Juan 15, 9-11. Jueves de la 5.ª semana del Tiempo de Pascua. La vocación cristiana es permanecer en el amor de Dios.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor. como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto».
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 15, 7-21
Salmo: Sal 96(95), 1-3.10
Oración introductoria
Señor, ¿cómo corresponder a tanto amor? ¿Cómo conservar en el corazón la alegría con la que colmas mi vida? ¡Ven, Espíritu Santo, lléname de tu amor para que pueda cumplir en todo tu voluntad, viviendo el mandamiento supremo de la caridad!
Petición
Señor, ayúdame a seguir el camino de mi felicidad, que es el de vivir la caridad.
Meditación del Santo Padre Francisco
«Paz, amor y alegría» son «las tres palabras clave» que Jesús nos ha confiado. Quien las realiza en nuestra vida, no según los criterios del mundo, es el Espíritu Santo. A esto el Papa Francisco dedicó la homilía del [día de hoy] por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.
«Jesús, en el discurso de despedida, en los últimos días antes de subir al cielo, habló de muchas cosas», pero siempre sobre el mismo punto, representado por «tres palabras clave: paz, amor y alegría».
Sobre la primera, recordó el Papa, «hemos ya reflexionado» en la misa de anteayer, reconociendo que el Señor «no nos da una paz como la da el mundo, nos da otra paz: ¡una paz para siempre!». Respecto a la segunda palabra clave, «amor», Jesús, destacó el Papa, «había dicho muchas veces que el mandamiento es amar a Dios y amar al prójimo». Y «habló de ello también en diversas ocasiones» cuando «enseñaba cómo se ama a Dios, sin los ídolos». Y también «cómo se ama al prójimo». En resumen, Jesús encierra todo este discurso en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, en él se nos dice cómo seremos juzgados. Allí el Señor explica cómo «se ama al prójimo».
Pero, en el pasaje evangélico de san Juan (15, 9-11), «Jesús dice una cosa nueva sobre el amor: no sólo amad, sino permaneced en mi amor». En efecto, «la vocación cristiana es permanecer en el amor de Dios, o sea, respirar y vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire».
Pero ¿cómo es este amor de Dios? El Papa Francisco respondió con las mismas palabras de Jesús: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo». Por eso, observó, es «un amor que viene del Padre». Y la «relación de amor entre Él y el Padre» llega a ser una «relación de amor entre Él y nosotros». Así, «nos pide permanecer en ese amor que viene del Padre». Luego, «el apóstol Juan seguirá adelante —dijo el Pontífice— y nos dirá también cómo debemos dar este amor a los demás» pero lo primero es «permanecer en el amor». Y esta es, por lo tanto, también la «segunda palabra que Jesús nos deja.
Y ¿cómo se permanece en el amor? Nuevamente el Papa respondió a la pregunta con las palabras del Señor: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». Y, exclamó el Pontífice, «es algo bello esto: yo sigo los mandamientos en mi vida». Hermoso hasta el punto, explicó, que «cuando no permanecemos en el amor son los mandamientos que vienen, solos, por el amor». Y «el amor nos lleva a cumplir los mandamientos, así naturalmente» porque «la raíz del amor florece en los mandamientos» y los mandamientos son el «hilo conductor» que sujeta, en «este amor que llega», la cadena que une al Padre, a Jesús y a nosotros.
La tercera palabra que indicó el Papa es la «alegría». Al recordar la expresión de Jesús propuesta en la lectura del Evangelio —«Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud»—, el Pontífice evidenció que precisamente «la alegría es el signo del cristiano: un cristiano sin alegría o no es cristiano o está enfermo», su salud cristiana «no está bien». Y, añadió, «una vez dije que hay cristianos con la cara avinagrada: siempre con la cara roja e incluso el alma está así. ¡Y esto es feo!». Estos «no son cristianos», porque «un cristiano sin alegría no es cristiano».
Para el cristiano, en efecto, la alegría está presente «también en el dolor, en las tribulaciones, incluso en las persecuciones». Al respecto el Papa invitó a mirar a los mártires de los primeros siglos —como las santas Felicidad, Perpetua e Inés— que «iban al martirio como si fuesen a las bodas». He aquí entonces, «la gran alegría cristiana» que «es también la que custodia la paz y custodia el amor».
Por lo tanto tres palabras clave: paz, amor y alegría. No vienen, de hecho, «del mundo» sino del Padre. Por lo demás, explicó, es el Espíritu Santo «quien realiza esta paz; quien realiza este amor que viene del Padre; quien lleva a cabo el amor entre el Padre y el Hijo y que luego llega a nosotros; que nos da la alegría». Sí, dijo, «es el Espíritu Santo, siempre el mismo; ¡el gran olvidado de nuestra vida!». Y al respecto el Papa, dirigiéndose a los presentes, confesó su deseo de preguntar, pero «¡no lo haré!» especificó, cuántos rezan al Espíritu Santo. «¡No, no alcéis la mano!» y añadió en seguida con una sonrisa; la cuestión, repitió, es que el Espíritu Santo es verdaderamente «¡el gran olvidado!». Pero es «Él el don que nos da la paz, que nos enseña a amar y nos colma de alegría».
Y, como conclusión, el Pontífice repitió la oración inicial de la misa, en la que «hemos pedido al Señor: ¡custodia tu don!». Juntos, dijo, «hemos pedido la gracia para que el Señor custodie siempre el Espíritu Santo en nosotros, el Espíritu que nos enseña a amar, nos colma de alegría y nos da la paz».
Las numerosas exhortaciones del evangelista san Juan a permanecer en el amor y en la verdad de Cristo evocan la imagen de una casa segura y estable. Dios nos ama primero y nosotros, atraídos hacia su don de agua viva, «hemos de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios» (Deus caritas est, 7). Pero san Juan también exhorta a sus comunidades a permanecer en ese amor porque algunos ya habían sido seducidos por las distracciones que llevan a la debilidad interior y a una posible separación de la comunión de los creyentes.
Esta exhortación a permanecer en el amor de Cristo también tiene un significado particular para vosotros hoy. Vuestras relaciones quinquenales atestiguan la atracción que ejerce el materialismo y los efectos negativos de una mentalidad laicista. Cuando los hombres y las mujeres se alejan de la casa del Señor vagan inevitablemente en un desierto de aislamiento individual y de fragmentación social, porque «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).
Queridos hermanos, desde esta perspectiva es evidente que para ser pastores eficientes de esperanza debéis esforzaros por garantizar que el vínculo de comunión que une a Cristo con todos los bautizados sea salvaguardado y experimentado como el centro del misterio de la Iglesia (cf. Ecclesia in Asia, 24). Con los ojos fijos en el Señor, los fieles deben repetir de nuevo el grito de fe de los mártires: «Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4, 16). Esta fe se mantiene y alimenta mediante un encuentro continuo con Jesucristo, que viene a los hombres y a las mujeres a través de la Iglesia: el signo y el sacramento de unión íntima con Dios y de unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).
1878 Todos los hombres son llamados al mismo fin: Dios. Existe cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la fraternidad que los hombres deben instaurar entre ellos, en la verdad y el amor (cf GS 24, 3). El amor al prójimo es inseparable del amor a Dios.
1879 La persona humana necesita la vida social. Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su naturaleza. Por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el diálogo con sus hermanos, el hombre desarrolla sus capacidades; así responde a su vocación (cf GS 25, 1).
1880 Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas. Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido “heredero”, recibe “talentos” que enriquecen su identidad y a los que debe hacer fructificar (cf Lc 19, 13.15). En verdad, se debe afirmar que cada uno tiene deberes para con las comunidades de que forma parte y está obligado a respetar a las autoridades encargadas del bien común de las mismas.
1881 Cada comunidad se define por su fin y obedece en consecuencia a reglas específicas, pero “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana” (GS 25, 1).
1882 Algunas sociedades, como la familia y la ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son necesarias. Con el fin de favorecer la participación del mayor número de personas en la vida social, es preciso impulsar, alentar la creación de asociaciones e instituciones de libre iniciativa “para fines económicos, sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos, tanto dentro de cada una de las naciones como en el plano mundial” (MM 60). Esta “socialización” expresa igualmente la tendencia natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos (cf GS 25, 2; CA 16).
1883 “La socialización presenta también peligros. Una intervención demasiado fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales. La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado de subsidiariedad. Según éste, “una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común” (CA 48; Pío XI, enc. Quadragesimo anno).
1884 Dios no ha querido retener para Él solo el ejercicio de todos los poderes. Entrega a cada criatura las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su naturaleza. Este modo de gobierno debe ser imitado en la vida social. El comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad humana, debe inspirar la sabiduría de los que gobiernan las comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la providencia divina.
1885 El principio de subsidiariedad se opone a toda forma de colectivismo. Traza los límites de la intervención del Estado. Intenta armonizar las relaciones entre individuos y sociedad. Tiende a instaurar un verdadero orden internacional.
Con esperanza y confianza rezar hoy un rosario, fuente de paz y alegría.
Diálogo con Cristo
Gracias, Dios mío, por tanto amor. No puedo dejar de agradecerte por darme a tu santísima Madre. Por su intercesión quiero pedirte que sepa cambiar o eliminar todo aquello que me impida vivir el mandamiento de la caridad.
Juan 10, 22-30. Martes de la 4.ª semana del Tiempo de Pascua. Pidamos al Señor la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro «mal espíritu» de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo.
Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los Judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa».
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 11, 19-26
Salmo: Sal 87(86), 1-7
Oración introductoria
Jesús, creo que eres el que dices ser: Hijo de Dios y Redentor de todos los hombres. Gracias por concederme el don de la fe. Viniste al mundo para que las ovejas perdidas, pudiéramos encontrarte. Gracias. Me diste el conocimiento de saber quién soy y lo que valgo… todo un Dios se hizo hombre para salvarme. Sal hoy a mi encuentro en esta oración para mostrarme el camino que debo seguir.
Petición
Ayúdame, Señor, a saber escucharte siempre que me llames.
Meditación del Santo Padre Francisco
El Espíritu Santo siempre está en acción. Corresponde al cristiano acogerlo o no. Pero la diferencia está y se ve: si se le acoge con docilidad, de hecho, se vive en la alegría y en la apertura a los demás; en cambio un modo de actuar cerrado, de «aristocracia intelectual», que pretende comprender las cosas de Dios sólo con la cabeza, conduce a una separación de la realidad de la Iglesia. A tal punto que ya no se cree, ni siquiera ante un milagro. Son estas las dos actitudes, opuestas entre sí, que el Papa Francisco presentó en la misa que celebró el [día de hoy] en la capilla de la Casa Santa Marta.
Las lecturas de la liturgia (Hechos de los apóstoles 11, 19-26 y Juan 10, 22-30), como explicó el obispo de Roma, «muestran un díptico: dos grupos de personas». En el pasaje de los Hechos se encuentran, ante todo, quienes «se habían dispersado con motivo de la persecución que se desató» tras el martirio de Esteban. «Se habían dispersado» pero «llevaron por todas partes la semilla del Evangelio», dirigiéndose, sin embargo, sólo a los judíos. «Y luego, de modo natural», continuó el Pontífice, «algunos de ellos, gente de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles que Jesús es el Señor». Y «así, lentamente, abrieron las puertas a los griegos, a los paganos».
Cuando esta noticia llegó a la Iglesia de Jerusalén, mandaron a Bernabé a Antioquía «para realizar una visita de inspección» y verificar personalmente lo que estaba sucediendo. Los Hechos refieren que «todos se alegraron» y que «una multitud considerable se adhirió al Señor».
En pocas palabras, afirmó el Papa, para evangelizar a «esta gente no dijo: vayamos primero a los judíos, luego a los griegos, luego a los paganos y más tarde a todos», sino que «se dejó conducir por el Espíritu Santo: fue dócil al Espíritu Santo». Obrando así, «una cosa surge de la otra», y luego «la otra, la otra también», y así «acaban abriendo las puertas a todos». Incluso «a los paganos —precisó— que, en su mentalidad, eran impuros». Esos cristianos «abrían las puertas a todos» sin hacer distinciones.
Y «este —explicó el Pontífice— es el primer grupo de personas» que presenta la liturgia. Quienes lo componen son personas «dóciles al Espíritu Santo», que «van adelante como lo hizo Pablo», con una «cierta naturalidad». Porque, destacó, «algunas veces el Espíritu Santo nos impulsa a hacer cosas grandes, como impulsó a Felipe a bautizar a ese señor de Etiopía» y «como impulsó a Pedro a ir a bautizar a Cornelio». Otras «veces el Espíritu Santo nos conduce suavemente». Por ello la verdadera virtud, afirmó, «está en dejarse conducir por el Espíritu Santo: no poner resistencia al Espíritu Santo, ser dóciles al Espíritu Santo». Seguros, sin embargo, de que «el Espíritu Santo actúa hoy en la Iglesia, actúa hoy en nuestra vida». Tal vez, continuó el Papa, «alguno de vosotros podrá decirme: ¡nunca lo he visto! Presta atención a lo que sucede, a lo que te viene a la mente, a lo que surge en el corazón: cosas buenas, es el Espíritu quien te invita a ir por ese camino». Pero, cierto, «es necesaria la docilidad al Espíritu Santo».
He aquí, luego, el segundo grupo de personas del «díptico» propuesto por la liturgia. Un grupo, explicó el obispo de Roma, compuesto por «intelectuales que se acercan a Jesús en el templo: los doctores de la ley». Son hombres que tenían «siempre un problema porque no acababan de comprender, daban vueltas sobre las mismas cosas, porque creían que la religión era una cosa sólo de cabeza, de ley, de hacer mandamientos, de cumplir mandamientos y nada más». Ellos, continuó el Pontífice, «no imaginaban que existiese el Espíritu Santo». Y, así, —se lee en el Evangelio de Juan— «rodeándolo, le preguntaban: ¿hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». A lo que «Jesús respondió con toda naturalidad: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí»». Como si dijera: «Mirad a quienes recibieron un milagro, mirad las cosas que yo hago, las palabras que digo». Esos hombres, en cambio, miraban «sólo lo que tenían en la cabeza». Y así, «daban vueltas con argumentaciones, querían discutir». Para ellos, en efecto, «todo estaba en la cabeza, todo es intelecto».
La cuestión, afirmó el Pontífice, es que «en esta gente no está el corazón, no está el amor a la belleza, no está la armonía. Es gente que sólo quiere explicaciones». Pero si también «tú les das explicaciones» he aquí que inmediatamente «ellos, no convencidos, vuelven con otra pregunta». De este modo «dan vueltas, dan vueltas, como dieron vueltas alrededor de Jesús toda la vida, hasta el momento en que lograron detenerlo y matarlo». Se trata, continuó, de personas que «no abren el corazón al Espíritu Santo» y que «creen que las cosas de Dios se pueden comprender sólo con la cabeza, con las ideas, con las propias ideas: son orgullosos, creen saberlo todo y lo que no entra en su inteligencia no es verdad». Hasta el punto que «puedes resucitar a un muerto delante de ellos, pero no creen».
En el Evangelio se ve que «Jesús va más allá y dice algo muy fuerte: ¿por qué no creéis? Vosotros no creéis porque no formáis parte de mis ovejas. Vosotros no creéis porque no sois del pueblo de Israel, habéis salido del pueblo». Y continuó: «Os consideráis puros, y no podéis creer así». El Señor evidencia claramente su actitud que «cierra el corazón»: por esto «negaron al pueblo». Jesús les dijo: «Vosotros sois como vuestros padres que mataron a los profetas». Porque «cuando llegaba un profeta que decía algo que no les gustaba, lo mataban».
El verdadero problema, destacó el Pontífice, es que «esta gente se había separado del pueblo de Dios y por ello no podía creer». En efecto, «la fe es un don de Dios, pero la fe viene si tú estás en su pueblo; si tú estás ahora en la Iglesia; si tú eres ayudado por los sacramentos, por la asamblea; si tú crees que esta Iglesia es el pueblo de Dios». En cambio, «esta gente se había separado, no creía en el pueblo de Dios: creía sólo en sus cosas y así había construido todo un sistema de mandamientos que arrojaban fuera a la gente y no la dejaban entrar en la Iglesia, en el pueblo». Con esta actitud «no podían creer» y este es el pecado de «resistir al Espíritu Santo».
He aquí, ratificó el Papa, estos «dos grupos de gente». Por una parte están «los de la dulzura: la gente dulce, humilde, abierta y dócil al Espíritu Santo». Por otra parte, en cambio, está la «gente orgullosa, suficiente, soberbia, alejada del pueblo, aristocrática intelectualmente, que ha cerrado las puertas y resiste al Espíritu Santo». Su actitud «no es terquedad, es algo más: es tener el corazón duro». Y esto es incluso «más peligroso». Jesús les alerta diciendo expresamente: «Vosotros tenéis el corazón endurecido»; y lo dijo «también a los discípulos de Emaús».
Precisamente «mirando a estos dos grupos», concluyó el Papa Francisco, «pidamos al Señor la gracia de la docilidad al Espíritu Santo para seguir adelante en la vida, ser creativos, ser alegres». Los duros de corazón, en cambio, no son alegres sino que están siempre serios. Y, advirtió el Pontífice, «cuando hay tanta seriedad no está el Espíritu de Dios». Por lo tanto, al Señor «pidamos la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro mal espíritu de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo».
Jesús habla de sí como del buen Pastor que da la vida eterna a sus ovejas (cf. Jn 10, 28). La imagen del pastor está muy arraigada en el Antiguo Testamento y es muy utilizada en la tradición cristiana. Los profetas atribuyen el título de «pastor de Israel» al futuro descendiente de David; por tanto, posee una indudable importancia mesiánica (cf. Ez 34, 23). Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación. Al término «pastor» el evangelista añade significativamente el adjetivo kalós, hermoso, que utiliza únicamente con referencia a Jesús y a su misión. También en el relato de las bodas de Caná el adjetivo kalós se emplea dos veces aplicado al vino ofrecido por Jesús, y es fácil ver en él el símbolo del vino bueno de los tiempos mesiánicos (cf. Jn 2, 10).
«Yo les doy (a mis ovejas) la vida eterna y no perecerán jamás» (Jn 10, 28). Así afirma Jesús, que poco antes había dicho: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (cf. Jn 10, 11). San Juan utiliza el verbo tithénai, ofrecer, que repite en los versículos siguientes (15, 17 y 18); encontramos este mismo verbo en el relato de la última Cena, cuando Jesús «se quitó» sus vestidos y después los «volvió a tomar» (cf. Jn 13, 4. 12). Está claro que de este modo se quiere afirmar que el Redentor dispone con absoluta libertad de su vida, de manera que puede darla y luego recobrarla libremente.
Cristo es el verdadero buen Pastor que dio su vida por las ovejas —por nosotros—, inmolándose en la cruz. Conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, como el Padre lo conoce y él conoce al Padre (cf. Jn 10, 14-15). No se trata de mero conocimiento intelectual, sino de una relación personal profunda; un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (cf. Jn 10, 27-28).
Homilía del IV Domingo de Pascua, 29 de abril de 2007
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
II La revelación de Dios como Trinidad
El Padre revelado por el Hijo
238 La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como «padre de los dioses y de los hombres». En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su «primogénito» (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente «el Padre de los pobres», del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cf. Sal 68,6).
239 Al designar a Dios con el nombre de «Padre», el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.
240 Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).
241 Por eso los Apóstoles confiesan a Jesús como «el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios» (Jn 1,1), como «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15), como «el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia» Hb 1,3).
242 Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre (Símbolo Niceno: DS 125), es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150).
El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu
243 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y «por los profetas» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.
244 El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.
245 La fe apostólica relativa al Espíritu fue proclamada por el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre» (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como «la fuente y el origen de toda la divinidad» (Concilio de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: «El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza […] por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo» (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: «Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria» (DS 150).
246 La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu «procede del Padre y del Hijo (Filioque)». El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: «El Espíritu Santo […] tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración […]. Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente» (DS 1300-1301).
247 La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.
248 La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como «salido del Padre» (Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice «de manera legítima y razonable» (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que «principio sin principio» (Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él «el único principio de que procede el Espíritu Santo» (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.
Señor, me muestras el camino que debo seguir, si quiero ser feliz. Sin embargo, desconfío en que realmente Tú lleves mi carga. Necesito verte y escucharte, no con mis sentidos sino con mi espíritu, para que cuando vengan los problemas te busque inmediatamente en la oración, porque eres la roca sobre el cual puedo edificar mi vida.
Propósito
Al terminar el día, o cuando pueda disponer de un tiempo, hacer una reflexión sobre mis actividades y, sobre todo, de mis actitudes en el día: ¿seguí la voluntad de Dios?
Os ofrecemos tres dibujos en línea, para ser coloreados por niños de Infantil y Primaria. Cada uno de ellos lleva una cita bíblica, sobre la que podemos charlar con los niños.
Es aconsejable que, al imprimr estas ilustraciones, se elija la opción «ajustar», para que el dibujo se escale hasta ocupar la mayor parte de la hoja.
Juan 10, 1-10. Cuarto Domingo del Tiempo de Pascua.La puerta del Señor es estrecha porque Jesús nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz». Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia».
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 14.36-41
Salmo: Sal 23(22), 1-6
Segunda lectura: Epístola I de San Pedro, 1 Pe 2, 20-25
Oración preparatoria
Padre, gracias por la encarnación de tu Hijo, nuestro Redentor y porque nos diste a María como madre. Confío en tu misericordia y por esto te quiero ofrecer en mi oración mi amor, débil y manchado por mi egoísmo y soberbia, pero dispuesto a escucharte y entrar por esa puerta estrecha que me señales.
Petición
Espíritu Santo, que no vacile y nunca tenga miedo a tus inspiraciones.
Meditación del Santo Padre Francisco
La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre. Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, sabéis, Jesús no excluye a nadie. Tal vez alguno de vosotros podrá decirme: «Pero, Padre, seguramente yo estoy excluido, porque soy un gran pecador: he hecho cosas malas, he hecho muchas de estas cosas en la vida». ¡No, no estás excluido! Precisamente por esto eres el preferido, porque Jesús prefiere al pecador, siempre, para perdonarle, para amarle. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta. Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.
En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta de que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo os pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida? Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga más. No es un fuego de artificio, no es un flash. No, es una luz serena que dura siempre y nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.
Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, no por ser una sala de tortura. No, no es por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él. Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una «etiqueta». Yo os pregunto: vosotros, ¿sois cristianos de etiqueta o de verdad? Y cada uno responda dentro de sí. No cristianos, nunca cristianos de etiqueta. Cristianos de verdad, de corazón. Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida.
A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidamos que nos ayude a cruzar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como transformó la suya para traer a todos la alegría del Evangelio.
ARTÍCULO 2
“Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”
I. Jesús
430Jesús quiere decir en hebreo: «Dios salva». En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que «¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?»(Mc 2, 7), es Él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.
431 En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar a Israel de «la casa de servidumbre» (Dt 5, 6) haciéndole salir de Egipto. Él lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo Él es quien puede absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel, tomando cada vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que en la invocación del nombre de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).
432 El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la Persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la Redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
433 El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9, 5). Cuando san Pablo dice de Jesús que «Dios lo exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre» (Rm 3, 25) significa que en su humanidad «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2 Co 5, 19).
434 La Resurrección de Jesús glorifica el Nombre de Dios «Salvador» (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del «Nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, Él se lo concede (Jn 15, 16).
435 El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula Per Dominum nostrum Jesum Christum… («Por nuestro Señor Jesucristo…»). El «Avemaría» culmina en «y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». La oración del corazón, en uso en Oriente, llamada «oración a Jesús» dice: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador». Numerosos cristianos mueren, como santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: «Jesús».
II. Cristo
436Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
437 El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Desde el principio él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo»(Jn 10, 36), concebido como «santo» (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1, 20) para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).
438 La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina. «Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobreentendido Él que ha ungido, Él que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: Él que ha ungido, es el Padre. Él que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 3). Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo, por Juan cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios» (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).
439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).
440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón, el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).
III. Hijo único de Dios
441Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado «hijo de Dios» (cf. 1 Cro 17, 13; Sal2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…» (Ga 1,15-16). «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios» (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús ha respondido: «Vosotros lo decís: yo soy» (Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, Él se designó como el «Hijo» que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es distinto de los «siervos» que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás «nuestro Padre» (cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles «vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro» (Mt6, 9); y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20, 17).
444 Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado» (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».
445 Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad «(Jn 1, 14).
IV. Señor
446 En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por Kyrios [«Señor»]. Señorse convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).
447 El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus Apóstoles (cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.
448 Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío» (Jn20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).
449 Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque Él es de «condición divina» (Flp 2, 6) y porque el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).
450 Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el «Señor» (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). » La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro» (GS 10, 2; cf. 45, 2).
451 La oración cristiana está marcada por el título «Señor», ya sea en la invitación a la oración «el Señor esté con vosotros», o en su conclusión «por Jesucristo nuestro Señor» o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: Maran atha («¡el Señor viene!») o Marana tha («¡Ven, Señor!») (1 Co 16, 22): «¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).
Prepararme con un buen examen de conciencia y poner en mi agenda de actividades la fecha de mi próxima confesión.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, no debo temer a la muerte porque ella es el paso que me acerca a lo que más he buscado en mi vida: gozar en plenitud de tu presencia. La vida es corta y tengo que aprovecharla para amarte y servirte, fortaleciéndome diariamente con la oración y los sacramentos. Confío en Ti y te digo que puedes venir a buscarme cuando Tú quieras, como Tú quieras y donde Tú quieras.
El capítulo 6 del Evangelio de san Juan no es un texto accesorio dentro de la vida cristiana, sino uno de los lugares más densos de toda la Revelación para comprender quién es Jesucristo y qué significa la Eucaristía. Aquí el Señor no se limita a enseñar una verdad doctrinal; conduce progresivamente a sus oyentes desde una búsqueda todavía mezclada con intereses humanos hasta la confrontación con el misterio de su propia carne entregada como alimento del mundo. Esta progresión es de enorme valor catequético, porque reproduce el camino real del corazón creyente: primero busca a Dios por necesidad, después pide señales, más tarde escucha una palabra difícil, se escandaliza y, finalmente, debe decidir si cree o no cree.
Por eso, este discurso no puede ser tratado como una sola unidad homogénea y plana, ni tampoco puede reducirse a una explicación apresurada de la Comunión. Si se hace así, se destruye la pedagogía misma de Cristo. El itinerario de Juan 6 exige respetar sus etapas, porque cada una prepara la siguiente. En la catequesis de Primera Comunión esto es decisivo. El niño no debe ser llevado de golpe a fórmulas altas que no puede interiorizar, pero tampoco se le puede dejar en un nivel sentimental o simbólico que lo prive del núcleo de la fe eucarística. Hay que conducirlo, con paciencia y verdad, desde lo que ya comprende hasta aquello que la Iglesia cree y celebra.
Este documento, por tanto, no presenta una única sesión cerrada, sino una gran catequesis unitaria con estructura interna progresiva, apta para desarrollarse en varios encuentros o como una catequesis larga fragmentable. El objetivo no es solo que el niño “aprenda” algo sobre la Eucaristía, sino que empiece a reconocer en Jesucristo al verdadero Pan de Vida y se prepare interiormente para recibirlo en la Primera Comunión como presencia real, alimento del alma, principio de unidad y prenda de vida eterna.
2. Objetivos generales y específicos
Objetivo general: conducir al niño, en un itinerario doctrinal, espiritual y catequético, a descubrir que Jesucristo es el Pan de Vida y que en la Eucaristía se da realmente a sí mismo como alimento para la vida del mundo.
Objetivos específicos:
Que el niño descubra que no toda búsqueda de Jesús es todavía fe verdadera, y que el Señor purifica las intenciones del corazón. Que aprenda a distinguir entre una fe apoyada sólo en beneficios visibles y una fe que se adhiere a Cristo mismo. Que comprenda que la afirmación “Yo soy el Pan de Vida” no es un símbolo vacío, sino una revelación personal de Jesús sobre su identidad. Que sea introducido, con lenguaje adecuado a su edad, en el carácter real y no meramente figurado de las palabras eucarísticas del discurso de Cafarnaún. Que despierte en él un deseo más limpio, reverente y verdadero de la Primera Comunión. Que padres y catequistas reciban herramientas concretas para acompañar este proceso con profundidad y claridad.
3. Edad orientativa, destinatarios y duración
Edad orientativa: niños de 7 a 10 años, en preparación próxima o inmediata a la Primera Comunión.
Destinatarios complementarios: catequistas y padres. Aunque el lenguaje principal del itinerario está pensado para niños, todo el documento está estructurado para que el catequista pueda aplicarlo directamente y los padres puedan acompañar en casa el proceso.
Duración: el itinerario completo puede desarrollarse en cuatro o cinco sesiones ordinarias de entre 50 y 65 minutos, o en dos sesiones más amplias. También puede utilizarse como gran documento de referencia del catequista, seleccionando cada bloque según el momento del grupo.
4. Materiales
Las cinco imágenes catequéticas tipo cómic correspondientes a los cinco bloques del texto de Juan 6, 22-59. Una Biblia de la Conferencia Episcopal Española o una edición que utilice fielmente la traducción litúrgica española. Cartulinas o folios. Lápices, colores o rotuladores. Una cruz visible en el espacio catequético. Una vela para los momentos de oración o silencio. Si se desea, una pequeña mesa cubierta con mantel blanco para subrayar visualmente la referencia eucarística, sin teatralizarla. Tarjetas o papeles pequeños para algunas actividades.
5. Fundamentación bíblica, doctrinal y teológica
El discurso del Pan de Vida se inicia en continuidad con la multiplicación de los panes, pero inmediatamente da un giro decisivo. Jesús no permite que la multitud se quede en el milagro material, sino que la obliga a interrogarse por su verdadera hambre. De ahí pasa al tema del pan bajado del cielo, corrige la comprensión puramente histórica del maná y, finalmente, revela que Él mismo es el Pan de Vida. En la parte final del discurso, el lenguaje se vuelve más fuerte y más explícito: ya no se habla solo de venir a Cristo y creer en Él, sino de comer su carne y beber su sangre. El escándalo es inevitable, precisamente porque la afirmación tiene un realismo que no puede ser domesticado.
La Iglesia ha leído siempre este texto en clave eucarística. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que san Juan transmite las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún como preparación de la institución de la Eucaristía y que Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida bajado del cielo (cf. CEC 1338). Asimismo, enseña que la presencia de Cristo en la Eucaristía es “real, verdadera y sustancial”, es decir, que no se trata de una mera evocación espiritual o simbólica, sino de una presencia única en la que Cristo entero se hace realmente presente (cf. CEC 1374). El mismo Catecismo explica que los milagros de la multiplicación de los panes prefiguran la sobreabundancia del único pan de la Eucaristía (cf. CEC 1335), de modo que todo el capítulo 6 de san Juan tiene una fuerte densidad sacramental.
San Pío X, en su catecismo, formuló esta doctrina con una claridad pedagógica extraordinaria: en la Eucaristía está verdaderamente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Esta formulación, lejos de ser excesiva para una catequesis infantil, sirve precisamente para evitar ambigüedades y proteger la fe de los pequeños frente a reducciones simbólicas que empobrecen el misterio.
El Magisterio de los últimos papas ha insistido con fuerza en esta línea. San Pablo VI, al hablar del culto eucarístico, defendió con claridad la fe de la Iglesia en la presencia real y en el valor de la adoración. San Juan Pablo II enseñó que la Iglesia vive de la Eucaristía y que en ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, porque en ella se nos da Cristo mismo. Benedicto XVI insistió en que la Eucaristía no es una idea, sino una Persona que se entrega y transforma la existencia. El papa Francisco ha recordado repetidamente que la fe cristiana no es adhesión a una teoría, sino encuentro con Cristo vivo, y que la Eucaristía alimenta ese encuentro, sana el individualismo y construye la Iglesia. Incluso san Juan XXIII, desde la gran línea conciliar, orientó la renovación de la vida de la Iglesia hacia un retorno más intenso a las fuentes vivas del misterio cristiano, entre las cuales la Eucaristía ocupa el lugar central. Si se atiende a esta continuidad, se ve claramente que Juan 6 no es una página periférica, sino una de las grandes columnas de la teología eucarística.
6. Sentido catequético del itinerario
El valor catequético de este itinerario reside en su continuidad interna. No estamos ante cinco escenas simplemente yuxtapuestas, sino ante cinco momentos de una misma revelación. La búsqueda interesada de la multitud prepara el paso al problema del signo; la petición de signos visibles deja al descubierto una fe todavía inmadura; la gran revelación «Yo soy el Pan de Vida» abre el centro cristológico del discurso; el escándalo posterior muestra la resistencia del corazón ante el misterio; y el realismo eucarístico final pone al oyente ante una decisión ineludible. Por eso, cada bloque debe ser tratado como una etapa real del camino interior del niño.
En la práctica catequética, esto significa que no conviene precipitar el último bloque. La tentación habitual consiste en llegar demasiado rápido a la afirmación eucarística y convertir todo lo anterior en una preparación apresurada. Pero el Evangelio no funciona así. Jesucristo educa la inteligencia, la sensibilidad y la libertad de sus oyentes. También el niño necesita pasar por este proceso: reconocer que a veces busca a Jesús por interés, comprender que la fe no puede depender de pruebas visibles, descubrir a Cristo como centro, aceptar que el misterio supera su comprensión y, finalmente, abrirse a recibirlo como verdadero alimento.
El catequista debe, por tanto, respetar esta pedagogía y convertirla en método. No basta con “explicar bien” cada bloque; hay que dejar que cada bloque haga su trabajo espiritual. Esta paciencia forma parte de la fidelidad al texto.
7. Las cinco imágenes y su función espiritual
Las imágenes de la serie no están puestas para decorar ni para entretener. Tienen una función doctrinal, afectiva y contemplativa. En una catequesis de Primera Comunión, la imagen bien usada no sustituye la explicación, pero la hace más penetrante. La memoria infantil recuerda mejor lo que ha visto, y el corazón del niño se abre con más facilidad cuando la palabra y la imagen trabajan juntas.
Cada cómic fija una etapa interior. La primera imagen expresa movimiento, búsqueda, dispersión. La segunda introduce la exigencia de signos y la comparación con el maná. La tercera concentra la mirada en Cristo, que se presenta a sí mismo. La cuarta representa la tensión, el murmullo, la resistencia del corazón. La quinta culmina en el realismo eucarístico, donde ya no es posible quedarse en interpretaciones tibias. El catequista debe hacer una verdadera lectura espiritual de cada una: no solo describir lo que se ve, sino enseñar a descubrir lo que esa escena revela del corazón humano y de la acción de Cristo.
Es muy conveniente mostrar la imagen, guardar unos segundos de silencio, preguntar qué ven los niños y solo después comenzar la explicación. Si se habla demasiado pronto, la imagen se vuelve ilustración secundaria. Si se la deja actuar primero, se convierte en puerta de entrada al texto.
8. Bloque I — La búsqueda interesada (Jn 6, 22-29)
Texto clave: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros» (Jn 6,26).
Lectura espiritual de la imagen para el catequista: La multitud busca a Jesús con inquietud real. Hay movimiento, expectación, búsqueda, pero todavía no hay verdadera adoración. Los rostros y los gestos deben leerse como expresión de un deseo real, aunque mezclado. Este es un punto importante: la fe comienza casi siempre de forma imperfecta. El Señor no desprecia esa búsqueda, pero tampoco la deja intacta. La purifica.
Explicación catequética para los niños: La gente busca a Jesús porque ha recibido algo bueno de Él. Eso no está del todo mal. Pero Jesús quiere enseñarles algo más: no basta con buscarlo por lo que da; hay que aprender a buscarlo por quien es.
Explicación amplia para el catequista: Este primer bloque no debe plantearse como una simple corrección moral. No conviene decir al niño que está “mal” pedir ayuda a Jesús. El punto es más fino y más profundo: Jesús quiere llevar al corazón más allá del interés. Este momento sirve para que el niño empiece a descubrir que la fe es relación, no solo petición. Es muy importante que el catequista no ridiculice las respuestas infantiles del tipo “yo rezo para que me ayude” o “yo le pido cosas”, porque justamente ahí está el punto de partida real. Desde ahí hay que crecer.
Actividad 1 — “¿Por qué busco a Jesús?”
Objetivo catequético: ayudar al niño a descubrir que su relación con Jesús puede comenzar por necesidad, pero está llamada a madurar hacia una relación de amor y de fe.
Objetivo espiritual: iniciar un discernimiento interior sencillo y verdadero.
Duración orientativa: 15-18 minutos.
Materiales: tarjetas con motivos posibles: “porque me ayuda”, “porque me cuida”, “porque necesito algo”, “porque me quiere”, “porque quiero estar con Él”, “porque Él es Jesús”.
Preparación del catequista: conviene preparar las tarjetas con buena letra, sin tono moralizante, y tener claro que no se va a “examinar” al niño, sino a ayudarlo a mirar su corazón.
Desarrollo paso a paso:
Se muestra primero la imagen y se guarda un silencio breve. Después se pregunta: “¿Por qué pensáis que esta gente busca a Jesús?”. Se recogen respuestas. Luego se reparten las tarjetas y se invita a cada niño a elegir una o dos que se parezcan a lo que él siente a veces. El catequista escucha una por una, sin corregir rápidamente. Solo después proclama el versículo de Jn 6,26 y explica que Jesús no rechaza la búsqueda, pero quiere purificarla.
Microguion amplio del catequista:
“Jesús sabe por qué la gente lo busca. También sabe por qué lo buscas tú. A veces lo buscamos porque necesitamos ayuda, porque estamos tristes, porque queremos que nos cuide. Jesús no desprecia eso. Pero quiere llevarnos a algo más grande. Quiere que un día podamos decir: yo busco a Jesús porque es Jesús, porque lo amo, porque quiero estar con Él.”
Posibles respuestas de los niños: “Yo le pido cosas”, “yo rezo cuando tengo miedo”, “yo quiero que me cuide”, “yo quiero estar con Él”.
Errores a evitar: convertir la actividad en examen moral; corregir con dureza; ridiculizar el punto de partida del niño; acelerar la conclusión.
Cierre de la actividad: el catequista puede pedir a todos que repitan despacio: “Jesús, enséñame a buscarte de verdad”.
Resultado esperado: el niño comienza a distinguir entre una fe interesada y una fe más personal, aunque todavía no la viva de modo pleno.
9. Bloque II — El signo y la fe superficial (Jn 6, 30-34)
Texto clave: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti?» (Jn 6,30).
Lectura espiritual de la imagen para el catequista: En esta escena la multitud ya no solo busca: exige. Mira a Jesús, pero desde la condición, desde la prueba, desde la necesidad de garantías. La referencia al maná muestra que todavía entienden la relación con Dios en clave de beneficio visible. La fe sigue siendo exterior.
Explicación catequética para los niños: A veces pensamos que solo creeremos si Dios hace algo grande que podamos ver. Pero Jesús enseña que la fe no depende solo de ver cosas sorprendentes, sino de confiar en Él.
Explicación amplia para el catequista: Este bloque es crucial y no debe fundirse con el siguiente. Si se omite, se pierde el paso entre la búsqueda interesada y la revelación del Pan de Vida. El niño debe aprender aquí una verdad muy importante: no todo lo real es visible. Esta preparación es indispensable para la fe eucarística, porque en la Misa no vemos con los ojos una transformación espectacular, pero creemos por la palabra de Cristo y por la fe de la Iglesia.
Actividad 2 — “¿Tengo que verlo todo para creer?”
Objetivo catequético: ayudar al niño a comprender que existen realidades verdaderas que no se ven con los ojos y que la fe se apoya en una verdad más profunda que la apariencia.
Objetivo espiritual: preparar el paso de una fe apoyada en pruebas a una fe apoyada en la palabra de Jesús.
Duración orientativa: 15-18 minutos.
Materiales: si se desea, una caja cerrada con algo sencillo dentro; una cartulina para anotar ejemplos de cosas que no se ven y, sin embargo, son reales.
Preparación del catequista: conviene tener preparados ejemplos cercanos: el amor, la amistad, la confianza, la tristeza, el pensamiento, la paz.
Desarrollo paso a paso:
Primero se muestra la imagen y se pregunta: “¿Qué le pide la gente a Jesús?”. Después el catequista plantea esta cuestión: “¿Hay cosas verdaderas que no podéis ver?”. Se recogen respuestas y se anotan. A continuación se lee Jn 6,30 y se explica que la multitud quería una prueba visible. El catequista conduce entonces a la conexión con la fe cristiana: muchas cosas verdaderas no se ven directamente, y eso no las hace menos reales.
Microguion amplio del catequista:
“Si tú solo creyeras en lo que ves, muchas de las cosas más importantes de la vida se te escaparían. Tú no ves el amor con los ojos, pero sabes que existe. No ves la amistad como si fuera un objeto, pero sabes cuándo es verdadera. Jesús quiere llevarnos a una fe que no dependa solo del espectáculo, sino de la verdad de su persona.”
Posibles respuestas de los niños: “No se ve el amor”, “no se ve la confianza”, “a veces creo porque me lo dice mi mamá”, “a veces necesito ver”.
Errores a evitar: quedarse en una reflexión filosófica demasiado abstracta; no conectar con la fe; ridiculizar el deseo de pruebas.
Cierre de la actividad: el catequista puede decir: “Jesús no quiere solo que veamos cosas, sino que aprendamos a creer en Él”.
Resultado esperado: el niño empieza a aceptar que la fe cristiana no depende solo de signos extraordinarios y se prepara interiormente para comprender la Eucaristía.
10. Bloque III — “Yo soy el Pan de Vida” (Jn 6, 35-40)
Texto clave: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,35).
Lectura espiritual de la imagen para el catequista: Ahora la mirada debe concentrarse en Cristo. La multitud, el maná y las preguntas van quedando en segundo plano. Jesús mismo se convierte en el centro. Esto debe notarse también en la explicación: ya no estamos hablando solo de lo que Dios da, sino de Dios que se da.
Explicación catequética para los niños: Jesús dice algo muy grande: Él mismo es el Pan de Vida. Eso quiere decir que solo Él puede llenar de verdad el corazón, porque solo Él da la vida de Dios.
Explicación amplia para el catequista: Este es el gran centro cristológico del discurso. Aquí el niño debe pasar de “Dios me ayuda” a “Jesús se me da”. Es un paso decisivo. No conviene precipitar la explicación eucarística completa, pero sí dejar claro que Jesús no ofrece simplemente algo distinto del maná: se ofrece a sí mismo. Este bloque debe quedar muy bien asentado, porque todo lo demás depende de él.
Actividad 3 — “¿Qué llena de verdad mi corazón?”
Objetivo catequético: ayudar al niño a descubrir que las realidades buenas de la vida no bastan para colmar plenamente el corazón humano y que solo Cristo puede hacerlo.
Objetivo espiritual: despertar en el niño un deseo más personal de Jesús.
Duración orientativa: 18-20 minutos.
Materiales: folios o cartulinas, lápices, pizarra o cartulina grande.
Preparación del catequista: conviene tener claro que no se trata de despreciar los bienes de la vida, sino de ordenarlos correctamente. Es importante no transmitir la idea de que “todo lo humano es malo”.
Desarrollo paso a paso:
El catequista pregunta primero: “¿Qué cosas os hacen felices?”. Se apuntan respuestas. Después pregunta: “¿Duran para siempre?”. A partir de ahí va mostrando que incluso las cosas buenas se acaban o no bastan del todo. Entonces se proclama Jn 6,35. Después se invita a cada niño a completar por escrito una frase: “Jesús, tú eres para mí…”. Puede ser “mi amigo”, “mi fuerza”, “mi pan”, “mi alegría”, “mi Señor”. No se trata de buscar una respuesta brillante, sino personal.
Microguion amplio del catequista:
“Todo lo bueno que habéis dicho puede alegraros de verdad. Pero ninguna de esas cosas es infinita. El corazón humano siempre acaba pidiendo más, porque ha sido hecho para Dios. Cuando Jesús dice ‘Yo soy el Pan de Vida’, está diciendo: yo soy lo que tu corazón necesita de verdad.”
Posibles respuestas de los niños: “Jesús es mi amigo”, “Jesús me da paz”, “Jesús me ayuda”, “Jesús es mi pan”.
Errores a evitar: hacer despreciar las alegrías humanas; convertir la actividad en puro sentimentalismo; saltar demasiado deprisa a una explicación sacramental abstracta.
Cierre de la actividad: se puede terminar repitiendo juntos: “Jesús, Pan de Vida, lléname de ti”.
Resultado esperado: el niño descubre que Jesucristo no es solo alguien útil, sino el centro capaz de llenar realmente la vida.
11. Bloque IV — El escándalo y la atracción del Padre (Jn 6, 41-51)
Texto clave: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44) y «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51).
Lectura espiritual de la imagen para el catequista: En esta imagen deben percibirse la tensión, el murmullo, la resistencia. El Evangelio se vuelve incómodo. La gente ya no escucha con serenidad, sino con dificultad. Esto es espiritualmente muy importante: la fe verdadera no se recorre sin crisis.
Explicación catequética para los niños: Algunas personas empiezan a enfadarse o a murmurar porque las palabras de Jesús son muy grandes y difíciles. A veces nosotros también nos cerramos cuando no entendemos algo. Pero Jesús nos enseña que el Padre nos atrae hacia Él y que la fe es también un regalo.
Explicación amplia para el catequista: Este bloque es decisivo para evitar una catequesis simplista. El niño debe aprender que la fe no siempre resulta fácil y que el misterio de Dios supera nuestro modo habitual de pensar. Además, aquí aparece una afirmación clave para la teología de la gracia: nadie puede venir a Cristo si no es atraído por el Padre. Esto no debe explicarse de forma abstracta ni fatalista, sino como una llamada a reconocer que creer es don. Y, a la vez, se prepara directamente el paso a la Eucaristía: «el pan que yo daré es mi carne».
Actividad 4 — “Aunque no entienda todo, puedo confiar”
Objetivo catequético: enseñar al niño que la fe no exige comprenderlo todo antes de creer y que la confianza es un elemento central de la relación con Cristo.
Objetivo espiritual: educar la humildad y la apertura al misterio.
Duración orientativa: 15-18 minutos.
Materiales: ninguno imprescindible.
Preparación del catequista: conviene tener preparados ejemplos cercanos: confiar en los padres, seguir una medicina, aceptar una explicación más adelante, etc.
Desarrollo paso a paso:
Primero se muestra la imagen y se pregunta: “¿Qué les pasa a estas personas? ¿Por qué se enfadan o murmuran?”. Se escuchan respuestas. Después el catequista formula otra pregunta: “¿Os ha pasado alguna vez que no entendíais algo, pero tuvisteis que confiar?”. A partir de ahí se introducen ejemplos reales. Después se proclama Jn 6,44 y Jn 6,51. El catequista explica que la fe no consiste en entenderlo todo de inmediato, sino en dejar que Dios atraiga el corazón.
Microguion amplio del catequista:
“Cuando Jesús dice algo muy grande, algunas personas se cierran. Eso también nos puede pasar. Pero la fe no nace de dominar el misterio, sino de abrirse a él. El Padre te atrae hacia Jesús. Tú puedes no entender todavía todo, pero sí puedes decir: Jesús, confío en ti.”
Posibles respuestas de los niños: “Yo confío en mis padres”, “a veces no entiendo, pero obedezco”, “me cuesta, pero puedo creer”.
Errores a evitar: presentar la fe como irracional; reducir todo a una obediencia ciega; no conectar el bloque con el paso hacia la Eucaristía.
Cierre de la actividad: repetir juntos: “Jesús, aunque no entienda todo, quiero confiar en ti”.
Resultado esperado: el niño se abre a la dimensión misteriosa de la fe y se dispone a aceptar el paso al realismo eucarístico.
12. Bloque V — Realismo eucarístico radical (Jn 6, 52-59)
Texto clave: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55).
Lectura espiritual de la imagen para el catequista: La quinta imagen debe leerse como culminación de toda la serie. Todo converge en la palabra de Cristo. Ya no estamos en el plano de la búsqueda, del signo o de la simple enseñanza, sino en el punto en que el misterio se manifiesta con mayor desnudez y exigencia. El tono espiritual de la imagen debe ser más solemne, más concentrado y más intenso.
Explicación catequética para los niños: Jesús dice algo muy fuerte y muy hermoso: que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Eso quiere decir que en la Eucaristía no recibimos solo una señal o un recuerdo, sino a Jesús mismo, que quiere vivir en nosotros.
Explicación amplia para el catequista: Este es el punto culminante del itinerario y exige máxima claridad doctrinal. Jesús no corrige a quienes entienden sus palabras en sentido realista; al contrario, las reafirma. La Iglesia, fiel a esta palabra, ha confesado siempre la presencia real. Es importante decirlo con serenidad y firmeza: la Eucaristía no es un símbolo vacío, ni solo una presencia “espiritual” en sentido débil, sino Cristo realmente presente. El niño debe ser introducido en esta verdad sin tecnicismos inútiles, pero sin rebajas.
Actividad 5 — “Jesús quiere venir a mí”
Objetivo catequético: introducir al niño en la comprensión inicial de la presencia real de Cristo en la Eucaristía y preparar directamente el deseo de la Primera Comunión.
Objetivo espiritual: suscitar reverencia, deseo y disposición interior ante la Comunión.
Preparación del catequista: crear un ambiente de mayor recogimiento, sin teatralidad. Conviene bajar el ritmo, hablar más despacio y dejar pequeños silencios reales.
Desarrollo paso a paso:
Se proclama lentamente el texto de Jn 6,52-59, deteniéndose especialmente en Jn 6,55-56. Después se guarda un breve silencio. El catequista pregunta: “¿Qué quiere decir Jesús con estas palabras?”. Escucha las respuestas. Luego explica que la Iglesia cree que en la Eucaristía Cristo se nos da de verdad. A continuación invita a cerrar los ojos un momento y repetir interiormente: “Jesús, quiero recibirte”. Finalmente, se puede pedir a cada niño que escriba una breve oración de preparación para la Primera Comunión.
Microguion amplio del catequista:
“Jesús no está jugando con las palabras. No está usando un símbolo bonito sin más. Está revelando el gran misterio de su amor: quiere darse Él mismo. Por eso la Primera Comunión es tan grande. Porque no vas a recibir algo, sino a Alguien. No vas a acercarte a un recuerdo, sino a Cristo vivo.”
Posibles respuestas de los niños: “Jesús quiere estar conmigo”, “Jesús entra en mí”, “Jesús se da como alimento”, “es de verdad Jesús”.
Errores a evitar: rebajar el contenido a puro símbolo; introducir explicaciones técnicas demasiado abstractas; perder el clima de recogimiento.
Cierre de la actividad: todos pueden repetir en voz baja: “Jesús, Pan de Vida, prepara mi corazón”.
Resultado esperado: el niño se sitúa existencialmente ante la Primera Comunión como encuentro real con Cristo.
13. Lectio divina infantil y familiar
La lectio divina de este itinerario no debe presentarse como un añadido decorativo o como un simple momento piadoso al final. Debe ser la culminación espiritual del proceso catequético. Después de recorrer los cinco bloques, el niño ha visto a la multitud buscar, pedir signos, escuchar, resistirse y ser conducida al misterio. La lectio le permite dar el paso decisivo: dejar que la palabra de Cristo no solo sea comprendida, sino escuchada interiormente.
Textos propuestos para la lectio: Jn 6,35; Jn 6,51; Jn 6,55-56.
Desarrollo sugerido: primero se proclama lentamente Jn 6,35: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás». Se deja un silencio breve. Después se proclama Jn 6,55-56: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Tras un nuevo silencio, el catequista explica que estas palabras no son solo para ser entendidas, sino para ser recibidas.
A continuación se pueden hacer preguntas muy sencillas y muy pausadas: “¿Qué frase de Jesús te gusta más?”, “¿Qué frase te parece más fuerte?”, “¿Qué le quieres decir tú ahora a Jesús?”. Es importante no obligar a responder. La lectio con niños debe ser breve, real y profunda, no larga y artificial.
Microguion sugerido para la lectio: “Jesús te está hablando ahora. No solo habló a aquella multitud. Te habla a ti. Él quiere que no pases hambre de Dios. Quiere venir a ti. Escúchalo.”
Se concluye con una respuesta común: “Jesús, Pan de Vida, quiero recibirte con fe”.
14. Aplicación a la Primera Comunión
Todo este itinerario desemboca directamente en la Primera Comunión. No como un apéndice externo, sino como cumplimiento sacramental. El niño que ha recorrido bien este proceso no ve la Primera Comunión como “el día en que toca comulgar”, ni como una celebración bonita, ni como una costumbre familiar. Empieza a verla como lo que es: el momento en que Cristo, Pan de Vida, viene realmente a él.
Aquí conviene decir con toda claridad, pero con lenguaje sereno, que la Primera Comunión no es un premio para quien se porta bien ni una simple meta social. Es un don. Cristo se ofrece al niño. Y ese don pide preparación: fe, limpieza de corazón, reverencia y deseo.
También es importante insistir en que la Primera Comunión no es el final del camino, sino el principio de una vida eucarística. Si el niño entiende esto, la catequesis habrá dado su fruto más importante.
15. Orientaciones amplias para el catequista
El catequista debe mantener siempre la continuidad interna del discurso. No debe fragmentarlo como si cada bloque fuera una catequesis autónoma y cerrada sobre sí misma. Son momentos de un mismo camino. Por eso conviene recordar, al inicio de cada bloque, lo recorrido anteriormente y mostrar cómo el Evangelio avanza.
No debe simplificar en exceso, pero tampoco intelectualizar. El tono ha de ser sobrio, claro y contemplativo. Es fundamental dejar espacio al silencio, a la observación de las imágenes y a las respuestas reales de los niños. El catequista no puede limitarse a “dar contenido”; debe acompañar un proceso interior.
Debe también cuidar mucho la verdad doctrinal. En una catequesis de Primera Comunión no se trata de rebajar el misterio, sino de traducirlo sin traicionarlo. La Eucaristía no debe ser presentada como simple recuerdo o símbolo. Pero la explicación no debe adoptar un tono técnico o frío. La claridad y la reverencia deben ir juntas.
16. Orientaciones para la familia
La familia puede sostener mucho este itinerario si lo prolonga con sencillez en casa. Basta releer alguna frase de Juan 6, comentar brevemente una imagen, hacer una oración corta o visitar al Santísimo con el niño. Lo importante no es multiplicar actividades, sino crear un ambiente donde el lenguaje sobre Jesús y sobre la Eucaristía sea natural, reverente y alegre.
Conviene también que los padres no hablen de la Primera Comunión solo en clave de preparación externa. Si todo gira en torno a la ropa, los invitados o la celebración social, el corazón del niño se dispersa. Si se le ayuda a comprender que Jesús quiere venir a él, la preparación adquiere otra densidad.
17. Conclusión
Juan 6,22-59 no es un discurso secundario, sino uno de los grandes caminos evangélicos hacia la Eucaristía. En él, Jesucristo lleva al hombre desde la superficialidad hasta el misterio, desde el interés hasta la comunión, desde el signo hasta la realidad de su presencia.
Si este itinerario es bien recorrido, el niño no solo aprenderá cosas sobre la Eucaristía. Empezará a reconocer a Jesucristo como Pan de Vida y a desear recibirlo de verdad. Ese es el fruto más alto de esta catequesis.
18. Posibilidades de fragmentación y uso práctico
Este itinerario ha sido concebido como una gran catequesis unitaria, pero puede y debe adaptarse a la realidad pastoral concreta. La primera posibilidad, y la más recomendable cuando el tiempo lo permite, es desarrollarlo en cinco sesiones, una por bloque. Esta forma respeta al máximo la pedagogía de Cristo y permite que cada imagen, cada actividad y cada paso doctrinal se asimilen con calma. Es la forma ideal para grupos parroquiales que disponen de varias semanas y desean preparar bien la Primera Comunión.
Una segunda posibilidad consiste en agrupar los cinco bloques en tres sesiones más amplias. En este caso conviene unir el primer y el segundo bloque en un primer encuentro sobre la búsqueda, el signo y la purificación de la fe; trabajar el tercer y cuarto bloque en un segundo encuentro dedicado a la revelación de Cristo y al escándalo del misterio; y reservar el quinto bloque, la lectio divina y la aplicación a la Primera Comunión para una tercera sesión más contemplativa y explícitamente eucarística. Esta opción resulta adecuada cuando se dispone de menos tiempo, pero se quiere conservar la lógica interna del proceso.
También puede estructurarse en dos sesiones largas. En ese caso la primera debería abarcar los bloques I, II y III, es decir, el paso desde la búsqueda interesada hasta la gran afirmación «Yo soy el Pan de Vida». La segunda se centraría en los bloques IV y V, culminando en la explicación eucarística, la lectio divina y la aplicación directa a la Primera Comunión. Esta modalidad exige más atención por parte del catequista para que la segunda sesión no resulte demasiado densa, pero puede funcionar bien en encuentros intensivos o en fines de semana catequéticos.
Existe además una modalidad familiar. Las cinco imágenes permiten trabajar el itinerario en casa, una imagen cada día o cada dos días, leyendo brevemente el texto correspondiente, explicándolo con palabras sencillas y terminando con una oración breve. Esta posibilidad es especialmente valiosa cuando se quiere implicar a los padres en la preparación del niño o cuando la catequesis parroquial desea proponer un refuerzo doméstico. En este caso no conviene convertir el momento en una “clase en casa”, sino en una lectura serena y orante del Evangelio.
Puede asimismo utilizarse este material en formato de retiro o jornada intensiva. En tal caso, la primera parte de la mañana podría dedicarse a los tres primeros bloques, con explicación y actividades breves; y la segunda parte a los dos últimos bloques, la lectio divina y una preparación más explícita para la Comunión o para una visita al Santísimo. Esta modalidad requiere más silencio y más capacidad de contemplación, pero puede dar mucho fruto si el ambiente está bien cuidado.
En todos los casos hay una regla que no debería romperse: no conviene empezar por el final. Incluso si se seleccionan bloques, hay que preservar la continuidad teológica del itinerario. Saltar directamente al realismo eucarístico sin haber recorrido la búsqueda, el signo, la revelación y el escándalo empobrece la catequesis. La fragmentación debe ser pastoral, no arbitraria.
La segunda semana de Pascua es uno de los momentos más importantes para todos los cristianos, y más concretamente el pasaje de la Sagrada Escritura que se refiere al Camino de Emaús. En este pasaje bíblico aprendemos que Jesús está vivo y que nunca nos dejará. Es también uno de los pasajes más importantes para comprender la importancia de la fe y de la esperanza. Todas estas enseñanzas se pueden ver reforzadas en los niños coloreando dibujos que representan las escenas del Camino de Emaús.
Os presentamos las siguientes láminas para que los niños se diviertan y aprendan este episodio tan importante y siempre actual para todos los cristianos. Podéis acceder a las imágenes en tamaño real pulsando sobre la imagen o sobre el título de cada imagen.
Pasados tres días, como ya había anunciado, resucita Jesús. Salió del sepulcro vivo y lleno de gloria. Un gran terremoto asustó a los soldados. Cuando María Magdalena y las otras mujeres llegan al sepulcro, un ángel resplandeciente les dice: «No temáis. ¿Buscáis a Jesús, el Crucificado? No está aquí. ¡Ha resucitado!».
* * *
«Oración al Ángel de la Guarda»
Ángel de la guarda,
Dulce compañía,
No me desampares
Ni de noche ni de día.
No me dejes solo
Que me perdería.
* * *
Los discípulos de Emaús
Dos discípulos de Jesús, llenos de tristeza, se marchaban a su pueblo. Jesús resucitado se les acercó en el camino, sin que ellos lo reconocieran. Al llegar a Emaús, le invitaron a que se quedase a comer con ellos. Por fin, le reconocieron al partir el pan. Jesús desapareció y ellos corrieron a Jerusalén para decir a los Apóstoles que habían visto a Jesús resucitado.
«Jesús, que nunca me separe de ti»
* * *
Jesús sube al Cielo
Después de resucitar, Jesús se queda con los Apóstoles unos días, les anima y les enseña todo lo que tienen que hacer. Un día se los lleva la Monte de los Olivos y les dice: «Bajará el Espíritu Santo y estará siempre con vosotros para ayudaros. Entonces hablaréis de mí hasta el último rincón de la tierra».
Luego se despidió, los bendijo y empezó a subir hacia el Cielo, hasta que lo tapó una nube.
* * *
Somos discípulos de Jesús
Luego, con la fuerza del Espíritu Santo que les envió Jesús, los Apóstoles extendieron la Iglesia por todo el mundo… Para ser buenos cristianos tenemos que ser muy amigos de Jesús y conocer muy bien su vida y sus palabras. Él es nuestro Salvador. Él es el camino que nos lleva al Cielo; el Cielo es una fiesta maravillosa que no tiene fin…
«Gracias Jesús, por todo lo que has hecho por mí»
* * *
* * *
De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 119 a 122
Con la cruz a cuestas va Jesús camino del Calvario, que es una colina que hay muy cerca de Jerusalén.
Sobre sus hombros lleva el enorme peso de la Cruz. La lleva para pagar por los pecados de todos los hombres de todos los tiempos… La gente se burla al verla pasar.
«Jesús, quiero ayudarte a llevar la cruz»
* * *
Jesús muere en la cruz
Jesús está ya en la Cruz, como un ladrón más, entre dos ladrones. Los fariseos se burlan: «Si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz y creeremos en Ti». Mientras, Jesús reza y le pide a Dios: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». Al pie de la cruz están la Virgen María y Juan el apóstol. Jesús nos da a su Madre como Madre nuestra antes de morir. Luego dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, murió.
Canción poesía: «Madrecita»
Madrecita de todos los niños,
Que estás en el cielo rezando por mí,
Si algún día tu hijito no es bueno,
Cógelo en tus brazos y acurrúcale.
Por las noches, cuando esté dormido,
Ven junto a mi cama,
Ven y bésame.
Con tu manto de luna y estrellas,
Cúbreme en tus brazos y acurrúcame.
* * *
Jesús es bajado de la cruz
Dos hombres buenos y valientes bajan el cuerpo de Jesús y se lo dan a su Madre, que lo recibe en sus brazos con inmenso cariño y dolor. Después, le vendan con aromas y perfumes y lo ponen en un sepulcro nuevo, cavando en una roca que estaba cerca de allí.
«Jesús, que vaya a hacerte compañía en el Sagrario»
* * *
Jesús es sepultado
El sepulcro donde ha sido enterrado Jesús tiene una gran piedra en la puerta. Los fariseos han pedido a Pilato que ponga guardias en la entrada, pues oyeron decir a Jesús que resucitaría al tercer día y temen que los discípulos se lleven el cuerpo de Jesús y luego digan que ha resucitado.
«Jesús, no quiero decir mentiras»
* * *
De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 115 a 118
Ayudar a adolescentes, familias, padres y catequistas a comprender que el himno Crux fidelis, inserto en el gran himno de la Pasión atribuido tradicionalmente a Venancio Fortunato, no es una simple composición poética ni un adorno musical del Viernes Santo, sino una síntesis orante de la teología católica de la Cruz. La sesión pretende mostrar que la Cruz de Cristo no es señal de derrota, sino árbol de vida, altar del sacrificio redentor, trono del Rey humilde y principio de toda esperanza cristiana.
Se quiere además que los participantes descubran que la liturgia no solo recuerda la redención, sino que la canta, la contempla y la entrega al corazón del creyente. Por ello, esta catequesis usa el himno completo en latín y en español, para que los jóvenes aprendan a escuchar el lenguaje de la Iglesia, a gustar su densidad teológica y a entrar en la adoración del misterio de Cristo crucificado.
Duración total estimada: 85 minutos.
Distribución orientativa:
Presentación e introducción: 10 minutos.
Orientaciones para catequistas y padres: 7 minutos.
Audición del himno con partitura: 8 minutos.
Lectura del texto completo en paralelo: 15 minutos.
Profundización teológica, bíblica y litúrgica: 18 minutos.
Actividades catequéticas: 4 actividades de 8-10 minutos cada una, eligiendo dos, tres o las cuatro según el tiempo real del grupo.
Oración final: 5 minutos.
Conclusión y aplicación: 4 minutos.
Hay textos de la liturgia que no solo acompañan la celebración, sino que la interpretan y la profundizan. Crux fidelis pertenece a esa categoría. La Iglesia, cuando adora la Cruz el Viernes Santo, no se limita a mirar un madero antiguo ni a recordar un sufrimiento pasado. Contempla el instrumento de la salvación, el lugar en el que el amor de Dios ha vencido al pecado y a la muerte. Por eso el himno no habla de la Cruz con lenguaje de derrota, sino con palabras de nobleza, dulzura, fecundidad y triunfo.
Esto resulta escandaloso para la sensibilidad moderna. El mundo suele aceptar la cruz como metáfora de dificultad o como símbolo cultural, pero no entiende que la Iglesia la llame «árbol noble» y «dulce leño». Sin embargo, en esa paradoja está el corazón de la fe cristiana. La Cruz es amarga en el sufrimiento, pero dulce en el fruto; dolorosa en la carne, pero gloriosa en el designio de Dios; humillante a los ojos del mundo, pero real y verdaderamente vencedora en el orden de la salvación.
La tradición católica ha conservado este himno porque en él resuena una cristología y una soteriología enteramente católicas. Cristo no salva a pesar de la Cruz, sino a través de ella. No se trata de que un fracaso haya sido luego reinterpretado, sino de que el mismo Hijo de Dios ha querido ofrecerse «por nosotros» en obediencia amorosa al Padre. Como enseña san Pablo, «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8, Biblia CEE). El himno canta justamente esa obediencia redentora.
Para las familias y los jóvenes, trabajar este texto supone una oportunidad preciosa. Les ayuda a salir de una religiosidad superficial y a entrar en una comprensión más honda del misterio cristiano. Les enseña que la liturgia piensa, que la Iglesia ora con inteligencia teológica, y que la belleza del canto sagrado no es estética vacía, sino verdad rezada.
Esta sesión debe ser presentada con un tono de contemplación y de hondura. No conviene tratar el himno como simple objeto literario ni como curiosidad litúrgica. El catequista debe ayudar a comprender que el canto sagrado forma el corazón cristiano. La Iglesia no canta para entretener, sino para confesar la fe, elevar el alma y hacer penetrar el misterio en la memoria. En ese sentido, Crux fidelis es una catequesis cantada sobre la redención.
Conviene evitar dos errores. El primero sería reducir la sesión a una clase de latín o a una explicación filológica. La lengua latina tiene aquí un valor real y hermoso, pero subordinado al contenido de fe. El segundo error sería hacer una lectura sentimental de la Cruz, sin mostrar su densidad doctrinal. La Cruz en este himno es árbol nuevo, altar, victoria, medicina, puerto del náufrago y signo del amor extremo del Redentor. Todo esto debe ser explicado con calma.
Los catequistas deben también insistir en la pedagogía de la paradoja cristiana. El himno llama «dulce» al leño, a los clavos y al peso. Eso no banaliza el dolor ni lo vuelve agradable en sí mismo. Lo que se llama dulce es el fruto salvador del sacrificio de Cristo. San Agustín explica que el madero que parecía instrumento de suplicio se convirtió, por la pasión del Señor, en cátedra del Maestro y tribunal del Rey. En esa inversión está una de las claves más profundas del cristianismo.
Para los padres, esta sesión es muy valiosa porque enseña a introducir a los hijos en la liturgia con inteligencia. No basta llevarlos a los oficios; hay que ayudarles a comprender lo que la Iglesia canta y ora. Esta catequesis puede ser muy fecunda si, después de la sesión, se relee en casa alguna estrofa y se une a una breve oración ante un crucifijo.
Antes de comentar el texto, conviene escucharlo. La melodía gregoriana no es un adorno secundario, sino un modo de servir al texto litúrgico y de abrir el corazón a su contemplación. El catequista puede invitar a escuchar en silencio, pidiendo a los participantes que se fijen en la gravedad serena del canto, en la repetición de las frases y en el modo en que la música evita tanto el sentimentalismo como la frialdad.
Después de la audición, puede preguntarse qué impresión ha producido el canto: si parece triunfal, doloroso, sereno, contemplativo o austero. Esa primera reacción ayudará luego a entrar más profundamente en el texto.
Pange, lingua, gloriosi
proelium certaminis,
et super Crucis trophaeo
dic triumphum nobilem,
qualiter Redemptor orbis
immolatus vicerit.
Canta, lengua, el glorioso
combate victorioso,
y sobre el trofeo de la Cruz
proclama el noble triunfo:
cómo el Redentor del mundo,
inmolado, ha vencido.
De parentis protoplasti
fraude Factor condolens,
quando pomi noxialis
morte morsu corruit,
ipse lignum tunc notavit,
damna ligni ut solveret.
Compadecido el Creador
del engaño del primer padre,
cuando al morder el fruto mortal
cayó herido de muerte,
señaló entonces el árbol
para reparar el daño del árbol.
Hoc opus nostrae salutis
ordo depoposcerat,
multiformis perditoris
arte ut artem falleret,
et medelam ferret inde,
hostis unde laeserat.
Esta obra de nuestra salvación
la exigía el plan divino,
para que la astucia del múltiple pervertidor
fuese vencida por su propia astucia,
y de donde vino la herida
viniera también el remedio.
Quando venit ergo sacri
plenitudo temporis,
missus est ab arce Patris
natus orbis Conditor,
atque ventre virginali
carne factus prodiit.
Cuando llegó, pues, la plenitud
del tiempo sagrado,
fue enviado desde el trono del Padre
el Creador del mundo hecho hombre,
y, tomando carne
en el seno virginal, salió a nuestro encuentro.
Vagit infans inter arcta
conditus praesepia,
membra pannis involuta
Virgo Mater alligat,
et Dei manus pedesque
stricta cingit fascia.
Llora el Niño, recluido
en un estrecho pesebre;
la Virgen Madre envuelve en pañales
sus miembros delicados,
y ata con fajas ceñidas
las manos y los pies de Dios.
Lustra sex qui iam peregit,
tempus implens corporis,
se volente, natus ad hoc,
passioni deditus,
agnus in Crucis levatur
immolandus stipite.
Cumplidos ya seis lustros
y colmado el tiempo de su cuerpo,
nacido precisamente para esto,
y entregado libremente a la pasión,
es alzado como Cordero
para ser inmolado en el madero de la Cruz.
Hic acetum, fel, arundo,
sputa, clavi, lancea;
mite corpus perforatur,
sanguis, unda profluit,
terra, pontus, astra, mundus
quo lavantur flumine.
Aquí hay vinagre, hiel, caña,
salivazos, clavos y lanza;
su cuerpo manso es traspasado,
y brotan sangre y agua,
río en el que se lavan
tierra, mar, cielo y mundo.
Crux fidelis, inter omnes
arbor una nobilis:
nulla silva talem profert
fronde, flore, germine.
Dulce lignum, dulces clavos,
dulce pondus sustinet.
Oh cruz fiel, entre todos
el único árbol noble:
ningún bosque produce otro igual
en hojas, flores y frutos.
Dulce leño, dulces clavos,
dulce peso el que sostienes.
Flecte ramos, arbor alta,
tensa laxa viscera,
et rigor lentescat ille
quem dedit nativitas,
ut superni membra Regis
mite tendas stipite.
Inclina tus ramas, árbol sublime,
afloja la rigidez de tu tronco,
y ablanda la dureza
que te dio tu misma naturaleza,
para que sostengas con suave leño
los miembros del Rey del cielo.
Sola digna tu fuisti
ferre pretium saeculi,
atque portum praeparare
nauta mundo naufrago,
quem sacer cruor perunxit
fusus Agni corpore.
Tú sola fuiste digna
de llevar el rescate del mundo,
y de preparar puerto seguro
para el mundo náufrago,
al ser ungida por la sangre sagrada
derramada del Cuerpo del Cordero.
Sempiterna sit beatae
Trinitati gloria,
aequa Patri Filioque,
par decus Paraclito;
unus Trinusque nomen
laudet universitas. Amen.
Sea gloria sempiterna
a la bienaventurada Trinidad,
igual al Padre y al Hijo,
y honor semejante al Paráclito;
que todo lo creado alabe
al Dios uno y trino. Amén.
La doxología final es tradicional en la transmisión litúrgica, aunque no pertenece al núcleo original atribuido a Fortunato. Esta observación, que la tradición erudita católica ha señalado repetidamente, no disminuye su valor litúrgico, sino que ayuda a leer mejor la historia viva del himno en la oración de la Iglesia.
El himno entero está construido sobre una gran tipología bíblica: el árbol del paraíso y el árbol de la Cruz. El hombre cayó por el fruto del árbol de la desobediencia, y por otro árbol, el de la obediencia del Nuevo Adán, viene la redención. Esta lectura no es una invención poética tardía, sino una de las grandes líneas de la tradición patrística. Ya san Ireneo había enseñado que la obediencia de Cristo recapitula y deshace la desobediencia de Adán; y el himno recoge esa lógica con admirable condensación cuando dice: «ipse lignum tunc notavit, damna ligni ut solveret», es decir, Dios señaló el árbol para reparar el daño del árbol.
Se trata además de una teología de la providencia. El himno no presenta la cruz como accidente lamentable, sino como parte del «ordo» de la salvación: «Hoc opus nostrae salutis ordo depoposcerat». Eso no significa fatalismo ni necesidad ciega, sino sabiduría divina. El Padre no improvisa la redención, sino que la dispone en su designio amoroso. Santo Tomás explica esta lógica al mostrar que convenía que Cristo padeciera, no porque Dios necesitara el dolor, sino porque así se manifestaban al máximo su justicia, su misericordia y su amor obediente (Suma Teológica, III, q. 46).
La Encarnación ocupa un lugar central en el himno. No se pasa directamente de la caída a la cruz. El texto contempla primero al Verbo hecho carne, al Niño fajado por su Madre, a las manos y pies de Dios ya sujetos en pañales. Esto es profundamente teológico. La cruz no se entiende sin la Encarnación. El mismo cuerpo nacido de María será el cuerpo entregado en la Pasión. La misma carne que tiembla en el pesebre será la carne traspasada en el Calvario. La redención no sucede al margen de la humanidad del Señor, sino precisamente a través de ella.
Cuando el himno llama a la Cruz «árbol noble» y «dulce leño», no pretende suavizar el sufrimiento ni borrar la violencia de la Pasión. Lo que afirma es algo más profundo: que la Cruz ha sido transformada por Cristo. Ya no puede mirarse solo como instrumento de muerte. Es, en la expresión de san León Magno, el lugar desde el que Cristo «atrae todo hacia sí» y desde el que se derrama la salvación. Por eso el himno llama «dulce peso» al cuerpo del Señor: no porque la Pasión sea sentimentalmente agradable, sino porque el fruto del sacrificio es la salvación del mundo.
Litúrgicamente, todo esto adquiere una densidad singular en el Viernes Santo. La adoración de la Cruz no es un simple recuerdo piadoso, sino un acto de fe. La Iglesia, al cantar este himno, no comenta externamente la Pasión, sino que entra en ella. La Cruz se convierte en objeto de veneración porque ha sido tocada por la sangre del Cordero. De ahí la grandeza de su lenguaje: la Cruz es puerto para el náufrago, medicina para el herido, noble árbol entre todos. La liturgia enseña así que el cristiano no contempla la Cruz con neutralidad, sino con adoración agradecida.
Para los jóvenes, esta teología tiene una fuerza inmensa. En un mundo que busca eliminar el dolor sin redimirlo, que evita toda renuncia y que no comprende la fecundidad del sacrificio, este himno enseña que la vida entregada en obediencia a Dios no es estéril. La cruz abrazada con Cristo no destruye, sino que salva; no cierra, sino que abre; no hunde, sino que conduce al puerto.
Actividad 1. Del árbol de la caída al árbol de la redención
Objetivo doctrinal: Comprender la relación entre el árbol del Edén y el árbol de la Cruz, y descubrir que la redención no es una idea suelta, sino una respuesta de Dios al pecado del hombre.
Tiempo: 10-12 minutos. Materiales: Biblia, pizarra o cartulina, rotuladores.
El catequista dibuja dos árboles en la pizarra. Encima de uno escribe “Edén” y encima del otro “Cruz”. Después pide al grupo que diga qué asocia a cada uno: fruto prohibido, desobediencia, muerte, vergüenza, ruptura, en el primero; obediencia, sacrificio, sangre, salvación, perdón, vida, en el segundo. A continuación lee despacio la estrofa: «De parentis protoplasti fraude Factor condolens… ipse lignum tunc notavit, damna ligni ut solveret».
La explicación debe ser amplia. No basta con decir que una cosa corrige a la otra. Hay que mostrar que en la economía de la salvación Dios no improvisa. Del mismo lugar simbólico desde el que vino la herida viene también el remedio. El catequista puede conectar esto con Romanos 5 y con la doctrina tradicional del Nuevo Adán.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿Por qué el himno insiste tanto en el árbol?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Porque la fe cristiana no piensa la Cruz como un hecho aislado, sino como respuesta al drama entero de la historia humana».
— Catequista: «¿Qué perdió el hombre en el primer árbol?»
— Grupo: «La gracia, la amistad con Dios, la obediencia».
— Catequista: «¿Y qué recibe en el árbol de la Cruz?»
— Grupo: «Perdón, vida, salvación».
— Catequista: «Muy bien. Entonces la Cruz no es solo un sufrimiento: es el lugar donde Dios rehace lo que el pecado había roto».
Indicaciones para el catequista: esta actividad debe llevar a una comprensión orgánica de la historia de la salvación. Evita moralizarla demasiado. Su clave no es “portarse mal o bien”, sino obediencia y desobediencia, herida y medicina, caída y redención.
Actividad 2. “Dulce lignum”: la paradoja de la Cruz
Objetivo doctrinal: Descubrir que el lenguaje cristiano sobre la Cruz es paradójico porque habla desde la redención, no desde la mera apariencia externa del sufrimiento.
Tiempo: 8-10 minutos. Materiales: texto impreso de la estrofa “Crux fidelis”.
El catequista reparte la estrofa central y pide subrayar las palabras que más sorprenden: “noble”, “dulce”, “fruto”, “peso”. Luego pregunta por qué pueden sonar extrañas. La reacción espontánea del grupo —pensar que la cruz fue algo terrible— debe ser acogida y usada para introducir la paradoja cristiana.
A continuación se explica que la Iglesia no llama “dulce” al dolor en cuanto dolor, sino al fruto redentor que procede del sacrificio de Cristo. San Agustín, al meditar la Pasión, muestra que la cruz, antes vergonzosa, se ha convertido en gloria por quien colgó de ella. Esa inversión es la clave de la estrofa.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿Es dulce el dolor físico de la cruz?»
— Grupo: «No».
— Catequista: «Entonces, ¿por qué el himno dice “dulce lignum, dulces clavos, dulce pondus”?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Porque la liturgia mira la Cruz desde la salvación, no solo desde el tormento. Lo que parece fracaso se convierte en victoria. Lo que parecía amargo da fruto de vida eterna».
— Catequista: «¿Entendéis ahora por qué la Iglesia canta la Cruz con veneración y no solo con tristeza?»
Indicaciones para el catequista: esta actividad exige mucha claridad. No permitas que se interprete como romanticismo del dolor. La dulzura es teológica, no sentimental. Se llama dulce al leño porque sostuvo al Salvador del mundo.
Actividad 3. La Cruz como puerto del náufrago
Objetivo doctrinal: Comprender que la Cruz no es solo símbolo de sufrimiento, sino lugar de refugio, salvación y esperanza para el hombre herido por el pecado.
Tiempo: 8-10 minutos. Materiales: un crucifijo visible, pizarra.
El catequista escribe en la pizarra la expresión del himno: «atque portum praeparare nauta mundo naufrago». Después pregunta qué significa un “mundo náufrago”. A partir de ahí se invita al grupo a describir qué cosas hacen naufragar hoy a una persona: vacío interior, pecado, mentira, superficialidad, miedo, desesperanza, adicciones, ruptura familiar, falta de sentido.
Luego se vuelve al texto. La Cruz prepara un puerto, es decir, un lugar seguro, firme, salvador. Cristo crucificado se convierte así en refugio del hombre perdido. El catequista debe explicar que el cristianismo no ofrece solo consuelo psicológico, sino verdadera salvación.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿Cuándo naufraga una persona por dentro?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Qué suele hacer el mundo cuando uno naufraga?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Y qué dice el himno que hace la Cruz?»
— Grupo: «Preparar un puerto».
— Catequista: «Exactamente. La Cruz no hunde al hombre; lo rescata. Por eso la Iglesia no huye de ella, sino que la adora».
Indicaciones para el catequista: esta actividad puede ser muy fecunda con adolescentes si se conecta con sus naufragios reales: sentido, identidad, heridas afectivas, inseguridad. No hay que quedarse en lo abstracto.
Actividad 4. Lectio divina con el himno y el Evangelio
Objetivo doctrinal: Aprender a leer el himno litúrgico a la luz de la Palabra de Dios y dejar que ambos textos se iluminen mutuamente.
Tiempo: 12-15 minutos. Materiales: Biblia, texto impreso del himno.
El catequista proclama primero Jn 19, 25-37 o, si se prefiere, Jn 12, 32-33 y luego relee despacio las estrofas “Hic acetum, fel, arundo…” y “Crux fidelis…”. Se guarda silencio. A continuación pide a cada participante que elija una palabra o imagen que le haya tocado: sangre, agua, árbol, dulce, puerto, Cordero, victoria.
Luego se abre una puesta en común sencilla pero bien guiada. La intención no es hacer comentarios espontáneos sin orden, sino ayudar a que la liturgia enseñe a leer la Escritura y que la Escritura dé profundidad al himno.
Microguion orientativo:
— Catequista: «¿Qué imagen del himno os ha tocado más?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Por qué os ha impresionado?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Qué os enseña sobre Cristo?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «Muy bien. El himno no inventa una emoción; interpreta la Pasión con la fe de la Iglesia. Ahora preguntad al Señor en silencio: ¿qué quieres enseñarme a mí desde tu Cruz?»
Indicaciones para el catequista: esta actividad exige silencio real. No tengas miedo a dejarlo. Si se hace deprisa, pierde toda su fuerza. Puedes concluir invitando a besar el crucifijo o a hacer una inclinación profunda en silencio.
Señor Jesucristo,
Redentor del mundo,
que has querido vencer desde la Cruz
y convertir el madero de suplicio en árbol de vida,
abre nuestro entendimiento
para que no huyamos de tu misterio,
purifica nuestro corazón
para que aprendamos a amar tu Cruz,
y danos la gracia de reconocerte
como Cordero inmolado y Señor victorioso.
Haz que nuestras familias
no miren la Cruz con miedo ni con rutina,
sino con adoración, esperanza y fe.
Amén.
Conclusión y aplicación familiar
Crux fidelis enseña a las familias que la liturgia de la Iglesia guarda una sabiduría inmensa. En pocas estrofas, este himno muestra el pecado del hombre, el designio del Padre, la Encarnación del Hijo, la Pasión redentora, la gloria de la Cruz y la esperanza del mundo salvado. No es una composición decorativa; es una catequesis cantada.
A los padres: enseñad a vuestros hijos a mirar el crucifijo no solo como objeto devoto, sino como resumen visible del amor de Cristo. A los jóvenes: aprended que la Cruz no destruye la vida cuando se abraza con Cristo, sino que la ordena, la purifica y la salva. A los catequistas: haced descubrir que la belleza litúrgica no es algo añadido, sino una vía real de acceso al misterio de la fe.