Evangelio del día: Acumulad riquezas… pero en el cielo

Evangelio del día: Acumulad riquezas… pero en el cielo

Evangelio del día

Mateo 6, 19-23 · Viernes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

Debemos estar más atentos a acumular las verdaderas riquezas, las que liberan el corazón y nos hacen vivir con la libertad de los hijos de Dios.


Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben.

Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segundo Libro de Reyes, 2 Re 11, 1-4.9-18.20.
  • Salmo: Sal 132(131), 11-14.17-18.

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor para que esta oración me ayude a desprenderme de mí mismo, a desapegarme de todo lo material y a considerar todo como basura y pérdida con tal de ganarte a Ti.

Petición

Jesús, dame un corazón pobre y libre de egoísmo para que puedas reinar en mí.


Meditación del Santo Padre Francisco

«Dinero, vanidad y poder» no hacen feliz al hombre. Los auténticos tesoros, las riquezas que cuentan, son el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. Este fue el mensaje que el Papa Francisco propuso al comentar las palabras de Jesús: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón».

El consejo del Señor es sencillo y profundamente prudente: no acumular tesoros en la tierra. Jesús no desprecia las realidades materiales, pero advierte que no pueden convertirse en el centro de la vida. Cuando el corazón se ata a lo que pasa, pierde la libertad interior.

El primer tesoro peligroso es el dinero. Las riquezas pueden servir para hacer el bien, sostener una familia y ayudar a otros, pero cuando se acumulan como seguridad absoluta, terminan robando el alma. El problema no está sólo en poseer, sino en poner en ellas la esperanza del corazón.

El segundo tesoro engañoso es la vanidad: buscar prestigio, hacerse ver, vivir pendiente de la propia imagen. Jesús denuncia esta actitud porque convierte la vida espiritual en espectáculo y deja al hombre vacío. La belleza exterior, la fama y el reconocimiento terminan pasando.

El tercer tesoro inútil y peligroso es el poder. El Papa recordó que el poder humano se acaba, cae y muchas veces deja tras de sí soledad, anonimato o ruina. Por eso Jesús invita a no acumular orgullo ni dominio, porque estos tesoros no dan vida.

Frente a estos falsos tesoros, el Señor propone acumular tesoros en el cielo. No se trata de huir del mundo, sino de orientar el corazón hacia lo que permanece: el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. Estas son las riquezas que liberan el corazón.

Cuando el corazón está atado al dinero, a la vanidad o al poder, queda encadenado. Pero cuando está unido a Dios, se vuelve luminoso. Por eso Jesús habla del ojo sano y del cuerpo iluminado: un corazón libre puede ver bien, amar mejor y mostrar a otros el camino que lleva a Dios.

El Papa Francisco insistió en que un corazón libre es un corazón luminoso. No vive esclavizado por lo que tiene, por lo que aparenta o por lo que domina. Es un corazón que sigue adelante y que envejece bien, como el buen vino, porque ha aprendido a poner su tesoro donde está Cristo.

La petición final es clara: pedir al Señor la prudencia espiritual para reconocer dónde está nuestro corazón y la fuerza para desencadenarlo cuando se ha quedado prisionero. Sólo así podremos vivir la verdadera alegría y la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Santo Padre Francisco:
Caza al tesoro
Meditación del viernes, 20 de junio de 2014.


Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

El Apóstol precisa muy bien lo que entiende por «los bienes de allá arriba», que el cristiano debe buscar, y «los bienes de la tierra», de los cuales debe cuidarse. Los bienes de la tierra que es necesario evitar son, ante todo, la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría.

Dar muerte al deseo insaciable de bienes materiales y al egoísmo significa abandonar lo que pertenece al hombre viejo. El cristiano está llamado a despojarse de esa lógica para revestirse de Cristo, dejando que su vida sea renovada a imagen de su Creador.

San Pablo señala también cuáles son los bienes de arriba: compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón y, por encima de todo, la caridad, que es el vínculo de la unidad perfecta. Estos bienes no apartan del mundo, sino que transforman el modo de vivir en él.

Benedicto XVI recuerda que los cristianos no están llamados a evadirse de la ciudad terrena. Aunque nuestra verdadera patria está en el cielo, el camino hacia esa meta se recorre cada día en esta tierra. Participando desde ahora en la vida de Cristo resucitado, debemos vivir como hombres nuevos en el corazón del mundo.

Este camino no sólo transforma a cada persona, sino también la sociedad. Los bienes de arriba dan a la ciudad terrena un rostro nuevo, marcado por la solidaridad, la bondad y el respeto profundo de la dignidad de cada persona.

En la cumbre de todas las virtudes está la caridad. Ella resume y compendia los bienes del cielo, y junto con la fe y la esperanza define la naturaleza profunda del cristiano.


Propósito

Esta semana daré ese donativo que he venido posponiendo y del que no he querido desprenderme.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, si no soy generoso en el apostolado, en la donación de mi tiempo y en el servicio desinteresado a los demás y a la Iglesia, es porque no te he dado el lugar que te corresponde en mi vida. No he sido dócil a tus inspiraciones ni he sabido aprovechar tu gracia. Pero hoy es un nuevo día, una nueva oportunidad, para dejar todas las ataduras atrás y crecer con confianza, alegría y amor.


Para profundizar

La Natividad de san Juan Bautista

La Natividad de san Juan Bautista

Cuento bíblico para niños de 6 a 10 años

La Natividad de san Juan Bautista

Zacarías, Isabel y el niño de la promesa

Presentación

La Natividad de san Juan Bautista es una de las historias más hermosas de la infancia del Evangelio. En ella encontramos una familia que aprende a confiar en Dios cuando parece que la esperanza se ha apagado, un ángel que trae una promesa inesperada, un largo tiempo de espera, el nacimiento de un niño muy especial y una gran oración de alabanza que la Iglesia sigue rezando cada mañana: el Benedictus.

Este cuento está pensado para niños de 6 a 10 años. No pretende explicar todos los detalles del relato bíblico, sino ayudar a los pequeños a entrar en la historia, conocer a Zacarías, Isabel y Juan Bautista, y descubrir que Dios cumple sus promesas incluso cuando no entendemos sus planes.

Uso catequético: las ilustraciones no son simples adornos. Ayudan a contemplar la historia, descubrir emociones, símbolos y detalles, y acercarse al Evangelio con la mirada y con el corazón.

Cuento: Juan, el niño de la promesa

Hace mucho tiempo, cuando todavía faltaban años para que Jesús comenzara a predicar por los caminos de Galilea, vivían en una pequeña aldea un sacerdote llamado Zacarías y su esposa Isabel. Los dos eran ya mayores. Habían pasado muchos años juntos. Rezaban cada día, ayudaban a los vecinos y procuraban obedecer a Dios en todo.

Pero había algo que les hacía sufrir. No tenían hijos. Muchas noches se sentaban delante de su casa, miraban las estrellas y hablaban con Dios. No le pedían riquezas. No le pedían una casa más grande. Solo le confiaban aquello que guardaban en el corazón. Y aunque no entendían por qué ocurrían algunas cosas, seguían confiando en Él.

Un día le tocó a Zacarías servir en el gran Templo de Jerusalén. Era un honor muy especial. Mientras ofrecía incienso al Señor, ocurrió algo inesperado. Una luz brillante llenó el lugar. Zacarías levantó la cabeza y vio a un ángel.

Era Gabriel, uno de los mensajeros de Dios. El sacerdote sintió miedo, pero el ángel le dijo con ternura: «No tengas miedo, Zacarías. Dios ha escuchado tus oraciones. Tu esposa Isabel tendrá un hijo. Le pondréis por nombre Juan». Zacarías abrió mucho los ojos. Aquello parecía imposible. Isabel y él eran ya muy mayores.

El ángel siguió hablando. Aquel niño sería una alegría para sus padres y para muchas personas. Tendría una misión muy grande: preparar el camino del Señor. Zacarías escuchaba, pero su corazón todavía no entendía del todo. Entonces preguntó cómo podía suceder aquello.

Gabriel respondió que Dios cumpliría su palabra. Y como Zacarías había dudado, le anunció que no podría hablar hasta que naciera el niño. Aquel silencio no sería para destruirlo, sino para enseñarle a esperar mejor, a mirar mejor y a escuchar mejor a Dios.

Cuando Zacarías salió del Templo, la gente se acercó para preguntarle qué había pasado. Pero él no pudo responder. Movía las manos, señalaba el cielo, intentaba explicar lo ocurrido. Sin embargo, ninguna palabra salía de su boca.

Todos comprendieron que había visto algo extraordinario. Desde aquel día tuvo que comunicarse escribiendo o haciendo gestos. Así regresó a casa. Isabel lo miró con atención. No entendía todo, pero sabía que Dios estaba haciendo algo grande.

Poco tiempo después ocurrió el milagro. Isabel esperaba un hijo. Cuando lo supo, dio gracias a Dios con lágrimas de alegría. Zacarías también estaba feliz. No podía hablar, pero sonreía continuamente.

Cada día veía crecer la esperanza. Isabel ponía las manos sobre su vientre y rezaba en silencio. Zacarías la acompañaba con cuidado. En aquella casa, antes tan callada por la tristeza, comenzó a sentirse una alegría nueva.

Unos meses más tarde llegó una joven visitante. Era María, la prima de Isabel. Venía deprisa, con el corazón lleno de Dios. Cuando María entró en la casa y saludó a Isabel, ocurrió algo maravilloso.

El niño que Isabel llevaba en su vientre dio un salto de alegría. Era como si quisiera saludar también a Jesús, que estaba creciendo en el vientre de María. Isabel comprendió que Dios estaba muy cerca. Las dos mujeres alabaron al Señor, y durante aquellos días la casa se llenó de alegría, oración y esperanza.

Finalmente llegó el gran día. Los vecinos fueron llegando poco a poco. Todos querían saber cómo estaba Isabel. Y todos celebraron la noticia cuando nació el niño.

Era pequeño, fuerte y lleno de vida. Isabel lo sostuvo entre sus brazos con una alegría que casi no cabía en su rostro. Zacarías se inclinó sobre él, emocionado. No podía decir nada todavía, pero sus ojos parecían cantar.

Ocho días después se reunieron familiares y amigos. Había llegado el momento de poner nombre al niño. Muchos pensaban que se llamaría Zacarías, como su padre. Pero Isabel dijo con firmeza: «Se llamará Juan».

Los presentes se sorprendieron. Nadie en la familia tenía ese nombre. Entonces preguntaron a Zacarías. El anciano pidió una tablilla. Todos guardaron silencio. Con calma escribió unas pocas palabras: «Juan es su nombre».

En ese instante sucedió algo extraordinario. La lengua de Zacarías se soltó. Su voz regresó. Después de tantos meses de silencio, volvió a hablar.

Pero no comenzó hablando de sí mismo. No habló de sus dificultades, ni de su sorpresa, ni de lo largo que había sido aquel tiempo. Lo primero que hizo fue alabar a Dios. Los vecinos escuchaban maravillados. Zacarías levantó la mirada y empezó a cantar.

Con el pequeño Juan cerca de él, Zacarías elevó su voz hacia el cielo y dijo: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel». Dio gracias porque Dios visita a su pueblo, cumple sus promesas y nunca olvida a quienes esperan en Él.

Después miró a su hijo. Sus ojos brillaban de emoción. Entonces pronunció unas palabras que todos recordarían para siempre: «Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos».

El Benedictus es la oración de alabanza que Zacarías cantó cuando recuperó la voz. La Iglesia la sigue rezando cada mañana, porque recuerda que Dios cumple sus promesas y trae la salvación.

«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.»

Juan creció escuchando aquellas promesas. Con el paso de los años viviría en el desierto, llamaría a las personas a volver a Dios y anunciaría la llegada de Jesús. Pero todo comenzó mucho antes.

Comenzó con unos padres que nunca dejaron de confiar, con un ángel que llevó una promesa, con un largo silencio que enseñó a escuchar y con un canto de alegría que todavía resuena en la Iglesia después de tantos siglos.

Porque Dios cumple siempre lo que promete.

Apéndice catequético para padres, catequistas y educadores

1. Qué enseña este cuento

El relato permite trabajar varios temas fundamentales de la fe cristiana: la confianza en Dios, la oración perseverante, la escucha, la alegría cristiana y la misión de Juan Bautista como profeta que prepara el camino de Jesús.

Zacarías e Isabel ayudan a los niños a comprender que la oración no es una fórmula mágica para conseguir cosas, sino una relación de confianza con Dios. La historia enseña que Dios actúa a su tiempo y que su amor puede llegar de maneras inesperadas.

Clave catequética: la mudez de Zacarías no conviene presentarla como un castigo extraño o aterrador. Puede explicarse como un tiempo de silencio en el que aprende a escuchar mejor a Dios.

2. Cómo utilizar las ilustraciones

Las imágenes están pensadas para una lectura pausada. No es necesario leer todo el cuento de una vez. Puede hacerse una imagen por día, una imagen por encuentro de catequesis o una lectura completa en familia.

Antes de leer el texto conviene mirar la ilustración y preguntar qué está ocurriendo, quién aparece, cómo se sienten los personajes y qué detalle llama más la atención. Después de la lectura se puede volver a la imagen para descubrir qué enseña la escena sobre Dios.

Antes de leer Mirar la imagen, nombrar personajes, descubrir gestos y anticipar qué puede pasar.
Durante la lectura Leer despacio, respetar las pausas y señalar las emociones principales.
Después de leer Preguntar qué enseña la escena y cómo puede vivirse en casa o en la catequesis.

3. Símbolos presentes en las imágenes

Los detalles de las ilustraciones no están colocados solo para decorar. La lámpara encendida recuerda la fe que permanece viva; la vid y los frutos hablan de la bendición de Dios; la luz abundante expresa la alegría de sus promesas.

También pueden comentarse las golondrinas como signo de fidelidad, el cielo abierto como presencia de Dios y las flores como señal de vida nueva. No hace falta explicarlo todo de una vez. Conviene elegir uno o dos símbolos en cada lectura.

4. Preguntas para dialogar con los niños

  • ¿Qué personaje te ha gustado más?
  • ¿Por qué crees que Zacarías se sorprendió al ver al ángel?
  • ¿Qué habría sentido Isabel cuando supo que iba a tener un hijo?
  • ¿Qué escena te parece más alegre?
  • ¿Qué significa confiar en Dios?
  • ¿Quién fue Juan Bautista?
  • ¿Cómo podemos preparar nosotros el camino para Jesús?

5. Actividad sencilla

La lámpara de la espera puede convertirse en una actividad breve. Cada niño dibuja una lámpara encendida. Dentro de la llama escribe o dibuja algo que quiera confiar a Dios: una preocupación, una petición, una persona o un deseo bueno.

Después se puede hacer una oración sencilla en voz alta: «Señor, ayúdame a confiar en ti como confiaron Zacarías e Isabel». Si se realiza en familia, cada miembro puede colocar su lámpara en un lugar visible durante la semana.

6. Relación con la vida cristiana

La historia de Juan Bautista no termina con su nacimiento. Todo lo que ocurre prepara la llegada de Jesús. Por eso este cuento puede servir como introducción a la Visitación, el nacimiento de Jesús, el Bautismo del Señor y la predicación de Juan Bautista.

De este modo los niños descubren que las historias del Evangelio forman una única gran historia: Dios viene al encuentro de las personas para salvarlas, y san Juan Bautista ayuda a preparar el camino para recibir a Jesucristo.

Oración final

Señor Jesús,
gracias por Zacarías, por Isabel
y por san Juan Bautista.

Gracias porque cumples tus promesas.

Ayúdanos a confiar en ti
cuando las cosas no salen como esperamos.

Enséñanos a escuchar tu voz,
a esperar con paciencia
y a preparar nuestro corazón para recibirte.

Amén.

Catequesis familiar: La Fe, la Esperanza y la Caridad

Catequesis familiar: La Fe, la Esperanza y la Caridad

La fe, la esperanza y la caridad

Dinámica sobre las virtudes teologales

Dinámica sobre las virtudes teologales, especialmente pensada para preadolescentes de hasta 12 años. La propuesta reúne una exposición inicial, un cuento simbólico, una lectura bíblica sobre la caridad, poemas y oraciones, y una oración final para recoger todo el camino.



Presentación de la dinámica

Esta dinámica propone trabajar las tres virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— mediante explicación, narración, diálogo, lectura bíblica, oración y compromiso. No se trata sólo de que los niños memoricen tres palabras, sino de ayudarles a descubrir que estas virtudes sostienen el camino cristiano.

La estructura puede utilizarse en una sola sesión amplia o fragmentarse en varios encuentros. La narración de las tres piedras ayuda a comprender que la fe, la esperanza y la caridad no son adornos espirituales, sino dones necesarios para atravesar el desierto de la vida y llegar a Dios.

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1.ª Parte: La fe, la esperanza y la caridad

Comenzad con una exposición doctrinal sencilla de las tres virtudes teologales. Conviene explicar que son llamadas “teologales” porque tienen a Dios como origen, motivo y fin.

Fe Nos hace creer en Dios y en todo lo que Él ha revelado. Es la confianza del hijo que escucha al Padre y camina apoyado en su palabra.
Esperanza Nos hace desear la vida eterna y confiar en la ayuda de Dios para llegar a ella. Sostiene el corazón cuando el camino se vuelve difícil.
Caridad Nos hace amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Dios. Es la mayor de las virtudes porque permanece para siempre.

Para esta primera parte pueden utilizarse fuentes catequéticas sobre las virtudes teologales. Lo importante es que la explicación no quede en ideas abstractas, sino que prepare el cuento posterior: la fe ayuda a confiar, la esperanza ayuda a seguir y la caridad enseña a darse.

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2.ª Parte: Cuento «Las tres piedras»

Las tres piedras

Cuentan que el primer árabe que cruzó el desierto se encontró junto a una cueva con un anciano de aspecto venerable que le preguntó:

—Joven, ¿a dónde vas?

—Quiero cruzar el desierto.

El anciano quedó pensativo un momento y añadió:

—Deseas algo difícil. Para cruzar el desierto te harán falta tres cosas. Toma estas piedras. Este topacio es la fe, amarillo como las arenas del desierto; esta esmeralda es la esperanza, verde como las hojas de las palmeras; y este rubí es la caridad, rojo como el sol de poniente. Anda siempre hacia el sur y encontrarás el oasis de Náscara, donde vivirás feliz. Pero no pierdas ninguna de las piedras; si no, no llegarás a tu destino.

El hombre se puso en camino y recorrió miles y miles de leguas a través de las dunas amarillentas sobre su camello.

Un día le asaltó una duda:

—¿No me habrá engañado el anciano? ¿Y si no existiera el oasis que me prometió y el desierto no tuviera fin?

Ya iba a volverse cuando notó que algo se le había caído sobre la arena. Era el topacio. El joven se bajó para cogerlo y pensó:

—No, no. Tengo que confiar en la promesa del anciano. Seguiré mi camino.

Pasaron muchos días. El sol, el viento y el frío de la noche le iban agotando. Sus fuerzas desfallecían y ni una palmera ni una fuente se veían por el horizonte sin fin. Ya iba a dejarse caer del camello para aguardar la muerte bajo su sombra, cuando notó que se le caía algo al suelo. Era la esmeralda. El joven se bajó a recogerla y se dijo:

—Tengo que ser fuerte; tal vez, un poco más allá estará el oasis. Si no sigo, moriré sin remedio. Mientras tenga un soplo de vida, seguiré.

Continuó el joven el camino, cuando encontró un pequeño charco de agua junto a una palmera. Ya iba a lanzarse sobre el charco, cuando vio los ojos de su camello, suplicantes y tiernos como los de un hombre, pidiendo el agua. Pensó entonces que debería tener piedad del animal desfallecido, pues él aún podía resistir, y dejó que bebiera aquellos pocos sorbos.

Cuál no sería su asombro cuando el camello cayó muerto a sus pies. El agua estaba corrompida. En el suelo notó el joven que brillaba el rubí y lo recogió, dando gracias al cielo por haber recompensado su generosidad con el camello.

Al alzar la vista, vio a lo lejos unas palmeras. Era el oasis de Náscara. Al llegar, encontró junto a una limpia fuente al anciano de la cueva, que le sonrió alegremente.

—Has llegado a tu destino porque has conservado las tres piedras preciosas: la fe, la esperanza y la caridad. ¡Ay de ti si hubieras perdido alguna! Habrías perecido sin remedio.

El anciano, después de darle agua fresca y dátiles, se despidió del joven diciéndole:

—Guarda siempre durante tu vida, junto a tu corazón, el topacio, la esmeralda y el rubí. Así llegarás hasta el paraíso. Nunca los pierdas.

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Experiencia humana y diálogo

El hombre, náufrago desde el nacimiento y errante en el desierto, tiene que hacer la gran travesía: el recorrido de su vida. Otros la han realizado antes que él, pero ahora no le acompañan.

Aunque están en su origen y le esperan en su destino, el recorrido lo tiene que hacer él solo. No puede alejarse de su dama de compañía: la soledad. En ese recorrido le pesa la falta de confianza, siente la tentación del abandono y tiene tendencia a pensar sólo en sí mismo.

Tres virtudes humanas vienen en su ayuda: la fe en lo que hace y en sí mismo, una visión esperanzada del futuro en el que entronca su destino, y la donación generosa como actitud vital.

Para el diálogo

  • «Quiero cruzar el desierto». ¿En qué se parece la vida de un hombre a la de quien quiere cruzar un desierto?
  • «Deseas algo difícil». ¿Las metas difíciles estimulan al hombre?
  • «El joven se puso en camino». ¿Cómo ha sido nuestro camino? ¿Cómo ha sido el camino de toda la humanidad?
  • «Tengo que confiar en la promesa del anciano». ¿En quién confía cada uno? ¿Y en qué?
  • «El anciano ya había llegado». ¿Cómo lo hizo y por qué?
  • «Mientras tenga un soplo de vida, seguiré». ¿En qué situaciones hemos dicho lo mismo o nos gustaría decirlo?
  • «Has llegado a tu destino porque has conservado las tres piedras». ¿Cómo ha conservado cada uno la fe, la esperanza y la caridad?
  • «Guarda esas tres piedras. Así llegarás al paraíso». ¿Qué piedras lleva cada uno en ese camino?

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Para la acción: la sopa de piedras

Reescribid la historia, siendo cada uno el protagonista. Señalad cuándo se os ha caído cada piedra y por qué. El joven se baja a recoger las piedras que se le van cayendo en vez de seguir adelante sin ellas; recordad situaciones en que os ha sucedido lo mismo o en que habéis abandonado las piedras.

Unid todo lo anterior a esta preciosa parábola que habla de compartir, de partir y repartir el pan, la vida y la esperanza.

Parábola de la piedra / La sopa de piedras

En un pequeño pueblo, una mujer se llevó una gran sorpresa al ver que había llamado a su puerta un extraño, correctamente vestido, que le pedía algo de comer.

—Lo siento —dijo—, pero ahora mismo no tengo nada en casa.

—No se preocupe —dijo amablemente el extraño—, tengo una piedra de sopa en mi cartera. Si usted me permitiera echarla en un puchero de agua hirviendo, yo haría la más exquisita sopa del mundo. Un puchero muy grande, por favor.

A la mujer le picó la curiosidad, puso el puchero al fuego y fue a contar el secreto de la piedra de sopa a sus vecinas. Cuando el agua rompió a hervir, todo el vecindario se había reunido allí para ver a aquel extraño y su piedra de sopa.

El extraño dejó caer la piedra en el agua, luego probó una pequeña cucharada con verdadera delectación y exclamó:

—¡Deliciosa! Lo único que necesita es unas cuantas patatas.

—¡Yo tengo patatas en mi cocina! —gritó una mujer.

Y en pocos minutos estaba de regreso con una gran fuente de patatas peladas que fueron derechas al puchero.

El extraño volvió a probar el brebaje.

—¡Excelente! —dijo, y añadió pensativamente—. Si tuviéramos un poco de carne, haríamos un cocido de lo más apetitoso…

Otra ama de casa salió zumbando y regresó con un pedazo de carne, que el extraño, tras aceptarlo cortésmente, introdujo en el puchero. Cuando volvió a probar el caldo, puso los ojos en blanco y dijo:

—¡Ah, qué sabroso! Si tuviéramos unas cuantas verduras, sería perfecto, absolutamente perfecto…

Una de las vecinas fue corriendo hasta su casa y volvió con una cesta llena de cebollas y zanahorias. Después de introducir las verduras en el puchero, el extraño probó nuevamente el guiso y, con tono autoritario, dijo:

—La sal.

—Aquí la tiene —le dijo la dueña de la casa.

A continuación dio otra orden:

—Platos para todo el mundo.

La gente se apresuró a ir a sus casas en busca de platos. Algunas regresaron trayendo incluso pan y frutas.

Luego se sentaron todas a disfrutar de la espléndida comida, mientras el extraño repartía abundantes raciones de su increíble sopa. Todas se sentían extrañamente felices, mientras reían, charlaban y compartían por primera vez su comida. En medio del alborozo, el extraño se escabulló silenciosamente, dejando tras de sí la milagrosa piedra de sopa, que ellas podrían usar siempre que quisieran hacer la más deliciosa sopa del mundo.

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3.ª Parte: Lectura sobre la caridad, sobre el amor

Escuchemos a san Pablo en la Primera Carta a los Corintios.

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.

Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.

Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.

La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.

Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.

La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.

Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial.

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño.

Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido.

Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.

Momento de oración: Oramos en silencio. Puede ponerse como fondo para la meditación la canción «Si no tengo amor…», de Brotes de Olivo.

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4.ª Parte: Poemas, oraciones y reflexión

Preparad con los niños estos poemas de José Luis Martín Descalzo y haced que los lean en voz alta, cada niño un verso o estrofa.

No temáis al amor

No temáis al amor, nos dice Dios.

No tengáis miedo a lo mejor que hice

cuando construí el mundo.

Tened miedo, más bien, a enturbiarlo,

a enlodarlo, a ajarlo y marchitarlo.

Eso sí que sería una tragedia;

sería como ensuciar mi creación.

Porque el amor es la cosa más bella que salió de mis manos.

Si me faltas Tú

En medio de la sombra y de la herida

me preguntan si creo en Ti. Y digo

que tengo todo cuando estoy contigo:

el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.

Sin Ti, el sol es luz descolorida.

Sin Ti, la paz es un cruel castigo.

Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.

Sin Ti, la vida es muerte repetida.

Contigo el sol es luz enamorada

y contigo la paz es paz florida.

Contigo el bien es casa reposada

y contigo la vida es sangre ardida.

Pues, si me faltas Tú, no tengo nada:

ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.

Tengo todo cuando estoy contigo; si me faltas Tú, no tengo nada…

Oración para aprender a amar

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;

cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;

cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.

Cuando sufra, dame alguien que necesite consuelo;

cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;

cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.

Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;

cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien;

cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.

Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;

cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;

cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.

Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos que por todo el mundo viven y mueren pobres y hambrientos.

Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.

Tarde te amé

¡Tarde te amé,

hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé!

Tú estabas dentro de mí,

pero yo andaba fuera de mí mismo,

y allá afuera te andaba buscando.

Me lanzaba todo deforme

entre las hermosuras que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo;

me retenían lejos de ti cosas

que no existirían si no existieran en ti.

Me llamaste, y rompiste mi sordera.

Brillaste con fulgor espléndido,

y expulsaste mi ceguera.

Me inundó tu fragancia

y ahora suspiro por ti.

Te gusté, y tengo hambre y sed.

Me tocaste, y ardí en tu paz.

Después de la lectura y las oraciones, dejad unos momentos de silencio para interiorizar lo rezado.

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5.ª Parte: Oración final

Rezad juntos estas oraciones, como cierre de la dinámica sobre las virtudes teologales.

Acto de fe

Dios mío, porque eres verdad infalible,

creo firmemente todo aquello que has revelado

y la Santa Iglesia nos propone para creer.

Creo expresamente en ti, único Dios verdadero,

en tres Personas iguales y distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Y creo en Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó

y murió por nosotros, el cual nos dará a cada uno,

según los méritos, el premio o el castigo eterno.

Conforme a esta fe quiero vivir siempre.

Señor, acrecienta mi fe.

Acto de esperanza

Dios mío, espero de tu bondad,

por tus promesas y por los méritos de Jesucristo,

nuestro Salvador, la vida eterna y la gracia necesaria

para merecerla con las buenas obras que debo y quiero hacer.

Señor, que pueda gozarte para siempre.

Acto de caridad

Dios mío, te amo con todo el corazón sobre todas las cosas,

porque eres infinitamente bueno y nuestra eterna felicidad:

por amor a ti amo a mi prójimo como a mí mismo,

y perdono las ofensas recibidas.

Señor, haz que yo te ame cada vez más.

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Fuentes y enlaces

Evangelio del día: Jesucristo nos enseña a orar

Evangelio del día: Jesucristo nos enseña a orar

Evangelio del día

Mateo 6, 7-15 · Jueves de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

La oración cristiana se configura como un diálogo personal, íntimo y profundo entre el hombre y Dios.


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.

Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 11, 1-11.
  • Salmo: Sal 111(110).

Oración introductoria

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Ven a esta oración para que sea el medio para crecer en el amor que perdona, libra del mal y de la tentación.

Petición

Ayúdame a hacer verdadera oración, Señor.


Meditación del Santo Padre Francisco

No hay necesidad de emplear tantas palabras para rezar: el Señor sabe lo que queremos decirle. Lo importante es que la primera palabra de nuestra oración sea «Padre». Así lo recordó el Papa Francisco al comentar el Evangelio en el que Jesús enseña el Padrenuestro a sus discípulos.

Para rezar no hace falta ruido, alboroto ni deseo de llamar la atención. Jesús advierte contra la vanidad religiosa y contra la tentación de creer que seremos escuchados por hablar mucho. La oración cristiana no es espectáculo, ni técnica de presión, ni fórmula mágica: es relación filial con Dios.

El Papa subrayó que la primera palabra de la oración debe ser «Padre». Sin esta palabra, sin sentir realmente que Dios es Padre, no se puede rezar cristianamente. No rezamos a una fuerza lejana ni a un dios anónimo, sino al Padre que nos ha dado la vida, nos acompaña en el camino y conoce toda nuestra historia.

Pero Jesús no nos enseña a decir simplemente «Padre mío», sino «Padre nuestro». Nadie es hijo único ante Dios. La oración cristiana nos coloca siempre ante el Padre junto con los hermanos. Por eso, si no estamos en paz con los demás, nuestra oración queda herida en su raíz.

Francisco recordó que el Padrenuestro une oración y perdón. Jesús lo explica con claridad: si perdonamos a los demás, también el Padre nos perdonará; si no perdonamos, cerramos el corazón al perdón de Dios. La oración verdadera no puede separarse de la reconciliación fraterna.

Sentirse amado por el Padre permite confiarle las preocupaciones, las heridas y los miedos. Como el hijo que vuelve a casa y dice «Padre, he pecado», también nosotros podemos presentarnos ante Dios con verdad, sabiendo que Él es un Padre cercano, que nos abraza y sabe lo que necesitamos antes incluso de que se lo pidamos.

El Padrenuestro no es una fórmula para repetir sin alma. Es la escuela de la oración cristiana: nos enseña a mirar a Dios como Padre, a vivir como hermanos, a pedir el pan necesario, a perdonar y a dejarnos librar del mal.

Santo Padre Francisco:
Orar a Nuestro Padre
Meditación del jueves, 20 de junio de 2013.


Meditación cristiana

Extracto de la Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana

VII. «Yo soy el camino»

29. Todo fiel debe buscar y puede encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración, en la variedad y riqueza de la oración cristiana enseñada por la Iglesia. Pero todos estos caminos personales confluyen, al final, en aquel camino al Padre que Jesucristo ha proclamado que es Él mismo.

En la búsqueda del propio camino, cada uno se dejará conducir no tanto por sus gustos personales cuanto por el Espíritu Santo, que le guía, a través de Cristo, al Padre.

30. En todo caso, para quien se empeña seriamente vendrán tiempos en los que le parecerá vagar en un desierto sin «sentir» nada de Dios a pesar de todos sus esfuerzos. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la oración.

En esos períodos debe esforzarse firmemente por mantener la oración. Aunque pueda darle la impresión de una cierta «artificiosidad», se trata en realidad de algo profundamente distinto: precisamente entonces la oración constituye una expresión de su fidelidad a Dios, en cuya presencia quiere permanecer incluso sin recibir consolación subjetiva.

En esos momentos aparentemente negativos se muestra lo que busca realmente quien hace oración: si busca a Dios, que siempre lo supera en su infinita libertad, o si se busca sólo a sí mismo, sin lograr ir más allá de sus propias experiencias.

31. La caridad de Dios, único objeto de la contemplación cristiana, es una realidad de la que nadie puede apropiarse mediante un método o una técnica. Debemos tener siempre la mirada fija en Jesucristo, en quien la caridad divina llegó hasta la cruz.

Debemos dejar que Dios decida la manera en que quiere hacernos partícipes de su amor. No debemos intentar ponernos al mismo nivel del objeto contemplado, el amor libre de Dios, ni siquiera cuando, por misericordia del Padre y mediante el Espíritu Santo, se nos concede en Cristo algún reflejo sensible de ese amor divino.

Cuanto más se le concede a una criatura acercarse a Dios, tanto más crece en ella la reverencia ante el Dios tres veces Santo. Se comprende entonces la palabra de san Agustín: «Tú puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo», y la palabra de María: «Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava» (Lc 1, 48).

Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana
Roma, 15 de octubre de 1989, fiesta de Santa Teresa de Jesús.


Catecismo de la Iglesia Católica

¿Qué es la oración?

«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría» (Santa Teresa del Niño Jesús).

La oración como don de Dios

2559. «La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes». La humildad es la base de la oración. Nosotros no sabemos pedir como conviene. Por eso el hombre es, ante Dios, un mendigo de Dios.

2560. «Si conocieras el don de Dios». La maravilla de la oración se revela allí donde Cristo sale al encuentro de todo ser humano. La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él.

2561. Nuestra oración de petición es, paradójicamente, una respuesta: respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación y respuesta de amor a la sed del Hijo único.

La oración como Alianza

2562. Cualquiera que sea el lenguaje de la oración, el que ora es todo el hombre. Sin embargo, la Escritura habla con frecuencia del corazón. Si el corazón está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana.

2563. El corazón es nuestro centro escondido, el lugar de la decisión, de la verdad y del encuentro. Allí elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar de la Alianza.

2564. La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Brota del Espíritu Santo y de nosotros, y se dirige al Padre en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.

La oración como comunión

2565. En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. La vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios y en comunión con Él.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Cuando se me presente una tentación para hacer o consentir el mal, rezaré de inmediato un padrenuestro.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, ¡venga tu Reino! Ésta es la aspiración de mi vida: que tu Reino se establezca y se realice en este mundo, comenzando por mi propia persona. Te doy gracias por esta oración. Permite que sepa escucharte, sentirte y seguirte, para vivir como hijo ante el Padre nuestro.


Para profundizar

Evangelio del día: La rectitud de intención

Evangelio del día: La rectitud de intención

Evangelio del día

Mateo 6, 1-6.16-18 · Miércoles de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

La hipocresía en la Iglesia y en la vida cristiana nos aleja de Dios. Jesús nos invita a vivir una fe sincera, humilde y escondida, que busque agradar al Padre y no el aplauso de los hombres.


Evangelio

Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.

Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro Segundo de Reyes, 2 Re 2, 1.6-14.
  • Salmo: Sal 31(30), 20-21.24.

Oración introductoria

Señor, te imploro que me ayudes a vivir una fe más auténtica y firme, con una mayor pureza de intención, que busque crecer en el amor. Que tu gracia me guíe para aprovechar todos los medios espirituales que me ofreces a través de nuestra madre, la Iglesia.

Petición

Señor, dame la gracia de convertirme a Ti con todo mi corazón, recordando que polvo soy y a Ti volveré.


Meditación del Santo Padre Francisco

«Intelectuales sin talento, eticistas sin bondad y portadores de bellezas de museo»: así describió el Papa Francisco algunas formas de la hipocresía que tanto combate Jesús en el Evangelio. En una homilía pronunciada en la Casa Santa Marta, recordó que el Señor habla muchas veces contra los hipócritas porque se trata de un mal que puede infiltrarse incluso en el corazón de quienes practican la religión.

Existen los hipócritas de la casuística, aquellos que reducen la fe a una serie de normas y discusiones sin llegar realmente al encuentro con Dios. Son personas que se quedan en el cálculo de lo permitido y lo prohibido, pero que han perdido la capacidad de contemplar la verdad viva del Evangelio.

Otros son los «eticistas sin bondad», que llenan la vida de normas y exigencias, pero carecen de misericordia. Hablan constantemente de deberes, de obligaciones y de perfección exterior, pero no conocen la ternura de Dios. Se preocupan mucho por la apariencia y poco por la conversión del corazón.

Sin embargo, el Papa señaló una forma todavía más grave de hipocresía: la que se desarrolla en el ámbito sagrado. Jesús la denuncia precisamente cuando habla de los tres pilares de la vida espiritual: la limosna, la oración y el ayuno. El problema no está en practicarlos, sino en hacerlos para ser admirados por los demás.

Cuando la limosna se convierte en exhibición, cuando la oración busca el aplauso o cuando el ayuno pretende atraer la atención, la relación con Dios queda profundamente dañada. El corazón ya no busca agradar al Padre, sino alimentar el propio orgullo. Por eso Jesús insiste una y otra vez en actuar en lo secreto, allí donde sólo Dios puede ver.

Francisco recordó que ninguno está completamente libre de esta tentación. Todos los cristianos han experimentado alguna vez el deseo de ser reconocidos o admirados. Pero también todos reciben de Cristo una gracia capaz de vencer esa inclinación: la gracia de la alegría, la magnanimidad y la largueza de corazón.

El hipócrita no conoce la verdadera alegría porque vive pendiente de la opinión ajena. En cambio, quien busca sinceramente a Dios descubre una libertad nueva. Ya no necesita aparentar ni demostrar nada. Puede servir, rezar y sacrificarse con sencillez porque sabe que el Padre ve en lo secreto.

Por eso el Papa invitó a contemplar la oración humilde del publicano: «Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador». Esta actitud sencilla y verdadera abre el corazón a la misericordia de Dios y constituye el mejor antídoto contra toda forma de hipocresía espiritual.

Santo Padre Francisco:
Esos tipos de hipócritas
Meditación del miércoles, 19 de junio de 2013.


Propósito

Hacer un examen de conciencia y descubrir en qué momentos no tuve rectitud de intención ni busqué verdaderamente la gloria de Dios.

Diálogo con Cristo

Qué difícil, Señor, es confiar plenamente en tu divina Providencia. Por naturaleza me gusta el aplauso y el reconocimiento de los demás; frecuentemente convierto mi oración en un pliego de peticiones o incluso en reclamos. No me gusta renunciar a algo ni sacrificarme. Gracias por tu paciencia y tu misericordia. Con tu gracia podré vencer mis malas inclinaciones y aprender a buscar únicamente tu voluntad, viviendo con una fe sincera y un corazón humilde.


Para profundizar

Evangelio del día: Amad a vuestros enemigos

Evangelio del día: Amad a vuestros enemigos

Evangelio del día

Mateo 5, 43-48 · Martes de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio», sin embargo es el camino indicado y recorrido por Jesús para nuestra salvación.


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores”; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 8, 1-9.
  • Salmo: Sal 145.

Oración introductoria

Nadie es perfecto en este mundo, y sin embargo, Señor y Padre mío, hoy me llamas a la santidad. Dame tu gracia y presencia en esta oración para comprender y vivir el mandato de tu amor. Incrementa mi fe, esperanza y caridad. Te pido tu ayuda para cumplir en todo tu voluntad.

Petición

Jesús, aviva mi deseo y mi anhelo de alcanzar, con tu gracia, la santidad.


Meditación del Santo Padre Francisco

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio». Sin embargo es el camino indicado por Jesús y recorrido por Él mismo para nuestra salvación. En su homilía del 18 de junio, el Papa Francisco recordó que la liturgia propone reflexionar sobre la relación entre la ley antigua y la ley nueva, entre el Sinaí y las Bienaventuranzas.

Comentando el Evangelio, el Santo Padre se detuvo en una pregunta inevitable: ¿cómo amar a los enemigos? «También nosotros tenemos enemigos», observó. Algunos son fuertes, otros débiles. Incluso nosotros mismos podemos convertirnos en enemigos de otros. Sin embargo, Jesús nos dirige una exigencia sorprendente: amar a los enemigos.

La primera respuesta que ofrece el Señor es mirar al Padre. Dios hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Su amor es universal. Por eso Jesús concluye: «Sean perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial». La perfección cristiana consiste ante todo en la perfección del amor.

El Papa invitó a contemplar cómo Dios actúa frente a quienes lo rechazan. Él busca siempre perdonar. También Jesús manifestó esta actitud cuando recibió a Judas en el huerto de los Olivos con una sorprendente ternura y misericordia, mientras otros pensaban en la venganza.

Pero Jesús no se limita a dar una enseñanza; ofrece también un camino concreto. Ante la dificultad de amar al enemigo, dice: «Rezad por vuestros enemigos». La oración transforma el corazón y hace posible lo que humanamente parece imposible. Esto vale también para esas pequeñas enemistades, antipatías o resentimientos que pueden surgir en la vida cotidiana.

Es cierto que este amor parece empobrecer. Amar al enemigo implica renunciar al orgullo, a la revancha y a la autosuficiencia. Sin embargo, recordó el Pontífice, también Cristo se hizo pobre por nosotros. Lo que parece una pérdida según la lógica del mundo es, en realidad, el camino que conduce a la verdadera riqueza: la gracia de Dios.

El amor a los enemigos no es una estrategia humana ni una simple norma moral. Es el camino que recorrió Jesús para salvarnos. Por eso el cristiano está llamado a seguirlo, confiando en que el Señor hará posible en él aquello que parece imposible a las solas fuerzas humanas.

Santo Padre Francisco:
El arte de amar a los enemigos
Meditación del martes, 18 de junio de 2013.


Catecismo de la Iglesia Católica

I. El respeto de la persona humana

1929. La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que está ordenada al hombre.

«La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y de ellas son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia» (SRS 47).

1930. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos.

1931. El respeto a la persona humana supone considerar al prójimo como «otro yo», cuidando de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente. Ninguna legislación puede eliminar por sí sola los prejuicios, el egoísmo o la soberbia. Sólo la caridad permite ver en cada hombre un hermano.

1932. El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se vuelve más urgente cuando éstos se encuentran más necesitados. «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25, 40).

1933. Este deber se extiende también a quienes piensan y actúan de manera diferente. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas y extiende el mandamiento del amor a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, aunque no con el rechazo del mal que realiza.

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Que mi programa de vida sea hacer la voluntad de Dios.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, quiero ser un reflejo de Ti. Dame la sabiduría y la fuerza de voluntad para perseverar en mi esfuerzo. El medio es claro: amar. Pero concretarlo en el día a día es lo difícil. Concédeme saber aprovechar tus gracias y ser dócil a tu Espíritu Santo para poder hacer el bien a todos, especialmente a mi familia.


Evangelio del día: El Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María

Evangelio del día: El Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María

Lucas 2, 41-51. Memoria del Inmaculado Corazón de María. La actitud de María inspira nuestra fe.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acababa la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él. Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que los oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al ver, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ellos no entendieron lo que les decía.  El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

Primera lectura: Libro de Isaías, Is 61, 9-11

Salmo (tomado del Primer Libro de Samuel): 1 Sam 2, 1.4-8

Oración introductoria

Señor y Dios mío, enséñame a reconocer tu amor y a conocerte cada vez más de forma experiencial, pues una cosa es conocer lo que has hecho y otra muy distinta el conocerte a ti. Yo quiero ahondar en tu conocimiento, Señor. Quiero hacer una experiencia profunda de ti, de tu amor, de tu bondad. Concédeme la gracia de adentrarme cada día más en ella.

Petición

Padre mío, aumenta mi fe, mi esperanza y mi caridad para que renueve minuto a minuto mi opción por Ti.

Meditación de san Juan Pablo II

1. Cuando María y José encontraron al Niño Jesús en el templo, después de tres días de angustiada búsqueda, su Madre no pudo contener este amoroso lamento: «Hijo, por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote» (Lc 2, 48).

Es consolador para nosotros saber que también la Virgen preguntó «por qué» a Jesús, en una circunstancia de intenso sufrimiento. Reconocemos en sus palabras un tema que se ha hecho ya constante en los libros del Antiguo Testamento.

Por aquellas páginas veneradas sabemos que a menudo el Pueblo de Dios, o bien alguno de sus miembros, atravesaba por pruebas cruciales.

En semejantes aprietos, aflora una pregunta: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Sal 22, 2) «¿Por qué estás dormido, Señor?… ¿Por qué escondes tu rostro, olvidándote de nuestra miseria y opresión?» (Sal 44, 24a. 25).

Para responder a este «por qué» humanísimo, el orante de los Salmos se dirige al pasado de Israel, vuelve a meditar la historia de los Padres, especialmente el éxodo de Egipto, y saca de ello la siguiente lección: también ellos fueron probados como el oro en el fuego, y sin embargo el Señor los salvó de tantas maneras y a menudo por caminos inesperados; y como el Señor es fiel, también ahora, como entonces, dará la salvación, en el modo y en el tiempo que a Él plazca (cf. Sal 22, 5-6; Sir 2, 10; 51, 8; Jdt 8, 15-17. 26).

2. «También la Santísima Virgen ―nos enseña el Concilio Vaticano II― avanzó en la peregrinación de la fe y sirvió fielmente a su unión con el Hijo hasta la cruz» (Lumen gentium, 58).

El episodio del hallazgo en el templo demuestra que la Virgen no siempre y no inmediatamente podía comprender el comportamiento del Hijo. En efecto, Lucas observa que ni Ella ni José comprendieron la respuesta de Jesús (cf. Lc 2, 50). A pesar de ello, María «conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2, 51b.).

Vendrán después días en que Jesús anuncia su muerte y resurrección como un designio del que habían hablado las Escrituras (cf. Lc 9, 22. 43-44; 18. 31-33; 24, 6-7. 26-27). Ella, ciertamente, como verdadera «Hija de Sión», habrá mirado a la misión dolorosa del Hijo con los recursos que le venían de la fe (cf. Lc 11, 27-28). Si Dios, en las vicisitudes de su pueblo, había desatado tantas veces las cadenas de los justos que se hallaban en tribulación, también ahora puede cumplir la promesa que Cristo debe resucitar de entre los muertos (cf. Heb 11, 19; Rom 4, 17).

3. La actitud de María inspira nuestra fe. Cuando soplan las tempestades y todo parece naufragar, nos sostenga el recuerdo de lo que el Señor ha hecho en el pasado. Volvamos a pensar, ante todo, en la muerte y resurrección de Jesús; y luego en las innumerables liberaciones que Cristo ha realizado en la historia de la Iglesia, en el mundo y en la vida de cada uno de nosotros los creyentes.

De esta anamnesis brotará más fecunda y alegre la certeza de que también en el momento presente, aunque sea amenazador, el Redentor navega con nosotros en la misma barca. A Él le obedecen el viento y el mar (cf. Mc 4, 41; Mt 8, 27; Lc 8, 25).

San Juan Pablo II

Ángelus del domingo, 31 de julio de 1983

Propósito

Darme el tiempo y la paciencia para dar hoy un consejo, estímulo o ayuda a quien lo necesite.

Diálogo con Cristo

Señor, dame la gracia de vivir plenamente la voluntad del Padre, a imitación tuya. Quiero cumplir su voluntad en mi vida para demostrarle mi amor, para mostrarle que acepto alegremente lo que Él quiera para mí. Concédeme, Señor, hacer la experiencia del Padre, para ser tu instrumento y guía de manera eficaz, de manera que muchos puedan llegar a conocer tu amistad y alcancen tu amor infinito.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *

 

 

 

 

Catequesis familiar: Santa Olivia de Palermo

Catequesis familiar: Santa Olivia de Palermo

Santa Olivia de Palermo

La fe que permanece y se convierte en luz


Índice

Parte I

1 Presentación de la sesión

2 Objetivos catequéticos

3 Carismas que trabajará la sesión

4 Usos posibles de la sesión

5 Fragmentación por edades, tiempos y formatos

Parte II

6 La fe que permanece incluso bajo presión

7 Vivir como cristiano en un ambiente hostil

8 La caridad nace de la unión con Cristo

9 La vida cristiana da fruto en otros

10 El martirio como fidelidad final y esperanza

Parte III

11 Sicilia bajo dominio islámico en el siglo IX

12 Una joven cristiana que no abandona a Cristo

13 La fe convertida en servicio y consuelo

14 El ejemplo que atrae y provoca conversiones

15 El martirio de Santa Olivia

16 Enseñanzas y carismas para las familias de hoy

Parte IV

17 Imagen 1 · Olivia permanece fiel

18 Imagen 2 · La fe se convierte en ayuda

19 Imagen 3 · Otros descubren a Cristo por su ejemplo

20 Imagen 4 · El martirio como entrega final

21 Actividad 1 · ¿Qué intenta apagar hoy nuestra fe?

22 Actividad 2 · Pequeñas luces

23 Actividad 3 · Cristianos que cambian el ambiente

24 Actividad familiar · ¿Qué transmite nuestra casa?

Parte V

25 Lectio divina · Mateo 5, 14-16

26 Comentario y profundización de la Lectio

27 Oración final familiar

28 Conclusión general

29 Notas y fuentes


Parte I

Presentación general de la sesión

1 Presentación de la sesión

Santa Olivia de Palermo será presentada en esta catequesis como una joven cristiana siciliana del siglo IX, situada en un ambiente donde la fe debía mantenerse sin apoyos exteriores. No nos interesa una leyenda acumulativa ni una narración centrada en la violencia, sino la fuerza catequética de una vida que permanece unida a Cristo cuando el entorno presiona, vigila y rechaza la identidad cristiana.

La sesión avanza en cuatro movimientos: vida comprometida con Cristo, ejemplo vital bajo opresión, frutos de conversión y caridad, y martirio aceptado como premio final. Así, Santa Olivia no aparece como una figura encerrada en el sufrimiento, sino como una joven cuya fidelidad se convierte en luz para otros.

Esta historia permite hablar hoy a familias, niños y adolescentes que viven en sociedades donde la fe ya no es el clima común y muchas veces parece extraña, incómoda o discutida. No se trata de forzar un paralelismo histórico, sino de descubrir que también ahora creer exige forma de vida, caridad visible y fortaleza serena.

2. Objetivos catequéticos

El primer objetivo de esta sesión es que los niños, jóvenes y familias comprendan que la fe cristiana no es solo una idea interior, sino una forma concreta de vivir cuando el ambiente ayuda y también cuando el ambiente presiona. Santa Olivia permite mostrar que seguir a Cristo tiene consecuencias visibles: rezar, servir, consolar, dar testimonio y permanecer fiel.

El segundo objetivo es presentar el martirio sin dramatismo superficial: no como una búsqueda del dolor, sino como la culminación de una vida entregada. Olivia no se entiende desde la violencia que padece, sino desde la fecundidad de su fe, que ayuda al necesitado y acerca a otros a Cristo.

Objetivo 1. Descubrir que la fe se vive con obras, no solo con palabras.

Objetivo 2. Aprender que la fidelidad puede mantenerse incluso en ambientes contrarios.

Objetivo 3. Comprender que la caridad nace de Cristo y puede atraer a otros hacia la fe.

Objetivo 4. Presentar el martirio como fidelidad final, no como gusto por sufrir.

Estos objetivos deben mantenerse unidos durante toda la sesión para evitar que el relato se convierta en una simple biografía de persecución. El recorrido será siempre Cristo vivido en lo cotidiano, Cristo servido en el pobre y Cristo confesado hasta el final como premio de una fidelidad ya comenzada.

3. Carismas que trabajará la sesión

El carisma principal de Santa Olivia en esta catequesis será la perseverancia silenciosa: una fe que no necesita imponerse, pero tampoco se esconde por miedo. A partir de ahí aparecen la fortaleza, la caridad, el testimonio y la fecundidad espiritual de una vida que deja pasar la luz de Cristo.

Estos carismas permiten conectar la historia de Olivia con la vida familiar actual: una casa cristiana también necesita perseverar sin agresividad, servir sin exhibirse y mostrar la fe sin vergüenza. La santidad aparece entonces como una presencia que transforma, no como una idea piadosa separada de la vida.

Carismas centrales: perseverancia en la fe, fortaleza serena, caridad nacida de la vida interior, testimonio silencioso, esperanza en la prueba y fidelidad hasta el final.

La aplicación catequética debe evitar dos extremos: presentar a Olivia como víctima pasiva o convertirla en heroína de resistencia puramente humana. Su fuerza nace de Cristo, y por eso su vida muestra dulzura con firmeza, compasión sin miedo y alegría incluso ante la prueba.

4. Usos posibles de la sesión

Esta sesión puede utilizarse en catequesis familiar, grupos parroquiales, formación de adolescentes, encuentros de padres y actividades sobre cristianos perseguidos y testimonio cristiano. También puede servir para hablar de la fe en sociedades secularizadas, donde muchos niños descubren pronto que creer no siempre es socialmente cómodo.

Conviene adaptarla según el grupo: con niños pequeños se trabajará más la fidelidad sencilla y la ayuda concreta; con adolescentes se puede profundizar en presión social, identidad cristiana y testimonio; con padres, el acento estará en qué clima de fe transmite la familia cuando el ambiente exterior no acompaña.

5. Fragmentación por edades, tiempos y formatos

La sesión completa puede desarrollarse en un encuentro largo de catequesis familiar o dividirse en varios momentos breves. La clave es conservar siempre la progresión: fe que permanece, vida que ayuda, testimonio que da fruto y martirio como entrega final. Si se fragmenta, cada parte debe mantener su relación con el conjunto.

Formato breve Imagen 1, explicación central, una actividad sencilla y oración final.
Formato parroquial Presentación, fundamentos seleccionados, dos imágenes, una actividad y compromiso familiar.
Formato completo Desarrollo íntegro de fundamentos, biografía, cuatro imágenes, tres actividades, actividad familiar y lectio divina.
Formato familiar Lectura breve en casa, comentario de una imagen, diálogo familiar y gesto concreto de caridad durante la semana.

Después de la tabla, conviene volver al ritmo normal de lectura: el catequista no debe intentar explicarlo todo, sino escoger el itinerario que mejor ayude a su grupo. Lo importante es que cada adaptación conserve la unidad espiritual de la sesión y conduzca a una aplicación real de fidelidad, caridad y testimonio.

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Parte II

Fundamentos bíblicos, doctrinales y catequéticos

6 La fe que permanece incluso bajo presión

La fe cristiana no se mide solo cuando todo acompaña, sino también cuando el ambiente deja de sostenerla. En Santa Olivia contemplamos una fidelidad probada: no una fe ruidosa ni desafiante, sino una pertenencia real a Cristo que permanece cuando alrededor aparecen presión, vigilancia y soledad.

Esta perseverancia no nace del orgullo personal, sino de una relación viva con Jesucristo. El cristiano resiste porque ha sido sostenido primero por Dios, y por eso puede conservar la paz sin dejarse dominar por el miedo. La fortaleza de Olivia no consiste en endurecerse, sino en seguir siendo de Cristo allí donde parecía más difícil.

La perseverancia se educa en lo pequeño

Para una familia cristiana, este punto es decisivo: nadie improvisa la fidelidad cuando llega la prueba si antes no ha aprendido a vivir pequeños actos de fe diaria. Rezar, bendecir la mesa, perdonar, cuidar al débil, ir a misa y hablar de Cristo con naturalidad forman una escuela humilde donde se prepara la perseverancia grande.

Por eso esta sesión no debe presentar la fe como una idea heroica reservada a momentos extremos. Santa Olivia ayuda a comprender que la fidelidad empieza antes: en la oración que nadie ve, en la decisión de no avergonzarse de Cristo y en la caridad que convierte la fe en una forma concreta de vivir.

La presión actual no siempre tiene forma violenta

Hoy muchas familias no viven una persecución abierta, pero sí experimentan un clima donde la fe queda desplazada de la vida pública, de la educación, del lenguaje común y de las decisiones cotidianas. Para un niño o un adolescente, esta presión puede sentirse como vergüenza, aislamiento o miedo a ser señalado por vivir como cristiano.

Aquí Santa Olivia se vuelve actual sin necesidad de hacer comparaciones forzadas. Su vida permite preguntar con sencillez si en nuestra casa existe una fe capaz de permanecer cuando el ambiente no ayuda, y si esa fe se nota en obras de misericordia, palabra limpia, oración fiel y testimonio sin vergüenza.


7 Vivir como cristiano en un ambiente hostil

Uno de los rasgos más importantes de Santa Olivia es que no responde al ambiente hostil con odio ni con agresividad. Su fuerza consiste en seguir viviendo cristianamente allí donde el cristianismo ya no marca el clima social. Por eso su testimonio resulta tan profundo: porque mantiene la fe sin convertirse en una persona amarga, endurecida o violenta.

La hostilidad contra la fe no siempre aparece mediante amenazas directas. Muchas veces adopta la forma de indiferencia, burla o presión cultural. El creyente siente entonces que debe esconder lo que cree para evitar problemas. Santa Olivia enseña precisamente lo contrario: una fe serena, humilde y visible que no necesita imponerse, pero tampoco desaparece por miedo.

Cristo se hace visible en la vida cotidiana

En los Evangelios, Jesús insiste muchas veces en que sus discípulos deben ser sal, luz y fermento. No basta con creer interiormente; la vida cristiana termina notándose en la manera de hablar, de tratar al débil, de perdonar y de sostener al que sufre. Santa Olivia no predica primero con discursos, sino con una forma distinta de vivir.

Por eso la sesión insistirá mucho en la idea de ejemplo. El cristiano no transforma el ambiente mediante poder o imposición, sino dejando que Cristo se vea en sus obras. Una persona capaz de servir, escuchar, cuidar y mantenerse fiel incluso en la dificultad termina despertando preguntas y haciendo visible la presencia de Dios.

Idea catequética central La vida cristiana auténtica termina convirtiéndose en un refugio para otros, incluso cuando el ambiente alrededor parece contrario a la fe.

Esto resulta especialmente importante para adolescentes y familias. Muchas veces se piensa que dar testimonio consiste en discutir constantemente o en defenderse de todo. Santa Olivia muestra otro camino: la firmeza serena, la fidelidad cotidiana y la caridad visible. Esa combinación hace que la fe deje de parecer una teoría y se convierta en algo verdaderamente humano.

La Iglesia ha vivido muchas veces como minoría

La historia cristiana muestra que la Iglesia no siempre ha vivido en ambientes favorables. En muchos lugares y épocas, los cristianos tuvieron que aprender a conservar la identidad cristiana sin apoyo social. Los mártires antiguos, los cristianos de Oriente y muchas comunidades actuales enseñan que la fe puede seguir viva incluso cuando parece convertirse en un pequeño resto.

Los últimos papas han recordado muchas veces la situación de cristianos que viven hoy en Siria, Irak, Nigeria y otros lugares donde seguir a Cristo tiene un coste real. Santa Olivia permite unir esa memoria de la Iglesia perseguida con la vida cotidiana de nuestras familias, ayudando a comprender que toda época necesita cristianos capaces de permanecer.


8 La caridad nace de la unión con Cristo

La fe de Santa Olivia no se reduce a resistir interiormente, porque la unión con Cristo produce caridad. Quien permanece en Él aprende a mirar al herido, al enfermo, al cautivo y al anciano como hermanos concretos, no como carga ni como amenaza. Por eso la fidelidad de Olivia se reconoce en su capacidad de cuidar incluso cuando ella misma vive bajo opresión.

Esta caridad no debe presentarse como activismo ni como simple bondad natural. En la catequesis cristiana importa mostrar que el amor al prójimo nace del amor a Dios, y que la ayuda verdadera brota de un corazón transformado por Cristo. Olivia sirve porque pertenece a Cristo, y precisamente por eso su servicio se convierte en signo visible del Evangelio.

La atención al necesitado revela la verdad de la fe

Cuando una persona conserva la fe en una situación difícil, puede caer en la tentación de encerrarse, defenderse o vivir solo pendiente de su propia supervivencia. Santa Olivia muestra otra posibilidad: la fe auténtica ensancha el corazón y permite ver el sufrimiento ajeno incluso en medio del propio dolor. La caridad revela entonces la verdad de lo que se cree.

Este punto es fundamental para las familias, porque los niños entienden la fe cuando la ven traducida en gestos. Visitar a un enfermo, escuchar al triste, compartir tiempo, ayudar sin humillar y cuidar al débil hacen visible que Cristo no es una idea lejana. La caridad cotidiana convierte la casa cristiana en un lugar donde la fe se toca.

Clave de aplicación No basta con decir que tenemos fe: la fe cristiana madura cuando se convierte en misericordia concreta hacia quien sufre cerca de nosotros.

Después del destacado, conviene volver al cauce ordinario de la sesión: la caridad de Olivia no es un añadido sentimental, sino el fruto natural de una vida unida a Cristo. Esta línea permitirá comentar después la segunda imagen, donde la santa ayuda y escucha, mostrando que el Evangelio se vuelve creíble cuando pasa por las manos.

La caridad cristiana no aparta la mirada

En Santa Olivia hay un rasgo muy importante: no hace ascos a los horrores de la humanidad. Su juventud, su dignidad de princesa y su belleza no la separan del sufrimiento, porque la caridad cristiana toca la miseria real. El enfermo, el anciano, el esclavo y el herido no son para ella una escena desagradable, sino un lugar donde servir a Cristo.

Este matiz debe cuidarse mucho en la catequesis. No se trata de endurecer a los niños ni de exponerlos a imágenes crudas, sino de enseñarles que amar no siempre es cómodo. La compasión cristiana no consiste en sentir pena desde lejos, sino en acercarse con respeto, ayudar con delicadeza y descubrir que Cristo está en el necesitado.


9 La vida cristiana da fruto en otros

La fe de Santa Olivia no queda escondida como una posesión privada, porque la vida cristiana verdadera irradia. Su oración, su cuidado de los enfermos y su trato con los cautivos despiertan en otros una pregunta decisiva: de dónde nace esa fuerza, esa paz y esa manera de amar. Así, su fidelidad se convierte en camino hacia Cristo para quienes la observan.

Esta es la razón profunda del conflicto que conduce al martirio. Olivia no resulta peligrosa por ser violenta, sino porque su fe empieza a dar fruto en otros corazones. Cuando una vida cristiana consuela, sostiene y atrae, el Evangelio deja de ser una idea extraña y aparece como una verdad viva y fecunda.

El testimonio que atrae hacia Cristo

La conversión de otros no debe presentarse como una estrategia de Olivia, sino como el fruto natural del testimonio. Una persona que permanece fiel bajo presión y sigue amando a quienes sufren muestra algo que no se explica solo por carácter o valentía humana. En ella, otros pueden reconocer la presencia escondida de Cristo.

Para los niños y adolescentes, este punto es muy importante: dar testimonio no significa hablar todo el tiempo de religión ni discutir con todos. Significa vivir de tal manera que la fe resulte reconocible en el trato, en la ayuda, en la alegría serena y en la capacidad de perdonar. Una vida así puede abrir en otros el deseo de acercarse a Dios.

10 El martirio como fidelidad final y esperanza

El martirio cristiano no nace del deseo de sufrir, sino de la decisión de no abandonar a Cristo cuando llega la prueba extrema. Por eso, en esta sesión, el martirio de Santa Olivia se presentará como colofón de una vida ya entregada: primero permanece, después sirve, luego da fruto y finalmente confiesa hasta el final al Señor que ha amado.

Para un mártir, la muerte no es una derrota absoluta, porque Cristo ha vencido a la muerte. Esta esperanza permite comprender que Olivia pueda aparecer serena y luminosa en la imagen final: no porque el dolor desaparezca, sino porque la comunión con Cristo es más fuerte. El martirio se entiende así como premio de fidelidad, no como tragedia sin sentido.

Síntesis doctrinal El mártir no busca la muerte: busca permanecer unido a Cristo incluso cuando esa fidelidad cuesta la vida.

Después del destacado, la sesión debe volver a su equilibrio principal. No se trata de cargar emocionalmente a los niños con el sufrimiento, sino de mostrar que la santidad tiene una esperanza más grande que el miedo. Santa Olivia permite enseñar que la fidelidad cristiana puede ser discreta, caritativa y luminosa, pero también capaz de llegar hasta el final.


Parte III

Vida y testimonio de Santa Olivia

11 Sicilia bajo dominio islámico en el siglo IX

La tradición que seguiremos sitúa a Santa Olivia en la Sicilia del siglo IX, cuando la isla vivía bajo el avance y dominio musulmán. No desarrollaremos aquí las leyendas que la desplazan a otros tiempos, porque esta catequesis necesita una línea clara: una joven cristiana en ambiente hostil, llamada a conservar su fe sin apoyos externos y a vivirla con dignidad, caridad y firmeza.

Ese contexto no debe convertirse en una explicación política ni en una confrontación religiosa simplista. Nos interesa solo lo necesario para entender que Olivia vive como cristiana en un mundo donde su fe queda vigilada y sometida a presión. Su santidad no nace de dominar el ambiente, sino de permanecer unida a Cristo cuando el ambiente ya no sostiene la fe.

12 Una joven cristiana que no abandona a Cristo

Olivia aparece como una joven de origen noble, educada en la fe cristiana y obligada a vivir en una situación de pérdida, vigilancia y cautiverio. Pero su identidad más profunda no depende del rango ni de la libertad exterior: sigue siendo hija de Dios y discípula de Cristo. Por eso, aunque esté sometida, conserva la dignidad interior de una princesa cristiana.

Su primera forma de resistencia no es el enfrentamiento, sino la oración. La imaginamos fiel a Cristo en lo escondido, sosteniendo una cruz pequeña entre las manos mientras el entorno la rodea de signos ajenos a su fe. Esa escena resume bien su carisma: no abandona a Cristo cuando todo invita a disimular, y no pierde la paz de quien sabe a quién pertenece.

La biografía prepara las imágenes

La biografía de Santa Olivia debe leerse en continuidad con el programa gráfico. Lo que aquí se cuenta con palabras aparecerá después concentrado en imágenes: oración en medio de un entorno extraño, cuidado de los que sufren, testimonio que atrae y martirio sereno. Así evitamos repetir la misma explicación y dejamos que cada parte cumpla su función catequética propia.

Por eso no interesa acumular datos legendarios ni episodios dramáticos. La vida de Olivia se organizará como una progresión espiritual: primero la fidelidad escondida, después la caridad concreta, luego el fruto de conversión y, finalmente, la entrega martirial. La historia no avanza hacia el sufrimiento, sino hacia la plenitud de una fe fecunda.


13 La fe convertida en servicio y consuelo

La fidelidad de Santa Olivia no queda encerrada en su interior, porque muy pronto se convierte en servicio concreto hacia los que sufren. Allí donde otros solo ven enfermedad, miseria o esclavitud, ella descubre personas necesitadas de consuelo y dignidad. Su fe empieza entonces a hacerse visible en gestos pequeños y constantes: escuchar, cuidar, acompañar y permanecer cerca del que está solo.

Esta parte de su vida resulta especialmente importante para la catequesis, porque muestra que la santidad no consiste solo en resistir. Olivia no se limita a conservar la fe; deja que esa fe transforme su manera de mirar a los demás. Incluso siendo cautiva, sigue comportándose como una princesa cristiana: no desde el orgullo, sino desde la nobleza de quien sirve.

La caridad hace visible a Cristo

La segunda imagen resume muy bien el corazón espiritual de la sesión. Olivia aparece rodeada de sufrimiento y pobreza, pero la luz se concentra precisamente donde ella se inclina hacia el necesitado. No domina la escena desde arriba, sino que se acerca, escucha y sostiene. Esa cercanía revela que la fe cristiana toca la realidad y no huye de ella.

También es importante que Olivia conserve dignidad y serenidad incluso en la pobreza. Su ropa es humilde y desgastada, pero su presencia sigue transmitiendo fortaleza interior y belleza espiritual. La imagen enseña así que la santidad no depende del poder exterior, sino de la unión profunda con Cristo.

Clave espiritual La fe verdadera termina convirtiéndose en presencia que consuela, incluso cuando quien ayuda también sufre.

Después del destacado conviene volver al desarrollo narrativo. Olivia no está realizando un gesto aislado, sino mostrando una forma de vida que poco a poco empieza a llamar la atención. Quienes la rodean descubren que en ella existe algo diferente: una paz que no depende de las circunstancias y una caridad que hace visible la presencia de Cristo.

14 El ejemplo que atrae y provoca conversiones

La tradición sobre Santa Olivia insiste en que su vida termina influyendo en otras personas. Algunos descubren la fe cristiana no porque ella organice discursos o debates, sino porque contemplan una vida distinta: una joven capaz de mantenerse fiel, de ayudar sin cansarse y de conservar la paz incluso bajo vigilancia y sufrimiento.

Aquí aparece la verdadera razón del conflicto final. Olivia resulta peligrosa porque su fe empieza a dar fruto. Cuando otros se sienten atraídos hacia Cristo por su ejemplo, el testimonio deja de ser algo privado y se convierte en una presencia transformadora dentro del ambiente que la rodea.


15 El martirio de Santa Olivia

El martirio de Santa Olivia debe contemplarse como la consecuencia final de toda su vida anterior. Primero permaneció fiel, después sirvió a los necesitados y más tarde su ejemplo comenzó a atraer a otros hacia Cristo. Cuando las autoridades descubren que su fe se ha vuelto fecunda, el conflicto se hace inevitable. Olivia no busca provocar el enfrentamiento, pero tampoco acepta renunciar al Señor al que pertenece.

La tradición cristiana siempre ha entendido el martirio como un testimonio supremo de fidelidad. Por eso esta catequesis evitará recrearse en escenas violentas y se centrará en la paz interior de la santa. El verdadero centro no son los instrumentos del sufrimiento, sino la cruz que Olivia abraza y la esperanza con la que permanece unida a Cristo.

La fe que se transmite de corazón a corazón

La tercera imagen tiene una fuerza catequética muy especial porque muestra el momento en que la fe de Olivia empieza a pasar de una persona a otra. La escena es silenciosa y discreta: no hay grandes discursos ni escenas heroicas, solo una cruz entregada en secreto y un rostro emocionado que descubre una verdad nueva.

También resulta importante el contraste visual entre quienes reciben la cruz y quienes observan con desconfianza. Ahí aparece el núcleo del martirio: Olivia no es perseguida por hacer daño, sino porque la luz de Cristo empieza a extenderse. Su caridad y su paz terminan convirtiéndose en semilla de conversión.

La serenidad del martirio cristiano

La cuarta imagen evita convertir el martirio en espectáculo. Santa Olivia aparece herida y agotada, pero el centro visual no es el dolor, sino la cruz que sostiene entre las manos. La luz cae sobre ella y deja en penumbra a quienes representan el poder terreno, mostrando que la verdadera victoria pertenece a Cristo.

La expresión serena de Olivia enseña algo muy importante para la catequesis: el mártir no ama el sufrimiento por sí mismo, sino que ama tanto a Cristo que no quiere separarse de Él. Por eso incluso el momento final puede representarse con una luz esperanzada y con la alegría interior de la fidelidad cumplida.

16 Enseñanzas y carismas para las familias de hoy

Santa Olivia enseña a las familias actuales que la fe puede conservarse viva incluso cuando el ambiente ya no es cristiano. Su ejemplo ayuda a comprender que la fidelidad no consiste en encerrarse con miedo, sino en seguir rezando, sirviendo y dando testimonio con serenidad. La santidad aparece así como una forma concreta de vivir en medio del mundo.

También enseña que la caridad y el ejemplo tienen una fuerza evangelizadora inmensa. Muchas personas se acercan a Cristo no por discusiones complicadas, sino porque encuentran cristianos capaces de amar, permanecer y sostener incluso en la dificultad. Por eso la vida de Olivia sigue siendo actual: porque recuerda que la luz de la fe continúa brillando cuando alguien decide no apartarse de Cristo.


Parte IV

Desarrollo catequético · Imágenes y actividades

17 Imagen 1 · Olivia permanece fiel

La primera imagen introduce toda la línea espiritual de la sesión. Olivia aparece rodeada por un ambiente que no comparte su fe, pero no responde escondiéndose ni enfrentándose agresivamente. La escena muestra una fidelidad silenciosa, profundamente interior, sostenida únicamente por su unión con Cristo.

La postura de Olivia resulta muy importante catequéticamente. Mientras el resto de mujeres realizan la oración musulmana, ella permanece sentada sobre sus pies, abrazando la cruz y mirando hacia dentro. No busca llamar la atención, pero tampoco renuncia a su identidad. La imagen enseña así que la fe puede permanecer viva incluso cuando el ambiente parece empujar en dirección contraria.

Idea central de la imagen La fortaleza de Santa Olivia no nace de dominar el ambiente, sino de permanecer unida a Cristo cuando el ambiente ya no sostiene la fe.

Después del destacado conviene volver al comentario visual ordinario. La luz del patio ayuda mucho a leer la escena: no es una imagen oscura ni desesperada, porque la santidad de Olivia no se basa en el miedo. Incluso vigilada y rodeada de presión, sigue conservando paz interior y dignidad, mostrando que la fe cristiana puede mantenerse sin odio y sin vergüenza.

21 Actividad 1 · ¿Qué intenta apagar hoy nuestra fe?

Esta primera actividad busca ayudar a niños y adolescentes a descubrir que la presión contra la fe no siempre aparece de forma violenta. Muchas veces se presenta mediante vergüenza, burla o indiferencia, haciendo pensar que creer debe quedarse escondido y que vivir como cristiano resulta algo extraño o incómodo.

El objetivo no es crear miedo ni sensación de persecución constante, sino enseñar a reconocer qué cosas intentan apagar en nosotros la oración, la caridad y la fidelidad. A partir de ahí, la figura de Santa Olivia ayuda a comprender que es posible conservar una fe serena y visible incluso cuando el ambiente no acompaña.

Objetivo Descubrir qué situaciones concretas dificultan vivir la fe hoy.

Tipo de actividad Diálogo guiado y examen sencillo de vida.

Duración aproximada 15-20 minutos.

Materiales Ninguno, aunque puede utilizarse la imagen 1 impresa o proyectada.

Es importante volver después del recuadro al cuerpo normal del documento. La conversación debe mantenerse sencilla y concreta: situaciones escolares, bromas contra la fe, miedo a rezar en público o dificultad para reconocer que uno es cristiano. La actividad solo funcionará si los participantes perciben que la catequesis habla de su vida real y no de problemas lejanos o abstractos.


18 Imagen 2 · La fe se convierte en ayuda

La segunda imagen muestra el paso decisivo de toda la sesión: la fe de Olivia deja de ser solamente resistencia interior y se convierte en caridad concreta hacia quienes sufren. La santa aparece rodeada de enfermedad y pobreza, pero no aparta la mirada ni se protege del dolor ajeno. Su presencia transmite cercanía, calma y dignidad.

También es importante la manera en que la luz organiza la escena. El espacio permanece oscuro y pesado, pero el foco visual cae precisamente donde Olivia escucha y ayuda. Catequéticamente esto permite explicar que Cristo se hace visible en la misericordia, y que una persona unida a Él puede convertirse en consuelo para otros incluso cuando ella misma vive en dificultad.

Lectura catequética de la imagen La fe cristiana madura cuando se convierte en presencia que acompaña, escucha y sostiene al necesitado.

Después del destacado debe recuperarse el ritmo ordinario del documento. La escena no presenta una caridad sentimental ni decorativa, sino una misericordia real que toca enfermedad, cansancio y miseria humana. Olivia conserva belleza y nobleza interior, pero precisamente por eso no hace ascos al sufrimiento y transforma el lugar más oscuro en un espacio de humanidad.

22 Actividad 2 · Pequeñas luces

Esta actividad quiere ayudar a descubrir que la caridad cristiana suele comenzar en cosas pequeñas y discretas. Muchas veces imaginamos la santidad como algo extraordinario, pero Santa Olivia enseña que una palabra amable, una escucha paciente o una ayuda sencilla pueden cambiar profundamente el ambiente de una casa, una clase o un grupo.

La dinámica buscará que cada participante piense en gestos concretos de misericordia que podrían realizar durante la semana. El objetivo no es acumular tareas, sino comprender que la luz cristiana entra en la vida diaria precisamente mediante actos pequeños, constantes y realizados con amor verdadero.

Objetivo Descubrir cómo la fe puede convertirse en ayuda concreta hacia otros.

Tipo de actividad Compromiso práctico y diálogo guiado.

Duración aproximada 20 minutos.

Materiales Papel pequeño o tarjetas para escribir compromisos sencillos.

Al terminar el recuadro conviene volver otra vez al estilo ordinario del texto. El catequista debe ayudar a concretar compromisos reales: visitar a un familiar solo, ayudar sin que lo pidan, escuchar mejor en casa o rezar por alguien que sufre. La actividad funcionará cuando los participantes comprendan que la santidad empieza en gestos pequeños y que esos gestos pueden convertirse en pequeñas luces para otros.


19 Imagen 3 · Otros descubren a Cristo por su ejemplo

La tercera imagen muestra que la fe de Olivia no queda encerrada en su interior ni se limita a consolar a los necesitados. Su vida empieza a provocar preguntas, admiración y deseo de Cristo en otros. La cruz que entrega en secreto expresa que la fe se transmite muchas veces de manera humilde, por confianza personal y testimonio.

El guardia que recibe la cruz no aparece vencido por una discusión, sino tocado por una vida distinta. Esto permite explicar que la evangelización nace de una presencia cristiana creíble: cuando alguien ve paz, misericordia y fortaleza en medio de la dificultad, puede empezar a descubrir la verdad de Cristo.

20 Imagen 4 · El martirio como entrega final

La cuarta imagen debe leerse con mucha sobriedad. No está pensada para recrearse en el sufrimiento, sino para mostrar que, en el momento extremo, Olivia conserva la alegría de pertenecer a Cristo. La luz no cae sobre los signos de amenaza ni sobre las autoridades, sino sobre la santa y sobre la cruz que abraza.

El bodegón martirial ayuda a sugerir la gravedad de la escena sin convertirla en espectáculo. Catequéticamente, esto es esencial: el mártir no busca el dolor, sino que elige no separarse del Señor. Por eso el final de Olivia no se presenta como derrota, sino como fidelidad cumplida y esperanza.

Unidad de las cuatro imágenes Olivia permanece fiel, ayuda al necesitado, atrae a otros hacia Cristo y finalmente entrega la vida sin dejar de amar.

Después del destacado, la lectura vuelve al ritmo normal. Las imágenes no son adornos, sino un itinerario catequético completo: oración, caridad, testimonio y martirio. Así se evita una visión fragmentada de la santa y se muestra que toda su vida tiene una sola raíz: permanecer unida a Cristo hasta convertirse en luz para otros.

23 Actividad 3 · Cristianos que cambian el ambiente

Esta actividad ayuda a comprender que una vida cristiana coherente puede cambiar el ambiente sin necesidad de imponerse. Santa Olivia no transforma a otros por poder, sino por la fuerza humilde del ejemplo. Los participantes deberán reconocer personas que, por su manera de vivir, hacen más fácil creer, esperar y acercarse a Dios.

El catequista puede proponer ejemplos cercanos: un abuelo que reza, una madre que cuida, un compañero que no se burla, un sacerdote fiel, un catequista alegre o un amigo que ayuda sin hacerse notar. La finalidad es descubrir que el testimonio cristiano tiene rostro y que también nosotros podemos ser presencia luminosa para otros.

Objetivo Reconocer cómo el ejemplo cristiano puede acercar a otros a Cristo.

Tipo de actividad Testimonio, diálogo guiado y compromiso personal.

Duración aproximada 20-25 minutos.

Materiales Pizarra o papel para escribir nombres, gestos y compromisos concretos.

Después del recuadro, el desarrollo debe recuperar el cuerpo normal. La actividad puede concluir con una pregunta sencilla: qué gesto mío podría hacer más visible a Cristo esta semana. No hace falta buscar grandes acciones; basta encontrar una forma concreta de escuchar, ayudar, perdonar o rezar para que la fe empiece a dar fruto en otros.


24 Actividad familiar · ¿Qué transmite nuestra casa?

La actividad familiar quiere ayudar a mirar la propia casa como un lugar donde la fe puede hacerse visible de manera sencilla y real. Santa Olivia no transforma el ambiente mediante poder o discursos, sino mediante la coherencia entre lo que cree y lo que vive. La pregunta de fondo será si nuestra familia transmite paz, misericordia, oración y presencia cristiana a quienes conviven con nosotros.

La dinámica no busca juzgar a nadie ni crear tensión, sino descubrir pequeños cambios posibles. A veces basta recuperar una oración juntos, mejorar el modo de hablar, escuchar más o ayudar a alguien cercano para que el hogar vuelva a convertirse en un espacio donde Cristo se nota. La santidad familiar comienza precisamente en lo cotidiano y constante.

Objetivo Descubrir qué ambiente espiritual transmite nuestra familia.

Tipo de actividad Diálogo familiar y compromiso doméstico.

Duración aproximada 25-30 minutos.

Materiales Una cruz, una vela o una imagen de Cristo colocada en el centro de la reunión familiar.

Después del recuadro conviene recuperar el cuerpo normal del texto para evitar herencias de tamaño o interlineado. El diálogo puede comenzar con preguntas sencillas: qué cosas ayudan a vivir la fe en casa, qué cosas la enfrían y qué pequeños gestos podrían hacer más visible a Cristo en la vida familiar. Lo importante es terminar con un compromiso concreto y posible, no con ideas abstractas.

La actividad puede concluir rezando juntos delante de la cruz y pidiendo a Dios una fe semejante a la de Santa Olivia: una fe serena, fiel y luminosa que no se encierra en sí misma, sino que se convierte en ayuda, ejemplo y esperanza para quienes viven cerca de nosotros.


Parte V

Lectio divina, oración, conclusión y notas

25 Lectio divina · Mateo 5, 14-16

«Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». Mt 5, 14-16

Este texto resume perfectamente toda la vida de Santa Olivia. Jesús no pide a sus discípulos dominar el mundo ni imponerse por la fuerza, sino convertirse en luz mediante sus obras. Olivia vive precisamente así: permanece fiel, ayuda a los que sufren y termina haciendo visible a Cristo incluso en medio de un ambiente hostil.

La lectio debe leerse lentamente y dejando espacios de silencio. Conviene preguntar después qué cosas de la vida de Santa Olivia ayudan a entender mejor el Evangelio y cómo puede cada familia convertirse también en una pequeña luz dentro de su ambiente. Así la Palabra deja de sonar lejana y se convierte en camino concreto de vida.


26 Comentario y profundización de la Lectio

El Evangelio elegido permite comprender que la santidad de Santa Olivia no consiste en llamar la atención, sino en dejar pasar la luz de Cristo a través de su vida. Jesús no habla aquí de poder ni de prestigio, sino de una luz humilde que se reconoce en las obras. Olivia ilumina precisamente porque permanece fiel, ayuda y sostiene incluso cuando el ambiente parece oscuro.

La lectio también ayuda a corregir una idea equivocada de la fe. Muchas veces se piensa que creer consiste solo en conservar ideas religiosas, pero Jesús insiste en que la luz debe verse. Por eso la vida cristiana necesita obras visibles de misericordia, fidelidad concreta y una manera de vivir que permita descubrir la presencia de Dios en medio del mundo.

Síntesis de la lectio Santa Olivia se convierte en luz no porque domine el ambiente, sino porque Cristo puede verse en su vida.

Después del destacado conviene volver al tono normal de la sesión y ayudar a concretar la aplicación. La pregunta final puede ser sencilla: qué cosas de nuestra vida familiar ayudan a que otros encuentren paz, esperanza y cercanía de Dios. La finalidad de la lectio no es acumular explicaciones, sino descubrir cómo el Evangelio puede hacerse visible en nuestra manera cotidiana de vivir.

27 Oración final familiar

Señor Jesucristo,

te damos gracias por el ejemplo de Santa Olivia, que supo permanecer unida a Ti cuando vivir la fe resultaba difícil. Danos una fe serena, humilde y fuerte, capaz de permanecer fiel sin miedo y de convertirse en ayuda para quienes sufren.

Haz que nuestra familia sea una pequeña luz en medio del mundo, y que nuestras palabras, nuestros gestos y nuestra manera de vivir permitan descubrir tu presencia y tu misericordia.

Amén.

La oración puede rezarse lentamente delante de una cruz o de una vela encendida. Conviene terminar la sesión con un clima de paz y esperanza, recordando que la santidad no pertenece solo a tiempos antiguos. También hoy Dios sigue llamando a familias capaces de vivir la fe con sencillez y fortaleza, convirtiéndose en presencia luminosa para otros.

28 Conclusión general

La vida de Santa Olivia de Palermo muestra un itinerario cristiano completo: primero permanece fiel a Cristo, después convierte esa fidelidad en caridad concreta, más tarde su ejemplo comienza a atraer a otros y finalmente acepta el martirio como fidelidad llevada hasta el final. Toda la sesión ha querido mostrar que la santidad nace siempre de una unión real con el Señor.

Para las familias actuales, Olivia sigue siendo profundamente actual. Vivimos en sociedades donde muchas veces la fe queda desplazada o ridiculizada, y precisamente por eso necesitamos cristianos capaces de permanecer, servir y dar esperanza sin agresividad ni miedo. La verdadera victoria de Santa Olivia no consiste en vencer exteriormente, sino en que Cristo pudo transparentarse en su vida.

29 Notas y fuentes

Para esta catequesis se han utilizado principalmente textos del Evangelio, referencias tradicionales sobre Santa Olivia de Palermo y documentos recientes del Magisterio relacionados con el martirio cristiano, la perseverancia en la fe y los cristianos perseguidos. Se recomienda completar la preparación catequética con textos de vatican.va, especialmente homilías y mensajes de los últimos papas sobre los mártires contemporáneos y la vida cristiana en sociedades secularizadas.

También pueden utilizarse materiales complementarios sobre cristianos perseguidos en Oriente Medio y sobre el testimonio cristiano en contextos culturales hostiles, siempre manteniendo el equilibrio catequético de la sesión: fidelidad, caridad y esperanza. La finalidad no es provocar miedo ni enfrentamiento, sino ayudar a descubrir que la luz de Cristo sigue viva allí donde alguien permanece unido a Él.

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Evangelio del día: Las bienaventuranzas

Evangelio del día: Las bienaventuranzas

Mateo 5, 1-12. Lunes de la 10.ª semana del Tiempo Ordinario. Las bienaventuranzas son «el carné de identidad del cristiano». 

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Carta II de San Pablo a los Corintios, 2 Cor 1, 1-7

Salmo: Sal 34(33), 2-9

Oración introductoria

Señor, gracias por indicarme tan claramente el camino para poder alcanzar la dicha, la alegría que me hará saltar de contento por toda la eternidad. Guía mi oración para que este día esté orientando hacia mi meta final.

Petición

Dios mío, que las bienaventuranzas sean mi criterio de vida, mi forma de pensar y de comportarme.

Meditación del Santo Padre Francisco

Las bienaventuranzas son «el carné de identidad del cristiano». Por ello el Papa Francisco —en la homilía de la misa que celebró el [día de hoy]— invitó a retomar esas páginas del Evangelio y releerlas más veces, para poder vivir hasta el final un «programa de santidad» que va «contracorriente» respecto a la mentalidad del mundo.

El Pontífice se refirió punto por punto al pasaje evangélico de Mateo (5, 1-12) propuesto por la liturgia. Y volvió a proponer las bienaventuranzas insertándolas en el contexto de nuestra vida diaria. Jesús, explicó, habla «con toda sencillez» y hace como «una paráfrasis, una glosa de los dos grandes mandamientos: amar al Señor y amar al prójimo». Así, «si alguno de nosotros plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?»», la respuesta es sencilla: es necesario hacer lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas.

Un sermón, reconoció el Papa, «muy a contracorriente» respecto a lo «que es costumbre, a lo que se hace en el mundo». La cuestión es que el Señor «sabe dónde está el pecado, dónde está la gracia, y Él conoce bien los caminos que te llevan a la gracia». He aquí, entonces, el sentido de sus palabras «bienaventurados los pobres en el espíritu»: o sea «pobreza contra riqueza».

«El rico —explicó el obispo de Roma— normalmente se siente seguro con sus riquezas. Jesús mismo nos lo dijo en la parábola del granero», al hablar de ese hombre seguro que, como necio, no piensa que podría morir ese mismo día.

«Las riquezas —añadió— no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo, que no tiene espacio para la Palabra de Dios». Es por ello que Jesús dice: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, que tienen el corazón pobre para que pueda entrar el Señor». Y también: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

Al contrario, hizo notar el Pontífice, «el mundo nos dice: la alegría, la felicidad, la diversión, esto es lo hermoso de la vida». E «ignora, mira hacia otra parte, cuando hay problemas de enfermedad, de dolor en la familia». En efecto, «el mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas». En cambio «sólo la persona que ve las cosas como son, y llora en su corazón, es feliz y será consolada»: con el consuelo de Jesús y no con el del mundo.

«Bienaventurados los mansos», continuó el Pontífice, es una expresión fuerte, sobre todo «en este mundo que desde el inicio es un mundo de guerras; un mundo donde se riñe por doquier, donde por todos lados hay odio». Sin embargo «Jesús dice: nada de guerras, nada de odio. Paz, mansedumbre». Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso en la vida, pensarán que soy un necio». Tal vez es así, afirmó el Papa, sin embargo dejemos incluso que los demás «piensen esto: pero tú sé manso, porque con esta mansedumbre tendrás como herencia la tierra».

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia» es otra gran afirmación de Jesús dirigida a quienes «luchan por la justicia, para que haya justicia en el mundo». La realidad nos muestra, destacó el obispo de Roma, cuán fácil es «entrar en las pandillas de la corrupción», formar parte de «esa política cotidiana del «do ut des»» donde «todo es negocio». Y, añadió, «cuánta gente sufre por estas injusticias». Precisamente ante esto «Jesús dice: son bienaventurados los que luchan contra estas injusticias». Así, aclaró el Papa, «vemos precisamente que es una doctrina a contracorriente» respecto a «lo que el mundo nos dice».

Y más: «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Se trata, explicó, de «los que perdonan, comprenden los errores de los demás». Jesús «no dice: bienaventurados los que planean venganza», o que dicen «ojo por ojo, diente por diente», sino que llama bienaventurados a «aquellos que perdonan, a los misericordiosos». Y siempre es necesario pensar, recordó, que «todos nosotros somos un ejército de perdonados. Todos nosotros hemos sido perdonados. Y por esto es bienaventurado quien va por esta senda del perdón».

«Bienaventurados los limpios de corazón», es una frase de Jesús que se refiere a quienes «tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad: un corazón que sabe amar con esa pureza tan hermosa». Luego, «bienaventurados los que trabajan por la paz» hace referencia a las numerosas situaciones de guerra que se repiten. Para nosotros, reconoció el Papa, «es muy común ser agentes de guerras o al menos agentes de malentendidos». Sucede «cuando escucho algo de alguien y voy a otro y se los digo; e incluso hago una segunda versión un poco más amplia y la difundo». En definitiva, es «el mundo de las habladurías», hecho por «gente que critica, que no construye la paz», que es enemiga de la paz y no es ciertamente bienaventurada.

Por último, proclamando «bienaventurados a los perseguidos por causa de la justicia», Jesús recuerda «cuánta gente es perseguida» y «ha sido perseguida sencillamente por haber luchado por la justicia».

Así, puntualizó el Pontífice, «es el programa de vida que nos propone Jesús». Un programa «muy sencillo pero muy difícil» al mismo tiempo. «Y si nosotros quisiéramos algo más —afirmó— Jesús nos da también otras indicaciones», en especial «ese protocolo sobre el cual seremos juzgados que se encuentra en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… estuve enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme»».

He aquí el camino, explicó, para «vivir la vida cristiana al nivel de santidad». Por lo demás, añadió, «los santos no hicieron otra cosa más que» vivir las bienaventuranzas y ese «protocolo del juicio final». Son «pocas palabras, palabras sencillas, pero prácticas para todos, porque el cristianismo es una religión práctica: es para practicarla, para realizarla, no sólo para pensarla».

Y práctica es también la propuesta conclusiva del Papa Francisco: «Hoy, si tenéis un poco de tiempo en casa, tomad el Evangelio de Mateo, capítulo quinto, al inicio están estas bienaventuranzas». Y luego en el «capítulo 25, están las demás» palabras de Jesús. «Os hará bien —exhortó— leer una vez, dos veces, tres veces esto que es el programa de santidad».

Santo Padre Francisco: El carné de identidad del cristiano

Meditación del lunes, 9 de junio de 2014

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

ARTÍCULO 2
NUESTRA VOCACIÓN A LA BIENAVENTURANZA

I. Las bienaventuranzas

1716 Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

(Mt 5,3-12)

1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

II. El deseo de felicidad

1718 Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer:

«Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada» (San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4).

«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (San Agustín, Confessiones, 10, 20, 29).

 «Sólo Dios sacia» (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15).

1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

III. La bienaventuranza cristiana

1720 El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios (cf Mt 4, 17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf 1 Jn 3, 2; 1 Co 13, 12); la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25, 21. 23); la entrada en el descanso de Dios (Hb 4, 7-11):

«Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (San Agustín, De civitate Dei, 22, 30).

1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf Jn 17, 3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria.

1722 Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

«“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios […] “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 20, 5).

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:

«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad […] Todo esto se debe a la convicción […] de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro […] La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración» (Juan Enrique Newman, Discourses addresed to Mixed Congregations, 5 [Saintliness the Standard of Christian Principle]).

1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf la parábola del sembrador: Mt 13, 3-23).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Hoy en día el mensaje de Jesús en la Montaña sigue plenamente vigente. ¡Sólo se necesitan almas nobles, valientes y generosas que quieran ser auténticamente felices y quieran poner por obra su mensaje! Serán realmente dichosas. Y el mundo cambiará.

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