Santa Margarita de Escocia, con recursos digitales

Santa Margarita de Escocia, con recursos digitales

Quiera Dios que todas las esposas de los jefes de las naciones sean tan fervorosas y generosas como Santa Margarita de Escocia, y que las demás esposas lo sean también.

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Ruge el vendaval caminando sobre las aguas a través de las tinieblas; el bajel danza entre un mar enemigo y un cielo irritado; los remeros se han cansado de luchar contra las olas; el príncipe llora, la princesa reza. Pero va amaneciendo, con las sombras huye la tempestad, y la esperanza empieza a renacer en el navío. Allá, enfrente, se dibuja ya el perfil de una costa rocosa, «¿Dónde estamos?», pregunta el joven príncipe a los marinos, con voz anhelante y ansiosa mirada. No saben responderle con certidumbre. Aquellos acantilados recuerdan a uno el país de Norwich; otro opina que están llegando a tierra de Flandes o a las provincias francesas del duque Guillermo, nuevo rey de Inglaterra.

Pero el navío avanza, y los primeros rayos del sol iluminan la tierra cercana. Están en Escocia. Los navegantes se llenan de alegría. No es su voluntad la que allí les lleva, es la voluntad de Dios, y desembarcan confiados. Después, el mensaje al rey Malcolm: «Los sobrinos del santo rey Eduardo, Edgar y Margarita, besan tu mano y se encomiendan a tu generosidad.» Llegaron los cortesanos con presentes, acompañaron a los príncipes hasta el palacio real, salió el rey a su encuentro, y ellos contaron su triste historia. El desembarco de los normandos en Inglaterra, el duque Guillermo ocupando el trono de Alfredo el Grande, el pueblo inglés despojado por los invasores. «¡Y nosotros viendo todas esas cosas, oh rey!—decía el príncipe Edgar; maltratados, estrechamente vigilados y siempre con la espada sobre nuestras cabezas. El usurpador tiene miedo de que los ingleses, agrupados en torno al único heredero legítimo del rey Eduardo, le arrojen de la isla. Y un día salimos furtivamente de la corte, cabalgamos hasta el mar y subimos a un barco. Queríamos ir a Hungría: ya sabes, ¡oh rey!, que nuestra madre era hija del rey de aquella tierra; pero la tempestad nos ha traído a las costas de Escocia y nos ha puesto en tus manos.»

Malcolm era un rey magnánimo y bondadoso. También él conocía las amarguras del destierro. «Huyamos—había dicho, como ahora el descendiente de los reyes anglosajones—; aquí las sonrisas son puñales, y derraman sangre los que con la sangre están unidos.» Y mientras el tirano Macbeth ensangrentaba el trono que había ocupado su padre, él hallaba cariño y protección en el palacio del rey Eduardo, de San Eduardo el Confesor. Y fue San Eduardo quien puso a sus órdenes diez mil guerreros para que derribase al usurpador y devolviese la tranquilidad a su patria. Al fin remaba; y cumplía noblemente la promesa que había hecho en el momento de la victoria: «Yo pagaré a todos el afecto que les debo; volverán a sus casas los que huyeron del hierro y de la tiranía, y con ayuda de Dios habrá paz y justicia en Escocia.»

Era el año 1067 cuando entró Margarita en su nueva patria. Tenía ella entonces veinte de edad. Entró desterrada, para ser reina. Sentóse en el trono de lady Macbeth y se arrodilló en su reclinatorio; pero sin tener su crueldad, ni su perfidia, ni su ambición. Venía a limpiar las manchas de sangre, a secar las lágrimas del pueblo, a apaciguar las sombras de Duncán y Banquo. Fue una reina piadosa y varonil al mismo tiempo. Cabalgaba gentilmente entre los magnates, zurcía y bordaba entre las damas, rezaba entre los monjes, discutía entre los sabios, y entre los artistas planeaba proyectos de catedrales y monasterios. Se la vio presidir las asambleas del reino y los concilios, cortando abusos seculares, dictando decretos de reforma moral y religiosa y defendiéndolos frente a los obispos y los caballeros con textos de los santos. Malcolm, a su lado, contemplaba la escena orgulloso y silencioso, admirando el celo, la sabiduría y la suavidad con que la reina triunfaba de las rebeldías. Él manejaba el hierro valerosamente, pero no sabía leer ni hablaba con elegancia. Cuando había que dar algún decreto, ponía una cruz al pie y encargaba que se lo llevasen a la reina. Su amor hacia ella rayaba en la idolatría. Se le veía coger los libros en que ella leía o rezaba, admirar sus miniaturas, besarlas, colocarlas junto a su pecho y llevarlas como prenda de amor en sus campañas. A veces Margarita se encontraba con agradables sorpresas: los libros que más quería aparecían cubiertos de oro, adornados de imágenes sagradas, iluminados de perlas. Era un obsequio de su marido. Un día el rey preguntó a la reina cuál era el libro que más le gustaba. Ella contestó que el Evangelio. Y, efectivamente, ningún otro abrazaba tan apasionadamente, ni leía tan asiduamente, ni humedecía con tan fervorosas lágrimas. Y sucedió que un día se encontró en su habitación un códice de los Evangelios escrito con letras de oro, decorado maravillosamente, rutilante con ricos metales y piedras preciosas.

Santa Margarita, Reina de EscociaMalcom hubiera querido aprender a leer, pero era ya tarde. En todo lo demás se había convertido en discípulo de Margarita. Prolongaba la oración a su lado, ayunaba como ella, amaba lo que ella le enseñaba a amar, y lo mismo que ella, gustaba de verse entre mendigos y desgraciados. Lanzada desde las gradas del trono al destierro y desde el destierro al trono, Margarita había aprendido en la desgracia a compadecerse de los que la sufrían. La vista de la miseria hacíala llorar, y sus mejores amigos eran los presos, los pobres y los cautivos. Veinticuatro pobres alimentaba constantemente en su palacio. Cuando salía fuera, los hambrientos y harapientos se agrupaban en torno suyo, clamando: «¡Madre, madre, santa y bondadosa madre!» Ella les sonreía y los consolaba, y cuando había repartido cuanto tenía, acudía a la generosidad de sus damas, de sus pajes y de los caballeros. Sucedió muchas veces que la reina y todo su acompañamiento volvieron al palacio sin escudos, sin mantos, sin sortijas, sin alfileres, sin guantes y hasta sin zapatos. Durante la Cuaresma y el Adviento la reina parecía una monja. A medianoche se dirigía a la iglesia para rezar los oficios de la Santísima Trinidad, de la Santa Cruz, de la Santísima Virgen y de difuntos. A continuación, decía todo el Salterio, lavaba los pies a seis pobres y se acostaba de nuevo. A media mañana se la veía cuidando a nueve niños huérfanos, que siempre tenía junto a su habitación. Ella misma los vestía, les preparaba el alimento y se lo daba, poniéndose de rodillas delante de ellos. Después llamaba a sus hijos y les enseñaba la doctrina cristiana, o bien leía, o trabajaba, o recibía audiencias, o despachaba los negocios al lado del rey, o hablaba con su capellán de las cosas de su alma. «Me hablaba—dice él mismo—con una sencillez tal que yo estaba maravillado. Cuando nuestra conversación versaba acerca de la dulzura de la vida perenne, sus palabras salían inflamadas en el fuego del Espíritu Santo, que habitaba en ella. El amor la hacía sollozar y romper en llanto, y yo lloraba con ella. Con frecuencia me decía que vigilase sus acciones y sus palabras para que la diese en secreto la corrección correspondiente. «Corríjame el justo con misericordia—solía decir—, y que el aceite del pecador no toque mi cabeza; mejor es la herida del que ama que el beso del enemigo.»

Una sentencia que Margarita recordaba con frecuencia era aquella de Santiago: «¿Qué es nuestra vida sino un poco de humo, que se desvanece en el aire?» Sin embargo, era la suya una virtud amable y graciosa. «De tal modo se juntaba en ella la bondad con la austeridad, que todos la amaban y la temían al mismo tiempo.» Amaba la magnificencia en las iglesias y en el palacio, favorecía a los orfebres, a los pintores y a los arquitectos, le gustaba ver al rey rodeado de un séquito numeroso de caballeros vestidos de brillantes arneses, y ella misma aparecía en público con todo el esplendor de la dignidad real. En su cámara se veían siempre sedas, damascos, tapices y toda clase de joyas y telas que hasta entonces no se habían visto en Escocia. Allí pasaba largas horas la reina con sus damas bordando ornamentos para las iglesias o haciendo ricos mantos para que los caballeros los luciesen en las fiestas cortesanas.

La tierra de Escocia, que antes había sudado sangre y llanto, sentíase ahora feliz; reinaba la paz, la abundancia alegraba los hogares, prosperaba el comercio, surgían, según la pauta de un arte nuevo, espléndidas catedrales, y la sonrisa de la reina iluminaba la vida de los vasallos. Pero un día el ejército de Guillermo el Rojo atacó el castillo de Aluwick, en la frontera de Inglaterra, y Malcolm salió a defenderle con sus guerreros. La reina le acompañó llorando hasta el puente del castillo, y ya no volvió a alegrarse su corazón. Aquella partida llenábala de tristes presentimientos. «Desde entonces —dice su capellán—empezó a hablarme con más intimidad que nunca, me descubrió plenamente su alma, me contó por orden toda su vida, y, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas, me dijo: Adiós; mi fin se acerca, cuida de mis hijos y acuérdate de mí en la Santa Misa.» Algún tiempo después, estando con sus damas, la reina sintió como si una espada traspasara su alma; una palidez mortal cubría su rostro, su corazón palpitaba violentamente, y cuando pudo hablar dijo estas palabras: «Una gran desgracia ha caído hoy sobre el reino de los escoceses.» Ya antes se encontraba enferma, pero desde este momento los que la acompañaban empezaron a desesperar de su vida. Así lo comprendió ella, mandando que la llevasen al oratorio para recibir el Viático. «Pero ¿qué es lo que hago? —exclama el piadoso biógrafo—. ¿Cómo tengo valor para contar la muerte de mi señora? ¡Ay! Toda carne es heno y toda su gloria como flor de un día. Secóse la hierba y se cayó la flor. Con el color de la muerte en el rostro yacía junto al altar, pidiendo que rezásemos por ella. Habiendo vuelto al lecho, rogó que le trajesen la cruz negra, la joya más preciosa del palacio real. Corrió una dama al armario, pero como no acertaba a abrir, la moribunda gemía diciendo: «¡Ay, triste de mí! ¡Ay, pobre pecadora! Ya no soy digna de ver el signo de la Santa Cruz.» Trajéronsela al fin, y recogiendo las fuerzas que le quedaban, cogióla apasionadamente, la abrazó, la besó y se signó con ella una y otra vez los ojos y el pecho. Su cuerpo iba enfriándose, pero ella seguía rezando con la cruz sobre sus ojos. En este momento entró uno de sus hijos, que venía del campo de batalla. Angustiado, enloquecido, cayó junto al lecho, gritando:

—¡Madre, madre!

La moribunda hizo por sonreír, y preguntó:

—¿Qué me cuentas de tu padre y de tu hermano?

—Bien están—respondió el joven. Hubo un silencio, interrumpido por los sollozos, y luego la reina continuó:

—No me engañes, hijo mío; lo sé todo, pero dímelo tú, dime cómo murieron.

Y el príncipe contó la muerte de Malcolm y de su hermano, heridos a traición por un caballero inglés.

—Gracias, Señor—dijo Margarita, sin la menor señal de turbación—; gracias, porque me das paciencia para sufrir tantas calamidades juntas.

Después dirigió una última mirada a su hijo y expiró pronunciando estas palabras:

—Señor Jesucristo, que por tu muerte vivificaste al mundo, líbrame…

No pudo continuar. Había volado al reino que nadie le podría arrebatar.

Artículo original en Hijos de la Divina Voluntad.

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Oraciones a Santa Margarita de Escocia.

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Otras biografías en la red

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Santa Margarita de Escocia, por Encarni Llamas en DiócesisTV

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Santa Margarita de Escocia, vídeo de Eda Querini

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Santa Margarida da Escócia, en WEBtvCN (portugués)

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Biografía de san Alberto Magno, Doctor de la Iglesia

Biografía de san Alberto Magno, Doctor de la Iglesia

Alberto Magno, el científico y el santo.

San Alberto nace en el seno de la noble familia de los Ingollstad en Lauingen, Diócesis de Augsburgo en la Baviera Alemana en 1.206.

Desea cursar la carrera de Leyes por lo que sus padres le envían primero a Bolonia, que más tarde será cumbre de los estudios juristas; pasa más adelante a Venecia, para terminar en Padua. En 1.223 conoce a su compatriota el Bto. Jordán de Sajonia que sucederá a Santo Domingo de Guzmán en el gobierno de la Orden Dominicana. Queda prendado por la predicación y las cualidades de este hombre; recibe la llamada de Dios y decide ingresar en la Orden de Predicadores en 1.224. La oposición de su familia es frontal, pero él permanece fiel a su decisión.

En 1.228 es enviado a su Patria como profesor y enseña, primero en Colonia, con posterioridad en Hildesheim, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo y en la Sorbona de París, donde tendrá como discípulo predilecto a Santo Tomás de Aquino.

En 1.248 le encontramos, de nuevo, en Colonia dirigiendo el Estudio General de la Orden en esta ciudad. En los años 1.254 a 1.257 es elegido Provincial de la Provincia de Teutonia. En 1.256 está en Roma y allí, con San Buenaventura, franciscano, defiende los derechos de las Ordenes Mendicantes, frente a Guillermo de San Amor y otros profesores, el derecho de enseñar en las Universidades de entonces. San Alberto Magno es profesor en la Curia Pontificia.

Cuatro años más tarde el Papa Alejandro IV le nombra Obispo y, a pesar de su oposición, es consagrado Obispo de Ratisbona; organizó la Diócesis. A los dos años, con nostalgia de su vida conventual dominicana, el Papa Urbano IV le acepta la renuncia. De 1.261 al 1.263 es nombrado Predicador de la Cruzada y profesor de la Curia Pontificia.

Destaca San Alberto Magno por su capacidad, sagacidad y equilibrio en solucionar casos conflictivos como el del Obispo de Wurzburgo con sus fieles. Su misión y su campo es la enseñanza, la investigación por la que sigue dictando su sabiduría en las Cátedras Wurzburgo, Estrasburgo y Lyon. Participa en el II Concilio de Lyon, donde media para que sea reconocido como Rey de Alemania Rodolfo de Augsburgo.

En 1.279 se debilita física y mentalmente. Ese mismo año redacta su testamento y muere, con serenidad y paz, sobre su mesa de trabajo. Era el 15 de noviembre de1.280.

El Maestro General de la Orden Dominicana, Humberto de Romans, nos ha dejado estas pinceladas: «Era de buena talla y bien dotado de formas físicas. Poseía un cuerpo formado con bellas proporciones y perfectamente moldeado para todas las fatigas del servicio de Dios».

San Alberto es Magno por la grandeza de su espíritu. Era un hombre abierto a lo universal; escritor y profesor incansable. Como naturalista era un hombre de vocación analítica y observador nato. En sus obras destacan afirmaciones talas como: «Yo lo observé» «Yo hice el experimento» «Esto me lo han referido pescadores o cazadores expertos».

Pero es preciso destacar que San Alberto estudia, investiga, analiza todo en función de la Santa Predicación; por eso utiliza tanto las Ciencias Naturales, Biología, Botánica, Química, Zoología, Arqueología, como la Filosofía y la Teología.

Semblanza espiritual

San Alberto es un científico, pero ante todo es un teólogo, observante y mortificado, hombre de oración ininterrumpida. Pasa muchas noches en la oración, amante de la Eucaristía: «Celebraba los Misterios Divinos con la más grande pureza y el más ardiente amor».

Pero San Alberto Magno es un místico que descubre a Dios en el encanto de la creación. Y un místico mariano, con una sencilla y profunda devoción a la Virgen María. Su amor a la Virgen es ingenuo y profundo a la vez.

Fue canonizado por Pio XI el 16 de diciembre de 1.931. Pio XII, en 1.941, lo declara Patrono de los científicos. La gran gloria de San Alberto es sin duda su discípulo Santo Tomás de Aquino.

 

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Fuente original: Dominicos, Orden de Predicadores

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Otras biografías en la red

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Los mártires de Indochina

Los mártires de Indochina

Indudablemente hay muchos detalles legendarios en las relaciones de los martirios de la primitiva Iglesia, según han llegado a nuestras manos. Al leer la multitud de tormentos y la brutal crueldad que en ellos se manifiesta, recibimos la impresión de que todo aquello es pura invención de los escritores medievales. Sin embargo, en los tiempos modernos y casi en nuestros días, comprobados con multitud de testimonios completamente seguros y verídicos, se han repetido innumerables excesos de crueldad en los mártires de Indochina, de mediados del siglo XIX.

De ello se deduce que los instintos de crueldad son ingénitos en la naturaleza humana, y en los momentos de apasionamiento salen al exterior en la forma más brutal y repugnante; recordemos, aún en nuestros días, los extremos de crueldad y barbarie cometidos por los comunistas con multitud de católicos. Indirectamente, esto prueba con toda suficiencia que no hay que rechazar tan fácilmente aquellas actas de mártires solamente por el motivo de lo inverosímil que resulta la multitud y la crueldad de los tormentos.

El día de hoy se celebra de un modo especial la conmemoráción de los Beatos Jerónimo Hermosilla y sus dos compañeros mártires, pertenecientes a la Orden de Predicadores, sacrificados por Cristo en 1861 en la región del Tonkín. Pero, al mismo tiempo, se celebra la fiesta de otros mártires de Indochina que dieron su sangre por Cristo durante estos años de la más horrible persecución. Algunos fueron beatificados en 1900, 1906 y 1907, y recientemente otros veinticinco fueron elevados a los altares por Pío XII en 1951.

He aquí algunos datos más importantes de los principales entre ellos.

El Beato Jerónimo Hermosilla, insigne dominico y misionero español, era vicario apostólico en el oriente del Tonkin, y al estallar la persecución fue apresado por el mandarín Nguyen. Pero, habiendo logrado escapar de la prisión, continuó en secreto su actividad apostólica entre los naturales, hasta que, por la traición de un soldado, fue encarcelado de nuevo juntamente con otros dos misioneros dominicos, los Beatos Valentín Berrio-Ochoa, vicario general del Tonkín central, y Pedro Almato. Berrio-Ochoa era vasco de nacimiento y de noble familia; pero, habiendo ésta venido a menos, se dedicó algún tiempo al oficio de carpintero-ebanista hasta que ingresó en el seminario y luego en la Orden de Santo Domingo. En 1856 vió al fin realizadas sus ansias de ir a la Indochina, donde, nombrado bien pronto vicario general, llevaba una vida oculta en medio de los mayores peligros a causa de la persecución, cuando fue descubierto por un apóstata.

El padre Almato era catalán, que hacía seis años realizaba una ímproba labor en la misión dominicana del Tonkín, a pesar del deplorable estado de su salud. El padre Hermosillo intentó pasar a la China juntamente con el padre Almato; pero era ya tarde.

Apresados, pues, los tres insignes misioneros de la Orden dominicana, dieron generosamente su sangre por Cristo, siendo decapitados. Es interesante, a este propósito, el plan que, según consta por muchos documentos fidedignos, seguían aquellos sanguinarios enemigos del cristianismo. Como se dice en una de sus proclamas, «todos los cristianos deben ser concentrados en las poblaciones no cristianas, las mujeres separadas de sus esposos y los niños de sus padres. Las pueblos cristianos deben ser destruidos, y sus propiedades distribuidas entre otros. Todo cristiano debe ser marcado en su frente con la expresión falsa religión«.

Entre los más insignes mártires de esta persecución, debe ser considerado el Beato Teófanes Vénard, de origen francés, quien ya en su juventud había soñado en el martirio, que al fin sufrió en Tonkín a los treinta y un años de edad, víctima, él y sus compañeros, de las más horribles crueldades, tan típicas de esta persecución.

Ordenado de subdiácono en 1850, entró en el colegio de las Misiones Extranjeras ‘e París, y poco después escribía a una hermana suya estas conmovedoras palabras: «Conocía perfectamente el dolor que mi decisión causaría a toda mi familia y particularmente a ti, mi querida pequeña. ¿Pero no pensáis que también a mí me ha costado lágrimas de sangre el dar este paso y el causaros esta pena? ¿Quién ha tenido más cariño que yo a la casa paterna y a la vida familiar? Toda mi felicidad aquí abajo estaba concentrada en ella. Pero Dios, que nos ha unido a todos con los lazos del más tierno afecto, ha querido separarme para sí».

Su salud delicadísima retrasó su ordenación sacerdotal; pero, apenas realizada ésta en 1852, partió Teófanes para Hong-Konk, y después de dedicarse quince meses al aprendizaje de la lengua, pasó en 1854 al Tonkín. Más de cinco años trabajó con un celo incansable, luchando a la vez con su mala salud y con los horrores de la más implacable persecución. Hasta qué punto llegó la crueldad de los perseguidores, se expresa en estas palabras que escribía él mismo: «Se ha dado la orden de aprisionar a todos los cristianos y de martirizarlos por el sistema denominado lang-tri, consistente en una tortura lenta, cortándoles primero los pies hasta los tobillos; luego hasta las rodillas; luego los dedos, luego hasta los antebrazos y siguiendo de este modo hasta que no les quede más que un tronco enteramente mutilado».

Son interesantes los datos que comunica sobre los sufrimientos a que se veían sometidos y la situación desesperada en que se encontraban, todo lo cual es la más elocuente prueba del elevado espíritu que a todos les animaba. «Tres misioneros, dice, entre los cuales hay un obispo, yacen ya uno al lado de otro, día y noche, en un espacio de una vara y media cuadrada. No tenemos más luz ni más aire para respirar que tres agujeros del grosor de un dedo, practicados en la. pared, que nuestra anciana sirvienta se ve obligada a ocultar por medio de unos manojos de leña tirados por fuera.»

En noviembre de 1860 fue apresado y metido durante dos meses en una caja, semejante al calabozo descrito anteriormente. Pero él se industrió para escribir desde allí: «Estos días los he pasado tranquilamente. Todos los que me rodean son respetuosos conmigo y me quieren… No he sido sometido a tortura, como mis hermanos. Sin embargo, debido a la brutalidad del verdugo, al ser decapitado, se cometió con él un espectáculo horripilante, después de lo cual, según lo describe uno de los testigos, «una gran turba de gente se abalanzó sobre el cadáver con el fin de empapar lienzos de lino y pañuelos de papel en la sangre del mártir». Esto sucedió el 2 de febrero de 1861.

En 1851 y 1852 fueron decapitados otros dos misioneros de las Misiones Extranjeras de París, los Beatos Auqusto Schöffler y Juan Luis Bonnard. Schöffler, al estallar la persecución el año 1851, fue apresado y tuvo que sufrir horriblemente en la cárcel, con el gran marco de madera que la agarrotaba el cuello y los pesados grillos que apresaban sus miembros, además de la suciedad y de la compañía que lo rodeaba.

Entre los demás mártires de esta horrible persecución, citemos al Beato Esteban Teodoro Guénot, quien por su dignidad de obispo y sus relevantes méritos merece ser destacado de un modo especial.

Ingresado en el seminario de Misiones Extranjeras de París, llegó, en 1829, a Annam. Dedicado de lleno al trabajo misionero, al estallar en este territorio la persecución en 1833, se refugió en Siam junto con algunos seminaristas indígenas; pero, no obstante todas las contrariedades que se sucedieron, se acreditó de tal modo por su intrepidez y abrasado celo, que en 1835 fue consagrado obispo auxiliar de Mgr. Taberd. Entretanto continuaba la persecución devastando las cristiandades del Annam; sin embargo, Mgr. Guénot se arriesgó a entrar en aquel territorio, procurando desde sus escondrijos sostener a los cristianos indígenas e instruir y alentar a los catequistas.

Quince años duró este trabajo agotador de Mgr. Guénot, con el cual logró organizar tres vicariatos apostólicos separados en la Cochinchina, cada uno de los cuales servido por unos veinte sacerdotes, siendo así que al llegar no había más que una docena para todo el territorio. A los veinticinco años de episcopado, durante los cuales no había cesado la persecución, se desencadenó una nueva racha de fanatismo en la provincia de Binh-Dinh, que hasta entonces había gozado de una relativa paz.

En estas circunstancias, el obispo Guénot se ocultó en la casa de un cristiano, donde tuvo que sufrir horriblemente, hasta que, exhausto de fuerzas, fue apresado por los emisarios del mandarín. Arrojado en un estrecho calabozo, donde apenas podía respirar, fue conducido luego al lugar principal del distrito, donde al poco tiempo murió en la cárcel por efecto de tantos sufrimientos. Su muerte ocurrió el 14 de noviembre de 1862. Dos años antes habían sufrido el martirio otros dos obispos.

Los veinticinco mártires del Tonkín, beatificados en 1951 por el papa Pío XII, sufrieron el martirio entre 1857 y 1862 durante la persecución de Yu-Duk. A su cabeza van los obispos españoles Beatos José Sanjurjo y Melchor Sampedro. Poco antes de morir por Cristo, escribía el primero: «Estoy sin casa, sin libros, sin ropa. No tengo nada. Pero estoy tranquilo y soy feliz por verme digno de parecerme un poco a Nuestro Señor, que dijo que el Hijo del hombre no tenia dónde reclinar su cabeza». Los demás eran indigenas indochinos, y excepto cuatro, todos eran laicos.

El ejemplo de tan heroicos mártires, tan próximos a nosotros, es particularmente apto para alentar a los cristianos de nuestros días en medio de los combates que nos exija el cumplimiento de nuestros deberes profesionales y religiosos.

Enlace al artículo original.

San Ignacio de Antioquía – Catequesis de Benedicto XVI

San Ignacio de Antioquía – Catequesis de Benedicto XVI

Como hicimos ya el miércoles pasado, hablamos de las personalidades de la Iglesia primitiva. La semana pasada hablamos del Papa Clemente I, tercer Sucesor de san Pedro. Hoy hablamos de san Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquía, del año 70 al 107, fecha de su martirio. En aquel tiempo Roma, Alejandría y Antioquía eran las tres grandes metrópolis del imperio romano. El concilio de Nicea habla de tres «primados»:  el de Roma, pero también Alejandría y Antioquía participan, en cierto sentido, en un «primado».

San Ignacio era obispo de Antioquía, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, en Antioquía, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente:  su primer obispo fue el apóstol san Pedro —así nos lo dice la tradición— y allí «por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hch 11, 26). Eusebio de Cesarea, un historiador del siglo IV, dedica un capítulo entero de suHistoria eclesiástica a la vida y a la obra literaria de san Ignacio (III, 3). «Desde Siria —escribe— Ignacio fue enviado a Roma para ser arrojado como alimento a las fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Al realizar su viaje por Asia, bajo la custodia severa de los guardias» (que él, en su Carta a los Romanos, V, 1, llama «diez leopardos»), «en cada una de las ciudades por donde pasaba, con predicaciones y exhortaciones, iba consolidando las Iglesias; sobre todo exhortaba, con gran ardor, a guardarse de las herejías que ya entonces comenzaban a pulular, y les recomendaba que no se apartaran de la tradición apostólica».

La primera etapa del viaje de san Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí san Ignacio escribió cuatro cartas, respectivamente, a las Iglesias de Éfeso, Magnesia, Trales y Roma. «Habiendo partido de Esmirna —prosigue Eusebio— Ignacio fue a Tróada, y desde allí envió otras cartas»:  dos a las Iglesias de Filadelfia y Esmirna, y una al obispo Policarpo. Eusebio completa así la lista de las cartas, que han llegado hasta nosotros como un valioso tesoro de la Iglesia del siglo I. Leyendo esos textos se percibe la lozanía de la fe de la generación que conoció a los Apóstoles. En esas cartas se percibe también el amor ardiente de un santo. Por último, desde Tróada el mártir llegó a Roma, donde, en el anfiteatro Flavio, fue dado como alimento a las bestias feroces.

Ningún Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión con Cristo y de vida en él. Por eso, hemos leído el pasaje evangélico de la vid, que según el Evangelio de san Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en san Ignacio dos «corrientes» espirituales:  la de san Pablo, orientada totalmente a la unión con Cristo, y la de san Juan, concentrada en la vida en él. A su vez, estas dos corrientes desembocan en la imitación de Cristo, al que san Ignacio proclama muchas veces como «mi Dios» o «nuestro Dios».

Así, san Ignacio suplica a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, porque está impaciente por «unirse a Jesucristo». Y explica:  «Para mí es mejor morir en (eis) Jesucristo, que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros… Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios» (Carta a los Romanos, VI:  Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 478). En esas expresiones ardientes de amor se puede percibir el notable «realismo» cristológico típico de la Iglesia de Antioquía, muy atento a la encarnación del Hijo de Dios y a su humanidad verdadera y concreta:  Jesucristo —escribe san Ignacio a los cristianos de Esmirna (I, 1)— «esrealmente del linaje de David», «realmente nació de una virgen», «realmente fue clavado en la cruz por nosotros».

La irresistible orientación de san Ignacio hacia la unión con Cristo fundamenta una auténtica «mística de la unidad». Él mismo se define «un hombre al que ha sido encomendada la tarea de la unidad» (Carta a los cristianos de Filadelfia, VIII, 1).

Para san Ignacio la unidad es, ante todo, una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en absoluta unidad. A menudo repite que Dios es unidad, y que sólo en Dios esa unidad se encuentra en estado puro y originario. La unidad que los cristianos debemos realizar en esta tierra no es más que una imitación, lo más cercana posible, del arquetipo divino.

De este modo san Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que contiene algunas expresiones muy semejantes a las de la Carta a los Corintios de san Clemente Romano. «Conviene —escribe por ejemplo a los cristianos de Éfeso— que tengáis un mismo sentir con vuestro obispo, que es justamente cosa que ya hacéis. En efecto, vuestro colegio de presbíteros, digno del nombre que lleva, digno de Dios, está tan armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. (…) Por eso, con vuestra concordia y con vuestro amor sinfónico, cantáis a Jesucristo. Así, vosotros, cantáis a una en coro, para que en la sinfonía de la concordia, después de haber cogido el tono de Dios en la unidad, cantéis con una sola voz» (IV, 1-2).

Asimismo, después de recomendar a los cristianos de Esmirna que «nadie haga nada en lo que atañe a la Iglesia sin contar con el obispo» (VIII, 1), dice a san Policarpo:  «Yo me ofrezco como rescate por quienes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. Y ojalá que con ellos se me concediera tener parte con Dios. Trabajad unos junto a otros, luchad unidos, corred a una, sufrid, dormid y despertad todos a la vez, como administradores de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de agradar al Capitán bajo cuya bandera militáis y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas» (Carta a san Policarpo, VI, 1-2:  Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 500).

En conjunto, se puede apreciar en las Cartas de san Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana:  por una parte, la estructura jerárquica de la comunidad eclesial; y, por otra, la unidad fundamental que vincula entre sí a todos los fieles en Cristo. En consecuencia, las funciones no se pueden contraponer. Al contrario, se insiste continuamente en la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, mediante elocuentes imágenes y analogías:  la lira, las cuerdas, la entonación, el concierto, la sinfonía.

Es evidente la responsabilidad peculiar de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos en la edificación de la comunidad. Ante todo a ellos se dirige la invitación al amor y a la unidad. «Sed uno», escribe san Ignacio a los Magnesios, remitiéndose a la oración de Jesús en la última Cena:  «Una sola oración, una sola mente, una sola esperanza en el amor… Corred todos a una a Jesucristo como al único templo de Dios, como al único altar:  él es uno, y procediendo del único Padre, ha permanecido unido a él, y a él ha vuelto en la unidad» (VII, 1-2).

En la literatura cristiana san Ignacio fue el primero en atribuir a la Iglesia el adjetivo «católica», es decir, «universal»:  «Donde está Jesucristo —afirma— allí está la Iglesia católica» (Carta a los cristianos de Esmirna, VIII, 2). Y precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor:  «En Roma ella, digna de Dios, venerable, digna de toda bienaventuranza… preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo y lleva el nombre del Padre» (Carta a los Romanos, prólogo).

Como se puede ver, san Ignacio es verdaderamente «el doctor de la unidad»:  unidad de Dios y unidad de Cristo  (a  pesar  de  las diversas herejías que ya comenzaban a circular y separaban en Cristo la naturaleza  humana y la divina), unidad de la Iglesia, unidad de  los fieles «en la fe y en la caridad, a las que nada se puede anteponer» (Carta a los cristianos de Esmirna, VI, 1).

En definitiva, el «realismo» de san Ignacio invita a los fieles de ayer y de hoy, nos invita a todos a una síntesis progresiva entre configuración con Cristo (unión con él, vida en él) y entrega a su Iglesia (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo). Es decir, hay que llegar a una síntesis entre comunión de la Iglesia en su interior y misión-proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes estén cada vez más «en posesión del espíritu  indiviso, que es Jesucristo mismo» (Carta a los cristianos de Magnesia, XV).

Pidiendo al Señor esta «gracia de unidad», y con la convicción de presidir en la caridad a toda la Iglesia (cf. Carta a los Romanos, prólogo), os expreso a vosotros el mismo deseo con el que concluye la carta de san Ignacio a los cristianos de Trales:  «Amaos unos a otros con corazón indiviso. Mi espíritu se ofrece en sacrificio por vosotros, no sólo ahora, sino también cuando logre alcanzar a Dios… Quiera el Señor que en él os encontréis sin mancha» (XIII).

Y oremos para que el Señor nos ayude a lograr esta unidad y a encontrarnos al final sin mancha, porque es el amor el que purifica las almas.

Audiencia general del miércoles, 14 de marzo de 2007

Santa Margarita María y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: Catequesis

Santa Margarita María y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: Catequesis

Santa Margarita María era toda de Jesús, se había consagrado a su divino Corazón en cuerpo y alma, le había hecho donación de todo su ser y Él, a cambio, la había nombrado heredera universal de todos sus bienes. Ella era verdadera esposa de Jesús, esposa de sangre, sufriendo con Él por los pecados e ingratitudes que recibía de los pecadores y, especialmente, de las almas consagradas.

Ella procuraba consolarlo de las ofensas recibidas, especialmente de las ofensas recibidas en el sacramento de la Eucaristía. Jesús Eucaristía era el centro de su vida. Por eso, pasaba todos los momentos posibles ante Jesús sacramentado. Ella sabía que allí lo esperaba con su Corazón ardiendo en llamas de amor. Y allí en la Eucaristía, especialmente después de comulgar, en el momento de más íntima unión con Él, es cuando recibía las mayores gracias de su vida. Ante Jesús sacramentado no podía rezar oraciones, sólo podía amar en silencio.

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La vida de esta santa es muy interesante para que la conozcan los niños: os presentamos una pequeña dinámica de juegos y dibujos —que podéis descargar e imprimir pulsando en la imagen— y su vida en dibujos animados.

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Dinámica

Catequesis para niños sobre Santa Margarita Mª de Alacoque

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Dibujo para colorear del Sagrado Corazón de Jesús

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Cómo hacer oración mental según santa Teresa de Jesús

Cómo hacer oración mental según santa Teresa de Jesús

«La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes» (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 68 [De fide orthodoxa 3, 24]). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde «lo más profundo» (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. «Nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín, Sermo 56, 6, 9).

La oración como don de Dios

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2559

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Cómo hacer oración mental según santa Teresa de Jesús

I. ¿Qué es orar?

Te invito a algo tan sencillo como vivir la amistad con Jesús y cultivarla en el silencio, en el encuentro personal … en la oración. Como toda amistad, necesita algunas condiciones para que dure se haga más fuerte. Para llegar a ser orante necesitas cuidar:

  • Tus relaciones con los demás: respecto, amor, solidaridad, perdón…
  • Tu relación contigo.
  • Tu relación con Jesús.

Y algo más: «determinada determinación». Sólo si comienzas con decisión y entusiasmo, sin importarte las dificultades (que llegarán), con constancia, encontrarás los frutos duraderos de la amistad con Jesús.

 

II. Antes de empezar a orar

Pasamos al momento concreto de la oración. Si quieres empezar de cualquier modo, puedes encontrar muchas dificultades. Para «ponernos en situación», te pueden ayudar estas pequeñas pautas:

  • Busca un ambiente adecuado y silencio.
  • Prepara un texto del Evangelio, quizá un símbolo, un canto o alguna imagen: te ayudará a fijar la atención en Jesús.
  • Toma una postura relajada que te ayude a centrarte, a situarte desde dentro.
  • Poco a poco, toma conciencia de tu respiración, de tu cuerpo, de tu interior para estar en ti sin dispersión..
  • Centra ahora tu atención en Jesús, en su presencia amorosa en ti y en todo.

 

III. Entrando en la oración

Ahora tienes que encontrar tu propio modo de orar, según tu modo de ser, tu sensibilidad y tu situación. Lo importante está en volvernos a Jesús, contemplarle y penetrar en su misterio con ayuda de su Espíritu.

Te pueden servir estas sugerencias:

  • Representarlo vivo en tu interior.
  • Mirarle adentrándote en alguna de las escenas evangélicas.
  • Contemplar una imagen de Jesús o repetir una frase breve que exprese lo que quieres decirle.
  • Recitar muy pausadamente el Padre nuestro, su oración, saboreándola.

Es bueno discurrir un rato, profundizar, comprender… pero esto no debe ser el centro del orar. La amistad es cosa del corazón…

 

IV. Más adentro

El centro de nuestra oración es la persona de Jesús. No importa cómo hayas entrado, la clave está en permanecer a su lado, dejarte mirar, escucharle, acoger su luz para conocerle a Él, penetrar en su misterio desde tu propio corazón y dejarte envolver por su presencia.

«Estate allí, acallado el entendimiento, mira que te mira, acomáñale y habla y pide y regálate con Él. Pídele que aciertes a contentarle siempre, porque de él te ha venido todo bien». Es tiempo de recibir el don de Dios, de dejarle a Él la iniciativa para obrar, momento también de responder: una palabra, un gesto, un sentimiento, una petición. Sobre todo, tiempo de reconocer y agradecer —¡su amor hace obras grandes!—, tiempo de pedir conocer su voluntad, cómo te sueña Dios en tu vida concreta.

 

V. Algo se mueve

La oración no es un momento, es un camino. Te irá descubriendo poco a poco quién es Jesús, su misterio, sus valores, su propuesta, sus sentimientos y el amor con que te acoge y te busca… Al mismo tiempo, te ayudará a conocerte personalmente de otro modo, quién eres y cómo vives. Mirar a Jesús y mirarte tal y como Dios te ve y te sueña. No descuides esto, aunque no sea lo central, porque sólo así podemos vivir en la verdad. No hay oración sino en la verdad ¡como la amistad!.

También se irá concretando la llamada que Jesús te hace a vivir en libertad interior, la auténtica que da el Evangelio. Sean cuales sean tus circunstancias, te invita a vivir con Él y como Él. Ser orante es vivir el seguimiento de Jesús con todas las consecuencias.

 

VI. Y ¿después?

Con frecuencia, la oración será tiempo de paz, de alegría interior, de luz… pero no siempre. Tu momento personal, tu situación, el cuestionamiento que encuentras en la oración… hacen que los sentimientos que nacen en la oración sean siempre distintos.

No evalúes por esto tu oración. Lo importante es que se produzca el encuentro, que tu actitud sea de atención amorosa y escucha. Recoge las luces que hayas recibido, agradece la presencia del Señor y su amor, la sientas o no. La oración es cuestión de fe, de tiempo, de constancia… y de compromiso.

Mira hacia fuera ¿acaso no empiezas a verlo todo de otra manera? Los demás, la vida da cada día, lo que sucede en el mundo tiene ya otros colores, colores de esperanza y de amor.

 

VII. La huella de orar

La oración deja huella en nuestro interior, «deja dejos». No se trata de tener muy buenos deseos, ni de hacer eso que llaman «buenos propósitos». La oración, como la amistad, es sobretodo un DON, un regalo que, acogido desde el corazón, va haciendo crecer algo nuevo, nos cambia. Y eso se nota por fuera, son esos «dejos confirmados con obras».

Todos los sentimientos que puedan surgir en la oración tienen una importancia relativa. Lo fundamental es que esa obra de Jesús en ti, unida a tu respuesta, se va reflejando en otro modo de estar y actuar en la vida con otros valores, otros criterios, otros sentimientos profundos. Él nos ama sin medida ni condiciones. Amarle no es cosa de palabras bonitas, «sino servir con justicia y fortaleza y humildad».

Buen camino.

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Aprende a rezar con santa Teresa de Jesús en la página web del Carmelo Joven

Sobre santa Teresa de Jesús y la Orden del Carmelo

El Santo Padre Juan XXIII – Película

El Santo Padre Juan XXIII – Película

 

Maravillosa película, maravillosa vida la del Papa san Juan XXIII, la paz predominio de tener en el corazón a Dios, y el Papa Juan XXIII, lo demostró: sus enciclícas, el inicio del concilio Vaticano II, la derrota de las guerras… dió importancia al diálogo que debe de primar en la vida.

Una cosa especial que experimenté, al ver la segunda parte de la película fue un sentir de olor a perfume de agua de rosa, muy suave pero persistente, y no había rociado níngun perfume en el lugar en que estaba viendo la película ni siquiera me había perfumado. Luego lo comenté y me dijeron que cuando se siente olor a rosas no estando nada que lo representé, está es en un luga santo o algún santo está presente, que más entonces Juan XXIII se manifestó en ese bello momento y di gracias por ello.

María Reyes

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Juan XXIII fue Papa sólo 4 años (1959-1963), pero promovió profundos cambios y lanzó al mundo un contundente mensaje de paz. Era la época de la Guerra Fría, y las relaciones internacionales eran muy tensas. Convocó el Concilio Vaticano II, que supuso una auténtica revolución en el seno de la Iglesia Católica, que tuvo que reconocer que se había ido alejando cada vez más del mensaje de Cristo y que era necesario reflexionar sobre las necesidades del hombre moderno.

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El Santo Padre Juan XXIII: el Papa bueno, ficha en IMDb

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Ficha de la película

Título original: Il Papa buono

Año: 2003

Duración: 193 min.

País: Italia

Director: Ricky Tognazzi

Guión: Ricky Tognazzi, Marco Roncalli, Fabrizio Bettelli, Simona Izzo

Música: Ennio Morricone

Fotografía: Giovanni Canevari

Reparto: Bob Hoskins, Roberto Citran, Sergio Bini Bustric, Carlo Cecchi, Fabrizio Vidale, Francesco Venditti, John Light, Francesco Carnelutti

Productora: MediaTrade

San Daniel Comboni, apóstol de África – Recursos audiovisuales

San Daniel Comboni, apóstol de África – Recursos audiovisuales

Daniel Comboni nace en Limone sul Garda (Brescia, Italia) el 15 de marzo de 1831, en una familia de campesinos al servicio de un rico señor de la zona. Su padre Luigi y su madre Domenica se sienten muy unidos a Daniel, que es el cuarto de ocho hijos, muertos casi todos ellos en edad temprana. Ellos tres forman una familia unida, de fe profunda y rica de valores humanos, pero pobre de medios materiales. La pobreza de la familia empuja a Daniel a dejar el pueblo para ir a la escuela a Verona, en el Instituto fundado por el sacerdote don Nicola Mazza para jóvenes prometedores pero sin recursos.

Durante estos años pasados en Verona Daniel descubre su vocación sacerdotal, cursa los estudios de filosofía y teología y, sobre todo, se abre a la misión de Africa Central, atraído por el testimonio de los primeros misioneros del Instituto Mazza que vuelven del continente africano. En 1854, Daniel Comboni es ordenado sacerdote y tres años después parte para la misión de Africa junto a otros cinco misioneros del Istituto Mazza, con la bendición de su madre Domenica que llega a decir: «Vete, Daniel, y que el Señor te bendiga».

En el corazón de Africa – con Africa en el corazón

Después de cuatro meses de viaje, el grupo de misioneros del que forma parte Comboni llega a Jartum, la capital de Sudán. El impacto con la realidad Africana es muy fuerte. Daniel se da cuenta en seguida de las dificultades que la nueva misión comporta. Fatigas, clima insoportable, enfermedades, muerte de numerosos y jóvenes compañeros misioneros, pobreza de la gente abandonada a si misma, todo ello empuja a Comboni a ir hacia adelante y a no aflojar en la tarea que ha iniciado con tanto entusiasmo. Desde la misión de Santa Cruz escribe a sus padres: «Tendremos que fatigarnos, sudar, morir; pero al pensar que se suda y se muere por amor de Jesucristo y la salvación de las almas más abandonadas de este mundo, encuentro el consuelo necesario para no desistir en esta gran empresa».

Asistiendo a la muerte de un joven compañero misionero, Comboni no se desanima y se siente confirmado en la decisión de continuar su misión: «Africa o muerte!».

Cuando regresa a Italia, el recuerdo de Africa y de sus gentes empujan a Comboni a preparar una nueva estrategia misionera. En 1864, recogido en oración sobre la tumba de San Pedro en Roma, Daniel tiene una fulgurante intuición que lo lleva a elaborar su famoso «Plan para la regeneración de Africa», un proyecto misionero que puede resumirse en la expresión «Salvar Africa por medio de Africa», fruto de su ilimitada confianza en las capacidades humanas y religiosas de los pueblos africanos.

Un Obispo misionero original

En medio de muchas dificultades e incomprensiones, Daniel Comboni intuye que la sociedad europea y la Iglesia deben tomarse más en serio la misión de Africa Central. Para lograrlo se dedica con todas sus fuerzas a la animación misionera por toda Europa, pidiendo ayudas espirituales y materiales para la misión africana tanto a reyes, obispos y señores como a la gente sencilla y pobre. Y funda una revista misionera, la primera en Italia, como instrumento de animación misionera.

Su inquebrantable confianza en el Señor y su amor a Africa llevan a Comboni a fundar en 1867 y en 1872 dos Institutos misioneros, masculino y femenino respectivamente; más tarde sus miembros se llamarán Misioneros Combonianos y Misioneras Combonianas.

Como teólogo del Obispo de Verona participa en el Concilio Vaticano I, consiguiendo que 70 obispos firmen una petición en favor de la evangelización de Africa Central (Postulatum pro Nigris Africæ Centralis).

El 2 de julio de 1877, Comboni es nombrado Vicario Apostólico de Africa Central y consagrado Obispo un mes más tarde. Este nombramiento confirma que sus ideas y sus acciones, que muchos consideran arriesgadas e incluso ilusorias, son eficaces para el anuncio del Evangelio y la liberación del continente africano.

Durante los años 1877-1878, Comboni sufre en el cuerpo y en el espíritu, junto con sus misioneros y misioneras, las consecuencias de una sequía sin precedentes en Sudán, que diezma la población local, agota al personal misionero y bloquea la actividad evangelizadora.

La cruz como «amiga y esposa»

En 1880 Comboni vuelve a Africa por octava y última vez, para estar al lado de sus misioneros y misioneras, con el entusiasmo de siempre y decidido a continuar la lucha contra la esclavitud y a consolidar la actividad misionera. Un año más tarde, puesto a prueba por el cansancio, la muerte reciente de varios de sus colaboradores y la amargura causada por acusaciones infundadas, Comboni cae enfermo. El 10 de octubre de 1881, a los 50 años de edad, marcado por la cruz que nunca lo ha abandonado «como fiel y amada esposa», muere en Jartum, en medio de su gente, consciente de que su obra misionera no morirá. «Yo muero –exclama– pero mi obra, no morirá».

Comboni acertó. Su obra no ha muerto. Como todas las grandes realidades que » nacen al pie de la cruz «, sigue viva gracias al don que de la propia vida han hecho y hacen tantos hombres y mujeres que han querido seguir a Comboni por el camino difícil y fascinante de la misión entre los pueblos más pobres en la fe y más abandonados de la solidaridad de los hombres.

Fechas más importantes

— Daniel Comboni nace en Limone sul Garda (Brescia, Italia) el 15 de marzo de 1831.

— Consagra su vida a Africa en 1849, realizando un proyecto que lo lleva a arriesgar la vida varias veces en las difíciles expediciones misioneras desde 1857, que es cuando va por primera vez a Africa.

— El 31 de diciembre de 1854, año en que se proclama el dogma de la Inmaculada Concepción de María, es ordenado sacerdote por el Beato Juan Nepomuceno Tschiderer, Obispo de Trento.

— En 1864 escribe un Plan fundado sobre la idea de » salvar Africa por medio de Africa », que demuestra la confianza que Comboni tiene en los africanos, pensando que serán ellos los protagonistas de su propia evangelización (Plan de 1864).

— Fiel a su consigna «Africa o muerte «, no obstante las dificultades sigue con su Plan fundando, en 1867, el Instituto de los Misioneros Combonianos.

— Voz profética, anuncia a toda la Iglesia, sobre todo en Europa, que ha llegado la hora de evangelizar a los pueblos de Africa. No teme presentarse, como simple sacerdote que es, a los Obispos del Concilio Vaticano I, pidiéndoles que cada Iglesia local se comprometa en la conversión de Africa (Postulatum, 1870).

— Demostrando un valor fuera de lo común, Comboni consigue que también las religiosas participen directamente en la misión de Africa Central, siendo el primero en tomar tal iniciativa. En 1872, funda un Instituto de religiosas dedicadas exclusivamente a la misión: las Hermanas Misioneras Combonianas.

— Gasta todas sus energías por los africanos y lucha con tesón para que sea abolida la esclavitud.

— En 1877, es consagrado Obispo nombrado Vicario Apostólico de Africa Central.

— Muere en Jartum, Sudán, abatido por las fatigas y cruces, en la noche del 10 de octubre de 1881.

— El 26 de marzo de 1994, se reconoce la heroicidad de sus virtudes.

— El 6 de abril de 1995, se reconoce el milagro realizado por su intercesión en una muchacha afrobrasileña, la joven María José de Oliveira Paixão.

— El 17 de marzo de 1996, es beatificado por el Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro de Roma.

— El 20 de diciembre 2002, se reconoce el segundo milagro realizado por su intercesión en une madre musulmana del Sudan, Lubna Abdel Aziz.

— El 5 de octubre de 2003, es canonizado por el Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro de Roma.

Artículo original en catholic.net

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Catequesis sobre santa Faustina y la Divina Misericordia

Catequesis sobre santa Faustina y la Divina Misericordia

Con ocasión de la fiesta de santa Faustina o del segundo domingo de Pascua y la Fiesta de la Divina Misericordia realizamos una catequesis especial sobre este tema.

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Oración inicial

Cada niño expresa aquello que quiere decirle a Jesús.

Motivación y desarrollo

Si estamos en Pascua: ¿Qué es la Pascua?

Si es con motivo de la fiesta de santa Faustina Kowalska: ¿Qué es la Divina Misericordia?

Es muy importante que los niños comiencen a reconocer y entender los tiempos fuertes dentro del calendario litúrgico. Para explicarles a los niños el sentido de la Pascua pueden utilizarse los siguientes cómics:

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Para el desarrollo del tema, nos sentamos en círculo en el piso para contarles la historia de Sor Faustina y la fiesta de la Divina Misericordia. El blog El Rincón de las Melli, tiene material muy útil y sencillo. Así que utilicé sus recursos para, de manera sencilla, explicarle a los niños quién fue sor Faustina, de donde surge la fiesta de la Misericordia y lo qué significa «misericordia».

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Actividad

Lapbook de Santa Faustina y la Divina Misericordia

Para la aplicación de lo aprendido preparamos un lapbook con unas hermosas ilustraciones que nuestra artista Mary Torres preparó especialmente para la catequesis preescolar. Para la elaboración del lapbook puedes utilizar toda tu creatividad e incluir otros elementos. Yo lo mantuve muy sencillo para que nos diera el tiempo de terminarlo. Así nos quedó:

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Puedes descargar las ilustraciones y utilizarlas en la catequesis o en tu hogar.

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Artículo original en EvangelizaciónCatólica.org.