Orar haciendo deporte

Orar haciendo deporte

Taller de oración

Orar haciendo deporte

Aprender a descubrir momentos de encuentro con Dios mientras entrenas, compites, te esfuerzas y disfrutas.

«También tu cuerpo, tu esfuerzo y tu alegría pueden entrar en tu conversación con Dios.»

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Presentación

Quizá haces deporte porque te divierte, porque te gusta competir o porque sencillamente necesitas moverte. Algunos momentos de tu práctica deportiva pueden convertirse en encuentro con Dios. A veces puedes hablar con Él precisamente mientras entrenas.

Eso no significa que tengas que rezar durante todo el entrenamiento. Este taller quiere ayudarte a reconocer los momentos que sí dejan espacio interior y a encontrar una oración que encaje de verdad con ellos. Se trata de rezar, hacer deporte y disfrutar, sin forzar ninguna de las tres cosas.

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Índice

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1. Mens sana in corpore sano

Seguramente has oído mens sana in corpore sano. La frase viene de Juvenal, pero expresa una intuición que el cristianismo puede recoger y profundizar. No eres un alma metida dentro de un cuerpo: cuerpo y alma forman parte de quien eres.

Por eso cuidar el cuerpo no es ajeno a tu vida cristiana. Dios te ha creado entero y también puedes glorificarlo con tu cuerpo: cuidándolo, educándolo y poniéndolo al servicio del bien.

San Pablo habla del atleta, la carrera, el combate y la meta. Las cosas importantes necesitan entrenamiento; también la vida interior necesita constancia y la meta merece el esfuerzo.

Una frase antigua que los cristianos pueden hacer suya
Una mente sana y un cuerpo cuidado son buenos; la fe añade algo decisivo: ambos son dones de Dios y están llamados a formar una vida orientada hacia Él y hacia los demás.

«Dios no te ha dado solamente un alma: te ha creado entero.»

Idea destacada

Cuerpo y alma pertenecen a la misma persona creada por Dios. Cuidar, educar y desarrollar responsablemente el cuerpo no queda fuera de la vida cristiana: también puede formar parte de nuestra respuesta agradecida a los dones que hemos recibido.

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2. Cuida y desarrolla los dones que has recibido

Cuando haces deporte utilizas músculos, coordinación, inteligencia, voluntad, paciencia y resistencia. San Juan Pablo II recordaba que cuerpo, inteligencia y voluntad son dones del Creador. Lo que has recibido es un regalo y también algo que puedes aprender a desarrollar.

Rezar no sustituye al entrenamiento. Puedes pedir a Dios que te ayude a dar lo mejor de ti y después poner de tu parte el trabajo bien hecho: repetir, corregir, descansar y volver a intentarlo.

Cuidar no es idolatrar. Un cuerpo que necesita descanso o prudencia no te ha traicionado: conocer tus límites también forma parte de entrenar.

Antes de entrenar
Señor Jesús, gracias por el cuerpo y las capacidades que me has dado. Ayúdame a entrenar con constancia, alegría y humildad. Enséñame a esforzarme sin hacerme daño y a dar hoy lo mejor de mí. Amén.
Cuidar el cuerpo Convertirlo en un ídolo
Entrenar para desarrollarte. Obsesionarte con tu aspecto.
Descansar cuando lo necesitas. Ignorar límites y señales de alarma.

«Cuidar un don también significa aprender a trabajarlo bien.»

Idea destacada

Los dones que hemos recibido necesitan disciplina, técnica, descanso y responsabilidad. La oración puede acompañar y dar sentido al esfuerzo, pero no sustituye el entrenamiento ni el trabajo bien hecho.

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3. Cuando haces deporte con otros

En un equipo descubres que no basta con ser bueno tú. Tienes que confiar, ayudar y aceptar al otro. El deporte te hace necesitar a los demás y te recuerda que tu adversario no es tu enemigo.

No reces para ganar

Dos equipos pueden rezar antes de la misma final. Dios no lleva la camiseta de ninguno. No reces para ganar: pide poder dar lo mejor de ti, jugar limpiamente y aceptar el resultado.

Persignarte o dar gracias puede ser una oración preciosa si lo haces de corazón. Fe no es superstición. La oración se demuestra también al ganar sin arrogancia y perder sin desprecio.

Antes, durante y después
Antes: encomiéndate y ofrece el partido. Durante: una petición breve puede devolverte serenidad. Después: da gracias por haber podido jugar, también cuando el resultado no era el que querías.
Cuando pasa esto… Puedes rezar así
Antes de competir «Ayúdame a dar lo mejor de mí.»
Alguien se lesiona Pide por él, sea compañero o rival.
Te provocan Pide serenidad y dominio propio.
Ganas o pierdes Agradece, respeta y aprende.

«El rival está delante de ti, pero no deja de ser tu hermano.»

Idea destacada: La competición puede vivirse con compañerismo, sana competitividad, respeto y capacidad de perdonar. También puedes rezar por quien compite contra ti: Dios no «lleva nuestra camiseta», y el rival nunca deja de ser una persona a la que estamos llamados a querer y respetar.

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4. Cuando entrenas solo

En la piscina, corriendo, pedaleando o haciendo trabajo repetitivo puedes pasar mucho tiempo dentro de tu cabeza. Parte de ese tiempo puede convertirse en conversación con Dios: llevarle una preocupación, una decisión o una persona.

No buscamos poner la mente en blanco. La oración cristiana es encuentro con Alguien. Aprende a reconocer los momentos que dejan espacio para hablar con Él.

No tienes que rezar todo el tiempo
Acrobacias, trampolín, levantamientos exigentes, movimientos técnicos y jugadas rápidas necesitan concentración. La atención y seguridad también forman parte de cuidar el cuerpo.

«Cuando el cuerpo encuentra su ritmo, puede abrirse un espacio interior.»

Idea destacada: En algunos entrenamientos, la repetición y el aislamiento pueden favorecer el pensamiento profundo y la conversación con Dios. No se trata de «poner la mente en blanco», sino de descubrir que, mientras el cuerpo mantiene un movimiento conocido y rítmico, puede quedar un espacio interior para la oración.

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5. Pon la oración en el ritmo de tu cuerpo

Una forma sencilla es meter la oración en el ritmo del cuerpo: respiración, repetición, brazada, paso, pedaleo o serie. Así consigues que el tiempo no pase solamente por el cuerpo.

Si repites una jaculatoria, la atención irá y vendrá. De pronto escucharás de nuevo lo que estás diciendo y la oración vuelve. No necesitas atención perfecta en cada repetición: el ritmo puede sostener el hilo mientras vuelves una y otra vez a Dios.

Si estás haciendo… Puedes probar…
Natación Avemarías, decenas o misterios según largos y brazadas; rosario de dedo.
Carrera / bicicleta / aeróbico Jaculatorias al ritmo de respiración, pasos o pedaleo; conversación prolongada.
Musculación Invocación por repetición o serie; las series de tres pueden recordar Trinidad o Sagrada Familia.
Core / calistenia Jaculatorias, avemaría o petición acompasada a respiración y repetición.
Calentamiento / estiramientos Conversación con Dios, petición y acción de gracias.
Ejercicio con música Cuando la técnica lo permita, música que ayude a elevar el pensamiento y sostener la oración.
Busca tu oración
Prueba jaculatorias tradicionales, un avemaría en español o en latín si su cadencia te ayuda, o una frase breve tuya dirigida de verdad a Jesús. No conviertas el avemaría en un cronómetro vacío.
La oración vuelve
Si repites treinta veces «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía», quizá no atiendas igual las treinta. De pronto vuelves a escuchar las palabras. Ese regreso consciente también es oración.

«La oración puede aprender a seguir el ritmo de tu cuerpo.»

Idea destacada: Las jaculatorias, el avemaría o una oración breve pueden acompasarse con la respiración y las repeticiones. No necesitas mantener una atención perfecta en cada movimiento: mientras el cuerpo conserva su ritmo, la atención puede ir y volver, y cada regreso consciente a las palabras puede convertirse de nuevo en oración.

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6. Esto te lo ofrezco

Al final del entrenamiento, el cansancio normal puede convertir algo que te cuesta en una ocasión para ofrecerlo por amor. Quizá decides hacer con prudencia una serie o unos largos más.

Esos cinco largos finales ya no los haces solo por tu físico; los haces por una intención. Puedes ofrecerlos por una persona, una necesidad o como pequeña reparación unida a Cristo.

¿Por quién entrenas hoy?
[Invitar a elegir una persona o intención antes de la parte más exigente.]
Sacrificio no significa hacerte daño
Ofrece un esfuerzo razonable. Una lesión, un mareo, un dolor anormal o una situación peligrosa no son una oportunidad de oración. Hacerte daño no es sacrificio.

«Lo que cuesta puede convertirse en una oración cuando lo ofreces por amor.»

Idea destacada: Hay momentos en los que puedes superar voluntariamente la primera frontera del cansancio razonable y ofrecer ese esfuerzo a Dios por una persona o una intención. El sacrificio cristiano no consiste en poner el cuerpo en peligro ni en buscar el dolor: consiste en que un esfuerzo prudente y libre puede convertirse en oración cuando se ofrece por amor.

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7. Reza también cuando disfrutas

Orar haciendo deporte no es pensar solo en cansancio. Disfrutar también es un don: el agua, el movimiento, el juego, una técnica aprendida o una tarde con amigos son motivos para dar gracias.

Si llega la hora del Ángelus y puedes parar, hazlo con naturalidad. Si no puedes, rezarás después. Dios no desaparece cuando empieza el deporte: también puede formar parte de una vida vivida con Él.

Gracias también por disfrutar
Gracias, Señor, por poder moverme, aprender y disfrutar. Gracias por quienes entrenan y juegan conmigo, por lo que hoy me ha salido bien y por lo que todavía tengo que aprender. Que esta alegría me haga más agradecido y generoso. Amén.

«También puedes dar gracias por la alegría de jugar, moverte y compartir.»

Idea destacada: La oración durante el deporte no se reduce al sacrificio, al cansancio o al esfuerzo. También la alegría de moverte, disfrutar de la naturaleza, aprender, reír y compartir con tus amigos puede convertirse en acción de gracias sencilla y natural. Dar gracias a Dios porque lo has pasado bien también es rezar.

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8. Ahora hazlo tú

Elige tu próximo entrenamiento y prueba solamente una posibilidad concreta: una jaculatoria, un misterio del rosario, una intención o un agradecimiento final.

Después fíjate en lo que ha ocurrido. Si algo no encaja, no lo fuerces. La finalidad no es cumplir un método, sino descubrir tu forma de encontrarte con Dios también mientras haces deporte.

Mi entrenamiento y mi oración
1. Un momento en el que puedo rezar: __________
2. Una oración o jaculatoria que encaja con mi ritmo: __________
3. Una persona o intención por quien ofreceré un esfuerzo: __________
4. Un momento final para dar gracias: __________

«No necesitas cambiar de deporte: prueba a cambiar lo que haces con algunos de sus momentos.»

Idea destacada: Ahora te toca pasar de leer sobre la oración a probarla en un entrenamiento real. Antes de empezar puedes elegir un momento en el que rezar, una oración que acompañe tu ritmo, una persona por quien ofrecer un esfuerzo y un momento para dar gracias. No tienes que cambiar de deporte: empieza cambiando algunos de sus momentos.

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9. Oración de León XIV por los valores del deporte

Ahora vuelve a leerla. Después de este recorrido quizá reconozcas de otra manera sus palabras sobre el cuerpo, la amistad, el esfuerzo, la fraternidad, la derrota y la victoria. Intenta reconocer tu propia experiencia dentro de esta oración.

Texto oficial

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor de la vida,
te damos gracias por el don del deporte,
por quienes glorifican a Dios con el ejercicio de sus cuerpos,
por las amistades que nacen en la cancha
y la alegría de jugar en equipo.

Tú nos enseñas que en la vida, como en el juego,
nadie se salva solo.
Necesitamos del otro para crecer,
para aprender a respetar, superar límites,
y celebrar juntos los logros alcanzados.

Te pedimos que el deporte sea siempre
escuela de fraternidad y no de rivalidad vacía,
espacio de encuentro y no de exclusión,
camino de paz y no de violencia.

Haz que quienes practican, entrenan o animan
descubran en el deporte un lenguaje universal
que acerca culturas, une pueblos,
y siembra respeto, solidaridad y superación personal.

Señor Jesús,
que cada deporte sea parábola de una vida vivida contigo,
colaborando con esfuerzo y alegría,
viviendo con humildad en la derrota
y gratitud en la victoria que nos ofreces en tu resurrección.

Que nunca falte en nosotros tu Espíritu,
que nos hace un solo equipo, unido contigo
para construir comunión y fraternidad en la historia.
Amén.

León XIV, «Reza con el Papa» — Junio de 2026: Por los valores del deporte ↗

«El deporte también puede convertirse en parábola de una vida vivida con Dios.»

Idea destacada: En la oración de León XIV se unen cuerpo, dones, esfuerzo, fraternidad, humildad, alegría y perseverancia. La carrera representa una vida en la que cada uno avanza con capacidades y ritmos distintos, acompañado por los demás y abierto a Dios. No todos llegan igual, pero todos pueden convertir el camino recorrido en una vida vivida con Él.

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10. Para seguir orando y profundizando

Para seguir leyendo en la Biblia

1 Corintios 6, 19-20. El cuerpo y la gloria de Dios. Biblia de la CEE ↗

1 Corintios 9, 24-27. La carrera, el entrenamiento y la corona. Biblia de la CEE ↗

Filipenses 3, 12-14. Correr hacia la meta. Biblia de la CEE ↗

2 Timoteo 4, 7-8. Combatir el buen combate y completar la carrera. Biblia de la CEE ↗

Unas palabras para llevar contigo

Juvenal, poeta romano pagano: «Mens sana in corpore sano».

San Juan Pablo II: «El deporte… también tiene un alma».

San Juan Pablo II: «Ayúdales a realizar una armoniosa y coherente unidad de cuerpo y alma».

Francisco: «Dar lo mejor de uno mismo en el deporte es también una llamada a aspirar a la santidad».

León XIV: «Nadie se salva solo».

León XIV: «Que cada deporte sea parábola de una vida vivida contigo».

Fuentes y puertas para profundizar

1. Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, especialmente n. 14.

2. Catecismo de la Iglesia Católica. «Corpore et anima unus», nn. 362–365.

3. San Juan Pablo II. Homilía en el Jubileo de los deportistas, 29 de octubre de 2000.

4. San Juan Pablo II. «El rostro y el alma del deporte», 28 de octubre de 2000.

5. Francisco. Discurso en la Cumbre internacional «Deporte para todos», 30 de septiembre de 2022.

6. Francisco. Discurso a la Federación Italiana de Baloncesto, 31 de mayo de 2021.

7. Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Dar lo mejor de uno mismo.

8. Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Dar lo mejor de uno mismo, texto completo en PDF.

9. León XIV. «Reza con el Papa» — Junio de 2026: Por los valores del deporte.

10. León XIV. La Vida en Abundancia, carta sobre el valor del deporte, 6 de febrero de 2026.

«El entrenamiento termina; la conversación con Dios puede continuar.»

Idea destacada: El cuaderno termina, pero la vida de oración no se queda dentro de estas páginas ni termina cuando acaba el entrenamiento. Permanecen la Escritura, la oración de la Iglesia y tu propia experiencia para seguir aprendiendo a reconocer a Dios en la vida ordinaria. La carrera continúa, y la conversación con Él también.

Bibliografía fundamental

Esta catequesis se ha elaborado a partir de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia sobre el cuerpo, el deporte y la vida cristiana. Los enlaces siguientes permiten acceder directamente a los documentos utilizados como apoyo doctrinal y bibliográfico.

Concilio Vaticano II. Gaudium et spes. Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Especialmente n. 14, sobre la unidad corporal y espiritual de la persona humana.

Catecismo de la Iglesia Católica. «El hombre», nn. 362–365. Sobre la unidad de cuerpo y alma en la persona humana.

Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Dar lo mejor de uno mismo. Documento sobre la perspectiva cristiana del deporte y la persona humana, 1 de junio de 2018. Documento fundamental para la comprensión cristiana del deporte, la unidad de la persona, el esfuerzo, la formación, el juego, la competición y el desarrollo integral.

Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Dar lo mejor de uno mismo — presentación del documento, 1 de junio de 2018. Presentación de la perspectiva cristiana del deporte como lugar de encuentro, formación, misión y santificación.

San Juan Pablo II. Homilía en el Jubileo de los deportistas, 29 de octubre de 2000. Sobre san Pablo y la imagen del atleta, el deporte como don de Dios, el ejercicio del cuerpo, la inteligencia y la voluntad, la fraternidad y la unidad de cuerpo y alma.

San Juan Pablo II. Discurso al Congreso internacional «En el tiempo del jubileo: el rostro y el alma del deporte», 28 de octubre de 2000. Reflexión sobre la dimensión humana y espiritual del deporte y sus posibles desviaciones.

San Juan Pablo II. Ángelus del Jubileo de los deportistas, 29 de octubre de 2000. Sobre el deporte orientado al desarrollo integral de la persona, las relaciones fraternas y la alegría.

Papa Francisco. Discurso a los deportistas y organizadores del Partido de fútbol por la paz, 1 de septiembre de 2014. Sobre lealtad, compartir, acogida, diálogo, confianza en el otro, amistad y fraternidad.

Papa Francisco. Discurso a los directivos y futbolistas de Juventus y Lazio, 16 de mayo de 2017. Sobre equilibrio, autocontrol, respeto a las reglas, lealtad, humanidad y rechazo de la violencia en el deporte.

Papa Francisco. Discurso a los participantes en la Cumbre internacional «Deporte para todos», 30 de septiembre de 2022. Sobre juego, comunidad, inclusión, amistad, cohesión, paz y dimensión educativa del deporte.

Papa Francisco. Regina Caeli, 7 de abril de 2024. Invitación a promover un deporte que eduque para una sociabilidad abierta y solidaria y fomente la amistad social y la fraternidad.

Papa León XIV. La vida en abundancia. Carta sobre el valor del deporte, 6 de febrero de 2026. Sobre la armonía entre desarrollo físico y espiritual, el cuidado de uno mismo, la superación, la fraternidad, la disciplina y el sentido espiritual del esfuerzo.

Papa León XIV. «Reza con el Papa». Junio de 2026: Por los valores del deporte, 2 de junio de 2026. Oración que constituye el principal hilo espiritual de este taller: deporte como don, amistad, fraternidad, superación, paz, humildad, gratitud y vida compartida con Dios.

Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con apoyo de ChatGPT.

Autor: Guillermo Mirecki

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Orar contemplando la naturaleza

Orar contemplando la naturaleza

TALLER DE ORACIÓN

Orar contemplando la naturaleza

Aprender a mirar la creación hasta descubrir en ella una invitación a encontrarse con Dios

A veces, para empezar a orar, basta con detenerse y mirar.

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Presentación

Hay días en los que parece que todo hace ruido. El teléfono vibra, llegan mensajes, alguien habla, suena música, hay que estudiar, responder, llegar a tiempo. Incluso cuando estamos solos seguimos recibiendo estímulos. Por eso puede resultar extraño salir al campo, acercarse al mar, sentarse bajo un árbol o mirar el cielo y no hacer nada durante unos minutos.

Este taller propone precisamente eso: aprender a detenerse, mirar, escuchar y dejarse sorprender. Para un cristiano, la naturaleza no es solamente un paisaje bonito. Es creación de Dios, un don que hemos recibido y que estamos llamados a cuidar. Cuando aprendemos a contemplarla con atención, el asombro puede convertirse en agradecimiento, el agradecimiento en alabanza y la alabanza en oración.

No necesitas saber mucho ni sentir nada extraordinario. Tampoco tienes que irte muy lejos. Basta con encontrar un lugar donde puedas estar un rato en silencio y comenzar por algo muy sencillo: prestar atención.

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Índice

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1. Salir fuera

Estamos acostumbrados a que siempre esté pasando algo. Si esperamos unos minutos, miramos el móvil. Si caminamos, nos ponemos los auriculares. Si estamos solos, buscamos algo que ver o escuchar. No hay nada malo en muchas de esas cosas, pero podemos terminar perdiendo una capacidad importante: estar atentos a lo que tenemos delante.

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Prueba un día a salir sin buscar entretenimiento. Puede ser un parque tranquilo, el campo, la montaña, una playa, la orilla de un río o cualquier lugar donde la naturaleza tenga espacio. Al principio quizá te aburras. Quizá tengas ganas de mirar el teléfono. No pasa nada. Quédate un poco más.

Cuando dejamos de llenar cada minuto, comienzan a aparecer cosas que estaban allí antes que nosotros: un sonido lejano, el movimiento de una rama, una nube que cambia, la luz sobre una roca, el vuelo de un pájaro. El silencio no estaba vacío. Éramos nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a escucharlo.

Ese pequeño gesto —salir, detenerse y prestar atención— puede convertirse en el comienzo de una oración.

Salir fuera puede ser también salir, por un rato, del ruido.

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2. Estás ante algo creado

Para un cristiano, la naturaleza no es Dios. Un árbol no es Dios, el mar no es Dios y tampoco lo son el sol o las estrellas. Pero todo lo que existe ha recibido de Dios la existencia. La creación es un don que no nos hemos dado a nosotros mismos. Podemos admirarla, disfrutarla y utilizar sus bienes; precisamente por eso debemos también respetarla y agradecerla.

El papa Francisco recuerda en Laudato si’ una antigua mirada cristiana: la naturaleza es como un libro en el que Dios nos deja entrever algo de su hermosura y de su bondad. No hace falta buscar mensajes secretos en cada cosa. Basta con descubrir que la belleza recibida puede despertar la alabanza.

La creación no es Dios; es un don que habla de la bondad de su Creador.

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3. Una creación que debemos cuidar

Recibir algo como un regalo cambia nuestra manera de tratarlo. La tierra, el agua, los animales, los bosques y los recursos que necesitamos para vivir no son una propiedad sin límites. Formamos parte de la creación y tenemos una responsabilidad dentro de ella. Cuidar lo recibido también es una forma de agradecer.

La Iglesia habla de ecología integral porque todo está relacionado. No podemos preocuparnos por un bosque y olvidarnos de las personas; tampoco podemos defender la dignidad humana mientras destruimos irresponsablemente el entorno del que dependen otros. El cuidado de la creación, la justicia, la atención a los pobres y nuestra manera de consumir forman parte de una misma responsabilidad.

La conversión ecológica comienza muchas veces sin grandes discursos: desperdiciar menos, comprar con más responsabilidad, no ensuciar, cuidar el agua, respetar los lugares por los que pasamos y aprender a disfrutar sin destruir. Cuando dejamos de mirar la naturaleza solamente como algo que podemos usar, comenzamos también a estar preparados para contemplarla.

Una idea para recordar: es difícil contemplar algo mientras solamente pensamos en cómo utilizarlo.

Cuidar la creación empieza muchas veces en gestos que nadie aplaude.

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4. Aprender a estar

Busca un lugar y quédate allí. Guarda el móvil. Si puedes, quítate los auriculares y no intentes llenar inmediatamente el silencio. Durante unos minutos no tienes que conseguir nada. Simplemente permanece y abre los sentidos.

No estás mirando la naturaleza desde fuera: estás dentro de ella. También tu cuerpo forma parte de la creación. Escucha, mira, huele, toca y siente. No busques todavía explicaciones. Primero deja que la realidad llegue hasta ti.

Escuchar

Viento, agua, pájaros, hojas, insectos, pasos. Descubre cuántas cosas ocurren sin palabras.

Mirar

Formas, colores, luz, sombras, distancias, movimientos. Mirar despacio cambia lo que vemos.

Oler

Tierra, lluvia, hierba, pinos, flores, mar. Un olor puede hacernos presentes de golpe en un lugar.

Tocar

Una piedra, la corteza de un árbol, la hierba, el agua. La creación es concreta, no una idea.

Sentir

Frío, calor, sol, viento, humedad. Tú también eres criatura y recibes el mundo a través de tu cuerpo.

No hace falta convertir cada sensación en un símbolo. La primera tarea es más sencilla: estar de verdad donde estás.

Escuchar, mirar, oler, tocar, sentir: estar de verdad donde estás.

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5. Mirar hasta sorprenderte

Escoge una sola cosa. Una hoja, una piedra, una flor, una nube, una concha, una hormiga. Obsérvala durante un rato sin pensar enseguida que ya sabes lo que es. Fíjate en la forma, el color, las pequeñas diferencias, lo que cambia y lo que permanece. Ese paso de ver rápidamente a mirar de verdad es importante.

Cuanto más observamos, más descubrimos. Aparecen orden, relaciones, fragilidad, fuerza, movimiento y belleza. Algo que parecía sencillo comienza a resultar sorprendente. El papa Francisco ha explicado que la belleza y el misterio de la creación pueden despertar en el corazón el primer movimiento de la oración.

Entonces puede nacer una pregunta que no necesitas responder deprisa: ¿qué me dice todo esto de quien lo ha creado? El asombro no demuestra a Dios como una fórmula matemática. Pero puede abrir el corazón para reconocer que la realidad es mayor que nosotros y que hemos recibido mucho más de lo que solemos advertir.

A veces el asombro comienza cuando dejamos de decir: «Esto ya lo conozco».

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6. Los que buscaron a Dios en la naturaleza salvaje

Desde los primeros siglos hubo cristianos que dejaron ciudades y comodidades para buscar a Dios en lugares apartados. Algunos marcharon a los desiertos de Egipto y del norte de África; otros eligieron montañas, bosques, cuevas y valles. Entre ellos recordamos a san Pablo de Tebas, san Antonio Abad y santa María Egipcíaca.

La experiencia se extendió por todo el mundo cristiano. Hubo eremitas en Oriente, Grecia, Italia y España. También nuestras montañas conservaron esa memoria: en el Bierzo, por ejemplo, diversos monjes y eremitas buscaron lugares apartados para llevar una vida de oración, dando origen a la tradición conocida como Tebaida berciana.

No buscaban una aventura ecológica ni un paisaje bonito para sentirse bien. Buscaban a Dios. La naturaleza salvaje les quitaba comodidades, les hacía experimentar el frío, el calor, el hambre, la noche y el silencio, y les ayudaba a vivir con menos cosas y con más atención. Nosotros no necesitamos vivir en una cueva para aprender algo de ellos: a veces, alejarnos del ruido nos ayuda a escuchar mejor.

Muchos cristianos buscaron en montañas, bosques y desiertos un lugar donde toda la vida pudiera orientarse hacia Dios.

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7. Dios estaba allí

Puede que hayas salido pensando que ibas a buscar a Dios. Pero, si te detienes, aparece una idea más profunda: Dios estaba allí antes de que tú llegaras. No porque esté encerrado dentro de un árbol, una montaña o un río, sino porque ninguna criatura existiría si Él no la hubiera querido y no la sostuviera.

Dios no se confunde con su creación. La supera infinitamente. Y, sin embargo, está presente en todas partes con su poder creador y providente. Por eso contemplar una criatura puede conducir nuestra mirada más allá de ella: de la belleza al Autor de la belleza; de lo recibido al Dador; de la vida a Aquel que da la vida.

Entonces cambia la oración. Ya no estás solamente observando un paisaje. Puedes dar gracias. Puedes alabar. Puedes reconocer que tú también eres criatura y que tu vida es recibida. Y puedes quedarte sencillamente ante Dios, sin necesidad de explicar todo lo que estás sintiendo.

No llegamos a un mundo vacío: toda la creación existe ya bajo la mirada de Dios.

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8. Cuando sobran las palabras

Puedes empezar hablando con Dios. Darle gracias por algo que acabas de descubrir, alabarlo, contarle lo que llevas dentro o repetir lentamente una frase de la Escritura. La oración cristiana es una relación personal: estás con Alguien.

Después puede llegar un momento en que no necesites decir tanto. La contemplación cristiana no consiste en dejar la mente en blanco ni en perseguir una sensación especial. Consiste en permanecer conscientemente ante Dios, con fe y amor, dejando que poco a poco se calme también nuestro ruido interior.

La naturaleza te ha ayudado a detenerte, a abrir los sentidos y a asombrarte. Ahora puede ocurrir algo muy sencillo: lo que estabas mirando deja de ocupar el centro y tu atención descansa en el Creador. Si llegan palabras, úsalas. Si no llegan, permanece.

No busques sentir algo especial. La contemplación no se fabrica. Basta con permanecer ante Dios con sencillez.

Contemplar no es vaciarse: es permanecer ante Dios.

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9. Ahora hazlo tú

Una oración de 20–30 minutos en la naturaleza

No conviertas esta propuesta en una lista que haya que completar. Los tiempos son orientativos. Si un paso te ayuda a orar, quédate en él. No tienes ninguna meta que alcanzar.

1. Busca un lugar. Elige un espacio natural donde puedas permanecer con tranquilidad y seguridad.

2. Guarda el móvil. Si lo necesitas por seguridad, déjalo encendido, pero fuera de tu atención.

3. Quédate quieto. Durante un par de minutos no hagas nada. Deja que tu ritmo baje.

4. Abre los sentidos. Escucha, mira, huele, toca, siente el aire y la temperatura. No analices todavía.

5. Elige algo pequeño. Obsérvalo con calma. Déjate sorprender por algo que normalmente pasarías por alto.

6. Reconoce al Creador. Recuerda que estás ante algo recibido. Puedes decir sencillamente: «Gracias, Señor».

7. Habla con Dios. Cuéntale lo que ha despertado en ti este rato, o repite despacio una frase de la Escritura.

8. Guarda silencio. Si las palabras se acaban, no las fuerces. Permanece un poco más. Al terminar, da gracias.

No se trata de completar pasos, sino de dejar que la atención se convierta en oración.

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10. Volver

Cuando llegue el momento, levántate y vuelve a casa. No necesitas haber descubierto nada extraordinario. Quizá solamente hayas aprendido a mirar un poco mejor, a escuchar durante más tiempo o a dar gracias por algo que antes pasaba inadvertido.

Y cuando vuelvas otro día, puede que descubras algo nuevo. La creación sigue ahí. Dios también.

Llévate solamente un consejo: aquello que aprendemos a mirar con agradecimiento también aprendemos a cuidarlo. Si este rato de oración cambia un poco tu manera de tratar un árbol, un animal, el agua, la comida o las cosas que utilizas, la contemplación habrá empezado a entrar en tu vida.

Volvemos a la vida de siempre, pero podemos volver mirando de otra manera.

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Oración final

Décima ante la creación

Señor, tu luz en el río
me va contando tu bondad,
y en toda la inmensidad
reconozco tu albedrío.
Cuando en silencio sonrío,
te alabo por lo creado,
por cada don regalado,
por la tierra que germina,
por la estrella que ilumina
y por tu amor derramado.

Amén.

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Para seguir orando

Otro día puedes volver a la naturaleza llevando solamente un texto breve de la Palabra de Dios. No intentes leerlos todos. Escoge uno y deja que te acompañe.

Salmo 8. «Al ver tu cielo, hechura de tus dedos…». Una oración para contemplar la grandeza del universo y descubrir, dentro de él, la dignidad del ser humano. Biblia de la CEE ↗

Salmo 104. Un gran canto de alabanza a Dios por la diversidad y el orden de la creación. Biblia de la CEE ↗

1 Reyes 19, 9-13. Elías aprende que Dios no siempre se manifiesta en el estruendo y descubre su paso en el susurro de una brisa suave. Biblia de la CEE ↗

Sabiduría 13, 1-9. La belleza de las criaturas puede conducir al reconocimiento de su Autor. Biblia de la CEE ↗

Mateo 6, 25-34. Jesús invita a mirar los pájaros del cielo y los lirios del campo para aprender confianza. Biblia de la CEE ↗

Romanos 1, 19-20. San Pablo recuerda que las obras creadas pueden ayudarnos a reconocer algo de quien las ha hecho. Biblia de la CEE ↗

Cántico de las criaturas, de san Francisco de Asís. Una de las grandes oraciones cristianas de alabanza a Dios con y por la creación. Leer el texto ↗

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Fuentes

1. Francisco. Laudato si’. Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común. 24 de mayo de 2015.

2. Francisco. Laudate Deum. Exhortación apostólica sobre la crisis climática. 4 de octubre de 2023.

3. Francisco. Querida Amazonia. Exhortación apostólica postsinodal. 2 de febrero de 2020.

4. Francisco. «El misterio de la creación». Audiencia general. 20 de mayo de 2020.

5. Benedicto XVI. «El hombre en oración. 1». Audiencia general. 4 de mayo de 2011.

6. Francisco. Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación: «Espera y actúa con la creación». 27 de junio de 2024.

7. Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente n. 2566, sobre la oración en la historia de la salvación y la respuesta del ser humano al Dios creador.

8. San Francisco de Asís. Cántico del hermano Sol o Cántico de las criaturas.

9. Pastoral Juvenil Salesiana. «Oración en medio de la naturaleza».

10. Parroquia Santísima Trinidad de Collado Villalba. «Orar con la naturaleza».

Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con apoyo de ChatGPT.

Autor: Guillermo Mirecki

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Orar haciendo poesía

Orar haciendo poesía

Taller de oración

Orar haciendo poesía


«A veces basta una hoja en blanco para comenzar una conversación con Dios.»


Todos aprendemos a hablar. Nadie necesita que le enseñen a expresar una alegría, una preocupación o una pregunta cuando siente la confianza suficiente para hacerlo. Con la oración ocurre algo parecido. Muchas veces pensamos que rezar consiste únicamente en aprender unas fórmulas o repetir unas palabras que la Iglesia nos ha transmitido desde hace siglos. Y es verdad que esas oraciones forman parte de un tesoro inmenso que merece la pena conocer. Pero la oración también es un encuentro personal con Dios, una conversación que va creciendo poco a poco hasta hacerse tan natural como hablar con alguien que nos conoce y nos quiere de verdad.

En este Taller de oración iremos descubriendo distintos caminos que pueden ayudarte a rezar. Algunos pertenecen a la gran tradición de la Iglesia y otros nacen de experiencias muy sencillas que cualquiera puede vivir. En estas páginas vamos a detenernos en una de ellas: la poesía. No para aprender literatura ni para convertirnos en escritores, sino para descubrir que escribir unas palabras dirigidas a Cristo puede convertirse, muchas veces sin que apenas nos demos cuenta, en una de las formas más sinceras de oración.

¿Y si este verano hicieras silencio?

Cuando pensamos en el verano solemos imaginar vacaciones, viajes, playa, piscina, excursiones o tardes con los amigos. Todo eso forma parte de estos meses y es bueno disfrutarlo. Sin embargo, entre tantos momentos de actividad aparecen otros muy distintos: una tarde tranquila, un paseo al atardecer, una noche de estrellas, el rumor del mar, el silencio de una iglesia o simplemente la calma de una habitación. Son instantes que muchas veces pasan desapercibidos porque vivimos pendientes del siguiente plan, del siguiente vídeo o de la siguiente notificación del teléfono. Sin embargo, cuando dejamos de correr durante unos minutos, descubrimos que el silencio no está vacío. Poco a poco empezamos a escuchar mejor lo que llevamos dentro y comprendemos que también ahí puede esperar Dios.

Quizá nunca te hayas planteado aprovechar uno de esos momentos para rezar de una forma diferente. No hace falta buscar un lugar extraordinario ni esperar a sentir algo especial. Basta con detenerse un momento, respirar con calma y dejar que el corazón hable con sencillez. Muchas veces la oración comienza precisamente así: sin grandes discursos, sin emociones espectaculares y sin fórmulas complicadas. Comienza cuando una persona decide regalar unos minutos de su tiempo a Dios y descubre que Él siempre estaba allí, esperándola con paciencia.

Cuando un poema se convierte en oración

Cuando hablamos de oración es normal pensar en el padrenuestro, el rosario, la adoración eucarística o la lectura del Evangelio. Todas ellas son formas preciosas de rezar que han acompañado a millones de cristianos a lo largo de los siglos. Sin embargo, la oración no consiste únicamente en repetir unas palabras. También es abrir el corazón delante de Dios y hablar con Él con la misma confianza con la que hablamos con alguien que nos conoce profundamente. Algunas personas descubren que les resulta más fácil hacerlo cuando escriben. El papel les ayuda a ordenar las ideas, a poner nombre a los sentimientos y a expresar aquello que quizá les costaría decir en voz alta.

Seguramente alguna vez has escrito unas líneas para no olvidar un momento importante, para entender mejor lo que estabas viviendo o simplemente porque necesitabas desahogarte. Cuando esas palabras se dirigen a Cristo empiezan a adquirir un significado nuevo. Poco a poco dejan de ser solo un recuerdo o una reflexión personal y se convierten en un diálogo con Él. No hace falta que sean versos perfectos ni que tengan una gran belleza literaria. Lo importante es que nazcan de la verdad con la que una persona se presenta delante de Dios y le habla con toda sencillez.

No tengas miedo a la poesía

La palabra poesía puede imponer un poco. Es fácil pensar en autores famosos, libros difíciles o poemas que parecen escritos solamente para especialistas. También puedes creer que hace falta conocer muchas reglas, elegir palabras complicadas o conseguir que todos los versos rimen perfectamente. Sin embargo, la poesía nació mucho antes que las clases de Literatura y que los manuales de métrica. Desde siempre, las personas han buscado una forma de expresar aquellas alegrías, preguntas, tristezas y esperanzas que el lenguaje de cada día no consigue explicar por completo.

No necesitas escribir como un gran poeta para comenzar. Puedes hacerlo con unas pocas líneas, utilizando palabras sencillas y hablando de aquello que realmente estás viviendo. Más adelante descubrirás que la rima, el ritmo y las distintas estrofas pueden ayudarte a encontrar la forma más adecuada para expresar lo que llevas dentro. Pero también comprenderás que la belleza de un poema no depende solamente de la técnica. Nace, sobre todo, de la verdad con la que una persona abre su corazón delante de Dios.

Rezar con la inteligencia y con el corazón

Cuando escribes un poema no utilizas únicamente las palabras. Mientras buscas la expresión que mejor transmite lo que quieres decir, también pones en marcha la memoria, la imaginación, la inteligencia y la sensibilidad. Recuerdas experiencias, eliges imágenes, relacionas pensamientos y procuras que cada frase exprese con precisión aquello que llevas dentro. Si esas palabras están dirigidas a Dios, todo ese esfuerzo deja de ser solamente un ejercicio creativo y puede convertirse en una forma de rezar con toda la persona.

Quizá por eso tantos santos y tantos escritores cristianos encontraron en la poesía un lenguaje especialmente apropiado para la oración. No escribían solamente para demostrar su talento ni para crear una obra hermosa. Escribían porque deseaban hablar con Dios y necesitaban encontrar palabras capaces de expresar lo que sentían. Algunos de aquellos poemas llegaron a formar parte de las grandes obras de la literatura, pero antes de ser admirados por su belleza fueron la oración sincera de una persona que buscaba a Cristo con la inteligencia y con el corazón.

Atrévete a empezar

No hace falta esperar a sentir una inspiración extraordinaria para escribir tu primer poema. Tampoco necesitas encontrar un lugar perfecto ni disponer de mucho tiempo. Busca una libreta, siéntate unos minutos en un sitio tranquilo y comienza a escribir como si estuvieras manteniendo una conversación con Jesús. Puedes darle gracias por algo que hayas vivido ese día, contarle una preocupación, pedirle ayuda para una decisión importante o hablarle de una persona que necesite tu oración. No pienses todavía en si las palabras son bonitas o si los versos riman. En este momento lo importante no es hacer literatura, sino aprender a hablar con Dios con la mayor sinceridad posible.

Es posible que al principio escribas solamente unas pocas líneas. No te preocupes. La oración también crece poco a poco. Con el paso del tiempo descubrirás que esas páginas conservan mucho más que unos cuantos versos. En ellas quedarán reflejadas las preguntas que te hacías, las alegrías que compartías con Cristo y el camino que has ido recorriendo junto a Él. Muchas personas guardan durante años esos cuadernos porque, al volver a leerlos, descubren cómo Dios ha ido actuando en su vida con una delicadeza que quizá entonces no llegaron a percibir.

Tu primer poema

Antes de pasar la página, prueba una cosa muy sencilla. Escribe un poema dirigido a Jesús. No pienses en cuántos versos tendrá ni en si todas las palabras riman. Comienza simplemente por aquello que hoy desearías decirle. Tal vez quieras darle las gracias por una amistad, pedirle fuerza para superar una dificultad, hablarle de un sueño o contarle una preocupación que llevas tiempo guardando. No tengas prisa. Deja que las palabras aparezcan poco a poco, igual que sucede en una conversación cuando existe confianza entre dos personas.

Cuando termines de escribir, guarda esa hoja con cariño. Quizá dentro de unos años vuelvas a leerla y descubras que, más allá de la calidad de aquellos versos, quedó escrito algo mucho más importante: un momento de encuentro con Dios. La poesía puede ayudarte a encontrar palabras para rezar, pero el verdadero valor de ese poema no estará en su belleza literaria, sino en la sinceridad con la que hayas abierto tu corazón delante de Cristo.

Claro. Y creo que es mejor así. El problema era que, de repente, el documento dejaba de hablar con el chaval y empezaba a hablar como una bibliografía. Vamos a mantener la misma voz hasta el final.

¿Y ahora qué?

Si has llegado hasta aquí, quizá te haya entrado la curiosidad por probar esta forma de rezar. No hace falta que escribas un poema todos los días ni que conviertas la poesía en una obligación. Como cualquier amistad, la relación con Dios también necesita libertad. Habrá días en los que te resulte muy fácil escribir y otros en los que apenas se te ocurran unas pocas palabras. No pasa nada. Lo importante no es la cantidad de versos que llenen una página, sino que esas palabras nazcan de un corazón que quiere encontrarse con Cristo.

También descubrirás que no eres el primero que ha recorrido este camino. Mucho antes que nosotros, hombres y mujeres de todas las épocas buscaron palabras para expresar su amor a Dios. Algunos llegaron a escribir algunos de los poemas más bellos de nuestra lengua. No los leas pensando que algún día tendrás que escribir como ellos. Acércate a sus obras como quien conversa con personas que pueden enseñarte a rezar desde su propia experiencia.

Si quieres seguir caminando…

Si esta forma de rezar te ha ayudado, quizá te apetezca seguir descubriendo cómo otras personas encontraron en la poesía un camino para acercarse a Dios. No los leas pensando que tendrás que escribir como ellos. Cada persona tiene su propia voz y cada oración nace de una historia distinta. Acércate a sus poemas como quien conversa con amigos que, desde siglos diferentes, pueden enseñarte a mirar a Cristo con una sensibilidad nueva.

En la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes encontrarás las obras de san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, fray Luis de León, Lope de Vega, Jacint Verdaguer, Gerardo Diego y Claudio Rodríguez, entre otros muchos autores. Descubrirás que cada uno escribe de una manera diferente, pero todos coinciden en algo: cuando la belleza nace de un corazón creyente, también puede convertirse en una forma de oración.

Si además deseas conocer un poco mejor cómo funcionan la rima, el ritmo o las distintas estrofas de la poesía castellana, puedes consultar la Real Academia Española y sus obras de referencia. Aprender esas herramientas puede ayudarte a escribir con mayor libertad, pero no olvides que la técnica nunca sustituye a la sinceridad. Las reglas enseñan a escribir poemas; la oración nace cuando una persona decide abrir su corazón delante de Dios.

Ahora te toca a ti

A lo largo de estas páginas has descubierto una forma distinta de rezar. Quizá nunca habías pensado que una libreta y un bolígrafo podían convertirse también en un lugar de encuentro con Dios. Ahora ya sabes que no hace falta ser un gran poeta para empezar. Solo hace falta dedicar unos minutos de silencio, hablar con sinceridad y atreverse a poner por escrito aquello que llevas dentro.

Cuando cierres este documento, no pienses que has terminado una lectura. Piensa, más bien, que acabas de encontrar una posibilidad que quizá nunca habías imaginado. El siguiente paso ya no consiste en leer otra página, sino en abrir una libreta y comenzar a escribir la primera. Nadie puede hacerlo por ti. Ningún poeta, ningún santo, ningún catequista. Ese primer poema solo puedes escribirlo tú, porque solo tú conoces lo que hoy llevas en el corazón. Tal vez, mientras buscas las palabras para escribirlo, descubras que Dios ya llevaba mucho tiempo esperando esa conversación.

No guardes este documento pensando que ya has aprendido una forma nueva de oración. Guárdalo cuando hayas escrito tu primer poema. Ese será el verdadero comienzo de este taller.

Bendita sea tu pureza

Bendita sea tu pureza

Esta oración es uno de los poemas a Nuestra Señora que más devoción provoca en el mundo de habla española. Se trata de una décima escrita por el creador de este tipo de composición, el poeta renacentista español Vicente Espinel.

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,

pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.

A Ti, celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
te ofrezco en este día,
alma, vida y corazón.

Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.