Evangelio del día: Acumulad riquezas… pero en el cielo

Evangelio del día: Acumulad riquezas… pero en el cielo

Evangelio del día

Mateo 6, 19-23 · Viernes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

Debemos estar más atentos a acumular las verdaderas riquezas, las que liberan el corazón y nos hacen vivir con la libertad de los hijos de Dios.


Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben.

Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segundo Libro de Reyes, 2 Re 11, 1-4.9-18.20.
  • Salmo: Sal 132(131), 11-14.17-18.

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor para que esta oración me ayude a desprenderme de mí mismo, a desapegarme de todo lo material y a considerar todo como basura y pérdida con tal de ganarte a Ti.

Petición

Jesús, dame un corazón pobre y libre de egoísmo para que puedas reinar en mí.


Meditación del Santo Padre Francisco

«Dinero, vanidad y poder» no hacen feliz al hombre. Los auténticos tesoros, las riquezas que cuentan, son el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. Este fue el mensaje que el Papa Francisco propuso al comentar las palabras de Jesús: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón».

El consejo del Señor es sencillo y profundamente prudente: no acumular tesoros en la tierra. Jesús no desprecia las realidades materiales, pero advierte que no pueden convertirse en el centro de la vida. Cuando el corazón se ata a lo que pasa, pierde la libertad interior.

El primer tesoro peligroso es el dinero. Las riquezas pueden servir para hacer el bien, sostener una familia y ayudar a otros, pero cuando se acumulan como seguridad absoluta, terminan robando el alma. El problema no está sólo en poseer, sino en poner en ellas la esperanza del corazón.

El segundo tesoro engañoso es la vanidad: buscar prestigio, hacerse ver, vivir pendiente de la propia imagen. Jesús denuncia esta actitud porque convierte la vida espiritual en espectáculo y deja al hombre vacío. La belleza exterior, la fama y el reconocimiento terminan pasando.

El tercer tesoro inútil y peligroso es el poder. El Papa recordó que el poder humano se acaba, cae y muchas veces deja tras de sí soledad, anonimato o ruina. Por eso Jesús invita a no acumular orgullo ni dominio, porque estos tesoros no dan vida.

Frente a estos falsos tesoros, el Señor propone acumular tesoros en el cielo. No se trata de huir del mundo, sino de orientar el corazón hacia lo que permanece: el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. Estas son las riquezas que liberan el corazón.

Cuando el corazón está atado al dinero, a la vanidad o al poder, queda encadenado. Pero cuando está unido a Dios, se vuelve luminoso. Por eso Jesús habla del ojo sano y del cuerpo iluminado: un corazón libre puede ver bien, amar mejor y mostrar a otros el camino que lleva a Dios.

El Papa Francisco insistió en que un corazón libre es un corazón luminoso. No vive esclavizado por lo que tiene, por lo que aparenta o por lo que domina. Es un corazón que sigue adelante y que envejece bien, como el buen vino, porque ha aprendido a poner su tesoro donde está Cristo.

La petición final es clara: pedir al Señor la prudencia espiritual para reconocer dónde está nuestro corazón y la fuerza para desencadenarlo cuando se ha quedado prisionero. Sólo así podremos vivir la verdadera alegría y la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Santo Padre Francisco:
Caza al tesoro
Meditación del viernes, 20 de junio de 2014.


Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

El Apóstol precisa muy bien lo que entiende por «los bienes de allá arriba», que el cristiano debe buscar, y «los bienes de la tierra», de los cuales debe cuidarse. Los bienes de la tierra que es necesario evitar son, ante todo, la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría.

Dar muerte al deseo insaciable de bienes materiales y al egoísmo significa abandonar lo que pertenece al hombre viejo. El cristiano está llamado a despojarse de esa lógica para revestirse de Cristo, dejando que su vida sea renovada a imagen de su Creador.

San Pablo señala también cuáles son los bienes de arriba: compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón y, por encima de todo, la caridad, que es el vínculo de la unidad perfecta. Estos bienes no apartan del mundo, sino que transforman el modo de vivir en él.

Benedicto XVI recuerda que los cristianos no están llamados a evadirse de la ciudad terrena. Aunque nuestra verdadera patria está en el cielo, el camino hacia esa meta se recorre cada día en esta tierra. Participando desde ahora en la vida de Cristo resucitado, debemos vivir como hombres nuevos en el corazón del mundo.

Este camino no sólo transforma a cada persona, sino también la sociedad. Los bienes de arriba dan a la ciudad terrena un rostro nuevo, marcado por la solidaridad, la bondad y el respeto profundo de la dignidad de cada persona.

En la cumbre de todas las virtudes está la caridad. Ella resume y compendia los bienes del cielo, y junto con la fe y la esperanza define la naturaleza profunda del cristiano.


Propósito

Esta semana daré ese donativo que he venido posponiendo y del que no he querido desprenderme.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, si no soy generoso en el apostolado, en la donación de mi tiempo y en el servicio desinteresado a los demás y a la Iglesia, es porque no te he dado el lugar que te corresponde en mi vida. No he sido dócil a tus inspiraciones ni he sabido aprovechar tu gracia. Pero hoy es un nuevo día, una nueva oportunidad, para dejar todas las ataduras atrás y crecer con confianza, alegría y amor.


Para profundizar

Evangelio del día: Amad a vuestros enemigos

Evangelio del día: Amad a vuestros enemigos

Evangelio del día

Mateo 5, 43-48 · Martes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio», sin embargo es el camino indicado y recorrido por Jesús para nuestra salvación.


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores”; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 8, 1-9.
  • Salmo: Sal 145.

Oración introductoria

Nadie es perfecto en este mundo, y sin embargo, Señor y Padre mío, hoy me llamas a la santidad. Dame tu gracia y presencia en esta oración para comprender y vivir el mandato de tu amor. Incrementa mi fe, esperanza y caridad. Te pido tu ayuda para cumplir en todo tu voluntad.

Petición

Jesús, aviva mi deseo y mi anhelo de alcanzar, con tu gracia, la santidad.


Meditación del Santo Padre Francisco

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio». Sin embargo es el camino indicado por Jesús y recorrido por Él mismo para nuestra salvación. En su homilía del 18 de junio, el Papa Francisco recordó que la liturgia propone reflexionar sobre la relación entre la ley antigua y la ley nueva, entre el Sinaí y las Bienaventuranzas.

Comentando el Evangelio, el Santo Padre se detuvo en una pregunta inevitable: ¿cómo amar a los enemigos? «También nosotros tenemos enemigos», observó. Algunos son fuertes, otros débiles. Incluso nosotros mismos podemos convertirnos en enemigos de otros. Sin embargo, Jesús nos dirige una exigencia sorprendente: amar a los enemigos.

La primera respuesta que ofrece el Señor es mirar al Padre. Dios hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Su amor es universal. Por eso Jesús concluye: «Sean perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial». La perfección cristiana consiste ante todo en la perfección del amor.

El Papa invitó a contemplar cómo Dios actúa frente a quienes lo rechazan. Él busca siempre perdonar. También Jesús manifestó esta actitud cuando recibió a Judas en el huerto de los Olivos con una sorprendente ternura y misericordia, mientras otros pensaban en la venganza.

Pero Jesús no se limita a dar una enseñanza; ofrece también un camino concreto. Ante la dificultad de amar al enemigo, dice: «Rezad por vuestros enemigos». La oración transforma el corazón y hace posible lo que humanamente parece imposible. Esto vale también para esas pequeñas enemistades, antipatías o resentimientos que pueden surgir en la vida cotidiana.

Es cierto que este amor parece empobrecer. Amar al enemigo implica renunciar al orgullo, a la revancha y a la autosuficiencia. Sin embargo, recordó el Pontífice, también Cristo se hizo pobre por nosotros. Lo que parece una pérdida según la lógica del mundo es, en realidad, el camino que conduce a la verdadera riqueza: la gracia de Dios.

El amor a los enemigos no es una estrategia humana ni una simple norma moral. Es el camino que recorrió Jesús para salvarnos. Por eso el cristiano está llamado a seguirlo, confiando en que el Señor hará posible en él aquello que parece imposible a las solas fuerzas humanas.

Santo Padre Francisco:
El arte de amar a los enemigos
Meditación del martes, 18 de junio de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

I. El respeto de la persona humana

1929. La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que está ordenada al hombre.

«La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y de ellas son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia» (SRS 47).

1930. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos.

1931. El respeto a la persona humana supone considerar al prójimo como «otro yo», cuidando de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente. Ninguna legislación puede eliminar por sí sola los prejuicios, el egoísmo o la soberbia. Sólo la caridad permite ver en cada hombre un hermano.

1932. El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se vuelve más urgente cuando éstos se encuentran más necesitados. «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25, 40).

1933. Este deber se extiende también a quienes piensan y actúan de manera diferente. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas y extiende el mandamiento del amor a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, aunque no con el rechazo del mal que realiza.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Que mi programa de vida sea hacer la voluntad de Dios.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, quiero ser un reflejo de Ti. Dame la sabiduría y la fuerza de voluntad para perseverar en mi esfuerzo. El medio es claro: amar. Pero concretarlo en el día a día es lo difícil. Concédeme saber aprovechar tus gracias y ser dócil a tu Espíritu Santo para poder hacer el bien a todos, especialmente a mi familia.


Evangelio del día: ¡Ojo por ojo, diente por diente!

Evangelio del día: ¡Ojo por ojo, diente por diente!

Evangelio del día

Mateo 5, 38-42 · Lunes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

El cristiano lo tiene todo: tiene la salvación de Cristo; por eso debe ser magnánimo, generoso y manso.


Evangelio

Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro Primero de Reyes, 1 Re 21, 1-16.
  • Salmo: Sal 5, 2-7.

Oración introductoria

Señor, gracias por mostrarme tan claramente las actitudes que deben regular mis relaciones con los demás y, sobre todo, gracias por este nuevo día y por este momento de oración, oportunidad para crecer en mi amor y amistad contigo.

Petición

Señor, limpia mi corazón y pon un nuevo espíritu de bondad, semejante al tuyo.


Meditación del Santo Padre Francisco

«La nada es semilla de guerra, siempre; porque es semilla de egoísmo. El todo, lo grande, es Jesús». Sobre la correcta comprensión de este binomio se basa la mansedumbre y la magnanimidad que caracteriza al cristiano. Así lo aclaró el Papa Francisco el 17 de junio. Comentando las lecturas del día —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (6, 1-10) y del Evangelio de Mateo (5, 38-42)— el Pontífice se centró en el significado de «un clásico» de las enseñanzas evangélicas.

Jesús propone una justicia distinta de la lógica del mundo. Mientras el hombre responde a la ofensa con otra ofensa, Cristo invita a una justicia superior, una justicia basada en el amor. Por ello el Santo Padre recordó las palabras de san Pablo: «Como gente que no tiene nada, y sin embargo, lo poseemos todo». En esta expresión se encuentra la clave de interpretación del Evangelio.

El cristiano posee el mayor tesoro: Jesucristo y su salvación. Pablo estaba tan convencido de ello que podía afirmar que todo lo demás era secundario. Sin embargo, para el espíritu del mundo el todo son las riquezas, la vanidad y la importancia personal. Allí donde el cristiano descubre el todo en Cristo, el mundo suele ver únicamente la nada.

Por eso, cuando se le pide algo al cristiano, puede dar más de lo esperado. La razón de esta generosidad no está en una debilidad de carácter, sino en la certeza de que ya posee el verdadero bien. De aquí nace la magnanimidad, inseparable de la mansedumbre. El discípulo de Cristo es una persona de corazón ensanchado, libre del egoísmo y capaz de amar.

Seguir a Jesús no siempre es fácil, pero tampoco es imposible. El Señor mismo ensancha el corazón de quienes caminan con Él. Cuando, en cambio, se busca únicamente la nada, surgen enfrentamientos en las familias, en la sociedad e incluso las guerras, porque el egoísmo divide mientras que Cristo une.

Que el Señor ensanche nuestro corazón y nos haga humildes, mansos y magnánimos, porque nosotros lo tenemos todo en Él.

Santo Padre Francisco:
La nada y el todo
Homilía del lunes, 17 de junio de 2013.


Propósito

Por amor a Dios, ser misericordioso y pronto al perdón, aceptando con generosidad cualquier ofensa que reciba.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, dame la gracia para que el Reino de los cielos sea una realidad en mi vida al saber responder la agresión con la comprensión, que la preocupación por asegurar el bien económico no me lleve a la mezquindad y, sobre todo, que me convierta en un infatigable discípulo y misionero de tu amor, porque el mundo te necesita y yo debo llevarte al mundo.


Para profundizar

Catequesis: Vicios y virtudes (9): La envidia y la vanagloria

Catequesis: Vicios y virtudes (9): La envidia y la vanagloria

La envidia y la vanagloria

Itinerario de Confirmación · Vicios y virtudes

Basada en la Audiencia general del papa Francisco, «Los vicios y las virtudes. La envidia y la vanagloria», 28 de febrero de 2024.

La envidia y la vanagloria parecen muy diferentes, pero Francisco muestra que ambas nacen de una misma herida interior.1 La primera lleva a vivir pendientes de los dones del otro; la segunda lleva a vivir pendientes de la propia imagen. En ambos casos el corazón pierde la paz porque deja de descansar en Dios.

Esta sesión propone un camino diferente. A través de la Escritura, de las imágenes, de las actividades y de la oración, intentaremos descubrir cómo la gratitud y la humildad permiten vivir con libertad, alegrarse por el bien ajeno y dejar de buscar continuamente la aprobación de los demás.

Idea central de la sesión
La envidia mira continuamente hacia fuera. La vanagloria mira continuamente hacia sí misma. Cristo enseña a volver la mirada hacia Dios y hacia la verdad del corazón.

Índice general

I. Presentación de la sesión

Una comparación que roba la alegría

Los adolescentes viven en un mundo donde la comparación se ha vuelto constante. Las redes sociales, los grupos de amigos, los estudios, el deporte o la propia imagen pueden convertirse fácilmente en una ocasión para medir quién tiene más éxito, más atención o más reconocimiento. Esa dinámica alimenta la comparación permanente y termina debilitando la alegría interior.

Francisco observa que la envidia y la vanagloria siguen actuando hoy con enorme fuerza porque tocan una necesidad muy profunda del ser humano: sentirse valioso.2 El problema aparece cuando buscamos ese valor únicamente en la comparación o en el aplauso. Entonces el corazón deja de vivir desde la gracia recibida y comienza a depender de la mirada ajena.

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Objetivos de la sesión

Esta sesión busca ayudar a reconocer dos tentaciones muy presentes en la vida cotidiana. La primera consiste en vivir pendientes de lo que poseen los demás; la segunda en vivir pendientes de la propia imagen. Ambas terminan debilitando la libertad interior porque obligan a depender continuamente de comparaciones, éxitos o reconocimientos.

A través de la Palabra de Dios, de las imágenes, de las actividades y de la oración, se intentará descubrir un camino diferente. Francisco propone recuperar la gratitud por los dones recibidos y la humildad que nace de la gracia, aprendiendo a alegrarse por el bien ajeno y a vivir sin necesidad constante de aprobación.3

Objetivo Resultado esperado
Reconocer la envidia Descubrir cómo la comparación roba la alegría.
Reconocer la vanagloria Comprender la dependencia del aplauso y de la imagen.
Descubrir las virtudes contrarias Valorar la gratitud, la humildad y la alegría por el bien ajeno.
Aplicar la enseñanza Llevarla a la vida familiar, escolar y parroquial.

La sesión trabaja cuatro virtudes que aparecerán de manera continua a lo largo del recorrido. Cada una responde directamente a una herida concreta del corazón y ayuda a reconstruir una mirada más cristiana sobre uno mismo y sobre los demás.

Virtud Vicio que combate
Gratitud La envidia.
Alegría por el bien ajeno La comparación constante.
Humildad La vanagloria.
Vida centrada en Dios La necesidad continua de reconocimiento.

El material puede utilizarse de forma completa o fragmentada. Los fundamentos permiten trabajar la catequesis doctrinal; las imágenes ayudan a interpretar situaciones frecuentes en el mundo digital; las actividades facilitan la aplicación práctica y la lectio divina favorece la interiorización personal y el encuentro con Cristo.

Las imágenes ocupan un lugar importante dentro de este itinerario porque las nuevas generaciones viven rodeadas de estímulos visuales. Una imagen bien construida puede ayudar a identificar una actitud interior con rapidez y convertirse en una puerta de entrada hacia una reflexión más profunda sobre la vida espiritual y sobre la verdad del corazón.


II. Fundamentos bíblicos y catequéticos

La tristeza del envidioso

Francisco comienza recordando una de las historias más antiguas de la humanidad: Caín y Abel.4 La envidia no aparece primero como violencia, sino como una mirada torcida que deja de contemplar los propios dones y se fija únicamente en los del hermano. El envidioso deja de vivir desde la gratitud y comienza a vivir desde la comparación.

Por eso la Escritura presenta la envidia como una tristeza muy particular. No nace de una desgracia real, sino del hecho de que otro posea un bien que nosotros deseamos. El problema ya no está en lo que Dios me ha dado, sino en aquello que ha recibido el otro. La alegría desaparece porque el corazón deja de reconocer los dones recibidos.

Génesis 4, 3-8

«Pasado algún tiempo, Caín presentó al Señor una ofrenda de los frutos del suelo. También Abel presentó una ofrenda de los primogénitos de su rebaño y de su grasa. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda. Caín se irritó mucho y andaba cabizbajo. El Señor dijo a Caín: “¿Por qué andas irritado y por qué estás cabizbajo? Si obras bien, podrás alzar la cabeza; pero si no obras bien, el pecado está agazapado a la puerta deseando alcanzarte; mas tú debes dominarlo”. Caín dijo a su hermano Abel: “Vamos al campo”. Y cuando estaban en el campo, Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató».

El texto permite descubrir algo importante para la vida espiritual. Antes del pecado visible existe siempre un movimiento interior. Caín aparece cabizbajo y encerrado en sí mismo. Ya no dialoga con Dios ni contempla su propia vida; únicamente observa a su hermano. La envidia comienza cuando la mirada deja de ser agradecida y se vuelve obsesivamente comparativa.

Francisco insiste precisamente en este punto. La curación no empieza rebajando al otro ni ocultando sus cualidades. Empieza cuando aprendemos a reconocer nuevamente aquello que Dios ya ha sembrado en nosotros. La respuesta cristiana a la envidia no es la resignación, sino la gratitud humilde y la alegría por el bien ajeno.

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Cuando queremos corregir las cuentas de Dios

Francisco relaciona la envidia con una dificultad muy profunda: aceptar que Dios sea generoso con otros de una manera que no coincide con nuestras cuentas.5 La parábola de los obreros de la viña muestra precisamente ese punto. El problema no está en la justicia del dueño, sino en el corazón que no soporta la gratuidad cuando beneficia a otro.

La envidia suele disfrazarse de sentido de la justicia, pero muchas veces esconde una tristeza por el bien recibido por el hermano. Quien vive así no pregunta qué ha recibido de Dios, sino por qué el otro ha recibido algo semejante o mayor. Entonces el corazón deja de celebrar la bondad divina y empieza a medir la vida desde una comparación amarga y una contabilidad estrecha.

Mateo 20, 1-16

«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”.

Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno.

Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti.

¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

El punto decisivo está en la pregunta final: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. La parábola no niega el trabajo de los primeros, pero revela que su tristeza nace al ver la bondad derramada sobre los últimos. La mirada envidiosa convierte la generosidad de Dios en una amenaza contra la propia importancia.

La curación pasa por aprender a recibir la vida como don. El cristiano no necesita corregir las cuentas de Dios ni vigilar cuánto recibe cada uno. Puede alegrarse porque el Padre es bueno también con otros, y esa alegría ensancha el corazón. La envidia encoge; la gratuidad abre espacio para la fraternidad.

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El espejo de la vanagloria

Si la envidia vive pendiente de los demás, la vanagloria vive pendiente de uno mismo. Francisco la describe como una especie de hambre de admiración que nunca termina de saciarse.6 El vanaglorioso necesita continuamente ser visto, reconocido o aplaudido. Su vida interior depende demasiado de la mirada ajena y demasiado poco de la verdad de Dios.

Por eso la tradición cristiana ha comparado muchas veces la vanagloria con un espejo. La persona acaba observándose continuamente para comprobar cómo es vista por los demás. Lo importante ya no es hacer el bien, sino que el bien realizado produzca reconocimiento. La búsqueda de la verdad queda sustituida por la búsqueda de una buena imagen y de una aprobación constante.

Mateo 6, 1-4

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Jesús no critica aquí la limosna ni las buenas obras. Critica la intención torcida que busca convertirlas en un espectáculo. La vanagloria es peligrosa porque puede esconderse incluso detrás de acciones buenas. El corazón ya no busca servir a Dios, sino alimentar una imagen idealizada de sí mismo y obtener una recompensa inmediata.

La humildad cristiana no consiste en despreciarse ni en negar los propios talentos. Consiste en vivir en la verdad. El humilde reconoce los dones recibidos, los utiliza para el bien y sabe que todo procede finalmente de Dios. Por eso puede actuar con libertad, sin necesidad de exhibirse ni de buscar continuamente la admiración de los demás o la confirmación de su valor.

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Te basta mi gracia

Francisco termina su reflexión sobre la vanagloria mirando a san Pablo.7 El apóstol comprendió que la vida cristiana no consiste en acumular méritos para admirarse a sí mismo ni en construir una imagen perfecta ante los demás. La verdadera libertad aparece cuando el hombre deja de apoyarse únicamente en sus propias fuerzas y aprende a vivir desde la gracia de Dios y desde una humildad confiada.

La respuesta cristiana a la vanagloria no es el desprecio de uno mismo, sino el descubrimiento de que nuestro valor no depende del aplauso ni del éxito. Cuando la identidad se apoya en Cristo, ya no es necesario demostrar continuamente quién soy. El corazón puede descansar porque sabe que ha sido amado gratuitamente y que vive sostenido por una fuerza que viene de Dios.

2 Corintios 12, 7-10

«Para que no tenga soberbia por la grandeza de las revelaciones, me han metido una espina en la carne, un emisario de Satanás que me apalea para que no sea soberbio. Por ello he rogado tres veces al Señor que lo apartara de mí; pero él me respondió: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. Por eso muy gustosamente seguiré gloriándome sobre todo en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, de las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Estas palabras representan casi el extremo contrario de la vanagloria. Mientras el vanaglorioso intenta ocultar cualquier límite para mantener una imagen brillante, Pablo reconoce sus debilidades y descubre precisamente ahí la acción de Dios. La fuerza del cristiano no consiste en parecer perfecto, sino en permitir que la gracia actúe dentro de la fragilidad humana.

Por eso Francisco concluye recordando que la humildad no empobrece al hombre, sino que lo libera. Quien ya no necesita ser el centro puede alegrarse por el bien de los demás, aceptar serenamente sus límites y vivir con una paz que no depende de los aplausos. La respuesta a la envidia y a la vanagloria no es una autoestima más fuerte, sino una confianza más profunda en Dios y una vida centrada en Cristo.

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III. Imágenes bíblicas comentadas

Imagen bíblica I · ¿Por qué miras a tu hermano?

La imagen sitúa a Caín en primer plano, antes de la violencia. Lo importante no es todavía el acto exterior, sino la mirada desviada: Caín observa a Abel y deja de mirar a Dios. La envidia comienza así, cuando el bien del hermano ocupa todo el campo interior y hace perder la gratitud por lo recibido.

El catequista puede ayudar a contemplar el rostro de Caín sin convertirlo en un monstruo. La escena enseña que la envidia nace en un corazón que se entristece por el bien ajeno. Antes de corregir conductas, conviene reconocer esa tristeza comparativa y abrirla a una mirada más libre sobre los dones de Dios.

Imagen bíblica II · Las cuentas de Dios

La escena muestra el momento del pago en la viña. El propietario entrega el salario y uno de los trabajadores observa con incomodidad cómo otros reciben también el denario. No hay injusticia visible; hay dificultad para aceptar la generosidad del dueño. La parábola revela así el corazón que quiere imponer a Dios una contabilidad estrecha.

Esta imagen permite trabajar una pregunta decisiva: por qué nos molesta que otro reciba un bien. La respuesta cristiana no consiste en negar el esfuerzo propio, sino en aprender a alegrarse por la bondad derramada sobre otros. La envidia encoge la mirada; la gratuidad abre camino a la fraternidad.

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Imagen bíblica III · El espejo de la vanagloria

La imagen reúne dos referencias que Francisco mantiene unidas. Por un lado aparece el hombre que realiza una obra buena delante de los demás y espera ser observado. Por otro, la tradición espiritual que compara la vanagloria con un espejo donde la persona termina contemplándose continuamente a sí misma.8 El centro de la escena ya no es el bien realizado, sino la propia imagen y la necesidad de reconocimiento.

El contraste con la mujer que actúa discretamente ayuda a comprender el mensaje evangélico. Jesús no condena las buenas obras; condena el deseo de convertirlas en espectáculo. La humildad permite hacer el bien sin quedar atrapados por la búsqueda de aplausos. El corazón deja de vivir pendiente de la apariencia exterior y aprende a vivir desde la verdad interior.

Imagen bíblica IV · Te basta mi gracia

La imagen presenta a san Pablo trabajando serenamente en una casa cristiana sencilla. No aparece predicando ante multitudes ni realizando acciones extraordinarias. El protagonismo no recae sobre él, sino sobre la paz con la que desempeña su misión. Toda la composición invita a contemplar una vida sostenida por la gracia de Dios y no por la admiración de los hombres.

Francisco encuentra aquí el remedio definitivo contra la vanagloria. Pablo ya no necesita demostrar constantemente quién es porque ha descubierto que su fuerza procede de Cristo. La imagen transmite descanso, humildad y confianza. Cuando el cristiano deja de buscar el centro del escenario, puede experimentar una libertad profunda y una alegría que no depende del éxito.

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IV. Imágenes catequéticas comentadas

Imagen I · ¿Por qué él sí?

La escena traslada la experiencia de Caín al mundo de los adolescentes. Un joven observa cómo otro recibe una felicitación o un reconocimiento sencillo mientras él permanece en segundo plano. No aparece odio ni agresividad. Lo que vemos es una tristeza silenciosa y una comparación interior que comienza a ocupar todo el espacio de la mirada.

Muchos adolescentes reconocen fácilmente esta situación porque aparece en el aula, en el deporte, en las redes sociales o en los grupos de amigos. La imagen permite descubrir que la envidia rara vez empieza con grandes conflictos. Comienza cuando dejamos de valorar nuestros propios dones y concentramos la atención en lo que otro ha recibido o en el éxito que otro alcanza.

Imagen II · Las cuentas De Dios

La actividad solidaria representada en esta imagen recuerda la parábola de los obreros de la viña. Todos colaboran en una tarea buena, pero uno de los jóvenes experimenta incomodidad cuando otro recibe una palabra de agradecimiento. La cuestión no es la justicia del reconocimiento, sino la dificultad para aceptar la alegría de los demás y la bondad compartida.

La imagen ayuda a comprender que la envidia suele presentarse disfrazada de razonamiento lógico. Pensamos que estamos defendiendo una causa justa cuando en realidad nos duele el bien recibido por otro. Francisco invita precisamente a romper esa dinámica aprendiendo a alegrarnos por el éxito, el crecimiento o los dones de quienes nos rodean. La respuesta cristiana es la fraternidad y no la competición permanente.

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Imagen III · Mírame

La escena se desarrolla en una habitación actual donde todo parece preparado para construir una imagen perfecta. El móvil, las fotografías repetidas, la iluminación y las redes sociales muestran una vida centrada en cómo será percibida por los demás. Sin embargo, la habitación transmite una cierta soledad. La atención se concentra en la apariencia exterior mientras se descuida la vida interior.

Francisco describe la vanagloria como una búsqueda incesante de admiración. Cuanto más depende una persona de la aprobación ajena, más frágil se vuelve su paz. La imagen permite dialogar con los adolescentes sobre una realidad muy cercana: la tentación de medir el propio valor por los seguidores, los comentarios o la atención recibida. El corazón termina viviendo para una imagen construida y no para una identidad verdadera.

Imagen IV · Te basta mi gracia

La última imagen contemporánea muestra a un joven sentado en silencio ante el Sagrario. No hay éxito visible, reconocimientos ni gestos extraordinarios. La luz procede discretamente de la presencia de Cristo y no del propio muchacho. Toda la composición invita a contemplar una vida que comienza a apoyarse en la gracia de Dios y no en la aprobación de los demás.

La imagen recoge visualmente el final de la catequesis de Francisco. Frente a la comparación constante y frente a la necesidad de ser admirados, aparece una presencia serena que permite descansar. El joven no ha dejado de tener límites ni problemas, pero ya no necesita demostrar continuamente quién es. Ha comenzado a descubrir una confianza más profunda y una libertad más verdadera.

Portada · No tienes que ser el centro

La portada reúne los dos movimientos interiores que recorren toda la sesión. A un lado aparece el joven que vive pendiente de los éxitos ajenos; al otro, quien vive pendiente de su propia imagen. Jesús ocupa el centro de la composición, no como juez, sino como maestro que devuelve la mirada a su lugar correcto. La envidia mira continuamente hacia fuera; la vanagloria mira continuamente hacia sí misma. Cristo invita a mirar hacia Dios y hacia la verdad del corazón.

La imagen resume el mensaje principal de toda la catequesis. La paz no nace de ser mejores que otros ni de recibir más aplausos. Nace cuando dejamos de convertirnos en el centro de todo y descubrimos que nuestra vida tiene fundamento en el amor de Dios. Desde ahí se hacen posibles la gratitud, la humildad y la alegría por el bien de los demás.

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V. Desarrollo práctico y actividades

Actividad 1 · El espejo de las comparaciones

Esta actividad ayuda a reconocer cuándo una comparación empieza a robar la paz. No busca que los jóvenes se acusen entre ellos ni que expongan heridas personales, sino que aprendan a identificar qué sucede dentro del corazón cuando la mirada queda atrapada en lo que otro tiene y deja de ver lo que Dios ha dado.

Elemento Desarrollo
Objetivo Reconocer comparaciones que dañan la alegría interior.
Duración 20-25 minutos.
Materiales Papel, bolígrafos y una caja o sobre común.

Cada joven escribe de forma anónima una situación en la que suele compararse: estudios, deporte, aspecto físico, amigos, redes sociales, reconocimiento familiar o participación en el grupo. Después dobla el papel y lo introduce en la caja. El catequista lee algunas situaciones sin comentar personas concretas, ayudando a distinguir entre emulación sana y tristeza envidiosa.

Microguion para el catequista

“Compararse alguna vez es humano. El problema empieza cuando la comparación me roba la alegría, me impide dar gracias o me hace mirar al otro como rival. La pregunta cristiana no es solo qué tiene el otro, sino qué dones me ha confiado Dios a mí.”

El cierre consiste en escribir una frase breve de gratitud por un don propio recibido. No debe ser una frase grandilocuente. Basta reconocer algo concreto: una capacidad, una amistad, una oportunidad, una cualidad o una ayuda recibida. Así la actividad cambia la dirección de la mirada: de la comparación que encierra a la gratitud que libera.

Actividad 2 · Dar gracias por lo recibido

La envidia se debilita cuando el corazón aprende a nombrar lo recibido. Esta actividad traslada la catequesis al ámbito familiar, porque muchas comparaciones nacen o se intensifican en casa: entre hermanos, primos, compañeros o expectativas distintas. El objetivo es practicar una gratitud concreta que no niega las dificultades, pero reconoce dones reales.

Elemento Desarrollo
Objetivo Reconocer dones personales y familiares sin compararlos con los de otros.
Duración 15 minutos en catequesis y continuidad en casa.
Aplicación Familia, oración de la noche o comida compartida.

Cada joven prepara una pequeña lista personal con tres dones recibidos y una persona concreta por la que quiere dar gracias. En casa, durante la semana, compartirá solo una parte de ese ejercicio: agradecer algo bueno de un familiar y reconocer algo bueno recibido de Dios. No se trata de hacer un examen sentimental, sino de educar la mirada hacia la bondad concreta y la alegría agradecida.

Microguion para padres

“No hace falta forzar una conversación larga. Basta crear un momento sencillo en el que cada uno pueda decir algo bueno que ha recibido y algo bueno que ve en otro. La gratitud familiar cura muchas comparaciones silenciosas.”

Si aparece resistencia, conviene no convertir la actividad en obligación pesada. La gratitud necesita verdad y libertad. Puede bastar una frase breve y sincera. Lo importante es que el joven descubra que la vida no se mide solo desde lo que le falta, sino también desde lo que ha recibido y desde lo que puede agradecer.

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Actividad 3 · Alegrarse por el bien ajeno

La envidia pierde fuerza cuando aprendemos a alegrarnos sinceramente por el bien de otros. Esta actividad ayuda a descubrir que el éxito, las cualidades o los logros ajenos no disminuyen nuestro valor. Al contrario, una comunidad cristiana sana crece cuando sus miembros aprenden a reconocer y celebrar los dones de los demás y la riqueza compartida.

Elemento Desarrollo
Objetivo Aprender a valorar los dones ajenos sin compararse.
Duración 20 minutos.
Ámbito Grupo de Confirmación, amigos o comunidad parroquial.

Cada participante recibe el nombre de otro miembro del grupo y debe escribir una cualidad concreta que admire en él. No se permiten elogios vagos. Deben ser observaciones reales y verificables: capacidad de ayudar, constancia, alegría, escucha, responsabilidad o generosidad. Después se leen algunas aportaciones y se reflexiona sobre cómo cambia el ambiente cuando aprendemos a reconocer el bien presente en otros y no solo nuestras propias necesidades.

Microguion para el catequista

“Cuando reconocemos algo bueno en otra persona no perdemos nada. Al contrario, nuestro corazón se ensancha. La envidia dice: ‘¿Por qué él?’. La caridad pregunta: ‘¿Cómo puedo alegrarme con él?’.”

La conclusión debe mostrar que los dones no son un motivo de competencia sino de comunión. Dios distribuye sus regalos de muchas maneras para que todos puedan enriquecerse mutuamente. La verdadera fraternidad nace cuando pasamos de la comparación constante a la alegría compartida.

Actividad 4 · Servir sin ser visto

La vanagloria se alimenta del reconocimiento. Por eso una de las mejores formas de combatirla consiste en realizar voluntariamente alguna acción buena que nadie conozca. Esta actividad introduce una experiencia sencilla de servicio oculto, ayudando a descubrir la libertad que nace cuando dejamos de actuar únicamente para obtener aprobación exterior y buscamos el bien verdadero.

Elemento Desarrollo
Objetivo Experimentar la alegría de servir sin reconocimiento.
Duración Actividad semanal.
Aplicación Casa, colegio, parroquia o entorno cotidiano.

Cada participante elige una acción concreta para realizar durante la semana sin anunciarla ni comentarla. Puede ser ayudar en casa, colaborar con alguien que lo necesite, realizar una tarea desagradable o prestar un servicio discreto. Lo importante es que nadie espere aplausos ni recompensas visibles. El ejercicio obliga a examinar las motivaciones y a descubrir cuánto dependemos de la mirada de los demás y cuánto buscamos realmente el bien del prójimo.

Microguion para el catequista

“Jesús no nos pide esconder el bien por vergüenza, sino aprender a hacerlo por amor. Cuando una persona descubre que Dios ve en lo secreto, deja de depender tanto del aplauso y encuentra una libertad nueva.”

La puesta en común de la semana siguiente no consistirá en contar qué hizo cada uno, sino en compartir cómo se sintió al hacerlo. Así se mantiene el sentido de la actividad y se ayuda a comprender que la humildad cristiana no es ocultar los talentos, sino vivirlos desde una libertad interior y desde una confianza creciente en Dios.

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VI. Lectio divina

Después de recorrer las imágenes y las actividades conviene volver a la Palabra de Dios. La lectio divina no pretende añadir nuevas ideas, sino permitir que el Evangelio ilumine personalmente aquello que ya hemos descubierto sobre la envidia y la vanagloria. Ahora no observamos a Caín, a los obreros de la viña o a san Pablo; dejamos que la Palabra nos pregunte directamente dónde aparecen hoy esas actitudes en nuestra propia vida.

El texto principal será la parábola de los obreros de la viña porque Francisco la utiliza como una de las claves de interpretación de la envidia.9 Como apoyo utilizaremos también un texto de san Pablo que ayuda a comprender que los dones recibidos por cada persona están llamados a servir al bien común y no a la competición entre hermanos.

Preparación

Buscar un lugar tranquilo. Apagar dispositivos que puedan distraer. Hacer una breve invocación al Espíritu Santo y pedir la gracia de escuchar con sinceridad.

Texto principal

Mateo 20, 13-15

«Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

Texto de apoyo

1 Corintios 12, 4-7

«Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común».

Meditación

La primera pregunta de esta lectio es sencilla: ¿qué situaciones despiertan en mí comparaciones frecuentes? No hace falta pensar únicamente en grandes éxitos. A veces la envidia aparece en cuestiones pequeñas: amistades, resultados académicos, capacidades personales o reconocimiento social. El Evangelio invita a descubrir dónde se instala esa comparación continua y cómo afecta a la alegría interior.

La segunda pregunta mira a la vanagloria. ¿Hasta qué punto necesito la aprobación de otros para sentirme valioso? San Pablo recuerda que los dones recibidos tienen una finalidad mucho más grande que la propia imagen. Han sido dados para servir. Cuando los talentos dejan de convertirse en motivo de competición y pasan a ser ocasión de servicio, aparece una libertad nueva y una humildad serena.

Contemplación

Imagínate delante de Cristo. No hace preguntas complicadas. Simplemente te mira con verdad y con amor. En esa mirada no hay comparación con nadie ni exigencia de demostrar nada. Solo existe la invitación a vivir como hijo amado de Dios. Permanecer unos minutos en silencio puede ayudar a experimentar esta mirada liberadora y esta identidad recibida.

Pide al Señor la gracia de alegrarte por el bien de otros y de vivir sin depender continuamente del aplauso. No se trata de perder el deseo de crecer, sino de aprender a crecer desde la gratitud y no desde la rivalidad. Así la vida espiritual se convierte en un camino de comunión y no de competición.

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Conclusión general

La envidia y la vanagloria parecen problemas muy distintos, pero ambas nacen de una misma dificultad: olvidar quiénes somos delante de Dios. La primera nos lleva a vivir pendientes de los dones ajenos; la segunda nos empuja a vivir pendientes de nuestra imagen. En ambos casos el corazón pierde la paz porque deja de apoyarse en la gracia recibida y comienza a depender de la comparación o del aplauso.

Francisco propone un camino sencillo y profundamente cristiano. Aprender a dar gracias por lo recibido, alegrarse por el bien de otros y reconocer que todo don procede de Dios. Cuando una persona deja de necesitar continuamente ser el centro, descubre una libertad nueva. Entonces aparecen la humildad verdadera y la alegría fraterna, que son el mejor remedio contra estos dos vicios.

Oración final

Señor Jesús,

Tú conoces nuestro corazón y sabes cuántas veces nos comparamos con otros o buscamos la admiración de quienes nos rodean.

Enséñanos a reconocer con gratitud los dones que hemos recibido, a alegrarnos sinceramente por el bien de nuestros hermanos y a vivir con humildad delante de Ti.

Líbranos de la envidia que roba la alegría y de la vanagloria que nos encierra en nosotros mismos.

Haz que podamos escuchar cada día aquellas palabras que dirigiste a san Pablo: «Te basta mi gracia». Amén.

Orientaciones para padres y catequistas

Los adolescentes viven inmersos en dinámicas de comparación mucho más intensas que las de generaciones anteriores. Las redes sociales, la exposición constante de la propia imagen y la búsqueda de reconocimiento hacen especialmente actual esta catequesis. Conviene acompañarlos sin moralismos excesivos, ayudándoles a identificar cómo funcionan la comparación permanente y la dependencia del aplauso.

La mejor prevención contra la envidia y la vanagloria no consiste en repetir prohibiciones, sino en educar para la gratitud, el servicio y la verdad. Cuando los jóvenes descubren que son valiosos por ser hijos de Dios y no por la cantidad de admiración que reciben, comienzan a construir una identidad más sólida y una vida espiritual más libre.10

Notas

  1. Francisco, Audiencia General, «Los vicios y las virtudes. La envidia y la vanagloria», 28 de febrero de 2024.
  2. Ibíd. Comentario sobre la actualidad de estos dos vicios y su presencia constante en la experiencia humana.
  3. Ibíd. Reflexión sobre la gratitud, la humildad y la alegría por el bien ajeno como remedios espirituales.
  4. Génesis 4, 1-8; Francisco, Audiencia General, 28 de febrero de 2024.
  5. Mateo 20, 1-16; Francisco, Audiencia General, 28 de febrero de 2024.
  6. Francisco, Audiencia General, 28 de febrero de 2024. Desarrollo sobre la vanagloria como búsqueda obsesiva de admiración.
  7. 2 Corintios 12, 7-10; Francisco, Audiencia General, 28 de febrero de 2024.
  8. Evagrio Póntico y tradición ascética cristiana sobre la vanagloria como deformación de la vida espiritual; referencia indirecta recogida por Francisco.
  9. Francisco, Audiencia General, 28 de febrero de 2024. Comentario a la parábola de los obreros de la viña.
  10. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2540, 2548 y 2554; Francisco, Audiencia General, 28 de febrero de 2024.

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Evangelio del día: Llamó a sus doce discípulos y los envió

Evangelio del día: Llamó a sus doce discípulos y los envió

Mt 9, 36 — 10, 8. Undécimo domingo del Tiempo Ordinario. Llamó a sus doce discípulos y los envió. Dios quiere hacer de la humanidad un solo pueblo unido en lo fundamental: la dignidad de ser sus hijos. Por eso Jesús siente compasión ante las muchedumbres que estaban extenuadas y abandonadas. Dice «muchedumbres», en plural, pues son varias. Y a estas mucheDumbres va a enviar Jesús a sus doce apóstoles. Pero antes de enviarles, después de haberles elegido y llamado, les pide que rueguen al dueño de la mies, es decir, que oren a Dios Padre que envíe trabajadores.


Lectura del día

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo

Éxodo 19, 2-6a

En aquellos días, el pueblo de Israel salió de Refidim, llegó al desierto del Sinaí y acampó frente al monte. Moisés subió al monte para hablar con Dios. El Señor lo llamó desde el monte y le dijo: “Esto dirás a la casa de Jacob, esto anunciarás a los hijos de Israel: ‘Ustedes han visto cómo castigué a los egipcios y de qué manera los he levantado a ustedes sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora bien, si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, aunque toda la tierra es mía. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada’ ”.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos

Romanos 5, 6-11

Hermanos: Cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.

Con mayor razón, ahora que ya hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados por él del castigo final. Porque, si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él por la muerte de su Hijo, con mucho más razón, estando ya reconciliados, recibiremos la salvación participando de la vida de su Hijo. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.


Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo

Mateo 9, 36—10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.


Las palabras de los papas

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha» (v. 2). Por un lado, Dios, como un sembrador, ha salido generosamente al mundo a sembrar y ha puesto en el corazón del hombre y de la historia el deseo de infinito, de una vida plena, de una salvación que lo libere. Por eso la mies es mucha, el Reino de Dios germina como una semilla en la tierra y los hombres y mujeres de hoy, incluso cuando parecen abrumados por tantas otras cosas, esperan una verdad más grande, buscan un sentido más pleno para su vida, desean justicia y llevan en su interior un anhelo de vida eterna.

Por otra parte, son pocos los obreros que van a trabajar al campo sembrado por el Señor y que, antes aún, son capaces de reconocer, con los ojos de Jesús, el buen grano listo para la cosecha (…) Para hacer esto no se necesitan demasiadas ideas teóricas sobre conceptos pastorales; se necesita, sobre todo, rezar al dueño de la mies. En primer lugar, pues, está la relación con el Señor, cultivar el diálogo con Él. Entonces Él nos convertirá en sus obreros y nos enviará al campo del mundo como testigos de su Reino.

León XIV
Ángelus, 6 de julio de 2025

Rosarín: historia del nacimiento del rosario para niños

Rosarín: historia del nacimiento del rosario para niños

La Virgen en el cielo se paseaba muy preocupada por todos sus hijos del mundo. Los veía confundidos, equivocados y hasta alejados de Dios.

Como misionera por excelencia buscaba una solución. Un buen día mirando hacia la tierra, encontró un fraile llamado Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, o sea, los Dominicos y las Dominicas.

Pero este fraile no podía dormir pensando en la cantidad de personas que no conocían la Verdad, que es Dios mismo. Sufría por todos los que no amaban a la Madre de Dios. Pasaba horas y horas de rodillas frente al sagrario orando: ¿Qué hago para salvar las almas? Y rogaba a su madre del cielo, una vez y otra vez, dale y dale…

Oró con tanta fuerza que la Virgen se asomó a la ventana del cielo, y de repente ¡sonrió fascinada! Más de un ángel brincó de gusto al ver a la Virgen bailando tan contenta.

Fue que el Espíritu Santo le había soplado la idea para que hasta en el último rincón del mundo, por los siglos de los siglos se alabara a Dios y a su Madre (esto pone feliz a Jesús).

Enseguida la Virgen cargó al Niño Dios y apareció justo delante de Domingo mientras él seguía rezando. Le pidió que extendiera sus manos y se sacó del corazón el gran regalo para toda la humanidad: EL ROSARIO.

Y en un diálogo fabuloso unieron Padrenuestro, Ave María y Gloria y ordenaron los misterios de la vida de Jesús en: misterios de gozo, misterios de dolor, misterios de gloria. Entonces le dijo la Virgen del Rosario: Enséñale esto a todo el mundo. Ve y predica porque Dios te ha elegido para este ministerio.

Así fundó Domingo el rosario, resumen del Evangelio salido del corazón de María. Fue por los caminos alabando, bendiciendo, predicando y enseñando a ser apóstoles con el rosario.

Desde entonces han pasado 800 años y el rosario sigue siendo la fuerza misionera de la Iglesia.

Este «Rosarín», en forma de cuento para los niños, ha sido elaborado por la «Infancia misionera»

Sobre la Eucaristía (I) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (I) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me impresiona siempre: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9, 13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir.

Ante todo: ¿a quiénes hay que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la atiende, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de un modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, bendice a Dios.

Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros buscamos seguir a Jesús para escucharle, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarle y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿cómo sigo yo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirle quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.

Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos para que sacien ellos mismos a la multitud? Nace de dos elementos: ante todo de la multitud, que, siguiendo a Jesús, está a la intemperie, lejos de lugares habitados, mientras se hace tarde; y después de la preocupación de los discípulos, que piden a Jesús que despida a la muchedumbre para que se dirija a los lugares vecinos a hallar alimento y cobijo (cf. Lc 9, 12). Ante la necesidad de la multitud, he aquí la solución de los discípulos: que cada uno se ocupe de sí mismo; ¡despedir a la muchedumbre! ¡Cuántas veces nosotros cristianos hemos tenido esta tentación! No nos hacemos cargo de las necesidades de los demás, despidiéndoles con un piadoso: «Que Dios te ayude», o con un no tan piadoso: «Buena suerte», y si no te veo más… Pero la solución de Jesús va en otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: «Dadles vosotros de comer». Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros quienes demos de comer a una multitud? «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente» (Lc 9, 13). Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos que hagan sentarse a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan (cf. Lc 9, 16). Es un momento de profunda comunión: la multitud saciada por la palabra del Señor se nutre ahora por su pan de vida. Y todos se saciaron, apunta el Evangelista (cf. Lc 9, 17).

Esta tarde, también nosotros estamos alrededor de la mesa del Señor, de la mesa del Sacrificio eucarístico, en la que Él nos dona de nuevo su Cuerpo, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, alimentándonos de su Cuerpo y de su Sangre, como Él hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. Entonces todos deberíamos preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo yo la Eucaristía? ¿La vivo de modo anónimo o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con todos los hermanos y las hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?

Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta está en la invitación de Jesús a los discípulos: «Dadles vosotros…», «dar», compartir. ¿Qué comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son precisamente esos panes y esos peces los que en las manos del Señor sacian a toda la multitud. Y son justamente los discípulos, perplejos ante la incapacidad de sus medios y la pobreza de lo que pueden poner a disposición, quienes acomodan a la gente y distribuyen —confiando en la palabra de Jesús— los panes y los peces que sacian a la multitud. Y esto nos dice que en la Iglesia, pero también en la sociedad, una palabra clave de la que no debemos tener miedo es «solidaridad», o sea, saber poner a disposición de Dios lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, sólo en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto. Solidaridad: ¡una palabra malmirada por el espíritu mundano!

Esta tarde, de nuevo, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su Cuerpo, Él se hace don. Y también nosotros experimentamos la «solidaridad de Dios» con el hombre, una solidaridad que jamás se agota, una solidaridad que no acaba de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo y la muerte. Jesús también esta tarde se da a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más, se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida también en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos ralentizan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el de compartir, el del don, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla.

Así que preguntémonos esta tarde, al adorar a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor, que se da a mi, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de dar, de compartir, de amarle a Él y a los demás?

Hermanos y hermanas: seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación en la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo lo que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amén.

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Santo Padre Francisco: Sobre la Eucaristía

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Homilía del jueves, 30 de mayo de 2013

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Sobre la Eucaristía (I) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (II) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Sobre la Eucaristía (III) – Catequesis del Santo Padre Francisco

Historia del Sagrado Corazón de Jesús

Historia del Sagrado Corazón de Jesús

Una historia para comprender cómo la Iglesia aprendió a mirar el amor de Cristo

Clave de lectura: Este texto no pretende explicar toda la historia de la devoción al Sagrado Corazón, sino contar su camino principal: desde el costado abierto de Cristo en la cruz hasta la vida de oración, reparación y confianza que la Iglesia ha propuesto a los cristianos.

La historia del Sagrado Corazón de Jesús comienza al pie de la cruz. Allí, cuando Jesús ya ha entregado la vida, un soldado atraviesa su costado con una lanza. San Juan lo cuenta con sobriedad, pero la Iglesia nunca dejó de mirar aquel momento: del costado abierto de Cristo brotan sangre y agua. No era un gesto secundario. Era como si el Evangelio quisiera mostrar que, incluso después de morir, Jesús seguía dándose y que su amor quedaba abierto para todos.

Los primeros cristianos comprendieron que aquella herida hablaba de un amor llevado hasta el extremo. Jesús no había amado solo con palabras, ni con buenos sentimientos, ni con gestos aislados. Había amado con su vida entera. Por eso, antes de que existiera una fiesta litúrgica o una imagen del Sagrado Corazón, la Iglesia ya contemplaba el costado abierto del Señor como una puerta hacia el misterio de su amor, de la Iglesia y de los sacramentos.1

Orientación catequética: Conviene explicar que el corazón, en la Biblia, no significa solo sentimientos. Es el centro de la persona: lo que ama, decide, busca y entrega.

Por eso, hablar del Corazón de Jesús es hablar de Jesús mismo amando, no de una devoción separada de Él.

Con el paso de los siglos, muchos cristianos comenzaron a mirar cada vez más de cerca la humanidad de Jesús. No pensaban en Él como alguien lejano, sino como el Hijo de Dios que había tenido un cuerpo verdadero, lágrimas verdaderas, cansancio verdadero y un amor verdaderamente humano. En los monasterios, en la oración silenciosa y en la meditación de la Pasión, fue creciendo una certeza sencilla: quien se acerca a Cristo encuentra refugio.

En la Edad Media, algunos santos y místicos hablaron del Corazón de Jesús como un lugar de descanso. Todavía no aparecía la devoción con las formas que conocemos hoy, pero ya estaba presente su intuición principal: el corazón de Cristo no está cerrado. Está abierto para los pecadores, para los cansados, para quienes buscan misericordia y para quienes necesitan volver a Dios sin miedo.

Para la catequesis: Esta parte puede trabajarse con una pregunta sencilla: “Cuando alguien se siente culpable, cansado o lejos de Dios, ¿se imagina a Jesús como refugio o como amenaza?”. El Sagrado Corazón ayuda a presentar la misericordia sin rebajar la conversión.

La gran expansión de esta devoción llegó mucho después, en Francia, en el siglo XVII. En el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial vivía una religiosa llamada santa Margarita María de Alacoque. Era una mujer de oración, marcada por una profunda unión con Jesús. Según contó ella misma, Cristo se le manifestó varias veces mostrándole su Corazón.

Aquel Corazón aparecía encendido de amor, herido y rodeado de espinas. La imagen era fuerte, pero no buscaba asustar. Mostraba dos verdades al mismo tiempo: Jesús ama con un amor inmenso y ese amor muchas veces no es correspondido. Cristo no se quejaba como quien busca lástima, sino como quien desea despertar una respuesta: que el hombre deje de vivir de espaldas al amor que lo salva.

Nota catequética sobre la imagen: El fuego habla del amor ardiente de Cristo; la cruz, de su entrega; las espinas, del pecado y la indiferencia; la herida, del costado abierto; la luz, de la vida que brota de Él. La imagen no debe explicarse como un símbolo decorativo, sino como una síntesis visible del Evangelio.

Jesús pidió a santa Margarita María que se promovieran la comunión frecuente, la adoración eucarística, la Hora Santa y la reparación. Estas prácticas no eran una carga añadida para los cristianos. Eran una forma concreta de decirle a Cristo: “Tu amor no nos da igual”. San Claudio de la Colombière, jesuita y director espiritual de Margarita María, ayudó a discernir y difundir esta devoción.

Desde entonces, el Sagrado Corazón comenzó a extenderse por parroquias, conventos, familias y pueblos. Muchas casas colocaron la imagen de Jesús en un lugar visible. No era una decoración piadosa más. Era una manera de reconocer que Cristo debía ocupar el centro del hogar, de las decisiones y de la vida diaria.

Orientación para familias: Tener una imagen del Sagrado Corazón en casa no significa poner un adorno religioso. Puede ser una ayuda para recordar que Cristo debe estar presente en el perdón, en la mesa y en la vida cotidiana.

Con el tiempo, los papas impulsaron esta devoción en toda la Iglesia. León XIII consagró el género humano al Sagrado Corazón en 1899, y Pío XII explicó con especial profundidad que esta devoción no es algo secundario, sino una forma privilegiada de contemplar el amor de Cristo. El Catecismo lo resume con claridad: Jesús nos ha amado con un corazón humano, y su Corazón traspasado es signo del amor con que el Redentor ama al Padre y a todos los hombres.2

También los papas recientes han vuelto sobre esta devoción. San Juan Pablo II la presentó como camino para entrar en el centro de la persona de Cristo, Benedicto XVI recordó que conduce al misterio del amor de Dios, y Francisco ha subrayado que el Corazón de Cristo permite volver a lo esencial cuando la fe corre el riesgo de enfriarse, dispersarse o quedarse en ideas.3

Clave doctrinal: La devoción al Sagrado Corazón no sustituye al Evangelio ni a la Eucaristía. Al contrario, conduce a ellos. Nos enseña a mirar la cruz y responder con amor.


Por eso la devoción al Sagrado Corazón no pertenece solo al pasado. Sigue hablando al corazón de cada generación. En un mundo donde muchas personas se sienten solas, heridas o poco amadas, la Iglesia sigue señalando el Corazón de Jesús como fuente de confianza. Cristo no ama a la humanidad en abstracto. Ama a cada persona, llama a cada una y abre para todos un camino de vuelta.

Así se entiende mejor la imagen del Sagrado Corazón. No es una estampa antigua ni una devoción sentimental. Es una memoria viva del Evangelio. El fuego habla de amor. Las espinas recuerdan el pecado y la indiferencia. La cruz muestra hasta dónde llega la entrega de Jesús. Y el Corazón abierto nos dice que en Cristo siempre hay lugar para volver.

Aplicación catequética: La respuesta al Sagrado Corazón puede concretarse en cuatro movimientos sencillos: acercarse a Jesús en la oración, recibirlo con más amor en la Eucaristía, pedir perdón cuando se ha fallado y reparar el mal con obras concretas de caridad.

Para niños y adolescentes puede formularse así: “Jesús tiene un Corazón que no deja de amar”; ¿cómo puedo responder hoy a ese amor?

La historia del Sagrado Corazón es, en el fondo, la historia de una llamada. Desde la cruz hasta las familias cristianas de hoy, Jesús sigue mostrando su Corazón para que comprendamos que Dios no se ha cansado de amar. Quien mira ese Corazón aprende que la fe cristiana no empieza en una norma, sino en un amor recibido; y que toda conversión verdadera nace cuando ese amor empieza a ser correspondido.


Orientaciones catequéticas finales

Para presentar esta historia en catequesis, conviene evitar dos extremos. El primero sería reducir el Sagrado Corazón a una imagen antigua, como si solo perteneciera a la religiosidad de otros tiempos. El segundo sería explicarlo de manera demasiado abstracta, perdiendo su fuerza más sencilla: Jesús ama con un corazón humano, herido por nuestros pecados y abierto para nuestra salvación.

La narración puede seguir siempre el mismo camino: primero, el costado abierto de Cristo; después, la oración de la Iglesia que descubre en Él un refugio; luego, las revelaciones a santa Margarita María; finalmente, la vida cristiana concreta: Eucaristía, reparación, confianza y caridad. Así la catequesis no se dispersa y muestra que el Sagrado Corazón conduce al centro de la fe: el amor de Cristo entregado por nosotros.


Notas finales

  1. Cf. Jn 19,34. La tradición cristiana ha visto en el costado abierto de Cristo una referencia profunda a la vida sacramental de la Iglesia, especialmente al Bautismo y a la Eucaristía.
  2. Cf. León XIII, Annum sacrum, 25 de mayo de 1899; Pío XII, Haurietis aquas, 15 de mayo de 1956; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 478: «Nos ha amado a todos con un corazón humano».
  3. Cf. San Juan Pablo II, Ángelus, 23 de junio de 2002; Benedicto XVI, Carta con ocasión del 50.º aniversario de Haurietis aquas, 15 de mayo de 2006; Francisco, Dilexit nos, 24 de octubre de 2024.

Evangelio del día: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Evangelio del día: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Mateo 11, 25-30. Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. La Solemnidad del Sagrado Corazón es la «fiesta del amor». 

En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro del Deuteronomio, Dt 7, 6-11

Salmo: Sal 103(102)

Segunda lectura: Primera Carta de san Juan, 1 Jn 4, 7-16

Oración introductoria

Dios mío, Tú eres rico en misericordia, al punto tal de entregarnos a tu Hijo Jesús, para librarnos del pecado. Me reconozco pecador, indigno y débil, humildemente imploro me acojas en esta oración porque quiero permanecer en tu rebaño.

Petición

Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por mis pecados, ten piedad y misericordia.

Meditación del Santo Padre Francisco

La «ciencia de la caricia» manifiesta dos pilares del amor: la cercanía y la ternura. Y «Jesús conoce bien esta ciencia». Fue la afirmación del Papa Francisco al celebrar el 7 de junio la misa de la solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús.

Refiriéndose a las lecturas del día tomadas del libro del profeta Ezequiel (34, 11-16), de la carta de san Pablo a los Romanos (5, 5-11) y del Evangelio de Lucas (15, 3-7), el Pontífice definió la solemnidad del Sagrado Corazón como la «fiesta del amor»: Jesús «quiso mostrarnos su corazón como el corazón que tanto amó. Pienso en lo que nos decía san Ignacio» —apuntó—; «nos indicó dos criterios sobre el amor. Primero: el amor se manifiesta más en las obras que en las palabras. Segundo: el amor está más en dar que en recibir».

El amor de Dios se muestra en la figura del pastor, recordó el Papa, subrayando que Jesús nos dice: «Yo conozco a mis ovejas». «Es conocer una por una, con su nombre. Así nos conoce Dios: no nos conoce en grupo, sino uno a uno. Porque el amor no es un amor abstracto, o general para todos; es un amor por cada uno. Y así nos ama Dios», afirmó. Y todo esto se traduce en cercanía. Dios «se hace cercano por amor —añadió— y camina con su pueblo. Y este caminar llega a un punto inimaginable: jamás se podría pensar que el Señor mismo se hace uno de nosotros y camina con nosotros, y permanece con nosotros, permanece en su Iglesia, se queda en la Eucaristía, se queda en su Palabra, se queda en los pobres y se queda con nosotros caminando. Esta es la cercanía. El pastor cercano a su rebaño, a sus ovejas, a las que conoce una por una».

Reflexionando sobre la otra actitud del amor de Dios, el Pontífice recalcó que de ella habla «el profeta Ezequiel, pero también el Evangelio: Iré en busca de la oveja perdida y conduciré al ovil a la extraviada; vendaré a la herida; fortaleceré a la enferma; a la que esté fuerte y robusta la guardaré; la apacentaré con justicia. El Señor nos ama con ternura. El Señor sabe la bella ciencia de las caricias. La ternura de Dios: no nos ama de palabra; Él se aproxima y estándonos cerca nos da su amor con toda la ternura posible». Cercanía y ternura son «las dos maneras del amor del Señor, que se hace cercano y da todo su amor también en las cosas más pequeñas con ternura». Sin embargo se trata de un «amor fuerte», «porque cercanía y ternura nos hacen ver la fuerza del amor de Dios».

Y aunque «pueda parecer una herejía, ¡más difícil que amar a Dios es dejarse amar por Él!», constató el Papa, explicando el «modo de restituir a Él tanto amor: abrir el corazón y dejarse amar».

Santo Padre Francisco: Cercanía y ternura

Meditación del viernes, 7 de junio de 2013

Oración de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

Señor Jesucristo, arrodillados a tus pies, consagramos alegremente nuestra familia a tu Divino Corazón.

Sé, hoy y siempre, nuestro Guía,

el Jefe protector de nuestro hogar,

el Rey y Centro de nuestros corazones.

Bendice a nuestra familia, nuestra casa, a nuestros vecinos, parientes y amigos.

Ayúdanos a cumplir fielmente nuestros deberes, y participa de nuestras alegrías y angustias, de nuestras esperanzas y dudas, de nuestro trabajo y de nuestras diversiones.

Danos fuerza, Señor, para que carguemos nuestra cruz de cada día y sepamos ofrecer todos nuestros actos, junto con tu sacrificio, al Padre.

Que la justicia, la fraternidad, el perdón y la misericordia estén presentes en nuestro hogar y en nuestros grupos de amigos de estudio y trabajo.

Queremos ser instrumentos de paz y de vida.

Que nuestro amor a tu Corazón compense,

de alguna manera, la frialdad y la indiferencia, la ingratitud y la falta de amor de quienes no te conocen, te desprecian o rechazan.

Sagrado Corazón de Jesús, tenemos confianza en Ti.

Confianza profunda, ilimitada.

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

III Dios, «El que es», es verdad y amor

214 Dios, «El que es», se reveló a Israel como el que es «rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. «Doy gracias a tu Nombre por tu amor y tu verdad» (Sal 138,2; cf. Sal 85,11). Él es la Verdad, porque «Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5); él es «Amor», como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4,8).

Dios es la Verdad

215 «Es verdad el principio de tu palabra, por siempre, todos tus justos juicios» (Sal119,160). «Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus palabras son verdad» (2 S 7,28); por eso las promesas de Dios se realizan siempre (cf. Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas. El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su fidelidad.

216 La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el orden de la creación y del gobierno del mundo ( cf.Sb 13,1-9). Dios, único Creador del cielo y de la tierra (cf. Sal 115,15), es el único que puede dar el conocimiento verdadero de todas las cosas creadas en su relación con Él (cf. Sb 7,17-21).

217 Dios es también verdadero cuando se revela: la enseñanza que viene de Dios es «una Ley de verdad» (Ml 2,6). Cuando envíe su Hijo al mundo, será para «dar testimonio de la Verdad» (Jn 18,37): «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero» (1 Jn 5,20; cf. Jn 17,3).

Dios es Amor

218 A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2).

219 El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (cf. Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16).

220 El amor de Dios es «eterno» (Is 54,8). «Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará» (Is 54,10). «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31,3).

221 Pero san Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor» (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.

Catecismo de la Iglesia Católica

Diálogo con Cristo

Es mejor si este diálogo se hace espontáneamente, de corazón a Corazón.

En unos de sus «tuits» el Papa Francisco nos exhorta: «Acoge a Jesús resucitado en tu vida. Aunque te hayas alejado, da un pequeño paso hacia Él: te está esperando con los brazos abiertos». Señor, gracias por tu misericordia, gracias por tu paciencia, gracias por comprender mi debilidad, gracias por tanto amor.

Propósito

Poner en mi agenda de actividades la fecha de mi próxima confesión.

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