Evangelio del día: Jesús cura a un mudo

Evangelio del día: Jesús cura a un mudo

Mateo 9, 32-38

Martes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

Jesús pide a la Iglesia incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino.

Evangelio del día

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel».

Pero los fariseos decían: «Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios».

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

Primera lectura: Libro de Oseas, Os 8, 4-7.11-13.

Salmo: Sal 114(113b), 3-10.


Oración introductoria

Jesús, me postro ante tu presencia con la seguridad de tu amor. Tu gracia puede moldear mi corazón, curarlo de esas debilidades que me alejan de tu amor. Compadécete de mí: soy tu oveja descarriada que te busca en esta oración.

Petición

Señor, sé que la mies es mucha y los trabajadores pocos. ¡Hazme un obrero de tu mies!


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”».

Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios.

El campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que causa el «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con Él.

Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia.

Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios».

Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que Él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con Él y por Él.

Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño»; o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya». Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros.

Todo procede de Él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero —asegura el Apóstol— «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios». He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva.

Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en Él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser». Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio.

La vocación cristiana

Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar que no concuerdan con la voluntad de Dios. Toda vocación conduce a adorar al Señor y a servirlo en los hermanos.

También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación.

Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida». María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga».

La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno.

Vivir este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: la buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones o ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas.

Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que el Señor es fiel, y con Él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes.

Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, y con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz.

Y la cosecha será abundante en la medida de la gracia que sepamos acoger con docilidad en nosotros.

Santo Padre Francisco
Mensaje para la 51 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
IV Domingo de Pascua, 11 de mayo de 2014


Propósito

Organizar mi tiempo para participar en una Hora Eucarística por las vocaciones.

Diálogo con Cristo

Acéptame, Jesús, como uno de los tuyos, como un fiel seguidor dispuesto a todo por tu Reino.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Jesús mira a la multitud con compasión y no con desprecio. Donde otros ven cansancio, confusión o abandono, Él ve una mies preparada por Dios. La respuesta cristiana comienza con la oración y continúa con la disponibilidad: «Señor, envíame a tu mies».

Evangelio del día: Jesús resucita a una muchacha

Evangelio del día: Jesús resucita a una muchacha

Mateo 9, 18-26

Lunes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario

Cuidar a los más débiles, a los más frágiles, es signo de verdadera civilización, humana y cristiana.

Evangelio del día

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá».

Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada».

Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó curada.

Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de él.

Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 28, 10-22a.

Salmo: Sal 91(90).


Oración introductoria

Señor, eres mi Salvador y Redentor. Creo que en este justo momento estabas esperando que dejara todo para tener un momento de oración; por eso me acerco con fe, confianza y mucho amor. Te ofrezco esta meditación por aquellos que temen acercarse a Ti.

Petición

Jesús, te pido una fe que toque y transforme mi vida entera.


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Quiero iniciar mi visita a Asís con vosotros. ¡Os saludo a todos! Hoy es la fiesta de san Francisco, y yo elegí, como Obispo de Roma, llevar su nombre. He aquí el motivo por el cual hoy estoy aquí: mi visita es sobre todo una peregrinación de amor, para rezar ante la tumba de un hombre que se despojó de sí mismo y se revistió de Cristo.

Siguiendo el ejemplo de Cristo, san Francisco amó a todos, especialmente a los más pobres y abandonados; amó con estupor y sencillez la creación de Dios. Al llegar aquí a Asís, en las puertas de la ciudad, se encuentra este Instituto, que se llama precisamente «Seráfico», un sobrenombre de san Francisco. Lo fundó un gran franciscano, el beato Ludovico de Casoria.

Y es justo partir de aquí. San Francisco, en su Testamento, dice: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecado, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo».

La sociedad, lamentablemente, está contaminada por la cultura del descarte, que se opone a la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles.

En esta Casa, en cambio, veo en acción la cultura de la acogida. Cierto, incluso aquí no será todo perfecto, pero se colabora juntos por la vida digna de personas con graves dificultades. Gracias por este signo de amor que nos ofrecéis: éste es el signo de la verdadera civilización, humana y cristiana.

Poner en el centro de la atención social y política a las personas más desfavorecidas. A veces, en cambio, las familias se encuentran solas al hacerse cargo de ellas. ¿Qué hacer? Desde este lugar donde se ve el amor concreto, digo a todos: multipliquemos las obras de la cultura de la acogida, obras animadas ante todo por un profundo amor cristiano, amor a Cristo Crucificado, a la carne de Cristo.

Servir con amor y con ternura a las personas que tienen necesidad de tanta ayuda nos hace crecer en humanidad, porque ellas son auténticos recursos de humanidad. San Francisco era un joven rico, tenía ideales de gloria, pero Jesús, en la persona de aquel leproso, le habló en silencio, y le cambió.

Le hizo comprender lo que verdaderamente vale en la vida: no las riquezas, la fuerza de las armas, la gloria terrena, sino la humildad, la misericordia, el perdón.

Aquí, queridos hermanos y hermanas, quiero leeros algo personal, una de las más bellas cartas que he recibido, un don de amor de Jesús. Me la escribió Nicolás, un muchacho de 16 años, discapacitado de nacimiento, que vive en Buenos Aires.

«Querido Francisco: soy Nicolás y tengo 16 años; como yo no puedo escribirte, pedí a mis padres que lo hicieran en mi lugar, porque ellos son las personas que más me conocen.

Te quiero contar que cuando tenía 6 años, en mi Colegio que se llama Aedin, el padre Pablo me dio la primera Comunión y este año, en noviembre, recibiré la Confirmación, una cosa que me da mucha alegría.

Todas las noches, desde que tú me lo has pedido, pido a mi ángel de la guarda, que se llama Eusebio y que tiene mucha paciencia, que te proteja y te ayude.

Me gustaría mucho ir a verte y recibir tu bendición y un beso: sólo esto. Te mando muchos saludos y sigo pidiendo a Eusebio que te cuide y te dé fuerza. Besos. Nico».

En esta carta, en el corazón de este muchacho está la belleza, el amor, la poesía de Dios. Dios se revela a quien tiene corazón sencillo, a los pequeños, a los humildes, a quien nosotros a menudo consideramos últimos.

En la capilla de este Instituto, el obispo ha querido que se tenga la adoración eucarística permanente: el mismo Jesús que adoramos en el Sacramento, le encontramos en el hermano más frágil, de quien aprendemos, sin barreras y complicaciones, que Dios nos ama con la sencillez del corazón.

Gracias a todos por este encuentro. Os llevo conmigo, en el afecto y en la oración. Pero también vosotros rezad por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen y san Francisco os protejan.

Santo Padre Francisco
Encuentro con los niños discapacitados y enfermos ingresados en el Instituto Seráfico
Discurso del viernes, 4 de octubre de 2013


Catecismo de la Iglesia Católica

VI. El amor de los pobres

2443. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda». Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres.

2444. El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención a los pobres.

2445. El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta.

«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros […]. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres» (St 5, 1-6).

2446. San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: «No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos».

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno).

2447. Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar y confortar son obras espirituales de misericordia; también lo son perdonar y sufrir con paciencia.

Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, y enterrar a los muertos.

2448. Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es signo de la debilidad congénita del hombre y de su necesidad de salvación.

2449. En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas corresponde a la exhortación del Deuteronomio: «Debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra».

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo».

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Rezar por las personas enfermas, especialmente por las que están cerca de mí.

Diálogo con Cristo

Señor, el oficial romano y la mujer con flujo de sangre me recuerdan lo maravilloso que es vivir con fe. Tú sabes exactamente qué es lo que necesito, mas esperas que me acerque a Ti y con confianza te pida lo que creo necesitar.

Por eso te suplico el don de una fe viva, que no olvide nunca que Tú eres mi Amigo fiel, el compañero que va conmigo siempre, mi Padre bueno que vela continuamente sobre mí.

✠ ✠ ✠

Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Cristo se deja tocar por quien se acerca con fe y toma de la mano a quien todos dan por perdido. La fe cristiana no mira al débil como carga, sino como lugar donde Cristo quiere manifestar su vida.

Evangelio del día: La curación de un paralítico

Evangelio del día: La curación de un paralítico

Evangelio del día

Mateo 9, 1-8 · Jueves de la 13.ª semana del Tiempo Ordinario

Este es el gran milagro de Jesús: a nosotros, esclavos del pecado, nos hizo libres.


Evangelio

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla.

Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados». Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema».

Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate y camina”?

Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».

Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 22, 1-19.
  • Salmo: Sal 115(114).

Oración introductoria

Jesús, me acerco a Ti, en este rato de oración, como el paralítico del Evangelio que fue llevado a tu presencia. Soy como un inválido: sin tu gracia estoy imposibilitado para realizar cualquier obra buena. Rompe, Señor, con todas mis parálisis; hazme ponerme en marcha para predicar la Buena Nueva de tu amor.

Petición

Señor, estoy dispuesto a dejarme sanar por Ti. Creo que tienes el poder para cambiarme por dentro. Cúrame, Jesús.


Meditación del Santo Padre Francisco

Si existiera un «documento de identidad» para los cristianos, ciertamente la libertad sería un rasgo característico. La libertad de los hijos de Dios es el fruto de la reconciliación con el Padre obrada por Jesús, quien asumió sobre sí los pecados de todos los hombres y redimió el mundo con su muerte en la cruz.

La reflexión del Santo Padre se basó en el pasaje del Evangelio de Mateo que narra el milagro de la curación del paralítico. El Papa se detuvo en los sentimientos experimentados por aquel hombre cuando, transportado en una camilla, escuchó a Jesús decirle: «Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados».

Los que estaban cerca de Jesús y escucharon sus palabras dijeron: «Este blasfema, sólo Dios puede perdonar los pecados». Y Jesús, para hacerles comprender bien, les preguntó: «¿Qué es más fácil: perdonar los pecados o curar?». Y lo curó.

Pero Jesús, cuando curaba a un enfermo, no era sólo alguien que curaba. Cuando enseñaba a la gente, no era sólo un catequista o un predicador moral. La curación y la enseñanza eran signos de algo más profundo: el perdón de los pecados.

Reconciliar el mundo en Cristo en nombre del Padre: esta es la misión de Jesús. Todo lo demás son signos del milagro más profundo, que es la re-creación del mundo. La reconciliación es la re-creación del mundo; la misión más profunda de Jesús es la redención de todos nosotros, pecadores.

Jesús no hace esto sólo con palabras ni con gestos: lo hace con su carne. Él toma sobre sí todo el pecado. Esta es la nueva creación: Jesús desciende de la gloria y se abaja hasta la muerte, y muerte de cruz. Esa es su gloria y esta es nuestra salvación.

Este es el gran milagro de Jesús: a nosotros, esclavos del pecado, nos hizo libres. Nos curó. Jesús nos abrió las puertas de casa; ahora estamos en casa.

Ahora se comprende esta palabra de Jesús: «Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados». Esa es la raíz de nuestra valentía: soy libre, soy hijo, el Padre me ama y yo amo al Padre. Pidamos al Señor la gracia de comprender bien esta obra suya.

Santo Padre Francisco: La libertad de los hijos de Dios
Meditación del jueves, 4 de julio de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

I. La misericordia y el pecado

1846. El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. El ángel anuncia a José: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: «Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26,28).

1847. Dios, «que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti». La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1 Jn 1,8-9).

1848. Como afirma san Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Pero, para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor.

La conversión exige el reconocimiento del pecado, supone el juicio interior de la propia conciencia, y éste llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Incluir en mi agenda de actividades del mes mi próxima confesión.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, el paralítico, y quienes lo llevaban, buscaban el alivio físico, no el espiritual, que primero les ofreces por ser lo que realmente importa. Frecuentemente mi oración se centra en pedirte bienes o soluciones a problemas que nada tienen que ver con mi bien espiritual, personal o familiar.

Sólo contigo puedo levantarme para ver lo que realmente importa en esta vida. Sólo con tu gracia y misericordia puedo liberarme del pecado. Ayúdame a vivir la abnegación y a ver en cada dificultad una oportunidad para santificarme.


Para profundizar

Evangelio del día: Jesús cura a dos endemoniados

Evangelio del día: Jesús cura a dos endemoniados

Evangelio del día

Mateo 8, 28-34 · Miércoles de la 13.ª semana del Tiempo Ordinario

Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno.


Evangelio

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino.

Y comenzaron a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.

Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara». Él les dijo: «Vayan». Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.

Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 21, 5.8-20.
  • Salmo: Sal 34(33), 7-8.10-13.

Oración introductoria

Padre Santo, ten misericordia de mí. Tú conoces mi miseria y sabes cuánto necesito de tu gracia para poder seguir tu mandato del amor. Concédeme que este momento de oración aumente mi fe, esperanza y caridad.

Petición

Señor, dame la gracia de la confianza para crecer en la esperanza.


Meditación del Santo Padre Francisco

«¿Cómo ir por nuestro camino cristiano cuando existen las tentaciones? ¿Cuándo entra el diablo para turbarnos?», se preguntó el Santo Padre. El primero de los criterios sugeridos por el pasaje evangélico es que no se puede obtener la victoria de Jesús sobre el mal, sobre el diablo, a medias.

Para explicarlo, el Santo Padre citó las palabras de Jesús: «El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama». Refiriéndose a la acción de Jesús respecto a los poseídos por el diablo, recordó que se trata sólo de una pequeña parte de lo que Cristo vino a hacer por toda la humanidad: destruir la obra del diablo para liberarnos de su esclavitud.

No se puede seguir creyendo que esto sea una exageración. O estás con Jesús o estás contra Jesús. Sobre este punto no hay matices. Hay una lucha en la que está en juego la salvación eterna de todos nosotros.

El último criterio es el de la vigilancia. Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno. El Papa invitó a preguntarse: ¿yo vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?

Estos son, por tanto, los criterios para responder a los desafíos planteados por la presencia del diablo en el mundo: la certeza de que Jesús lucha contra el diablo; que quien no está con Jesús está contra Jesús; y la vigilancia.

Hay que tener presente que el demonio es astuto: jamás es expulsado para siempre, sólo lo será el último día. Su estrategia es volver cuando el cristiano se acostumbra, baja la guardia y se siente seguro.

San Pedro lo decía: el demonio es como un león feroz que ronda a nuestro alrededor. Y esto no son mentiras: es la Palabra del Señor.

Pidamos al Señor la gracia de tomar en serio estas cosas. Él ha venido a luchar por nuestra salvación. Él ha vencido al demonio.

Santo Padre Francisco: Cómo se vence al demonio
Homilía del viernes, 11 de octubre de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

II. Definición de pecado

1849. El pecado es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

1850. El pecado es una ofensa a Dios. Se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia y una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse «como dioses», pretendiendo determinar por sí mismo el bien y el mal.

1851. En la Pasión, en la que la misericordia de Cristo vence, el pecado manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Confiemos plenamente en Jesús. ¿De qué nos sirve ganar el mundo si al final perdemos nuestra alma?

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por buscarme constantemente y mostrarme tu infinita misericordia, a pesar de mi debilidad y de mi infidelidad. Aumenta mi caridad para que viva atento a las múltiples oportunidades que me das para colaborar con tu gracia y crecer en el amor. Que sepa tomar cada encuentro con los otros como una oportunidad para dar testimonio de Jesucristo.


Para profundizar