Evangelio del día: Construir sobre Cristo y con Cristo

Evangelio del día: Construir sobre Cristo y con Cristo

Evangelio del día

Mateo 7, 21-29 · Jueves de la 12.ª semana del Tiempo Ordinario

Construir sobre roca quiere decir, ante todo, construir sobre Cristo y con Cristo, escuchando su palabra y poniéndola en práctica.


Evangelio

No son los que me dicen: «Señor, Señor», los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?».

Entonces yo les manifestaré: «Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal».

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.

Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza, porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro Segundo de Reyes, 2 Re 24, 8-17.
  • Salmo: Sal 79(78), 1-5.8-9.

Oración introductoria

Señor, me acerco a Ti en esta oración para construir mi vida sobre la roca firme de tu amor. No permitas que me conforme con invocar tu nombre con los brazos cruzados, los ojos cerrados y los oídos tapados. Tengo sed de Ti, de encontrarme contigo y de dejarme guiar por Ti en esta meditación.

Petición

Padre Santo, dame el don de construir mi vida sobre la roca firme de tu amor.


Meditación del Santo Padre Francisco

Hay necesidad de cristianos de acción y de verdad, cuya vida esté fundada sobre la roca de Jesús, y no de cristianos de palabras. El Señor habla del fundamento de la vida cristiana y enseña que ese fundamento es la roca.

Construir la casa sobre roca significa construir la propia vida sobre Cristo. Él es la única roca que puede darnos seguridad, libertad y firmeza en los momentos difíciles. Sin Él, la vida queda expuesta a la superficialidad y al derrumbe.

El Papa Francisco distingue dos modos de vivir el cristianismo. Por un lado están los cristianos de palabras, que se limitan a repetir «Señor, Señor». Por otro, los cristianos auténticos, que son cristianos de acción y de verdad, porque escuchan la palabra y la ponen en práctica.

Existe siempre la tentación de vivir el cristianismo fuera de la roca que es Cristo. Pero sólo Él nos da la libertad para llamar Padre a Dios y sólo Él nos sostiene cuando llegan las pruebas, las contradicciones y las tormentas de la vida.

Por eso debemos pedir al Señor la gracia de no transformarnos en cristianos de palabras, sino de avanzar como cristianos firmes sobre la roca que es Jesucristo, con la libertad que nos da el Espíritu Santo.

Santo Padre Francisco:
Cristianos de acción y de verdad
Meditación del jueves, 27 de junio de 2013.


Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

En el corazón de cada hombre existe el deseo de una casa. En un corazón joven existe con más fuerza el anhelo de una casa propia, sólida, a la que se pueda volver con alegría y en la que se pueda acoger con alegría a quien llega.

Esa nostalgia no es otra cosa que el deseo de una vida plena, feliz y realizada. Dios Creador, que pone en el corazón joven el inmenso deseo de felicidad, no abandona después al hombre en la ardua construcción de la casa que se llama vida.

La gran pregunta es cómo construir esa casa. Jesús responde con claridad: hay que construir sobre roca. Construir sobre roca quiere decir, ante todo, construir sobre Cristo y con Cristo. No se trata de escuchar cualquier palabra, sino de escuchar las palabras de Jesús y ponerlas en práctica.

Construir sobre Cristo significa construir sobre un fundamento que se llama amor crucificado. Significa construir con Alguien que nos conoce mejor que nosotros mismos, que siempre es fiel y que se inclina constantemente sobre el corazón herido del hombre.

Construir sobre Cristo quiere decir fundar sobre su voluntad todos los deseos, expectativas, sueños, ambiciones y proyectos. Significa decir al Señor: en la vida no quiero hacer nada contra Ti, porque Tú sabes lo que es mejor para mí.

La roca es Cristo. Como enseña san Pablo, el pueblo elegido bebió de la roca espiritual que lo acompañaba, y esa roca era Cristo. También nosotros necesitamos beber de esa fuente, porque Él es el manantial de la vida y la presencia fiel que acompaña toda existencia humana.

Construir sobre roca significa también ser conscientes de que habrá contrariedades. Cristo no promete que no caerá la lluvia, que no soplarán los vientos o que no llegarán las tormentas. Promete algo más profundo: que una casa fundada sobre roca no se desploma.

Construir sobre roca significa construir con sabiduría. Es insensato construir sobre arena cuando se puede construir sobre roca. Ser sabios significa reconocer que la solidez de la vida depende del fundamento elegido.

Construir sobre roca significa también construir sobre Pedro y con Pedro. Cristo, la Roca, llama piedra a su apóstol para que Pedro y toda la Iglesia sean signo visible del único Salvador y Señor. No hay que contraponer a Cristo y a la Iglesia.

La última palabra de Jesús es una palabra de esperanza. La casa no se derrumbó porque estaba fundada sobre roca. Esta promesa infunde confianza: quien cree en Cristo no será confundido.

No hay que dejar que el miedo al fracaso paralice los sueños más hermosos. Como Jesús, podemos decir a ese miedo: una casa fundada sobre roca no puede caer. Como san Pedro, podemos decir a la duda: quien cree en Cristo no será confundido.


Propósito

Visitar al Señor en el sagrario y rezarle: «Señor, creo en ti y por esto sé que no seré confundido».

Diálogo con Cristo

Jesús, contigo cada día es una bella oportunidad para hacer crecer mi amor por Ti y por los demás. Ayúdame a darte un sí en cada momento de mi vida, viviendo con la conciencia de que me creaste para ser santo y que la santidad no es sino una respuesta de amor, en lo pequeño y en lo grande.


Para profundizar

Evangelio del día: Así como juzguéis, seréis juzgados

Evangelio del día: Así como juzguéis, seréis juzgados

Evangelio del día

Mateo 7, 1-5 · Lunes de la 12.ª semana del Tiempo Ordinario

¿Quién soy yo para juzgar a los demás? Esta pregunta abre el corazón a la misericordia y nos ayuda a reconocer primero nuestra propia necesidad de perdón.


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes.

¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Deja que te saque la paja de tu ojo”, si hay una viga en el tuyo?

Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 12, 1-9.
  • Salmo: Sal 33(32).

Oración introductoria

Señor, gracias por mostrarme tan claramente las actitudes que deben regular mis relaciones con los demás y, sobre todo, gracias por este nuevo día y por este momento de oración, oportunidad para crecer en mi amor y amistad contigo.

Petición

Señor, limpia mi corazón y pon un nuevo espíritu de bondad, semejante al tuyo.


Meditación del Santo Padre Francisco

¿Quién soy yo para juzgar a los demás? Esta es la pregunta que debemos hacernos para dejar espacio a la misericordia. La misericordia construye paz entre las personas, entre las naciones y dentro de nosotros mismos. Para ser misericordiosos es necesario reconocerse pecadores y abrir el corazón hasta olvidar las ofensas recibidas.

El Papa Francisco recordó que Jesús nos invita a imitar al Padre: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». Pero esta actitud no es fácil, porque estamos acostumbrados a pasar factura a los demás. Juzgamos, medimos, reclamamos, y muchas veces dejamos poco espacio a la comprensión y a la misericordia.

Para ser misericordiosos son necesarias dos actitudes. La primera es el conocimiento de sí mismo. Reconocer los propios pecados permite comprender mejor la misericordia de Dios. Quien sabe decir «soy pecador» deja de mirar a los demás desde la superioridad.

El Papa recordaba que Adán dio un ejemplo de lo que no se debe hacer: descargar la culpa en otro. Eva, a su vez, culpó a la serpiente. En cambio, el camino cristiano comienza cuando dejamos de justificarnos y reconocemos sinceramente: «lo hice yo». Esta verdad abre la puerta al perdón de Dios.

La segunda actitud es ampliar el corazón. La vergüenza y el arrepentimiento ensanchan el corazón pequeño y egoísta, porque dejan espacio a Dios misericordioso. Quien se reconoce necesitado de misericordia ya no se dedica a condenar a los demás.

La pregunta decisiva es: «¿Quién soy yo para juzgar?». El Señor lo dice con claridad: no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Un corazón grande no se enreda en la vida de los demás, sino que perdona y olvida.

El hombre y la mujer misericordiosos tienen un corazón amplio. Disculpan a los demás y recuerdan sus propios pecados. Cuando alguien les muestra el error de otro, pueden responder interiormente: «yo ya tengo bastante con lo que hice». Esta actitud no niega la verdad, pero la mira desde la misericordia.

Éste es el camino que debemos pedir al Señor. Si las personas, las familias, los barrios y los pueblos tuvieran esta actitud, habría mucha más paz en el mundo y en nuestros corazones, porque la misericordia nos conduce a la paz.

Santo Padre Francisco:
¿Quién soy yo para juzgar a los demás?
Homilía del lunes, 17 de marzo de 2014.


Catecismo de la Iglesia Católica

IV. El juicio erróneo

1790. La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí misma. Pero la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos.

1791. Esta ignorancia puede ser imputada a la responsabilidad personal cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia queda casi ciega. En estos casos, la persona es culpable del mal que comete.

1792. El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos, la servidumbre de las pasiones, la falsa autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y la falta de conversión y caridad pueden conducir a desviaciones del juicio moral.

1793. Si la ignorancia es invencible o el juicio erróneo no tiene responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido no puede imputársele. Pero no deja de ser un mal, una privación y un desorden. Por eso es necesario trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores.

1794. La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera, porque la caridad procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera.

«Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de moralidad» (GS 16).

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Por amor a Dios, ser misericordioso, no juzgar y perdonar cualquier ofensa que reciba.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, dame tu gracia infinita para que juzgue las situaciones de la vida teniendo en cuenta el Reino de los Cielos, al que todos estamos llamados.


Para profundizar

Evangelio del día: Acumulad riquezas… pero en el cielo

Evangelio del día: Acumulad riquezas… pero en el cielo

Evangelio del día

Mateo 6, 19-23 · Viernes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

Debemos estar más atentos a acumular las verdaderas riquezas, las que liberan el corazón y nos hacen vivir con la libertad de los hijos de Dios.


Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben.

Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segundo Libro de Reyes, 2 Re 11, 1-4.9-18.20.
  • Salmo: Sal 132(131), 11-14.17-18.

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor para que esta oración me ayude a desprenderme de mí mismo, a desapegarme de todo lo material y a considerar todo como basura y pérdida con tal de ganarte a Ti.

Petición

Jesús, dame un corazón pobre y libre de egoísmo para que puedas reinar en mí.


Meditación del Santo Padre Francisco

«Dinero, vanidad y poder» no hacen feliz al hombre. Los auténticos tesoros, las riquezas que cuentan, son el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. Este fue el mensaje que el Papa Francisco propuso al comentar las palabras de Jesús: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón».

El consejo del Señor es sencillo y profundamente prudente: no acumular tesoros en la tierra. Jesús no desprecia las realidades materiales, pero advierte que no pueden convertirse en el centro de la vida. Cuando el corazón se ata a lo que pasa, pierde la libertad interior.

El primer tesoro peligroso es el dinero. Las riquezas pueden servir para hacer el bien, sostener una familia y ayudar a otros, pero cuando se acumulan como seguridad absoluta, terminan robando el alma. El problema no está sólo en poseer, sino en poner en ellas la esperanza del corazón.

El segundo tesoro engañoso es la vanidad: buscar prestigio, hacerse ver, vivir pendiente de la propia imagen. Jesús denuncia esta actitud porque convierte la vida espiritual en espectáculo y deja al hombre vacío. La belleza exterior, la fama y el reconocimiento terminan pasando.

El tercer tesoro inútil y peligroso es el poder. El Papa recordó que el poder humano se acaba, cae y muchas veces deja tras de sí soledad, anonimato o ruina. Por eso Jesús invita a no acumular orgullo ni dominio, porque estos tesoros no dan vida.

Frente a estos falsos tesoros, el Señor propone acumular tesoros en el cielo. No se trata de huir del mundo, sino de orientar el corazón hacia lo que permanece: el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. Estas son las riquezas que liberan el corazón.

Cuando el corazón está atado al dinero, a la vanidad o al poder, queda encadenado. Pero cuando está unido a Dios, se vuelve luminoso. Por eso Jesús habla del ojo sano y del cuerpo iluminado: un corazón libre puede ver bien, amar mejor y mostrar a otros el camino que lleva a Dios.

El Papa Francisco insistió en que un corazón libre es un corazón luminoso. No vive esclavizado por lo que tiene, por lo que aparenta o por lo que domina. Es un corazón que sigue adelante y que envejece bien, como el buen vino, porque ha aprendido a poner su tesoro donde está Cristo.

La petición final es clara: pedir al Señor la prudencia espiritual para reconocer dónde está nuestro corazón y la fuerza para desencadenarlo cuando se ha quedado prisionero. Sólo así podremos vivir la verdadera alegría y la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Santo Padre Francisco:
Caza al tesoro
Meditación del viernes, 20 de junio de 2014.


Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

El Apóstol precisa muy bien lo que entiende por «los bienes de allá arriba», que el cristiano debe buscar, y «los bienes de la tierra», de los cuales debe cuidarse. Los bienes de la tierra que es necesario evitar son, ante todo, la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría.

Dar muerte al deseo insaciable de bienes materiales y al egoísmo significa abandonar lo que pertenece al hombre viejo. El cristiano está llamado a despojarse de esa lógica para revestirse de Cristo, dejando que su vida sea renovada a imagen de su Creador.

San Pablo señala también cuáles son los bienes de arriba: compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón y, por encima de todo, la caridad, que es el vínculo de la unidad perfecta. Estos bienes no apartan del mundo, sino que transforman el modo de vivir en él.

Benedicto XVI recuerda que los cristianos no están llamados a evadirse de la ciudad terrena. Aunque nuestra verdadera patria está en el cielo, el camino hacia esa meta se recorre cada día en esta tierra. Participando desde ahora en la vida de Cristo resucitado, debemos vivir como hombres nuevos en el corazón del mundo.

Este camino no sólo transforma a cada persona, sino también la sociedad. Los bienes de arriba dan a la ciudad terrena un rostro nuevo, marcado por la solidaridad, la bondad y el respeto profundo de la dignidad de cada persona.

En la cumbre de todas las virtudes está la caridad. Ella resume y compendia los bienes del cielo, y junto con la fe y la esperanza define la naturaleza profunda del cristiano.


Propósito

Esta semana daré ese donativo que he venido posponiendo y del que no he querido desprenderme.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, si no soy generoso en el apostolado, en la donación de mi tiempo y en el servicio desinteresado a los demás y a la Iglesia, es porque no te he dado el lugar que te corresponde en mi vida. No he sido dócil a tus inspiraciones ni he sabido aprovechar tu gracia. Pero hoy es un nuevo día, una nueva oportunidad, para dejar todas las ataduras atrás y crecer con confianza, alegría y amor.


Para profundizar

Evangelio del día: Jesucristo nos enseña a orar

Evangelio del día: Jesucristo nos enseña a orar

Evangelio del día

Mateo 6, 7-15 · Jueves de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

La oración cristiana se configura como un diálogo personal, íntimo y profundo entre el hombre y Dios.


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.

Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 11, 1-11.
  • Salmo: Sal 111(110).

Oración introductoria

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Ven a esta oración para que sea el medio para crecer en el amor que perdona, libra del mal y de la tentación.

Petición

Ayúdame a hacer verdadera oración, Señor.


Meditación del Santo Padre Francisco

No hay necesidad de emplear tantas palabras para rezar: el Señor sabe lo que queremos decirle. Lo importante es que la primera palabra de nuestra oración sea «Padre». Así lo recordó el Papa Francisco al comentar el Evangelio en el que Jesús enseña el Padrenuestro a sus discípulos.

Para rezar no hace falta ruido, alboroto ni deseo de llamar la atención. Jesús advierte contra la vanidad religiosa y contra la tentación de creer que seremos escuchados por hablar mucho. La oración cristiana no es espectáculo, ni técnica de presión, ni fórmula mágica: es relación filial con Dios.

El Papa subrayó que la primera palabra de la oración debe ser «Padre». Sin esta palabra, sin sentir realmente que Dios es Padre, no se puede rezar cristianamente. No rezamos a una fuerza lejana ni a un dios anónimo, sino al Padre que nos ha dado la vida, nos acompaña en el camino y conoce toda nuestra historia.

Pero Jesús no nos enseña a decir simplemente «Padre mío», sino «Padre nuestro». Nadie es hijo único ante Dios. La oración cristiana nos coloca siempre ante el Padre junto con los hermanos. Por eso, si no estamos en paz con los demás, nuestra oración queda herida en su raíz.

Francisco recordó que el Padrenuestro une oración y perdón. Jesús lo explica con claridad: si perdonamos a los demás, también el Padre nos perdonará; si no perdonamos, cerramos el corazón al perdón de Dios. La oración verdadera no puede separarse de la reconciliación fraterna.

Sentirse amado por el Padre permite confiarle las preocupaciones, las heridas y los miedos. Como el hijo que vuelve a casa y dice «Padre, he pecado», también nosotros podemos presentarnos ante Dios con verdad, sabiendo que Él es un Padre cercano, que nos abraza y sabe lo que necesitamos antes incluso de que se lo pidamos.

El Padrenuestro no es una fórmula para repetir sin alma. Es la escuela de la oración cristiana: nos enseña a mirar a Dios como Padre, a vivir como hermanos, a pedir el pan necesario, a perdonar y a dejarnos librar del mal.

Santo Padre Francisco:
Orar a Nuestro Padre
Meditación del jueves, 20 de junio de 2013.


Meditación cristiana

Extracto de la Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana

VII. «Yo soy el camino»

29. Todo fiel debe buscar y puede encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración, en la variedad y riqueza de la oración cristiana enseñada por la Iglesia. Pero todos estos caminos personales confluyen, al final, en aquel camino al Padre que Jesucristo ha proclamado que es Él mismo.

En la búsqueda del propio camino, cada uno se dejará conducir no tanto por sus gustos personales cuanto por el Espíritu Santo, que le guía, a través de Cristo, al Padre.

30. En todo caso, para quien se empeña seriamente vendrán tiempos en los que le parecerá vagar en un desierto sin «sentir» nada de Dios a pesar de todos sus esfuerzos. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la oración.

En esos períodos debe esforzarse firmemente por mantener la oración. Aunque pueda darle la impresión de una cierta «artificiosidad», se trata en realidad de algo profundamente distinto: precisamente entonces la oración constituye una expresión de su fidelidad a Dios, en cuya presencia quiere permanecer incluso sin recibir consolación subjetiva.

En esos momentos aparentemente negativos se muestra lo que busca realmente quien hace oración: si busca a Dios, que siempre lo supera en su infinita libertad, o si se busca sólo a sí mismo, sin lograr ir más allá de sus propias experiencias.

31. La caridad de Dios, único objeto de la contemplación cristiana, es una realidad de la que nadie puede apropiarse mediante un método o una técnica. Debemos tener siempre la mirada fija en Jesucristo, en quien la caridad divina llegó hasta la cruz.

Debemos dejar que Dios decida la manera en que quiere hacernos partícipes de su amor. No debemos intentar ponernos al mismo nivel del objeto contemplado, el amor libre de Dios, ni siquiera cuando, por misericordia del Padre y mediante el Espíritu Santo, se nos concede en Cristo algún reflejo sensible de ese amor divino.

Cuanto más se le concede a una criatura acercarse a Dios, tanto más crece en ella la reverencia ante el Dios tres veces Santo. Se comprende entonces la palabra de san Agustín: «Tú puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo», y la palabra de María: «Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava» (Lc 1, 48).

Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana
Roma, 15 de octubre de 1989, fiesta de Santa Teresa de Jesús.


Catecismo de la Iglesia Católica

¿Qué es la oración?

«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría» (Santa Teresa del Niño Jesús).

La oración como don de Dios

2559. «La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes». La humildad es la base de la oración. Nosotros no sabemos pedir como conviene. Por eso el hombre es, ante Dios, un mendigo de Dios.

2560. «Si conocieras el don de Dios». La maravilla de la oración se revela allí donde Cristo sale al encuentro de todo ser humano. La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él.

2561. Nuestra oración de petición es, paradójicamente, una respuesta: respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación y respuesta de amor a la sed del Hijo único.

La oración como Alianza

2562. Cualquiera que sea el lenguaje de la oración, el que ora es todo el hombre. Sin embargo, la Escritura habla con frecuencia del corazón. Si el corazón está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana.

2563. El corazón es nuestro centro escondido, el lugar de la decisión, de la verdad y del encuentro. Allí elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar de la Alianza.

2564. La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Brota del Espíritu Santo y de nosotros, y se dirige al Padre en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.

La oración como comunión

2565. En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. La vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios y en comunión con Él.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Cuando se me presente una tentación para hacer o consentir el mal, rezaré de inmediato un padrenuestro.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, ¡venga tu Reino! Ésta es la aspiración de mi vida: que tu Reino se establezca y se realice en este mundo, comenzando por mi propia persona. Te doy gracias por esta oración. Permite que sepa escucharte, sentirte y seguirte, para vivir como hijo ante el Padre nuestro.


Para profundizar

Evangelio del día: La rectitud de intención

Evangelio del día: La rectitud de intención

Evangelio del día

Mateo 6, 1-6.16-18 · Miércoles de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

La hipocresía en la Iglesia y en la vida cristiana nos aleja de Dios. Jesús nos invita a vivir una fe sincera, humilde y escondida, que busque agradar al Padre y no el aplauso de los hombres.


Evangelio

Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.

Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

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Lecturas

  • Primera lectura: Libro Segundo de Reyes, 2 Re 2, 1.6-14.
  • Salmo: Sal 31(30), 20-21.24.

Oración introductoria

Señor, te imploro que me ayudes a vivir una fe más auténtica y firme, con una mayor pureza de intención, que busque crecer en el amor. Que tu gracia me guíe para aprovechar todos los medios espirituales que me ofreces a través de nuestra madre, la Iglesia.

Petición

Señor, dame la gracia de convertirme a Ti con todo mi corazón, recordando que polvo soy y a Ti volveré.


Meditación del Santo Padre Francisco

«Intelectuales sin talento, eticistas sin bondad y portadores de bellezas de museo»: así describió el Papa Francisco algunas formas de la hipocresía que tanto combate Jesús en el Evangelio. En una homilía pronunciada en la Casa Santa Marta, recordó que el Señor habla muchas veces contra los hipócritas porque se trata de un mal que puede infiltrarse incluso en el corazón de quienes practican la religión.

Existen los hipócritas de la casuística, aquellos que reducen la fe a una serie de normas y discusiones sin llegar realmente al encuentro con Dios. Son personas que se quedan en el cálculo de lo permitido y lo prohibido, pero que han perdido la capacidad de contemplar la verdad viva del Evangelio.

Otros son los «eticistas sin bondad», que llenan la vida de normas y exigencias, pero carecen de misericordia. Hablan constantemente de deberes, de obligaciones y de perfección exterior, pero no conocen la ternura de Dios. Se preocupan mucho por la apariencia y poco por la conversión del corazón.

Sin embargo, el Papa señaló una forma todavía más grave de hipocresía: la que se desarrolla en el ámbito sagrado. Jesús la denuncia precisamente cuando habla de los tres pilares de la vida espiritual: la limosna, la oración y el ayuno. El problema no está en practicarlos, sino en hacerlos para ser admirados por los demás.

Cuando la limosna se convierte en exhibición, cuando la oración busca el aplauso o cuando el ayuno pretende atraer la atención, la relación con Dios queda profundamente dañada. El corazón ya no busca agradar al Padre, sino alimentar el propio orgullo. Por eso Jesús insiste una y otra vez en actuar en lo secreto, allí donde sólo Dios puede ver.

Francisco recordó que ninguno está completamente libre de esta tentación. Todos los cristianos han experimentado alguna vez el deseo de ser reconocidos o admirados. Pero también todos reciben de Cristo una gracia capaz de vencer esa inclinación: la gracia de la alegría, la magnanimidad y la largueza de corazón.

El hipócrita no conoce la verdadera alegría porque vive pendiente de la opinión ajena. En cambio, quien busca sinceramente a Dios descubre una libertad nueva. Ya no necesita aparentar ni demostrar nada. Puede servir, rezar y sacrificarse con sencillez porque sabe que el Padre ve en lo secreto.

Por eso el Papa invitó a contemplar la oración humilde del publicano: «Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador». Esta actitud sencilla y verdadera abre el corazón a la misericordia de Dios y constituye el mejor antídoto contra toda forma de hipocresía espiritual.

Santo Padre Francisco:
Esos tipos de hipócritas
Meditación del miércoles, 19 de junio de 2013.


Propósito

Hacer un examen de conciencia y descubrir en qué momentos no tuve rectitud de intención ni busqué verdaderamente la gloria de Dios.

Diálogo con Cristo

Qué difícil, Señor, es confiar plenamente en tu divina Providencia. Por naturaleza me gusta el aplauso y el reconocimiento de los demás; frecuentemente convierto mi oración en un pliego de peticiones o incluso en reclamos. No me gusta renunciar a algo ni sacrificarme. Gracias por tu paciencia y tu misericordia. Con tu gracia podré vencer mis malas inclinaciones y aprender a buscar únicamente tu voluntad, viviendo con una fe sincera y un corazón humilde.


Para profundizar

Evangelio del día: Amad a vuestros enemigos

Evangelio del día: Amad a vuestros enemigos

Evangelio del día

Mateo 5, 43-48 · Martes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio», sin embargo es el camino indicado y recorrido por Jesús para nuestra salvación.


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores”; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 8, 1-9.
  • Salmo: Sal 145.

Oración introductoria

Nadie es perfecto en este mundo, y sin embargo, Señor y Padre mío, hoy me llamas a la santidad. Dame tu gracia y presencia en esta oración para comprender y vivir el mandato de tu amor. Incrementa mi fe, esperanza y caridad. Te pido tu ayuda para cumplir en todo tu voluntad.

Petición

Jesús, aviva mi deseo y mi anhelo de alcanzar, con tu gracia, la santidad.


Meditación del Santo Padre Francisco

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio». Sin embargo es el camino indicado por Jesús y recorrido por Él mismo para nuestra salvación. En su homilía del 18 de junio, el Papa Francisco recordó que la liturgia propone reflexionar sobre la relación entre la ley antigua y la ley nueva, entre el Sinaí y las Bienaventuranzas.

Comentando el Evangelio, el Santo Padre se detuvo en una pregunta inevitable: ¿cómo amar a los enemigos? «También nosotros tenemos enemigos», observó. Algunos son fuertes, otros débiles. Incluso nosotros mismos podemos convertirnos en enemigos de otros. Sin embargo, Jesús nos dirige una exigencia sorprendente: amar a los enemigos.

La primera respuesta que ofrece el Señor es mirar al Padre. Dios hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Su amor es universal. Por eso Jesús concluye: «Sean perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial». La perfección cristiana consiste ante todo en la perfección del amor.

El Papa invitó a contemplar cómo Dios actúa frente a quienes lo rechazan. Él busca siempre perdonar. También Jesús manifestó esta actitud cuando recibió a Judas en el huerto de los Olivos con una sorprendente ternura y misericordia, mientras otros pensaban en la venganza.

Pero Jesús no se limita a dar una enseñanza; ofrece también un camino concreto. Ante la dificultad de amar al enemigo, dice: «Rezad por vuestros enemigos». La oración transforma el corazón y hace posible lo que humanamente parece imposible. Esto vale también para esas pequeñas enemistades, antipatías o resentimientos que pueden surgir en la vida cotidiana.

Es cierto que este amor parece empobrecer. Amar al enemigo implica renunciar al orgullo, a la revancha y a la autosuficiencia. Sin embargo, recordó el Pontífice, también Cristo se hizo pobre por nosotros. Lo que parece una pérdida según la lógica del mundo es, en realidad, el camino que conduce a la verdadera riqueza: la gracia de Dios.

El amor a los enemigos no es una estrategia humana ni una simple norma moral. Es el camino que recorrió Jesús para salvarnos. Por eso el cristiano está llamado a seguirlo, confiando en que el Señor hará posible en él aquello que parece imposible a las solas fuerzas humanas.

Santo Padre Francisco:
El arte de amar a los enemigos
Meditación del martes, 18 de junio de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

I. El respeto de la persona humana

1929. La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que está ordenada al hombre.

«La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y de ellas son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia» (SRS 47).

1930. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos.

1931. El respeto a la persona humana supone considerar al prójimo como «otro yo», cuidando de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente. Ninguna legislación puede eliminar por sí sola los prejuicios, el egoísmo o la soberbia. Sólo la caridad permite ver en cada hombre un hermano.

1932. El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se vuelve más urgente cuando éstos se encuentran más necesitados. «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25, 40).

1933. Este deber se extiende también a quienes piensan y actúan de manera diferente. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas y extiende el mandamiento del amor a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, aunque no con el rechazo del mal que realiza.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Que mi programa de vida sea hacer la voluntad de Dios.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, quiero ser un reflejo de Ti. Dame la sabiduría y la fuerza de voluntad para perseverar en mi esfuerzo. El medio es claro: amar. Pero concretarlo en el día a día es lo difícil. Concédeme saber aprovechar tus gracias y ser dócil a tu Espíritu Santo para poder hacer el bien a todos, especialmente a mi familia.


Evangelio del día: ¡Ojo por ojo, diente por diente!

Evangelio del día: ¡Ojo por ojo, diente por diente!

Evangelio del día

Mateo 5, 38-42 · Lunes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

El cristiano lo tiene todo: tiene la salvación de Cristo; por eso debe ser magnánimo, generoso y manso.


Evangelio

Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

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Lecturas

  • Primera lectura: Libro Primero de Reyes, 1 Re 21, 1-16.
  • Salmo: Sal 5, 2-7.

Oración introductoria

Señor, gracias por mostrarme tan claramente las actitudes que deben regular mis relaciones con los demás y, sobre todo, gracias por este nuevo día y por este momento de oración, oportunidad para crecer en mi amor y amistad contigo.

Petición

Señor, limpia mi corazón y pon un nuevo espíritu de bondad, semejante al tuyo.


Meditación del Santo Padre Francisco

«La nada es semilla de guerra, siempre; porque es semilla de egoísmo. El todo, lo grande, es Jesús». Sobre la correcta comprensión de este binomio se basa la mansedumbre y la magnanimidad que caracteriza al cristiano. Así lo aclaró el Papa Francisco el 17 de junio. Comentando las lecturas del día —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (6, 1-10) y del Evangelio de Mateo (5, 38-42)— el Pontífice se centró en el significado de «un clásico» de las enseñanzas evangélicas.

Jesús propone una justicia distinta de la lógica del mundo. Mientras el hombre responde a la ofensa con otra ofensa, Cristo invita a una justicia superior, una justicia basada en el amor. Por ello el Santo Padre recordó las palabras de san Pablo: «Como gente que no tiene nada, y sin embargo, lo poseemos todo». En esta expresión se encuentra la clave de interpretación del Evangelio.

El cristiano posee el mayor tesoro: Jesucristo y su salvación. Pablo estaba tan convencido de ello que podía afirmar que todo lo demás era secundario. Sin embargo, para el espíritu del mundo el todo son las riquezas, la vanidad y la importancia personal. Allí donde el cristiano descubre el todo en Cristo, el mundo suele ver únicamente la nada.

Por eso, cuando se le pide algo al cristiano, puede dar más de lo esperado. La razón de esta generosidad no está en una debilidad de carácter, sino en la certeza de que ya posee el verdadero bien. De aquí nace la magnanimidad, inseparable de la mansedumbre. El discípulo de Cristo es una persona de corazón ensanchado, libre del egoísmo y capaz de amar.

Seguir a Jesús no siempre es fácil, pero tampoco es imposible. El Señor mismo ensancha el corazón de quienes caminan con Él. Cuando, en cambio, se busca únicamente la nada, surgen enfrentamientos en las familias, en la sociedad e incluso las guerras, porque el egoísmo divide mientras que Cristo une.

Que el Señor ensanche nuestro corazón y nos haga humildes, mansos y magnánimos, porque nosotros lo tenemos todo en Él.

Santo Padre Francisco:
La nada y el todo
Homilía del lunes, 17 de junio de 2013.


Propósito

Por amor a Dios, ser misericordioso y pronto al perdón, aceptando con generosidad cualquier ofensa que reciba.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, dame la gracia para que el Reino de los cielos sea una realidad en mi vida al saber responder la agresión con la comprensión, que la preocupación por asegurar el bien económico no me lleve a la mezquindad y, sobre todo, que me convierta en un infatigable discípulo y misionero de tu amor, porque el mundo te necesita y yo debo llevarte al mundo.


Para profundizar

Evangelio del día: El perdón de las ofensas

Evangelio del día: El perdón de las ofensas

Mateo 5, 20-26. Jueves de la 10.ª semana del Tiempo Ordinario. Para cuidar qué decimos a los demas, pidamos al Señor la gracia para ajustar nuestra vida a la ley de la mansedumbre, del amor y de la paz.

Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás», y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

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Lecturas

Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 3, 15; 4, 1.3-6

Salmo: Sal 85(84)

Oración introductoria

Señor, quiero tomar conciencia de la cercanía que Tú tienes conmigo, para que pueda valorar lo que Tú haces por mí. Señor, Tú me has perdonado muchas veces. Concédeme verlo y palparlo, para que, siguiendo tu ejemplo, mi corazón perdone y ame a los que me hieran de alguna forma.

Petición

Señor, que me dé cuenta de que soy un cristiano necesitado de tu gracia y de amor.

Meditación del Santo Padre Francisco

El enfado y el insulto al hermano pueden matar. Fue la advertencia del Papa Francisco […] comentando el pasaje del evangelio de Mateo (5, 20-26), donde se narra que quien se enfada con el propio hermano será procesado. Y al aludir también a san Juan, quien, respecto a aquel que expresa resentimiento y odio hacia el hermano, en realidad, en su corazón, ya lo mata, el Papa puso de relieve la necesidad de entrar en la lógica del perfeccionamiento, es decir, «ajustar nuestra conducta». Evidentemente se refiere al tema de «desacreditar al hermano a partir de pasiones interiores nuestras. Y en concreto el insulto». El Pontífice hizo notar irónicamente cuánto se ha extendido «en la tradición latina» recurrir al insulto con «una creatividad maravillosa, porque vamos inventando uno tras otro».

Cuando Jesús pronunció las palabras que recoge el Evangelio del día —recordó el Pontífice, hablando en esta ocasión en su español, ante la presencia de un nutrido grupo de argentinos—, inicia con una frase: «la justicia de ustedes tiene que ser superior a la justicia que están viendo ahora, la de los escribas y fariseos». Por ello —añadió el Santo Padre— quien «entra en la vida cristiana, el que acepta seguir este camino, tiene exigencias superiores a las de los demás». Y aquí una puntualización: «No tiene ventajas superiores. ¡No! Exigencias superiores». Jesús menciona algunas de ellas, como «las exigencias de la convivencia», pero luego indica también «el tema de la relación negativa hacia los hermanos». Las palabras de Jesús —subrayó— no dejan vía de escape: «Ustedes han oído que se dijo en el pasado: no matarás. Y el que mata debe ser llevado al tribunal. Pero yo les digo que todo aquél que se enoja contra su hermano merece ser condenado, y todo aquel que lo insulta merece ser castigado por el tribunal». Respecto al insulto —indicó el Papa—, Jesús es aún más radical y «va mucho más allá». Porque dice que cuando ya «en tu corazón hay algo negativo» contra el hermano y se expresa «con un insulto, con una maldición o con enojo, hay algo que no funciona, y te tenés que convertir, tenés que cambiarlo».

El Papa Francisco pidió al Señor la gracia para todos de «cuidar un poquito más la lengua con lo que decimos de los demás». Sin duda es «una pequeña penitencia, pero da buenos frutos». E insistió en la necesidad de pedir al Señor la gracia de «ajustar nuestra vida a esta nueva ley, que es ley de la mansedumbre, ley del amor, ley de la paz».

Santo Padre Francisco: Cuando la lengua mata

Meditación del jueves, 13 de junio de 2013

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

V. «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, —“perdona nuestras ofensas”— podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es “para la remisión de los pecados”. Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: “como”.

«Perdona nuestras ofensas»…

2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).

2840 Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.

2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero “todo es posible para Dios” (Mt 19, 26).

… «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

2842 Este “como” no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).

2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano”. Allí es, en efecto, en el fondo “del corazón” donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.

2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, Cart. enc. DM 14).

2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de “pecados” según Lc 11, 4, o de “deudas” según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):

«Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel» (San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 23).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Rezar un Ave María por aquellas personas que nos han ofendido y pedir a Dios la gracia de perdonar de corazón.

Diálogo con Cristo

Jesús, Tú me conoces muy bien y sabes cuánto quiero agradarte, pero también conoces cuán débil soy y que tengo muchas caídas a pesar de mis luchas. Ayúdame, por eso, Señor, a esforzarme por agradarte más, sirviendo a los hombres, quienes son tus hijos y mis hermanos. Quiero practicar cada día más la caridad, virtud principal de tu corazón. Ayúdame como cristiano a ser faro del amor. Pues sólo así seré reconocido como discípulo tuyo.

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«Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar»

San Juan Crisóstomo, Hom. sobre S. Mateo, 61

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Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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Evangelio del día: Jesús ante la Ley antigua

Evangelio del día: Jesús ante la Ley antigua

Mateo 5, 17-19. Miércoles de la 10.ª semana del Tiempo Ordinario. El camino a seguir es este: «La ley es plena, siempre en continuidad, sin cortes: como la semilla que acaba en la flor, en el fruto. El camino es el de la libertad en el Espíritu Santo, que nos hace libres, en el discernimiento continuo sobre la voluntad de Dios, para seguir adelante por este camino, sin retroceder» y sin resbalar.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:  «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos».

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Lecturas

Primera lectura: Deuteronomio, Dt 4, 1.5-9

Salmo: Sal 147, 12-20

Oración introductoria

Señor mío, hoy sé que necesito acercarme a ti. Hoy comprendo que Tú me pides amor, que todo lo has hecho por amor y que tu verdadera ley es amar sin medida. Me has mostrado tu mano a lo largo de mi vida y me has conducido al hermoso camino de tu Palabra. Gracias de todo corazón por amarme a pesar de mis errores incluso en las ocasiones en que pensando que hacía algo bien me alejé de tus brazos.

Petición

Señor mío, guíame en el camino de tu amor. Sé un Maestro que me muestre la manera de amar de verdad. Permíteme acercarme con humildad a tu Evangelio, para encontrar en él la verdadera Ley de tu amor. Enséñame a amar como tú amas, hasta dar la vida por tus amigos.

Meditación del Santo Padre Francisco

Son dos las tentaciones que se han de afrontar en este momento de la historia de la Iglesia: retroceder por ser temerosos de la libertad que viene de la ley «realizada en el Espíritu Santo» y ceder a un «progresismo adolescente», es decir, propenso a seguir los valores más fascinantes propuestos por la cultura dominante. El Papa Francisco habló de ello el [día de hoy] en su homilía, comentando las lecturas —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (3, 4-11) y del Evangelio de san Mateo (5, 17-19)— al celebrar la misa en la Domus Sanctae Marthae. Se centró sobre todo en las explicaciones dadas por Jesús a quienes le acusaban de querer cambiar la ley de Moisés. Él los tranquiliza diciendo: «Yo no vengo a abolir la ley sino a darle pleno cumplimiento».

Esta ley «es sagrada —observó el Papa— porque conducía al pueblo a Dios». Por lo tanto, «no se puede tocar». Había quien decía que Jesús «cambiaba esta ley». Él, en cambio, buscaba hacer entender que se trataba de un camino que conduciría «al crecimiento», es más, a la «plena madurez de esa ley. Y decía: Yo vengo a dar cumplimiento. Así como el brote que «despunta» y nace la flor, así es la continuidad de la ley hacia su madurez. Y Jesús es la expresión de la madurez de la ley».

El Pontífice reafirmó luego el papel del Espíritu Santo en la transmisión de esta ley. En efecto, «Pablo dice que esta ley del Espíritu la tenemos por medio de Jesucristo, porque no somos capaces de pensar algo como procedente de nosotros; nuestra capacidad viene de Dios. Y la ley que Dios nos da es una ley madura, la ley del amor, porque hemos llegado a la última hora. El apóstol Juan dice a su comunidad: Hermanos, hemos llegado a la última hora. A la hora del cumplimiento de la ley. Es la ley del Espíritu, la que nos hace libres».

Sin embargo, se trata de una libertad que, en cierto sentido, nos da miedo. «Porque —precisó el Pontífice— se puede confundir con cualquier otra libertad humana». Y «la ley del Espíritu nos lleva por el camino del discernimiento continuo para hacer la voluntad de Dios»: también esto nos asusta.

Pero cuando nos asalta este miedo corremos el riesgo de sucumbir a dos tentaciones —advirtió el Santo Padre. La primera es la de «volver atrás porque no estamos seguros. Pero esto interrumpe el camino». Es «la tentación del miedo a la libertad, del miedo al Espíritu Santo: el Espíritu Santo nos da miedo». Pero «la seguridad plena está en el Espíritu Santo que te conduce hacia adelante, que te da confianza y, como dice Pablo, es más exigente: en efecto, Jesús dice que «antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley». Por lo tanto es más exigente, incluso si no nos da la seguridad humana porque no podemos controlar al Espíritu Santo».

La segunda tentación es la que el Papa definió como «progresismo adolescente». No se trata de auténtico progreso: es una cultura que avanza, de la que no logramos desprendernos y de la cual tomamos las leyes y los valores que más nos gustan, como hacen precisamente los adolescentes. Al final, el riesgo que se corre es el de resbalar y salirse del camino. Según el Pontífice, se trata de una tentación recurrente en este momento histórico para la Iglesia. «No podemos retroceder —dijo el Papa— y deslizarnos fuera del camino». El camino a seguir es este: «La ley es plena, siempre en continuidad, sin cortes: como la semilla que acaba en la flor, en el fruto. El camino es el de la libertad en el Espíritu Santo, que nos hace libres, en el discernimiento continuo sobre la voluntad de Dios, para seguir adelante por este camino, sin retroceder» y sin resbalar. Y concluyó: «Pidamos el Espíritu Santo que nos da vida, que lleva hacia adelante, que lleva a la plena madurez esa ley que nos hace libres».

Santo Padre Francisco: Ese progresismo adolescente

Meditación del miércoles, 12 de junio de 2013

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

La Ley divina no es un yugo pesado de esclavitud, sino don de gracia que nos hace libres y que nos lleva a la felicidad. «Mi alegría está en tus preceptos: no me olvidaré de tu palabra» (Sal 118, 16), afirma el Salmista; y después: «Condúceme por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo puesta mi alegría» (v. 35); y de nuevo: «¡Cuánto amo tu ley, todo el día la medito!» (v. 97). La ley del Señor, su Palabra, es el centro de la vida del orante; en ella encuentra el consuelo, la medita, la conserva en su corazón: «Conservo tu palabra en mi corazón, para no pecar contra ti» (v. 11), y este es el secreto de la felicidad del salmista; y aún más: «Los orgullosos traman engaños contra mí: pero yo observo tus preceptos» (v. 69).

La fidelidad […] nace de la escucha de la Palabra, de custodiarla en lo más íntimo, meditándola y amándola, como María, que «custodiaba, meditándolas en su corazón», […] es también la Virgen María la que lleva a cumplimiento la perfecta figura del creyente descrito por el salmista. Es Ella, de hecho, la verdadera «beata», proclamada como tal por Isabel por «haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1, 45). […]

La ley divina, objeto del amor apasionado del salmista y de todo creyente, es fuente de vida. El deseo de comprenderla, de observarla, de orientar hacia ella todo su ser es la característica del hombre justo y fiel al Señor, que la «medita día y noche», como reza el Salmo 1 (v. 2); es una ley, la ley de Dios, para llevar «en el corazón», come dice el conocido texto del Shemá en el Deuteronomio:

«Escucha, Israel… Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado» (6, 4.6-7).

Santo padre Benedicto XVI

Catequesis sobre el Salmo (119) 118

Audiencia General del miércoles, 9 de noviembre de 2011

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

I. Jesús y la Ley

577 Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza:

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una «i» o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos» (Mt 5, 17-19).

578 Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande en el Reino de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras. Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos, según su propia confesión, jamás han podido cumplir la Ley en su totalidad, sin violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13, 38-41; 15, 10). Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley. En efecto, la Ley constituye un todo y, como recuerda Santiago, «quien observa toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace reo de todos» (St 2, 10; cf. Ga 3, 10; 5, 3).

579 Este principio de integridad en la observancia de la Ley, no sólo en su letra sino también en su espíritu, era apreciado por los fariseos. Al subrayarlo para Israel, muchos judíos del tiempo de Jesús fueron conducidos a un celo religioso extremo (cf. Rm 10, 2), el cual, si no quería convertirse en una casuística «hipócrita» (cf. Mt 15, 3-7; Lc 11, 39-54) no podía más que preparar al pueblo a esta intervención inaudita de Dios que será la ejecución perfecta de la Ley por el único Justo en lugar de todos los pecadores (cf. Is 53, 11; Hb 9, 15).

580 El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino obra del divino Legislador que nació sometido a la Ley en la persona del Hijo (cf Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de piedra sino «en el fondo del corazón» (Jr 31, 33) del Siervo, quien, por «aportar fielmente el derecho» (Is 42, 3), se ha convertido en «la Alianza del pueblo» (Is 42, 6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar sobre sí mismo «la maldición de la Ley» (Ga 3, 13) en la que habían incurrido los que no «practican todos los preceptos de la Ley» (Ga 3, 10) porque «ha intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de la Primera Alianza» (Hb 9, 15).

581 Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi» (cf. Jn 11, 28; 3, 2; Mt 22, 23-24, 34-36). Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley (cf. Mt 12, 5; 9, 12; Mc 2, 23-27; Lc 6, 6-9; Jn 7, 22-23). Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1). Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados […] pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» (Mc 7, 8) de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7, 13).

582 Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» (cf. Ga 3, 24) por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro […] —así declaraba puros todos los alimentos— . Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no aceptaban su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10, 25. 37-38; 12, 37). Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2,25-27; Jn 7, 22-24), que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf. Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que realizan sus curaciones.

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

El día de hoy y el resto de la cuaresma buscaré tener detalles -aunque sean sencillos- de amor con las personas que encuentre.

Diálogo con Cristo

Gracias Señor por amarme de verdad. Por alimentarme no sólo con tu Palabra, sino también con tu Cuerpo y con tu Sangre. Aumenta mi amor para corresponderte, de modo que se cumpla en mí aquello de San Agustín dilige et quod vis fac, «ama y haz lo que quieras». Por que cuando amo de verdad y obro por amor, no tengo forma de equivocarme. Purifica mi amor, porque, si es verdadero, me guiará hacia lo bueno, hacia la verdad, hacia el bien, y por tanto, ese amor, además de hacerme verdaderamente libres, me acercará a ti.

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Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos.

San Agustín

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