por devocionario.com | 25 Nov, 2025 | Portada
En este artículo os ofrecemos diversas oraciones para fomentar la devoción por la Virgen de la Medalla Milagrosa, entre ellas el Triduo y una Novena breve.
Oración de consagración a la Milagrosa
Postrado ante vuestro acatamiento, ¡Oh Virgen de la Medalla Milagrosa!, y después de saludaros en el augusto misterio de vuestra concepción sin mancha, os elijo, desde ahora para siempre, por mi Madre, Abogada, Reina y Señora de todas mis acciones y Protectora ante la majestad de Dios. Yo os prometo, virgen purísima, no olvidaros jamás, ni vuestro culto ni los intereses de vuestra gloria, a la vez que os prometo también promover en los que me rodean vuestro amor. Recibidme, Madre tierna, desde este momento y sed para mí el refugio en esta vida y el sostén a la hora de la muerte. Amén.
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Para obtener una gracia especial
¡Oh María, consuelo de cuantos os invocan!. Escuchad benigna la confiada oración que en mi necesidad elevo al trono de vuestra misericordia. ¿A quién podré recurrir mejor que a Vos, Virgen bendita, que sólo respiráis dignidad y clemencia, que dueña de todos los bienes de Dios, sólo pensáis en difundirlos en torno vuestro? Sed pues mi amparo, mi esperanza en esta ocasión; y ya que devotamente pende de mi cuello la Medalla Milagrosa, prenda inestimable de vuestro amor, concededme, Madre Inmaculada, concededme la gracia que con tanta insistencia os pido.
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Para obtener la conversión de un pecador
¡Oh Virgen Inmaculada, verdadera escala por donde pueden los pecadores llegar al reino de Dios! Mostraos tal en la conversión de este infeliz que eficazmente encomendamos a vuestro patrocinio; iluminad su inteligencia con los rayos de luz divina que proyecta vuestra Medalla, para que conozca la vida peligrosa que arrastra, la inmensa desventura en que vive alejado de Dios y el terrible castigo que le espera; y, sobre todo, dejad sentir vuestra influencia sobre su corazón para que llore la ingratitud con que mira a Dios, su Padre amoroso, y a Vos, su tierna y cariñosa Madre. Tendedle vuestra mano ¡oh Virgen Purísima! arrancadle del cautiverio del pecado, sacadle de las tinieblas en que yace y conducidle al reino de la luz, de la paz y de la divina gracia.
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Para obtener la curación de un enfermo
¡Oh María, sin pecado concebida, cuya inmensa bondad y tierna misericordia no excluye el alivio de este amargo fruto de la culpa que se llama enfermedad de la cual es con frecuencia víctima nuestro miserable cuerpo! ¡Oh Madre piadosa, a quien la Iglesia llama confiada ¡Salud de los enfermos! Aquí me tenéis implorando vuestro favor. Lo que tantos afligidos obtenían por la palabra de vuestro Hijo Jesús, obténgalo este querido enfermo, que os recomiendo, mediante la aplicación de vuestra Medalla. Que su eficacia, tantas veces probada y reconocida en todo el mundo, se manifieste una vez más: para que cuantos seamos testigos de este nuevo favor vuestro, podamos exclamar agradecidos: La Medalla Milagrosa le ha curado.
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Para dar gracias por un favor recibido
¡Oh dulce y gloriosísima Virgen María! He dirigido mis humildes súplicas a vuestro trono, y he conocido por experiencia que nunca se os invoca en vano; que vuestros ojos miran complacidos a quien en vuestra presencia se postra; que vuestros oídos están atentos a nuestras plegarias; que vuestras manos vierten bendiciones a torrentes sobre el mundo entero, y en particular sobre los que llevan con confianza la Medalla Milagrosa. ¿Cómo pagaros, Madre Inmaculada, tanto favor? De ningún modo mejor que proclamando vuestra bondad y difundiendo por todas partes vuestra bendita Medalla, como me propongo hacerlo desde este día en testimonio de mi agradecimiento y de mi amor. Dadme gracia, Madre mía, para llevarlo a cabo.
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Oración de san Juan Pablo II
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén.
Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Vos. Ésta es la oración que tú inspiraste, oh María, a santa Catalina Labouré, y esta invocación, grabada en la medalla la llevan y pronuncian ahora muchos fieles por el mundo entero. ¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bienaventurada tú que has creído! ¡El Poderoso ha hecho maravillas en ti! ¡La maravilla de tu maternidad divina! Y con vistas a ésta, ¡la maravilla de tu Inmaculada Concepción! ¡La maravilla de tu fiat! ¡Has sido asociada tan íntimamente a toda la obra de nuestra redención, has sido asociada a la cruz de nuestro Salvador!
Tu corazón fue traspasado junto con su Corazón. Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas sobre la Iglesia de la que eres Madre. Velas sobre cada uno de tus hijos. Obtienes de Dios para nosotros todas esas gracias que simbolizan los rayos de luz que irradian de tus manos abiertas. Con la única condición de que nos atrevemos a pedírtelas, de que nos acerquemos a ti con la confianza, osadía y sencillez de un niño. Y precisamente así nos encaminas sin cesar a tu Divino Hijo.
Te consagramos nuestras fuerzas y disponibilidad para estar al servicio del designio de salvación actuado por tu Hijo. Te pedimos que por medio del Espíritu Santo la fe se arraigue y consolide en todo el pueblo cristiano, que la comunión supere todos los gérmenes de división que la esperanza cobre nueva vida en los que están desalentados. Te pedimos por los que padecen pruebas particulares, físicas o morales, por los que están tentados de infidelidad, por los que son zarandeados por la duda de un clima de incredulidad, y también por los que padecen persecución a causa de su fe.
Te confiamos el apostolado de los laicos, el ministerio de los sacerdotes, el testimonio de las religiosas.
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
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Triduo de la Medalla Milagrosa
Hecha la señal de la Cruz y recitado el Señor mío Jesucristo, se rezará lo siguiente:
Oración para todos los días
Oh María, sin pecado concebida, vedme postrado a vuestras plantas, lleno de confianza. Ese vuestro rostro purísimo, esa amable sonrisa de vuestros labios, esas manos cargadas de celestiales bendiciones, esa actitud amorosa que habéis adoptado para recibir a los que vienen a Vos, esos ojos fijos en la tierra para observar nuestras necesidades y venir en nuestro auxilio, todo, todo me inspira amor, confianza y completa seguridad. Y como si esto fuera poco para alejar de nosotros toda duda habéis empeñado solemnemente vuestra palabra en favor de los que lleven la Santa Medalla, diciendo a vuestra sierva, Sor Catalina Labouré: «Cuantos llevaren esta Medalla, alcanzarán especial protección de la Madre de Dios.»
Madre mía amantísima: Vos sabéis que la llevo sobre mi pecho, que la beso con amor y que os invoco con frecuencia. Realizad, pues, en mí vuestras promesas; venid en mi auxilio, cubridme con vuestra protección, para que Jesús se apiade de mi pobre alma y merezca conseguir por vuestro medio la gracia, que pretendo con este triduo a vuestra Santa Medalla.
Oh María, sin pecado concebida; rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
Rezar las oraciones del día que corresponda:
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Día primero
Nombre de María
Rezar la oración preparatoria de todos los días.
Entre los recuerdos que la Santísima Virgen ha querido dejarnos en la Medalla Milagrosa, uno de los más singulares es el de su dulcísimo nombre, consignado en la jaculatoria que rodea su sagrada imagen.
Nombre excelso, nombre grande, nombre ilustre y singular, que encierra en sí todas las virtudes con que Dios adornó a María, nombre que calma las aspiraciones de toda la tierra, nombre que anuncia la felicidad a los mortales, nombre que pronuncian con entusiasmo los Angeles, que regocija a la corte celestial; nombre de quien podemos decir con San Bernardo que no es un nombre vacío de significación, como el de los héroes del mundo, sino que encierra en sí la más positiva grandeza. Nombre dulcísimo, que suaviza los males del hombre y es el apoyo más sólido de sus esperanzas, la prenda mas segura de su porvenir.
¡Oh María! Cuál seréis Vos misma, si solo vuestro nombre es tan amable y tan gracioso? ¡Oh Santísima Virgen María!, exclama San Bernardo, vuestro nombre es tan dulce y amable, que no puede pronunciarse sin que deje inflamado de amor y favorecido al que lo nombra. Nombre augusto de María, tu serás para mi alma la escala bendita que la conducirá al reino de los Cielos.
Aquí expondrá cada uno a la Virgen la gracia que desee conseguir en este Triduo, rezando después tres Avemarías precedidas de la jaculatoria: ¡Oh María, sin pecado concebida; rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
Oración de San Atanasio
Acoge, oh Santísima Virgen, nuestras súplicas y acuérdate de nosotros. Dispénsanos los dones de tus riquezas. El Arcángel te saluda llena de gracia. Todas las naciones te llaman bienaventurada, todas las jerarquías del Cielo te bendicen, y nosotros, que pertenecemos a la jerarquía terrestre, decimos también: Dios te salve, oh llena de gracia, el Señor es contigo, ruega por nosotros, oh Madre de Dios, nuestra Señora y nuestra Reina. Amén.
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Día segundo
Concepción de María
Rezar la oración preparatoria de todos los días.
Después del nombre de María, aparece en la Medalla Milagrosa el misterio de su purísima Concepción, el más glorioso privilegio de cuantos le concedió la Augustísima Trinidad.
Esta Medalla nos recuerda constantemente sus triunfos sobre la infernal serpiente, hollando con el mayor denuedo la orgullosa cabeza de Lucifer y rompiendo las duras cadenas con que estaban aprisionados los hijos de Adán.
Por lo mismo, la Medalla Milagrosa, al confesar el misterio de la Concepción Inmaculada de María, nos predica que la Santísima Virgen es la corredentora del universo, la tesorera de los dones del Altísimo, la fiadora entre Dios y los hombres, la que realizó del modo más singular la paz y reconciliación del género humano.
Ya no podemos extrañar que la Santísima Virgen al ser invocada con una oración que tan alto predica sus grandezas, haya querido vincular en ella toda suerte de favores. Recordemos, una vez mas, sus palabras: «Cuantos piadosamente llevaren esta Medalla y devotamente rezaren esta oración: ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!, alcanzarán particular protección de la Madre de Dios. Repitamos, pues, sin cesar, esa hermosa jaculatoria. Sea ella el suave y delicioso alimento de nuestras almas. Resuene en todos nuestros peligros, en nuestras angustias, en nuestras alegrías, y sobre todo en la hora de nuestra muerte: ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos!. Así sea.
Petición, como el día primero
Oración de San Andrés
¡Oh María!, si pongo mi confianza en Ti, seré salvo; si me hallare bajo tu protección, nada he de temer, porque ser tu devoto es tener armas seguras de salvación, que Dios concede a los que quiere salvar.
¡Oh Madre de misericordia!, intercede por nosotros y en la hora de nuestra muerte recíbenos en tus brazos y presenta nuestras almas a tu divino hijo, Jesús, y esto será bastante para que El nos mire con amor y nos reciba en su reino. Amén.
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Día tercero
Protección de María
Rezar la oración preparatoria de todos los días.
La Medalla Milagrosa, al confesar el misterio de la Concepción Inmaculada de María, garantiza a la vez el auxilio divino a cuantos la llevan puesta. La Santísima Virgen, dice San Bernardino, es muy cortés y agradecida, tanto que no le permite su corazón que el hombre la salude sin devolver el saludo de una manera inefable.
Esta súplica: «Rogad por nosotros, que recurrimos a Vos» ha venido a ser fuente sagrada de vida, de gracia y de santidad; remedio de todas las enfermedades, consuelo de los afligidos y dulce esperanza de los pecadores.
Acudamos, pues, a María, en todas nuestras necesidades de alma y de cuerpo. Invoquémosla y digamos con frecuencia: «¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos!», y esta oración tan grata a la madre de Dios, será suficiente para aliviarnos y socorrernos. Si la enfermedad viene a visitarnos, ella nos curará, si la salud nos conviene, y de no convenimos nos concederá la gracia de soportar el dolor con cristiana resignación. Si el desaliento quiere apoderarse de nosotros y la tristeza sumergirnos en un mar de desolación, repitamos la jaculatoria de la Medalla, y la Virgen nos consolará, porque es Madre de los afligidos, alivio de nuestros males y eficaz remedio para todos los sufrimientos del humano corazón. Con el apoyo de María viviremos confiados lejos de la culpa y nuestra muerte será preciosa a los ojos del Señor. Así sea.
Petición, como el día primero.
Oración de San Germán
¡Oh mi única señora y único consuelo de mi corazón! Ya que eres el celestial rocío que refrigera mis penas; Tú que eres la luz de mi alma cuando se halla rodeada de tinieblas; Tú que eres mi fortaleza en las debilidades, mi tesoro en la pobreza y la esperanza de mi salud, oye mis humildes ruegos y compadécete de mí, como corresponde a la Madre de un Dios, que ama tanto a los hombres. Concédeme la gracia de gozar contigo en el Cielo, de vivir contigo en el Paraíso. Yo sé que siendo Tú la Madre de Dios, si quieres, puedes alcanzarme esta gracia; así lo espero de tu misericordia. Amén.
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Novena breve de la Medalla Milagrosa
Oración preparatoria
Virgen y Madre Inmaculada, mira con ojos misericordiosos al hijo que viene a Ti, lleno de confianza y amor, a implorar tu maternal protección, y a darte gracias por el gran don celestial de tu bendita Medalla Milagrosa.
Creo y espero en tu Medalla, Madre mía del Cielo, y la amo con todo mi corazón, y tengo la plena seguridad de que no me veré desatendido. Amén.
Leer la reflexión del día correspondiente.
Oraciones finales
Después de unos momentos de pausa para meditar el punto leído y pedir la gracia o gracias que se deseen alcanzar en esta Novena, se terminará rezando:
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
Rezar tres avemarías con la jaculatoria: OH MARÍA, SIN PECADO CONCEBIDA, ROGAD POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A VOS.
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Día primero
Comenzar con la oración preparatoria.
En una medianoche iluminada con luz celeste como de Nochebuena -la del 18 de julio de 1830- aparecióse por primera vez la Virgen Santísima a Santa Catalina Labouré, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Y le habló a la santa de las desgracias y calamidades del mundo con tanta pena y compasión que se le anudaba la voz en la garganta y le saltaban las lágrimas de los ojos.
¡Cómo nos ama nuestra Madre del Cielo! ¡Cómo siente las penas de cada uno de sus hijos! Que tú recuerdo y tu medalla, Virgen Milagrosa, sean alivio y consuelo de todos los que sufren y lloran en desamparo.
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Día segundo
Comenzar con la oración preparatoria.
En su primera aparición, la Virgen Milagrosa enseñó a Santa Catalina la manera como había de portarse en las penas y tribulaciones que se avecinaban.
«Venid al pie de este altar -decíale la celestial Señora-, aquí se distribuirán las gracias sobre cuantas personas las pidan con confianza y fervor, sobre grandes y pequeños.»
Que la Virgen de la santa medalla y Jesús del sagrario sean siempre luz, fortaleza y guía de nuestra vida.
Meditar y terminar con las oraciones finales.
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Día tercero
Comenzar con la oración preparatoria.
En sus confidencias díjole la Virgen Milagrosa a Sor Catalina: «Acontecerán no pequeñas calamidades. El peligro será grande. Llegará un momento en que todo se creerá perdido. Entonces yo estaré con vosotros: tened confianza…»
Refugiémonos en esta confianza, fuertemente apoyada en las seguridades que de su presencia y de su protección nos da la Virgen Milagrosa. Y en las horas malas y en los trances difíciles no cesemos de invocarla: «Auxilio de los cristianos, rogad por nosotros».
Meditar y terminar con las oraciones finales.
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Día cuarto
Comenzar con la oración preparatoria.
En la tarde del 27 de noviembre de 1830, baja otra vez del Cielo la Santísima Virgen para manifestarse a Santa Catalina Labouré.
De pie entre resplandores de gloria, tiene en sus manos una pequeña esfera y aparece en actitud extática, como de profunda oración. Después, sin dejar de apretar la esfera contra su pecho, mira a Sor Catalina para decirle: «Esta esfera representa al mundo entero.., y a cada persona en particular».
Como el hijo pequeño en brazos de su madre, así estamos nosotros en el regazo de María, muy junto a su Corazón Inmaculada. ¿Podría encontrarse un sitio más seguro?
Meditar y terminar con las oraciones finales.
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Día quinto
Comenzar con la oración preparatoria.
De las manos de María Milagrosa, como de una fuente luminosa, brotaban en cascada los rayos de luz. Y la Virgen explicó: «Es el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre cuantas personas me las piden», haciéndome comprender -añade Santa Catalina- lo mucho que le agradan las súplicas que se le hacen, y la liberalidad con que las atiende.
La Virgen Milagrosa es la Madre de la divina gracia que quiere confirmar y afianzar nuestra fe en su omnipotente y universal mediación. ¿Por qué, pues, no acudir a Ella en todas nuestras necesidades?.
Meditar y terminar con las oraciones finales.
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Día sexto
Comenzar con la oración preparatoria.
Como marco «¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!».
Y enseguida oyó una voz que recomendaba llevar la medalla y repetir a menudo aquella oración-jaculatoria, y prometía gracias especiales a los que así lo hiciesen.
¿Dejaremos nosotros de hacerlo?. Sería imperdonable dejar de utilizar un medio tan fácil de aseguramos en todo momento el favor de la Santísima Virgen.
Meditar y terminar con las oraciones finales.
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Día séptimo
Comenzar con la oración preparatoria.
Nuestra Señora ordenó a Sor Catalina que fuera acuñada una medalla según el modelo que Ella misma le había diseñado.
Después le dijo: «Cuantas personas la lleven, recibirán grandes gracias que serán más abundantes de llevarla al cuello y con confianza».
Esta es la Gran Promesa de la Medalla Milagrosa. Agradezcámosle tanta bondad, y escudemos siempre nuestro pecho con la medalla que es prenda segura de la protección de María.
Meditar y terminar con las oraciones finales.
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Día octavo
Comenzar con la oración preparatoria.
Fueron tantos y tan portentosos los milagros obrados por doquier por la nueva medalla (conversiones de pecadores obstinados, curación de enfermos desahuciados, hechos maravillosos de todas clases) que la voz popular empezó a denominarla con el sobrenombre de la medalla de los milagros, la medalla milagrosa; y con este apellido glorioso se ha propagado rápidamente por todo el mundo.
Deseosos de contribuir también nosotros a la mayor gloria de Dios y honor de su Madre Santísima, seamos desde este día apóstoles de su milagrosa medalla.
Meditar y terminar con las oraciones finales.
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Día noveno
Comenzar con la oración preparatoria.
Las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa constituyen indudablemente una de las pruebas más exquisitas de su amor maternal y misericordioso.
Amemos a quien tanto nos amó y nos ama. «Si amo a María -decía San Juan Bérchmans- tengo asegurada mi eterna salvación».
Como su feliz vidente y confidente, Santa Catalina Labouré, pidámosle cada día a Nuestra Señora, la gracia de su amor y de su devoción.
Meditar y terminar con las oraciones finales.
Estas y la Novena larga en devocionario.com.
por CeF | Fuentes varias | 23 Nov, 2025 | Postcomunión Vida de los Santos
El 26 de noviembre de 1839 en Nam-Dinh, en el llamado Campo de las Siete Yugadas, fueron decapitados dos sacerdotes católicos, que eran además religiosos dominicos, y que se habían negado firmemente a apostatar de su fe cristiana. Fueron canonizados el 19 de junio de 1988 por el papa Juan Pablo II.
Tomás Dlnh Viet Du había nacido en Phu-Nhai hacia 1783. Siguió la vocación sacerdotal y se ordenó sacerdote, ingresando a continuación en la Orden de Predicadores, en la que profesó en 1814. Llevó adelante su trabajo apostólico hasta que en 1839 la persecución se hizo más fuerte y en mayo de ese año un espía denunció su presencia. Una madrugada rodearon el pueblo de Sien-Die los soldados, despertaron a la población, y procedieron al registro de la casa. Él se vistió de labrador y se puso a trabajar en el huerto, pero el espía lo reconoció y fue arrestado. Una vez admitido ante el gobernador su sacerdocio, fue brutalmente apaleado. Luego fue llevado a la prisión de Nam-Dinh y aquí se le torturó de todos los modos posibles para lograr su apostasía. Pero perseveró en la fe y animaba a hacer lo mismo a todos los que le visitaban. El 7 de noviembre de aquel año se lanzó contra él la sentencia de muerte, que fue posteriormente confirmada y ejecutada.
Domingo Nguyen Van (Doan) Xuyen nació en Hung-Cap, cerca de Nam-Dinh, hacia 1786. El santo obispo Clemente Ignacio Delgado lo recibió cuando era niño en la Casa de Dios y lo preparó al sacerdocio, que recibió en 1819 cuando tenía 33 años de edad. Poco después, el 20 de abril de 1820, hizo la profesión en la Orden de Predicadores. Celoso e infatigable, recorrió su distrito ejerciendo su ministerio, atendiendo con gran amor a los pobres. Se le encargó la parroquia de Ke-men, donde convirtió a muchos a la fe cristiana. Cuatro años después pasó a Dong-Xuyen, donde trabajó con fruto durante 13 años. Posteriormente fue enviado al seminario de Ninh-Cuong como ayudante de san José Fernández, y año y medio más tarde el citado san Clemente Ignacio Delgado se lo llevó como secretario y lo sustituyó en la parroquia de Kien-lao. Una vez arrestado el vicario apostólico en mayo de 1838, siguió su arresto en Ha-linh. El 18 de agosto de 1839 compareció ante el mandarín de Xuan Truong que lo envió a Nam-Dinh, al gobernador de la provincia. Fue severamente atormentado. Llevado ante una cruz para que la pisoteara, se arrodilló ante ella. Llegó a echar sangre por la boca a causa de las palizas y perdió el conocimiento en medio de las torturas, pero se mostró firme y mantuvo la fe. El 25 de octubre de 1839 fue condenado a muerte y, una vez confirmada la sentencia, fue ejecutado.
Artículo en eltestigofiel.org
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La iglesia del Vietnam fecundada con la sangre de los mártires
El trabajo de evangelización, llevado a cabo desde el inicio del siglo XVI y consolidado con los primeros Vicariatos apostólicos del Norte (Dáng-Ngoái) y del Sur (Dáng-Trong) en el 1659, ha tenido en el trascurso de los siglos un admirable desarrollo.
En 1988, las Diócesis eran ya 25 (10 en el Norte, 6 en el Centro y 9 en el Sur) y los católicos son, apróximadamente, 6 millones (casi el 10% de la población); la Jerarquía Católica Vietnamita ha sido constituida por el Papa Juan XXIII el 24 de noviembre de 1960.
Este resultado se debe al hecho que, desde los primeros años, la semilla de la Fe se ha mezclado, en el territorio vietnamita, con la abundante sangre de los Mártires, tanto del clero misionero como del clero local y del pueblo cristiano de Vietnam. Juntos han soportado las fatigas del trabajo apostólico, como si se hubiesen puesto de acuerdo, han afrontado incluso la muerte para dar testimonio de la verdad evangélica. La historia religiosa de la Iglesia vietnamita señala que han existido un total de 53 Edictos, firmados por los Señores TRINH y NGUYEN o por los Reyes que, durante más de dos siglos, en total 261 años (1625-1886), han decretado contra los cristianos persecuciones una más cruel que la otra. Son alrededor de unas 130.000 las víctimas caídas por todo el territorio nacional.
A lo largo de los siglos, estos mártires de la Fe ha sido enterrados en forma anónima, pero su recuerdo permanece vivo en el espíritu de la comunidad católica. Desde el inicio del siglo XX, 117 de este gran grupo de héroes, martirizados cruelmente, han sido elegidos y elevados al honor de los altares por la Santa Sede en 4 Beatificaciones:
- en 1900, por el Papa León XIII, 64 personas
- en 1906, por el Papa S. Pío X, 8 personas
- en 1909, por el Papa S. Pío X, 20 personas
- en 1951, por el Papa Pío XII, 25 personas
clasificadas así:
- 11 españoles: todos Dominicos: 6 Obispos, 5 Sacerdotes;
- 10 franceses: todos de las Misiones Extranjeras de París: 2 Obispos, 8 Sacerdotes;
- 96 vietnamitas: 37 Sacerdotes (11 de ellos dominicos) y 59 Cristianos (entre ellos: 1 seminarista, 16 catequistas, 10 terciarios dominicos y 1 mujer).
Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero (Apoc 7, 13-14), según el siguiente orden cronológico:
- 2 caídos bajo el reinado de TRINH-DOANH (1740-1767)
- 2 caídos bajo el reinado de TRINH-SAM (1767-1782)
- 2 caídos bajo el reinado de CANH-TRINH (1782-1802)
- 58 caídos bajo el reinado del Rey MINH-MANO (1820-1840)
- 3 caídos bajo el reinado del Rey THIEU-TRI (1840-1847)
- 50 caídos bajo el reinado del Rey TU-DUC (1847-1883)
Y en el lugar del suplicio el Edicto real, colocado junto a cada uno de los ajusticiados, precisa el tipo de sentencia:
- 75 condenados a la decapitación,
- 22 condenados a ser estrangulados,
- 6 condenados al fuego, quemados vivos,
- 5 condenados al desgarro de los miembros del cuerpo,
- 9 muertos en la cárcel debido a las torturas.
Lista de los 117 mártires de Vietnam
Indicamos entre paréntesis el año de beatificación en caso de poseer el dato.
- Andrés DUNG-LAC, Sacerdote 21-12-1839
- Domingo HENARES, Obispo O.P. 25-06-1838
- Clemente Ignacio DELGADO CEBRIAN, Obispo O.P. 12-07-1838
- Pedro Rosa Ursula BORIE, Obispo M.E.P. 24-11-1838
- José María DIAZ SANJURJO, Obispo O.P. 20-07-1857 (b. 1951)
- Melchor GARCIA SAMPEDRO SUAREZ, Obispo O.P. 28-07-1858 (b. 1951)
- Jerónimo HERMOSILLA, Obispo O.P. O1-11-1861
- Valentín BERRIO OCHOA, Obispo O.P. 01-11-1861
- Esteban Teodoro CUENOT, Obispo M.E.P. 14-11-1861
- Francisco GIL DE FEDERICH, Sacerdote O.P. 22-O1-1745
- Mateo ALONSO LECINIANA, Sacerdote O.P. 22-O1-1745
- Jacinto CASTANEDA, Sacerdote O.P. 07-11-1773
- Vicente LE OUANG LIEM, Sacerdote O.P. 07-11-1773
- Emanuel NGUYEN VAN TRIEU, Sacerdote 17-09-1798
- Juan DAT, Sacerdote 28-10-1798
- Pedro LE TuY, Sacerdote 11-10-1833
- Francisco Isidoro GAGELIN, Sacerdote M.E.P. 17-10-1833
- José MARCHAND, Sacerdote M.E.P. 30-11-1835
- Juan Carlos CORNAY, Sacerdote M.E.P. 20-09-1837
- Vicente DO YEN, Sacerdote O.P. 30-06-1838
- Pedro NGUYEN BA TUAN, Sacerdote 15-07-1838
- José FERNANDEZ, Sacerdote O.P. 24-07-1838
- Bernardo VU VAN DUE, Sacerdote 01-08-1838
- Domingo NGUYEN VAN HANH (DIEU), Sacerdote O.P. 01-08-1838
- Santiago Do MAI NAM, Sacerdote 12-08-1838
- José DANG DINH (NIEN) VIEN, Sacerdote 21-08-1838
- Pedro NGUYEN VAN TU, Sacerdote O.P. 05-09-1838
- Francisco JACCARD, Sacerdote M.E.P. 21-09-1838
- Vicente NGUYEN THE DIEM, Sacerdote 24-11-1838
- Pedro VO BANG KHOA, Sacerdote 24-11-1838
- Domingo TUOC, Sacerdote O.P. 02-04-1839
- Tomás DINH VIET Du, Sacerdote O.P. 26-11-1839
- Domingo NGUYEN VAN (DOAN) XUYEN, Sacerdote O.P. 26-11-1839
- Pedro PHAM VAN TIZI, Sacerdote 21-12-1839
- Pablo PHAN KHAc KHOAN, Sacerdote 28-04-1840
- José DO QUANG HIEN, Sacerdote O.P. 09-05-1840
- Lucas Vu BA LOAN, Sacerdote 05-06-1840
- Domingo TRACH (DOAI), Sacerdote O.P. 18-09-1840
- Pablo NGUYEN NGAN, Sacerdote 08-11-1840
- José NGUYEN DINH NGHI, Sacerdote 08-11-1840
- Martín TA Duc THINH, Sacerdote 08-11-1840
- Pedro KHANH, Sacerdote 12-07-1842
- Agustín SCHOEFFLER, Sacerdote M.E.P. 01-05-1851
- Juan Luis BONNARD, Sacerdote M.E.P. 01-05-1852
- Felipe PHAN VAN MINH, Sacerdote 03-07-1853
- Lorenzo NGUYEN VAN HUONG, Sacerdote 27-04-1856
- Pablo LE BAo TINH, Sacerdote 06-04-1857
- Domingo MAU, Sacerdote O.P. 05-11-1858 (b. 1951)
- Pablo LE VAN Loc, Sacerdote 13-02-1859
- Domingo CAM, Sacerdote T.O.P. 11-03-1859 (b. 1951)
- Pedro DOAN LONG QUY, Sacerdote 31-07-1859
- Pedro Francisco NERON, Sacerdote M.E.P. 03-11-1860
- Tomás KHUONG, Sacerdote T.O.P. 30-01-1861 (b. 1951)
- Juan Teofano VENARD, Sacerdote M.E.P. 02-02-1861
- Pedro NGUYEN VAN Luu, Sacerdote 07-04-1861
- José TUAN, Sacerdote O.P. 30-04-1861 (b. 1951)
- Juan DOAN TRINH HOAN, Sacerdote 26-05-1861
- Pedro ALMATO RIBERA, Sacerdote O.P. 01-11-1861
- Pablo TONG VIET BUONG, Laico 23-10-1833
- Andrés TRAN VAN THONG, Laico 28-11-1835
- Francisco Javier CAN, Catequista 20-11-1837
- Francisco DO VAN (HIEN) CHIEU, Catequista 25-06-1838
- José NGUYEN DINH UPEN, Catequista T.O.P. 03-07-1838
- Pedro NGUYEN DicH, Laico 12-08-1838
- Miguel NGUYEN HUY MY, Laico 12-08-1838
- José HOANG LUONG CANH, Laico T.O.P. 05-09-1838
- Tomás TRAN VAN THIEN, Seminarista 21-09-1838
- Pedro TRUONG VAN DUONG, Catequista 18-12-1838
- Pablo NGUYEN VAN MY, Catequista 18-12-1838
- Pedro VU VAN TRUAT, Catequista 18-12-1838
- Agustín PHAN VIET Huy, Laico 13-06-1839
- Nicolás BUI DUC THE, Laico 13-06-1839
- Domingo (Nicolás) DINH DAT, Laico 18-07-1839
- Tomás NGUYEN VAN DE, Laico T.O.P. 19-12-1839
- Francisco Javier HA THONG MAU, Catequista T.O.P. 19-12-1839
- Agustín NGUYEN VAN MOI, Laico T.O.P. 19-12-1839
- Domingo Bui VAN UY, Catequista T.O.P. 19-12-1839
- Esteban NGUYEN VAN VINTI, Laico T.O.P. 19-12-1839
- Pedro NGUYEN VAN HIEU, Catequista 28-04-1840
- Juan Bautista DINH VAN THANH, Catequista 28-04-1840
- Antonio NGUYEN HUU (NAM) QUYNH, Laico 10-07-1840
- Pietro NGUYEN KHAC Tu, Catequista 10-07-1840
- Tomás TOAN, Catequista T.O.P. 21-07-1840
- Juan Bautista CON, Laico 08-11-1840
- Martín THO, Laico 08-11-1840
- Simón PHAN DAc HOA, Laico 12-12-1840
- Inés LE THi THANH (DE), Laica 12-07-1841
- Mateo LE VAN GAM, Laico 11-05-1847
- José NGUYEN VAN Luu, Catequista 02-05-1854
- Andrés NGUYEN Kim THONG (NAM THUONG), Catequista 15-07-1855
- Miguel Ho DINH HY, Laico 22-05-1857
- Pedro DOAN VAN VAN, Catequista 25-05-1857
- Francisco PHAN VAN TRUNG, Laico 06-10-1858
- Domingo PHAM THONG (AN) KHAM, Laico T.O.P. 13-01-1859 (b. 1951)
- Lucas PHAM THONG (CAI) THIN, Laico 13-01-1859 (b. 1951)
- José PHAM THONG (CAI) TA, Laico 13-01-1859 (b. 1951)
- Pablo HANH, Laico 28-05-1859
- Emanuel LE VAN PHUNG, Laico 31-07-1859
- José LE DANG THI, Laico 24-10-1860
- Mateo NGUYEN VAN (NGUYEN) PHUONG, Laico 26-05-1861
- José NGUYEN DUY KHANG, Catequista T.O.P. 06-11-1861
- José TUAN, Laico 07-01-1862 (b. 1951)
- José TUC, Laico 01-06-1862 (b. 1951)
- Domingo NINH, Laico 02-06-1862 (b. 1951)
- Domingo TOAI, Laico 05-06-1862 (b. 1951)
- Lorenzo NGON, Laico 22-05-1862 (b. 1951)
- Paulo (DONG) DUONG, Laico 03-06-1862 (b. 1951)
- Domingo HUYEN, Laico 05-06-1862 (b. 1951)
- Pedro DUNG, Laico 06-06-1862 (b. 1951)
- Vicente DUONG, Laico 06-06-1862 (b. 1951)
- Pedro THUAN, Laico 06-06-1862 (b. 1951)
- Domingo MAO, Laico 16-06-1862 (b. 1951)
- Domingo NGUYEN, Laico 16-06-1862 (b. 1951)
- Domingo NHI, Laico 16-06-1862 (b. 1951)
- Andrés TUONG, Laico 16-06-1862 (b. 1951)
- Vicente TUONG, Laico 16-06-1862 (b. 1951)
- Pedro DA, Laico 17-06-1862 (b. 1951)
Artículo en eltestigofiel.org
por Tere Fernández | Catholic.net | 22 Nov, 2025 | Confirmación Liturgia
El último domingo del año litúrgico celebramos la pertenencia de todo y de todos a Dios. ¡Prepárate para la fiesta del Rey del universo!
Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros. Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.
* * *
Un poco de historia
La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.
Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.
Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.
Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.
Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:
“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;
“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;
“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.
En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.
La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.
Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.
Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.
Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.
El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.
Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.
Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.
A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.
La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.
Que viva mi Cristo (Himno mexicano)
Que viva mi Cristo, que viva mi Rey
que impere doquiera triunfante su ley,
que impere doquiera triunfante su ley.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!
Mexicanos un Padre tenemos
que nos dio de la patria la unión
a ese Padre gozosos cantemos,
empuñando con fe su pendón.
Él formó con voz hacedora
cuanto existe debajo del sol;
de la inercia y la nada incolora
formó luz en candente arrebol.
Nuestra Patria, la Patria querida,
que arrulló nuestra cuna al nacer
a Él le debe cuanto es en la vida
sobretodo el que sepa creer.
Del Anáhuac inculto y sangriento,
en arranque sublime de amor,
formó un pueblo, al calor de su aliento
que lo aclama con fe y con valor.
Su realeza proclame doquiera
este pueblo que en el Tepeyac,
tiene enhiesta su blanca bandera,
a sus padres la rica heredad.
Es vano que cruel enemigo
Nuestro Cristo pretenda humillar.
De este Rey llevarán el castigo
los que intenten su nombre ultrajar.
por CeF | Fuentes varias | 15 Nov, 2025 | Confirmación Vida de los Santos
Quiera Dios que todas las esposas de los jefes de las naciones sean tan fervorosas y generosas como Santa Margarita de Escocia, y que las demás esposas lo sean también.
* * *
Ruge el vendaval caminando sobre las aguas a través de las tinieblas; el bajel danza entre un mar enemigo y un cielo irritado; los remeros se han cansado de luchar contra las olas; el príncipe llora, la princesa reza. Pero va amaneciendo, con las sombras huye la tempestad, y la esperanza empieza a renacer en el navío. Allá, enfrente, se dibuja ya el perfil de una costa rocosa, «¿Dónde estamos?», pregunta el joven príncipe a los marinos, con voz anhelante y ansiosa mirada. No saben responderle con certidumbre. Aquellos acantilados recuerdan a uno el país de Norwich; otro opina que están llegando a tierra de Flandes o a las provincias francesas del duque Guillermo, nuevo rey de Inglaterra.
Pero el navío avanza, y los primeros rayos del sol iluminan la tierra cercana. Están en Escocia. Los navegantes se llenan de alegría. No es su voluntad la que allí les lleva, es la voluntad de Dios, y desembarcan confiados. Después, el mensaje al rey Malcolm: «Los sobrinos del santo rey Eduardo, Edgar y Margarita, besan tu mano y se encomiendan a tu generosidad.» Llegaron los cortesanos con presentes, acompañaron a los príncipes hasta el palacio real, salió el rey a su encuentro, y ellos contaron su triste historia. El desembarco de los normandos en Inglaterra, el duque Guillermo ocupando el trono de Alfredo el Grande, el pueblo inglés despojado por los invasores. «¡Y nosotros viendo todas esas cosas, oh rey!—decía el príncipe Edgar; maltratados, estrechamente vigilados y siempre con la espada sobre nuestras cabezas. El usurpador tiene miedo de que los ingleses, agrupados en torno al único heredero legítimo del rey Eduardo, le arrojen de la isla. Y un día salimos furtivamente de la corte, cabalgamos hasta el mar y subimos a un barco. Queríamos ir a Hungría: ya sabes, ¡oh rey!, que nuestra madre era hija del rey de aquella tierra; pero la tempestad nos ha traído a las costas de Escocia y nos ha puesto en tus manos.»
Malcolm era un rey magnánimo y bondadoso. También él conocía las amarguras del destierro. «Huyamos—había dicho, como ahora el descendiente de los reyes anglosajones—; aquí las sonrisas son puñales, y derraman sangre los que con la sangre están unidos.» Y mientras el tirano Macbeth ensangrentaba el trono que había ocupado su padre, él hallaba cariño y protección en el palacio del rey Eduardo, de San Eduardo el Confesor. Y fue San Eduardo quien puso a sus órdenes diez mil guerreros para que derribase al usurpador y devolviese la tranquilidad a su patria. Al fin remaba; y cumplía noblemente la promesa que había hecho en el momento de la victoria: «Yo pagaré a todos el afecto que les debo; volverán a sus casas los que huyeron del hierro y de la tiranía, y con ayuda de Dios habrá paz y justicia en Escocia.»
Era el año 1067 cuando entró Margarita en su nueva patria. Tenía ella entonces veinte de edad. Entró desterrada, para ser reina. Sentóse en el trono de lady Macbeth y se arrodilló en su reclinatorio; pero sin tener su crueldad, ni su perfidia, ni su ambición. Venía a limpiar las manchas de sangre, a secar las lágrimas del pueblo, a apaciguar las sombras de Duncán y Banquo. Fue una reina piadosa y varonil al mismo tiempo. Cabalgaba gentilmente entre los magnates, zurcía y bordaba entre las damas, rezaba entre los monjes, discutía entre los sabios, y entre los artistas planeaba proyectos de catedrales y monasterios. Se la vio presidir las asambleas del reino y los concilios, cortando abusos seculares, dictando decretos de reforma moral y religiosa y defendiéndolos frente a los obispos y los caballeros con textos de los santos. Malcolm, a su lado, contemplaba la escena orgulloso y silencioso, admirando el celo, la sabiduría y la suavidad con que la reina triunfaba de las rebeldías. Él manejaba el hierro valerosamente, pero no sabía leer ni hablaba con elegancia. Cuando había que dar algún decreto, ponía una cruz al pie y encargaba que se lo llevasen a la reina. Su amor hacia ella rayaba en la idolatría. Se le veía coger los libros en que ella leía o rezaba, admirar sus miniaturas, besarlas, colocarlas junto a su pecho y llevarlas como prenda de amor en sus campañas. A veces Margarita se encontraba con agradables sorpresas: los libros que más quería aparecían cubiertos de oro, adornados de imágenes sagradas, iluminados de perlas. Era un obsequio de su marido. Un día el rey preguntó a la reina cuál era el libro que más le gustaba. Ella contestó que el Evangelio. Y, efectivamente, ningún otro abrazaba tan apasionadamente, ni leía tan asiduamente, ni humedecía con tan fervorosas lágrimas. Y sucedió que un día se encontró en su habitación un códice de los Evangelios escrito con letras de oro, decorado maravillosamente, rutilante con ricos metales y piedras preciosas.
Santa Margarita, Reina de EscociaMalcom hubiera querido aprender a leer, pero era ya tarde. En todo lo demás se había convertido en discípulo de Margarita. Prolongaba la oración a su lado, ayunaba como ella, amaba lo que ella le enseñaba a amar, y lo mismo que ella, gustaba de verse entre mendigos y desgraciados. Lanzada desde las gradas del trono al destierro y desde el destierro al trono, Margarita había aprendido en la desgracia a compadecerse de los que la sufrían. La vista de la miseria hacíala llorar, y sus mejores amigos eran los presos, los pobres y los cautivos. Veinticuatro pobres alimentaba constantemente en su palacio. Cuando salía fuera, los hambrientos y harapientos se agrupaban en torno suyo, clamando: «¡Madre, madre, santa y bondadosa madre!» Ella les sonreía y los consolaba, y cuando había repartido cuanto tenía, acudía a la generosidad de sus damas, de sus pajes y de los caballeros. Sucedió muchas veces que la reina y todo su acompañamiento volvieron al palacio sin escudos, sin mantos, sin sortijas, sin alfileres, sin guantes y hasta sin zapatos. Durante la Cuaresma y el Adviento la reina parecía una monja. A medianoche se dirigía a la iglesia para rezar los oficios de la Santísima Trinidad, de la Santa Cruz, de la Santísima Virgen y de difuntos. A continuación, decía todo el Salterio, lavaba los pies a seis pobres y se acostaba de nuevo. A media mañana se la veía cuidando a nueve niños huérfanos, que siempre tenía junto a su habitación. Ella misma los vestía, les preparaba el alimento y se lo daba, poniéndose de rodillas delante de ellos. Después llamaba a sus hijos y les enseñaba la doctrina cristiana, o bien leía, o trabajaba, o recibía audiencias, o despachaba los negocios al lado del rey, o hablaba con su capellán de las cosas de su alma. «Me hablaba—dice él mismo—con una sencillez tal que yo estaba maravillado. Cuando nuestra conversación versaba acerca de la dulzura de la vida perenne, sus palabras salían inflamadas en el fuego del Espíritu Santo, que habitaba en ella. El amor la hacía sollozar y romper en llanto, y yo lloraba con ella. Con frecuencia me decía que vigilase sus acciones y sus palabras para que la diese en secreto la corrección correspondiente. «Corríjame el justo con misericordia—solía decir—, y que el aceite del pecador no toque mi cabeza; mejor es la herida del que ama que el beso del enemigo.»
Una sentencia que Margarita recordaba con frecuencia era aquella de Santiago: «¿Qué es nuestra vida sino un poco de humo, que se desvanece en el aire?» Sin embargo, era la suya una virtud amable y graciosa. «De tal modo se juntaba en ella la bondad con la austeridad, que todos la amaban y la temían al mismo tiempo.» Amaba la magnificencia en las iglesias y en el palacio, favorecía a los orfebres, a los pintores y a los arquitectos, le gustaba ver al rey rodeado de un séquito numeroso de caballeros vestidos de brillantes arneses, y ella misma aparecía en público con todo el esplendor de la dignidad real. En su cámara se veían siempre sedas, damascos, tapices y toda clase de joyas y telas que hasta entonces no se habían visto en Escocia. Allí pasaba largas horas la reina con sus damas bordando ornamentos para las iglesias o haciendo ricos mantos para que los caballeros los luciesen en las fiestas cortesanas.
La tierra de Escocia, que antes había sudado sangre y llanto, sentíase ahora feliz; reinaba la paz, la abundancia alegraba los hogares, prosperaba el comercio, surgían, según la pauta de un arte nuevo, espléndidas catedrales, y la sonrisa de la reina iluminaba la vida de los vasallos. Pero un día el ejército de Guillermo el Rojo atacó el castillo de Aluwick, en la frontera de Inglaterra, y Malcolm salió a defenderle con sus guerreros. La reina le acompañó llorando hasta el puente del castillo, y ya no volvió a alegrarse su corazón. Aquella partida llenábala de tristes presentimientos. «Desde entonces —dice su capellán—empezó a hablarme con más intimidad que nunca, me descubrió plenamente su alma, me contó por orden toda su vida, y, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas, me dijo: Adiós; mi fin se acerca, cuida de mis hijos y acuérdate de mí en la Santa Misa.» Algún tiempo después, estando con sus damas, la reina sintió como si una espada traspasara su alma; una palidez mortal cubría su rostro, su corazón palpitaba violentamente, y cuando pudo hablar dijo estas palabras: «Una gran desgracia ha caído hoy sobre el reino de los escoceses.» Ya antes se encontraba enferma, pero desde este momento los que la acompañaban empezaron a desesperar de su vida. Así lo comprendió ella, mandando que la llevasen al oratorio para recibir el Viático. «Pero ¿qué es lo que hago? —exclama el piadoso biógrafo—. ¿Cómo tengo valor para contar la muerte de mi señora? ¡Ay! Toda carne es heno y toda su gloria como flor de un día. Secóse la hierba y se cayó la flor. Con el color de la muerte en el rostro yacía junto al altar, pidiendo que rezásemos por ella. Habiendo vuelto al lecho, rogó que le trajesen la cruz negra, la joya más preciosa del palacio real. Corrió una dama al armario, pero como no acertaba a abrir, la moribunda gemía diciendo: «¡Ay, triste de mí! ¡Ay, pobre pecadora! Ya no soy digna de ver el signo de la Santa Cruz.» Trajéronsela al fin, y recogiendo las fuerzas que le quedaban, cogióla apasionadamente, la abrazó, la besó y se signó con ella una y otra vez los ojos y el pecho. Su cuerpo iba enfriándose, pero ella seguía rezando con la cruz sobre sus ojos. En este momento entró uno de sus hijos, que venía del campo de batalla. Angustiado, enloquecido, cayó junto al lecho, gritando:
—¡Madre, madre!
La moribunda hizo por sonreír, y preguntó:
—¿Qué me cuentas de tu padre y de tu hermano?
—Bien están—respondió el joven. Hubo un silencio, interrumpido por los sollozos, y luego la reina continuó:
—No me engañes, hijo mío; lo sé todo, pero dímelo tú, dime cómo murieron.
Y el príncipe contó la muerte de Malcolm y de su hermano, heridos a traición por un caballero inglés.
—Gracias, Señor—dijo Margarita, sin la menor señal de turbación—; gracias, porque me das paciencia para sufrir tantas calamidades juntas.
Después dirigió una última mirada a su hijo y expiró pronunciando estas palabras:
—Señor Jesucristo, que por tu muerte vivificaste al mundo, líbrame…
No pudo continuar. Había volado al reino que nadie le podría arrebatar.
Artículo original en Hijos de la Divina Voluntad.
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Oraciones a Santa Margarita de Escocia.
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Otras biografías en la red
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Santa Margarita de Escocia, por Encarni Llamas en DiócesisTV
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Santa Margarita de Escocia, vídeo de Eda Querini
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Santa Margarida da Escócia, en WEBtvCN (portugués)
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por CeF | Fuentes varias | 15 Nov, 2025 | Postcomunión Vida de los Santos
Alberto Magno, el científico y el santo.
San Alberto nace en el seno de la noble familia de los Ingollstad en Lauingen, Diócesis de Augsburgo en la Baviera Alemana en 1.206.
Desea cursar la carrera de Leyes por lo que sus padres le envían primero a Bolonia, que más tarde será cumbre de los estudios juristas; pasa más adelante a Venecia, para terminar en Padua. En 1.223 conoce a su compatriota el Bto. Jordán de Sajonia que sucederá a Santo Domingo de Guzmán en el gobierno de la Orden Dominicana. Queda prendado por la predicación y las cualidades de este hombre; recibe la llamada de Dios y decide ingresar en la Orden de Predicadores en 1.224. La oposición de su familia es frontal, pero él permanece fiel a su decisión.
En 1.228 es enviado a su Patria como profesor y enseña, primero en Colonia, con posterioridad en Hildesheim, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo y en la Sorbona de París, donde tendrá como discípulo predilecto a Santo Tomás de Aquino.
En 1.248 le encontramos, de nuevo, en Colonia dirigiendo el Estudio General de la Orden en esta ciudad. En los años 1.254 a 1.257 es elegido Provincial de la Provincia de Teutonia. En 1.256 está en Roma y allí, con San Buenaventura, franciscano, defiende los derechos de las Ordenes Mendicantes, frente a Guillermo de San Amor y otros profesores, el derecho de enseñar en las Universidades de entonces. San Alberto Magno es profesor en la Curia Pontificia.
Cuatro años más tarde el Papa Alejandro IV le nombra Obispo y, a pesar de su oposición, es consagrado Obispo de Ratisbona; organizó la Diócesis. A los dos años, con nostalgia de su vida conventual dominicana, el Papa Urbano IV le acepta la renuncia. De 1.261 al 1.263 es nombrado Predicador de la Cruzada y profesor de la Curia Pontificia.
Destaca San Alberto Magno por su capacidad, sagacidad y equilibrio en solucionar casos conflictivos como el del Obispo de Wurzburgo con sus fieles. Su misión y su campo es la enseñanza, la investigación por la que sigue dictando su sabiduría en las Cátedras Wurzburgo, Estrasburgo y Lyon. Participa en el II Concilio de Lyon, donde media para que sea reconocido como Rey de Alemania Rodolfo de Augsburgo.
En 1.279 se debilita física y mentalmente. Ese mismo año redacta su testamento y muere, con serenidad y paz, sobre su mesa de trabajo. Era el 15 de noviembre de1.280.
El Maestro General de la Orden Dominicana, Humberto de Romans, nos ha dejado estas pinceladas: «Era de buena talla y bien dotado de formas físicas. Poseía un cuerpo formado con bellas proporciones y perfectamente moldeado para todas las fatigas del servicio de Dios».
San Alberto es Magno por la grandeza de su espíritu. Era un hombre abierto a lo universal; escritor y profesor incansable. Como naturalista era un hombre de vocación analítica y observador nato. En sus obras destacan afirmaciones talas como: «Yo lo observé» «Yo hice el experimento» «Esto me lo han referido pescadores o cazadores expertos».
Pero es preciso destacar que San Alberto estudia, investiga, analiza todo en función de la Santa Predicación; por eso utiliza tanto las Ciencias Naturales, Biología, Botánica, Química, Zoología, Arqueología, como la Filosofía y la Teología.
Semblanza espiritual
San Alberto es un científico, pero ante todo es un teólogo, observante y mortificado, hombre de oración ininterrumpida. Pasa muchas noches en la oración, amante de la Eucaristía: «Celebraba los Misterios Divinos con la más grande pureza y el más ardiente amor».
Pero San Alberto Magno es un místico que descubre a Dios en el encanto de la creación. Y un místico mariano, con una sencilla y profunda devoción a la Virgen María. Su amor a la Virgen es ingenuo y profundo a la vez.
Fue canonizado por Pio XI el 16 de diciembre de 1.931. Pio XII, en 1.941, lo declara Patrono de los científicos. La gran gloria de San Alberto es sin duda su discípulo Santo Tomás de Aquino.
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Fuente original: Dominicos, Orden de Predicadores
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Otras biografías en la red
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por BERNARDINO LLORCA, SI | 5 Nov, 2025 | Postcomunión Vida de los Santos
Indudablemente hay muchos detalles legendarios en las relaciones de los martirios de la primitiva Iglesia, según han llegado a nuestras manos. Al leer la multitud de tormentos y la brutal crueldad que en ellos se manifiesta, recibimos la impresión de que todo aquello es pura invención de los escritores medievales. Sin embargo, en los tiempos modernos y casi en nuestros días, comprobados con multitud de testimonios completamente seguros y verídicos, se han repetido innumerables excesos de crueldad en los mártires de Indochina, de mediados del siglo XIX.
De ello se deduce que los instintos de crueldad son ingénitos en la naturaleza humana, y en los momentos de apasionamiento salen al exterior en la forma más brutal y repugnante; recordemos, aún en nuestros días, los extremos de crueldad y barbarie cometidos por los comunistas con multitud de católicos. Indirectamente, esto prueba con toda suficiencia que no hay que rechazar tan fácilmente aquellas actas de mártires solamente por el motivo de lo inverosímil que resulta la multitud y la crueldad de los tormentos.
El día de hoy se celebra de un modo especial la conmemoráción de los Beatos Jerónimo Hermosilla y sus dos compañeros mártires, pertenecientes a la Orden de Predicadores, sacrificados por Cristo en 1861 en la región del Tonkín. Pero, al mismo tiempo, se celebra la fiesta de otros mártires de Indochina que dieron su sangre por Cristo durante estos años de la más horrible persecución. Algunos fueron beatificados en 1900, 1906 y 1907, y recientemente otros veinticinco fueron elevados a los altares por Pío XII en 1951.
He aquí algunos datos más importantes de los principales entre ellos.
El Beato Jerónimo Hermosilla, insigne dominico y misionero español, era vicario apostólico en el oriente del Tonkin, y al estallar la persecución fue apresado por el mandarín Nguyen. Pero, habiendo logrado escapar de la prisión, continuó en secreto su actividad apostólica entre los naturales, hasta que, por la traición de un soldado, fue encarcelado de nuevo juntamente con otros dos misioneros dominicos, los Beatos Valentín Berrio-Ochoa, vicario general del Tonkín central, y Pedro Almato. Berrio-Ochoa era vasco de nacimiento y de noble familia; pero, habiendo ésta venido a menos, se dedicó algún tiempo al oficio de carpintero-ebanista hasta que ingresó en el seminario y luego en la Orden de Santo Domingo. En 1856 vió al fin realizadas sus ansias de ir a la Indochina, donde, nombrado bien pronto vicario general, llevaba una vida oculta en medio de los mayores peligros a causa de la persecución, cuando fue descubierto por un apóstata.
El padre Almato era catalán, que hacía seis años realizaba una ímproba labor en la misión dominicana del Tonkín, a pesar del deplorable estado de su salud. El padre Hermosillo intentó pasar a la China juntamente con el padre Almato; pero era ya tarde.
Apresados, pues, los tres insignes misioneros de la Orden dominicana, dieron generosamente su sangre por Cristo, siendo decapitados. Es interesante, a este propósito, el plan que, según consta por muchos documentos fidedignos, seguían aquellos sanguinarios enemigos del cristianismo. Como se dice en una de sus proclamas, «todos los cristianos deben ser concentrados en las poblaciones no cristianas, las mujeres separadas de sus esposos y los niños de sus padres. Las pueblos cristianos deben ser destruidos, y sus propiedades distribuidas entre otros. Todo cristiano debe ser marcado en su frente con la expresión falsa religión«.
Entre los más insignes mártires de esta persecución, debe ser considerado el Beato Teófanes Vénard, de origen francés, quien ya en su juventud había soñado en el martirio, que al fin sufrió en Tonkín a los treinta y un años de edad, víctima, él y sus compañeros, de las más horribles crueldades, tan típicas de esta persecución.
Ordenado de subdiácono en 1850, entró en el colegio de las Misiones Extranjeras ‘e París, y poco después escribía a una hermana suya estas conmovedoras palabras: «Conocía perfectamente el dolor que mi decisión causaría a toda mi familia y particularmente a ti, mi querida pequeña. ¿Pero no pensáis que también a mí me ha costado lágrimas de sangre el dar este paso y el causaros esta pena? ¿Quién ha tenido más cariño que yo a la casa paterna y a la vida familiar? Toda mi felicidad aquí abajo estaba concentrada en ella. Pero Dios, que nos ha unido a todos con los lazos del más tierno afecto, ha querido separarme para sí».
Su salud delicadísima retrasó su ordenación sacerdotal; pero, apenas realizada ésta en 1852, partió Teófanes para Hong-Konk, y después de dedicarse quince meses al aprendizaje de la lengua, pasó en 1854 al Tonkín. Más de cinco años trabajó con un celo incansable, luchando a la vez con su mala salud y con los horrores de la más implacable persecución. Hasta qué punto llegó la crueldad de los perseguidores, se expresa en estas palabras que escribía él mismo: «Se ha dado la orden de aprisionar a todos los cristianos y de martirizarlos por el sistema denominado lang-tri, consistente en una tortura lenta, cortándoles primero los pies hasta los tobillos; luego hasta las rodillas; luego los dedos, luego hasta los antebrazos y siguiendo de este modo hasta que no les quede más que un tronco enteramente mutilado».
Son interesantes los datos que comunica sobre los sufrimientos a que se veían sometidos y la situación desesperada en que se encontraban, todo lo cual es la más elocuente prueba del elevado espíritu que a todos les animaba. «Tres misioneros, dice, entre los cuales hay un obispo, yacen ya uno al lado de otro, día y noche, en un espacio de una vara y media cuadrada. No tenemos más luz ni más aire para respirar que tres agujeros del grosor de un dedo, practicados en la. pared, que nuestra anciana sirvienta se ve obligada a ocultar por medio de unos manojos de leña tirados por fuera.»
En noviembre de 1860 fue apresado y metido durante dos meses en una caja, semejante al calabozo descrito anteriormente. Pero él se industrió para escribir desde allí: «Estos días los he pasado tranquilamente. Todos los que me rodean son respetuosos conmigo y me quieren… No he sido sometido a tortura, como mis hermanos. Sin embargo, debido a la brutalidad del verdugo, al ser decapitado, se cometió con él un espectáculo horripilante, después de lo cual, según lo describe uno de los testigos, «una gran turba de gente se abalanzó sobre el cadáver con el fin de empapar lienzos de lino y pañuelos de papel en la sangre del mártir». Esto sucedió el 2 de febrero de 1861.
En 1851 y 1852 fueron decapitados otros dos misioneros de las Misiones Extranjeras de París, los Beatos Auqusto Schöffler y Juan Luis Bonnard. Schöffler, al estallar la persecución el año 1851, fue apresado y tuvo que sufrir horriblemente en la cárcel, con el gran marco de madera que la agarrotaba el cuello y los pesados grillos que apresaban sus miembros, además de la suciedad y de la compañía que lo rodeaba.
Entre los demás mártires de esta horrible persecución, citemos al Beato Esteban Teodoro Guénot, quien por su dignidad de obispo y sus relevantes méritos merece ser destacado de un modo especial.
Ingresado en el seminario de Misiones Extranjeras de París, llegó, en 1829, a Annam. Dedicado de lleno al trabajo misionero, al estallar en este territorio la persecución en 1833, se refugió en Siam junto con algunos seminaristas indígenas; pero, no obstante todas las contrariedades que se sucedieron, se acreditó de tal modo por su intrepidez y abrasado celo, que en 1835 fue consagrado obispo auxiliar de Mgr. Taberd. Entretanto continuaba la persecución devastando las cristiandades del Annam; sin embargo, Mgr. Guénot se arriesgó a entrar en aquel territorio, procurando desde sus escondrijos sostener a los cristianos indígenas e instruir y alentar a los catequistas.
Quince años duró este trabajo agotador de Mgr. Guénot, con el cual logró organizar tres vicariatos apostólicos separados en la Cochinchina, cada uno de los cuales servido por unos veinte sacerdotes, siendo así que al llegar no había más que una docena para todo el territorio. A los veinticinco años de episcopado, durante los cuales no había cesado la persecución, se desencadenó una nueva racha de fanatismo en la provincia de Binh-Dinh, que hasta entonces había gozado de una relativa paz.
En estas circunstancias, el obispo Guénot se ocultó en la casa de un cristiano, donde tuvo que sufrir horriblemente, hasta que, exhausto de fuerzas, fue apresado por los emisarios del mandarín. Arrojado en un estrecho calabozo, donde apenas podía respirar, fue conducido luego al lugar principal del distrito, donde al poco tiempo murió en la cárcel por efecto de tantos sufrimientos. Su muerte ocurrió el 14 de noviembre de 1862. Dos años antes habían sufrido el martirio otros dos obispos.
Los veinticinco mártires del Tonkín, beatificados en 1951 por el papa Pío XII, sufrieron el martirio entre 1857 y 1862 durante la persecución de Yu-Duk. A su cabeza van los obispos españoles Beatos José Sanjurjo y Melchor Sampedro. Poco antes de morir por Cristo, escribía el primero: «Estoy sin casa, sin libros, sin ropa. No tengo nada. Pero estoy tranquilo y soy feliz por verme digno de parecerme un poco a Nuestro Señor, que dijo que el Hijo del hombre no tenia dónde reclinar su cabeza». Los demás eran indigenas indochinos, y excepto cuatro, todos eran laicos.
El ejemplo de tan heroicos mártires, tan próximos a nosotros, es particularmente apto para alentar a los cristianos de nuestros días en medio de los combates que nos exija el cumplimiento de nuestros deberes profesionales y religiosos.
Enlace al artículo original.
por Editorial Casals | 2 Nov, 2025 | Despertar religioso Cancionero
El canto es una forma intensa de expresión verbal, poética y musical a la vez. Es una de las maneras más completas de la expresión humana y quizás uno de los mejores momentos para alabar y comunicarse con Dios.
El canto ocupa un lugar destacadísimo en la oración infantil. Junto al gesto es uno de los medios de expresión que más gusta y atrapa a los niños. El canto penetra de tal modo en el corazón de los pequeños que muchas canciones aprendidas en la infancia se recuerdan de por vida.
El canto religioso es un recurso educativo-recreativo-pastoral importantísimo. En la catequesis de niños el canto debe ser un elemento cotidiano y permanente. Especialmente cuando unimos cantos con gestos. Esta fusión “mágica” de canto y gesto genera en los pequeños una respuesta que ni siquiera imaginamos, cuya potencia educadora es de difícil dimensionamiento. Quienes ya han hecho la experiencia sabrán que pocas cosas les gustan más a los chicos que «cantar con todo el cuerpo»; es decir, hacer una sola cosa del gesto, la canción y la oración.
Orar a través del canto
Luis M. Benavides
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Canción «El Buen Pastor»
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Canción «El Buen Pastor»: letra
Yo soy el buen Pastor —dice el Señor—,
conozco a mis ovejas y las mías me conocen.
Un día en el campo encontré
una oveja en la zarza enredada,
que gemía con tristes balidos
y al pastaor bondadoso llamaba.
Be, be, balaba la ovejita,
be, be, llamando al pastor.
Voy, voy, ya no tengas miedo
que yo soy tu Salvador. (estribillo)
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Canción «El Buen Pastor»: partitura
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Cantar es propio del que ama… Cantar es orar dos veces.
San Agustín
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por SS Benedicto XVI | 16 Oct, 2025 | Confirmación Vida de los Santos
Como hicimos ya el miércoles pasado, hablamos de las personalidades de la Iglesia primitiva. La semana pasada hablamos del Papa Clemente I, tercer Sucesor de san Pedro. Hoy hablamos de san Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquía, del año 70 al 107, fecha de su martirio. En aquel tiempo Roma, Alejandría y Antioquía eran las tres grandes metrópolis del imperio romano. El concilio de Nicea habla de tres «primados»: el de Roma, pero también Alejandría y Antioquía participan, en cierto sentido, en un «primado».
San Ignacio era obispo de Antioquía, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, en Antioquía, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente: su primer obispo fue el apóstol san Pedro —así nos lo dice la tradición— y allí «por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hch 11, 26). Eusebio de Cesarea, un historiador del siglo IV, dedica un capítulo entero de suHistoria eclesiástica a la vida y a la obra literaria de san Ignacio (III, 3). «Desde Siria —escribe— Ignacio fue enviado a Roma para ser arrojado como alimento a las fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Al realizar su viaje por Asia, bajo la custodia severa de los guardias» (que él, en su Carta a los Romanos, V, 1, llama «diez leopardos»), «en cada una de las ciudades por donde pasaba, con predicaciones y exhortaciones, iba consolidando las Iglesias; sobre todo exhortaba, con gran ardor, a guardarse de las herejías que ya entonces comenzaban a pulular, y les recomendaba que no se apartaran de la tradición apostólica».
La primera etapa del viaje de san Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí san Ignacio escribió cuatro cartas, respectivamente, a las Iglesias de Éfeso, Magnesia, Trales y Roma. «Habiendo partido de Esmirna —prosigue Eusebio— Ignacio fue a Tróada, y desde allí envió otras cartas»: dos a las Iglesias de Filadelfia y Esmirna, y una al obispo Policarpo. Eusebio completa así la lista de las cartas, que han llegado hasta nosotros como un valioso tesoro de la Iglesia del siglo I. Leyendo esos textos se percibe la lozanía de la fe de la generación que conoció a los Apóstoles. En esas cartas se percibe también el amor ardiente de un santo. Por último, desde Tróada el mártir llegó a Roma, donde, en el anfiteatro Flavio, fue dado como alimento a las bestias feroces.
Ningún Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión con Cristo y de vida en él. Por eso, hemos leído el pasaje evangélico de la vid, que según el Evangelio de san Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en san Ignacio dos «corrientes» espirituales: la de san Pablo, orientada totalmente a la unión con Cristo, y la de san Juan, concentrada en la vida en él. A su vez, estas dos corrientes desembocan en la imitación de Cristo, al que san Ignacio proclama muchas veces como «mi Dios» o «nuestro Dios».
Así, san Ignacio suplica a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, porque está impaciente por «unirse a Jesucristo». Y explica: «Para mí es mejor morir en (eis) Jesucristo, que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros… Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios» (Carta a los Romanos, VI: Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 478). En esas expresiones ardientes de amor se puede percibir el notable «realismo» cristológico típico de la Iglesia de Antioquía, muy atento a la encarnación del Hijo de Dios y a su humanidad verdadera y concreta: Jesucristo —escribe san Ignacio a los cristianos de Esmirna (I, 1)— «esrealmente del linaje de David», «realmente nació de una virgen», «realmente fue clavado en la cruz por nosotros».
La irresistible orientación de san Ignacio hacia la unión con Cristo fundamenta una auténtica «mística de la unidad». Él mismo se define «un hombre al que ha sido encomendada la tarea de la unidad» (Carta a los cristianos de Filadelfia, VIII, 1).
Para san Ignacio la unidad es, ante todo, una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en absoluta unidad. A menudo repite que Dios es unidad, y que sólo en Dios esa unidad se encuentra en estado puro y originario. La unidad que los cristianos debemos realizar en esta tierra no es más que una imitación, lo más cercana posible, del arquetipo divino.
De este modo san Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que contiene algunas expresiones muy semejantes a las de la Carta a los Corintios de san Clemente Romano. «Conviene —escribe por ejemplo a los cristianos de Éfeso— que tengáis un mismo sentir con vuestro obispo, que es justamente cosa que ya hacéis. En efecto, vuestro colegio de presbíteros, digno del nombre que lleva, digno de Dios, está tan armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. (…) Por eso, con vuestra concordia y con vuestro amor sinfónico, cantáis a Jesucristo. Así, vosotros, cantáis a una en coro, para que en la sinfonía de la concordia, después de haber cogido el tono de Dios en la unidad, cantéis con una sola voz» (IV, 1-2).
Asimismo, después de recomendar a los cristianos de Esmirna que «nadie haga nada en lo que atañe a la Iglesia sin contar con el obispo» (VIII, 1), dice a san Policarpo: «Yo me ofrezco como rescate por quienes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. Y ojalá que con ellos se me concediera tener parte con Dios. Trabajad unos junto a otros, luchad unidos, corred a una, sufrid, dormid y despertad todos a la vez, como administradores de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de agradar al Capitán bajo cuya bandera militáis y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas» (Carta a san Policarpo, VI, 1-2: Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 500).
En conjunto, se puede apreciar en las Cartas de san Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte, la estructura jerárquica de la comunidad eclesial; y, por otra, la unidad fundamental que vincula entre sí a todos los fieles en Cristo. En consecuencia, las funciones no se pueden contraponer. Al contrario, se insiste continuamente en la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, mediante elocuentes imágenes y analogías: la lira, las cuerdas, la entonación, el concierto, la sinfonía.
Es evidente la responsabilidad peculiar de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos en la edificación de la comunidad. Ante todo a ellos se dirige la invitación al amor y a la unidad. «Sed uno», escribe san Ignacio a los Magnesios, remitiéndose a la oración de Jesús en la última Cena: «Una sola oración, una sola mente, una sola esperanza en el amor… Corred todos a una a Jesucristo como al único templo de Dios, como al único altar: él es uno, y procediendo del único Padre, ha permanecido unido a él, y a él ha vuelto en la unidad» (VII, 1-2).
En la literatura cristiana san Ignacio fue el primero en atribuir a la Iglesia el adjetivo «católica», es decir, «universal»: «Donde está Jesucristo —afirma— allí está la Iglesia católica» (Carta a los cristianos de Esmirna, VIII, 2). Y precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor: «En Roma ella, digna de Dios, venerable, digna de toda bienaventuranza… preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo y lleva el nombre del Padre» (Carta a los Romanos, prólogo).
Como se puede ver, san Ignacio es verdaderamente «el doctor de la unidad»: unidad de Dios y unidad de Cristo (a pesar de las diversas herejías que ya comenzaban a circular y separaban en Cristo la naturaleza humana y la divina), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles «en la fe y en la caridad, a las que nada se puede anteponer» (Carta a los cristianos de Esmirna, VI, 1).
En definitiva, el «realismo» de san Ignacio invita a los fieles de ayer y de hoy, nos invita a todos a una síntesis progresiva entre configuración con Cristo (unión con él, vida en él) y entrega a su Iglesia (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo). Es decir, hay que llegar a una síntesis entre comunión de la Iglesia en su interior y misión-proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes estén cada vez más «en posesión del espíritu indiviso, que es Jesucristo mismo» (Carta a los cristianos de Magnesia, XV).
Pidiendo al Señor esta «gracia de unidad», y con la convicción de presidir en la caridad a toda la Iglesia (cf. Carta a los Romanos, prólogo), os expreso a vosotros el mismo deseo con el que concluye la carta de san Ignacio a los cristianos de Trales: «Amaos unos a otros con corazón indiviso. Mi espíritu se ofrece en sacrificio por vosotros, no sólo ahora, sino también cuando logre alcanzar a Dios… Quiera el Señor que en él os encontréis sin mancha» (XIII).
Y oremos para que el Señor nos ayude a lograr esta unidad y a encontrarnos al final sin mancha, porque es el amor el que purifica las almas.
Audiencia general del miércoles, 14 de marzo de 2007
por Varios en Internet | CeF | 15 Oct, 2025 | Primera comunión Dinámicas
Santa Margarita María era toda de Jesús, se había consagrado a su divino Corazón en cuerpo y alma, le había hecho donación de todo su ser y Él, a cambio, la había nombrado heredera universal de todos sus bienes. Ella era verdadera esposa de Jesús, esposa de sangre, sufriendo con Él por los pecados e ingratitudes que recibía de los pecadores y, especialmente, de las almas consagradas.
Ella procuraba consolarlo de las ofensas recibidas, especialmente de las ofensas recibidas en el sacramento de la Eucaristía. Jesús Eucaristía era el centro de su vida. Por eso, pasaba todos los momentos posibles ante Jesús sacramentado. Ella sabía que allí lo esperaba con su Corazón ardiendo en llamas de amor. Y allí en la Eucaristía, especialmente después de comulgar, en el momento de más íntima unión con Él, es cuando recibía las mayores gracias de su vida. Ante Jesús sacramentado no podía rezar oraciones, sólo podía amar en silencio.
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La vida de esta santa es muy interesante para que la conozcan los niños: os presentamos una pequeña dinámica de juegos y dibujos —que podéis descargar e imprimir pulsando en la imagen— y su vida en dibujos animados.
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Dinámica
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Dibujo para colorear del Sagrado Corazón de Jesús
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