Evangelio del día: Acción de gracias al Padre

Evangelio del día: Acción de gracias al Padre

Mateo 11, 25-27

Miércoles de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario

Jesucristo alaba al Padre porque es «Señor del cielo y de la tierra» y porque ha querido revelar los misterios de su amor a quienes los reciben con un corazón sencillo y humilde.

En aquella ocasión, Jesús tomó la palabra y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro del Éxodo, Éx 3, 1-6.9-12
Salmo Sal 103 (102)

Oración introductoria

Gracias, Padre, por el don de la fe, que me lleva a buscarte humildemente en la oración. Dame la fuerza necesaria para vivirla con autenticidad, porque quiero amarte con todo mi corazón y con toda mi mente. Confío plenamente en que me mostrarás el camino para conocer y cumplir tu voluntad.

Petición

Señor, dame un corazón abierto a las inspiraciones de tu Santo Espíritu.

Meditación de san Juan Pablo II

«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo».

1. Dispensadores de la revelación y del amor de Dios

Deseo, queridos hermanos y hermanas, pronunciar con vosotros estas palabras de bendición que Cristo Jesús dirige al Padre.

Lo bendice porque el Padre es «Señor del cielo y de la tierra». Y lo bendice por el don de la revelación. En cierto sentido, la revelación es el primer fruto de la complacencia de Dios sobre los hombres. Dios se ha complacido desde la eternidad en el hombre y, por ello, se ha revelado en el tiempo a sí mismo y ha dado a conocer los planes misericordiosos de su voluntad.

«Dispuso Dios en su sabiduría —enseña el Concilio Vaticano II— revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen partícipes de la naturaleza divina».

Vosotros, educadores en la fe, cumplís un servicio especial a la revelación divina, sacando inspiración de esa eterna complacencia que reside en Dios mismo.

Sois al mismo tiempo discípulos y apóstoles de Cristo. A él, precisamente, «le ha sido entregado todo» por el Padre. En él ha manifestado el Padre cuanto debía ser revelado a la humanidad desde el tesoro de su divina complacencia: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Queridos hermanos y hermanas: el Hijo desea revelaros toda la verdad del amor de Dios para que vosotros la anunciéis a los demás hombres, puesto que sois educadores en la fe.

2. Una tradición fecunda de educación cristiana

Unidos en ese amor del Padre, me encuentro hoy con los pastores de esta región, con todos los que tenéis en España la importantísima misión de educar en la fe y con vosotros, aquí presentes, procedentes sobre todo de las diócesis de Andalucía Oriental y de Murcia.

Un marco estupendo para este encuentro nos lo ofrece la bella ciudad de Granada, una de las joyas artísticas de España, que evoca acontecimientos trascendentales en la historia de la nación y de su unidad.

Conozco la antiquísima tradición de la fe cristiana de estas Iglesias, el testimonio admirable de vuestros mártires y la vitalidad reflejada ya en el Concilio de Elvira, en los albores del siglo IV.

Aquella fe recibida en los primeros tiempos del cristianismo sigue arraigada en la vida personal y familiar y en la religiosidad popular de vuestras gentes, expresada sobre todo en la devoción a los misterios de la Pasión del Señor, en la Eucaristía y en el amor filial a la Virgen María.

Para ayudar a mantener y fortalecer esa fe, estas tierras han tenido la fortuna de contar con ejemplares educadores cristianos. Entre ellos, fray Hernando de Talavera, el célebre arzobispo catequista que tan bien supo exponer los misterios cristianos a judíos y musulmanes.

En tiempos más recientes habéis dado a la educación en la fe maestros de gran talla, como el obispo de Málaga, don Manuel González; el admirable pedagogo don Andrés Manjón, fundador de las escuelas y del Seminario de Maestros del Ave María; y el insigne padre Pedro Poveda, fundador de la benemérita Institución Teresiana.

Ellos se unieron a otros admirables educadores cristianos procedentes de otras partes de España, entre ellos san Antonio María Claret y don Daniel Llorente. Son figuras luminosas que se adelantaron a la renovación catequética de tiempos posteriores, culminada en el Concilio Vaticano II, y que siguen siendo ejemplo elocuente para quienes hoy deben continuar la misión de educar en la fe a las nuevas generaciones.

3. Conducir a todos hacia el misterio de Cristo

Esa misión, que es un deber eclesial —«¡Ay de mí si no evangelizara!»—, sigue teniendo en nuestros días una importancia trascendental. Su finalidad es conducir a los fieles —niños, jóvenes y adultos—, a través de las diversas formas de catequesis y educación cristiana, hacia el centro de la revelación: Jesucristo.

Por eso escribí en mi primera encíclica: «El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas, y particularmente en la nuestra, es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con el hecho profundo de la Redención cumplida en Cristo Jesús».

Tal misión no es privativa de los ministros sagrados o del mundo religioso, sino que debe abarcar los ámbitos de los laicos, de la familia y de la escuela. Todo cristiano ha de participar en la tarea de formación cristiana y sentir la urgencia de evangelizar, tarea que no es motivo de gloria personal, sino una responsabilidad recibida.

Hoy es especialmente necesaria y urgente esta tarea, que debe ayudar a cada cristiano a mantener y desarrollar su fe en medio de las rápidas transformaciones sociales y culturales que la sociedad española está experimentando.

Para ello hay que potenciar la educación en la fe, impartiendo una formación religiosa profunda, estableciendo una conexión orgánica entre la catequesis infantil, juvenil y de adultos, y acompañando el crecimiento cristiano durante toda la vida. Una permanente minoría de edad cristiana y eclesial no puede resistir las embestidas de una sociedad crecientemente secularizada.

La catequesis de jóvenes y adultos debe ayudar a convertir en convicciones profundas y personales aquellos sentimientos y vivencias que quizá no quedaron suficientemente arraigados durante la niñez.

Así encuentra la tarea educativa toda su amplitud, conduciendo a todos hacia la novedad de la vida en Cristo. La fe cristiana comporta para el creyente una búsqueda y una aceptación personal de la verdad, superando la tentación de vivir en la duda sistemática y sabiendo que su fe no parte de meras ilusiones, opiniones falibles o incertidumbres, sino de la Palabra de Dios, que ni engaña ni puede engañarse.

Por ello, la catequesis debe ofrecer también certezas sencillas pero sólidas, que ayuden a buscar cada vez más y mejor el conocimiento del Señor.

Desde ahí ha de abrirse al cristiano una perspectiva nueva que abarque y oriente toda su existencia, ofreciéndole con el programa cristiano «razones para vivir y razones para esperar». En esta línea encuentra su puesto de honor el educador católico, que debe orientar sus esfuerzos hacia una formación integral capaz de ofrecer las respuestas de la Revelación sobre el sentido del hombre, de la historia y del mundo.

Clave catequética

La formación cristiana no puede reducirse a transmitir información religiosa. Debe conducir a una adhesión personal a Cristo, transformar sentimientos iniciales en convicciones y acompañar al creyente durante todas las etapas de su vida.

4. Acompañar los momentos decisivos de la vida

Aunque la educación en la fe es una tarea que abarca toda la vida, hay momentos del proceso cristiano que necesitan una atención particular: la iniciación cristiana, la adolescencia, la elección de estado y otras circunstancias de especial relieve en la vida personal; también después de una crisis religiosa o cuando se han vivido experiencias dolorosas.

Son momentos que deben seguirse con mayor cuidado para hacer oír oportunamente a cada persona la llamada de Dios.

Para poder ofrecer esta ayuda eficaz es necesario formar sólidamente a los catequistas y educadores, dándoles una adecuada preparación bíblica, teológica y antropológica, y enseñándoles ante todo a vivir personalmente la fe, para catequizar después con la palabra y, sobre todo, con una vida íntegramente cristiana.

Esta actitud exige, por una parte, una entrega total a la vivencia de la fe y, por otra, una entrega al servicio de la fe y de los demás. El Apóstol lo subraya cuando afirma: «Siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles».

Utilizando la palabra «siervo», san Pablo destaca la entrega total al servicio de la fe y de aquellos a quienes sirve. Aún son más elocuentes sus palabras: «Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos para salvar, como sea, a algunos».

El Apóstol es un hombre realista; comprende que su esfuerzo solamente produce frutos parciales. Sin embargo, se entrega enteramente: «Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes».

El Evangelio no solamente se transmite: se participa de él. Quien más profundamente participa, lo transmite de manera más madura; y quien más generosamente lo transmite, participa más profundamente.

En definitiva, anunciar el Evangelio y servir a la fe consiste en acercar a Cristo a los hombres y acercar los hombres a Cristo. Entonces se cumplen sus palabras: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».

5. Familia, parroquia y escuela

Dentro del vasto campo de la educación en la fe, los obispos españoles, en su última asamblea plenaria, han elegido como tarea prioritaria el servicio a la fe y han llamado la atención sobre la importancia de la transmisión del mensaje cristiano mediante la catequesis y la educación religiosa escolar.

Es un campo que merece una gran solicitud pastoral. No cabe duda de que la parroquia debe continuar su misión privilegiada de formar en la fe, ni de que los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos. Sin embargo, tampoco puede olvidarse la transmisión del mensaje de salvación mediante la enseñanza religiosa en la escuela, tanto privada como pública.

Esto es particularmente importante en un país en el que la gran mayoría de los padres solicita la enseñanza religiosa para sus hijos durante el período escolar. Tal enseñanza habrá de impartirse con la debida discreción y con pleno respeto a la justa libertad de conciencia, pero respetando al mismo tiempo el derecho primordial de los padres, primeros responsables de la educación de sus hijos.

Por su parte, los maestros y educadores católicos pueden desempeñar también en el campo religioso un papel de primera importancia. En ellos confían tantos padres y confía la Iglesia para lograr una formación integral de la infancia y de la juventud, de la que depende en gran medida que el mundo futuro esté más cerca o más lejos de Jesucristo.

6. Jesús revela sus misterios a los pequeños

«Yo te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños». Estas palabras han abierto nuestro encuentro. A lo largo de él ha estado siempre presente en nuestra mente la figura de un vasto e importantísimo sector de los educandos en la fe: los niños.

Vosotros, queridos niños y niñas de España, sois los primeros en conocer tantas cosas de la Revelación que permanecen ocultas a los mayores. Sois, por ello, los predilectos de Jesús. En vosotros, los pequeños, alabó él al Padre, porque os ha hecho partícipes de verdades y experiencias que están ocultas a los sabios.

Ante vuestra bondad, sencillez, sinceridad y amor a todos, proclamaba: «Dejad a los niños y no les impidáis acercarse a mí, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos».

Vuestra inocencia y ausencia de mal hicieron también decir a Jesús que «si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos».

Al hablaros desde Granada, dentro de este acto dedicado a la educación en la fe, el Papa quiere deciros que os tiene muy presentes en su mente y en su corazón. Desea recomendaros que pongáis mucho empeño en vuestra formación catequética, tanto en la parroquia como en la escuela o colegio y en la instrucción religiosa recibida de vuestros padres.

Así aprenderéis poco a poco a conocer y amar a Jesús, a dirigiros diariamente a él con vuestras oraciones, a invocar a nuestra Madre del cielo, la Virgen María, y a comportaros bien en cada momento para agradar a Dios, que siempre nos contempla con mirada de Padre.

Yo rezo por vosotros, os envío un abrazo y una bendición como amigo de los niños y os pido que recéis también por mí.

7. «¡Ay de mí si no evangelizara!»

Queridos educadores en la fe: ante este estupendo panorama de un mundo que necesita ser catequizado y acercado a Cristo; ante tantos adultos, jóvenes y niños que reclaman una entrega fiel a la causa del Evangelio, resuenan con especial vigor las palabras del Apóstol: «Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino una necesidad que se me impone. ¡Ay de mí si no evangelizara!».

Ojalá estas palabras se graben profundamente en vuestros corazones.

El Apóstol continúa: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por encargo, desempeño una misión que me ha sido confiada».

Sí, se trata de un encargo confiado a administradores. Recordad esta expresión: «dispensadores de la Revelación divina». Y dado que esa Revelación nace de la complacencia de Dios hacia los hombres, indirectamente sois también dispensadores de aquella complacencia y de aquel amor eterno.

Habréis de orar y esforzaros para que vuestros educandos en la fe acepten de vosotros no solamente la palabra de la verdad revelada, sino también el amor del que nace la Revelación y que en ella se expresa y se realiza.

Por eso el Apóstol escribe a quienes cumplen este servicio: «¿Cuál es entonces mi recompensa? Precisamente dar a conocer el Evangelio anunciándolo gratuitamente». La recompensa más grande reside, según el Apóstol, en poder anunciar el Evangelio, en poder ser dispensadores de las palabras y del amor de Dios, colaboradores y apóstoles de Jesucristo.

«¡Ay de mí si no evangelizara!».

Queridos educadores en la fe: que Cristo sea la recompensa de vuestras fatigas, cumplidas con desinterés y magnanimidad en todas las Iglesias de España. Que vuestro esfuerzo produzca cosechas del ciento por uno. Así lo pido a la Virgen de las Angustias, patrona de Granada.

San Juan Pablo II

Homilía del 5 de noviembre de 1982

Para guardar en el corazón

La verdadera sabiduría comienza cuando el corazón se hace pequeño, escucha a Cristo y se deja conducir por el Padre.

Catecismo de la Iglesia Católica

«Padre nuestro que estás en el cielo»

I. Acercarse a él con toda confianza

2777. En la liturgia romana se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padrenuestro con audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: «Atrevernos con toda confianza», «Haznos dignos de».

Ante la zarza ardiendo se dijo a Moisés: «No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies» (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina solamente podía franquearlo Jesús, quien, «después de llevar a cabo la purificación de los pecados» (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: «Aquí estoy yo y los hijos que Dios me dio» (Hb 2, 13).

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo no nos empujasen a proferir este grito: “Abbá, Padre” (Rm 8, 15). ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto?»

San Pedro Crisólogo, Sermón 71, 3

2778. Este poder del Espíritu, que nos introduce en la Oración del Señor, se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con la bella palabra típicamente cristiana parrhesía: sencillez sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde y certeza de ser amado.

II. «¡Padre!»

2779. Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de este mundo. La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir, «a los pequeños» (Mt 11, 25-27).

La purificación del corazón concierne a las imágenes paternales o maternales procedentes de nuestra historia personal y cultural, que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre trasciende las categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorarlos o destruirlos. Orar al Padre es entrar en su misterio tal como él es y tal como el Hijo nos lo ha revelado.

«La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era, oyó otro nombre. A nosotros este nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el nuevo nombre del Padre».

Tertuliano, De oratione, 3, 1

2780. Podemos invocar a Dios como «Padre» porque él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever —la relación personal del Hijo con el Padre—, el Espíritu del Hijo nos hace participar de ello a quienes creemos que Jesús es el Cristo y hemos nacido de Dios.

2781. Cuando oramos al Padre estamos en comunión con él y con su Hijo, Jesucristo. Entonces lo conocemos y reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es una bendición de adoración antes de ser una imploración.

La gloria de Dios consiste en que lo reconozcamos como Padre, Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su nombre, por habernos concedido creer en él y por haber hecho de nosotros morada de su presencia.

2782. Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único. Por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de Cristo y, por la unción de su Espíritu, que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros «cristos».

«Dios, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en adelante, como participantes de Cristo, sois llamados “cristos” con todo derecho».

San Cirilo de Jerusalén

«El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice primero: “¡Padre!”, porque ha sido hecho hijo».

San Cipriano de Cartago

2783. Por la Oración del Señor hemos sido revelados a nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre.

«Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu rostro hacia el cielo; bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo te has convertido en buen hijo. Eleva los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro».

San Ambrosio, De sacramentis, 5, 19

2784. El don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros el deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella.

«Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios “Padre nuestro”, de que debemos comportarnos como hijos de Dios».

San Cipriano de Cartago

«No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano, porque en este caso ya no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial».

San Juan Crisóstomo

«Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma».

San Gregorio de Nisa

2785. Un corazón humilde y confiado nos hace volver a ser como niños, porque es a «los pequeños» a quienes el Padre se revela.

«Es una mirada a Dios y solamente a él, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad verdaderamente entrañable».

San Juan Casiano

«Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros a la vez el amor, el gusto en la oración y la esperanza de obtener lo que vamos a pedir. ¿Qué puede negar a la oración de sus hijos quien previamente les ha permitido ser sus hijos?».

San Agustín

III. Padre «nuestro»

2786. Padre «nuestro» se refiere a Dios. Este adjetivo, por nuestra parte, no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios.

2787. Cuando decimos Padre «nuestro», reconocemos que todas las promesas de amor anunciadas por los profetas se han cumplido en la nueva y eterna Alianza en Cristo: hemos llegado a ser su Pueblo y él es nuestro Dios.

Esta relación nueva es una pertenencia mutua dada gratuitamente. Por amor y fidelidad debemos responder a la gracia y a la verdad que nos han sido dadas en Jesucristo.

2788. Como la Oración del Señor es la oración de su Pueblo en los últimos tiempos, ese «nuestro» expresa también la certeza de nuestra esperanza en la última promesa de Dios: en la nueva Jerusalén dirá al vencedor: «Yo seré su Dios y él será mi hijo» (Ap 21, 7).

2789. Al decir Padre «nuestro», nos dirigimos personalmente al Padre de nuestro Señor Jesucristo. No dividimos la divinidad, pues el Padre es su fuente y origen; tampoco confundimos las Personas, pues confesamos que nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo en su único Espíritu Santo.

La Santísima Trinidad es consustancial e indivisible. Cuando oramos al Padre, lo adoramos y glorificamos con el Hijo y el Espíritu Santo.

2790. Gramaticalmente, «nuestro» califica una realidad común a varios. No hay más que un solo Dios, reconocido como Padre por quienes, por la fe en su Hijo único, han renacido de él por el agua y por el Espíritu.

La Iglesia es esta nueva comunión de Dios y de los hombres. Unida con el Hijo único, hecho «el primogénito de muchos hermanos» (Rm 8, 29), se encuentra en comunión con un solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu.

2791. Por eso, a pesar de las divisiones entre los cristianos, la oración al Padre «nuestro» continúa siendo un bien común y una llamada apremiante para todos los bautizados. En comunión con Cristo por la fe y el Bautismo, los cristianos deben participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos.

2792. Si recitamos de verdad el Padrenuestro, salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos. El adjetivo «nuestro» al comienzo de la Oración del Señor, así como el «nosotros» de las cuatro últimas peticiones, no excluye a nadie. Para decirlo de verdad debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.

2793. Los bautizados no pueden rezar al Padre «nuestro» sin llevar ante él a todos aquellos por quienes el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras; nuestra oración tampoco debe tenerlas.

Orar a «nuestro» Padre nos abre a las dimensiones de su amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que todavía no lo conocen, para que sean reunidos en la unidad. Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación ha inspirado a los grandes orantes y debe ensanchar nuestra oración en un amor sin límites.

IV. «Que estás en el cielo»

2794. Esta expresión bíblica no significa un lugar o un espacio, sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios, sino su majestad. Dios Padre no está en esta o aquella parte, sino por encima de todo cuanto el hombre pueda concebir acerca de la santidad divina.

Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito.

«Con razón, las palabras “Padre nuestro que estás en el cielo” hay que entenderlas en relación con el corazón de los justos, en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él aquel a quien invoca».

San Agustín

«El cielo bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial y en los que Dios habita y se pasea».

San Cirilo de Jerusalén

2795. El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. Él está en el cielo; esa es su morada. La Casa del Padre es, por tanto, nuestra patria.

De la patria de la Alianza el pecado nos desterró y hacia el Padre, hacia el cielo, nos hace volver la conversión del corazón. En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra, porque el Hijo ha bajado del cielo y nos hace subir con él por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión.

2796. Cuando la Iglesia ora diciendo «Padre nuestro que estás en el cielo», profesa que somos el Pueblo de Dios «sentado en el cielo, en Cristo Jesús» (Ef 2, 6), «ocultos con Cristo en Dios» (Col 3, 3) y, al mismo tiempo, gemimos deseando ser revestidos de nuestra morada celestial.

«Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo».

Carta a Diogneto, 5, 8-9

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Imitaré el modelo de evangelización de María, procurando vivir una fe firme, una esperanza viva y una caridad ardiente.

Diálogo con Cristo

Gracias, Espíritu Santo, por tus dones de entendimiento, sabiduría y ciencia. Permite que, siguiendo el ejemplo de María, los utilice para el bien y no para encerrarme en mi orgullo, autosuficiencia o soberbia. Enséñame a no depender únicamente de mí mismo, sino a abandonarme en la misericordia de tu amor, con la confianza con la que un niño descansa serenamente en los brazos de sus padres.

Para seguir profundizando

✠ ✠ ✠
Evangelio del día: Amenaza a las ciudades infieles

Evangelio del día: Amenaza a las ciudades infieles

Mateo 11, 20-24

Martes de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario

El juicio final ya está en acción: comienza ahora, en el curso de nuestra existencia, cada vez que acogemos o rechazamos la gracia que Dios nos ofrece.

Entonces Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido:

«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre vosotras se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.

Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro del Éxodo, Éx 2, 1-15a
Salmo Sal 69 (68)

Oración introductoria

Jesús, ayúdame a hacer de esta meditación un verdadero diálogo de amor. Eres mi refugio ante el calor abrasante y ante las dificultades de la vida. Sé que cuento contigo para levantarme cuando tropiezo y que guiarás mis pasos hoy y siempre. Concédeme vivir confiado en tu misericordia y responder con sinceridad a tu llamada a la conversión.

Petición

Señor, dame la gracia de buscarte con un corazón sincero.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera iniciar la última serie de catequesis sobre nuestra profesión de fe, tratando la afirmación «Creo en la vida eterna». En especial, me detengo en el juicio final. No debemos tener miedo: escuchemos lo que nos dice la Palabra de Dios.

Al respecto, leemos en el Evangelio de Mateo: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él […], serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda […]. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25, 31-33.46).

Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará hasta sus últimas consecuencias el bien que cada uno haya realizado o haya omitido realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos sobrepasa y que ni siquiera logramos imaginar. Es un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros temor y tal vez también ansiedad.

Sin embargo, si reflexionamos bien sobre esta realidad, descubrimos que ensancha el corazón del cristiano y constituye un gran motivo de consolación y confianza.

El testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena, al respecto, más sugestivo que nunca. Acompañaban las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathà, una expresión formada por dos palabras arameas que, según cómo se pronuncien, pueden entenderse como una súplica —«¡Ven, Señor!»— o como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene; el Señor está cerca».

Es la exclamación con la que culmina toda la Revelación cristiana, al término de la maravillosa contemplación que nos ofrece el Apocalipsis de san Juan (cf. Ap 22, 20). En este caso es la Iglesia, esposa, quien, en nombre de toda la humanidad y como primicia, se dirige a Cristo, su esposo, deseando ser envuelta por su abrazo: el abrazo de Jesús, plenitud de vida y de amor.

Si pensamos en el juicio desde esta perspectiva, todo miedo y vacilación disminuye y deja espacio a la espera y a una profunda alegría. Será precisamente el momento en el que finalmente seremos juzgados preparados para ser revestidos de la gloria de Cristo, como con un vestido nupcial, y conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios.

Un segundo motivo de confianza nos lo da la constatación de que, en el momento del juicio, no estaremos solos. Jesús mismo anuncia en el Evangelio de Mateo que, al final de los tiempos, quienes lo hayan seguido tendrán sitio en su gloria para juzgar juntamente con él (cf. Mt 19, 28).

El apóstol Pablo, al escribir a la comunidad de Corinto, afirma: «¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? […] Cuánto más, asuntos de la vida cotidiana» (1 Cor 6, 2-3). Qué hermoso es saber que en esa circunstancia, además de Cristo, nuestro Paráclito y nuestro Abogado ante el Padre, podremos contar con la intercesión y la benevolencia de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron en el camino de la fe.

Los santos ya viven en presencia de Dios, en el esplendor de su gloria, e interceden por nosotros, que todavía vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una madre, busca el bien de sus hijos, sobre todo de los más alejados y afligidos, hasta encontrar su plenitud en el cuerpo glorioso de Cristo con todos sus miembros.

Otra sugerencia nos llega del Evangelio de san Juan, donde se afirma explícitamente que «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18).

Esto significa que el juicio final ya está en acción: comienza ahora, en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad y de la consiguiente cerrazón en nosotros mismos.

Si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos. La salvación consiste en abrirse a Jesús, y él nos salva. Si somos pecadores —y lo somos todos—, le pedimos perdón; y si vamos a él con el deseo de ser buenos, el Señor nos perdona.

Pero para ello debemos abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que cualquier otra cosa. El amor de Jesús es grande, misericordioso y capaz de perdonar. Sin embargo, debemos abrirnos; y abrirse significa arrepentirse, reconocer aquello que no está bien y que hemos hecho.

El Señor Jesús se entregó y sigue entregándose a nosotros para colmarnos de toda la misericordia y de toda la gracia del Padre. Por tanto, podemos convertirnos, en cierto sentido, en jueces de nosotros mismos, autocondenándonos cuando elegimos excluirnos de la comunión con Dios y con los hermanos.

No nos cansemos, por ello, de vigilar nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar ya desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios —y esto será bellísimo—, que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud.

Adelante, pensando en este juicio que comienza ahora y que ya ha comenzado. Adelante, haciendo que nuestro corazón se abra a Jesús y a su salvación; adelante sin miedo, porque el amor de Jesús es más grande. Si pedimos perdón por nuestros pecados, él nos perdona. Jesús es así. Adelante, entonces, con esta certeza, que nos conducirá a la gloria del cielo.

Santo Padre Francisco

Audiencia general del miércoles, 11 de diciembre de 2013

Una llamada urgente a la conversión

Las palabras dirigidas a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún no nacen del deseo de condenar, sino del dolor de Cristo ante un corazón que permanece cerrado. Haber recibido más luz implica también una responsabilidad mayor: reconocer la visita de Dios y responder con una vida renovada.

Catecismo de la Iglesia Católica

V. El Juicio final

1038. La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz […] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 28-29).

Entonces Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles […]. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda […]. E irán estos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna» (Mt 25, 31-32.46).

1039. Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta definitivamente al descubierto la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” […], se volverá hacia los malos: “Yo había colocado sobre la tierra a mis pobres para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado algo a mis miembros, eso habría subido hasta la cabeza”».

San Agustín
Sermo 18, 4, 4

1040. El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Solo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; solo él decidirá su advenimiento. Entonces pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo su palabra definitiva sobre toda la historia.

Conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

1041. El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios concede todavía a los hombres «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios, compromete con la justicia del Reino y anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor, que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2 Ts 1, 10).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Antes de dormir, haré un breve examen del día y me preguntaré con sinceridad: ¿han sido Dios y su voluntad el centro de mi jornada?

Diálogo con Cristo

Jesús, dame la gracia de vivir en conversión permanente. Ayúdame a colaborar con tu gracia para despojarme del hombre viejo y renunciar a todo aquello que me aleja de Ti. En la medida en que cada día permita que transformes mi corazón, también podré contribuir a transformar el mundo. Te prometo fomentar todo aquello que me haga parecerme más a Ti.

Palabra para guardar en el corazón

La salvación consiste en abrir el corazón a Jesús y dejarse transformar por su misericordia.

Para seguir profundizando

✠ ✠ ✠
Evangelio del día: No he venido a traer la paz, sino la espada

Evangelio del día: No he venido a traer la paz, sino la espada

Mateo 10, 34-42; 11, 1

Lunes de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario

El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres ni poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro del Éxodo, Éx 1, 8-14.22
Salmo Sal 124 (123), 1-8

Oración introductoria

Señor, gracias por este momento de oración. Concédeme la luz necesaria para salir de esa falsa paz en la que acomodo mi vida, evitando el compromiso auténtico de la fe. Espíritu Santo, lléname de tu gracia para que pueda comprender lo que hoy quieres decirme por medio del Evangelio.

Petición

Señor, concédeme que mi entrega en el Regnum Christi esté marcada siempre por el sello de la generosidad y la alegría.

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de este día hay una expresión de Jesús que siempre atrae nuestra atención y que es necesario comprender bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Y añade: «En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra» (Lc 12, 51-53).

Quien conozca, aunque sea mínimamente, el Evangelio de Cristo sabe que es un mensaje de paz por excelencia. Jesús mismo, como escribe san Pablo, «es nuestra paz» (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el Reino de Dios, que es amor, alegría y paz. ¿Cómo se explican entonces esas palabras suyas? ¿A qué se refiere el Señor cuando dice —según la redacción de san Lucas— que ha venido a traer la «división», o —según la redacción de san Mateo— la «espada»? (Mt 10, 34).

Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien debe afrontar necesariamente incomprensiones y, a veces, auténticas persecuciones.

Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus propias familias. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero, para vivirlo de modo auténtico, no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo.

De este modo, siguiendo los pasos del Señor Jesús, los cristianos se convierten en «instrumentos de su paz», según la célebre expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo cotidiano por vencer el mal con el bien (cf. Rom 12, 21), pagando personalmente el precio que esto implica.

La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.

Santo Padre Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 19 de agosto de 2007

Para comprender correctamente este Evangelio

Jesús no bendice la violencia ni la discordia. La «espada» simboliza la decisión que exige la verdad. Quien elige seguir a Cristo puede encontrar resistencia, pero no debe responder con odio. El discípulo combate el mal mediante la fe, la oración, la caridad y la perseverancia.

Catecismo de la Iglesia Católica

VII. «Y líbranos del mal»

2850. La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el «nosotros», en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en «comunión con los santos».

2851. En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» (diá-bolos) es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y en su obra de salvación cumplida en Cristo.

2852. «Homicida […] desde el principio […], mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, el seductor del mundo entero» (Ap 12, 9), es aquel por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y por cuya definitiva derrota toda la creación será «liberada del pecado y de la muerte».

«El Señor, que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas, también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo que os combate, para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios no tema al demonio. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”».

San Ambrosio
De sacramentis, 5, 30

2853. La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) se adquirió de una vez para siempre en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está «echado abajo» (Jn 12, 31).

El Maligno se lanza en persecución de la Mujer, pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, «llena de gracia» del Espíritu Santo, es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte. Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 17.20), ya que su Venida nos librará definitivamente del Maligno.

2854. Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo.

«Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».

Misal Romano, embolismo del rito de la Comunión

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Hoy renunciaré a algo que me agrade especialmente y lo ofreceré por una persona que necesite encontrarse con Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, bien sabes que quiero ser santo, pero fácilmente olvido que la santidad se fragua en la renuncia, la abnegación y la generosidad; en el desinterés y el olvido de mí mismo para favorecer el bien de los demás. Permíteme comprobar que hay mayor felicidad en dar que en recibir y ayúdame a edificar mi santidad mediante la práctica cotidiana de las virtudes que engrandecen mi amor a Ti y al prójimo, especialmente a ese prójimo cercano que tantas veces olvido.

Palabra para guardar en el corazón

«El que pierda su vida por mí, la encontrará».

Para seguir profundizando

✠ ✠ ✠
Evangelio del día: Sembrador de vida

Evangelio del día: Sembrador de vida

Mateo 13, 1-23

Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

Permite a Cristo sembrar en tu corazón. Deja que Él y su Palabra entren verdaderamente en tu vida; permite que la semilla germine, eche raíces, crezca y produzca fruto.

Evangelio del día

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!».

Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?».

Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.

Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: “Por más que oigan, no comprenderán; por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure”.

Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta enseguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Palabra central: la semilla es buena y conserva toda su fuerza. La pregunta de la parábola no es si Dios sigue sembrando, sino qué encuentra su Palabra cuando llega a nuestro corazón.

Lecturas

Primera lectura Libro de Isaías, Is 55, 10-11
Salmo Sal 65(64), 10-14
Segunda lectura Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 8, 18-23

Oración introductoria

Señor Dios, Tú muestras la luz de tu verdad a quienes andamos extraviados para que podamos volver al buen camino. Concédeme que esta oración me ayude a rechazar todo aquello que impide que la semilla de mi fe crezca y fructifique en obras buenas.

Petición

Jesús, aumenta mi fe, para que aprenda a reconocer tu presencia y a recibir cada circunstancia de mi vida como una ocasión para crecer contigo.


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos jóvenes, el Señor los necesita. También hoy llama a cada uno de ustedes a seguirlo en su Iglesia y a ser misioneros. El Señor hoy los llama, no al montón, sino a cada uno personalmente. Escuchen en el corazón lo que les dice.

Pienso que podemos aprender algo de lo ocurrido durante estos días: cómo tuvimos que cancelar por el mal tiempo la realización de esta vigilia en el Campus Fidei, en Guaratiba. ¿No estaría el Señor queriendo decirnos que el verdadero campo de la fe no es un lugar geográfico, sino que somos nosotros?

Cada uno de nosotros es Campo de la Fe de Dios. Por eso, partiendo de esta imagen, podemos comprender mejor qué significa ser discípulo y misionero: el campo es, ante todo, el lugar donde se siembra.

El campo donde Dios siembra

Todos conocemos la parábola de Jesús que habla de un sembrador que salió a sembrar. Algunas semillas cayeron al borde del camino, otras entre piedras o en medio de espinas y no llegaron a desarrollarse; pero otras cayeron en tierra buena y dieron mucho fruto.

Jesús mismo explicó el significado de la parábola: la semilla es la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón. Cada día Jesús sigue sembrando. Cuando acogemos la Palabra de Dios, nos convertimos en el Campo de la Fe.

«Dejen que Cristo y su Palabra entren en su vida. Dejen entrar la semilla de la Palabra de Dios; dejen que germine y que crezca».

Dios realiza la obra, pero nosotros debemos permitirle actuar. Él quiere trabajar la tierra del corazón, arrancar lo que impide el crecimiento, abrir surcos nuevos y fortalecer las raíces. La gracia no destruye nuestra libertad: la despierta y pide nuestra respuesta.

¿Qué clase de terreno somos?

Jesús nos dice que las semillas que cayeron al borde del camino, entre piedras o en medio de espinas no dieron fruto. Podemos preguntarnos con sinceridad: ¿qué clase de terreno soy y qué clase de terreno deseo ser?

A veces somos como el camino: escuchamos al Señor, pero nada cambia en nuestra vida porque nos dejamos aturdir por tantos reclamos superficiales. La Palabra pasa cerca, pero no logra entrar; permanece en la superficie y pronto es arrebatada.

Otras veces somos como el terreno pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes. Cuando llegan las dificultades, no tenemos el valor de ir a contracorriente y abandonamos lo que habíamos comenzado.

También podemos parecernos al terreno cubierto de espinas: las preocupaciones, las pasiones desordenadas, el deseo de agradar a todos, el apego a las cosas o la búsqueda de comodidad sofocan la Palabra. Queremos recibir la semilla de Jesús mientras seguimos regando las espinas que crecen en el corazón.

Terreno Qué sucede Conversión necesaria
Camino endurecido La Palabra se escucha, pero no llega al interior. Recuperar el silencio, la atención y la escucha verdadera.
Terreno pedregoso Hay entusiasmo inicial, pero faltan raíces y perseverancia. Aceptar el esfuerzo, sostener la oración y permanecer en las pruebas.
Terreno con espinas Las preocupaciones y los apegos ahogan la vida espiritual. Ordenar los afectos, simplificar la vida y elegir lo esencial.
Tierra buena La Palabra es acogida, comprendida y llevada a la vida. Cuidar la gracia, perseverar y dejar que el fruto sirva a los demás.

Un pequeño espacio de tierra buena

Tal vez alguien piense: «Yo no soy tierra buena; estoy lleno de piedras, espinas y maleza». Pero el Señor no pide que todo esté perfectamente preparado antes de acercarse. Basta ofrecerle un pequeño espacio sincero, un rincón del corazón en el que pueda caer la semilla.

Cristo puede comenzar por ese pequeño trozo de tierra. Si se lo entregamos de verdad, la semilla germinará y sus raíces irán transformando el resto del terreno. La santidad no comienza cuando todo está resuelto, sino cuando dejamos que Dios empiece a trabajar.

Momento de silencio

Mira tu corazón y dile a Jesús: «Señor, Tú conoces mis piedras, mis espinas y mis resistencias. Pero mira también este pequeño espacio que hoy te ofrezco. Siembra en él tu Palabra y cuida Tú mismo su crecimiento».

Cristianos auténticos

El Papa Francisco invita a no ser cristianos a tiempo parcial, cristianos de fachada o personas que conservan sólo una apariencia religiosa. La buena tierra representa a quienes permiten que la Palabra alcance las decisiones, los afectos, las relaciones, el trabajo, el estudio y el modo de tratar a los demás.

La libertad verdadera no consiste en dejarse arrastrar por las modas o por las conveniencias del momento. Consiste en poder elegir el bien, permanecer fieles y tomar decisiones que den pleno sentido a la vida.

Cada uno conoce el nombre de la semilla que Jesús quiere depositar hoy en su corazón: quizá una llamada al perdón, a la oración, a la entrega, a la vocación, al servicio, a la reconciliación o a una vida más limpia. Dejemos crecer esa semilla y confiemos en que Dios sabrá cuidarla.

Santo Padre Francisco
Vigilia con los jóvenes del sábado, 27 de julio de 2013
XXVIII Jornada Mundial de la Juventud


Catecismo de la Iglesia Católica

IV. La santidad cristiana

2012. «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman […] A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los llamó; y a los que llamó, a esos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorificó» (Rm 8, 28-30).

2013. «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Lumen gentium, 40). Todos son llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (Lumen gentium, 40).

2014. El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama «mística», porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos —los «santos misterios»— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de la vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar el don gratuito hecho a todos.

2015. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación, que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

«El que asciende no termina nunca de subir; y va paso a paso. No se alcanza nunca el final de lo que es siempre susceptible de perfección. El deseo de quien asciende no se detiene nunca en lo que ya le es conocido».

San Gregorio de Nisa
In Canticum, homilía 8

2016. Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y la recompensa de Dios Padre por las obras buenas realizadas con su gracia y en comunión con Jesús. Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la bienaventurada esperanza de aquellos a quienes la misericordia divina congrega en la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén.

Catecismo de la Iglesia Católica

Examen de la tierra del corazón

Antes de pasar al propósito, conviene detenerse en silencio. La parábola no invita a clasificar a los demás, sino a reconocer qué está ocurriendo hoy dentro de nosotros.

  • ¿Qué palabra de Jesús he escuchado muchas veces sin dejar que cambie mi vida?
  • ¿Qué dificultad suele hacerme abandonar mis buenos propósitos?
  • ¿Qué preocupación, apego o costumbre está ahogando mi vida espiritual?
  • ¿Qué fruto concreto quiere producir Dios en mí para bien de los demás?

Propósito

Dedicaré un momento del día a reconocer algún «terreno pedregoso» de mi vida y pensaré una acción concreta para comenzar a retirarlo, de modo que la semilla del amor de Dios pueda echar raíces y crecer en su lugar.

Diálogo con Cristo

Señor, no permitas que la semilla de la fe se vaya ahogando en mi vida. Concédeme descubrir cuáles son las piedras, las espinas y las distracciones que le impiden crecer.

Ayúdame a desprenderme de todo lo que seca la tierra de mi alma y me impide dar frutos de oración, apostolado, caridad y perseverancia. Haz de mi corazón una tierra disponible, profunda y fecunda, donde tu Palabra pueda permanecer y transformar también la vida de quienes me rodean.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

La tierra buena no es un corazón sin dificultades, sino un corazón que permite a Dios trabajar. Hoy no necesito resolverlo todo: basta con ofrecerle sinceramente un pequeño espacio en el que su Palabra pueda comenzar a crecer.

Evangelio del día: Instrucción a los discípulos

Evangelio del día: Instrucción a los discípulos

Mateo 10, 16-23

Viernes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

El Evangelio debe ser llevado al mundo con el estilo cristiano: como corderos en medio de lobos, con prudencia, sencillez y alegría.

Evangelio del día

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos.

Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes que llegue el Hijo del hombre».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 46, 1-7.28-30

Salmo: Sal 37(36)

Oración introductoria

Señor Jesús, gracias por esta oportunidad de poder dialogar contigo en la oración. Tú lo sabes todo, sabes que quiero responder a la misión que me has encomendado; por eso te ofrezco toda mi atención y confío en que me darás tu gracia indispensable para trabajar con entusiasmo y amor en la extensión de tu Reino.

Petición

Señor, concédeme la gracia de aceptar tus indicaciones para ser un auténtico discípulo y misionero de tu Iglesia.


Meditación del Santo Padre Francisco

Un cristiano «debe permanecer siempre como un cordero»: este es un aspecto esencial de la identidad cristiana.

«El cristiano es un cordero y debe conservar esta identidad de cordero: “¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos”». Es necesario, por lo tanto, permanecer como corderos y no convertirse en lobos, porque a veces la tentación nos hace pensar: «esto es difícil, estos lobos son astutos y yo también seré más astuto que ellos».

Por eso hay que permanecer como «cordero, no como tonto, sino cordero. Cordero, con la astucia cristiana, pero siempre cordero. Porque si tú eres cordero Él te defiende. Pero si te sientes fuerte como el lobo, Él no te defiende, te deja solo. Y los lobos te comerán crudo».

Clave espiritual: la prudencia cristiana no consiste en volverse duro, agresivo o calculador, sino en permanecer unido a Cristo sin perder la sencillez del corazón.

«¿Cuál es el estilo del cristiano en este caminar como cordero?», se preguntó después el Papa. «La alegría», fue su respuesta. «La alegría es el estilo del cristiano. El cristiano no puede caminar sin alegría. No se puede caminar como corderos sin alegría».

Esta actitud se debe mantener siempre, incluso ante los problemas, también «con los propios errores y pecados», porque está la alegría de Jesús, que siempre perdona y ayuda.

El Evangelio debe ser llevado al mundo por estos corderos que caminan con alegría. «No hacen un favor al Señor en la Iglesia esos cristianos que tienen un tiempo de adagio quejumbroso, que viven siempre así, lamentándose de todo, tristes. Éste no es el estilo de un discípulo».

San Agustín dice: «sigue, sigue adelante, canta y camina, con la alegría». Este es el estilo del cristiano: anunciar el Evangelio con alegría. En cambio, demasiada tristeza y amargura nos llevan a vivir un cristianismo sin Cristo.

El cristiano no está nunca quieto: es un hombre, una mujer que camina siempre, que va más allá de las dificultades. Y lo hace con sus fuerzas y con alegría. «Que el Señor nos conceda la gracia de vivir como cristianos que caminan como corderos y con alegría».

Santo Padre Francisco
Adelante más allá de los obstáculos
Homilía del viernes, 14 de febrero de 2014


Catecismo de la Iglesia Católica

III. Vida moral y testimonio misionero

2044. La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos.

2045. Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo cuya Cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles.

2046. Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, Reino de justicia, de verdad y de paz. Esto no significa abandonar las tareas terrenas, sino cumplirlas con rectitud, paciencia y amor.

Catecismo de la Iglesia Católica

Para meditar

Astutos Sencillos Alegres
No ingenuos ante el mal, atentos a las tentaciones y firmes en la fe. Sin doblez, sin violencia interior, sin perder la confianza en Dios. No porque todo sea fácil, sino porque Cristo camina con nosotros.

Propósito

Acercarme al Sagrario y pedir al Señor la gracia de vivir como cristiano que camina como cordero y con alegría.

Diálogo con Cristo

Señor, no permitas que me autoengañe «aparentando» seguir tu voluntad cuando en el fondo busco hacer mi parecer. Tú me enseñas que quien te lleva en el corazón se llena de paz y transmite la paz. Ayúdame a crecer en la paciencia y la humildad, para ser instrumento de tu paz donde haya desunión, egoísmo o tristeza.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Cuando aparezca una dificultad, una crítica o una contrariedad, repetir interiormente: «Señor, que no pierda la sencillez ni la alegría». Esa pequeña oración puede impedir que el corazón se vuelva lobo.

Evangelio del día: Instrucciones a los Doce

Evangelio del día: Instrucciones a los Doce

Mateo 10, 7-15

Jueves de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre. En la medida en que Dios logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, justicia, paz y dignidad para todos.

Evangelio del día

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.

No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella.

Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes. Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies.

Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 44, 18-21.23b-29; 45, 1-5

Salmo: Sal 105(104)

Oración introductoria

Señor, ayúdame a dejar atrás mi pereza espiritual y mi indiferencia, para que esta oración me dé la luz y la fuerza que tanto necesito para vivir tu mandamiento del amor. Tú me das a manos llenas mientras que yo soy mezquino y calculador; por eso te doy mi corazón en esta oración, para que lo transformes con el fuego de tu amor.

Petición

Señor, ayúdame a aprender a ser tu apóstol, a ser hoy mejor de lo que fui ayer.


Meditación del Santo Padre Francisco

El Reino que nos reclama

180. Leyendo las Escrituras queda por demás claro que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación personal con Dios. Nuestra respuesta de amor tampoco debería entenderse como una mera suma de pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados, lo cual podría constituir una «caridad a la carta», una serie de acciones tendentes sólo a tranquilizar la propia conciencia.

La propuesta es el Reino de Dios; se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.

Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Buscamos su Reino: «Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura» (Mt 6,33). El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre; Él pide a sus discípulos: «¡Proclamad que está llegando el Reino de los cielos!» (Mt 10,7).

Clave espiritual: anunciar el Reino no es sólo hablar de Dios; es dejar que Dios transforme la vida personal, familiar y social desde dentro.

181. El Reino que se anticipa y crece entre nosotros lo toca todo y nos recuerda aquel principio de discernimiento que Pablo VI proponía con relación al verdadero desarrollo: «todos los hombres y todo el hombre».

Sabemos que «la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre».

Se trata del criterio de universalidad, propio de la dinámica del Evangelio, ya que el Padre desea que todos los hombres se salven y su plan de salvación consiste en «recapitular todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo un solo jefe, que es Cristo» (Ef 1,10).

El mandato es: «Id por todo el mundo, anunciad la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15), porque «toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios» (Rm 8,19).

Toda la creación quiere decir también todos los aspectos de la vida humana, de manera que «la misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal». Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño.

La verdadera esperanza cristiana, que busca el Reino escatológico, siempre genera historia.

Santo Padre Francisco
Exhortación Apostólica Evangelii gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual


Catecismo de la Iglesia Católica

IV. La Iglesia es apostólica

857. La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

  • Fue y permanece edificada sobre «el fundamento de los Apóstoles», testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo.
  • Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza y el buen depósito recibido de los Apóstoles.
  • Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral.

858. Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, llamó a los que quiso e instituyó a los Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío».

859. Jesús los asocia a su misión recibida del Padre. Los Apóstoles saben que están calificados por Dios como ministros de una nueva alianza, ministros de Dios, embajadores de Cristo, servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

860. En el encargo dado a los Apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de su misión, pues Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos.

861. Para que continuase después de su muerte la misión confiada a los Apóstoles, ellos encargaron a sus colaboradores que terminaran y consolidaran la obra comenzada, cuidando de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto como pastores.

862. Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, también permanece el ministerio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, ejercido perennemente por el orden sagrado de los obispos.

863. Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de san Pedro y de los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es enviada al mundo entero.

864. La fecundidad del apostolado depende de la unión vital con Cristo. La caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, siempre es como el alma de todo apostolado.

865. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos el Reino de Dios.

Catecismo de la Iglesia Católica

Para meditar

Recibir gratis Dar gratis Construir el Reino
La fe, la gracia y la misión son dones recibidos de Dios. El apóstol no calcula ni se reserva: entrega lo recibido. El Evangelio transforma la vida personal, familiar y social.

Propósito

No dejarme influir por la indiferencia o la tibieza, y renovar hoy mi espíritu de generosidad.

Diálogo con Cristo

Las instrucciones son claras. Creer, confiar y amar me llevará a vivir en plenitud mi vocación cristiana, con pasión y entrega generosa, porque sólo tengo una vida y no debo perder el tiempo buscando placeres pasajeros y egoístas. Señor, quiero invertir todo mi tiempo y energía en llevar a cabo la misión que me has encomendado; con tu gracia lo puedo lograr.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Hoy puedo preguntarme: ¿qué he recibido gratuitamente de Dios? Después, convertir esa respuesta en una acción concreta: una palabra de paz, una ayuda desinteresada, una visita, una oración o un gesto de reconciliación.

Evangelio del día: La misión y los poderes de los discípulos

Evangelio del día: La misión y los poderes de los discípulos

Mateo 10, 1-7

Miércoles de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

El discípulo del Señor persevera con alegría cuando está con Él, cuando hace su voluntad y cuando comparte la fe, la esperanza y la caridad evangélica.

Evangelio del día

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 41, 55-57; 42, 5-7a.17-24a

Salmo: Sal 33(32)

Oración introductoria

Señor, te busco en esta oración sabiendo que el celo por las almas te consume. Confío en que, así como enviaste a tus doce apóstoles a buscar a las ovejas perdidas, hoy me ilumines para conocer y cumplir mi misión.

Petición

Jesús, quiero colaborar contigo en la obra de la salvación. Hazme ver dónde y cómo puedo hacerlo.


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la Iglesia están llamados a participar, ya que la Iglesia es misionera por naturaleza: la Iglesia ha nacido «en salida».

La Jornada Mundial de las Misiones es un momento privilegiado en el que los fieles de los diferentes continentes se comprometen con oraciones y gestos concretos de solidaridad para ayudar a las Iglesias jóvenes en los territorios de misión. Se trata de una celebración de gracia y de alegría.

De gracia, porque el Espíritu Santo, mandado por el Padre, ofrece sabiduría y fortaleza a aquellos que son dóciles a su acción. De alegría, porque Jesucristo, Hijo del Padre, enviado para evangelizar al mundo, sostiene y acompaña nuestra obra misionera.

Clave espiritual: la alegría del discípulo no nace del éxito visible, sino de saberse amado, elegido y enviado por Cristo.

El evangelista cuenta que el Señor envió a los setenta discípulos, de dos en dos, a las ciudades y pueblos, a proclamar que el Reino de Dios había llegado y a preparar a los hombres al encuentro con Jesús. Después de cumplir esta misión de anuncio, los discípulos volvieron llenos de alegría.

Jesús les advierte que no se alegren por el poder que se les ha dado, sino por el amor recibido: «porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». A ellos se les ha concedido experimentar el amor de Dios, e incluso la posibilidad de compartirlo.

Dios ha escondido y ha revelado. Ha ocultado los misterios del Reino a quienes están demasiado llenos de sí mismos y pretenden saberlo todo, pero los ha revelado a los pequeños: los humildes, los sencillos, los pobres, los cansados y oprimidos.

La Buena Noticia conduce a la salvación. María, llevando en su vientre a Jesús, el Evangelizador por excelencia, encuentra a Isabel y canta el Magnificat. Jesús, al ver el fruto de la misión de sus discípulos, se regocija en el Espíritu Santo y se dirige al Padre en oración.

El Padre es la fuente de la alegría. El Hijo es su manifestación, y el Espíritu Santo, el animador. «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús».

Los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización. Donde hay alegría, fervor y deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones.

La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. Por eso, las comunidades cristianas deben vivir una vida fraterna intensa, basada en el amor a Jesús y atenta a las necesidades de los más desfavorecidos.

«Dios ama al que da con alegría». La contribución personal a la misión es signo de una oblación de sí mismo, primero al Señor y luego a los hermanos, porque la propia ofrenda se convierte en instrumento de evangelización.

El discípulo del Señor persevera con alegría cuando está con Él, cuando hace su voluntad, cuando comparte la fe, la esperanza y la caridad evangélica.

Dirigimos nuestra oración a María, modelo de evangelización humilde y alegre, para que la Iglesia sea el hogar de muchos, una madre para todos los pueblos y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo.

Santo Padre Francisco
Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de 2014
Domingo, 8 de junio de 2014, Solemnidad de Pentecostés


Catecismo de la Iglesia Católica

I. La Tradición apostólica

75. Cristo nuestro Señor, en quien alcanza su plenitud toda la Revelación de Dios, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta.

76. La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras: oralmente, por la predicación, ejemplos e instituciones de los Apóstoles; y por escrito, mediante los mismos Apóstoles y varones apostólicos inspirados por el Espíritu Santo.

77. Para que el Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, dejándoles su cargo en el magisterio.

78. Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es llamada Tradición. Por ella, la Iglesia conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree.

79. Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica

Para meditar

Llamados Enviados Sostenidos
Jesús llama por el nombre y reúne a los suyos. El discípulo no vive encerrado: anuncia que el Reino está cerca. La misión no nace de la fuerza propia, sino de la gracia recibida.

Propósito

Examinar mi responsabilidad como discípulo y misionero de Cristo y rezar hoy por un sacerdote en particular.

Diálogo con Cristo

Señor, me has elegido a pesar de mi debilidad. Quiero corresponder a tanto amor e imitar tu entrega a la misión. Te ofrezco mi trabajo de este día como respuesta a tu llamado a ser tu discípulo y misionero, sabiendo que el modo más eficaz de comunicarte se logra por la autenticidad de mi testimonio, que, con tu gracia, puede iluminar la vida de los demás.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Cristo no llama a perfectos, sino a discípulos disponibles. Hoy puedo preguntarme: ¿a qué oveja perdida me envía el Señor? Quizá sea una persona cercana que necesita escucha, ánimo, oración o un testimonio sencillo de fe.

Evangelio del día: Jesús cura a un mudo

Evangelio del día: Jesús cura a un mudo

Mateo 9, 32-38

Martes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

Jesús pide a la Iglesia incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino.

Evangelio del día

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel».

Pero los fariseos decían: «Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios».

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

Primera lectura: Libro de Oseas, Os 8, 4-7.11-13.

Salmo: Sal 114(113b), 3-10.


Oración introductoria

Jesús, me postro ante tu presencia con la seguridad de tu amor. Tu gracia puede moldear mi corazón, curarlo de esas debilidades que me alejan de tu amor. Compadécete de mí: soy tu oveja descarriada que te busca en esta oración.

Petición

Señor, sé que la mies es mucha y los trabajadores pocos. ¡Hazme un obrero de tu mies!


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”».

Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios.

El campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que causa el «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con Él.

Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia.

Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios».

Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que Él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con Él y por Él.

Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño»; o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya». Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros.

Todo procede de Él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero —asegura el Apóstol— «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios». He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva.

Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en Él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser». Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio.

La vocación cristiana

Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar que no concuerdan con la voluntad de Dios. Toda vocación conduce a adorar al Señor y a servirlo en los hermanos.

También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación.

Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida». María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga».

La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno.

Vivir este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: la buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones o ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas.

Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que el Señor es fiel, y con Él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes.

Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, y con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz.

Y la cosecha será abundante en la medida de la gracia que sepamos acoger con docilidad en nosotros.

Santo Padre Francisco
Mensaje para la 51 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
IV Domingo de Pascua, 11 de mayo de 2014


Propósito

Organizar mi tiempo para participar en una Hora Eucarística por las vocaciones.

Diálogo con Cristo

Acéptame, Jesús, como uno de los tuyos, como un fiel seguidor dispuesto a todo por tu Reino.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Jesús mira a la multitud con compasión y no con desprecio. Donde otros ven cansancio, confusión o abandono, Él ve una mies preparada por Dios. La respuesta cristiana comienza con la oración y continúa con la disponibilidad: «Señor, envíame a tu mies».

Evangelio del día: Jesús resucita a una muchacha

Evangelio del día: Jesús resucita a una muchacha

Mateo 9, 18-26

Lunes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

Cuidar a los más débiles, a los más frágiles, es signo de verdadera civilización, humana y cristiana.

Evangelio del día

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá».

Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada».

Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó curada.

Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de él.

Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 28, 10-22a.

Salmo: Sal 91(90).


Oración introductoria

Señor, eres mi Salvador y Redentor. Creo que en este justo momento estabas esperando que dejara todo para tener un momento de oración; por eso me acerco con fe, confianza y mucho amor. Te ofrezco esta meditación por aquellos que temen acercarse a Ti.

Petición

Jesús, te pido una fe que toque y transforme mi vida entera.


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Quiero iniciar mi visita a Asís con vosotros. ¡Os saludo a todos! Hoy es la fiesta de san Francisco, y yo elegí, como Obispo de Roma, llevar su nombre. He aquí el motivo por el cual hoy estoy aquí: mi visita es sobre todo una peregrinación de amor, para rezar ante la tumba de un hombre que se despojó de sí mismo y se revistió de Cristo.

Siguiendo el ejemplo de Cristo, san Francisco amó a todos, especialmente a los más pobres y abandonados; amó con estupor y sencillez la creación de Dios. Al llegar aquí a Asís, en las puertas de la ciudad, se encuentra este Instituto, que se llama precisamente «Seráfico», un sobrenombre de san Francisco. Lo fundó un gran franciscano, el beato Ludovico de Casoria.

Y es justo partir de aquí. San Francisco, en su Testamento, dice: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecado, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo».

La sociedad, lamentablemente, está contaminada por la cultura del descarte, que se opone a la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles.

En esta Casa, en cambio, veo en acción la cultura de la acogida. Cierto, incluso aquí no será todo perfecto, pero se colabora juntos por la vida digna de personas con graves dificultades. Gracias por este signo de amor que nos ofrecéis: éste es el signo de la verdadera civilización, humana y cristiana.

Poner en el centro de la atención social y política a las personas más desfavorecidas. A veces, en cambio, las familias se encuentran solas al hacerse cargo de ellas. ¿Qué hacer? Desde este lugar donde se ve el amor concreto, digo a todos: multipliquemos las obras de la cultura de la acogida, obras animadas ante todo por un profundo amor cristiano, amor a Cristo Crucificado, a la carne de Cristo.

Servir con amor y con ternura a las personas que tienen necesidad de tanta ayuda nos hace crecer en humanidad, porque ellas son auténticos recursos de humanidad. San Francisco era un joven rico, tenía ideales de gloria, pero Jesús, en la persona de aquel leproso, le habló en silencio, y le cambió.

Le hizo comprender lo que verdaderamente vale en la vida: no las riquezas, la fuerza de las armas, la gloria terrena, sino la humildad, la misericordia, el perdón.

Aquí, queridos hermanos y hermanas, quiero leeros algo personal, una de las más bellas cartas que he recibido, un don de amor de Jesús. Me la escribió Nicolás, un muchacho de 16 años, discapacitado de nacimiento, que vive en Buenos Aires.

«Querido Francisco: soy Nicolás y tengo 16 años; como yo no puedo escribirte, pedí a mis padres que lo hicieran en mi lugar, porque ellos son las personas que más me conocen.

Te quiero contar que cuando tenía 6 años, en mi Colegio que se llama Aedin, el padre Pablo me dio la primera Comunión y este año, en noviembre, recibiré la Confirmación, una cosa que me da mucha alegría.

Todas las noches, desde que tú me lo has pedido, pido a mi ángel de la guarda, que se llama Eusebio y que tiene mucha paciencia, que te proteja y te ayude.

Me gustaría mucho ir a verte y recibir tu bendición y un beso: sólo esto. Te mando muchos saludos y sigo pidiendo a Eusebio que te cuide y te dé fuerza. Besos. Nico».

En esta carta, en el corazón de este muchacho está la belleza, el amor, la poesía de Dios. Dios se revela a quien tiene corazón sencillo, a los pequeños, a los humildes, a quien nosotros a menudo consideramos últimos.

En la capilla de este Instituto, el obispo ha querido que se tenga la adoración eucarística permanente: el mismo Jesús que adoramos en el Sacramento, le encontramos en el hermano más frágil, de quien aprendemos, sin barreras y complicaciones, que Dios nos ama con la sencillez del corazón.

Gracias a todos por este encuentro. Os llevo conmigo, en el afecto y en la oración. Pero también vosotros rezad por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen y san Francisco os protejan.

Santo Padre Francisco
Encuentro con los niños discapacitados y enfermos ingresados en el Instituto Seráfico
Discurso del viernes, 4 de octubre de 2013


Catecismo de la Iglesia Católica

VI. El amor de los pobres

2443. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda». Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres.

2444. El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención a los pobres.

2445. El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta.

«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros […]. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres» (St 5, 1-6).

2446. San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: «No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos».

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno).

2447. Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar y confortar son obras espirituales de misericordia; también lo son perdonar y sufrir con paciencia.

Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, y enterrar a los muertos.

2448. Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es signo de la debilidad congénita del hombre y de su necesidad de salvación.

2449. En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas corresponde a la exhortación del Deuteronomio: «Debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra».

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo».

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Rezar por las personas enfermas, especialmente por las que están cerca de mí.

Diálogo con Cristo

Señor, el oficial romano y la mujer con flujo de sangre me recuerdan lo maravilloso que es vivir con fe. Tú sabes exactamente qué es lo que necesito, mas esperas que me acerque a Ti y con confianza te pida lo que creo necesitar.

Por eso te suplico el don de una fe viva, que no olvide nunca que Tú eres mi Amigo fiel, el compañero que va conmigo siempre, mi Padre bueno que vela continuamente sobre mí.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Cristo se deja tocar por quien se acerca con fe y toma de la mano a quien todos dan por perdido. La fe cristiana no mira al débil como carga, sino como lugar donde Cristo quiere manifestar su vida.