busca, pregunta y escucha con humildad.”
Actividad 2. “Nacer de nuevo” (18-20 minutos)
Objetivo: Comprender que Jesús no habla de volver a empezar físicamente, sino de recibir una vida nueva de Dios.
Texto base: «El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3, 3).
Desarrollo detallado: El catequista lee la frase de Jesús y pregunta a los niños cómo creen que la entendió Nicodemo. Se recogen las respuestas. Luego se explica que Nicodemo piensa en nacer otra vez de manera material, pero Jesús está hablando de algo más grande. A continuación, el catequista puede plantear una comparación muy sencilla: una semilla parece pequeña y escondida, pero cuando recibe lo que necesita, nace una vida nueva. Del mismo modo, en el Bautismo Dios hace nacer en nosotros una vida nueva que luego tiene que crecer.
Después los niños escriben en un folio la frase: “Jesús quiere que viva como hijo de Dios”. Bajo esa frase, pueden dibujar o escribir dos o tres cosas que muestran esa vida nueva: rezar, obedecer, amar, perdonar, ir a Misa, decir la verdad.
Indicaciones para el catequista: Aquí es esencial evitar una explicación demasiado biológica o demasiado abstracta. No se trata de decir simplemente que “hay que cambiar”, ni de quedarse en que el Bautismo “significa algo bonito”. Hay que enseñar que Dios actúa de verdad en el alma. El niño puede entender esto si se le habla con claridad y sencillez.
Microguion orientativo:
“Jesús no habla de volver a nacer como un bebé.”
“Habla de una vida nueva que Dios pone en el alma.”
“El Bautismo no solo recuerda algo: hace algo real en nosotros.”
Actividad 3. “El agua y el Espíritu” (18-20 minutos)
Objetivo: Relacionar el agua y el Espíritu Santo con el Bautismo y ayudar a los niños a valorar el sacramento que ya han recibido.
Texto base: «El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5).
Desarrollo detallado: El catequista coloca en un lugar visible un recipiente con agua. Luego muestra la imagen vertical y pregunta qué elementos aparecen. A continuación explica que el agua en el Bautismo no es solo un símbolo vacío: Dios la usa como signo eficaz de limpieza, nueva vida y gracia. Después habla del Espíritu Santo como quien da la vida nueva del alma y nos une a Cristo.
Se puede invitar a los niños a acercarse por turnos al recipiente, no como gesto sacramental, sino pedagógico, y a recordar en silencio que fueron bautizados. Mientras tanto, el catequista puede decir en voz pausada: “Dios te llamó por tu nombre”, “Dios te hizo hijo suyo”, “Dios puso en ti su gracia”. Después, cada niño escribe su nombre en una cartulina o tarjeta y debajo la frase: “Soy hijo de Dios por el Bautismo”.
Indicaciones para el catequista: Conviene hacer esta actividad con mucho respeto y sin teatralizaciones innecesarias. No se trata de “repetir” el Bautismo, sino de recordarlo y valorarlo. Si el grupo lo permite, puede preguntarse a los niños si saben cuándo fueron bautizados o si conocen alguna fotografía de aquel día. Eso ayuda a enlazar la catequesis con la memoria familiar.
Microguion orientativo:
“El agua del Bautismo no es agua cualquiera.”
“Dios la usa para limpiarnos del pecado y darnos vida nueva.”
“El Espíritu Santo actúa en nosotros aunque no lo veamos con los ojos.”
Actividad 4. “Preparados para la Primera Comunión” (15-18 minutos)
Objetivo: Relacionar la vida nueva del Bautismo con la Eucaristía, mostrando que la Comunión alimenta lo que Dios ya comenzó en el alma.
Texto base: se apoya en todo el pasaje, especialmente en el tema del nuevo nacimiento.
Desarrollo detallado: El catequista explica que la Primera Comunión no empieza la vida cristiana, sino que alimenta la vida nueva recibida en el Bautismo. Después pregunta a los niños: “Si Dios ya puso una vida nueva en mí, ¿qué necesita esa vida para crecer?”. Se recogen respuestas: oración, Misa, confesión, hacer el bien, amor a Jesús. Luego cada niño dibuja un árbol pequeño, una planta o una vela encendida, y alrededor escribe qué cosas ayudan a crecer en la gracia.
Al final, el catequista une todas las respuestas y explica que la Eucaristía es el alimento más grande de esa vida nueva, porque en ella recibimos a Jesús mismo.
Indicaciones para el catequista: Esta actividad debe evitar dos errores: presentar la Primera Comunión como si fuera el comienzo absoluto de todo, o tratar el Bautismo como si fuera solo un recuerdo lejano. La clave es mostrar continuidad: Bautismo, crecimiento en la fe, confesión y Eucaristía. El niño debe percibir que pertenece a Jesús desde hace tiempo, y que ahora se prepara para una unión más profunda con Él.
Microguion orientativo:
“Tu vida cristiana comenzó en el Bautismo.”
“Ahora esa vida tiene que crecer.”
“En la Primera Comunión, Jesús viene a alimentar lo que Él mismo sembró en ti.”
11. Lectio divina infantil
Después de la explicación y de las actividades, conviene terminar con un momento breve de lectio divina adaptada a niños. Puede proclamarse de nuevo Jn 3, 1-8, o bien centrarse en Jn 3, 5-8. El catequista debe leer despacio, dejando pausas, y luego invitar a los niños a guardar un pequeño silencio. Después puede formular una pregunta muy sencilla: “¿Qué palabra de Jesús recuerdas más?” o “¿Qué te enseña hoy Jesús sobre tu Bautismo?”
A continuación todos pueden repetir juntos una frase breve, como por ejemplo: “Jesús, hazme vivir como hijo de Dios” o “Espíritu Santo, ayúdame a seguir a Jesús”. Esta parte no debe prolongarse demasiado, pero sí vivirse con serenidad real. El objetivo es que el Evangelio no quede solo explicado, sino también rezado.
12. Relación con la Primera Comunión y la vida sacramental
Este pasaje es especialmente importante para la preparación a la Primera Comunión porque muestra con claridad que la vida cristiana nace de Dios y no de nuestras solas fuerzas. En el Bautismo, el niño fue hecho hijo de Dios, unido a Cristo y habitado por la gracia. Pero esa vida nueva necesita ser alimentada. Y eso ocurre de modo pleno en la Eucaristía. Por eso la Primera Comunión no es una fiesta aislada ni un acto social, sino la continuación y el crecimiento de la vida bautismal.
También conviene explicar que el Espíritu Santo sigue actuando en la vida del cristiano. No solo actuó el día del Bautismo. Sigue guiando, iluminando, dando fuerza y ayudando a vivir como discípulos de Jesús. La Comunión, la confesión, la oración y la vida de la Iglesia son ámbitos en los que esa gracia sigue creciendo. El niño debe captar una idea muy clara: fui hecho nuevo en el Bautismo, y Jesús quiere seguir haciéndome crecer en su amistad.
13. Orientaciones amplias para el catequista
El catequista debe preparar esta sesión con especial cuidado doctrinal, porque el texto es profundo y puede empobrecerse fácilmente si se reduce a frases vagas sobre “cambiar” o “ser mejor”. El centro no es solo la mejora moral, sino la acción real de Dios que hace nuevo al hombre. Conviene insistir en esto con claridad, pero usando un lenguaje accesible a los niños.
Las dos imágenes deben ser usadas de modo distinto y complementario. La horizontal sirve para recorrer el diálogo completo y mostrar el proceso de Nicodemo. La vertical concentra la atención en el núcleo doctrinal y espiritual del pasaje. Esa diferencia de función debe ser clara en la sesión. No se trata de mostrar dos veces lo mismo, sino de dejar que una imagen prepare la comprensión narrativa y la otra favorezca la contemplación del misterio.
También conviene cuidar mucho el tono. Nicodemo no debe ser presentado como un personaje torpe al que Jesús corrige con dureza, sino como un hombre en camino. Esto ayuda a los niños a comprender que no pasa nada por no entender todo enseguida, siempre que uno quiera escuchar a Jesús. La catequesis debe fomentar preguntas sinceras y, al mismo tiempo, conducir con firmeza hacia la verdad revelada.
En las actividades, el catequista debe evitar el moralismo y la superficialidad. La vida nueva del Bautismo se manifiesta en las obras, sí, pero no se reduce a ellas. Primero está el don de Dios, después la respuesta humana. Si este orden se mantiene claro, la sesión resultará mucho más profunda y unitaria.
14. Orientaciones para los padres
Los padres pueden reforzar mucho esta catequesis hablando con sus hijos sobre el Bautismo. Si recuerdan la fecha, el lugar o algunos detalles, sería muy bueno compartirlos. También pueden enseñarles alguna fotografía de aquel día o recordar quiénes fueron sus padrinos. Esto ayuda al niño a percibir que su vida cristiana tiene una historia real y concreta.
Sería igualmente útil que en casa repitieran alguna frase breve de esta sesión durante la semana, por ejemplo: “Soy hijo de Dios por el Bautismo”, “Jesús, hazme vivir como hijo tuyo” o “Espíritu Santo, ayúdame”. Esto ayuda a que la catequesis no quede encerrada en el aula o en el salón parroquial, sino que entre en la vida familiar.
Los padres pueden también relacionar esta sesión con la Misa dominical y con la preparación inmediata a la Primera Comunión, recordando a sus hijos que Jesús ya vive en ellos por la gracia y que la Eucaristía viene a alimentar esa amistad.
15. Oración final
Señor Jesús,
tú hablaste a Nicodemo
y le enseñaste que hay que nacer
del agua y del Espíritu.
Gracias porque en el Bautismo
me hiciste hijo de Dios.
Gracias porque me diste tu gracia
y comenzaste en mí una vida nueva.
Espíritu Santo,
ayúdame a vivir como cristiano,
a amar a Jesús,
a rezar con fe
y a prepararme bien
para recibir la Primera Comunión.
Amén.
16. Conclusión
El diálogo de Jesús con Nicodemo ofrece a los niños de Primera Comunión una enseñanza preciosa y decisiva: la vida cristiana es una vida nueva que Dios regala. No nace solo del esfuerzo humano, sino del agua y del Espíritu, es decir, del Bautismo y de la gracia divina. Desde ahí se comprende mejor toda la preparación a la Eucaristía. El niño no se acerca a la Comunión como alguien que empieza de cero, sino como alguien que ya ha sido hecho hijo de Dios y ahora va a recibir el alimento que fortalece esa vida nueva.
Si esta sesión consigue que los niños valoren su Bautismo, comprendan mejor la acción del Espíritu Santo y se preparen para la Primera Comunión con más fe y gratitud, habrá dado un fruto verdadero. Y si además aprenden a mirar a Jesús como Nicodemo, con deseo sincero de comprender y de dejarse enseñar, la catequesis habrá abierto en ellos un camino muy fecundo.
por Guillermo Mirecki | 11 Abr, 2026 | La Biblia
Juan 3, 7b-15. Martes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. Es Dios quien nos llama. Es Dios quien nos convoca. Es Dios quien nos invita a formar parte de su pueblo… Y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque gracias a Su Misericordia quiere que todos nos salvemos.
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». «¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo. Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 4, 32-37
Salmo: Sal 93(92), 1-2.5
Oración introductoria
Señor, creo en Ti. Humildemente te suplico que permitas que esta meditación me ayude a comprender que tu Palabra es mi luz y mi fortaleza, el alimento de mi alma, la fuente perenne de mi vida espiritual.
Petición
Señor, enséñame a renacer en la nueva familia de Dios: tu Iglesia.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy desearía detenerme brevemente en otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia: «Pueblo de Dios» (cf. const. dogm. Lumen gentium, 9; Catecismo de la Iglesia católica, 782). Y lo hago con algunas preguntas sobre las cuales cada uno podrá reflexionar.
¿Qué quiere decir ser «Pueblo de Dios»? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2, 4). A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay judío y griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.
¿Cómo se llega a ser miembros de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que recibí en mi Bautismo? ¿Cómo hago crecer esta fe que yo recibí y que el pueblo de Dios posee?
La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13, 34). Un amor, sin embargo, que no es estéril sentimentalismo o algo vago, sino que es reconocer a Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, acoger al otro como verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van juntas. ¡Cuánto camino debemos recorrer aún para vivir en concreto esta nueva ley, la ley del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la ley de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, pero ¿cómo puede suceder esto? En el seno del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo, ¡cuántas guerras por envidia y celos! Incluso en la familia misma, ¡cuántas guerras internas! Nosotros debemos pedir al Señor que nos haga comprender bien esta ley del amor. Cuán hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy hagamos una cosa: tal vez todos tenemos simpatías y no simpatías; tal vez muchos de nosotros están un poco enfadados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, yo estoy enfadado con este o con esta; te pido por él o por ella. Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor. ¿Lo hacemos? ¡Hagámoslo hoy!
¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico —como dije—, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte? Pero lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio —pensemos aquí en Roma en el Olímpico, o en el de San Lorenzo en Buenos Aires—, en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.
¿Cuál es la finalidad de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, iniciado en la tierra por Dios mismo y que debe ser ampliado hasta su realización, cuando venga Cristo, nuestra vida (cf. Lumen gentium, 9). El fin, entonces, es la comunión plena con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, un gozo pleno.
Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio.
Santo Padre Francisco: Pueblo de Dios
Audiencia General del miércoles, 12 de junio de 2013
Diálogo con Cristo
Señor Jesús, por el bautismo somos ungidos en tu Espíritu. Sin embargo, la preocupación por lo material me domina con demasiada facilidad y no vivo de acuerdo a las grandes bendiciones que he recibido. Por eso confío en que esta oración me lleve a poner en primer lugar lo que Tú quieres, antes que mis planes.
Propósito
Hacer una visita a Cristo Eucaristía para renovar las promesas de mi bautismo.
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por Guillermo Mirecki | 12 Abr, 2025 | La Biblia
Juan 3, 1-8. Lunes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. La voluntad del Espíritu no es arbitraria. Es la voluntad de la verdad y del bien. Por eso no sopla por cualquier parte, girando una vez por acá y otra vez por allá; su soplo no nos dispersa, sino que nos reúne, porque la verdad une y el amor une.
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace de Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles. Hch 4, 23-31
Salmo: Sal 2, 1-3.4-6.7-9
Oración introductoria
Dame, Señor, esa sana inquietud de Nicodemo de buscar comprender siempre la verdad. Permite que esta oración ilumine mi entendimiento y fortalezca mi voluntad, para dejarme llevar por el camino de la santificación. Confío plenamente en Ti, Tú sabes lo que necesito.
Petición
Espíritu Santo, Tú eres mi luz, ilumíname.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
El Espíritu Santo, al dar vida y libertad, da también unidad. Son tres dones inseparables entre sí. […] permitidme decir aún unas palabras sobre la unidad. Para comprenderla puede ser útil una frase que, en un primer momento, parece más bien alejarnos de ella. A Nicodemo que, buscando la verdad, va de noche con sus preguntas, Jesús le dice: «El Espíritu sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Pero la voluntad del Espíritu no es arbitraria. Es la voluntad de la verdad y del bien. Por eso no sopla por cualquier parte, girando una vez por acá y otra vez por allá; su soplo no nos dispersa, sino que nos reúne, porque la verdad une y el amor une.
El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor que en el único Dios da y acoge. Él nos une de tal manera, que san Pablo pudo decir en cierta ocasión: «Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). El Espíritu Santo, con su soplo, nos impulsa hacia Cristo. El Espíritu Santo actúa corporalmente, no sólo obra subjetivamente, «espiritualmente». A los discípulos que lo consideraban sólo un «espíritu», Cristo resucitado les dijo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu —un fantasma— no tiene carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24, 39). Esto vale para Cristo resucitado en cualquier época de la historia.
Cristo resucitado no es un fantasma; no es sólo un espíritu, no es sólo un pensamiento, no es sólo una idea. Sigue siendo el Encarnado. Resucitó el que asumió nuestra carne, y sigue siempre edificando su Cuerpo, haciendo de nosotros su Cuerpo. El Espíritu sopla donde quiere, y su voluntad es la unidad hecha cuerpo, la unidad que encuentra el mundo y lo transforma.
Santo Padre Benedicto XVI
Homilía del sábado, 3 de junio de 2006
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
El Espíritu Santo, el don de Dios
733 «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor «Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
734 Puesto que hemos muerto, o, al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
735 Él nos da entonces las «arras» o las «primicias» de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la vida misma de la Santísima Trinidad que es amar «como él nos ha amado» (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos «recibido una fuerza, la del Espíritu Santo» (Hch 1, 8).
736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza»(Ga 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Ga 5, 25):
«Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 15, 36: PG 32, 132).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Al iniciar el día, pedir al Espíritu Santo que sea mí guía.
Diálogo con Cristo
Gracias, Espíritu Santo, por darme tu gracia para poder escuchar tus inspiraciones y la fuerza para poder seguirlas; porque bien sabes que a veces las escucho pero no las sigo. Perdona mi pasividad y ayúdame a caminar siempre por el sendero de la voluntad del Padre, y a obedecerte con la misma docilidad de Jesucristo. Permite que sepa colaborar siempre y dócilmente contigo, para que puedas moldear mi vida.
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